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Configurar sentido descendente

Deliberadamente frívolos, incómodos, provocadores, prosaicos, en las antípodas del poeta-profesor: así pueden caracterizarse los poemas de Daniel Durand. Inscrito en la misma generación que Fabián Casas y Laura Wittner —la de los poetas argentinos de los años noventa—, su trabajo, como ocurre con toda voz poética significativa, desborda ese marco generacional. Los adjetivos no responden aquí a un gesto caprichoso: el lector los encontrará debidamente documentados en La manía de rodar (La Coz, 2025), antología que en menos de cien páginas ofrece un recorrido por la obra de un autor que nunca hizo un oficio de la escritura; en otras palabras, nunca igual a sí mismo pero siempre él.

Con diseño editorial de Eugenia Parrado y una tapa que evoca influencias abstractas a lo Kandinsky —en contraste con poemas marcadamente figurativos—, el volumen reúne textos de Lupa de la inmersión (2023), Ruta de la inversión (2007), El estado y él se amaron (2006), Cabeza de buey (2012) y Como un Marlboro (2016). La selección, más que ofrecer un panorama exhaustivo de su obra amplia y variada, parece guiarse por un criterio de legibilidad, priorizando poemas breves y accesibles a lectores ajenos al contexto social, político o literario argentino.

«Hay poetas a los que no se puede separar de su voz», dice Laura Wittner —también antologada por La Coz— al referirse a Durand. Su voz poética funciona como una marca indeleble: aunque se desdibuje y se mezcle con la oralidad urbana, el tono permanece. No hay impostura, pero tampoco confesión. Más que un yo biográfico, lo que perdura es una manera de decir desenfadada y alejada de cualquier retórica

Poemas como “Niño con banana” o “Pequeña botella de vidrio”, que figura en la contratapa, muestran cómo Durand convierte lo más ordinario —incluso lo escatológico, el residuo, aquello en lo que nadie repara— en materia poética. Lo cotidiano no se sublima: se presenta tal cual, con toda su sobriedad y violencia. Evita tanto la abstracción generalizadora como el lirismo sentimental sin por ello hacer una épica de lo marginal.

Si toda antología es una vida encuadernada, la de Durand es la creación de una vida, no su recreación. Por eso La manía de rodar puede leerse —y en cierto modo vivirse— como un estado mental alterado: una forma particular de relacionarse con el entorno. La casa de una madre muerta, las linternas de las prostitutas nocturnas del barrio, el cielo de Boedo, los recuerdos de la infancia en Concordia, o un niño paseando y masticando una banana perfecta por los pasillos brillantes de la mañana.

De ahí que La manía de rodar sea un libro de múltiples capas: conviven en él ecos del modernismo estadounidense, algo del despojo beat y la economía de medios de la lírica oriental. Es un libro del ahora y de siempre, un flash poético que nos muestra que basta atender con obstinación a lo que pasa para hacer lírica.

 

Daniel Durand, La manía de rodar (Antología), Valencia, La Coz, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Andy Mainardi

22 de abril de 2026

David Roas (Barcelona, 1965) es un consolidado autor de género. Su capacidad para integrar el terror en la alta literatura se ha podido disfrutar en obras como Invasión (2018) y Niños (2022), ambas editadas, como este volumen último, por Páginas de Espuma. Además de narrador es teórico del fantástico, con ensayos como Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico (Páginas de Espuma, 2011). 

Este libro, Territorios (Páginas de Espuma, 2026) continúa con la tradición de lo sobrenatural que aparece en lo cotidiano que alimentaba su anterior entrega, Niños (2022). Roas ofrece un libro corto, de relatos breves, donde conviven los juegos de la lotería de Shirley Jackson, ecos a  Luciano Lamberti, el disco de A santa compaña (y, también, Devocionario, claro) de Golpes Bajos y la poesía de Anton Reixa celebrando San Martín. 

La misma portada, entre el espantapájaros que nos recuerda la película "Scary Stories To Tell In The Dark", pero si la hubiera dirigido León Klimovsky, con una gorra de Caja Rural incluida, nos coloca en el punto de salida del agro-horror, el folk-terror, los niños del maíz y distintas gradaciones del paganismo adolescentes. La cita de People Are Strange de The Doors, canción clásica de cine ochentero de vampiros en The Lost Boys, con la versión de Echo and The Bunnymen deja claro que esto va de guiños a la cultura pop(ular) desde final de los setenta hasta hoy. Comenzando con “Un gañán entre el centeno”, el primer asomo del hípster de Daniel Gascón (que retornarán, como todos los malvados, más adelante), esta vez vestido como un observador de Joe Hill, viendo niños y espectros, un Camilo José Cela muy sudado, atrapado por las chicharras. Lo único fresco, los ultramarinos. En el interior, lejos de los aires frescos del Cantábrico. Este primer cuento, en el que a Casimiro se le fue la mano, donde la indiferencia parece más bien desprecio, del Bar Venancio en adelante, acaba siendo un cuento sobre la soledad: la que siente la abuela, abandonada por su familia, que le obliga a evitarla con un espectro. Esa misma dejadez y esa misma compañía acaba siendo la única herencia real. Aunque sea curioso que en lo real encontremos un fantasma.

Seguimos hacia “A matanza o porco”, aquí, directamente, llega Os Resentidos dando música a las páginas, quizá, por los disfraces, algo de la nueva visión de Cementerio de animales de Stephen King y los cuernos y pieles que hemos visto en pantalla, con la presencia siempre de Carcosa y el rey de Amarillo. Pero aquí, en vez de osamentas paganas hay disfraces de ninjas. Capturar el instante, hacer del refrán, “A todo cerdo le llega su San Martín”, un cuento. 

La cita de «La matanza de los garrulos lisérgicos» nos lleva a los tiempos en los que, armado con un sampler, Julián Hernández se hacía llamar Padre Karras. Volvemos al Bar Venancio y los hípsters malvados en “La invasión de los ladrones de huertos”. Aquí pivoto en la lectura entre el híbrido de tomate y tabaco, “Tomacco", creado por Homer Simpson en 1999 y la fetidez radioactiva de El color que cayó del cielo de Howard Phillips Lovecraft. Crítica liviana al capitalismo, paranoia ludita contra las empresas químicas, Palomares, los marroquíes bondadosos y las hortalizas de cincuenta pies. Al final, tanto la naturaleza como el dinero acaba recuperando su espacio. Siempre. 

“Listo para usar” es una miniatura que recuerda la sensación de infinito estirado que suponía el estío adolescente. Los recuerdos materiales y los emocionales. El bochorno entre las hermanas. Una que se incendia en silencio y otra que lo hace, mientras extraña a sus amigas de Barcelona. Un vestido maldito que tiene algo de la venganza calmada de Carrie y aledaños. 

