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Belleza, entrega y plenitud

31 de octubre de 2014 14:13:48 CET

María Victoria Atencia, nacida en Málaga hace setenta y cuatro años, pertenece por edad a la generación del Cincuenta, si bien su concepción de la creación poética está más próxima a los Novísimos por sus elementos culturales. En todo caso su voz honda y compleja, siempre “entre visillos del alma”, la presta una singularidad difícilmente repetible.

 

Desde la publicación en 1961 de Arte y parte y Cañada de los ingleses, hasta el libro que hoy nos ocupa De pérdidas y adioses, la obra de la poeta malagueña ha ido creciendo de modo orgánico, sustentada en una plenitud interior generadora de armonía y belleza. En su crecimiento hubo quince años de silencio rotos por la aparición en 1976 de Marta y María y Los sueños, durante los cuales se fue fraguando el oleaje interior de su poesía, represado en una forma desprovista de metáforas, poesía alumbrada por la cristalización de los movimientos del espíritu que quedan así esculpidos y evitan su desvanecimiento como el humo. Por eso cada vez que el lector repasa con su mirada el cuerpo transparente de los poemas de María Victoria Atencia, siente bajo la solidez de su superficie un íntimo temblor o irradiación que le conduce a una suerte de comunión con la autora y su mundo, en la que lo real y lo abstracto, lo temporal y lo eterno, forman una unidad constitutiva de plenitud.

 

De “belleza, entrega y plenitud” habla Clara Janés al referirse a la obra de María Victoria Atencia, que se mueve entre lo cotidiano con aspiración de absoluto y germina entre el suelo y el vuelo. Obra que para Miguel Casado se consuma en el “hueco” y se nutre, en opinión de Olvido García Valdés, de la carencia. La luz se impone en ella frente a la oscuridad y la ceguera en un combate donde la casa, los seres queridos, los objetos, el mar y otras manifestaciones de la naturaleza son el territorio acotado por el poema, dentro del cual camina y respira la autora andaluza.

 

Todas las características apuntadas aparecen, con distintas modulaciones, en otras obras suyas, como Los sueños, El coleccionista, Ex libris, Las contemplaciones o El hueco, hasta llegar a De pérdidas y adioses, donde se da un paso más, si cabe, en su perplejidad existencial, en su situarse fuera del tiempo para mejor medir la fugacidad de todo y en su entornarse obediente a una fuerza superior. Y es que, si en toda la poesía de María Victoria Atencia hay un componente de misterio, sagrado, en De pérdidas y adioses pasa a ser un elemento central. Su vena mística aflora con resonancias de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa en perfecta correspondencia con la ambigüedad propia del misticismo, en donde el amado aúna en sí lo más espiritual y lo más carnal: “Qué pudiera ofrecerte por aquella ternura / que me iba devolviendo a los labios el rojo, / a las sienes el pulso, si yo no era siquiera / señora del aliento del agua, y descubría / que más amargo era ser mujer que el acíbar, / más difícil que huir de la gonía, / por más que tú siguieses con tu unción recorriéndome/ entera, y yo sabiéndome abierta a tu ejercicio / como sólo una rosa de Jericó lo hiciera”.

 

Hay en De pérdidas y adioses el sentimiento de pérdida y despedida, como el título indica, pero sin clausurarse nada, pues todo queda abierto, en estado de horizonte: “Después, tras de ajustar / su sombra a medida con un salto / ciego y oscuro y suyo, aún proseguía / alentando mi trazo y testimonio / como si cada día no fuésemos haciéndonos / de pérdidas y adioses, y quisiera / quedarse para mí, dispuesto en un papel / herido de punciones y en el que sólo a tientas / alcanzase a leerlo con los ojos cegados”. Poema éste en el que también aparece otro de los grandes temas de María Victoria Atencia, el del texto como el lugar donde todo sucede, el de la hoja en blanco como espacio del ser. La escritura, la obra artística en general, tiene para ella un carácter salvador de la fugacidad del tiempo, y crea belleza y armonía, como al principio de este comentario dijimos. Con su nacimiento amanece siempre una nueva vida: “Que me recorra un soplo, y pueda yo alcanzar / - sin que quizás me entienda - a escribir cada día / una línea distinta para inventar la vida que me falta, / y me aprenda, y me olvide, pues me sé de memoria después de tantos años. / No deteriora el tiempo la belleza: / la perfecciona en otra manera de hermosura”.

 

El poemario De pérdidas y adioses es, probablemente, el libro más desnudo de la autora malagueña, donde su palabra despojada y esencial, aunque embarazada siempre de lo cotidiano y más próximo, toca fondo en su vida y entabla un silencioso diálogo con la muerte, a la vez que abre una vía unitiva con la divinidad. Hay en De pérdidas y adioses una soledad purificadora, un reconocimiento en la extrañeza y una ternura subterránea que encuentra en la memoria de la madre el hilo conductor de la existencia: “Búscame a mí misma como si sólo fuera / un eco de su luz, copia de su destino, / como una inclinación para irle de la mano, / memoria de mi madre que, en el curso del día, / con gloria o con pesar, en la historia diversa, / proseguía en su oficio de irme precediendo”.

 

María Victoria Atencia mantiene en su último libro ese ritmo sanguíneo que le es consustancial, fundador de lo real y de lo onírico en perfecta simbiosis, ese sentido de la plasticidad que nunca la ha abandonado y esa tensión de hablarnos desde lo habitado, tanto visible como invisible. Sus versos grávidos en trazos leves, fruto de la contemplación, mueven al lector a pasar al otro lado en compañía de las formas, colores y olores familiares, y a sentir cómo el tiempo se suspende en un eterno presente. El tiempo que a todos nos hace y deshace. De pérdidas y adioses tiene, como toda la poesía de esta autora, el hálito de lo perdurable

 

 

 

María Victoria Atencia, De pérdidas y adioses, Valencia, Pre-Textos, 2006

Escrito en Lecturas Turia por Javier Lostalé

Muerte

27 de octubre de 2014 08:14:52 CET

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Noche final, si al fin tengo que verte,

sé una duelista noble y dame el sable

con en el que en nuestro duelo inevitable

no esté dejado yo sólo a mi suerte.

