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11 de febrero de 2014

Una hebra recubierta de vida,

soldada por arduos deseos de permanecer aquí

y seguir abrazando a los que te lloran,

a los que dicen adiós a la bruja,

la más bruja de todas,

y que arde dentro de las venas principales de sus manos

como si fuera flexible y azul

y les llevara a acariciarte.

Hilo de cobre para anudármelo al cuello

llegado el día preciso

y acabar con este paripé de indiferencia,

el teatrillo de despedida

y las plañideras que sólo se acuerdan de uno

cuando uno ya no está.

Metros de cable con hilo de cobre

robado en la noche de tu muerte

mientras yo te arropaba y recogía tus cosas,

tapaba con las sábanas el pie que empezaba a estar frío

porque ya se sabe,

no te gusta que te vean con las uñas sin arreglar.

Nadie te cortó al fin el pelo, como tú querías,

y se burlaban como con vida robada

algunos de tus rizos color de cobre

apoyados sobre los hombros,

vengándose del intento de acabar con ellos.

Cobre, como un consuelo de tontos,

el premio del que no alcanza la meta

sino detrás de los otros,

como tú y yo,

como todos cuando dejan de estar.

“El incremento del precio del cobre

dispara los hurtos”, leí aquella noche,

y me conformé.

Escrito en Lecturas Turia por Almudena Vidorreta

10 de febrero de 2014

Para Daniel Duque

 

 

 

 

 

 

No creo que se esté

tan mal bajo la tierra:

 

habrá un suave silencio concentrado

parecido al de hoy,

 

al de esta noche

de piedras sumergidas;

 

no tendremos ninguna obligación

de levantarnos pronto

 

a trabajar y, en cambio,

cuando llueva, la tierra,

 

mezclada con el agua,

será un dulce café

 

para los restos de la boca

que ya no sufrirá los dolores del cáncer;

 

seremos una parte

de materia que irá, en algún milenio,

 

a reencontrarse con el astro

que revistió de vida nuestra carne,

 

y ese astro, a su vez,

más adelante,

 

pasará a formar parte de algún otro

astro mayor que lo reabsorba;

 

viajaremos

así por todo el universo

 

como podría hacerlo ya esta noche

en algún sueño grato, si lograra

 

dormir después de estas palabras

que sólo han perturbado

 

brevemente el nocturno

silencio.

Escrito en Lecturas Turia por Rafael-José Díaz

7 de febrero de 2014

He estado muy ocupada, me dijo Violeta en El Mercurio después de una larga temporada sin vernos. Me ha surgido un asunto nuevo. Un día llamaron por teléfono a preguntar si sabía si el ático de la casa estaba en alquiler. Un señor llamado Piloto, me dijo la voz, le había comentado a él, el propietario de la voz, que creía que sí. El mencionado Piloto le había dicho, también, que llamara a este número de teléfono y preguntara por Dayana o por Violeta. Cualquiera de las dos podría ayudarle. Eran familia de Piloto.

 

Le  expliqué  al  propietario  de  la  voz  -era, sin lugar a dudas, una voz de hombre-  que  yo  era Violeta, la hija del Piloto, que en realidad se llamaba Eugenio,  aunque muchos le llamaban el Piloto. No Piloto, puntualicé, sino el  Piloto.  Así  es,  dijo  la voz, dándome la razón en ese tono en que se la suele  dar  a  los  locos,  simplemente  para seguir adelante. Le dije que le preguntaría  lo  del  ático  a  Dayana,  que,  por  cierto,  era  mi  madre -no consideré  necesario  añadir  que, en consecuencia, era, también, la mujer de Eugenio- , porque Dayana está muy al tanto de la vida de la vecindad y probablemente  sabría si los propietarios del ático lo querían alquilar. Pero como en ese momento Dayana no se encontraba en casa, le dije que llamara más tarde.

 

Yo,  desde  luego,  siguió  Violeta,  conocía a los propietarios del ático, que viven en el cuarto  derecha,  y  sabía  que  el  ático  estaba  desocupado,  pero,  naturalmente,  no conocía  sus  intenciones.  No  me  trato  mucho con ellos. Son una familia numerosa y bastante  alborotadora.  Como  mi madre habla con todo el mundo, debía de saberlo o, al  menos,  podría  actuar  de intermediaria entre ellos y el hombre que me llamaba por teléfono.  Eso  fue  lo  que pensé  en cuanto colgué el teléfono. E, inmediatamente, me olvidé.  Quiero  decir, que no se lo comenté a mi madre, ni siquiera a mi padre, que era quien había puesto en marcha el asunto.

