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Configurar sentido ascendente

Lirismo, crítica sin amparo, un regusto de épica casi a la antigua usanza… la poesía de Xosé María Álvarez Cáccamo es de una ductilidad solo comparable al borde de la parresía. La editorial Dilema reúne su obra en Cuatro décadas de poesía (1983-2023), un poeta que también transita las veredas del objeto poético, de una intensidad altísima y, al tiempo, enraizado en los asuntos más políticos.

 

«Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria»

 

- En cuarenta años, ¿en qué se sigue reconociendo cuando lee sus poemas más antiguos y cuál, de haberlo, es el gran hiato (s) que se han producido en su poesía?

- Hoy puedo reconocer en mi obra más reciente –y reconocerme a mí mismo sin arrepentimiento- la posición evocativa que dirige mis poemas desde que empecé a escribir. Es un registro emocional del que no puedo prescindir. Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria. La utopía que la conduce es el sueño del reencuentro con el pasado, la ilusión de detener el curso de la vida para poder regresar a la infancia, a la adolescencia, a los ámbitos familiares, a cierto estado de plenitud que en parte resulta construído por el poema. Memoria poética sin excesivo peso de nostalgia. Todavía me identifico, además, con la mirada onírica de fundamento surrealista cuyos excesos de juventud fueron reconducidos a partir de mi libro Cimo das idades tristes, de 1988 —el posible hiato por el que me preguntas—, donde comencé una ruta de clarificación expresiva que se fue intensificando hasta hoy. Se trataba de liberar el lastre acumulativo, una imaginería de densa arquitectura no siempre justificada. No renuncio, sin embargo, a la función del poema como intérprete interrogante de la complejidad del mundo y, por lo tanto, huyo de la efusión emotiva no elaborada, del poema como documento confesional

 

«Toda la variedad de mi trabajo obedece a la pulsión del placer manual»

 

- ¿En qué difiere la poesía hecha poema de la poesía de los objetos, o la poesía visual?

- Mis poemas de base lingüística vibran en el espacio de la experiencia vital, íntima o colectiva. Los poemas visuales y objetuales que salen de mis manos no necesitan asentar sus raíces en la materia de base biográfica, aunque con frecuencia recogen ecos de la memoria, formas y volúmenes que traen resonancias, por ejemplo, de mis juguetes de niño. Antonio Gamoneda, en un poema que preside el catálogo de mi exposición Biblio-grafías, celebrada en León en 2013, escribe: «He logrado acercarme a tu juguetería, quiero decir, claro es, a tu juguetería amorosamente diabólica». Juguetería escultórica, objetos encontrados, libros intervenidos, textos criptográficos, miniaturas oníricas, toda la variedad de mi trabajo objetual y visual, aunque emparentada temáticamente con mi poesía escrita, se desarrolla en el taller del homo faber y obedece a la pulsión del placer manual, mucho más gozosa y serena que la producida por la inquietante inmersión del poeta en las profundidades de la existencia.

 

«La vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede»

 

- ¿Cómo evitar que «la crecida de sangre» nos haga «hombres muy tristes y muy pacíficos para siempre»?

- El poema de este verso, titulado “Cuchillos” en castellano, me fue llevando en su avance a la hipérbole final, una conclusión de tonalidad ascendente derivada del testimonio de las heridas con que la vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede. Yo me sentía entonces, en las proximidades de mis cuarenta años, muy triste. Luego pude comprobar que, afortunadamente, aquel estado de ánimo no me acompañaría siempre y que los acontecimientos que habían provocado la tristeza vivida entonces como definitiva no habían alcanzado el exagerado volumen de una crecida de sangre. Pero, en aquellos días, me sentía arrastrado por la desmesura del río sangriento. Desde mi conciencia de 1988, el año de ese poema, te diría que los efectos inmediatos de la crecida de sangre no se pueden evitar. Luego las aguas volvieron a su cauce y la vida fue trayendo otras heridas y otros poemas que las fueron acogiendo, a veces con voluntad y resultado de efecto terapéutico.

 

«La melancolía, esa emoción fronteriza, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos»

 

- ¿La poesía es más dúctil en la melancolía que en el deseo?