“La conjura de los recios” vuelve al mundo rural y aislado, donde los comercios reciben pocos suministros. Al menos una Mahou fría, algo es algo. Ignacio, el protagonista, se entretiene bajo tierra, conociendo a la Santa Pelagra. Es un relato con toques de fantaterror español, nos sentimos entre la trilogía de Los caballeros templarios zombis de Amando de Ossorio y una canción de Derribos Arias contra las niñas malcriadas. Toledo y su mística, no es casualidad que sea el arzobispo de Toledo cuando se hable de la orden del Temple. Los santitos paganos, más niños que santos. Avanza la idea de una iconografía universal, alejada de lo urbano, en la que los dioses anteriores al cristianismo, permanecen en lugares remotos, exigiendo sangre y sacrificios para asegurar la cosecha. 

Saltamos, de nuevo, a Os Resentidos: “La noche de los puercos vivientes”. Un guiño al Necronomicón, convertido en Negrocomicón y una variación fonética del clásico, "Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn". En España tenemos pocas armas de fuego, desconocemos el olor de la pólvora. Encerrados como en Evil Dead, cuando se acaben las pistolas y las puertas y ventanas sean astillas, solo quedarán los chasquidos, el orujo y la fuerza bruta. 

Mi cuento favorito es el último; “Rituales”: instantes en los que el vapor del océano se convierte en niebla, como en los discos de Nacho Laguna o las películas kafkianas de Woody Allen. Un mesón con percebes a doce euros, la sensación de estar ante un lugar que puede aparecer y desaparecer, un lugar cuántico, incluso por la prensa y los habituales. Me acerco al realismo mágico rural, a la hechicería del terruño recordando aquel Cantábrico profundo y atávico de Cristina Sánchez-Andrade o los cuentos de Juan Montiel. Y, claro, la idea de convertir San Andrés de Teixido en Innsmouth para una escena de ánimas, escarabajos y yerbas, que termina en el mar, como esperando a Paco Rabal en su última aparición, Dagón, la secta del mar. Meigas y sanandreses. ¿Quién será el tercer muerto para el que suena la mazurca? Buena pregunta.

 

David Roas, Territorios, Madrid, Páginas de Espuma, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Todos los poemarios de José Manuel Lucía Megías coinciden en un planteamiento común del que parten y al que llegan: la indagación continua del ser, la búsqueda incansable de razones no tanto para vivir sino para sentir, para trascender los límites ordinarios en los que se desarrolla la existencia cotidiana. No significa esto que la suya sea una poesía de evasión, bien al contrario: no persigue desviarse del mundo en el que se ancla, sino afirmarlo en otros fundamentos, con el objeto de desvelar sus imposturas y de desmontar los códigos trillados de la rigidez de ideas o de la intolerancia.


0. Principios de una poética visual y humana

 

Se explican, así, los rasgos formales que, desde Libro de horas (2000), se han ido entretejiendo en sus libros para configurar un discurso diferente, fiado a probaturas extremas de un versolibrismo, lleno de agilidad y de avidez expresivas. J. M. Lucía compone poemas extensos, que suelen superar los sesenta versos, sin patrones estróficos determinados, con esporádicas asonancias, que se agitan y se desbordan en líneas versales que rozan los límites de la página de escritura y que vuelcan sus sentidos en continuos escalonamientos: hay una dimensión visual que procede de la necesidad de ahondar en los asuntos (siempre reales y concretos) que se abordan, una escala de armonías que no depende tanto de los metros regulares como del continuo entrelazamiento de palabras henchidas de sonoridad, que se reduplican en series de sinónimos y se amalgaman en secuencias homogéneas, unidas por anáforas que sirven de cabecera para los núcleos internos con los que el poema acaba construyéndose.

A lo largo de un cuarto de siglo, José Manuel Lucía ha ido conformando una poética del ser y de la existencia, alejada de cultas vanidades porque se asienta, siempre, en verdades inmediatas. El entorno de la vida se convierte en el espacio esencial de su indagación creadora: desde las raíces familiares hasta las heridas causadas por la persecución de quienes poseen otra orientación sexual, su obra genera una mirada dirigida hacia un mundo que persigue a quienes tacha de diferentes para salvaguardar inflexibles normativas religiosas o políticas.

Brotan de los poemarios de José Manuel Lucía proclamas de esperanza (porque siempre hay que creer) y clamores de indignación (porque siempre hay que resistir). Sus largos y libres versos trenzan, en los telares de la conciencia, un imaginario de ideas y de nociones con las que se definen los esquemas de un pensamiento poético que enseña a reconocer otros mundos, no ilusorios, sino también reales y cercanos, que precisaban sólo ser nombrados para poder percibirlos.

Sus amplios poemas captan nítidas fotografías —la otra pasión de J. M. Lucía: Instantes. Fotolibro poético (2023)— de la realidad por la que transita el poeta: vagones de metro, barras de bares, aulas universitarias, laberintos de calles o cruces de caminos que se recorren con la finalidad de que puedan ser reconocidos, sabiendo que esos itinerarios traerán consigo las experiencias necesarias para proclamar la verdad esencial con la que se titula la antología que de su obra realizara Pablo M. Moro Rodríguez: Yo soy quien soy. Inventario de una noche (2018).

Toda su creación se enraíza en una dicotomía: para ser hay que sufrir (y vivir), para ser hay que sentir (y escribir). De esta tensión vital y estética surge este último libro, en el que el poeta mira de frente a quienes lo rodean para presentar a la persona con la que comparte su vida y proseguir la construcción de una trayectoria poética marcada por un compromiso continuo de buscar y de definir una identidad (creativa y amorosa): El hombre que yo amo.

Acierta J. M. Lucía al elegir una declaración de María Victoria Atencia, que ha servido de clave para guiar la lectura de la obra que aquí se realiza:

El poema es, por definición, una intimidad confesada. Pero una intimidad suya —del propio poema—, y que excluye, e incluso suplanta a la de quien lo ha escrito[1]

El desvelamiento de esa «intimidad» mueve al poeta a trazar un viaje hacia el interior de sí mismo, con el propósito de encontrar al niño que fue, al adolescente en que se convirtió, al hombre que llegó a forjarse para afrontar normas y límites coercitivos, ajenos a su verdadera identidad, callada y ocultada durante muchos años, pero proclamada finalmente en dieciocho poemas que suponen un canto de afirmación del ser, mediante un discurso poético enhebrado con continuas citas de poetas que fueron perseguidos, pero que aprendieron a plantar cara a la incomprensión de una sociedad biempensante (atrofiada y castradora) e intransigente; contra ella se alzaron Luis Cernuda, Federico García Lorca, Jaime Gil de Biedma, Luis Antonio de Villena y, ahora, José Manuel Lucía Megías.


