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1.

Querría deciros

 

            En los tres primeros párrafos de Mi Carso, todos los cuales empiezan con las palabras “querría deciros”, Scipio Slataper confiesa y conjura una tentación de mentir. Slataper querría decir a sus lectores, esto es, a los italianos, que ha nacido en una casita del Carso, en un bosque de robles en Croacia o en la llanura morava; querría darles a entender que no es italiano y que sólo ha “aprendido” la lengua en la que escribe, que esa lengua no lo satisface sino que le despierta “el deseo de regresar a la patria porque aquí me encuentro muy mal”. Sin embargo, sus lectores “taimados y sagaces”, añade, enseguida se darían cuenta de que en realidad es “un pobre italiano que busca barbarizar sus solitarias inquietudes”, un hermano suyo que a lo sumo se siente amedrentado por la cultura y astucia que ellos encarnan.                       

            En el áspero y esquivo lirismo de Mi Carso, Slataper, venciendo con su sinceridad el impulso a la declamación, identifica la triestinidad con la conciencia y el anhelo de una diversidad cierta pero indefinible, auténtica cuando se vive en la púdica interioridad del sentimiento, no cuando se proclama y exhibe. Slataper se siente receptor del legado y los ecos de otras civilizaciones, de raíces y savias consustanciales a su ser. Los lectores burlones y obtusos hacen mal en no advertir su diversidad genuina, sólo que ésta no admite definiciones, todo lo que se diga de ella será necesariamente falaz: Slataper no ha nacido en el Carso, ni en Croacia, ni en Moravia, el italiano es su única lengua y su verdadera nacionalidad, por mucho que ésta sea un amasijo plurinacional. La patria de la que siente nostalgia no existe en ningún lugar, porque si “aquí” (en Trieste, entonces austríaca, o en Italia, en Florencia, donde estudia y escribe), se encuentra mal, tampoco sabría ni querría señalar otra tierra natal.

            Ahora bien, si los lectores ficticios, sobre todo los cultos amigos con los que se imagina que dialoga, no comprenden las contradicciones de su identidad, por su parte Slataper revela la secreta necesidad que siente de esa incomprensión, en la que encuentra una confirmación de su diversidad, que, constituyendo su naturaleza, no sabe definir. De forma genial, Slataper identifica esa diversidad con la poesía, es decir, con una verdad existencial que se puede vivir, pero no predicar, y que es fecunda cuando se objetiva y se transfigura en las obras concretas (del pensamiento, de la fantasía y de la acción), que de ella extraen la primera inspiración pero para traducirla en valores que la trascienden. En cambio, teorizar y hacer alarde de esa diversidad es literatura, artificio retórico o énfasis sentimental.

            Esta diversidad de Trieste ha sido ostentada, negada, afrontada con lúcida conciencia, ignorada con arrogancia o codificada en un cómodo y falso cliché, al que regularmente ha recurrido su clase rectora para justificarse y explicar su falta de adecuación sociopolítica. Ciudad “abstracta y premeditada”, como decía Dostoievski de San Petersburgo (también crecida por la decisión de un gobierno y no por un proceso de desarrollo orgánico), Trieste ha sido, y sigue siendo, una ciudad llena de contrastes, pero sobre todo ha buscado y busca su propia razón de ser en esos contrastes y en su indisolubilidad. Los escritores que han vivido a fondo su heterogeneidad y su multiplicidad de elementos sin posible unidad, han comprendido que Trieste –como el Imperio Habsburgo del que formaba parte- era un modelo de la disparidad y de la contradicción de toda la civilización moderna, carente de una fundamento central y de una unidad de valores. Svevo y Saba hicieron de Trieste una estación sismográfica de los terremotos que estaban a punto de sacudir el mundo; con Svevo, desde la civilización burguesa por excelencia, cuya historia ha sido esencialmente la de su ascenso y decadencia, nació una gran poesía de la crisis del individuo contemporáneo, una poesía irónica y trágica, muy lúcida y evasiva, que oculta su desengañada agudeza tras una amable reticencia.

            Como el austríaco de Musil, que era –lo decía el propio Musil- un austro-húngaro sin el húngaro, esto es, el fruto de una sustracción, también al triestino le cuesta definirse en términos positivos; le resulta más fácil proclamar lo que no es, lo que lo diferencia de cualquier otra realidad, que declarar su identidad.

            Toda búsqueda de una identidad, legítima en el plano existencial y a veces fecunda en el poético, comporta por norma la transfiguración caprichosa de la realidad sociohistórica. La búsqueda de la identidad conlleva, de un modo más o menos consciente, el afán de encontrar una esencia, una dimensión que no se altere ni varíe por los vaivenes del acontecer histórico. Así, aquélla inmoviliza y distorsiona la historicidad, inventa y acentúa analogías y semejanzas en vez de captar las transformaciones y distinciones que se dan en cada fenómeno histórico. Mitifica, es decir, cautiva con la inmovilidad de lo idéntico, y petrifica la historia en la máscara del mito. La “triestinidad”, como toda definición de una identidad cultural, es ciertamente una categoría “indiferenciada e inapropiada”, como escribe Elvio Guagnini, que se proyecta más allá de los límites históricos y culturales de momentos y elementos dispares. La búsqueda de una esencia –y eso es precisamente el “querría deciros” de Slataper - cae fácilmente en una visión totalizadora, y por ende reductora como todo proyecto totalizador, que aprisiona en su red también los fenómenos reacios a la inclusión, o los elimina o les niega su importancia.

