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Configurar sentido descendente

9 de junio de 2014

Porque te llamas Sofía, ¿verdad? Así es como le dijiste que te llamabas a aquel tío de Seguridad que nos rogó amablemente que nos identificáramos. ¿Aún te acuerdas de cómo nos amenazaba con la porra?

Es curioso el modo en que entraste en la vida de este hombre que ahora te habla, sorbiéndose las lágrimas aunque feliz   —bastante feliz—, porque hoy, martes, no puede oír ese tac-tac blandito, pulcro, de tus tacones en el pasillo de los cereales. Para eso hay que esperar toda una semana, hay que armarse de valor. Resulta que aquella tarde estaba apoyado en el carro sin silbar, buscando las latas de atún, los yogures, no me acuerdo. Los hombres alegres, puede que no lo sepas, silban sólo de vez en cuando; y yo, que me partí el labio hace muchos años por no frenar mi vieja bicicleta a tiempo, no había vuelto a hacerlo hasta que tú apareciste con ese aire de compradora compulsiva que tienes. Ah, llegaste con tu melena pelirroja en un moño, tus manos pálidas de ayudante de dentista, manos tan ciertas, enfrentándose a octubre, empujando aquel carro de la compra. Y te juro que pensé que era una suerte haber llegado a ese pasillo donde nosotros dos fuimos a parar.

¿Imaginas que este hombre con el que has corrido hasta el desmayo, que tiene debilidad —y tú lo sabes— por las aceitunas con hueso, ha llegado a quererte por eso que hiciste? Consistió en que miraste aquella botella de detergente al fondo del pasillo, tan lejana que casi daba miedo acercarse a mirar el precio. Una única botella de detergente para ricos, y el resto del estante desierto, como si ese objeto lejano fuera igual que el ramo que tiran las novias, un tesoro familiar, como..., no sé, no sé lo que digo. ¿Y recuerdas que al poco empezaste a suspirar y después te mordiste ligeramente el labio, provocándome? De pronto me encontré corriendo como un niño que persiguiera un perrillo blanco y su pelota, corriendo junto a ti, todo por ese estúpido detergente listo para entrar en la vida de cualquiera, en nuestra vida. Y esa primera vez me pregunté si tu repentino tropezón fue a propósito, para ver cómo ganaba la carrera, conferirme el privilegio de ser tu enemigo, qué sé yo. Bueno, también lamenté toda la noche haberte puesto la zancadilla, pero lo cierto es que pensé en ti, y que esas piernas finas tuyas, como las varas de un equilibrista, podían aguantar cualquier cosa.

Con aquel bote de detergente en la mano, mientras gritaba y elevaba los brazos y todo el mundo tenía la vista puesta en mí, recuerdo que sentí algo dentro, algo muy grande, si te soy franco; puede que algo que, de tantos años ya sin ello, se me hubiera perdido en el cuerpo, o en la memoria, no lo sé, y nunca me acordara. Ni siquiera sabría explicarlo. Todo fue porque decidí cederte el bote y tú, en aquel momento, te reíste un poquito. Yo lo vi, Sofía. Así empezamos, ¿recuerdas? Tienes que acordarte, por favor. Lo cierto es que no puedo imaginarme un lunes diferente del que vivimos nosotros: con derrapes de los carros, con las zancadillas rastreras, con todos esos insultos en voz baja mientras nos hinchamos de risa —bastardo... puta... vas a tragarte esa lata de tomate—. Es verdad que no soy muy ambicioso, que eso me bastaría, por ejemplo, para todos los desayunos que me quedan por vivir. Y no me quejo, sabes que no. En el fondo, desde que nos conocimos, tú siempre fuiste la más visionaria, y por eso creo que aquel lunes, no muchos meses después de la primera carrera, gritaste delante de todo el mundo que yo me había meado en el estante de los chocolates. Me digo que a lo mejor te preguntaste: ¿Por qué no mejorar el método? ¿Qué tal si nos divertimos un poco más? Ahora que estoy sentado pienso en todo aquello, en nosotros —hay que ver lo curioso que es el sonido de esa palabra en una cocina vacía—, en cómo hemos acabado haciendo carreras mortales donde al final, puede que sea tirado en una esquina con los tobillos hinchados, o quizás dando esos alaridos de dolor (bueno, reconozco que también hay algo de felicidad), yo te quiero, Sofía, toda entera, con tu nombre de catedral famosa.