- La melancolía, esa emoción fronteriza, casi amable, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos, equilibrados, a veces versículos de formato dilatado. Esta es la segunda acepción del adjetivo «dúctil» en el diccionario de la Academia: «Aplícase a los metales que mecánicamente se pueden extender en alambres o hilos». Quien pudiera poner la melancolía en versos que se fuesen extendiendo a la manera de alambres o hilos. Tal vez se pueda intentar tal prodigio de alquimia en un poema objeto. Extender el metal de la melancolía hasta que alcance la sutileza de un alambre finalmente disuelto en hilos.  El deseo, en cambio, sobre todo el deseo erótico, busca versos rotos, quebrados, vibración de encabalgamiento, elipsis. Pero hay deseos de amplio espectro o de dimensión transcendente que se manifestarían mejor a través de ritmos sinfónicos.

 

«Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria»

 

- ¿Cuánto de onírico alberga la poesía?

- Una tendencia fundamental de la poesía de todos los tiempos comparte con el discurso del sueño nocturno algunas claves de sentido: el significado polisémico de las imágenes, la sugerencia enigmática, la construcción desordenada, la arquitectura simbólica, la irrupción del magma subconsciente. El cantar de los cantares, El cántico espiritual, Poeta en Nueva York o el Aullido de Ginsberg constituyen ejemplos claros de esa corriente onírica. La poesía simbolista de Rimbaud y Baudelaire, el surrealismo y todas las variantes del irracionalismo poético recogen del sueño una parte decisiva de su materia creativa o, cuando no es así, establecen un diálogo de proximidad muy evidente con la ficción soñada.

Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria en los primeros momentos de vigilia. Son sueños transcritos en lengua de poema todos los textos de la segunda parte de Tempo de cristal e sombras (2014) y la visión onírica dirige además la construcción de muchas imágenes a lo largo de toda mi obra.

 

«La pasión del deseo conduce las rutas de nuestra vida»

 

- ¿Cómo reconocer «la hora del deseo»?

- La hora más alta del deseo es la de los años de adolescencia y de juventud. Era muy fácil entonces reconocer sus síntomas: entusiasmo y desazón, feliz desequilibrio. La pasión del deseo conduce, con mayor o menor intensidad y permanencia, las rutas de nuestra vida. Todavía hoy me mueve el entusiasmo de nuevos descubrimientos existenciales, artísticos, científicos y literarios, deseos de amor y de amistad, la esperanza política de justicia, la confianza en la derrota del fascismo. El deseo vivo de nuevos poemas. Puedo reconocer en mi cuerpo la vibración de los diferentes órganos del deseo.

 

«Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece»

 

- El poema, ¿nos habla o nos escucha?

- Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece. Él mismo no sabe lo que nos quiere decir hasta que decide callarse. Tampoco entonces su discurso resulta totalmente inteligible en términos de racionalidad ni para el autor ni para sus destinatarios. Y, sin embargo, el buen poema nos entrega un efecto de verdad, una sugestión interrogante, un sentido necesario, casi siempre revelador. Estoy hablando de la modalidad poemática con la que más me identifico, distante de aquella otra caracterizada por el uso de un guion previo al acto creativo.

Antes de echarse a andar, el poema escucha el rumor de una intuición que reclama ser verbalizada, un verso que se ofrece sin previo aviso, una pauta musical repentina, una imagen sugestiva, el instante de un recuerdo. En las ocasiones más propicias, el poema decide responder a la solicitud de su autor, quien, sin duda, es el responsable único de la acción creativa.

La ficción verbalizada en mi respuesta, protagonizada por un sujeto, el poema, al que he otorgado atributos humanos, se ajusta a la literalidad de tu pregunta: «¿El poema ¿nos habla o nos escucha?» Creo, sin embargo, que esta interpretación fabulada o parabólica consigue, como el poema mismo, un cierto efecto de verdad.

 

«No me conformo con la justicia poética de mis versos»

 

- Sepultar en unos versos a alguien (Manuel Fraga Iribarne) bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza, ¿es justicia poética?