            La definición de una identidad acaba extrayendo o abstrayendo rasgos típicos, a los que se confiere un valor ejemplar y absoluto, estimando representativo únicamente lo que es propio de ese valor. Ni la cultura triestina ni su literatura se reducen a la cultura ni a la literatura nacidas de la tribulación slataperiana, que poseen un significado histórico e intelectual muy notable, pero no cubren todo el espectro de la ciudad, mucho más variada y articulada. Con buen tino, Silvio Bencio, en una conferencia que dictó en Florencia en 1932, invitaba –en relación con la literatura triestina- a no meterlo todo en el mismo saco, a establecer más distinciones que analogías. De esa diversidad que Slataper sufrió, exhibió y descubrió, nació el arte del propio Slataper y quizá, en un tono completamente distinto, también el reticente juego sveviano con la nada. En cambio, resulta bastante más difícil vincular con aquélla, por ejemplo, la poesía de Saba o la de Giotti, o la narrativa de Quarantotti Gambini. Además, Slataper proclama que Trieste “tiene un tipo triestino... y debe buscar un arte triestino”, pero demuele, en una reseña de 1911, el primer libro de Poemas de Saba, demostrando que su proyecto de “arte triestino” es uno, pero desde luego no el único ni exhaustivo programa literario. Hay, como se ha señalado acertadamente, distintas realidades culturales triestinas.

            Sin duda, una de éstas es la que parte de la reflexión sobre la diversidad, de la importancia que se le atribuye o de la exigencia de conjurarla. Naturalmente, toda realidad histórica tiene su propia diversidad, más o menos marcada. Trieste tiene características peculiares, pero el hecho de subrayarlas, que a veces es una inconfesable pretensión de poseer una especie de monopolio, constituye una imposición ideológica, que, según el momento, adopta fórmulas distintas. La historia de este mito de la diversidad –con sus regresiones, sus testimonios reveladores y su paisaje sentimental- no es la historia de Trieste, sino la historia de un motivo característico y recurrente de amplios sectores de la cultura triestina, es la historia de lo que Fabio Cusin ha llamado “el particularismo triestino”. Seguir la historia de un mito no significa aceptarlo, sino comprender esa realidad histórica más amplia, de la que también forman parte su génesis y su evolución. Por tanto, aunque este libro se centre en un aspecto de la cultura triestina que ha determinado su imagen y su paisaje literario, ha de entenderse que dicho aspecto no es el único ni tampoco más significativo que otros que no se tratan aquí, como Slataper, cuya figura es fundamental para la temática del libro, no es más importante que el gran Saba ni poéticamente más válido que Virgilio Giotti, cuya obra apenas se analiza en estas páginas. 

            Asimismo, la búsqueda de la identidad encubierta del “querría deciros” hace que ésta se centre en el proceso de sustracción, de definición por negación, hacia el que tiende y en el que desemboca, como se ha señalado, aquella forma de búsqueda. Una historia completa, aunque sólo sea cultural, debería contemplar, como ha escrito Marino Raicich, a toda aquella amplia área para la que Ascoli, el gran lingüista, acuñó el término Venecia Julia: además de Trieste, Goricia y el Friuli oriental, Istria y Fiume, con sus voces poéticas y la pluralidad de sus componentes sociales y nacionales. Pero la esencia no enunciable –y las dificultades históricas inducen muchas veces a una parte de la cultura triestina a refugiarse en esta esencia- se reconoce en la sustracción, en la persecución de un centro que, definido en la diferencia, no existe.

            Esta actitud no ha terminado, sigue siendo un elemento de historia: sobrevive no sólo en las nostalgias más palmarias, en los mitos de una ciudad en crisis que busca justificaciones a su declive, sino también –paradójicamente- en algunas obras recientes que quieren desmitificar esos mitos de la ciudad y su tradición autoconsoladora. El libro de Fölkel y Cergoly, verbigracia, que abarca y saca a la luz la tradición cultural eslava y alemana de la ciudad, desligada del nacionalismo italiano, se inspira en una febril y visceral obsesión edípica, en una excitación “slataperiana” –aunque se dirige contra Slataper-, con el fin de captar un alma tan dispersa como diversa, imposible de reducir a cualquier definición unitaria. Por el lado esloveno, por ejemplo, Joze Pirjevec –precisamente reseñando la primera edición de este libro- habla de un “vacío” entre los eslovenos de Yugoslavia y los de Trieste, vacío que existe pero que es experimentado y no definido. En un artículo suyo muy interesante y agudo, también dedicado, con un propósito muy diferente, a la discusión franca y profunda de la primera edición del mismo libro, Jost Zakbar compara con acierto la triestinidad con el ave fénix (“todo el mundo dice que existe, pero nadie sabe dónde está”, escribió Metastasio), pero pone en evidencia que esta realidad forma parte de la ideología –y, por ende, de un capítulo de historia- triestina, así como el inexistente ave fénix existe, como topos literario, en la historia de la literatura y, por consiguiente, de la civilización. 

