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La edición de Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, recuperada por la editorial Fórcola, no es solo la reedición de unas memorias, sino la restitución de una voz tan fascinante como poco fiable: la de Xavier Cugat, uno de los grandes fabuladores de sí mismo en el siglo XX.

Desde sus primeras páginas —respaldadas por un prefacio excepcional firmado por Frank Sinatra— el libro se presenta como una celebración del espectáculo entendido como forma de vida. No deja de resultar insólito que el propio Sinatra, evocando sus inicios, confesara que de haber nacido en España habría soñado con integrarse en la orquesta de Cugat; en ese mismo texto subrayaba además la “fuerza” y la “vibración” de una música con la que siempre se sintió identificado. Francisco de Asís Javier Cugat Migall de Bru y Deulofeu, violinista, caricaturista y director de orquesta que conquistó Hollywood y popularizó los ritmos latinos en Estados Unidos, narra su ascenso con un tono que oscila entre la confesión y la autoparodia. Esa ambigüedad constituye, precisamente, uno de los mayores atractivos del volumen: el lector nunca sabe con certeza dónde termina la memoria y comienza la invención.

Durante décadas, y especialmente tras su muerte en 1990, la figura de Cugat —“Cugie” para Sinatra— fue deslizándose hacia un cierto olvido, convertida casi en un anacronismo. Sin embargo, su recuperación ha sido paulatina, impulsada en parte por obras como Confeti de Jordi Puntí, y ahora consolidada con esta reedición, que devuelve a las librerías un texto imprescindible para entender la construcción de su mito.

El prólogo de David Felipe Arranz sitúa con acierto al personaje en su contexto cultural: el de un entertainer total, capaz de convertir su propia biografía en una extensión de su espectáculo. Arranz reivindica además la vigencia de su legado, subrayando esa energía excesiva, estética y pragmática que convirtió a Cugat en uno de los pocos españoles verdaderamente universales del siglo XX.

En efecto, Cugat no solo cuenta su vida, sino que la escenifica, encadenando episodios que lo vinculan con estrellas, mafiosos, presidentes o iconos del cine, en una sucesión que remite más al imaginario hollywoodiense que a la autobiografía tradicional. Sus páginas se convierten así en un auténtico “quién es quién” del siglo dorado del espectáculo: desfilan figuras como Clark Gable, Charlie Chaplin, Rita Hayworth, Walt Disney o Cantinflas, entre muchos otros, junto a nombres de la música como Bing Crosby o Barbra Streisand. Que esos encuentros fueran a veces fugaces o magnificados forma parte del juego narrativo que Cugat propone.

La autobiografía —subtitulada significativamente Mis primeros ochenta años— traza un recorrido que arranca con su nacimiento en Girona en 1900 y su temprana formación en La Habana, donde llegó a ser violinista de la Sinfónica del Teatro Nacional. Desde ahí, su carrera despega con un concierto en el Carnegie Hall en 1920 y se despliega entre Europa y Estados Unidos: estudios en Berlín, incursiones en la caricatura en el Los Angeles Times, regreso a la música y, sobre todo, el triunfo de su orquesta durante años en el Waldorf Astoria de Nueva York. A ello se suma su intensa vida sentimental —cinco matrimonios, entre ellos con Abbe Lane o Charo Baeza—, convertida también en materia narrativa.

El libro incorpora, además, episodios que oscilan entre lo anecdótico y lo revelador: desde su relación con Sinatra —que grabó su primer disco con la orquesta de Cugat— hasta la muerte de Carmen Miranda durante un intermedio, pasando por reflexiones tan irónicas como aquella en la que afirmaba que “estar arruinado en España… es una felicidad”, en alusión a sus propias dificultades económicas. No faltan tampoco comentarios sobre el mundo del espectáculo —incluido el “cainismo” entre artistas hispánicos—, ni detalles más mundanos sobre peluquines, casinos o negocios de restauración.

