Magdalena Lasala, zaragozana, narradora de lo orgánico y constructora de ficciones históricas que la han colocado en la historia de la literatura aragonesa y española, siempre encuentra un espacio en su literatura para la poesía, su profesión favorita, su libertad hecha palabra. 

La concesión del Premio de Poesía José Antonio Ochaíta de 2024 ha permitido que sus lectores recibamos una nueva entrega de su construcción lírica, perenne, personal, siempre reconocible, con la publicación de La piel del cielo. Su temática, la forma de sus versos, letanías paganas, sensualidad de arena y estrellas, la emparentan con algunos de sus libros más recientes como Vivir la vida que no es mía (Resurrección, 2010, Zaragoza); Aquel sabor de lo invisible (Huerga y Fierro, 2014, Madrid) o su última propuesta, El amor, la vida y tú que apareció el año pasado en la editorial Olifante. 

La piel del cielo se estructura en seis capítulos, de longitud variable, donde reina la mitología, el paganismo y la sensualidad. En el primero de ellos, “Sólo yo”, encontramos un parnaso impúdico y sensible, basado en el intercambio de los cuerpos salvajes, el sexo nutricio, el amor de herencia clásica y la presencia obsesiva dioses codiciosos y celosos. Al adentrarnos en “Osiris enamorado” leemos: «Soy el sueño de la muerte ebria de tu vida» y, a continuación, «El envidiado porque me amas, enamorado de la muerte». 

La dupla amor y muerte se intercambia en un cielo imaginado, en la noche de la caza: el sueño sagrado de Orión permanece detenido en “Oriónidas de otoño” y la cita que abre camino al verso dice: “El secreto que es silencio / como la lluvia que guardan los cielos / sin sospecharla”. Lectores de Magdalena Lasala que confluyen entre el Nilo y la Vía Láctea, contemplan retazos de un tiempo antiguo que nos acerca, a través de las construcciones de músculo y hueso, a las divinidades que cabalgan los cielos inhóspitos: “Esclarecen los rincones de los paraísos esparcidos / en aquel que sólo conocen los dioses y nosotros”, al seguir con la lectura nos cubre la tormenta, que trae sed atrasada: “Lloviendo el amor de nuestras lenguas lácteas”.

El demiurgo, lector y leído a la vez, avatar del personaje que se acerca a los dioses con el deseo del aprendiz, un chamán que esculpe sexo y amor, descubriendo los resquicios de energía que se transmite hasta convertir las pieles de los amantes en jardines prestos para la visita y el goce. La sucesión de los poemas atrae al lector al trance místico: Tilos de octubre, los ceros del loco, vuelta a un tiempo confuso: “Atravieso la puerta de Orión al cielo” y de un mes al otro, de octubre a diciembre, chocamos con la piedra loca del amor en la boca de Alejandra Pizarnik: “Debo testificar el invierno y la luna fría de diciembre.” Extraída la locura, en el umbral contemplamos a Saturno y la poeta enhebra un juego cabalístico. Hay sitio para cualquier religión, ampulosa y cargada de simbolismo: “Como minutos de una a ocho, nuevos peldaños de la noria interminable”. En la tercera parte, “Constelación del amado” se enumera la voz como apósito de las lenguas y las lenguas como herramientas deslizándose sobre el destilado del placer. Un firmamento próvido: “Guía de los milagros de los hombres/que envidiaron los dioses”. El poema, versículo y oración, acaba siendo la réplica de los aullidos, la narración que recoge el caminar de nefilim, que unidos carnalmente a las mujeres humanas, en su condición de hijos de dioses caídos son el sustento de los cantes anteriores al diluvio. Solo en el recuerdo del poeta cuando tiene algo de mago y mucho de sacerdote, alcanzamos esas primorosas estancias: “No hace frío, pero dejo/que tu chaqueta me abrace antes del vino/y de besar tu cuello”. Casas de Orión, lugares en los cielos, flamígeros como una tormenta, que avisa, retrasada y salvaje, nos cubre con intenciones eróticas. Es esa la luz verdadera que cubre el día. En la cuarta parte, “El cuerpo del cielo” es la lágrima la que acomete el papel de lucero y gota: “Bordar con mis dedos de gigante rendido/tus pequeños montes”, casi sin darnos cuenta ha pasado otro mes, junio: “Donde nos lleva el día infinito de esperar la noche juntos” y el mismo poema, “Sigo de rodillas/orando ante la perfecta proporción desnuda/de tus horas infinitas”. Adriano, alma que se deja moldear, yema de los dedos, tiento eterno de la adolescencia. En la Imposición de Eros, quinta parte del manuscrito, encontramos a los titanes, sueltos por fin de las cadenas, reclaman los cuerpos antiguos, es Prometeo un cantante de rock caído en desgracia o un escultor de las arcillas de piel y hueso. Sacerdotes, talladores, diadúmenos al raspar cuerpos propios y ajenos y saciar con ellos el apetito que implosiona. Al final, sexta parte que lleva como título “Recuerdo del amado”, nos acostumbramos a hacer del pasado un espejo donde reflejar el carisma: “Recogía la piedra dormida por siglos/que aún esperaba tu regreso y tu desnudo glorioso”. Y en la estación final, Hera, madre y hermana secreta, trae la muerte del frío con el verano. Y el poema cierra, como no podría ser de otro modo: “Miro tu piel gemela del cielo/emergiendo de la noche sobre tu boca/Sobre tus sueños imposible”. Magdalena Lasala, con una obra inmortal, acomete la singularidad de sus versos a través de construcciones monumentales, sustentadas en cultura profusa, identificándose dentro de un canon eterno e imperecedero. Esta obra es parte y sello de esa catedral de palabras y cuerpos en la que sus lectores nos refugiamos.

 

Magdalena Lasala, La piel del cielo, Córdoba, Berenice, 2025