- Ojalá hubiéramos conseguido ejercer contra Fraga Iribarne y otros activos y muy convencidos colaboradores con la dictadura franquista una acción de justicia legal. No me conformo con la justicia poética de mis versos, que responden a la sensación feliz de aquellos días de movilización popular, dirigida por la plataforma Nunca Máis contra la inoperancia y las mentiras de los gobiernos del Partido Popular (el de la Xunta y el del Estado)  frente al desastre provocado por el vertido de petróleo del Prestige. Efectivamente, desde el mes de noviembre de 2002 y a lo largo del año 2003, el dirigente fascista Manuel Fraga Iribarne fue «sepultado bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza», y fuimos nosotros, el pueblo gallego en formidable actividad de insurrección, quienes pronunciamos la sentencia. Luego él emergió de los fondos de la ignominia. Pero, finalmente, hoy se cumple de alguna manera el deseo que expresan otros versos de mi poema “Maré do pobo a arder” (Marea del pueblo en llamas): «Desaparecido/al fondo del fangal de alquitrán/y del olvido». Justicia popular, tal vez, la que condenó a Fraga Iribarne al olvido, pues no consiguió permanecer como hubiera querido en el estado de la tercera vida, la vida de la fama poetizada por Jorge Manrique. Justicia poética, acción verbal de agitación contra la injusticia, la violencia católica, el genocidio militar de 1936, la dictadura de Franco o las amenazas fascistas de hoy son los motivos que me incitaron a escribir otros poemas y libros de intención política.

 

«Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva»

 

- ¿Qué diferencia el poema elegíaco del sentimentalismo que acampa en tantos versos de hoy?

 

- El sentimentalismo plano, simple efusión sentimental sin elaborar, materia prima no manufacturada, página de diario adolescente, son productos que debemos situar en espacios ajenos al ámbito de la poesía, elegíaca, hímnica o propia de cualquier modalidad genérica. No constituyen entidades de arte sino documentos confesionales —dignos de aprecio como ejercicio humano— que, en un tiempo como el presente en que las fronteras del continente literario se desdibujan en beneficio de ciertas aportaciones de perfil populista, están causando mucho daño en los territorios de la recepción menos formada, que acoge esas manifestaciones de la emoción esencial como muestras valorables de Poesía. El número de seguidores de tales documentos de la espontaneidad sentimental en las redes sociales define a veces el nivel que permite, con la complicidad de algunas editoriales, su incorporación al sistema literario. Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva.

 

«En mi obra abundan las presencias humanas»

 

- El poeta, cuando escribe, ¿lo hace solo o lo pueblan voces de vivos y muertos que hacen de esa soledad una multitud bien avenida?

 

- Sí. Esas otras voces acuden al eco del poema y traen su propio acento. Organizan el coro de la memoria. Confunden sus días con las horas del poeta. El poeta evocativo y elegíaco los convoca para que colaboren a ajustar las imágenes del pasado. En mi obra abundan las presencias humanas. Son sobre todo las personas de mi familia, especialmente mis padres y mis hijos, pero vienen también antepasados más remotos, algunos escritores y artistas, seres anónimos, siluetas populares: «Hay bultos que sobreviven indiferentes bajo la tormenta. Suben y bajan por el día entre la lluvia multitudes grises, ropas frías, un tráfico líquido de sombras». En el último poema de la antología «llegan a mi casa las cuatro muertes, / nuestras cuatro muertes del vivir de siempre».

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

6 de febrero de 2026

Juan Luis Saldaña (San Sebastián, 1978) es escritor y novelista. Su producción literaria es muy heterogénea, yendo desde los relatos con Hasta agotar existencias” (Comuniter, 2010), el dietario digital e irónico en su exquisita recopilación Sois todos idiotas (Libros de(a) Imperdible, 2014) y, sobre todo, Hilo musical para una piscifactoría (Anorak, 2016) novela que tuvo una segunda edición al año siguiente coincidiendo con el rodaje de Miau, la película de Ignacio Estaregui que se inspiró en ella para la escritura del guion. 

Juan Luis Saldaña, habitual en prensa escrita y radiofónica, hace del humor y lo cotidiano una marca de identidad, cargada de belleza y una sensibilidad que escapa a los movimientos postmodernos que rodean la literatura española de las últimas décadas. Un heterodoxo, capaz de publicar en el mismo año su tesis doctoral sobre el periodista Mefisto, Fernando Soteras 'Mefisto' (1886-1934) y sus coplas del día como fenómeno popular (IFC), obtener el premio de narrativa Isabel de Portugal con La mala edad y publicar este, su primer poemario, Inventario doméstico con la editorial Olifante. 