La edición, a cargo de Javier Jiménez, resulta especialmente valiosa por el aparato de notas —cerca de un centenar— que actúa como contrapunto crítico y contextualiza con precisión la trayectoria de Xavier Cugat. A ello se suman dos amplios cuadernillos centrales de ilustraciones y caricaturas, que no solo muestran el talento gráfico de Cugat —en ocasiones cercano al estilo del artista mexicano Miguel Covarrubias—, sino que funcionan como un retrato visual de toda una época, desde sus inicios en Carnegie Hall hasta sus apariciones televisivas, como su actuación en The Ed Sullivan Show en 1967.

Estamos, en realidad, ante un libro escrito, pero también dibujado. Cugat poseía un notable talento para la caricatura y el retrato humorístico, aunque en ocasiones tomara como referencia imágenes del propio Covarrubias. En Yo, Cugat abundan los ejemplos de esa habilidad con el lápiz: aparecen caricaturizados personajes como Greta Garbo, Liza Minnelli, Salvador Dalí, Pau Casals o el propio Cugat, convertido en imagen de referencia de uno de sus negocios de restauración, Casa Cugat, en los estudios de Metro-Goldwyn-Mayer. De alguna manera, esta faceta artística que cultivó hasta el final de su vida enlaza con la tradición de Enrico Caruso, gran tenor y también excelente dibujante, cuya figura resultó decisiva para que Cugat optara por dedicarse plenamente —y con notable éxito— al mundo de la música.

Ese diálogo entre texto e imagen se completa con un sólido aparato final: cronología, filmografía, discografía e índice onomástico que recorre un arco cultural que va de Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven a figuras del espectáculo del siglo XX.

A ello se suma un trasfondo biográfico especialmente revelador: la escritura de estas memorias en los años finales de su carrera, cuando, tras décadas en Hollywood, decidió regresar a Cataluña en 1972, instalándose en el Hotel Ritz de Barcelona, donde viviría sus últimos años y aún formaría una nueva orquesta, llegando a grabar en 1987 el álbum Cugat desde el Ritz. En ese proceso desempeñó un papel clave Enrique Sabater, antiguo secretario de Salvador Dalí, cuya labor editorial fue decisiva para que estas memorias vieran la luz.

Los epílogos —firmados por Diego Mas Trelles, Ignacio Peyró y el propio Puntí— amplían esa perspectiva. Especialmente sugerente es la mirada de este último, que incide en el carácter kitsch, excesivo y profundamente moderno del personaje, alguien que entendió antes que muchos que la fama también se construye a base de relato y artificio. Peyró, por su parte, subraya con tono elegíaco esa mezcla de esplendor y ocaso, entre el brillo del Ritz y la nostalgia de un mundo desaparecido.

No debe olvidarse, además, que estas memorias dialogan con una tradición previa: Cugat ya había publicado en 1948 Rumba is my life, reutilizando parte de ese material en la versión de 1981 con la clara intención de fijar su propia versión de los hechos y adelantarse a futuros biógrafos. En ese gesto hay tanto control del relato como intuición moderna de la celebridad.

En conjunto, esta edición de Yo, Cugat no solo recupera a una figura clave en la difusión de la música latina —el célebre “rey de la rumba”, precursor de una explosión cultural que hoy llega de Rosalía a Bad Bunny—, sino que invita a reflexionar sobre la construcción de la celebridad en el siglo XX. Más que unas memorias al uso, el libro es un artefacto narrativo donde vida y espectáculo se confunden deliberadamente. Y ahí radica su mayor virtud: en recordarnos que, en el caso de Cugat, la verdad siempre fue, también, una forma de ficción.

 

 Xavier Cugat, Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, Madrid, Fórcola,  2026

Escrito en Sólo Digital Turia por Juan Villalba Sebastián

Juan Antonio Tello (La Almunia de Doña Godina, Zaragoza, 1965) es un poeta de largo recorrido, creador capaz de ofrecer obras de alto calado lírico como Cuando fui naufragio (2008) o su último volumen hasta hora, el Premio de Poesía Santa Isabel de Portugal del año 2023, Representación, además de traducir textos de Boris Vian y Alfred Jarry mientras se embarca en una constante reivindicación de las letras del norte de África. Docente, doctor en Teoría de la literatura y ocasionalmente batería de rock, Tello retoma la poesía con Los perros de Nador, editado por Prensas Universitarias de Zaragoza en su colección La gruta de las palabras.  