            A tenor de la lógica de este mito construido por negación, una gran etapa de la cultura triestina, o sea, el periodo anterior a la Primera Guerra Mundial, empieza con una toma de conciencia y con una denuncia de un vacío espiritual; empieza cuando Slataper escribe, en un artículo aparecido en La Voce en 1909, que “Trieste no tiene tradiciones de cultura”.

 

 

 

(Fragmento del libro Trieste. Una identidad de frontera, de Angelo Ara y Claudio Magris, que la Editorial Pre-Textos publicará en breve en una traducción de César Palma)

Escrito en Lecturas Turia por Angelo Ara y Claudio Magris

21 de mayo de 2014

 

 

      Porque conspiráis en Callao

con un puñado de poemas

en las manos y en las tripas,

sois el futuro,

desde el Distrito Federal a Buenos Aires

pasando por Santiago de Chile o Lima.

Lleváis tatuada a Jane Birkin

en la punta del corazón

y posáis desafiantes al calor de Vallejo y Parra,

tenéis rock en las venas

y semen en los tinteros.

Preciados se diluye en Lavapiés,

tambores de guerra,

Borges y Leonard Cohen

se citan en La Montera,

un duelo a muerte,

Pequeño Vals Vienés

al sur de Rivadavia.

Y sois descarados y canallas

pero amáis con vergüenza,

Bolañescos y Cortazarianos,

estirpes de cerveza y whisky,

teorías científicas

para ingresar en la astronomía laberíntica de Óscar Pirot

o salir del Manicomio de Mauricio Medo.

Cada tarde os batís en duelo,

y llegáis al amanecer borrachos,

al final creéis que todo es un juego,

hasta que suena el timbre

y otra vez el maldito alquiler.

 

Escrito en Lecturas Turia por Mario Hinojosa

20 de mayo de 2014

            El artista visual, diseñador gráfico y activista cultural, Paco Rallo, es el autor del proyecto y el editor de Rocío Erótico, una obra coral en la que participan sesenta y cuatro creadores, entre escritores y artistas visuales de  ambos sexos, en paridad casi absoluta, con mezcla de edades, tendencias artísticas y procedencias geográficas, todos ellos invitados a participar en una cita a ciegas creativa, con la única premisa de que su aportación, visual o narrativa, girara en torno al tema del erotismo y con unas mínimas condiciones técnicas: para los escritores la extensión máxima del microrelato no debía superar los 1200 caracteres,  y para los autores de los dibujos el formato debía ser cuadrado de 21 x 21 cm., con la previsión de que su posterior reproducción sería a una tinta. El resultado es un erótico cadáver exquisito en forma de libro de factura excelente y cuidada edición digno de figurar en las colecciones de los erotómanos más exigentes. A la calidad de la extensa nómina de artistas invitados, se suman los dos magníficos trabajos introductorios de los especialistas en sus respectivas materias como son el escritor Javier Barreiro y el crítico de arte Juan Ignacio Bernués.

            La idea es brillante, el erotismo y  el microcuento –prosas poéticas, poesías en prosas, tanto monta-, casan tan bien como el tabaco y el alcohol, pues de alguna manera, el erotismo es al sexo lo que el microcuento a la narrativa: esencia e intensidad. La narrativa breve -el microcuento, microrrelato, minicuento, minificción, nanocuento o como se les quiera llamar- guarda una semejanza natural con el placer, o mejor dicho, con el clímax del placer, pues quizá el microcuento tenga algo de orgasmo intelectual, de fogonazo iluminador, de eyaculación creativa, en la que se combinan la esencial velocidad con la intensidad, en su caso lingüística y de densidad semántica.

            Pero, ¿qué entendemos por erotismo? Me gusta mucho la definición de Octavio Paz citada por José Ignacio Bernués en su introducción: el erotismo es “la poesía de la sexualidad”. Por mi parte, y siguiendo con Octavio Paz, añadiría que “erotismo es sexo y pasión, no en bruto, sino trasfigurados por la imaginación: rito y teatro.” Es decir, el erotismo no hace referencia unívoca al mundo de las cosas, al referente, sino a la realidad de la ficción que él mismo crea, a la irrealidad por tanto: el erotismo no denota, evoca; el erotismo no imita, crea; el erotismo pone en funcionamiento mecanismos de re-presentación, de re-creación de la realidad y está situado en el plano de la ficción, sobre todo,  en el del sueño, o deberíamos decir mejor del ensueño, en ese sentido sadiano-buñueliano que libera la imaginación de todo pecado. Así, de esta forma, en el erotismo el lenguaje pasa de designar a expresar, a sugerir, a evocar experiencias sexuales o relacionadas con el sexo plenas de sentido, sentimiento y emoción. En román paladino, lo que quiero decir es que un texto es erótico en la medida que alcanza una importante calidad literaria, considerada solo a partir de la escritura, al margen de todo prejuicio moral, político o religioso y no insulta ni agrede al lector considerándolo como un ser carente  de imaginación. En suma, el erotismo es un arte pleno de imaginación, delicadeza, esfuerzo y creatividad al servicio de algo tan natural como el sexo