 

La cosa fue, dijo Violeta, que, por una cosa o por otra, ese hombre me llamaba por teléfono casi todos los días. Con mi madre es muy difícil hablar, porque anda siempre de aquí para allá y no se lleva nada bien con el teléfono móvil. No contesta los mensajes ni los responde jamás. Al fin, un día le pregunté si sabía si el ático estaba en alquiler y ella me dijo que se enteraría, pero lo cierto fue que tardó en enterarse. El hombre me seguía llamando, como si ese ático fuera el lugar más deseable del mundo. Pasados unos días, pude darle buenas noticias. Sí, el ático estaba en alquiler y ya había conseguido, a través de mi madre, el número de teléfono de los del cuarto derecha.

 

El caso es que los propietarios del ático le pidieron a mi madre el favor de que echara ella una ojeada al ático, que llevaba desocupado todo un año, a ver qué le parecía, porque no sabían lo que podían pedir de alquiler. Tenían la impresión de que el último inquilino pagaba un alquiler muy bajo. Mi madre, como puedes imaginar, no encontró el momento de subir a ver el ático, y finalmente me lo encargó a mí. Y esto es lo que ha pasado: el ático me encantó. Se lo comenté a los propietarios y les sugerí alguna que otra mejora para poder pedir un precio más alto. Más adecuado, quiero decir, porque el espacio es estupendo, pero hay que saber presentarlo. Todo lo que les dije les pareció muy bien y al final quedé yo encargada de hacer todos los pequeños arreglos -fáciles y superficiales todos ellos, cosas que podían hacerse con las manos- e incluso de manejar el asunto del precio del alquiler con el nuevo inquilino.

 

Siempre me ha gustado la decoración, dijo Violeta, así que todo el asunto me ha entretenido mucho. El ático ha quedado genial. Ya sólo falta fijar el precio con el nuevo inquilino. Parece ansioso por verlo, la verdad.

 

Mi padre, como de costumbre, se ha desentendido completamente de todo, dijo Violeta, mirando hacia la mesa adonde el Piloto jugaba al póquer con sus amigos. No ha intervenido ni ha comentado nada. Lo único que ha dicho es que hacía tiempo que no veía a Julio, que así se llama ese hombre. Le parecía que estaba de viaje. Es un hombre que viaja mucho, dijo. Nada más.

 

Tengo mucha curiosidad por verle, confesó Violeta. Estoy deseando saber qué le parece el ático, ya que ha mostrado tanto interés. Tiene una voz maravillosa. Es una de esas voces que se ven, que casi se palpan, una voz que se pone delante de tus ojos y hasta cierto punto puede decirse que se exhibe, que disfruta de sí misma. Es una voz fundamentalmente independiente, una voz que va a lo suyo.

 

Yo pensaba que Violeta no sabía escuchar, que lo miraba todo sin absorber una sola palabra, pero ahora había sido conquistada por una voz. Sentí celos de aquella voz que se había abierto paso en la vida de Violeta. Y comprendí que nunca me había gustado mi voz, expresaba nerviosismo e inseguridad, como si quisiera alzarse por encima del peso que debía sostener, nunca liberada de su miedo a caer, a hundirse, a enmudecer. ¡Ojalá mi voz fuera mejor de lo que imaginaba!, deseé, ¡ojalá mi voz sonara en los oídos de los otros mejor de lo que sonaba para mí!

 

Como Violeta, yo también era experto en voces, yo también sacaba conclusiones cuando escuchaba las voces de los otros, y las analizaba y desmenuzaba, una vez que habían penetrado dentro de mí y se resistían a desaparecer. La voz de Violeta pasaba por las cosas como recogiéndolas, barriéndolas, sin mirarlas demasiado, quizá triturándolas, porque sólo tenía una meta, sólo quería hablar al aire, exponer el montón informe de palabras como una escultura que se fuera moldeando a la vista de todos. La voz de Violeta perseguía un objetivo, no se distraía en lo accesorio.

