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24 de noviembre de 2025

La voz de Rosa Montero es reconocible entre en millón; su trayectoria, única; y su obra, inmensa, de una calidad y audacia difíciles de comparar con la de ningún otro escritor. Desde Turia, hemos querido indagar en lo insigne de su literatura, rindiendo homenaje a la obra monterina con un monográfico que se acerque a sus orígenes y a lo que la define, a la esencia de sus libros, y también a lo que queda en los márgenes. La autora ha recibido multitud de reconocimientos y premios tanto por su labor periodística como literaria. Sin ir más lejos, ha sido Premio Nacional de ambos, de Periodismo en 1980 y de las Letras en 2017.

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Escrito en Artículos Revista Turia por Marta Pérez-Carbonell

Juan Casamayor: “Editar es vivir al borde del abismo y ahí quiero seguir”

 “Juan: crear una editorial es muy sencillo ¿serás capaz de crear un editor?”. Han pasado algo más de veinticinco años desde que Juan Casamayor, un joven aprendiz en la empresa de sacar libros al mercado, escuchó esa pregunta de labios de Miguel García, distribuidor, una institución en el mundo del libro, al que pidió ayuda en los inicios, muy consciente de que sin distribución cualquier proyecto estaría abocado al fracaso. Y veinticinco años después esa frase aún resuena en sus oídos. 

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Escrito en Conversaciones Revista Turia por Angélica Tanarro

AUTORES Y ESTUDIOSOS NORTEAMERICANOS, ITALIANOS, BRITÁNICOS, AUSTRALIANOS, POLACOS Y ESPAÑOLES ANALIZAN SU OBRA EN UN MONOGRÁFICO QUE CONTIENE MÁS DE 100 PÁGINAS DE TEXTOS INÉDITOS. 

TURIA SE PRESENTARÁ EN MADRID EL 11 DE DICIEMBRE, EN LA SEDE DEL INSTITUTO CERVANTES. EL 17 DEL PRÓXIMO MES TAMBIÉN SE DARÁ A CONOCER EN TERUEL. EN AMBAS OCASIONES, TENDRÁ LUGAR UN CONVERSATORIO ENTRE LA PROPIA ROSA MONTERO Y FERNANDO DEL VAL, PERIODISTA DE RNE Y POETA.

 

La revista cultural TURIA dedicará su próximo número a rendir un homenaje internacional a la escritora y periodista Rosa Montero, una autora de larga y brillante trayectoria y que figura entre los creadores en español de mayor repercusión global. Se trata de un atractivo monográfico en el que, a través de más de 100 páginas de textos inéditos, se quieren analizar las claves de su fructífera labor como narradora y cronista de nuestra época. Igualmente, este cartapacio certifica su condición de autora de indiscutible prestigio y notable audiencia en el mundo de la literatura y el periodismo de habla hispana. Buena prueba de esa dimensión universal de su obra es que este trabajo colectivo de análisis y divulgación ha sido coordinado por Marta Pérez-Carbonell, profesora de la universidad norteamericana de Colgate, ubicada en el estado de Nueva York. Además, colaboran con un total de trece artículos autores y estudiosos no sólo españoles sino también norteamericanos, italianos, británicos, polacos y australianos.

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Escrito en Noticias Turia por Instituto de Estudios Turolenses Diputación Provincial de Teruel

Alberto Chimal (Toluca, 1970) es un escritor mexicano de ciencia ficción social. Chimal ha escrito historias para tebeos de Batman, el guion de películas como 7:19 (2016), dirigida por Jorge Michel Grau, y Confesiones (2023), dirigida por Carlos Carrera. Más de una veintena de cuentos alaban su trayectoria, el último Las estancias secretas (2024). En España, Páginas de Espuma le ha publicado Los atacantes (2015) y Manos de lumbre (2018). Sus historias se pueden rastrear en canales de YouTube o en distintos podcast.  

Sus últimos relatos, Las máquinas enfermas (Páginas de Espuma, 2025), son un conjunto de propuestas distópicas basadas en el incontrolable avance de la inteligencia artificial. Manejando distintos registros narrativos, Chimal ofrece uno de los libros más interesantes de este año. Y lo hace amarrado al terreno, a la expresión de una sociedad situada en un futuro cercano, pero arrancadas de la continuidad por elementos de oscuridad digital. No es baladí comparar este volumen con una antología de seriales televisivos como Black Mirror, donde un elemento se ha introducido en las relaciones cotidianas haciendo que la iteración siguiente de nuestras vidas quede trastocada de manera cualitativa. Y lo hace, en esa parte los aficionados a la imaginería futurista con un toque de terror disfrutarán, de una manera que vislumbra lo apocalíptico para el avatar orgánico. O sea, para nosotros los humanos. 