            No es que quiera elegir un momento, entiéndeme. ¿Podría? Si me esforzara, ¿llegaría a acomodarlo en mis manos y mirarlo fijamente con admiración? ¿Estás segura? Recuerda que existen tantos momentos como pasillos, como cajas registradoras, como esos guardias de seguridad precavidos que rondan cerca. Acuérdate de que me haces un hombre feliz       —palabra, Sofía, palabra— cuando me tiras un bote de cacao o un paquete de latas y te las arreglas para conseguir que se queden encajados entre mis piernas y casi me parta la crisma. Y vale, vale que te gustaría verme llorar en el suelo, con la espalda hecha un cirio, rogándote que llames al hospital; pero también sé que te muerdes los labios con ganas cuando abro los paquetes de puré y te echo el polvo a los ojos. A veces haces ese teatrito tan tuyo, gritando por el escozor y golpeando los estantes.

            Si te pregunto algo, ¿me dejarás?... ¿Cómo lo consigues? Quiero decir, es estupendo verte correr sacándole dos o tres cuerpos de ventaja al tío de Seguridad, pero ese tipo debe  de hacer pesas, debe incluso correr más que su perro, el pastor alemán que lleva siempre pegado a los talones. Aunque yo le distraiga —porque ya sé cómo es el siseo de su porra en el aire... una porra preciosa, tengo que decírtelo—, hay que ver cómo corres. También es cierto que siempre que le doy un billete, le cambia la cara —ese hombre se ilumina como un neón—, y después hace como que no nos ve y se va a sobarle los botones a la chica de las muestras gratuitas. Pero igualmente, verte correr es igual que contemplar un rayo partiendo un árbol, te lo digo en serio. Palabra.

Debes saber que a veces no puedo evitar que esta electricidad del estómago que podría encender avenidas —como un viento cálido que proviniera de la felicidad, sí, eso es, del mismísimo corazón de la dicha— se apague. Es cierto, se va, porque cuando termina todo ese correr y empujarse, esos quiebros, llega el turno de la verdadera compra, y es ahí cuando tengo que verte, he de hacerlo. Observo cómo echas unos cuantos potitos al carro. Me pregunto si ella se llamará como tú, si tendrá tu piel blanca, cosas así. Y luego te detienes en esa sección con olor a cuarto de baño de hotel de provincias y echas las cuchillas de afeitar, la crema, la loción para la piel, y a mí se me encoge un poco el estómago —qué quieres— y me digo que tengo que estar a mis cosas, que basta de meterme en lo que no me llaman. Entonces pienso que seguramente podría vivir del aire con tal de que todos los días pudiera bajar a destrozar el supermercado contigo.

Cuando sales, me da la impresión de que les has dicho que te esperen en la esquina, que no quieres que investiguen. Eso me gusta. Repartes las bolsas con él y, justo ahí, en ese segundo, me arden las manos, soy igual que un edificio en llamas, un animal observando las estrellas. Nada, Sofía, me quedo mirándote hasta que te pierdes en el viento de octubre. Te vas agarrada de su brazo, con la niña tirándote del pelo o enredándose entre tus piernas. Ella se parece a ti.

No me quejo, porque es sólo una semana, ¿y qué es una semana en la vida de alguien? Nada. Sólo tengo que esperar al lunes para vengarme, ese tiempo de mi vida en el que estás disponible. Acuérdate de lo que te digo, ¿vale? Es lo único que te pido ahora. Acuérdate de la sinceridad mundana, de las magulladuras que hemos pasado juntos y nos han erizado el corazón por un instante, del cariño de este hombre que te habla mirando a la nevera y no tiene palabras más difíciles en el cuerpo. Acuérdate, porque ahora tengo que contarte algo más.