 

Así como la de Violeta era, claramente, una voz con meta, una voz demoledora, pulverizadora, y por tanto algo monótona, sin apenas variaciones, la de Teresa no tenía metas claras y cambiaba terriblemente. Podía ser una voz alegre, impregnada de aquella vida anterior que se intuía al fondo de sus ojos, y podía ser una voz muy triste, quejumbrosa, cuando me relataba el insomnio constante de sus noches, el dolor que la mantenía despierta y para el que no había encontrado remedio, porque se resistía a recurrir a los analgésicos y los calmantes. Era, a veces, cuando sus ojos me penetraban, una voz susurrante, suplicante -mientras yo me estremecía de deseo, porque sabía que me estaba pidiendo algo-, y otras, cuando yo la escuchaba hablar con otras personas, cuando la veía de lejos y sólo me llegaba el sonido y el tono de las palabras, una voz distante y orgullosa, cerrada en sí misma.

 

Teresa no tenía una sola voz, Teresa era muchas voces al mismo tiempo, y eso era lo que me desconcertaba, porque imaginaba que si yo respondía a una de ellas, Teresa, de pronto, recurriría a otra, y yo no sabría qué hacer.

 

 

 

(Capítulo de una novela en curso)

 

Escrito en Lecturas Turia por Soledad Puértolas

7 de febrero de 2014

                        El escritor Carlos Fuentes llegó a afirmar, en alguna ocasión, que los narradores jóvenes mexicanos eran más libres porque ya no tenían la obligación de darle voz a los sin voz, y al hilo de esas declaraciones, aquellos se preguntaban si se puede ser libre en una sociedad teatralizada, ciega por el consumo, superpoblada y descreída. Bien es verdad que, consecuentes estos, han asumido su cuota de cinismo con que se ven obligados a vivir, y sostienen como la literatura mexicana se ha vuelto básicamente procaz con cuanto está ocurriendo durante las últimas décadas en el país. Tan es así que la generación de Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), creció en mitad de un ambiente caracterizado por la dominación mediática y la violencia simbólica, aspectos que rompen las barreras sociales, económicas y familiares, y hoy hastiados cuestionan su lugar en este mundo por verse obligados a existir al margen de las expectativas de la era global. Retratan la debilidad humana en sus planteamientos literarios, y el deseo de convertirse en otro, sin dejar de ser ellos mismos. Los autores, con quienes se asocia el nombre de Nettel, nacen en un estrecho margen de tiempo no superior a diez años, su narrativa ofrece planteamientos similares y una visión desde los márgenes; críticos disparan a quemarropa sobre la sociedad corrompida, rompen con las barreras establecidas por alienantes. El mayor, Julián Herbert (Acapulco, México, 1971), una voz narrativa intensa, dibuja las relaciones familiares y toda destrucción posible en torno a ellas. Canción de tumba (2011), es la historia de su madre, una mujer que trabajó como prostituta desde la infancia de Julián hasta su adolescencia, aunque cuando enferma de leucemia él la cuidará y establece así una relación amor-odio; César Silva (Ciudad Juárez, México, 1974), cuenta en Una isla sin mar (2009), como la cómoda existencia de Martín en Ciudad Juárez se ve súbitamente sacudida: su novia lo ha dejado, su exitosa carrera atraviesa un mal momento y, además, sufre unos sueños recurrentes y extraños; en ellos, Martín visita su antigua casa paterna, donde un viejo de barba blanca le urge a huir de Juárez;  Daniel Espartaco (Chihuahua, México, 1977), publicaba, Autos usados  (2012), la historia de una generación que vivió la adolescencia en el norte de México durante los noventa, los años felices de la economía, el comienzo del ascenso de la cultura del narcotráfico; una alegoría sobre el mal, no el metafísico, sino el que tiene causa y efecto, y aguarda su momento bajo la superficie de las cosas; y la más joven, Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011), una novela sobre existencias fantasmales; y una evocación, a la vez melancólica y llena de humor, sobre la imposibilidad del encuentro amoroso, y el carácter irrevocable de la perdida.

                        La narrativa de Guadalupe Nettel se ha caracterizado hasta el momento por su curiosa visión de nuestro mundo, actitud que la mexicana divide entre lo esencialmente cotidiano y lo extraño. Ocurría en su primera novela, El huésped (2006), donde se describe un largo adiós a la percepción de la vista y un, no menos curioso, encuentro con el universo de los ciegos, aunque, por otro lado, ofrece la cara subterránea de la ciudad de México, y los personajes, incluida la gran urbe, se desdoblan en una confusión de reflejos, para moverse entre lo superficial y lo profundo, sin que los lectores nunca sepamos el territorio que realmente pisamos. Son personas que no encuentran un lugar posible y se organizan en grupos paralelos que imponen sus propios valores; y algo semejante ocurre en El cuerpo en que nací  (2011), su última novela, en la que Nettel traza una crónica sobre arrebatados momentos de nuestra historia más reciente, recurriendo a la figura de una psicoanalista, neutra e invisible, como si de un escudo protector ante semejante desnudo interior se tratara. Aquí no cuentan el pudor ni el sentimentalismo, sino un descarnado rosario de recuerdos que se encadenan, dibujando una infancia y una adolescencia peculiares y, a través de ellas, el retrato de toda una generación.