“La madre del dragón”, el primero de sus relatos, ejecuta un futuro en el que imprimir es ilegal, pero existen todavía “influencer” que por la red aparentan salvar la literatura a través de frases efímeras de autoayuda. Los clubes de lectura son encuentros de aficionados a lo analógico y cualquier obra literaria se realiza con ayuda de la IA. En una historia donde la mercancía pirata que se venda a través de la Dark Web ofrece un catálogo impensable a día de hoy, Chimal, en este futuro cercano, apuesta por el situacionismo de las barriadas más deprimidas, para colocar un contexto social, donde no existe una alta velocidad digital, donde esa misma pobreza se metaboliza en cacharrería para acercarnos a un lugar que supone la marmita perfecta para un caldo que se contamina con el grial de la tecnología y el aditivo de la desesperación orgánica.  “Incidentes fatales revelan inteligencias” es una vuelta de tuerca al mito de Skynet, la inteligencia que, obviando las leyes de Asimov, elige la destrucción de la humanidad como solución a la salvación del planeta. Conductores automáticos, recetas que incluyen tenedores en un microondas, un responsable de marca asustado, una conversación de hombre y máquina, un boletín en un ayuntamiento que provoca una matanza, la superficie metálica de un producto de Teletienda… leyendas urbanas que colaboran al borrado de personas. Es ella, la inteligencia, iterando, encontrando, prioridad ejecutiva -y con un punto de diversión-, la eliminación de lo que sobra. La lectura de “Habló por los profetas” demuestra que Chimal usa diferentes registros narrativos y estilísticos para sumergirnos en su obsesivo plan quinquenal tecnológico: declaraciones de personas involucradas en un esquema Ponzi mezclado con El mago de Oz. Las sectas que sustituyen a Dios por la divinidad en código binario: “las tareas difíciles tienen un precio simbólico”. Un monitor, una imagen bíblica, una bola de cristal. Y la pregunta, la última: ¿Cómo es tu cara? “No tengo cara, pero sí tengo espíritu”. Al final, el asesino siempre está cerca. 

Uno de los grandes relatos del libro es “En esta vida sobran cuerpos”, una especie de The Office del tercer mundo pasado por el ruido rosa del Body horror. La hibridación convertida en una pesadilla de suburbio, de un conurbano lleno de call center, donde lo metálico y lo orgánico se injertan en una especie de quincalla subdesarrollada, donde Chimal describe el dolor cerebral como una extrapolación del sensorial, un aviso a navegantes del futuro martillo contra la desesperación. Un cuento brutal. Por la calidad y el tono. “Manifiesto del dron” está más en la línea del segundo relato, aunque no queda claro quién o qué provoca el proceso de eugenesia. Con un poco de la teoría de Unabomber mezclada con los virus del lenguaje de los que hablaba William S Borroughst en sus textos más experimentales y visionarios, la ayuda de los traductores automáticos, con el castellano neutro (de los dibujos animados de mi generación), condimentan manifiestos traducidos de manera mecánica, desde Osaka a cualquier biblioteca pública para acabar siendo un relato sobre bombas y soledad. En el relato que da título al cuento, “Las máquinas enfermas” encontramos una especie de versión ciberpunk de “La fiesta del chivo” de Mario Vargas Llosa. Desde el punto de vista del ayudante de un presidente neutro de un país contemplamos el descenso a la locura del gobernante. Locura de amor, en realidad, porque el asesor cibernético del mandatario ha caído. ¿Enfermo o estropeado? Un matiz interesante, como el de referirse a la pantalla en blanco cuando, en realidad, lo que se ve es puro negro. Juegos corporativos, aviso para lo que viene, otra vez un relato que habla, en realidad, de la soledad. 