Hoy le he preguntado al de Seguridad; Juan, se llama. En el fondo, si se olvida de la porra de goma, es un tipo simpático. Le he dicho que la semana que viene es mi cumpleaños y que me gustaría organizar algo en el súper. Yo sé, con todo mi corazón —y con sus partes derruidas—, que no podría pedirte que subieras a casa. El supermercado, Sofía, es más neutral, ¿no crees? Algo impresionante, Juan, le he dicho. Él sabe de lo que estoy hablando. Hace años que nadie celebra este día conmigo; son siempre horas oscuras, hay una tarta blanca sobre la mesa de mi cocina, soplo las velas y me grito: “Que cumplas muchos más”. Entonces miro al patio vacío. Miro al patio unas cuantas horas seguidas, hasta que me quedo dormido. De modo que he pensado hacer esto, algo íntimo, tú y yo, sé que no es mucho. Pero ojalá vengas, me gustaría creer que lo harás. ¿Prometes que vas a pensártelo? Juan me ha dicho que, por un módico precio, puede hacer que accidentalmente se estropeen las cámaras de la sección de Congelados. Es un gran tipo este Juan, ¿sabes? Ahora, cuando habla conmigo, ya no acaricia la porra.

Intentaré birlar esas velas moradas que te tiré a la cara una vez y compraré una tarta. Una de esas tartas con crema que, ya sabes, han servido para mis indigestiones, para soplar las velas tantas veces con el corazón en ayunas y dejarla en la nevera después, hasta ni se sabe cuándo. Y en esa tarde voraz y amarilla que llegará el próximo lunes, Sofía, si has aceptado venir          —recuerda una vez más todo lo que hemos pasado juntos— nos acomodaremos en uno de esos compartimentos tan fresquitos; y yo a lo mejor haré alguna broma estúpida sobre la merluza congelada, sin tener en realidad demasiado que decir. Después, siendo sincero, no sé lo que pasará, pero igual, si no es mucho pedir, tú podrías tirarme de las orejas todo lo fuerte que desees, y si Juan se acuerda de bajar las luces   —eso me ha salido un poco más caro, aunque no me importa—, podré soplar las velas de la tarta, una a una, todas esas velas, y casi llorar, desarmarme, cuando a lo mejor te oiga decir: “Que cumplas muchos más”.

Sólo quiero eso, ya sabes, un lugar para nosotros —este cumpleaños de mi vida—, un instante para guardarlo mientras duerma. Hace ya mucho tiempo oí decir a alguien que toda persona tiene un lugar donde esperar, ser humano, roer la propia angustia junto a otro,  y a lo mejor, Sofía, este sitio es el mío, el pasillo de los Congelados, nuestro lugar. No tengo más que aguantar siete días. Desear que llegue el lunes. Que me tires de las orejas con un poco de saña y esa noche aceptes una tarta junto a este hombre que te quiere todos los días de este mundo. Esperarte, Sofía, mi Sofía, eso es todo.

 

Escrito en Lecturas Turia por Matías Candeira

5 de junio de 2014









(Frente al río Lozoya)

 

Descubro el cielo limpio como nunca lo vimos.

El invierno ha dejado su noticia entre ocre y amarilla

en la orilla del río.

 

Se desliza la tarde y nos ama quizá demasiado. Todo el valle,

abierto como un cántaro

bajo la oscuridad de las montañas, nos entrega

su aliento. Nunca la tarde, amor, se nos quedó tendida

como ahora.

 

Huele el invierno a madera quemada, suenan,

muy a lo lejos, las aguas del Lozoya, esas aguas

que tanto nos salvaron, que hicieron del domingo

tierra sólo poblada por nosotros.

 

Son ellos, vivos recipientes donde reconocernos, hijos que elevan

su estatura en el valle y ven el río y se lo apropian,

quienes nos hacen pura conciencia de lo efímero.

Malva

tiene ya siete años y a sus ojos acuden

todas las estaciones de nuestra historia, todas las sombras

de los fracasos, todas las encogidas luces de un entusiasmo

envejecido y triste. Malva

contempla la arboleda y calla. Tiene

la madurez prematura de las diosas

que amé en la adolescencia.