            Esta es la óptica con la que debemos encarar Rocío erótico, que se abre con un relato provocador, verdaderamente duro, crítico y sin concesiones, “Primicomulgante”,  una auténtica patada en sus partes a la Iglesia.  Después los textos se remansan y como en cualquier antología, no todos tienen la misma calidad, pero el nivel medio es más que aceptable y, de hecho, hay un nutrido grupo de ellos a mi juicio memorables, que ofrecen los rasgos que caracterizan al conjunto. Pondré como ejemplo algunos, sin intención de infravalorar al resto.  En “Entre las piernas”, Elena Santolaya, juega a engañar al lector y a sorprenderlo con un inesperado giro final; en “Las puertas del Paraíso”, Paco Rallo sugiere mediante un lirismo contenido una fantasía erótica elidida y aludida en su final; en “Galería de la Academia”, Luisa Liberio, siguiendo con las alusiones artísticas, si antes con Paco eran “las puertas doradas del paraíso de Giberti”, ahora, la autora convierte al David de Miguel Ángel en el “amante más hermoso de todos los tiempos”, y no le falta razón; en “Trazarte”, Iguázel Elhombre, escribe una poesía en prosa de hondo calado; suficientemente explícito resulta el título del relato de Milagros Angelini, “Instrucciones de uso” , que no requiere más comentario si hablamos de sexo y desde el punto de vista de una mujer; en “La criatura”, Raúl Herrero reescribe el clásico de Mary Shelley desde la visión atormentada del propio monstruo necesitado de compañera y el deseo sexual del propio creador por su criatura; por su parte, Ángel Petisme, rinde un humorístico y rítmico homenaje a Nabokov con su particular “Lolita”, en este caso  prostituta de una lupanar monegrino asada de caló; en “Retrato”, Francisco Julio Donoso rememora con meticulosidad tan literaria como reconocible una primera vez descrita con precisión naturalista; en “Despedidas” Rafael Notivol narra una historia sarcástica de amor y desamor, de sexo, pasión y abandonos.

            Repito que no quiero ser injusto con los numerosos cuentos que no he mencionado, obligado por las restricciones de tiempo que me impone mi papel de presentador, basten los  brevemente comentados para mostrar no sólo la solidez del conjunto sino la diversidad de los tonos y  temas: desde el realismo con denuncia social del citado “Primicomulgante” o la impregnación fantástica y onírica, pasando por la ironía y el humor o la destreza metaliteraria y el gusto por el experimento, hasta llegar a textos de hondo lirismo bien dosificado; hay cuentos fetichistas, homosexuales, obsesivos, etc. Son también numerosos los cuentos que suponen de una u otra forma un homenaje a escritores consagrados, como el ya citado de Petisme a Nabokov, el de Miguel Ortiz al poeta Apollinaire, el de Milagros Angelini a Marguerite Duras o el de Charo de la Varga a Monterroso.

            Pero que no se engañe el lector, de estos cuentos decimos que se leen en pocos minutos, y es cierto, parece el género ideal para ese lector moderno al que, piadosamente, le atribuimos una sola carencia: la de tiempo. Así pensamos y seguramente estamos en lo cierto, pero digo, que no se engañe nadie, todos sabemos que esos minutos exigen mucho, y que no todo el mundo está dispuesto a un esfuerzo de concentración tan intenso y tan breve. Si el escritor de cuentos es un corredor de velocidad, el lector está obligado a correr tanto como él y en muchos casos a realizar series de varias relecturas para desentrañar el fondo del relato.

            En definitiva, este libro es un erótico cadáver exquisito en forma de libro de factura excelente y cuidada edición digno de figurar en las colecciones de los erotómanos más exigentes, solo su portada vale un Potosí.

 

           

 

Escrito en La Torre de Babel Turia por Juan Villalba Sebastián

20 de mayo de 2014

Me quito la gorra y vacío la mochila: unos vaqueros, una chaqueta, una sudadera, unos calcetines, unos calzoncillos y unas cuantas camisetas. Mientras retumba la lavadora preparo un té, que me tomo, con un cigarrillo, leyendo un cuento de Katherine Mansfield. Sorpresa en el contestador: “Desde el desierto, un beso. Que el nuevo año descongele tu corazón”. Saco un par de higos del frigorífico. Es lo que más me gusta de la navidad. Los higos secos.

Luz helada.

Subo la cuesta de San José digiriendo la comida familiar, en la que no ha faltado el buen humor. Brilla el misterio de lo deshabitado en esos pocos edificios que crecieron, solitarios, en lo que eran las afueras de Zgz hace setenta u ochenta años. Desbordados por las nuevas construcciones, son células muertas que permiten analizar, como los anillos de crecimiento de los árboles, las sucesivas edades de la ciudad, su evolución.

En las fuentes del parque Grande, las hojas secas, al cristalizarse, parecen haberse caramelizado. Dos chicas extranjeras, bonitas y sonrientes, con sus blocs de dibujo, buscan un banco en el que sentarse a pintar el frío.

El placer infantil de resbalar en los charcos de hielo.

En casa ya. Enciendo el ordenador. Escribo la frase que tenía pensada, desde anoche, para este día: “34. Y no me han crucificado”.

Cervantes lo revolucionó todo cuando, al término de la aventura de Clavileño, hizo que don Quijote se llegara a Sancho para decirle al oído: “Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más”. Ese momento es a la literatura lo que la toma de la Bastilla a la historia.

Mi vida, esta habitación cerrada que apesta a humo frío.