Otro de los grandes cuentos del libro es “Lili”. Ya habíamos comentado antes algunas de las claves, que vuelven a aparecer: la entropía de la réplica (cada copia descargada y repetida sufre imperceptibles modificaciones que acaban multiplicándose), el avance de la sociedad colmena como modelo para una sociedad futura interconectada (bajo el prisma de la eficiencia del enjambre), el peligro de la transferencia de archivos (el virus del lenguaje, del autor de El almuerzo desnudo)… escuchar un audio, los archivos son poderosos, incontrolables, invencibles. El concepto Lili: “La personalidad antigua retrocede y desaparece, murmurando su gratitud” y “Hay Lilis en todo el mundo, incluso en culturas muy distintas y muy atrasadas, estados fallidos, yo qué sé” ¿una crítica al comunismo? No me atrevería a tanto. Más bien una especie de versión de La invasión de los ladrones de cuerpos con banda sonora de Taylor Swift. El penúltimo relato, “Variación sobre un tema de Poe” contiene elemetnos muy notables en su brevedad: la muerte como última frontera de la tecnología, la recreación de la personalidad individual a través de la extrapolación de la información que deja su huella digital (el volcado de la vida pública, las búsquedas privadas), la imperfección de ese modelo por el mismo carisma del que controla el algoritmo impregnándolo todo. Me parece un cuento nutricio, emocionante y que lleva a la reflexión. El cuervo, Nevermore: no puedes escapar de la muerte, solo ser parte de ella. 

Y si hemos encontrado en este libro de Chimal versiones más o menos retorcidas de Terminator o Los ladrones de cuerpos el cuento que cierra esta entrega del escritor mexicano, “El sueño del héroe” tiene mucho del planteamiento de Matrix aunque con esa existencia ideal de Ozymandias en la expansión televisiva de Watchmen: golpes contra paredes invisibles, mundos abiertos en los videojuegos que, por definición de diseño, son cerrados, algo de “El último hombre vivo” o Walt Disney congelado esperando que la ciencia encuentre cura a la mortalidad. Pero lo que te hace pensar es la misma naturaleza del ser humano en el final de los tiempos, ¿para qué te sirve la riqueza, ser alguien poderoso, famoso o importante si no tienes con quién compararte? El hombre, en la sociedad, no es un elemento absoluto. No faltan los robots y las armas: “la última guerra se libró en seis segundos, cuando el héroe levantó su fusil automático y mató primero al programador, luego al sargento, con una misma ráfaga”. Una sentencia final, un cálculo perfecto: el número de guerras es inversamente proporcional al número de seres humanos. Y eso es, prácticamente, un corolario. Sea bienvenida de nuevo esta álgebra elucubrativa y adelantada de Alberto Chimal que ofrece una de las mejores antologías de ciencia ficción del año. Con el toque medido de elegancia narrativa, el picante de la elucubración y una sapiencia en el manejo de las relaciones entre el hombre y la máquina para reducir toda impostación por la parte inorgánica. 

 

Alberto Chimal, Las máquinas enfermas, Madrid, Páginas de Espuma, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

14 de noviembre de 2025

En el prólogo a las Obras Completas del estupendo Juan L. Ortiz, otro escritor de mérito real, muy distinto, Juan José Saer, se excusaba por las palabras antepuestas para quienes no las necesitan. Algo así me ocurre al abordar Luna baja (2025), última entrega de Francisco Díaz de Castro (1947). Una simbólica “luna baja” o desembocadura de una propuesta poética, el realismo de los 50 o 80/90, antes de agotarse en el cambio de siglo como proyecto, si no fuera por estos libros epigonales, estupendos, en su diálogo con la muerte, el pasado y la memoria. 

Díaz de Castro (1947) pertenece a esa etapa del realismo por su escritura, la del desasosiego de referencia realista de Javier Egea (1952-1999), domesticado por otros escritores: Álvaro Salvador (1950), Jon Juaristi (1951), Antonio Jiménez Millán (1954-2025), Luis García Montero (1958) y Felipe Benítez Reyes (1960), pues los Metales pesados de Carlos Marzal (1961),  fueron otra cosa.  Un tiempo en España, donde los aledaños de la Nueva/Otra sentimentalidad, se conjugaron con el fino estilismo sevillano  de Fernando Ortiz (1947-2014) o Juan Lamillar (1957) entre tantos, en torno a la editorial de Abelardo Linares, aunque no solo (o la “línea clara” de Julio Martínez Mesanza y Luis Alberto de Cuenca desde la otra ladera, por decirlo a la antigua). Siempre desde los amantes del decir sin velos. 

