
La editorial Páginas de Espuma recupera una de las obras fundamentales de la literatura española, Zeta, de Manuel Vilas. Originalmente aparecida en la colección “Los cinco elementos” de la editorial DVD, de Sergio Gaspar, Zeta se convirtió en un referente dentro del panorama aragonés de principios de siglo por su carácter híbrido y posmoderno: entre la novela y el relato corto, la prosa poética y la obsesión urbana sobre la muerte y la soledad. Zeta tuvo su continuación en 2004 con Magia, también editado en DVD. Los relatos del libro tenían un componente todavía más cerrado, de una magia psicótica donde la ciudad conocería una nueva mutación, esta vez de Zeta a Cetísima.
Tras la desaparición de la editorial de Sergio Gaspar, Zeta conoció una reedición-recuperación en la colección Salto de Página en 2014. En 2026, con Manuel Vilas convertido en autor canónico, consagrado entre las primeras espadas de las letras españolas, Páginas de Espuma publica Zeta-Magia en un solo volumen: Zeta, de Manuel Vilas, en una versión definitiva, pulida y revisada por el autor. La novela responde a los tiempos en los que fue escrita: una nueva demografía, el extrañismo y la canción pop. Todas las fronteras entre géneros desaparecerían completamente con la aparición de Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, en 2006, si bien la obra de Vilas está emparentada de un modo más evidente con Las afueras, de Pablo García Casado, un poemario cortante, de realismo social mágico, al ritmo hipnótico de los temas de Lou Reed.
Antes de Zeta, Manuel Vilas y su presente/pasado distópico, recuerda Barbastro. Antes de los institutos y los pasillos, los discos de The Who y Patti Smith como semillas que eclosionarían unos años más tarde. Igual que Félix Romeo consigue lo universal desde la fascinación por lo local, Vilas unifica lo local, lo urbano, haciendo extensible lo plano y lo solitario al resto de Occidente. El urbanismo intoxicado y decadente, hermético de cal y sosa cáustica. La memoria del lector sitúa a Zeta en la mutación de Zaragoza, pero, además de ese Barbastro, aparece Teruel como refugio de Franz Kafka y el urbanismo de sus barrios como una confederación que los dota de personalidad propia. El Actur y las líneas de autobús que unen los hemisferios de una ciudad anterior a la EXPO, como una especie de zona intermedia, neutra, que recuerda a las barriadas del Tánger de William S. Burroughs. El calor del agosto zaragozano enfrentado al frío industrial divino, la enfermedad como habitante de la Casa Grande y las enfermeras y los fontaneros, oficiantes de una ceremonia que tiene a las calles de Zeta como dios supremo en una cosmogonía propia.
Vampiros y ángeles, el McDonald's de la plaza de España, las cajas de Valium, una narrativa rítmica y acumulativa que emparenta con la obra de Vicente Luis Mora, sobre todo por el urbanismo fractal de su Circular 22. El estilo de Manuel Vilas en Zeta es eminentemente acumulativo: su narración se basa en la composición de capa tras capa, reforzada por el cemento de los sintagmas hasta convertirla en una letanía. Un libro de obsesiones, de mitificación de lo cotidiano: calcetines, zapatos, taxistas, colchones, gasolineras, la televisión y la luz artificial. Una piscina vacía, moribunda, sucia; un amanecer que se confunde con el atardecer y esa fantasía sugerente del personaje fantasmal que aparece en “El nadador”, de John Cheever.
Vicente Aleixandre y Nico como contraposición cualitativa de las influencias del Manuel Vilas de 2002 a la hora de redactar el manuscrito de Zeta, una obra escrita en pesetas que rompe con la idea de inmutabilidad de la ciudad, euros o maravedíes. Manuel Vilas escucha a Lou Reed en el último walkman que se conserva sobre la faz de la Tierra, pasea por una Zaragoza sin árboles: en la Zeta de Juan Alberto Belloch ya habían desaparecido todos los árboles. La sombra estaba prohibida. Volver a Nico, en las líneas 23 y 20, las que recorrían la ciudad, las que llevaban más allá del Pryca —convertido en Carrefour—, donde Zeta terminaba, hasta el CPS, Centro Politécnico Superior, el punk de plástico. Los últimos videoclubes de la ciudad, Truman Capote comprando libros de arte rebajados en el VIP's antes de que la cadena se convirtiera únicamente en negocio de restauración.
En esta edición, Gentes de Zeta es el nuevo nombre para Magia. Aparece Baltasar, con su nombre de falso rey mago; sus personajes parecen teclear la vida usando una especie de código máquina, convirtiendo la Casa Grande en el Hospital Miguel Servet y los institutos de educación secundaria en un abrevadero de podredumbre y formatos baratos: café, Orfidal, las últimas cajas de Katovit, pensando en que llegue mañana y pasado mañana. Manuel Vilas acelerando a traición la vida. Un tratado inacabado de situacionismo con referentes en los novelistas norteamericanos contemporáneos: los autómatas crueles de George Saunders, el absurdo apocalipsis docente de Don DeLillo en «Ruido de fondo» y, por supuesto, el realismo histérico de La broma infinita, de David Foster Wallace. En Zeta se asoma un cierto clasismo, no hay que negarlo: todos los que usan sus manos, todos los que madrugan, los que no leen, peluqueras y mecánicos, los que se alimentan de comida chatarra, son N. P. C. (personajes no jugables) que consumen recursos sin más objetivo que dejar que la vida los atraviese.
Existen todavía los cines Renoir, pero no la memoria del COVID ni el tranvía. Nos reconocemos en la muerte, muchos años después, en los pasillos del hospital, en la luz de la UCI, que nunca se apaga, un día artificial y eterno que agota a los pacientes. Agua y bacterias. La muerte viene con sed, la muerte viene con hambre. En la Casa Grande, como en un poema de Federico García Lorca, no duerme nadie. Leyendo Zeta de nuevo, uno recuerda la cardinalidad exagerada de Manuel Vilas: la exageración en el uso de los números como exaltación lírica, lo cuantitativo como metáfora, un estilo inconfundible de miles y millones, que será parte de España, que se diluirá en el novelista más tradicional del futuro, pero que dejará una huella indeleble en sus lectores e imitadores de la época hasta crear un estilo propio.
Una revisión imprescindible para el que se acerca a la obra por primera vez y también, por supuesto, para el que disfrutó de aquella explosión nutricia en su momento.
Manuel Vilas, Zeta, Madrid, Páginas de Espuma, 2026.