Una pistola con las cachas de nácar produce el mismo efecto en un relato que una porcelana de Lladró en un salón.

Presentación de un libro de poemas. Casi todos los presentes se dedican a la versificación. Los poetas son los masones de la literatura. Y no solo porque se pasan la vida conspirando, organizado jurados y otorgando y recibiendo premios, divididos y agrupados en distintas logias. Al final del acto, la actuación: el poeta recita, como era de temer, un poema inédito. Qué manera de afantasmar la voz. Da repelús. Ni que fuera un oráculo. Los poetas deberían probar a grabar sus poemas en los contestadores de los teléfonos. Así es como tendría que sonar la poesía. Como un mensaje en el contestador. Uno de esos mensajes temblorosos que nos dejan temblando durante horas.

Le ha afectado mucho la noticia de los estragos que un huracán ha causado en Madeira. Allí pasó su luna de miel.

Fue como amputar una pierna gangrenada. No quieres desprenderte de ella, forma parte de ti, una parte importante, fundamental, pero no tienes elección: es tu pierna o tu vida. Aunque me siga acordando de ella, ya no la echo en falta. Veo que no está, pero raras veces siento su ausencia.

No es ambición literaria lo que tienen. Es únicamente ambición.

Los microrrelatistas han ocupado el lugar que los sonetistas dejaron vacío al extinguirse, y producen y venden la misma clase de churros crujientes y grasientos que, en cuanto se enfrían, y se enfrían enseguida, se ponen tan duros que no hay dios que les hinque el diente.

El español no opina. Eructa. Lees los periódicos, escuchas la radio, ves la televisión y casi todos eructan. Naturalmente, es el que eructa más fuerte el que más se hace oír. La prensa es la barra del bar donde se celebra el concurso de eructos nacional. En la calle, y en internet, los aficionados los aplauden y emulan, regoldando, que es lo mismo pero no es igual.

Ha desaparecido todo el mundo y todas las luces se han apagado, excepto las del tiovivo, que sigue dando vueltas en la noche, y yo en él.

La Biblia, en mi mesilla de noche. El hijoputa de Yahvé asola Egipto para demostrar que su poder es infinitamente superior al del faraón. Tengo que comprarme una pistola y meterla en el cajón, escondida entre los calcetines. Así, con la Biblia y la pistola en la mesilla, sabré cómo se siente un asesino en serie.

Los brillos plateados del agua en las películas en blanco y negro. No ha habido technicolor ni habrá 3D que supere esa magia iridiscente.

El camión que riega las calles deja un buen charco en el paso de cebra que cruzo todas las mañanas, siempre antes del amanecer, camino del desierto. Pisar o no pisar el charco. Es lo único que hace que un día sea distinto a otro.

Es lunes. Llueve. Un día perfecto para suicidarse.

La vida, como el tiovivo: crees que avanzas pero solo das vueltas.

Los niños se divierten en el tiovivo mientras que los ancianos, sentados alrededor, los  miran desde la distancia. Como se contempla una orilla desde la otra orilla.

La marginaban en el colegio y la gente ha seguido evitándola, yo también, pero no por lo que ella se figura: el aliento le apesta a huevos podridos, eso es todo. Una mano amiga debería ofrecerle un caramelo, y ella debería aceptarlo. Su vida cambiaría de color.

La blogosfera ha convertido a muchos escritores, no solo a los que empiezan, en hombres-anuncio. Es el género de moda: la autopublicidad.

Unos pocos escritores son los que marcan estilo. Los demás van o no van a la moda.

La primera rosa de mi rosal. Solitaria, segura de sí misma, dolorosamente roja y un poco triste.

Los aforismos son como las chaquetas reversibles. Les das la vuelta y también sirven.

La inspiración, como el riego: unas veces por aspersión y otras por goteo.

Anoche, borrachera de besos y risas y a trabajar sin dormir. La resaca, muy dulce. Rebeca, tres kilos y medio, nació ayer y hoy tocaba visita al hospital, con una cajita de bombones que la pastelera ha adornado con una rosa roja. Luz de sábado, velada por una lluvia de ámbar que preludia el verano. En la avenida, sobrevolando el tráfico, una pompa de jabón del tamaño de una pelota de fútbol. No he visto por ninguna parte al niño que la ha lanzado. ¿Habré sido yo?

Ayer encontré en la orilla del río, mientras corría, dos billetes nuevos, uno de diez y otro de veinte. Al pasar hoy por el mismo sitio, me preocupaba volver a tropezar con otros dos billetes o, peor aún, con uno más grande. Por experiencia o por instinto, desconfío de la suerte cuando amenaza con repetirse: suele tener trampa.

El escritor de diarios es un cazador de moscas.

Escriben diarios sin vida, inodoros, incoloros e insípidos.

Durante mucho tiempo he vivido convencido de que el cuerpo femenino alcanzaba la plenitud unos días después del parto. Las miraba, con sus hijitos en brazos y sus caras de peponas, y pensaba: la maternidad, no hay duda, las envuelve en un aura mágica. Era la vista que me engañaba. Ni magia ni aura. Simplemente son las tetas, que se les inflan.