Kohl en los ojos, la mirada ahumada, el verde, la prosa poética que primera contempla y luego cincela, desiertos y recuerdos: “Una mañana al sol de las entrañas”. ¿De qué colores hablas? Los que el poeta hace que luzcan contra las superficies, hasta que su forma ya no puede determinarse: “Somos inmunes a la derrota, hemos perdido lo que había que perder”. Lugares y colores, verde y Merzouga, la duna de Erg Chebbi, los silencios de las ciudades prohibidas bajo el terror de los sueños, de Howard Philip Lovecraft a William Burroughs encerrado en sus pesadillas de láudano en Tánger. El calor se hermana con la muerte, la sangre con la fiesta, ambos, calor y muerte se deslizan en la fiesta hacia el desierto, como semillas fértiles: “El amor es una tempestad que pinta Géricault a orillas de Mauritania”. 

Casi puede uno sentir la sed de la medusa deslizándose sobre la arena, infinita, como la sed de los perros, los perros de Nador. ¿Quién eres, le preguntamos al poeta, quién eres tú, tan lejos de Zaragoza? En los fraseos herméticos de Fernando Andú, en las cúpulas dentro de las que retumban las canciones que dejó atrás David Bowie, en la vida secreta, de Turquía hasta Arabia, pasando por la meseta de Kenia. Bowie, que cultivo a los perros hasta convertirse en uno, de diamante: “Mi cabeza paraíso de pájaros sin rama”. El olvido es un viento, la ceguera, la sórdida unión de las nubes sin lluvia, una geografía de la infancia. Se busca un collar para sostener al maniquí frente a los arrebatos del poeta que,

una y otra vez, se hace dueño del disfraz: “Calcularemos la profundidad del charco antes de saber nadar, pero con las botas puestas que se hundan en el barro”. Al avanzar en el libro, sobre las páginas, se condensan los versos: “Aquí la luz no es igual, cambia el color de los ojos, pero no la perspectiva de las cosas”. También, claro, para la reflexión: “La escritura es una pauta de nuestra respiración que pide tiempo en el giro después de cada capítulo de un campo de girasoles”. 

Una súbita ventisca de versos nos invade, ladridos de pasión: “Somos perros en el sabor del amor, y nos matamos sin miedo”, abrasados por el rey del polvo y la sed: “Cuando el sol no es más que un ángulo” y reflexionamos sobre el mismo arte de la creación: “Hemos perdido las claves de este lenguaje”. Para retomar el más fundamental de los aprendizajes, el que vivir y el de morir, incompatibles en la emoción. 

Se pregunta, una y otra vez Juan Antonio Tello qué o quién muere en este ejercicio de lenta poesía que es Los perros de Nador: “Dejo arder los sustantivos unos cuantos siglos más”. Un metro de los números, un ábaco, el ejercicio de la escritura, que trasciende a lo físico para convertir al lobo en perro y viceversa. Se cumple el tiempo de los aullidos: "Con una casa que aún no existe, aunque sí es un lenguaje que custodiamos". ¿Es el mismo aullido el de los lobos que esperan fuera de la ciudad que el de los perros que dan nombre al poemario? Amarillo de la geografía última de España, el Rif y Alhucemas, la máquina blanda de una civilización que ya no soporta la mezcla: “Lo que ahora se entraña es el fuego y la roca”. 