1. La recuperación del pasado: el «nosotros» del presente

 

El viaje se inicia con un íncipit que remite a un verso de La realidad y el deseo: «Placeres prohibidos» [poema 1.º]. La lectura del libro de Cernuda marca el presente en el que se el poeta se instala: una playa en donde dos jóvenes se besan, ajenos a todo lo que ocurre a su alrededor. En ese espacio emerge, «a lo lejos», la figura de «un niño», que golpea la arena de esa playa «a la espera de un beso que nunca llega», pero cruzada también por dos mujeres que vuelven el rostro, ofendidas ante un amor que no aciertan a comprender y que sigue su curso imparable:

 

Y mientras,

los jóvenes,

bronceados y tersos,

devoran su juventud con aquel beso sobre la playa (14).

 

Logra, así, el poeta reencontrarse con el niño que fue y que ha vuelto al presente, convocado por sus versos: con «El niño que llevo dentro» [poema 2.º] se adentra en el ámbito de una infancia conformada por evocaciones familiares y por temores que se manifiestan en unas lágrimas que se vierten en el presente porque no pudieron mostrarse en el pasado:

Esta noche ha despertado el niño que llevo dentro,

al que había sepultado bajo la harina del recuerdo,

con las lágrimas que nunca me había permitido derramar (15).

Son lágrimas que traen consigo los recuerdos de un silencio impuesto, que ayudan a recuperar los retazos de una vida que se negaba a sí misma, pero que adquiere ahora la razón de ser que la creación poética le presta:

 

Y estas lágrimas

se mezclan,

por fin,

con los versos

que nunca he dejado de escribir,

llenando de tinta azul las lunas llenas de los dedos (17).

 

Se quiebra, con rotundidad, el silencio en el que aquel niño lejano había caído para refugiarse de la hostilidad que lo rodeaba. Se adquiere, de este modo, la firmeza necesaria para proclamar, «aquí y ahora», la verdad esencial que esas lágrimas —las «llevo dentro»— han conseguido preservar.

El poemario contiene la recuperación de una memoria ligada a una identidad presentida, pero acallada por circunstancias externas; todos los poemas se van uniendo y reconstruyendo una historia personal, enraizada en una difícil y arriesgada lucha interna contra los prejuicios y las costumbres morales. Para librar esa batalla requiere el poeta un grado de «Heroísmo» [poema 3.º], necesario para dejar testimonio de un proceso realmente agónico, por cuanto se trataba de vencer la «irredenta estulticia», tal y como la definía Luis Antonio de Villena en Como a un lugar extraño. J. M. Lucía entrama vívidos recuerdos de una infancia solitaria, sumida en un silencio que se vuelca en versos que están a punto de escribirse, en libros que se convierten en los mejores «amigos a la salida del colegio» (19), en vivencias alejadas de las bruscas competiciones de los otros chicos o excluidas de celebraciones de cumpleaños a los que no era invitado; se desciende a la frágil condición de la soledad, a ese estado en el que el aislamiento del ser es capaz de avistar o de imaginar lo que todavía no se es, pero se intuye:

 

Recuerdo que,

entonces,

en aquellas tardes de otoño,

esas tardes de nubes barrocas que anuncian tormentas literarias,

ya empezabas a pensar en mí,

en ese tú empeñado en cumplir años,

ansioso por ver también cumplidos

uno a uno

todos tus sueños (20).

 

La recuperación de ese «yo» de la infancia permite vislumbrar las imágenes que se quieren entregar al «tú» que, desde el presente, indaga en esa conciencia herida, quizá abandonada («como decepcionantes eran tus solitarios cumpleaños», íd.), pero dotada de la entereza suficiente para no llorar ni por la falta de compañeros ni por la «noticia de la muerte de nuestro padre» (materia de Aquí y ahora, 2020). Se crea, así, una primera persona en plural: un «nosotros» formado con el niño que fue y con el hombre que es ahora, capaz de entender el doloroso itinerario de renuncias y de menosprecios a que se vio condenado:

 

Hemos compartido muros de soledad

y de miedo (21).

 

El presente permite restaurar el pasado, volver a poner en pie unos «sueños» que nunca se perdieron, porque seguían formando parte de una conciencia que sólo necesitaba el suficiente valor para recuperarlos, para llorarlos:

 

Esos sueños que

hoy

se han vuelto lágrimas.

 

En un gesto impensado. Lleno de versos. Heroico (íd.).

Sin la poesía no hubiera podido producirse esa restauración de un ser que permanecía anhelante del futuro para ponerse, por fin, en pie.


2. La memoria (herida) de la escritura poética.

 

El libro articula una trama anecdótica porque hay una historia de una memoria herida que se va recuperando, poema tras poema, para no perderla. Se evoca, así, a una figura, ya sin nombre, pero ligada a la revelación de unos sentimientos que, de otro modo, nunca hubieran podido afirmarse: «Al compañero en la última fila de la clase» [poema 4.º]. El «yo» del presente, armado ya ese plural que lo une al «yo» del pasado, puede recuperar las emociones sentidas cuando entraba en el aula y distinguía, ocupando el mismo sitio de siempre, a ese muchacho, el único que compartía con él un gesto de reconocimiento, acogido con gratitud:

 

Era el primero en sonreírme por las mañanas.

El único (24).

 

Sólo desde el presente se pueden decir las verdades que entonces se ocultaron —«Nunca he dejado de amarle» (íd.), «Fue mi primer amor» (25)- y que ahora se proclaman, traídas por el hilo continuo de la una creación poética, entrañada en una identidad sentimental, mantenida hasta el presente:

 

Seguro que por aquellos años le escribí poemas de amor.

Mis primeros poemas de amor.

Aún hoy se los sigo escribiendo (íd.).

 

Se van entrelazando, de modo progresivo, los eslabones de un libro compuesto al dictado de las emociones recobradas, tanto las sentidas por aquel niño como las revividas por este adulto. Porque son las mismas, pueden conformar la materia de la obra. Si no fuera así, no podría el poeta preguntarse «¿Cómo escribir desde el silencio?» [poema 5.º], al ser ese «silencio» el reducto en el que se refugió el niño al que ahora recupera, para liberarlo de las circunstancias aflictivas en las que había crecido:

 

¿Cómo se escribe

desde el silencio,

desde las conversaciones y complicidades

que nunca hemos compartido a lo largo de estos años? (27).