Por la que están armando en el bar de abajo, España ha debido de adelantarse en el marcador. Qué buena me sabe la ensalada de todas las noches. A Jesse James va a traicionarlo uno de su banda. Ha renunciado a su carrera delictiva por amor a su mujer y a su hijo y está desarmado, descolgando un cuadro, cuando el traidor lo mata por la espalda. De niño no soñaba con ser futbolista. Yo quería ser forajido. ¿Y morir como un héroe a manos de un cobarde? No me lo había Lo ha dicho Puyol, el jugador del Barça: “Cada vez corro menos y pienso más”. A mí me pasa lo mismo. ¿Y si jugar al fútbol y escribir no fueran cosas tan distintas?

Loha dicho Puyol, el jugador del Barça: "Cada vez corro menos y pienso más. A mí me pasa lo mismo. ¿Y si jugar al fútbol y escribir no fueran cosa tan distintas?

Mi menor. Es el tono en el que me gusta pensar que están escritas estás páginas.

Quiero su sonrisa, su saliva, sus pecas, sus pestañas, sus uñas, su olor, sus soledades, la goma con la que se recoge el pelo, su forma de arrugar la nariz, su manera de sacar la lengua, su maquillaje, sus caderas, sus estrías, su cuello, el lunar escondido entre sus pechos, la dulzura violenta de sus gemidos, sus dientes irregulares, sus niñerías, su falda corta, sus zapatos nuevos, su anemia, sus implantes, su almohada, sus zapatos sin tacón, sus botas de siete leguas, sus ganas de comerse el mundo, su timidez, la tinta triste de sus poemas, sus escalofríos, sus sudores, su misterio, su pereza, sus silencios, sus temblores, sus certezas, su respiración, el diamante de su ombligo, sus pasadizos secretos, su pasado, su presente, su futuro. Lo quiero todo. Todo para mí y solo para mí.

“No escribo por dinero, pero tampoco estoy dispuesto a escribir gratis”. Debería habérselo dicho cuando me ha pedido que continúe con mis columnas, aunque ya no me las vayan a pagar.

“La vida trabaja incansablemente las veinticuatro horas”. J. G. B.

Puede que algún día olviden el sabor de sus bocas, pero no podrán olvidar a las ranas que croaban, al ritmo de la marcha Radetzky, mientras se besaban aquella madrugada del mes de julio, frente al río, en el portal de la casa de ella.

No importan las veces que te hayas enamorado y desenamorado. Un nuevo amor, cuando es verdadero, es siempre el primer amor.

Un poema, un relato y una novela se resuelven como se resuelve un crimen. Pero el escritor no es solo el detective encargado del caso: es también el asesino y la víctima.

Hay que perder la rigidez, después de haber perdido el pudor. Y escribir sin condón. Escribir como silbas cuando vas en bicicleta, como cantas cuando cantas para las paredes, como hablas cuando no hablas con nadie. Sin pretender hacerte oír, sin escucharte a ti mismo, indiferente por completo al efecto de tus palabras y a sus consecuencias. Cuesta lo suyo perderla, pero qué alivio el día que dejas de sentir ese palo que durante tanto tiempo has llevado clavado en el culo. 

Ya no leo por el mero placer de leer. Todo, hasta los papeles rotos de la calle, lo leo depredadoramente, en beneficio propio.

Pasada cierta edad deja de pasar la vida y solo pasa el tiempo.

Mejor ciego en Granada que pobre en París.

Las piernas de las parisinas, las poses dieciochescas de los parisinos (les falta empelucarse), la miseria de los miserables, tanta retórica urbanística, tanta belleza a pie de calle, tanta soledad entre tanta gente, la felicidad que se compra y se vende en los barrios del centro, la desesperación que se masca en los de la periferia, el atardecer pintando de rosa el cielo, esmaltando las copas de los edificios, y Brenda y yo buscando como locos un sitio donde vaciar las vejigas y llenar los estómagos después de atravesar el sueño perfecto de la place des Vosgues, vacía tras la lluvia. 

“Il y a certaines coses que j’écris et que je ne dirais pas de vive voix”. P. Léautaud.

Cargados de bolsas de supermercado, caminan cada uno por una acera, después de pasar la tarde del domingo en casa de su hija, con sus nietas, unas gemelas encantadoras. Cuarenta años casados y cada día se odian un poco más. Ya no les quedan fuerzas para disimularlo.

 “Lo peor que te puede pasar en un viaje es que no te pase nada”, han escrito unos jipis en su furgoneta. Me acuerdo de Paul Morand, que decía de los jipis que eran unos budas sin curiosidad.

Esta noche las aguas del Ebro brillan como nunca. Me fumo un cigarrillo imaginario (no tengo fuego) en el puente de Piedra. Se nos ha muerto Labordeta, pero no se ha ido. Y si se ha ido, no tardará en volver. Volverá a su querida y odiada gusanera, y en esa acera de sombra por la que caminamos los vivos y deambulan los muertos nuestros pasos se cruzaran de nuevo, a cualquier hora, cualquier día de estos.

