
Micelio, título del nuevo libro de Laura Giordani, es una metáfora de la vida, del mundo, de la poesía. Las hifas que conforman el micelio tienen capacidad de crecimiento, degradan compuestos inorgánicos y neutralizan la toxicidad.
En este libro, los acontecimientos que se cuentan: infancia, muerte del padre, presencia de los hijos, migraciones…, construyen una unidad que regenera las heridas y son la puesta en marcha de lo que se dice en la primera parte, “Micelio madre”, la “que nos sostiene” (…) “hacedora de olvido” (p. 23).
Es la palabra poética la que repara el daño y convierte en alimento el detritus de nuestra experiencia humana. Nadie lo puede decir mejor que la propia poeta: el poema es el emergente de un texto mayor sumergido en la penumbra. El micelio nos conecta a los demás; cose todo lo que existe entre el cielo y la tierra, como el fresno de Yggdrasil en la mitología nórdica.
En Micelio fluyen los poemas enlazados y nos sumergen en un camino espiritual, un camino místico, que conduce al Uno. Para “dar a la caza alcance” debe haber una rendición, “una áscesis inversa (…) seguir descendiendo hasta saberse sustrato, raíz, mineral (…) hasta diluir los bordes en la compasión del Uno” (p. 16). En esa oscuridad nace “el poema refucilo en la llanura oscurecida, como única linterna” (p. 16). Hay que cavar “mirar hacia abajo, / con la misma reverencia / con que alzamos los ojos a la noche estrellada” (p. 22).
En la segunda parte --“Familia”--, se cava en la propia historia. Bosques y personas son lo mismo. Para tratar de los exilios, a los que se vio abocada la familia, se nombra la madera de los barcos que atravesaron el Atlántico. La madera, vinculada con Jesús y con la cruz en donde murió, es un refugio, algo que nos conecta y nos vincula con la cuna y con el ataúd. La madera, el tirso que portaba Dioniso, símbolo de vida, de muerte y de éxtasis también, está relacionado, sin duda, con lo anterior. Bosques, maderas, naturaleza en general, son idénticos a nosotros. El ser humano es Uno con la naturaleza. No logran destruir esa unidad identidades ni aduanas. Nada puede fracturarla.
Esta segunda parte de Micelio, es fundamental para ahondar en el recuerdo porque “somos lo que fueron nuestros ancestros, aunque no sepamos descifrarlo” (p. 35). Al igual que los árboles tienen líneas en los troncos, las tenemos nosotros en las manos. Ahí está nuestra vida. Todo lo que vivimos se derrumbó. De ese derrumbe, de la putrefacción, de las heridas, surgen la sanación y la belleza: “El daño / convertido en joya / de afilada belleza” (p. 37).
De la historia familiar, se pasa en esta segunda parte del libro, a lo general, a la historia de toda la humanidad. Lo remoto, pasado mitológico, de la tierra madre, lleva a las relaciones más próximas: hijos, padres, abuelos. Con este material disperso, en el que cabe todo, se construye un refugio, un nido en el que viven personas concretas, pero también todos los seres humanos. El padre migrante, que cruzó el Atlántico tres veces, vuelve al mar que lo acogió y esparce sus cenizas con una sonrisa dichosa. El padre que se funde con los que llegan, con los que nunca llegaron, benditos todos.
La tercera y cuarta parte, “Anomalías” y “Ternura en doce anomalías”, insiste en derrumbar lo que nos separa: los pronombres y la frontera entre vida y muerte. Porque los muertos no han soltado el amarre. Son las palabras las que han de tender hilos “entre lo visible y lo no visible” porque ellas son el invisible micelio que nos sostiene.
La mayor herida es “ese desguace sin término de la infancia” (p. 70). Pero las heridas han de repararse, ahondar en ellas, fortalecerse con ellas, como en la técnica del Kintsugi, consistente en reparar con oro. Es la belleza de la imperfección y de la historia que cuentan.
Laura Giordani cita a Rumí: “La herida es el lugar por donde entra la luz” (p. 70). Este libro es, también, luz y bálsamo, muestra heridas y las repara. En todo el libro fluyen la calma y la paz. A los pequeños se transmite el secreto de la vida, según Mateo. Hay que mirarla con inocencia, con los ojos de la inocencia. Es la fe (effetá) la que se nombra. Una fe fundada en la comunión con la naturaleza, en la seguridad de que formamos parte de ella y en la ruptura de fronteras entre los seres animados e inanimados. Es el hálito espiritual de Juan de la Cruz, cuando dijo: “Mi Amado, las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas…” Una fe que se manifiesta contra el horror y la violencia y que esgrime el poder de la ternura, “capaz de sentir el corazón de la piedra en la muerte” (p. 84).
La última parte, la quinta, “Por donde los huéspedes invisibles entran y salen”, nos muestra el infinito en que vivimos, vivos y muertos. Se rompen los límites en el silencio, en “el agua primordial que nos reúne”. El poema “revela la precariedad de los contornos y la hermandad de todo lo vivo”. Hay que “dejarse anegar / por esa agua inconfinable / que nos hermana”. La hospitalidad como apertura radical hacia lo otro será la manera de restaurar el daño. Pero también la contemplación de la naturaleza, del paisaje, hasta fundirnos con él como en la actividad japonesa “Momijigori” (p. 101).
Es la palabra poética el micelio que nos sustenta, en donde vibra la vida secreta. “El poema debe transmitir, sin conocer, como una carta sellada” (p. 106). Ha de ser una escritura que muestre su revés, sus costuras, una deshilachada manta que nos cobija (p. 107).
Con estas afirmaciones termina Micelio, verdadera poética, que deja al descubierto el trabajo de Laura: sabe que tiene que transmitir todo al lector, que debe abrirle caminos hasta lograr que se anegue en la palabra poética, para que ambos sean Uno también.
Si un solo poema logrado puede salvar a un libro, Micelio tiene un río de poemas impactantes. La autora nos guía, paso a paso, por el mundo-micelio, nuestro sustento, regenerador de las heridas. Nos ofrece una historia para darnos al final su concepción de la escritura y del lenguaje poético, guardián de la carta sellada. Pocos poemarios pueden abrir tantos caminos. Pocos poemarios tan comprometidos.
Laura Giordani, Micelio, Chile, Ril Editores, 2025.