Suena el río a lo lejos y ella calla y nos oye,

ronda el viento sus hombros, llega

desde el norte a su cielo,

limpio cielo invernal como no conocimos,

y son hoy menos nuestras su luz y su palabra,

son algo más del aire y de la tierra, algo más del crepúsculo

que nos huele a humareda y a distancia y es ocre

cual los robles desnudos

o las rocas que asoman, sin musgo, por encima del río.

 

Un año solamente cumplió José Manuel. Y sabe

levemente a tomillo, a tarde interminable

todavía. Corre sobre la hierba helada y nada intuye.

Lo distancia aún el tiempo y su inocencia

de la talla maldita de los lúcidos. Mira al cielo y sonríe

y su cielo eres tú del mismo modo

que es tuya la pureza del aire, la urdimbre transparente

de los fresnos sin hojas, el invierno y la leña

que en ocultas fogatas arde con sigilo

en lugares que tiemblan a lo lejos, sólo denunciados

por columnas de humo contra el azul helado

que es cielo protector, cúpula

sobre el valle y el río, sobre el piélago

de nuestras certidumbres.

 

Muchos años alientan en la mutua mirada

que hemos hecho codicia y reparto a la vez,

compartida penumbra y luz no congelada.

 

 


 




 

Escrito en Lecturas Turia por Manuel Rico

4 de junio de 2014

 

 

A Paula López Contreras.

 

Ahora que por fin te has apropiado

del nombre que escribieron en tu cuna,

ahora que te empachas y que duermes

y que ajustas despacio tus sentidos

mientras la gente acude a vuestra casa

para llevar baberos y juguetes

-las cosas de las tiendas

que no se me permiten-

pienso en que un hombre solo, ante un papel,

no tiene más que a sí para ofrecerse.

 

De modo que,

en vista de un quehacer tan poco próspero,

me he presentado aquí para decirte

que aunque la realidad, día tras día,

querrá que te confundas,

tú puedes conseguir que se equivoque.

verás que las palabras que aún no entiendes

pueden contarnos más de lo que expresan;

que la nieve se endulza y da calor 

si la tocas con alguien a quien amas

 

o que la luz usada que en las tardes

se hace chispa de polvo en tu balcón

no es más que la libélula del día

incinerada.

 

La forma en que sucede da lo mismo

-lo clásico es soñar (y muy barato:

más caro es pretender que se te cumplan          

los sueños si no luchas)-

pero antes es mejor

que sigas el ejemplo de los pájaros          

emprendiendo tu viaje con lo mínimo;

que llegues a ser libre

sin frecuentar jamás el egoísmo

y desconfíes de los que no puedan            

decirte lo que sienten con los ojos;

que mientas sin que nadie te descubra

porque todos, más tarde o más temprano,

nos sorprendemos a nosotros mismos

instalados en útiles engaños

que nos hacen más cómoda la vida.

 

Por lo demás,

si un día llega el frío (que lo hará

ya que vivir no cuesta lo que vale)

nunca olvides que si mirar atrás

es de cobardes a la larga es peor

no tener dónde mirar;

que puedes llorar todo lo que quieras

sin sentirte por ello avergonzada,

pues la vida sin llanto es el suspiro

de los que no aprendieron a reír;

que la sombra nos crece con el cuerpo

pero que tienes tiempo de aprender

a no dejar al resto ensombrecidos

y que

     aunque la realidad, día tras día,

querrá que te confundas

yo estaré siempre aquí para decirte

que tú puedes hacer que se equivoque.

 

Escrito en Lecturas Turia por Carlos Contreras

4 de junio de 2014

Veo a la gente

preocupada por ser feliz,

les tengo miedo,

harán lo que sea por lograr ese objetivo,

amarán una bandera

sin importar los colores,

abrazarán una idea

sin importar los ideales,

firmarán la aniquilación

mientras no sea la propia,

les tengo miedo,

saben todo de memoria

cualquier cambio los hará tomar el fusil,

dirigirlo contra quien intente un cambio,

para dejarlo como útil alfombra

y muestra de su leal virtud.