Varias generaciones descubrieron la muerte asistiendo, con los corazones encogidos, al asesinato a tiros de la madre de Bambi, así como a muchos otros niños la primera noticia de la muerte y su brutal impacto les ha llegado a través de otra película de dibujos animados, El rey león, en la que el asesinado es el padre del protagonista.  La muerte no admite mojigaterías ni siquiera en los relatos infantiles salidos de la factoría Disney. Fue sin embargo en una serie de televisión donde descubrimos la muerte unos cuantos españolitos. No puedo contener una risa nerviosa cuando vuelvo a oír aquellos gritos de Pancho, repetidos por el eco angustiante de la memoria: “¡Chanquete ha muerto! ¡Chanquete ha muerto!”.

Ninguno de los cuatro hemos heredado de nuestro padre su habilidad con las herramientas, la destreza y la paciencia con las que arregla cualquier avería. No nos ha enseñado, pero tampoco hemos querido aprender. También es verdad –pienso en mi descargo- que la sociedad ha cambiado y ahora todo lo que se rompe, se tira. Como si las reparaciones fueran una pérdida de tiempo.

Dice Proust algo muy cierto, poéticamente cierto, a propósito de Chardin y sus naturalezas muertas. Que las cosas, los objetos, no son hermosos en sí mismos. Es la luz que los envuelve, la luz que les da la vida, la que los embellece.

Hemos tomado pacíficamente la Aljafería en cuanto se ha cerrado la capilla ardiente. Había pocas banderas, de lo cual me he alegrado: él luchó por la libertad sin banderías. La mitad estábamos conteniendo las lágrimas y la otra mitad llorando. Los silencios y los sollozos han precedido al estallido de los vítores. Las sombras de la multitud, con los brazos alzados, temblaban agigantadas en los muros del palacio mientras sonaban sus canciones, coreadas por una multitud de gargantas rotas. Faltaba la voz cantante. Su vozarrón, que ya nunca oiremos en directo. Nos queda su palabra. Nos deja su ejemplo.

Me encanta esa hora última de la tarde en la que el cielo empieza a oscurecerse y se encienden todas las luces de la ciudad. Era la hora de volver al pueblo, hechas las gestiones, las visitas médicas y las compras que habían llevado a mis padres a Zgz, y a mis hermanos y a mí con ellos. Es con aquella mirada pueblerina como sigo contemplando la ciudad, rindiéndome cada noche ante su hechizo eléctrico. No echo de menos el pueblo, tan oscuro bajo la bóveda celeste, y sus cuatro farolas con sus cuatro gatos.

Después de muchos meses sin poder pegar ojo, cuando decidí que no aguantaba más, que me largaba, y nos instalamos, mis libros y yo, en el piso de mi hermano, volví a conciliar el sueño con la facilidad y la felicidad con las que lo he conciliado siempre, para envidia de mis amigos insomnes. Durante el día lo pasaba fatal, pero era meterme en la cama, cerrar los ojos y empezar a roncar, lo que únicamente podía significar una cosa: que había elegido la opción correcta, aunque entonces me costara creerlo. Se lo he contado a Antonio, que se divorció a comienzos de verano, y a él le sucedió lo mismo. Al día siguiente del día en que verbalizó su divorcio pudo por fin volver a dormir la siesta como un bendito.

Lo ha dicho mi madre, que sabe de lo que habla: “A las parejas que se mueren, las mata el aburrimiento”.

Si para castigar a alguien tienes que castigarte a ti mismo, qué estupidez.

 

Escrito en Lecturas Turia por Julio José Ordovás

19 de mayo de 2014

En cada novela, en cada poema, en cada relato hay una partitura. Ningún autor fue tan claro sobre el carácter musical de la literatura como Homero: la Odisea consta de 24 cantos y otros tantos componen la Iliada. Ambos poemas son como dos grandes óperas wagnerianas, rebosantes de dramas y pasiones. Homero pulsa todas las cuerdas de su lira -desde la más grave hasta la más aguda- para contar, o mejor cantar, las hazañas y amores de los dioses y los hombres. En  la buena literatura siempre es posible escuchar la melodía. El inglés Neil Gaiman, seleccionado entre los diez mejores escritores vivos por el prestigioso Dictionary of Literary Biography, tiene un agudo sentido musical. Su obra posee un ritmo extraordinario y una prosa en clave de ingenio. Explorador de casi todos los géneros – novela, cómic, relatos, poesía, guiones, teatro, cuentos para niños y hasta letras de canciones para Tori Amos-, Gaiman podría hacer suya la definición que daba de su trabajo el artista holandés M.C. Escher: “Lo que yo hago es un juego, pero un juego muy serio”. La última novela del inglés publicada en España, Los hijos de Anansi, es tan fascinante como divertida. Y su banda sonora está a la altura: el libro comienza con la música de fondo de What’s new Pussycat?, ese tema memorable de Tom Jones, y finaliza con The Lady is a Tramp, un clásico de Frank Sinatra, y Yellow Submarine, de los Beatles. Entre ambos, Gaiman relata una historia tan inolvidable como esa música.

El protagonista de la novela, Gordo Charlie, vive en Londres desde que sus padres se separaron en Florida, cuando él tenía diez años. Gordo Charlie -que no está gordo, pero conserva el apodo que le puso su padre- tiene una novia llamada Rosie -que se niega a acostarse con él hasta que estén casados- y trabaja para un agente de actores -que lleva años estafando a sus clientes-. Su vida es pura rutina hasta que la muerte de su padre le obliga a viajar a Florida para asistir al entierro. Cuatro ancianas, amigas del fallecido, ponen su vida patas arriba cuando le revelan: 1) que su padre era la reencarnación humana del dios africano Anansi y 2) que no es hijo único, sino que tiene un hermano, Araña, que ha heredado los poderes mágicos de su padre.