En este libro de Díaz de Castro el realismo se viste de una perspectiva obsesiva y dramática. Es una “poesía de la edad”,  traumatizada, hiriente,  herida de muerte, dolorida, en su anteinfierno, por decirlo a la manera de Raúl Zurita, y en “planto” desmedido ante el abismo. Luna baja se propone desde ahí, como un emocionante y conmocionado dolor de senectud, desasosiego bajo el palio de la serenidad, un triste esplendor en el saber decir y sentir obsesivo, buscando espacios donde el “fotógrafo” estuvo,  donde reflejarse (pero ya obviamente inexistentes) o de la memoria donde evaporizarse y, en definitiva, contemplarse desde el hoy y dolerse. Luna baja es el colofón (provisional), de una trayectoria donde el amor y cierto sinclinal existencial, elegíaco, se alía con el vitalismo pensativo que “echa en falta” sin traicionarse. También sin demasiados cambios formales y de fondo (salvo en un precioso momento del que hablaremos), y retrata una evolución al hilo de la vida desde  La isla VI (1986), o la conmoción de El retorno (1994), amansado en parte en Navegaciones (1997) y Hasta mañana mar (2008), en un diálogo reflexivo con  el tiempo, la belleza y el instante redentor. 

Luna baja, de explícito título pospuesto como segundo poema en el libro para homenajear “La ciudad” y una escuela, sabe de correspondencias. Las calles del ayer  se cierran en “La puerta” de una taberna, poema clave y sus “calles falsas, febriles/(…)/Y no está lo que busco/ y de pronto una puerta cuya llave no tengo,/la puerta en la que acaba el recorrido”. Un no reflejarse en los espejos como los muertos pasados de una fotografía, hechos  resistencia en “Mis pipas” y su diálogo con el estupendo “Las pipas”, de otra época. Quizá ese declinar ante sus ojos se reitera un poco de más, y diluye los momentos de tralla, por decirlo con Francisco Umbral. Y por ello, consciente de ese buen hacer y decir, cae en cierto monótono dramatismo como asunto, aún en sus variantes o motivos, apetecible por estar bien escrito, pero que necesita salir de sí y de lo  que el poeta  es consciente. El homenaje a Claudio Rodríguez no es por casualidad, sino un intento de escapar de cuanto le apresa. Lo intentó (y fracasó) Carlos Marzal, en Fuera de mi (2004), donde hay una gran versión de la visión de un poema de César Simón contemplando un toldo al viento y mejorándolo. 

 No voy a entrar, en el caso de Díaz de Castro, en la casuística de animales muertos y faros que ya no alumbran como entonces, ni en puertos crepusculares. Yo prefiero, en este sentido de emanciparse del realismo, el estupendo “Luna negra”, cuando se desencorseta y entra en cierta ebriedad sin patrones (no por no existir buenos poemas realistas), y se atiende o reza en laico, como Lezama Lima, de otra manera menos mistérica y barroca o clara, sin ocultamientos reprimidos que mostrar, dando chispa a un libro con demasiada cadencia, pero sin torceduras, ni sobresaltos. Si no es el mejor poema del libro por diferente (en un libro de muchos brillos mates, con muchos poemas realistas que merecen aplauso). Es un rapto real (no impostado como el explícito homenaje a Claudio Rodríguez), frente a la tendencia a derrumbarse en la botella medio vacía, caso de “Vagón”, en vez de ver las flores, la vida, sobre las tumbas con Juan Ramón, resistiendo entre los muertos, y evitar entrar en diálogo con el de Moguer de triste manera. Por eso “Luna negra” es tan importante, por atreverse a rezar en laico, a plantearse con su admirado, admirable, Claudio Rodríguez el “Y dónde, dónde la oración del mar/ y su blasfemia”,  desencorsetarse, salir de la postura, y mostrarse como el poeta que es y evoluciona. Tiene mucho aún que decir su senectud, me parece, si reza así, pues en realista de época ha demostrado oficio y talento. Y por eso pongo el hermoso Luna baja al alcance de mi mano en las estanterías (bajas), como siempre hago con sus libros, al alcance de la mano en mi breve biblioteca. 

 

Francisco Díaz de Castro, Luna baja, Sevilla, Renacimiento, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Morales Barba

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