Leí el PDF de El libro de las razones equivocadas, de Diego Roel, y lo celebré como un gran libro. Me ofrecieron escribir un prólogo, pero tuve que declinar la invitación por falta de tiempo. Ahora me alegro porque habría hecho falta un prólogo muy bueno para estar a la altura. Sobran además por lo general los prólogos, sobrecargamos nuestros libros de material paratextual, prólogos, epílogos, dedicatorias, citas, me da la sensación de que así espantamos el lector no profesional, tan encantados de habernos conocido en nuestro endogámico ombliguismo. Sí que es cierto que muchas veces los libros de poemas son breves, y los editores tienen que sacar más páginas para que les compense la factura de la imprenta. Pero ni con esas. Diego Roel viene en este libro desnudo, y eso resuena todavía más en las paredes despojadas de su celda, desde la que evoca al Greco, «el más pobre, / el más solitario de los hombres». En la tradición española, la poesía de Diego Roel podría remitir al llamado venecianismo de los años 1970. Como entonces, él pone en escena un monólogo dramático en la voz de personajes históricos: Rimbaud en Kyrios, Paul Celan en Shibboleth, Alia, la hija de Tsvetáyeva, en el título homónimo, Andréi Rubliov, el pintor ruso de La Trinidad, al que dedicó una película Tarkovski, Robert Walser en Los cuadernos perdidos y el Greco aquí. Aunque los poetas de los años 1970 escribían contra la llamada poesía social que los precedió, eran sobre todo culturalistas, desenfadados y pop, con algún resabio de tenebrismo muy somero, ya leían en otros idiomas, habían viajado a Europa, volvían cargados de experiencias, libros, pero era la suya una poesía más libresca. 

Diego Roel salpica sus libros de referencias culturales, pero está más cerca quizá en el modelo, no en la dicción, del Robert Browning que forjó el monólogo dramático en torno a figuras pictóricas como Fra Lippo Lippi o Andrea del Sarto. No sabemos si es por la austeridad y la hondura del estilo pictórico del pintor cretense en concreto, pero en este libro se ve más densidad en la voz y más profundidad en la mirada.

A diferencia del Luis de Baviera entre oropeles evocado por algún novísimo, Diego Roel se siente más cómodo en el sayo, pan y agua del pintor heleno, su voz es más sentida cuanto más humilde. El libro de las razones equivocadas supera así la superficialidad del llamado venecianismo con dos anclajes de profundidad: lo matérico, la entrada en el poema de pigmentos, colores, la materia misma de la que se extraen —«Hay cosas que para ocultarse se pintan / con siena quemada, con negro de hueso / o azul ultramar.»—; y el eco de una religiosidad no decantada en clericalismo. Religión viene de religare, y la poesía puede ser uno de los vínculos con el espíritu que el materialismo ha cercenado: «Aquí lo que ha sido ligado se desliga, / lo que ha nacido muere». 

Estamos en guerra, el ser se siente asediado y no valen medias tintas. Lo dice el Greco en palabras de Diego Roel: «La mayor libertad nace de la mayor resistencia». La trinchera más evidente es la de la sentimentalidad, por eso es valioso este libro que ofrece una alternativa de belleza y profundidad raras hoy día, y porque nos recuerda, desde Argentina, aunque el idioma no conoce fronteras, de dónde venimos: «Forjé en lo oscuro de la sangre un sol», solo con este endecasílabo se sube Roel a la cima de la poesía en nuestro idioma, nos trae a Garcilaso, encastrando el metro en lo vernáculo, y lo pasa por el tenebrismo de nuestros grandes barrocos, con la variedad más oscura del metro, la menos lumínica: acentos en cuarta y octava sílaba. El Greco resiste disparando desde los ejidos contra figuras establecidas en el canon central de la época como Miguel Ángel o Vasari, con los que entabla singular lucha en los márgenes, no en el centro, pues el centro lo ocupa otro combate mucho más singular: la luz contra la sombra. Podría hasta resonar el eco del cornuto y perdedor del Sarto en el canto amoroso del magnífico poema Carta a Jerónima de las Cuevas. Roel introduce en varios libros, también aquí, la novedad enunciativa de las epístolas en el monólogo dramático, y en este recrea, imagina y amplifica, con sutil y acerado pincel, la historia de amor del pintor: «Eres una espina en la carne», remata, y palidecen todas las otras dramatis personae a las que ha dado voz Roel, que ha mirado a la pintores barrocos buscando la huella antropológica de los hombres y mujeres que ellos retrataron, aparte del papel oficial de santos o mártires en la Contrarreforma, leyendo a contraluz la historia personal de cada uno de estos rostros que lo fueron sin duda de carne y hueso. Siempre pensé que lo más espectacular de la pintura del Greco eran los trasluces de sus cielos, donde la pincelada mística adelanta varios siglos el impresionismo. 

Frente a la pintura realista de nuestros grandes maestros, Velázquez, Ribera, Murillo, Zurbarán, Diego Roel demuestra en estos poemas que el más aprovechable, el más moderno, fue el exiliado griego entre católicos. De Los cuadernos perdidos, donde parece que ya habite el Greco, evocado en aquellos versos: «Detesto a los que se pasean por el mundo / con un nimbo de heroísmo y santidad», a este Libro de las razones equivocadas, el poeta sigue buscando la esencia, el verdadero libro, y no se cansará de buscarlo, aunque se diría que ha alcanzado una suerte de cima en su poesía, más despojada y esencial en voz del genial autor de La adoración de los pastores y su túnel inverosímil al fondo, como boca que se abre para engullir al pintor moribundo. La nueva sentimentalidad de los años 1980 reaccionó comprensiblemente contra el venecianismo epigonal. Lo anómalo es que el péndulo no haya vuelto a tirar para el otro lado en 30 años, al menos no lo ha hecho en la poesía más establecida. 

Que, con una lectura renovada del culturalismo, Diego Roel ganara el Loewe, premio que canoniza, apesebra, sitúa y establece como pocos, ¿invita a pensar que el péndulo se mueve? Diego Roel, sí, se mueve y nos mueve sobremanera en este libro, atraviesa el océano con una poesía que llega a estas costas para ser, como la obra del pintor llegado del otro extremo, genial «roca de escándalo».

 

Diego Roel, Libro de las razones equivocadas, Barcelona, La Garúa, 2026.