La aparición de Araña en la casa londinense de Gordo Charlie no hace más que complicar aún más las cosas. Su desconocido hermano es guapo, seguro de sí mismo, divertido, sin escrúpulos y con una labia espectacular. También es egoísta e inconsciente. Antes de que Gordo Charlie se dé cuenta, Araña le ha robado la novia, se ha instalado en la mejor habitación del piso, ha conseguido que le despidan del trabajo y que la policía le persiga por fraude y como sospechoso de asesinato. Pero Gordo Charlie se siente, sobre todo, profundamente humillado: Rosie, que se negaba a acostarse con él, ahora se niega a abandonar la cama de Araña.

Decidido a librarse de su hermano, Gordo Charlie regresa a Florida. Con ayuda de las cuatro ancianitas, que practican una peculiar forma de vudú, convocan una fuerza poderosa y malvada. Pero cuando dicha Fuerza Oscura actúe, las cosas empezarán a ir realmente mal para todos. Gordo Charlie deberá adentrarse en un mundo tenebroso, habitado por antiguos dioses con forma animal, para intentar salvar a su hermano y al mundo del daño que ha liberado. En ese espacio mítico, los hermanos Anansi vivirán, al igual que Odiseo durante su largo viaje de retorno a Ítaca, aventuras terribles, emocionantes y algunas muy graciosas mientras luchan por regresar a la normalidad.

Clasificar esta novela genial y disparatada es imposible, incluso para el propio autor. Escúchenle: “Los hijos de Anansi es una divertida historia de miedo. No es exactamente un thriller ni una novela de terror, tampoco una novela de fantasmas (aunque en ella aparece algún fantasma) o una comedia romántica (aunque hay varios romances y partes muy cómicas, si exceptuamos las partes terroríficas). En realidad, si tuviera que definirla diría que es una épica familiar-cómico-romántica-de fantasmas-thriller-mágica-de horror, aunque eso deja fuera la parte policíaca y gran parte de la comida”.

Con poco más de 40 años, Gaiman goza de un prestigio considerable gracias a su manera magistral de moverse entre la fantasía y la realidad. Ese lugar fronterizo y en penumbra, donde se confunden ficción y no ficción, es el terreno en el que se desarrollan sus libros y donde mejor brilla su imaginación. Es el espacio del mito homérico, donde dioses y hombres intercambian a menudo sus papeles. En Los hijos de Anansi, Gaiman convierte el mito del dios africano Anansi en un escenario donde conviven sin estridencias algunos de los dioses que llevaron los esclavos a Estados Unidos junto a policías, agentes de actores, enamorados sin esperanza y hombres y mujeres con problemas familiares.

Parece mentira que un autor como Neil Gaiman sea tan poco conocido en España. O quizá sería más adecuado decir: tan poco reconocido. Los aficionados al cómic le conocen por su brillante serie Sandman, pero en el mundo de la narrativa aún está por descubrir. Ha conseguido numerosos premios en todos los géneros que ha cultivado, pero su principal galardón es el entusiasmo y el asombro maravillado que suscita su lectura. Los hijos de Anansi es un placer y posee además un raro don: hace reír. Uno de los mejores espectáculos que existen es la risa solitaria del lector hipnotizado por las páginas que tiene delante.

Algunos de los premios que adornan su solapa son los siguientes. Su novela American Gods obtuvo los premios Bram Stoker, Nebula, Hugo, SFX y Locus; Neverwhere ganó el Premio Julia Verlanger para la Mejor Novela de Fantasía y Ciencia-Ficción; Stardust consiguió el Premio MythoPoeic a la Mejor Novela para Adultos; Smoke and Mirrors logró el Premio PEN para el Mejor Libro de Relatos. La serie de cómics Sandman obtuvo los premios Will Eisner y Harvey, consiguió el primer galardón literario concedido a un cómic, el World Fantasy Award, y se convirtió en el primer libro de este género que aparecía en la lista de los libros de ficción más vendidos del New York Times. Sus novelas infantiles han obtenido un éxito similar: Coraline ganó los premios Elizabeth Burr/Worzalla, BSFA, Bram Stoker, Nebula y Hugo, y será llevada al cine. Entre sus libros ilustrados, Los lobos de la pared ha sido adaptado para la ópera. Neil Gaiman ha obtenido asimismo el Premio a la Defensa de las Libertades que concede el Comic Book Legal Defense Fund. Su obra ha sido traducida a 28 idiomas.

Los hijos de Anansi comenzaba con una canción y una tesis: “Las canciones permanecen. Perduran. Una canción puede convertir en bufón a un emperador o derrocar dinastías. Seguirá viva mucho tiempo después de que los hechos que narra y sus protagonistas se hayan transformado en polvo y sueños, condenados al olvido. Tal es el poder de una canción”.

Cuando cierren esta novela, se descubrirán moviendo los pies al ritmo de su jubilosa melodía interna.

 

Neil Gaiman, Los hijos de Anansi, Barcelona, Roca Editorial, 2006.

Escrito en Lecturas Turia por Nuria Barrios

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