 

Los poemas conforman el espacio de encuentro entre esos dos seres distanciados por el tiempo y por la vida; el poeta se pone en pie ya convertido en la figura de ese niño para realizar unas mismas acciones, fijadas en un itinerario preciso de ritos (asistir con su madre a misa cada domingo: «de cualquier mes en un pueblo con calles de barro», íd.), enfrentado a presencias hostiles, a ciegos reproches, incluso a la mirada absorta de quien lo acompañaba a una ceremonia vacía, que nada deja y que todo encubre:

 

¿Cómo se escribe

sobre lo que nos hemos pasado toda una vida olvidando? (29).

 

Pero la memoria regresa al presente, fluye a través de los versos, se abisma en el mismo espacio que vuelve a ser recorrido; frente a las naves de la iglesia con tumbas medievales, se perfila la angostura de «El callejón» [poema 6.º], un pasaje de tránsito —necesario y temible— que el niño tenía que atravesar para llegar a la casa de sus primos; eran cinco metros los que se debían cruzar, una distancia corta y erizada de emboscadas:

 

Tan solo cinco metros de silencio y de risas contenidas,

de puños abiertos y el rojo de las miradas delatoras,

silenciosas,

sin aliento,

a la espera de la presa que se acerca,

que comienza una carrera de tan solo cinco metros,

de cinco interminables metros,

sin aliento,

con los ojos cerrados (31).

 

El estrecho lugar de paso se estremece con los recuerdos de los golpes, los insultos, los gritos, a los que se responde con la firmeza y con la convicción de quien no está dispuesto a rendirse:

 

todo,

todo,

todo,

antes que derramar una sola lágrima (32).

 

Acude la memoria familiar a construir la trama de los recuerdos recuperados para convertirlos en vivencias desde el presente en el que se escribe; aquellas manos de la madre, que avanzaban con las del hijo por la nave de una iglesia, dan paso a las «Manos» [poema 7.º] a las del padre, que, por ajenas entonces y ahora, no pueden recobrarse:

 

No recuerdo cómo eran las manos de mi padre.

No recuerdo el tacto de sus dedos en mi cara

ni el rojo de los pocos cachetes que tuvo que darme (33).

 

Tampoco logra recordar las de los tíos, afanadas en los trabajos del campo, convertidas en herramientas. Frente a ellas, adquieren un seguro perfil las manos maternas, por su delicadeza y su agilidad:

 

Las manos de mi madre son pequeñas y de uñas rojas.

Manos para embellecer el mundo con sus gestos,

con el balanceo marítimo de su máquina de coser (íd.).

 

Esas manos sí que devuelven al presente la vida que acunaron, acariciaron y guiaron, en las que se pueden reconocer señales comunes desde el presente al que se ha llegado:

 

Dos manos que están envejeciendo juntas,

que comienzan a compartir enfermedades heredadas

y un mismo perfil y unas mismas uñas (34).


3. El deseo frente a la realidad: el descubrimiento del ser

 

Los poemas se enlazan mediante recurrencias de unas mismas imágenes: las manos del presente se tienden hacia el pasado en las cuatro secuencias de «Confesionario» [poema 8.º]; son manos asombradas al enfrentarse a la imprevista reacción de la carne que cobraba una forma y un volumen sorprendentes:

 

En el principio, tuvo que haber existido un día.

Una primera hora. Un primer minuto.

Ese instante en que tus diminutas manos

sintieron

por primera vez

el calor

de aquel miembro que,

entre la longitud de tus dedos,

no dejaba de crecer y de volverse mármol (1. 35).

 

Las explícitas sensaciones determinan las distintas fases del crecimiento del ser y de la aceptación de la identidad que ahora se proclama y que sirve para librar a aquel niño de los temores entonces padecidos.

Y lo mismo ocurre con la atracción sentida hacia un «él», hacia un «hombre», que despierta una imprevista red de deseos entrelazados con los sueños:

 

Soñabas

quizás

con verle desnudo,

con poder acariciar aquel pecho de olores de campo,

siempre intuido tras inoportunas camisas de cuadros (2. 37).

 

Pero se trata de un deseo truncado por una realidad inapelable, por los límites inflexibles de la razón en los que el niño vive apresado, incapaz de salir de la inconsciencia en la que se halla sumido:

 

Siempre te has preguntado cómo hubiera sido besarle,

sin saber lo que era,

en realidad,

un beso (3. 39).

 

La incertidumbre se extiende a los encuentros que se hubieran querido alcanzar y que, ahora, no se sabe siquiera si en verdad llegaron a existir. Siempre el deseo se enfrenta a la terca realidad:

 

Las palabras que abrían el código de los encuentros

nunca fueron pronunciadas.

Nunca más

recorrieron nuestros labios,

si es que,

alguna vez,

en aquellos meses,

lo hicieron (y 4. 41).

 

La imaginación del niño se desborda mientras contempla una escultura de «San Sebastián» [poema 9.º] sumida en la penumbra de esa iglesia a la que acudía los domingos junto a su madre. Se trata de una estatua que permanece ajena a todas las miradas menos a las heridas por un deseo presentido y entrelazado a su cuerpo casi desnudo, atravesado su pecho por una flecha que queda clavada en la memoria de quien recrea los detalles de esa imagen, desprovista de santidad y dotada de una fuerza insólita, para convertirla en el símbolo de todo aquello de lo que se carece, pero que se reconoce y se transforma en la materia de los sueños:

 

Y aquella escultura de madera de San Sebastián

era

en tu habitación

medida de tu verdadera estatura,

como verdadera era la flecha que deseabas que atravesara tu pecho,

y que, entre tus músculos blancos, se perdieran unas manos,

y aquel beso entreabierto de unos labios interrogantes

que no podían dejar de sonreír

y de mirarte

en el momento de la entrega (44-45).

 

Una «entrega» que se convierte en fundamento de la «escritura» poética, forjada ya en el período de la infancia, entre sueños y temores, deseos y realidades apenas intuidas, que se desbordan en el cauce de «Mi colcha de versos» [poema 10.º], con el presentimiento de que esas razones poéticas serían recuperadas en otro momento de una vida que estaba por llegar:

 

Sin saberlo,

me estaba cosiendo una colcha de versos

para cuando llegara el frío más allá de la infancia (47).

 

Son dos «fríos» distintos: el de las inclemencias sufridas en la niñez, por el miedo en el que se vive, se contrapone al de los escalofríos sentidos por la lectura de los libros de poesía, con los que se va alimentando el imaginario del adulto que se está poniendo en pie, lentamente, apoyado en la lectura:

 

Pero,

de pronto,

llegaron los versos,

los hilos de los versos con los que fui cosiendo mi colcha

de lecturas rutilantes y de secretos intuidos solo ante el espejo.