Escrito en Sólo Digital Turia por Arturo Accio

Un año largo después de la aparición de la antología de su obra, editada bajo el título Con la cal en los dedos por el Instituto Leonés de Cultura, llega a nuestras manos la siguiente entrega poética de Pilar Blanco, Alas los labios, recientemente publicada en el sello conquense Ediciones Olcades.

 

La autora leonesa ha dicho hablando de sí misma: “escribo siempre el mismo libro, un río que fluye y recoge todo lo que encuentra en sus orillas”. Pero eso no nos impide apreciar una notable evolución en su poesía. Y es que dejando a un lado su prometedor inicio, aquella Voz primera de 1982 que se sustentaba en un registro personal de claros ecos juveniles y enamorados, sus posteriores libros, que empiezan a publicarse quince años más tarde, suponen un salto cualitativo en su poética avanzando hacia un territorio fronterizo entre lo intimista y lo elegíaco. Así se escribirán sus tres obras siguientes, Vocabulario íntimo (1997), Mundos disueltos (1998) y A flor de agua (2000), que delimitan un ciclo de mirada introspectiva en la poeta de Bembibre y cantan descaradamente al dolor, a la ausencia y a la soledad que humanamente se rebela.

 

Una segunda etapa de Pilar Blanco se abre con el libro Mar de silencio (2004), al que seguirán La luz herida (2004) y Ceniza (2005). Estos títulos, que por su proximidad temporal entre sí y su afinidad temática y lingüística son considerados por la propia escritora como una trilogía, establecen un nuevo rumbo para su travesía poética. En ellos el lenguaje se barroquiza y el discurso se despoja de la exclusividad del yo para asumir el tú y el nosotros, la mirada introspectiva de su primera poesía se posa ahora en el afuera, en el espacio vital, y hasta el universal, que la rodea.

 

Habiendo pasado casi de puntillas por las distintas etapas previas de la autora, llegamos a la que inicia con su libro El jardín invisible, publicado en el año 2007. La voz de Pilar Blanco vuelve a sorprendernos en su trazado evolutivo a través de los versos que componen este fundamental poemario. El lenguaje utilizado se suaviza, aunque no renuncia del todo a esa dicción quevediana tan característica de sus obras precedentes, y pasan a tomar protagonismo dos conceptos que, si bien podían estar apuntados en algunos momentos de su producción anterior, adquieren ahora una especial dimensión al interconectarse: el de la búsqueda de la propia identidad y el de la indagación de la misteriosa naturaleza de la vida. Y como aliada esencial para abrirse paso a través de esos terrenos tan arduos e inciertos, el sujeto poético se ayuda de la herramienta que sin duda mejor conoce y maneja: la palabra.

 

 La poesía más reciente de Pilar Blanco se posiciona pues en una línea existencial y reveladora, entabla un duelo de conocimiento -que quizás intuye de antemano perdido- valiéndose del lenguaje como espada con la que cortar la niebla, para seguir avanzando hacia la frontera de la verdad esencial, hacia los dominios inalcanzables del origen cierto de la luz. Y es en esa misma línea donde se sitúa su nuevo poemario, Alas los labios.

 

 El libro nos recibe con la formulación de un conjuro que la poeta parece verter sobre sí misma: “Serenidad/en el decir, / aliento visionario”. “Serenidad” para que los versos no se pierdan en falsos e inútiles fogonazos de pólvora vacía, y “aliento visionario” para que su mirada se transporte más allá del primer alcance que refleja la realidad cotidiana y superficial.

 

 Y esa especie de auto-conjuro funciona perfectamente en cualquiera de las cuatro partes que componen el poemario. En la sección inicial, titulada “La grieta en el muro”, ya se empiezan a destapar esas virtudes perseguidas por la autora en su brindis poético previo. Se observa el aplomo de las palabras escogidas y la visión trascendental de la mirada que, tal como ha dejado escrito el poeta y crítico José Luis Morante, encuentra en una simple abertura en el muro de las rutinas y las incertidumbres la posibilidad de un punto de fuga, una senda de interrogaciones para la conciencia. En este sentido podemos leer en el poema “Lo que brota y pasa” los siguientes versos: “Abrir el pozo, / constatar que su hondura / es fértil, / que su humedad propicia y / su cavidad se ofrece. / Esparcir las semillas en sus grietas / para ver si los días / en su piel perseveran o / tal vez / son lo que brota y pasa.”

