
La etimología de la palabra nigredo lleva al latín, «negrura», «ennegrecimiento», y al ámbito de la alquimia y los procesos químicos que propician otros de índole espiritual, dando pie a un doble plano de sentido y ocultamiento que Marta del Pozo (Avilés, 1980) explora en este libro de poemas. Hay que decir desde el principio que predomina el blanco sobre el negro, y nos vemos tentados a continuar el título de la primera parte añadiendo la cursiva al entrecomillado: «Desde una estrella oscura», se ve un mundo luminoso y claro. Hay más luz que sombra y no es poca victoria de la alquimia y el espíritu. Y de la poesía, sutil destilación de ambas. Las secciones vienen encabezadas por citas de Roberto Juarroz, y es curioso que un libro compuesto en su mayoría por poemas en prosa, una forma de horizontalidad, se encomiende al espíritu del creador de la Poesía vertical. La paradoja pasa también por exhibir lo más epidérmico en apariencia y ocultar la entraña, mostrar la luz y esconder la sombra; ricas contradicciones en el tramado mítico y formal de este libro espléndido de Marta del Pozo, quien hasta en el nombre lleva incorporado el vacío, un hueco que se nombra constantemente y que, en su vaciarse, constantemente se colma.
En Nigredo son sobre todo tres las entradas fundamentales a los arcanos, al mundo otro como doblez: dos bocas de acceso situadas a ambos lados del Mediterráneo, Grecia, en el extremo oriental, y Sintra, en el occidental; y a ambas se suma otra entrada más, Varsovia, lo que forma un triángulo casi isósceles en el mapa. Y tres especies de pájaros con su peculiar simbología: los gorriones, el ardor del fuego; el cuervo, heraldo de la sombra; y los vilanos, níveo pájaro que sobrevuela las vías de acceso, las carreteras de nuestra geografía europea, sobresignificada a los ojos de quien la ve desde América. Aunque en realidad todos los pájaros son para el poeta un único pájaro, y, si no importa el país, como leemos en las palabras que abren el libro, tampoco importa la especie aviaria. Lo que se nos prende en la conciencia es la idea del vuelo, iluminando el largo camino de las aves desde sus limosos antepasados reptilianos hasta el dominio de lo más etéreo.
Otra doblez es la del lenguaje. Pero no se trata de metapoesía al uso, sino de una indagación de más calado que tiene que ver otra vez con el doble plano de realidad y de conciencia, the world within and the world without, en palabras de Joyce, traducido por la autora. Un ejemplo es el tercer poema de la segunda parte, que consigue la proeza de sacarle quilates de altura poética a algo tan pedestre como una clase de idioma. El lenguaje es el combustible que quema el ave alquímica de la poesía para levantar el vuelo. Me da la sensación de que la posibilidad de este vuelo en Nigredo se lo brinda la prosa. La metapoesía en verso quedaría más limitada en sus indagaciones. En manos de Marta del Pozo, la posibilidad de posar la mirada en todas las cosas con la democratización retórica que ofrece el poema en prosa, lejos de la jerarquía vertical del verso, lleva el mundo y la conciencia a ser recintos linderos, vasos comunicantes, y así el yo se llena de mundo y viceversa: la poeta queda «desplanetada entera», feliz sintagma de ocupación y vaciamiento. El poema es el «territorio de la simultaneidad», la «transversalidad», y los periodos sintácticos sin interrupción quedan entreverados de los dos planos que busca y menta infatigablemente el libro. Véase el poema que empieza «Pasa el sol por la esquina» para dar con una visión poliédrica, «cual muñeca rusa», que sitúa a la poeta dentro del poema como convidada de piedra, sin voz, gracias al milagro de la mirada. Es un poema que no se resuelve con el árido recurso a la metapoesía, sino con el aporte personal, biográfico, de la mano de la amplitud del periodo sintáctico y la familiaridad de la prosa. Todo un acierto.
La búsqueda es también la de una nueva femineidad que renueve las armas retóricas de la visión tradicional de lo femenino como oquedad, receptáculo, abrigo del ser en sus latidos iniciales. En ese sentido, titular la tercera parte «Tierra o nada» constituye una apuesta valiente en la enunciación de lo que será, si no tierra nutricia y matricial, la misma nada. Y ahí la poeta da con un nuevo perfil de lo femenino en su más absoluta desnudez que redunda en la idea que apuntamos antes, la de que todos los pájaros son un solo pájaro: «Si me desnudo, perteneceré a cualquier época». Es un empoderamiento que trasciende la circunstancia histórica pero también la convierte en una especie de víctima universal propiciatoria, como se verá en el largo poema de la quinta parte, señaladamente titulado «El pozo», una bajada a los arcanos en la mismísima Quinta da Regaleira, donde, según la leyenda, buscó refugió el exilio Illuminati en la Segunda Guerra Mundial, y donde, cuentan, los gritos de los sacrificados turbaban la mullida paz de las noches de Sintra, puerta del cielo, lugar arcano donde los haya. Es el peaje que se paga al buscar el adentro en el afuera, «la cara oculta de un mundo que fue ventana hacia adentro».
La última ventana, la de Grecia, es una fragua, no para un dios, sino para un pájaro, un penúltimo círculo en la escalera de caracol que forma este libro para llegar al más recóndito de los afueras, su mismo centro. Vienen a unirse las hebras circulares que han recorrido Nigredo bajo el cielo griego, «el más claro espejo de mi mente». Nos quedamos con la cuerda de la femineidad vestida de dignidad en el magnífico poema en verso del final de la sección, que además va en cursiva. Ahí, la dignidad, en este nuestro llamado Antropoceno, echa la vista atrás al Cámbrico y se imanta del signo trágico de la existencia transversal de las especies, cuando por primera vez un organismo vivo aprendió a devorar a otro para medrar y llegar a la complejidad celular que somos asolando la tierra. Es una dignidad «cámbrica y oscura como la oruga / en la lengua del anfibio».
El remate final, el poema «El dorado», culmina la búsqueda al darle nombre y apellido al mundo afuera y al mundo adentro: es el delgado destello de la vida debajo del cual pesa acumulado el grosor del Hades, al que ha llamado previamente «la región del Antes (la región del Todo)», «donde van a vivir los muertos (desterrados de esta forma tan delgada de vida)». En el territorio de la simultaneidad, en la plena conciencia de la cara y la cruz, la vida y la muerte, el eros y el vacío, la luz y la sombra, la voz que enuncia no juega con el envés trágico de las cosas. Asume su caída y comprende, como el martín pescador que abre el libro, el pájaro anfibio, que su reino es ominosamente de este mundo, más suyo si cabe al saberlo perdido. Celebramos este libro inusitado y valiente de Marta del Pozo, luminoso destello en el panorama poético actual.
Marta del Pozo, Nigredo, Bartleby, Madrid, 2026.