En las páginas últimas se nota la mezcla exotérmica, el vapor sulfuroso que exhala, afónico, entre los márgenes: “Donde no caben las dunas cabe el derecho a nacer en un tiempo de perros”. Y el final, cuando la chispa es guía en un desierto que confunde tarde con amanecer, madrugada con noche profunda, leemos: “Ese lenguaje que aún me pertenece” confluye hacia la reflexión última: “El alma nos arrastra a la violencia”. Es un libro de profusa imaginería, de desierto y mar, ahí donde el que para unos es el norte, para otros el primer sur. Una prosa de acumulativa naturaleza, coherente con la obra del poderoso poeta que es el zaragozano José Antonio Tello.

 

Juan Antonio Tello, Los perros de Nador, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Existen novelas escritas por novelistas y existen novelas escritas por poetas. Las primeras avanzan sostenidas por la arquitectura del argumento; las segundas, en cambio, parecen demorarse en la respiración del lenguaje, en la intensidad de la imagen y en una sensibilidad que privilegia lo sugerido sobre lo explícito. En esa estirpe se inscriben las primeras narraciones de Julio Llamazares, donde el paisaje se vuelve conciencia; o Alguien que no existe de Álvaro Valverde; las novelas de Caballero Bonald —tan querido por María José— o la reciente Mañana de Olalla Castro —por poner algunos ejemplos—: textos en los que la historia importa tanto como el modo de decirla, y donde cada frase parece escrita no solo para contar, sino para demorarse en el temblor de lo vivido. Y en esa estirpe se ubica también Las razones del alma, la primera novela de la poeta María José Flores. 

Desde una perspectiva crítica, Las razones del alma, pertenece a la tradición narrativa que reflexiona sobre la propia creación literaria al tiempo que despliega una historia de vínculos humanos atravesados por la soledad, la aspiración y el deseo de sentido. No es solo una novela: es, en buena medida, una meditación sobre el hecho de escribir y sobre la precariedad —material y existencial— del escritor y, junto a él, del ser humano contemporáneo. 

Desde su pórtico, la obra plantea un tono elegíaco y reflexivo que remite a la estela de Antonio Machado —no solo por la cita inicial, sino por la importancia concedida a la memoria y a la imaginación como ejes de la experiencia humana. La escena inicial, con ese regreso al espacio compartido y perdido, configura un territorio simbólico donde la nostalgia no es mero sentimiento, sino una forma de conocimiento.

El núcleo narrativo se articula en torno a Pablo, un joven novelista que encarna la figura clásica del artista en conflicto: idealista, precario, obsesivo en su relación con la escritura. Su lucha más que económica, es ontológica: escribir se presenta como una necesidad que roza lo absoluto, casi como una justificación de la existencia. En este sentido, la novela dialoga con una tradición que podríamos situar entre Franz Kafka y Gustave Flaubert, en la medida en que el acto de escribir aparece como una forma de tensión constante entre el ideal y la imposibilidad.

Uno de los hallazgos más emocionantes de la obra reside en la construcción del vínculo entre Pablo —el novelista— y Pepe, su inesperado mecenas. Lejos de plantearse como una relación funcional o meramente económica, este vínculo adquiere una dimensión simbólica: Pepe representa una forma de vida pragmática, pero también una sensibilidad latente, un deseo de participar —aunque sea indirectamente— en la creación. La novela explora así una dialéctica muy fecunda entre acción y contemplación, entre vida vivida y vida narrada.

Desde el punto de vista estilístico, María José Flores apuesta por una prosa de gran densidad reflexiva, con frecuentes digresiones que ralentizan deliberadamente el ritmo narrativo. Este procedimiento es una estrategia consciente: el texto no busca tanto avanzar en la acción como profundizar en la conciencia de los personajes. La escritura se pliega sobre sí misma, se interroga, se corrige, y convierte el propio proceso creativo en materia narrativa.

Cabe destacar también su faceta metaliteraria: la novela contiene, en su interior, la propia obra que Pablo intenta escribir; y, aún más, el manuscrito de otra novela en proceso, generando un juego de espejos y laberintos que nos recuerda tanto a Borges como a Unamuno. En esta dimensión autorreflexiva el lector asiste, más que a una historia, a la gestación de una voz.