Y,

de pronto,

soñaba ser un río y dormir como un río,

y la colcha iba creciendo al ritmo de mis dedos

y la cama se iba haciendo cada vez más pequeña,

y mis pies y mis brazos crecían tan solo para dormir

con aquel camarada que pondría en tu pecho

un pequeño dolor de ignorante leopardo (48).

 

Se evoca la «Oda a Walt Whitman» de Federico García Lorca como se indica al dar cuenta de los libros que van conformando la memoria literaria que le otorgará la lucidez necesaria para alcanzar a ver el mundo de otra manera: La peste de Camus (leída en voz alta), «los deseos de Cernuda», «el abrazo necesario de Gil de Biedma», la compañía «del joven fauno Luis Antonio de Villena» (49), enlazados todos en una escritura incesante de la que emerge un nuevo ser:

 

Y no necesitaba los cuadernos donde anotaba los poemas

porque dormía con ellos,

de hombre a hombre,

arropado por el peso cálido de mi colcha de versos

que iba creciendo al ritmo de las uñas de mi impaciencia (49-50).

 

A lo largo de la obra, se reconstruye el fructífero diálogo con esos poetas que le permitieron trazar una memoria distinta, en la que poder habitar, a salvo ya de las burlas hirientes y de los prejuicios sufridos, protegido —antes y ahora— por esa «colcha de versos», con la que logró protegerse del «frío» de la incomprensión y esperar hasta que llegara el tiempo oportuno en que esas lecturas se convirtieran en las tramas esenciales de los nuevos poemas:

 

El frío de los versos que

entonces

nunca me atreví a escribir

y que

hoy

se vuelven nuevos hilos para mi colcha de versos (51).

 

Los escalonamientos versales permiten contrastar el pasado y el presente —«entonces», «hoy»—, en el que adquiere sentido ese «nosotros» —el niño y el adulto— recuperado en la primera parte del poemario.


4. La realización amorosa: pasión y poesía.

 

La historia que se despliega se refiere a sucesos reales, a actos que se consideran definitivos por la confirmación que aseguran: «La primera vez» [poema 11.º] corresponde a esa necesidad testimonial de ir fijando las etapas en las que se ha ido forjando la identidad sexual intuida y presentida, hasta que pudo por fin ser vivida y, a la vez, temida; lo anecdótico envuelve esta composición en la que se describe un espacio iniciático, abocado a la decadencia:

 

Fue en un caserón abandonado detrás de la iglesia.

O quizás solo era una casa abandonada,

una desconocida casa detrás de la iglesia (53).

           

Se contraponen, así, el espacio de la iglesia —en el que entraba guiado por la mano de su madre y en donde se escondía esa estatua de San Sebastián— con el de una casa en cuyas ruinas se afirmaría el urgente deseo de mirar y de ser mirado por alguien con quien se podían compartir unos mismos sentimientos:

 

Pero allí estábamos los dos,

aprendiendo juntos a sentirnos adultos,

a imitar gestos que veíamos en las películas o en las reuniones familiares (53).

 

O lo que es lo mismo: «aprendiendo» a crecer, a sentir la presencia de otro cuerpo, a descubrir el roce de las caricias tanto tiempo imaginadas, hasta ese momento preciso en el que el orden de «las reuniones familiares» —de la cotidianidad normativa— logra trascenderse:

 

Entonces mi cuerpo se abrió como un volcán,

y el fuego fue avanzando por torrentes vírgenes

hasta derramarse en medio de aquella habitación vacía,

llena de excrementos y de ratas muertas (55).

 

Se contraponen el súbito gozo de una sexualidad al fin afirmada con la decrepitud de un marco en el que la suciedad y el deterioro simbolizan el temor y el abandono a los que aquel niño se había visto condenado; el ahora adolescente inicia una nueva andadura, demasiado frágil, pero sólo suya:

 

Nunca volvimos a aquella casa abandonada detrás de la iglesia.

Nunca volvimos a sentarnos juntos en el autobús.

Nunca volvimos a hablarnos (55).

           

La soledad, extendida a lo largo de los años, había sido quebrada en esa ocasión concreta, que empezaba y acababa en sí misma. Pero traía consigo otras promesas que esperaban solamente a ser cumplidas.

El «nosotros» —sujeto poético del libro— va creciendo, entrando en la adolescencia; el «yo» del presente interpela al «tú» del pasado para desgranar los temores vencidos y las ilusiones generadas para descubrir el verdadero ser, obligado a permanecer oculto. La escritura poética constituye el hilo conductor que une los dos tiempos; en «No es fácil» [poema 12.º] se traza el marco de unas vivencias que siguen compartiéndose, ya en una edad distinta:

 

No es fácil tener quince años

y que te guste la poesía.

No es fácil tener quince años

y que te gusten los hombres

y que te escondas en los rincones a escribir

unos poemas con los que vas descubriendo el mundo,

describiendo sus esquinas y sus detalles más certeros,

aquellos que siempre permanecen ocultos en los espejos (57).

 

La poesía construye «el mundo» que le fue negado a ese adolescente que ansiaba ponerse en pie para ser él mismo y que tuvo que luchar contra todos los dictados normativos y morales para afirmarse: se amaba «en silencio», «en secreto», «en el miedo» (íd.), pero se amaba porque ya se habían conocido y sentido «las manos calientes» que lo guiaron por el deseo, para dejarlo después solo y obligarlo a volcarse en una creación cada vez más urgente:

 

No es fácil

necesitar escribir poesía

en silencio (58).

 

Pero ese ejercicio de creación —o de supervivencia emocional— alberga lo que se calla y descubre lo que aguarda a ser vivido, si acaso puede ser aceptado sin temores:

 

No es fácil

querer vivir en ese mundo de palabras nuevas (íd.).

 

Las «palabras» invocadas acuden a nombrar lo que se busca, lo que se desea, que no es más que poder encontrar a otro ser capaz de compartir esas mismas emociones:

 

En silencio.

En secreto.

Con miedo

y vergüenza

a ser descubierto

mientras escribes un poema de amor

y sueñas que

un día

lo tendrá entre sus manos tu compañero (59).

 

Los versos se entrelazan para construir «un poema de amor», justo cuando asoma, por primera vez, el perfil de ese «compañero» al que el libro se dirige.

El encuentro se produce en «Una noche en metro» [poema 13.º], en unas circunstancias casuales cuyos detalles se recuerdan con precisión:

 

Fue en Barcelona.