Hablamos de primer poemario, quizá de manera formal, porque Juan Luis ha escrito versos desde que montó su primera banda, “Nubosidad Variable” o ha esbozado una lírica heredera de Mariano José de Larra o Francisco Umbral en sus numerosísimas columnas en la prensa diaria española y aragonesa. Pero sí, es tiempo de que el Saldaña poeta haga su aparición oficial y lo haga, además, con un libro que había obtenido el Premio Internacional de Poesía Garrido Chamorro, y en una editorial con la solera y la tradición de Olifante. Inventario doméstico nos ofrece un catálogo de ámbitos y capturas, una amalgama emocional donde se suceden los usos y las costumbres, las dimensiones euclídeas del cariño y la belleza: tiempo y distancia.  Prosas poéticas con un tono capitular frente al paso de los años: «La ropa tendida es un fusilamiento de almas. La ropa tendida es el suicidio de un espantapájaros, la bandera de los barrios, es casi tirar la casa por la ventana». Con una poética que encaja con sus compañeros de generación, cercano al tono de Familia numerosa de Enrique Cebrián Zazurca o Quedarse a vivir de Carmen Ruiz Fleta, desde una perspectiva de hijos-padres, de lo filial y lo paterno, de la contemplación como instrumento para conservar los sentimientos. 

Entre los cachivaches del pasado y la quincalla moderna, la memoria es un trasunto de decisiones que se niega a desaparecer. Las elecciones, como en una existencia llena de bifurcaciones y senderos, acaban encumbrando las palabras hacia su territorio natural, la apropiación del ámbar como conservación de la herencia, la conexión familiar.  Escribe Saldaña: «El estucado es la epidermis de los tabiques, un lisérgico sobrio y sugerente que siempre te ofrece compañía. El gotelé es un relieve imperfecto y un plano imposible, una guerra de pintura congelada en el tiempo y el acné perenne de los hogares. Por eso alisé mis paredes». Este libro refleja los paisajes comunes de una generación que ha sido el demiurgo entre la añoranza digital y el tótem tecnológico. Juan Luis Saldaña, apolíneo constructor, amanuense de lo cotidiano, cataloga las grandes cuestiones a través de metáforas demoledoras, de juegos de espejos, de la contemplación sensible de un mundo que se conserva en el museo de la semántica y el recuerdo. En las habitaciones de la casa se acumulan recuerdos y pasiones: «Fregar es un barreño de plástico en un camping, una cadena de montaje en familia, una taza desconchada, un coro de italianas y Nosferatu. Fregar es asumir lo imposible, un Poncio Pilato del frío y la decepción inevitable del genio. Fregar es empezar a ensuciar. Por eso compré un lavavajillas». Pasión y existencia, la genealogía del poeta cauteriza el olvido de los objetos, los enfría en el vidrio del instante. Es un dispensario de versos, encajados en prosas nutricias, que harán que el lector disfrute de la sucesión de pasajes que conforman Inventario doméstico: una experiencia de regresión, aderezada con un pasado cálido y reconocible. 

 

Juan Luis Saldaña, Inventario doméstico, Zaragoza, Olifante, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

6 de febrero de 2026

Tras publicar su colección de relatos Periferias del deseo (Pregunta, 2025), recibir el Premio de las Letras Aragonesas 2024 -ex aequo junto a José Luis Melero-, y publicar La emoción de vivir, (Gobierno de Aragón, 2025); una colección de prosas y versos que es un gran homenaje lleno de ternura y generosidad para con tantas y tantas figuras a las que evoca y dedica su cariño -desde Emilio Lacambra o Félix Romeo, hasta Sinner y Alcaraz-, Antón Castro cierra un año de cosecha providencial con un nuevo poemario, Con sílabas de gol (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2025) en el que se recogen cincuenta y dos prosas poéticas centradas en el balompié como eje principal de giro; obra que, en palabras del autor, “es una aproximación a un juego contiguo a la emoción, la belleza, el suspense y la idolatría” y nos revela a su comienzo que “podría contar mil cosas./ Pero en realidad querría hablar/ de todos aquellos a los que amé” y, añadirá posteriormente en su texto, porque “el fútbol, como la vida, exige armonía, / unidad de grupo, suma de esfuerzos / y pasión de ganar y gozar con los tuyos”: he aquí un terreno donde desarrollar un juego ágil y preciso. 