En última instancia, Las razones del alma es una novela sobre la fragilidad: la fragilidad económica del artista, la fragilidad emocional de los vínculos, de los sueños y las ilusiones, la fragilidad misma del lenguaje como instrumento para apresar la realidad. Pero también es, y esto conviene subrayarlo, una defensa de la literatura como espacio de resistencia (pues son innumerables las referencias directas a poetas y obras de todos los tiempos). Frente a un mundo regido por la utilidad y la inmediatez, la novela reivindica el valor de lo inútil, de lo demorado, de lo imaginado.

En definitiva, estamos ante una obra que interpela tanto al lector común como al lector especializado: al primero, por la humanidad de sus personajes; al segundo, por la riqueza de sus resonancias intertextuales y su conciencia de tradición. Una novela que no ofrece respuestas fáciles, pero que formula, con inteligencia y sensibilidad, algunas de las preguntas más persistentes de la literatura: por qué escribir, para quién y a qué precio.

Y, sin embargo, quizá la verdadera pregunta que late en Las razones del alma no sea ninguna de esas; se abre, en cambio, a otra más honda y más incómoda: qué queda de nosotros cuando todo lo demás —el éxito, el reconocimiento, incluso la certeza— se desvanece. 

La novela de María José Flores no responde: acompaña. No afirma: sostiene la duda. Y en ese gesto —discreto, pero radical— se cifra su mayor logro. Porque allí donde el mundo exige claridad y resultados, este libro se permite la intemperie, la fragilidad y la espera. 

Y tal vez por eso, al terminarlo, uno tiene la sensación de que no ha leído solo una historia de un novelista, sino que ha asistido —con una mezcla de desasosiego y gratitud— a la mirada de una poeta: al lento y necesario aprendizaje de una conciencia que escribe, sencillamente, para que lo vivido jamás se extinga. 

 

María José flores, Las razones del alma, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2023.

Escrito en Sólo Digital Turia por Dionisio López

14 de mayo de 2026

Ramón Acín (Piedrafita de Jaca, Huesca) es un autor prolífico y complejo. Uno de los nombres sobre el que se construye el canon de la literatura aragonesa del último cuarto del siglo pasado. Desde su Manual de héroes (1988), una de sus primeras, pero más impactantes obras, hasta sus últimas entregas: Monte Oscuro (Los Libros del gato negro, 2016), Los muertos que llevan los vivos (Los libros del gato negro, 2021) o Profanación (Pregunta, 2024), Acín ha construido una obra donde la memoria, la sociedad y lo anecdótico son pilares para construir una reflexión sobre la misma existencia humana. 

Es este volumen, una especie de compendio de relatos y reflexiones, que con el título de Vida (Pregunta, 2025), sobre el que se lixivia todo lo anterior para servir como manual de herencias y herederos. Dividido en cuatro partes: Desafuero, Hecho, Desliz y Desasosiego, Ramón Acín construye un pasado de nuevo orden con metáforas bíblicas y narrativa simbólica, unas veces en el año 1937 de la Guerra Civil y otras en el esquemático noir de unos personajes que escapa de una gran Organización. Es hermético y denso, en el exilio del literario está la niña y el recuerdo, pero también la muerte y la madurez. La familia como conjunto de raíces cohesionadas: “Su abuelo recuerda situaciones tristes que no hacen sino crecer y crecer”, una reflexión sobre la escasa validad de una bonanza huracanada, un recuerdo de abuela, luna y algodón en forma de objetos, confiterías, dulces y sabores. 

Hay, como en toda obra de Acín, personajes curiosos, entre Álvaro Cunqueiro y Camilo José Cela: «Es decir, dejó de donjuanear durante la noche por la barriada para acabar vistiéndose con refranes a la luz del día». La vida de Bandrés. Ayer y hoy. Tampoco falta esa estación personal que es su relación con Zaragoza, la gran ciudad mutante, el furor del Ebro. Él, niño del norte, con sus padres, tan lejos: «Ellos, allí, en los Pirineos». Y ese amor cuaja en la iluminación de la infancia, donde la divinidad termina en idolatría y los pecados avanzan buscando su sitio. 