 

 En la segunda parte de Alas los labios, la introducida por el epígrafe “Para siempre al borde”, se dibuja una especie de juego perverso de tintes nihilistas, en el que la vida intenta vencer el vértigo del tiempo y así mantenerse en un engañoso equilibrio mientras camina sobre el abismo de la negación y el vacío. Se trata de una bella, pero dura sucesión de poemas que nos obliga a avanzar como funámbulos pisando alambres y puentes de tablas a la deriva… “Camino / sobre la línea en llamas / que me lleva de dónde/a no sé bien aún. / Por no caerme.”

 

 La sección tercera, encabezada por el precioso rótulo “Sobre la palma del mundo”, incide en algunos de los símbolos que mejor vertebran esta nueva entrega poética de Pilar Blanco. Reaparecen las puertas, presentes en distintos momentos claves del libro, a las que la autora se enfrenta con una mezcla de curiosidad y miedo; los pájaros y sus alas, significantes claros del intento de elevación de la mirada por encima de la perspectiva plana que la ata al mundo; los labios y las voces, como signos de sustento de las caricias esperadas y como refugios últimos donde tal vez se oculten las más deseadas respuestas; y la luz, idea recurrente en toda la poesía de Pilar Blanco, pero que aquí se nos presenta con un vestido nuevo, menos enfrentada al imperio de la sombra y más comprometida consigo misma: “Cae la luz / sobre las cosas / y en su lluvia / reverberan los cobres, / se acallan los sonidos, la ebriedad / de la flor en su muerte, / de la tarde en suspenso como hilándose / copo a / copo / mientras toda la luz se tambalea.”

 

 En la cuarta y conclusiva parte del libro, titulada “Anegarse”, se nos alerta con una turbadora cita de Alejandra Pizarnik: “Ella tiene miedo de no saber nombrar lo que no existe.” Esta vinculación entre el lenguaje, al que ya antes hemos identificado con una espada para cortar la niebla, y el enigma, que tras esa barrera de niebla basa su existir en la sospecha de su propia inexistencia, parece llevarnos a un callejón sin salida. Y así sería si no fuera porque Pilar Blanco, en mitad de la aparente condena que suponen los pasajeros días de búsqueda, nos regala de pronto ese arrebato de alas, esa mirada desde lo alto que nos cambia la perspectiva y nos altera radicalmente la concepción de la vida: “Acaso es estar viva / y plena en la conciencia de la fugacidad. / Para brillar un siglo, / para estallar en llama y en aromas, / para tejer con sal la marea y sus peces, / ser la mujer que hablaba con los pájaros.”

 

 Mediante esa misma aventura de salvación aérea, que no pretende desvirtuar la vida, sino reinterpretarla por elevación, se nos invita a otorgar valor de eternidad al presente, donde quizás residan la única prueba y la sola razón que den verdadero sentido al don de la existencia. Y ahí precisamente, en mitad del presente eterno, caben y surgen unos casi retadores versos de ofrecimiento, los del poema titulado “Beso”: “No es preciso que explique / cuánta agua necesita el penúltimo pez, / cuánto aire la última cometa, / o cuánto sol el vientre de la espiga. / Acércate a mis labios, / bebe, late; / arde en ellos.”

 

 Alas y labios, pues, son los elementos necesarios para volar y arder, para llenar de aire y de luz viva los territorios oscuros que ejercen su tiranía alrededor de nuestras conciencias, para aprender a gozarnos y a consumirnos en la plenitud de este mundo, único que conocemos y único que al fin se nos entrega. Empecemos a pensar en ello bajo el influjo de las palabras de esta poeta, leonesa por tres de sus costados y alicantina por el cuarto, que con tanta autenticidad lo cree y con tanto talento nos lo escribe.

 

 

 

 

Pilar Blanco, Alas los labios, Ediciones Olcades, Cuenca, 2014.

Escrito en La Torre de Babel Turia por Juan Pablo Zapater

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