                        Los cinco relatos de El matrimonio de los peces rojos (2013), que ha obtenido el Premio Internacional Narrativa Breve Ribera de Duero, cuenta los extraños y singulares vínculos que una abogada, un profesor de biología, una estudiante de doctorado, una violinista y un autor de teatro establecen con los animales de compañía, y que de alguna manera influyen en las relaciones de pareja, o en los no menos complicados lazos de familia. Peces, cucarachas, gatos, hongos y serpientes coprotagonizan unas historias en las que algunos humanos ven desorientada su existencia por el extraño influjo de estos huéspedes. En el primer relato, más extenso, y que da título al conjunto, una abogada que tiene una pareja de peces rojos observa como su propia vida cambia a raíz de su embarazo y alumbramiento de su hija, influye en su posterior separación y, finalmente, en la pérdida de su trabajo; aunque, lo más curioso del cuento es la mimetización que la protagonista establece con la vida de sus peces, sobre todo con la hembra para intentar solucionar sus problemas de pareja. Nettel escribe historias paralelas que se mueven entre la agresividad animal y la soledad humana, o la coexistencia con insectos, concretamente cucarachas, como ocurre en la firme y extraña decisión de un biólogo, cuantifica las relaciones oscilantes con los gatos de una joven doctoranda, o no deja de sorprendernos con el hongo que una mujer madura se empeña en mimar para sustituir un olvidado afecto de otro tiempo; en realidad, un previsible adulterio; y no menos curiosa, en el último relato, la relación que establece el protagonista con una serpiente para descubrir su identidad familiar y la deuda que debe pagar a través de su hijo, un narrador testigo que observa como el padre se reencuentra con las emociones de una lejana juventud.

                        El paralelismo humano y animal que esgrime la mexicana ofrece las suficientes dudas al lector para continuar con la lectura y el resultado remite tanto a un devenir psicoanalítico como a ciertos aires cortazarianos de algunos significativos relatos del argentino. La tensión producida por la irrupción de lo anómalo en la vida cotidiana y las consiguientes reacciones de los personajes, sustentan a todos y cada uno de los cuentos de El matrimonio de los peces rojos. Nettel se mueve con soltura en el género, dosifica dramatismo, derrocha humor e ironía, y nos muestra con bastante perspicacia la conducta humana, y ahonda sobre todo en las obsesiones de sus personajes, sin necesidad de ir mucho más allá, porque quizá la narradora mexicana no se haya planteado justificar el por qué de algunas de las actuaciones de los protagonistas de sus historias.

 

Guadalupe Nettel, El matrimonio de los peces rojos, III Premio Internacional Narrativa Breve Ribera del Duero, Madrid, Páginas de Espuma, 2013.

 

Escrito en La Torre de Babel Turia por Pedro M. Domene

7 de febrero de 2014

Salir

del círculo

rompiendo la continuidad

aunque parezca que la línea

rebase el centro de su forma

como la gota

que cae interrumpidamente

igual que caen las palabras

cuando son manejadas como espacio

y llenan huecos evidentes

que como cataratas van vaciándose

de arriba abajo

de lado a lado

de abajo a abajo

hasta llegar a lo hondo

del centro de la nada.

Y mientras tanto

escapar de lo dicho

pues sólo es entendible aquello

que deja marca.

Esa

es la continuidad

la marca

que hace que toda gota

tenga forma distinta

pues cada una es enlace

de la anterior

y la siguiente

con la continuidad

en medio

pero sin alterar las partes

como un ladrillo

que aguanta el peso incluso

desconociendo el lastre de la malla

que embrida el uno con el otro

y así haciendo sucesión

donde todo es la suma de uno y uno.

 

Eso es un muro.

 

Aunque también continuidad

o marca que hace que la red

vaya encerrando / se

tanto que finalmente

quede algo que podríamos llamar

nada

nuevamente.

Escrito en Sólo Digital Turia por José Antonio Fernández Sánchez

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