Ángel Guinda, desaparecido poeta zaragozano, se convirtió en vida en canónico para varias generaciones. Su fallecimiento dejó huérfanos a escritores y lectores y su obra, referente en vida, se ha convertido en imprescindible objeto de estudio y revisión. Primero apareció una biografía, Las claves de lo oscuro: biografía de Ángel Guinda de J. Benito Fernández editada por Olifante que, también, publicó Vida ávida. Poesía reunida 1970-2022, el compendio de toda su obra. 

La lectura de Ángel Guinda es exigente por las distintas realidades: libros estilísticamente distintos, herméticos y mundanos según momento vital y la revisión constante que el propio autor sometía a su obra, haciendo complejo compatibilizar el deseo del poeta con la exigencia del completismo. Así que resulta nutricio y necesaria una lectura antológica que responda a la decisión de un estudioso como es el caso de este volumen, Me he fumado la vida. Antología poética, en edición de Luis Gracia Gaspar y publicado por Visor. 

Aunque existe una antología previa, incompleta en lo temporal, pero vibrante por suponer el retorno a la escritura plena por parte de Guinda, aparecida en la colección “La gruta de las palabras”, La creación poética es un acto de destrucción (PUZ, 2004), este compendio de Luis Gracia Gaspar es una herramienta perfecta para acceder a la compleja arquitectura de la obra del último gran poeta aragonés. Distintos estadios, donde la vida y los libros se mezclan, permiten una geometría estanca para asegurar el avance en el libro: la llama, acechante silencio: “Te he dado compañía hasta quedarme solo / y calor hasta quedarme frío”. En Vida ávida, se habla del LSD y del poeta, condenado eternamente a no dar vida: “Porque eras joven / y veías la muerte aún lejana”. En los meses del arrastre, con la muerte de Jaime Gil de Biedma presente, el poeta juega con ADAMAR, todos los heterónimos, los juegos geográficos, escuchas, como en la canción de Luis Eduardo Aute, en las melodías de Rosa León (a la que Guinda cedió algunas letras), entre medio, el recuerdo de otro explorador como Manuel Martínez Forega, amigo de Guinda. La obra de 1986, El almendro amargo, recientemente reeditada, lo une con una Argentina convulsa a través de su propio país, EXTRAÑA: “Quién no ha comido hambre alguna vez”. 

La segunda parte es “La combustión”: Con libros como Conocimiento del medio y versos como el titular: “Me he fumado la vida” o la ceniza de “Nadie puede avanzar / en medio de un bosque en llamas / sí a través del desierto”. Transicionando del malditismo a la poesía cercana y nutricia, es el libro La llegada del mal tiempo que contiene instantes como “Mi vida recibe instrucciones de otras vidas / anteriores a mí / a las que sirvo” o “Mi vida es una noche que a la luz no se adapta, / un astro fugitivo extraviado en la tierra”. Guinda busca, punzón y piedra, versos que enjuaguen las reglas del juego. Reglas que serán cambiantes y opacas hasta el final de su vida: “Cuando se nubla la vista / todo se ve definitivamente claro / escenario de la obra”. El tiempo, el poema, como si Ángel Guinda viviera toda su existencia a la vez, pasado y presente. Guinda, en conexión con Gabriel Sopeña, se acerca a Cesare Pavese, en ese lugar donde la muerte acude con los ojos abiertos, y, otra vez, Jaime Gil de Biedma, compartiendo norma y escenario para la obra: “Más no te preocupes, esto solo sucede con el paso de los años” Todos los que fueron jóvenes a la sombra de Guinda conocieron su explosiva nova, capaz de alimentar con sus rayos salvajes e iluminar los angostos caminos de la creación mientras él, generoso, peleaba contra la oscuridad y la muerte, sin sucumbir nunca. 

Después de la combustión, la tercera parte: “El humo”: aquí, coincide con el salto cualitativo en su obra, una mayor producción y el alejamiento de la negrura y el malditismo. En Claro interior aparece el poema “El mar”: “A que me lleva la vida por delante” y los versos definitivos de esta nueva etapa, el poema “Cajas”. Poema canción, doctrinal y referente. Y que lleva hasta Poemas para los demás, donde tenemos otro momento fundamental, el poema “Escribir”: “Si me quitan la palabra escribiré con el silencio / Si me quitan la luz escribiré en tinieblas” y continua con “Si me quitan la vida escribiré con la muerte”. Un momento fundamental, siempre con ese contraste de la vida y la muerte, de la juventud y la vejez: “La muerte es la verdad de haber vivido” o “En plena juventud / escribí gravemente, / como un discreto anciano / que solo piensa en vivir”. Con cierre de versos como “Ahora que envejezco / escribo como un joven que se arriesga a morir”. 