Una noche de cumpleaños y de deseos

soplados en las risas compartidas de las velas (61).

           

En un bar de copas, se suceden «Su primer beso», «Mi primer beso», «Nuestro primer beso» (61-62), en una gradación articulada mediante acciones y sentimientos que van ganando en intensidad: una «mano» que se busca, una «cortina de plástico» que se descorre, un regreso enseguida hacia la «luz», cuando ya todo ha cambiado, cuando los recuerdos han sido reemplazados por las certezas:

 

un pecho acariciado y unas manos exploradoras

que encontraron en mi mano muerta la resurrección

del sexo, el aliento

cada vez

más ardiente de las piernas

y unos pantalones vaqueros por los tobillos,

y una mano con la copa cada vez más vacía, más vacía, más… (63).

 

Un nuevo ser acaba de ponerse en pie para contemplar ese mundo nuevo en el que se entra, con la confianza y la seguridad del raudal de emociones que lo estaban aguardando, para hacerlas suyas.

Ya el poeta no se dirige al «yo» recuperado de su infancia y de su adolescencia, sino a ese «tú» que le ha permitido construir un «nosotros» distinto, porque ahora el plural ya no mira hacia el pasado, sino hacia el futuro; tales son los «Escaparates» [poema 14.º] que se entrevén en el nuevo espacio iluminado por la presencia del ser amado, en una ciudad que resulta trascendida por el amor compartido:

 

En esa ciudad

siempre

terminamos por encontrarnos

en el círculo incompleto de las miradas entrelazadas de los escaparates (65).

 

Se acota un marco urbano que se recorre en compañía, sin necesidad de palabras, con la atención puesta sólo en el instante en que las miradas se encuentran y se reconocen en el espejo confuso de los escaparates, convertidas en una sonrisa común y en unos pasos que se apresuran a buscar otro espacio, ya habitado desde la firmeza de un destino común:

 

esa ciudad que,

por un instante,

resucitaba en el calor de nuestros cuerpos

y en la libertad triunfante de nuestras caricias a flor de piel (67).

 

Se accede a una nueva dimensión, forjada no con las realidades cotidianas (los trabajos, los compromisos, las agendas), sino con los deseos convertidos en una vida conjunta:

 

Hay otra ciudad más allá de la ciudad que habitas (íd.).

 

Sin embargo, el dolor, aunque cambie, sigue acechando: el 2 de abril de 2003 moría en Barcelona Terence Moix, uno de los autores que fue conformando el imaginario de J. M. Lucía; para dar cuenta de los ecos oscuros y de las heridas luminosas, se invoca un famoso verso de Poeta en Nueva York, «Aquellos ojos míos de 1910», convertidos aquí en «Aquellos ojos míos del 2003» [poema 15.º]; el poeta se busca, primero, a sí mismo, en los rumbos que su vida seguía, ajeno a la pérdida de quien le había infundido tantas certezas:

 

¿Dónde estabas aquella madrugada cuando murió Terenci Moix?

¿A qué otro Ramón estaba siguiendo el rastro

o en qué risas intentabas columpiar tu deseo? (69).

 

El poema se llena de presencias reales: Enric Majó, el actor que fue pareja del escritor, su hermana Ana María o las figuras salvadas de la muerte (Marilyn) por su escritura, mientras la vida de quien se iba configurando en poemarios cada vez más precisos cobraba otros rumbos:

 

Pero nada recuerdas,

en realidad,

nada de aquella madrugada

en que Terenci murió dejándote,

para siempre,

huérfano (71).

 

Adquiere sentido, así, volver a los «Armarios» [poema 16.º], para adentrarse, una vez más, en el túnel lejano de los recuerdos que debían recuperarse, para evocar los signos del progresivo descubrimiento que un niño iba alcanzando de una identidad que no llegaba a conocer bien del todo; era preciso sumergirse en un pasado más alejado del tiempo en el que había vivido aquel niño curioso y ávido de novedades:

 

Pero aquel armario,

el primer armario de mi vida

y en cada uno de ellos se escondía

una historia familiar, un recuerdo de suspiros olvidados (73).

 

Entrar en ese inmenso armario de la abuela permitía sumergirse en un «océano» (íd.) de continuas sorpresas y, sobre todo, alejarse del bullicioso mundo de unos compañeros ensimismados en otros juegos, carentes de los misterios encerrados en cajones en los que permanecía encerrado el pasado:

 

Aquellos veranos en casa de mi abuela,

dentro del armario,

conservan el olor a alcanfor y el silencio

de las historias que solo unos pocos recordaban,

como la mina de oro de la abuela de mi abuela,

de la que solo quedaba el recuerdo de unas escrituras (74).

 

Otra «mina» de mayor riqueza fluye a través de estos versos que se enfrentan al vacío de los armarios del presente, mudos testigos de las prisas y del olvido:

 

Y poco más

puedo decir

de los armarios de mi vida.

Y poco más

quiero decir

ahora que se han vuelto transparentes (75).

 

Prendido en el título del poemario Aquí y ahora (2020), se fija, de un modo preciso, con ese adverbio de tiempo el punto en el que el presente adquiere, por fin, la dimensión que el amor compartido le otorga. Se alcanza, ya, la última etapa de esta compleja historia llena de recovecos y de revelaciones.


5. «El hombre que yo amo»

 

El hexasílabo que da título al poemario proviene de la canción de Violeta Parra, «Gracias a la vida»; el lento y difícil recorrido trazado en este libro conduce a esta declaración tan precisa: «El hombre que yo amo» [poema 17.º]. Lejos quedan los temores y las precauciones adoptadas ante una vida hostil, los roces ocasionales y los escondites llenos de presentimientos, las estatuas perfiladas con el deseo o los callejones convertidos en desfiladeros erizados; la larga trayectoria en busca de la afirmación de una identidad humana y poética culmina en esta espléndida composición, en la que concurren la escultura y la arquitectura para poder armar un espacio de encuentro, de permanencia, de seguridad; diez grupos estróficos se entretejen con la anáfora que proviene de la canción de Parra; de este modo, «El hombre que yo amo», se convierte en una proclama de vida, en una larga y tensa declaración en la que se procede a describir al hombre amado, en una emotiva semblanza en la que los rasgos físicos se entretejen con los sentimentales; el retrato final adquiere una complejidad extraordinaria:

 

El hombre que yo amo

tiene las manos grandes (vv. 1-2) 

El hombre que yo amo

conserva preguntas infantiles en la mirada (vv. 8-9) 

El hombre que yo amo

tiene los pies grandes

e impacientes (vv. 13-14) 

El hombre que yo amo

sabe mezclar olores en la alquimia de los pucheros (vv. 22-23) 

El hombre que yo amo

se conoce el nombre de todos los músculos (vv. 28-29) 

El hombre que yo amo

me sonríe cuando me descubre al amanecer (vv. 35-36) 

El hombre que yo amo

besa como los ángeles (vv. 42-43) 

El hombre que yo amo

tiene la barba y el pelo blancos (vv. 49-50) 

El hombre que yo amo

pasea a mi lado por las aceras de la ciudad (vv. 53-54) 

El hombre que yo amo

siempre estuvo aquí a mis espaldas (vv. 60-61) (77-79).