Cita Ramón Acín el buen vino, el mal vino, el caldo en definitiva, pero, también, películas como Wall Street de Oliver Stone y la generacional Le grande bouffé de Marco Ferreti.  De Dante: “Abandona cualquier esperanza entrar aquí”. De las lecturas de Francisco Umbral la pasión por las amigas maduras de su madre y el recuerdo de aquel body Care. Hay tiempo para el latín y el griego, juveniles pasiones del humanista. Y la emulación de la vida, la envidia de lo inalcanzado y ya inalcanzable al hablar de una madre que hubiera deseado ser Thérèse Humbert. 

El chascarrillo de lo rural, con aquel soltero que paga la orquesta, el personaje oscuro, asesino, que no matarife, el hombre que murió célibe (y cómo sobre él hablaban las amigas de la madre: «No eres diferente, como todas nosotras alumbrarás a un soltero» ). Pelas, grescas, un catálogo de lugares imposibles, refranes y parábolas, de la conquista de América al misterio de Alphaville. Heliodoro, con nombre de estadio de Tenerife. “Donde no hay mata no hay patata” y “Muerto el perro, se acabó la rabia”. Los que amamos las matemáticas y el Enate disfrutamos del número Phi, la dimensión áurea y reservar la simetría para la arquitectura, dejando el silencio y la distancia como únicos logaritmos a los que entregar nuestros cálculos. Ramón Acín, autor de culto, respetable poseedor de los bienes literarios de Aragón.

 

Ramón Acín, Vida, Zaragoza, Pregunta Ediciones, 2025

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Siete travesías para adentrarse en aquel signo que descuadra dentro de una serie. El extrañamiento. El extravío. Lo que no encaja en el mosaico. La tesela huérfana. El desconcierto que brota por entre los afectos. Lo inquietante que desbroza lo cotidiano. La soledad y su trazo. Siete son los relatos (el primero de ellos casi una novele breve) que articulan el último libro de Reina Roffé (Buenos Aires, 1951), Vivir entre extraños. Relatos de soledad y desarraigo (Menoscuarto).

 

“La escritura tiene algo de nostalgia no resuelta, de melancolía y de deseo”

 

- Del primer relato, que da título al volumen, me interesa cómo se acompasan los dos tiempos, pasado y presente. La escritura, ¿tiene más de nostalgia no resuelta, de melancolía, o de deseo?

- La cita, que antecede al relato («Mi madre nunca me dio la mano»), del libro La asfixia de Violette Leduc, que de tanto en tanto venía a mi memoria, fue clave para armar este relato, el más largo del libro, y poder estructurar algo que yo tenía escrito por separado, dos cuentos sin amalgama que, finalmente, actúan juntos gracias a los dos tiempos; la escena del reencuentros entre madre e hija, esa hija que, cada año visita a su madre, y llega de lejos, relato éste fragmentado que permite la entrada y reconstrucción del pasado, de la relación entre ambas y del ámbito familiar. No fue fácil acompasar esos dos tiempos y que fluyeran juntos sin tropiezos. Fue un ejercicio de artesanía. La escritura tiene algo de las tres cosas que mencionas. En el poema “Tristeza de domingo”, la escritora rumano-argentina, Alina Diaconú, dice: «Melancólicos/de lo que no fue/nostálgicos/de lo que ha sido». Representamos, entre otras cosas, estos sentimientos o sensaciones evidentemente no resueltas y con el deseo infructuoso de encontrar un sentido, una pista que nos conduzca a la revelación de nuestros enigmas más íntimos.

 

“La imaginación nos alivia del peso de lo real y de su sombra proyectada sobre la vida cotidiana, muchas veces anodina y hostil”

 

- ¿De qué manera la memoria nos conforma como escritores?