En sus casi doscientas páginas despliega las palabras como si se trataran de aquellos botones con los que, de pequeño, emulaba la contienda sobre el verde césped de la imaginación, botones variados -algunos brillantes, otros más sencillos- con los que Castro compone un once titular en el que se alinean el recuerdo de un pasado de carreras en el baldío, el afecto hacia todos quienes formaron parte de ese universo del balón, la ternura brotando de la evocación, el amor regateando a cada paso de la vida, la pasión del aficionado, el almanaque detallista del forofo, la pluma del cronista deportivo, el heroísmo del fútbol base, la mitomanía que despiertan las estrellas rutilantes, la gloria de la victoria y la épica del perdedor que nunca se da por vencido; pues “al fútbol se juega para ganar, pero si pierdes haciéndolo bien, no es una deshonra. Es una modesta forma de triunfo”. Así, nos confiesa, “el fútbol fue una de las primeras escuelas de aprendizaje, algo así como un laboratorio a cielo abierto de conocimiento, imaginación, amistad y sueño” y que “es también un jardín abonado de sensaciones, de nombres, de cromos, de alineaciones y de memoria”. 

Telúricamente la cancha es un planeta paralelo, una suerte de campo de batalla homérico en el que -de forma alegórica- se citan, triunfan o perecen héroes inolvidables a los que cantarán poetas como Castro, relatando “un conjunto de instantes en los que brillan la inteligencia, el temblor de la fantasía y ese arte que rara vez llega a los museos y asoma una y otra vez a las praderas de la memoria”. Y es que, “el fútbol es la emoción de vivir” y, por ello, estos versos guardan “un pájaro inesperado”, una crónica de la juventud que podrían reconocer como suya todos esos muchachos que, generación tras generación y en masa, acuden “a vivir la vida con el balón de reglamento anudado a los pies”. 

Al escribir sobre el fútbol en su vida, da vida a aquellos que quedaron amarrados al pasado como cromos de una liga distante, salen del álbum y recorren la voz con nuevo aliento, porque “los que se van viven en nosotros si los recordamos”, mucho más si quien los eleva son las alas del verso. 

De una manera incuestionable, se puede afirmar que en estos poemas se celebra la vida, la amistad, el cariño como si de un gol se tratase, ya que “el gol es la poesía de los domingos de tristeza” y en todos y cada uno de los campos en que se traza la marca de un rectángulo de cal, se levantan los “escenarios de los recuerdos / donde los versos se miden con sílabas de gol”. Pasado el tiempo, cualquiera de aquellos chicos y chicas podrían confesar, con el nombre de alguna figura legendaria en el silencio de la memoria: “cerré los ojos y oí, con absoluta nitidez, el clamor / del estadio como si hubieras vuelto a marcar” y, es que, para alzarse con el triunfo en la cancha de la vida, no se pude salir a defender un empate. El cuero siempre seguirá rodando. 

  

Antón Castro, Con sílabas de gol, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Ricardo Díez Pellejero

6 de febrero de 2026

Tormenta de polvo fino es una novela breve solo en apariencia. Bajo su extensión contenida, Carlos Fortea construye un artefacto literario de gran densidad simbólica y narrativa, en el que convergen memoria, historia e interrogación moral. Profesor universitario y reconocido traductor —galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción—, ya había mostrado en novelas como Los jugadores o El mal y el tiempo —reseñadas en estas mismas páginas— su interés por los dilemas éticos y por la persistencia del pasado en el presente. En esta ocasión, la obra llega a las librerías bajo el sello de Nota al margen, editorial independiente fundada en 2024 con la vocación de apostar por propuestas literarias exigentes y alejadas de la lógica puramente comercial.

Desde sus primeras páginas, el lector percibe que no se encuentra ante una narración convencional, sino ante una indagación en aquello que queda fuera del relato histórico oficial. El protagonista —un narrador sin nombre— recorre archivos olvidados, abre legajos que nadie consulta porque no pertenecen a personajes ilustres, sino a personas comunes. Al hacerlo, se levanta una nube de polvo: el polvo de la historia acumulado en los papeles de la gente normal, esa “tormenta de polvo fino” que da título a la novela y funciona como poderosa metáfora del pasado silenciado. “Los recuerdos ajenos son míos. Fermentan, y los gases que producen alimentan mi mente como si se tratara de una gran turbina”, afirma el narrador, dejando claro que su tarea no es reconstruir grandes acontecimientos, sino rescatar vidas sepultadas por el olvido.