  

Si la naturaleza no subvierte

su orden por más lucha que se entable,

déjame por lo menos la improbable

ocasión de intentar matar mi muerte.

 

Mientras me agujereas el abrigo,

aún en los botones viejas huellas

de mi niñez, yo lucharé contigo,

 

noche en la que me miren las estrellas,

como amantes que, en un cielo enemigo,

sean dulces, crueles, como fueron ellas.

 

Escrito en Lecturas Turia por Álvaro García

Delia's gone

21 de octubre de 2014 14:59:46 CEST

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bendito sea el suicidio. 

Lo mejor de nuestro amor fue suicidarnos. 

Tantos suicidas en París, en Nueva York,

en Ginebra, en Londres, en Estocolmo y en Madrid. 

Hombres y mujeres que se arrojan por las ventanas,

desde décimos o undécimos pisos,

intentando volar en el absurdo viento de las ciudades. 

Bendito sea el suicidio, que nos iguala a los ángeles

más famosos en las rutinarias gradas del Universo. 

Es temperamental, la muerte por amor. 

Suicídate, no significa nada, el mundo resplandecerá

aún más y no habrá tristeza alguna porque nadie te ama ya. 

Hombres y mujeres que dispararon negras pistolas

contra sus inocentes y vencidas sienes,

que castigaron  su aparato digestivo

con cápsulas verdes y blancas, rojas y amarillas. 

No soporté que me abandonaras, amor mío. 

No soporté quedarme sin trabajo, amor mío. 

No podía verte con otra, amor mío. 

San Ian Curtis, San Mariano José de Larra, Santa Silvia Plath,

la santa horca, la santa pistola y el santo gas,

y el amor siempre,

el amor

tan asesino. 

Di adiós a tu cuerpo, se ha quedado vacío. 

Bendito sea el suicidio,

que nos aleja de la mirada de todos los Emperadores. 

Bendito sea el suicidio, el gran adiós de los lunáticos. 

Qué bella es la muerte y su hermano el sueño,

dijo un inglés ilustre. 

No podía soportar las nubes, el mar, las calles,

amor mío. 

Cúbreme de tierra, estaré bien no estando,

amor mío.

Cómprame un ataúd barato, estará  bien así.

No hace falta que me recuerdes, amor mío.

 

Escrito en Lecturas Turia por Manuel Vilas

No hablemos de la belleza

20 de octubre de 2014 08:48:15 CEST

 

No, no hablemos hoy de la belleza

(la que desde el origen va unida

a la verdad,

la que bien entendida aún permite

ser humanos

a los que no desean ser humanos,

la que armoniza la naturaleza

y permite que el mundo -¿hasta cuándo?-

aún gire suavemente

en sus goznes).

Recordemos tan sólo

a aquel para quien nunca podrá haber

memoria.

 

Se llamaba José.

Fue el asesinado de nuestra familia.

Fue uno de esos muertos

que hubo en casi todas las familias

de ese país que se llamó Cainlandia.

En concreto, fue uno de aquellos siete mil

y pico que creyeron simplemente

en lo sagrado.

 

Fue un joven agustino.

Dicen que en su voz

poseía la música de Orfeo.

Había logrado huir de su colegio

y en una pensión buscó refugio.

Vestía de paisano, deseaba

quizás estar en paz

consigo mismo y con aquel Madrid

convulso,

pero una noche

hombres airados fueron en su busca.

Fue llevado hasta el barrio

de Tetuán, a la checa

del Cine Europa,

donde fue torturado,

sin causa, hasta la extenuación.

 

Luego, fue conducido hasta un lugar

que todavía hoy suelen llamar

“El Quemadero”

 

(un basurero entonces de la ciudad,

allá por donde hoy –¡ironías del destino!–

se alza un hospital al que llaman “La Paz”).

Allí, en “El Quemadero”,

entre los desperdicios,

José fue asesinado y sepultado.

Para él no habrá jamás

ni justicia,

ni tumba.

 

Tenéis razón, no hablemos de la belleza hoy.

No digamos tampoco quienes fueron

los cobardes.

Sin ira y sin rencor,

tengamos simplemente un piadoso recuerdo

para aquel inocente

y para sus asesinos

sin rostro.

 

Escrito en Lecturas Turia por Antonio Colinas

Muerte lenta

9 de octubre de 2014 08:21:31 CEST


  ¡Cabalgar en el viento, 
 viajero de los mares sin retorno: 

 no dejar otra huella 
 que la que deja el pájaro en las nubes! 

 Li-Po
 
 
 


Todo lo que persigo y no está escrito en el agua
ni en el palimpsesto continuo de los sueños,
viene a aflorar en mi interior con la llegada de los ánades
como una blanca prímula que subyace en los riscos,
ajena a los eventos de las civilizaciones.

  
Todo está ahí como ausente,
en un letargo silencioso y umbrío,
desvinculado de los días y las noches que emergen.
 

No hace falta más luz, las cigüeñas volvieron
a sus orígenes de arena y vientos cálidos;
no volveré a sentir su crotorar monótono
hasta el próximo estío.

 

Esa es la condición de los humildes,
ver pasar como un tren las estaciones
hasta llegar al próximo destino:
"Estación Términi. Fin del trayecto.
Rogamos desalojen los vagones".

Escrito en Lecturas Turia por Emilio Amor

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