- Yo diría que es la materia prima que nos conforma. Hay marcas que no se borran y necesitamos elaborarlas durante toda la vida. Actualmente, la gente se hace tatuajes para dejar constancia del nombre o del rostro de alguien querido, de un equipo de fútbol, de una flor que les gusta. Los tatuajes se pueden borrar, incluso ocultar debajo de la ropa cuando pierden su significado. Pero las marcas, heridas o cicatrices de las que hablo, no. Son invisibles a los ojos de los demás y están grabadas en nuestra memoria. Por otra parte: ¿Qué es la literatura?, sino una suma de memorias que va componiendo una especie de incesante biografía de cada época, de cada lugar del mundo. Preservar la memoria colectiva es una manera de oponerse a los totalitarismos, que siempre nos proponen la fórmula condescendiente del olvido, la amnesia como consuelo a las violencias y aflicciones sufridas. La memoria es uno de los elementos constitutivos de todo relato, hace posible la escritura y permite al escritor recuperar los episodios dispersos de su experiencia, reparar escenas rotas y olvidadas, trabajar con las suturas de la realidad, ganar un espacio más amplio y luminoso para uno mismo y, tal vez, para el lector. Pero no sólo la memoria juega su partida, sino también la imaginación, que es, como decía el autor uruguayo Felisberto Hernández, ese «insecto de la noche» que vuela «distancias que ni el vértigo ni la noche conocen». La imaginación que nos alivia del peso de lo real y de su sombra proyectada sobre la vida cotidiana, muchas veces anodina y hostil.

 

- ¿Qué vínculo, de tenerlo, tiene la escritura con la figura de la madre?

- Tiene un vínculo muy estrecho: el de la creación, nada menos. Engendrar y parir. La madre nos da la vida y, con ella, la muerte. Se trata de un lazo muy comprometido, muy fuerte. Escribí sobre la relación madre-hija en varios libros. Por ejemplo, en un relato largo, casi una nouvelle, que se publicó en 2011 en la Argentina, y se titula “La madre de Mary Shelley”. En ese cuento empleo una frase, que se la adjudiqué a Marcel Proust: «Los hijos no siempre llevan la semejanza de la madre, como llevan en su rostro la profanación de la madre». La escritura también se alimenta de ese rasgo insolente de meterse con lo sagrado; saquea tumbas, pone en cuestión seres y objetos considerados de culto.

 

“Hay demasiada oscuridad en los seres humanos”

 

- Los vínculos quebrados es uno de los asuntos recurrentes en su escritura. ¿Es eso mismo el texto, el intento por reparar lo irreparable?

- Sí, es lo que comenté antes. Los vínculos, a excepción de muy pocos, nacen o se vuelven quebradizos. La escritura, al menos la mía, persigue ese anhelo de reparar, enmendar, componer lo que fue y pudo ser de otra manera, algo mejor, más diáfano, pero no siempre se consigue. Hay demasiada oscuridad en los seres humanos.

 

- Asimismo, los extraños pueblan una y otra vez sus páginas, extraños «reales» (por ejemplo, los que concurren en ‘El atropello’) y no tanto familiares a los que no terminamos de entender. ¿Cuánto de extrañamiento tiene la escritura?

- Mucho, porque trabaja con elementos y técnicas que vuelven extraño aquello que parecía familiar, corriente, normal. Refleja lo singular o raro de nosotros mismos, algo que no habíamos percibido, pero que, en un momento determinado, aflora sorpresivamente y nos deja helados.

 

- Para que la escucha (‘De madrugada’) sea fructífera, a cualquier nivel, por ejemplo, escritor-lector, ¿qué se requiere?

- Algo tan simple como prestar atención y otro componente, más complicado, leer entrelíneas, ver todos los pliegues posibles de lo que se dice y, sobre todo, de lo que no se dice.

 

“La escritura tiene una cuota necesaria de azar. No todo está programado de antemano”

 

- Este relato convoca algunas casualidades narrativas. ¿Cuánto de azar deviene en la escritura?