 

A ese punto se quería llegar: a la confirmación de la unidad que forman dos seres que se han encontrado, tras haber transitado por mundos muy alejados y que saben, porque así lo quieren, que van a permanecer ya siempre unidos:

 

Solo fue necesario un gesto —y su insistencia—

para que nunca más nos separáramos,

para seguir juntos, como siempre lo habíamos estado (vv. 63-65) (79).

 

Y ello a pesar de la sorda incomprensión de quien no está dispuesto a aceptar que el amor, además de los cuerpos, se fragua en las miradas y se gesta en la armonía de las conciencias similares.

Aquel «nosotros» con el que se abría el poemario, constituido por el «yo» del niño y del adolescente con el «yo» del poeta y del adulto, se transmuta ahora en otro plural: «Colofón. Somos nosotros» [poema 18.º], que proviene de Las personas del verbo de Jaime Gil de Biedma; el amor compartido infunde la fuerza y la energía suficientes para sentirse ya a salvo y oponerse al rencor y al desprecio evocados en los primeros poemas; cabe, entero, el itinerario de toda una vida en un verso en el que se alcanza el destino ansiado:

 

No saben lo que hemos sufrido hasta conquistar este gesto (81).

 

Frente a la intransigencia mostrada por esa tercera persona en plural (un «Ellos» que permanece ya al margen de esta relación), se pone en pie el «nosotros», forjado con un largo sufrimiento, convertido ya en la indisoluble unidad del «gesto» que otorga pleno sentido a los amantes: un beso que no se reduce a la unión de dos labios que se buscan, sino que se transforma en el símbolo final de una vida que ha logrado dejar atrás los temores y los recelos, aún nombrados porque siguen existiendo:

 

Hemos tenido que permanecer

sin pestañear

ante una bofetada

y a sonreír mientras nos clavábamos cilicios de vergüenza

en las carnes blandas de nuestro miedo cotidiano (83).

 

Todo ese padecimiento no ha sido en vano. Dos vidas han cruzado un espacio de sombras hasta alcanzar la luz que irradia de ese «gesto» en el que quedan abolidas la humillación y la soledad:

 

Pero todo ha valido la pena,

todo,

todo,

todo,

ante este beso que son todos los besos,

ante este gesto cotidiano,

olvidado,

ante este beso que es ahora,

por fin,

todos nuestros besos (íd.).

 

En el «ahora» del último verso escalonado, se integra la suma de esos seres (el niño, el adolescente, el adulto), recuperados en poemas de dolorosas evocaciones, para constituir el único «yo» que adquiere sentido al fundirse, para siempre, con «El hombre que yo amo».



[1] Se cita por Madrid, Huerga y Fierro, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Fernando Gómez Redondo

16 de abril de 2026

Cristina Giménez (Teruel, 1972), después de una primera etapa poética, presenta este volumen No quiero ser olvido, un salto cualitativo en su obra y que, además, coincide con la nueva andadura de la editorial Los Libros del Gato Negro. Un libro sobre la conservación de la memoria, el intercambio emocional, las mujeres de una vida, la vida de las mujeres. La primera parte “Hija”: “Escondido tras el R9 amarillo canario / descolorido por el sol y los años / esperaban no ser vistos, para no posarla” ¿Qué es la vida? Un recuerdo o una presa que se desborda, con apetito: “Esa a la que quisiéramos volver, / muchos días cuando ni ves un gorrión, / ni oyes unas risas”. ¿Niña, madre o hija? Seguimos con una confusión total: “Y aparece un hombre casi desconocido. / Una enfermedad que enturbia” ¿Qué queda cuando solo hay un hueco? ¿Es el espacio una figura ausente o eso solo eso, distancia y oquedad? “Me quedé acompañada por el vacío”. 

¿Existe alivio? ¿Tiene apellidos o es solo un sintagma atrapado entre los labios sin besos? El texto de Cristina Giménez se construye con preguntas, abotargado de interrogantes. Hay versos como: “Un poco más lejos de mis dieciséis, / y de tus solo sesenta y dos”. Lo euclídeo es lírico cuando trae la pena. Un color para cada tiempo y una distancia por recorrer hasta el final de las páginas. El recuerdo, el pasado, la vida que se acumula: “porque nos habían dado todo limpio / y lo dejamos ensuciar”. 

La segunda parte, después de “Hija, esMadre: un cambio en las dimensiones cartesianas para asomarse al abismo más bello y temible: “Sus burbujas serán mi oxígeno / y su compás mi satisfacción. / Seré sirena y yo seré para siempre su/rendido navegante”. Una niña, amasada en su vientre, temer que se deshace la única manera de controlar la distancia entre la arcilla y el barro. O el barro y la arcilla. Dosis alternas de ibuprofeno y paracetamol, el monstruo de la fiebre: “Creía ser el centro de tu universo / porque yo era tu alimento”. No existe de dolor, llega el anestésico: “Es porque sabes que ella está a punto de respirar”. La primera lágrima entre los versos: “Secando la lágrima que queda”. En el pavor encuentras la belleza de lo filial: “Hilos de plata / que se deshilacharon desde la luna / y me hilvanaron al sueño perpetuo / más real que la propia vida”. La segunda lágrima se desliza: “Huelo azul verdoso. Y seco una lágrima / antes de que caiga en la arena”. La parte de Refugio, un listado de colores que cruzan el libro: rojo, azul, verde (a), negro, amarillas, rojas y blanca. En “Allande”: “Cuando yo me vaya seguirán sonando / los trinos y la cascada” y en el mismo poema: “No habrá nadie que escuche, /  pero ellos dirán que un día yo los oía correr”, las piedras, el suelo, los sabores: “Por mucho que duela sabe a miel”. En el recorrido de una mariposa azul encuentras un verso que acaba con: “Volvería a ver los colores, los rincones, las sonrisas y la vida”. 

