Suele decir uno de los ilustres hijos de Zamora, Perfecto Cuadrado, que se cuenta entre los grandes especialistas en Fernando Pessoa actuales (junto a Richard Zenith y Jerónimo Pizarro), que Zamora es ese lugar al que uno debe desviarse para llegar a ella (y a la que Blanco dedica un poema).  Seguramente por eso se ha reconocido tarde la poesía de Tomás Sánchez Santiago, reciente premio de la Crítica de 2024, y compañero de aventuras del también zamorano Ezequías Blanco, profesor de literatura, además de nombre de referencia en la cultura del sur de Madrid, concretamente en Getafe. Allí dirigió la ya extinta revista pero señera “Cuadernos del matemático”, entre 1988 y 2018, y el festival Cultura Inquieta. Le ha dado también tiempo para escribir cuentos, relatos y poemas durante muchos años,  como demuestra este libro y su  indudable vocación poco conocida, al menos hasta ahora, pues ha solido publicar en editoriales con poca visibilidad.

La poesía de Ezequías Blanco vista así en su conjunto, se presenta en su multiplicidad de fórmulas, desde el endecasílabo blanco a la décima, desde el versículo al “proema”, desde la canción hasta el poema aforismo. Y es que desde Limitación del vuelo (1979) hasta el último libro Frutas para una Macedonia (2026), que con humor subtitula (Libro inédito y póstumo), ha tenido tiempo para abordar mil y un asuntos, y una de las características diferenciadoras que mejor le definen. En efecto, en sus poemas surgen gran prolijidad de motivos  que aborda con proximidad, interpretándolos o descubriéndose en ellos, a veces entrañablemente, de la misma manera que en otras ironiza o sencillamente juega. O ama y rememora la infancia, de la misma manera que al hilo de la denominada poesía de la edad, renueva la perspectiva de sus afectos en Décimas para Sara, una de sus nietas. En su poesía clara y reflexiva (sobre todo en estos últimos años en que coquetea, sin ponerse trágico ni estupendo con el paso del tiempo, pues no es un poeta obsesivo o con “herida”) cabe de todo, léase memoria, identidad con la tierra y la historia, pero también lo circunstancial y lo próximo en su día a día. El vitalismo del que hacen gala sus versos sabe hacer poema a los bares, en uno de mis libros preferidos, tal vez porque en alguno de ellos hemos disfrutado con otros poetas de la zona, Manolo Romero (el yerno de José Hierro) y Cristóbal López de la Manzanara, muchas charlas. Me refiero a Bare Nostrum y donde rinde homenaje a esos espacios de la participación y la amistad, de la vida y de las confidencias literarias.

Sin embargo, con todo, yo me quedo con Tierra de luz blanda  (2019) y Algo tendrá que ver el cine (2022) con su canto a los antepasados (no los de Rafael Cadenas y Juan Carlos Mestre, que los adoptó) en «Visita a la casa familiar abandonada» o tantos otros: «El cuenco de manteca»,  que muestran a un poeta de corte tradicional y personal, sin impostura, haciendo bueno el  hoy sin neovanguardia, si es que ese término no es una contradicción o una paradoja. En ese largo aprendizaje hacia el poema, Ezequías Blanco ha sabido esperar y sembrar de vez en cuando algunos árboles con frutos sabrosos  y apetecibles, como los comentados, ya en la madurez,  desde una entrañabilidad muy personal, sin calco ni remedo, sin trampa ni cartón.

 

Ezequías Blanco, Construirte un abismo. Poesía agrupada 1975-2025. Madrid, Huerga y Fierro, 2026.