- La escritura tiene una cuota necesaria de azar. No todo está programado de antemano. Una escribe y se va encontrando con asuntos que surgen de pronto y podrían cuajar con lo anterior y enriquecer el texto. Clarice Lispector decía que ella trabajaba con sensaciones pensadas, esas sensaciones proliferan incluso cuando ni siquiera se han intuido antes de comenzar un relato, una novela, incluso un ensayo. El azar funciona como un inhibidor que facilita astillar esquemas, bucear mejor en lo insondable, bregar con lo inesperado y hacerlo cabalgar hacia un final menos errático, más poderoso, más sorprendente.

 

- ‘El exilio interior’ es una ácida crítica a la mercantilización del arte. Sin embargo, hay textos que pasan por literario y son sucedáneos. ¿Cómo se reconoce una —llamémoslo así— falsificación?

- Cuando nos encontramos con un texto plagado de lugares comunes o se repiten modelos y no son modelos para desarmar precisamente. Cuando el lenguaje es débil y la escritura se vuelve caótica o demasiado explicativa; cuando no se da lugar a la elipsis y lo que leemos no nos conmueve. Jorge Luis Borges decía que él no concebía una sola palabra escrita sin emoción. En efecto, sin ese elemento fundamental lo que encontramos es pura falsificación, pura pose, artificio carente de literatura.

 

- ¿De qué depende que uno, cualquiera, encuentra «la puerta condenada» y la traspase? ¿Conviene traspasarla?

- Depende de la curiosidad de cada uno y del efecto que la revelación de ese misterio pueda provocar. Si va a causar un daño irreparable, es mejor no traspasarla. En general, las personas son negadoras. Prefieren no saber qué se oculta detrás de una puerta condenada —metáfora cortazariana—, lógicamente, da miedo.  Pero otras, pese al temor, desean arriesgarse e indagar ahí, donde el espanto, el dolor o la aceptación de la otredad puede cambiar el rumbo de sus vidas.

 

- «No hay nada más cursi que la palabra cursi». ¿Se puede permitir la literatura serlo?

- No, rotundamente no, aunque si buscamos cursilerías, podemos encontrarlas diseminadas y escondidas hasta en grandes obras. Habrá que ver también lo que cada lector entiende por cursilería.

 

“La imaginación y el humor son bálsamos necesarios para achicar el pánico o la angustia que nos suscita la realidad”

 

- Pienso en esos coqueteos que aparecen en algunos relatos con lo fantástico (la monja evanescente de “Viaje a Salamanca”), así como en el uso del humor. ¿Ambos, lo maravilloso u onírico y lo cómico son los ejes que permiten sostener la gravedad de lo real?

- Claro que sí. De otra manera sería insoportable. Me hace bien reírme de mí misma, ver el lado cómico de ciertos hechos que yo creía dramáticos y no eran para tanto. La imaginación y el humor son bálsamos necesarios para achicar el pánico o la angustia que nos suscita la realidad.

 

- ¿Todo elemento cotidiano es susceptible de contener lo extraño?

- No hay nada más extraño que aquello considerado cotidiano. Además, siempre está en jaque, en la cuerda floja. Un hombre culto y educado, que es traductor, se muda a un departamento céntrico de Buenos Aires, que le ha prestado una amiga que está en París. Todas sus acciones son normales, cotidianas, bien intencionadas e indican que aprovechará el tiempo para trabajar en ese lugar coqueto, impecable y ordenado que tiene una surtida biblioteca y la impronta de su dueña, da pena cambiar de sitio un cenicero. Pero el día de la mudanza, ya en el ascensor, entre el primero y segundo piso, mientras todo marchaba según lo deseado, el hombre, el traductor, comienza a vomitar conejitos. Se trata del cuento “Carta a una señorita en París” de Julio Cortázar. Fue de los primeros relatos que leí de este autor cuando todavía iba al colegio secundario. Aún siento el impacto que me produjo. Cortázar es uno de los magos del relato y de cómo irrumpe lo fantástico, lo extraño de una forma abrumadoramente ordinaria, corriente. De pronto, algo se tuerce y nos convierte en seres inestables, en entornos degradados por inusuales.

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

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