Llegamos a “Mujer”, poemas de técnica, de física, de la vida contra el sistema internacional: “Miles de toneladas de newtons” y una cama, sudor, risas, en el descanso llega también: “Por lo que duele la vida y lo que amarga vivirla”. Se fabrican y se dejan llevar los objetos: “Mosquiteras que, / sin ser rejas, evitan que yo salga / y me invadan los insectos”. Entre los sintagmas, los contenidos y los continentes: “Se pierden con fonemas estrictos / cuando en realidad solo desean ser libres”. Entrar y cerrar, llenar de muebles la vida, vender la desidia como tiempo para la reflexión: “Te amé y un día arreglaré la maldita puerta” y seguir, en la misma gruta emocional: “Y no te recordaré / ni en el instante de abrirla ni el de cerrarla”. La sed del asteroide, el resumen del aliento. Al escribir uno apaga la desesperación, no sabemos si es la muerte de la carne o el alma que se quiebra: “Una no quiere quedarse inmóvil / ilusionando una puesta de sol”. Y sigue: “Una siempre está recogiendo en su cavidad torácica / las respiraciones y las exhalaciones suyas y de otros”. Y así, en esa miseria súbita, aparecen cuervos, gusanos y alimañas: “decidí unilateralmente que un escarabajo / dejasen sus vísceras en paz” o “Envenena todo aquello que está cerca / sean gatos sarnosos o pájaros tuertos”. Y en el instante siguiente. “Después de casi hacerme combustionar / espontáneamente” y así “Los anhelos desaparecieron con / la escarcha”. 

La destrucción puede ser detectada de distintos modos: “Los años explotaron en mi cara / y salpicaron los meses y los días / hasta no quedar nada”. ¿Y si la muerte es de otro? O si la vida de otro trae un final: “Mueres y dejas / el aliento frío que a otro temple”, la extrañeza frente a uno mismo, el recuerdo de lo básico, el frío o el calor, palabra como arrullo, el recuerdo enésimo del mar imposible: “Solo el mar viniendo a mí”. Así termina, cuando el lector, explorador, encuentra el verso final y definitivo: “No quiero ser olvido”.

 

Cristina Giménez, No quiero ser olvido, Zaragoza, Los libros del gato negro, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Javier Fajarnés (Zaragoza, 1997) ha publicado Alud (Pregunta, 2016) y La ciudad y el cuchillo (Pregunta, 2017) y, unos años más tarde, retorna con este volumen Casi como una aparición (Pre-Textos, 2025). La poesía hermética y autónoma de Fajarnés se introduce a través de la naturaleza y su oxigenación lírica en este nuevo libro, dividido en tres partes. Comienza con “Velar el sol” donde encontramos muestras de esta actitud poética en el primero de los textos: "Estás allí: / en la playa de las aguas lentas / donde los niños que no son tuyos / juegan, se cortan, / se hacen torniquetes / y vuelven a jugar". Vida y muerte sobre la arena, que, sedienta de juventud, comparte los besos de sangre que ofrece el poeta. De sus ojos al tiempo en el que los castillos son absueltos y los recuerdos devorados por el agua salada: “Esas cartas que me escribes / no son para leerlas. / Si las abro se vacían”. 

En el segundo de los poemas la contemplación continúa creciendo, en esa dualidad de mar ausente, que lo emparente con la geografía del recuerdo de Julio Antonio Gómez y el ese verso de imaginario aragonés, siempre sediento, a veces helado, de Manuel Estevan: “Agujero de palomas: / la noche, la noche lava el mundo”. Un poemario mayúsculo que emociona conforme la escarcha de una noche cruje sobre las palabras, cualquier secreto se diluye en el silencio; seguimos practicando el extrañismo pasional del mar ausente: “El mar trae los incendios / de islas lejanas / y mi paso por la arena / no arroja al fuego más verdad”. Un paganismo alejado de lo urbano, en lo profundo del verde, en lo inmaculado del hielo, musgo para alimentar la noche, que en su falta de calor, reconoce otras voces, que se perpetúan, agradecidas, por encontrar alguien que las escuche y las escriba. 

En el tercero de los poemas encontramos: “Los años se hacen pan sobre la mesa”. Aprovechando la ventaja que se le presenta al lector, el extraño alimento nos rodea: “Dentro el aire es negro / alguien le comió la luz”: Arenas que guardan niños, como un tesoro de corazones, las almas, otra vez, acuden con extraño apetito, en los versos de Fajarnés la paz llega con la tarde, la noche, por otro lado, es incendio: “Aunque cierres la puerta / seguirá siendo de noche”. Se hacen corpóreos los iconos en el poema: “El silencio ya estaba dicho,  /  Ya escrito en el cielo de la boca”. 

La presencia de los ángeles, rebeldes y trágicos, observadores, son herencia de la mitología de Peter Handke y Win Wenders pero, también, se escoran hacia el espacio de pop que ofreció el cambio de década, primero con la conquista de Manhattan por Leonard Cohen y, más tarde, con la trilogía berlinesa de U2. 

La pincelada pop agudiza el instinto de ciertos lectores, sumando una conexión especial en la “Explosión de alas”. Así, agua y niños vuelven a aparecer: “Así, / es imposible arder: / las aguas de la infancia se lo impiden”, la mutación de lo líquido, el camino hacia la nieve: “La nieve ha llegado para derretirse / y por eso no escribes en ellas tu nombre”. 

La segunda parte del libro lleva como título “Los nuevos días”. Un bis, otra vez un ángel, que golpea con sus alas contra la pared, el eco de un grito callado, Nick&Blixa: “Desnudo se pisa mejor la noche / no quiere molestar a los que al lado duermen. / Un ángel corre de la playa al cielo / y me dice que la siga”. Qué extraña es la metamorfosis del recuerdo aunque sea tan claro. Pienso en los poemas de lija de Javier Carnicer, el ángel oscense, cuya acción creativa sigue siendo nutricia: “Las palabras que te empujan hacia el fondo / nadie las elige”. Y copio: “Solo los libros no escritos / verdaderamente permanecen. / En ellos no hay nada que pudrirse”. 

Más allá de la declaración en el acto creativo, el final se avecina, es la tercera parte, “El accidente”, un breve cierre para el libro: “Y la mitad de lo escrito / se va con las mareas”. Es tiempo de abandonar la oración como alivio y utilizarla como arma: “Dios baja las persianas / y nos confía el mundo”. Así, con las escrituras particulares, abrimos el campo visual hacia la recuperación del espacio perdido: “Chocaron dos trenes.../ nos barrió el temblor.../ un ángel de neón atravesó la carretera”. Es tiempo de incendio, es tiempo de dejarse arder. Un libro magnífico.

 

Javier Fajarnés Durán. Casi como una aparición. Valencia, Pre-Textos. 2025

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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