Esa construcción, esa dinámica, continúa: “La muerte es la verdad de haber vivido”o “En plena juventud/escribí gravemente, /como un discreto anciano/que solo piensa en vivir”. El paso del tiempo se convierte en una guía creativa: “Ahora que envejezco/escribo como un joven/que se arriesga a morir”. De Zaragoza a Madrid, de Madrid a Zaragoza, la deconstrucción del poeta que llega con todas las voces del mundo y un tercer vértice, Trasmoz y el Moncayo. Leer Materia del amor: “Ya no me falta el aire / ahora respiro tu respiración”. Y ese momento de amor último y definitivo: “A tu lado / tengo más sed de fuego que de agua”. Recordar palabras como salgo del mundo cuando entro en ti o entro en tu cuerpo como un museo. La sensualidad imperfecta, siempre presente. Un momento de recuerdo: “Calles como ciudades sumergidas / fuera de la aplastante realidad”. 

Espectral es un libro que surge en un estado de trance, en la madrugada de los fines de semana, escuchando a Iker Jiménez imbuido en un ritmo mefistofélico. Para ofrecer uno de los poemas más bellos y menos conocidos, donde está la Zaragoza de chocolate y coñac, Zaragoza espesa de los poetas del Niké. Una Zaragoza de alcanfor y amenaza de modernidad, geográficamente salvaje en la distancia del tiempo y el espacio: “De niño yo veía en Zaragoza rinocerontes con cabeza de hombre, hombres con cabeza de pistola”, el eco claro de Miguel Labordeta: “Ovejas con cabeza de mujer, mujeres con cabeza de cuna”. Volver por un instante al poema “Geografía” de Julio Antonio Gómez. Todas esas palabras, esas imágenes, de decadencia y existencialismo: “Manadas de mujeres y de hombres con cabeza sin ojos, boca, orejas, nariz, hombres y mujeres sin cabeza. Y cabezas rondando por las calles”. Su obra se multiplica, aparecen los libros con una regularidad casi de juventud, de adolescente entregado a la religión de la poesía: Caja de lava y Rigor vitae. Una frase que nos recuerda al misticismo de tabaco negro de Jacques Brel: “Toda mi vida he sido un moribundo”. 

Para terminar, una cuarta parte de los restos, todavía encendidos, que conforman “La ceniza”. Libros como Catedral de la noche: “Nací de las entrañas de la muerte”. El poeta afirma: “He sido siempre mi mayor peligro: vendrá la noche y no encontrará nada”. La arcadia y el albatros, la aparición del albatros de Charles Baudelaire. Uno de los poemas favoritos de Ángel Guinda. Se cita: “Por más que he vivido no sé lo que es la vida, /, pero la vida sabe lo que soy. / ¿Veré el parto de otra primavera?/La noche ciega deslumbra a quien busca” y sigue; “Soy el árbol que piensa en el ahorcado, / la autopsia que nunca se detiene”, llegando hasta “Con las ruedas pinchadas, con velas en el techo, / la carroza fúnebre de la noche avanza”. Medio lustro para Los deslumbramientos seguido de recapitulaciones (2015-2020), tiempos definitivos: “La vida es nuestra. / Nosotros somos de la muerte”. Un viejo que ya no camina erguido. Se apaga para convertirse en eternidad, así llega una poesía póstuma, el incendio frustrado del hielo, un cerebro, abierto, él solo. La poesía es aplastada por sus propias alas. Acercarse al mensaje lanzado hacia el mañana, con Aparición y otras desapariciones, aparecido en 2023: “Qué vida está tu vida / qué viva está mi muerte / mi pecho es una lápida: / entre las dos hay bullas. / Inhalo solo el aire que tú espiras. / Para sobrevivir. / Y si muerto a tu lado me curará la muerte”. El luto universal, la muerte atrapada en los versos del ausente: “Yo nací el mismo día / que se murió mi madre. / Un veintiséis de agosto. / Las amapolas son coágulos de sangre”. En tiempos de canícula, de una tierra bajaba de luz, a gatas. Es Guinda un poeta que sueña, que habita poemas infinitos. Dormir, hoy, sinónimo de muerte, muerte. Como escribe el poeta: “Tal vez querrás traducir mi silencio”.  Uno de los grandes poetas españoles del siglo, transitando por generaciones, el amor absoluto, de luz y muerte, exigente y cercano: “No existe diccionario de silencios, / pero existen diccionarios de recuerdos”. Una antología imprescindible, una selección excelente, el manual de instrucciones para la vida y la muerte.

 

Ángel Guinda, Me he fumado la vida. Antología poética, edición de Luis Gracia Gaspar, Madrid, Visor, 20