En este gesto se sitúa el verdadero núcleo intrahistórico de la novela. En un sentido claramente unamuniano, Fortea no se interesa por la historia de los grandes acontecimientos ni por la de los dirigentes políticos, sino por la de quienes la padecen y la sostienen en silencio, “la historia de la gente”, hecha a pico y pala. Conviene insistir en ello: no estamos ante una novela histórica al uso. Aquí no se reconstruyen batallas, fechas decisivas ni grandes decisiones políticas. Se trata, más bien, de una novela sobre la memoria, construida a partir de vivencias individuales de personas sumergidas en su tiempo, que viven dentro de los acontecimientos sin alcanzar nunca una perspectiva completa sobre ellos. El narrador actúa como un mediador entre pasado y presente: recorre casas vacías, escucha los ecos de quienes las habitaron y recompone fragmentos de vidas comunes, marcadas —y con frecuencia aplastadas— por los vaivenes políticos y sociales de la historia española. En esa lograda fusión de verdad y ficción, devuelve al relato colectivo a individuos anónimos, arrastrados por los acontecimientos y herederos de culpas ajenas, cuyas intrahistorias reclaman, por fin, un lugar en la memoria compartida.

La novela se articula como una auténtica “novela de novelas”, una estructura fragmentaria que permite abarcar más de dos siglos de historia sin recurrir a un relato lineal. Desde la Guerra de la Independencia hasta la Transición, las tramas se suceden y se entrecruzan, y sitúan ya en 1812 —momento en que el país se parte en dos, entre quienes aspiran a un cambio hacia la libertad, el progreso y la mejora de las condiciones de vida, y quienes desean que todo permanezca perpetuamente igual— el inicio de un presente que sigue proyectándose hasta hoy. Frente a la idea de que todo comienza con la Guerra Civil, la novela sugiere que esta no fue la causa, sino la consecuencia de un conflicto ideológico y social acumulado durante más de un siglo: en ese sentido, somos hijos e hijas de Cádiz. En ese amplio arco histórico se inscriben las distintas tramas: un afrancesado que planea vengarse de Fernando VII mientras espera el regreso de “El Deseado”; la amistad forjada en la Guerra de Marruecos entre dos jóvenes destinados a tomar caminos opuestos; un maestro solitario en el frente sublevado durante la Guerra Civil; una actriz en los años de la República; una periodista en tiempos de la Transición; o el romance entre una actriz emergente y un diplomático alemán poco antes del ascenso de Hitler. Son siete u ocho relatos distintos, poblados por personajes que, sin ser reales en sentido estricto, poseen un claro “pozo de realidad”: ecos de personas conocidas, oídas, vividas.

Estos personajes luchan, aman, obedecen o resisten según las circunstancias históricas que les tocan en suerte. Sus decisiones aparecen siempre condicionadas —y a veces anuladas— por el contexto, lo que da lugar a una reflexión especialmente lúcida sobre la imposibilidad de separar pasado y presente. En este sentido, el tiempo avanza porque se va saltando de relato en relato, de vida en vida, y las vidas de todos los personajes van dando como resultado la vida del país. No en vano, uno de los pasajes más elocuentes afirma: “La historia es igual que una noria puesta en el cauce de un río, nunca gira hacia atrás”. La estructura fragmentada refuerza esta idea y exige del lector una implicación activa: Fortea no ofrece respuestas cerradas, sino episodios que dejan preguntas abiertas y reverberan más allá de la página.

El estilo, sobrio y preciso, contribuye a crear una atmósfera absorbente en la que lo histórico y lo imaginario se confunden, como ese polvo fino que se deposita lentamente y acaba cubriéndolo todo. Aunque a lo largo del libro se abordan temas como el poder, la venganza o la lucha política, el verdadero núcleo es la memoria: la que duerme en los archivos, deformada por el tiempo, y la que se proyecta hacia un futuro incierto en el que aún podría servir para corregir errores, si alguien se detuviera a escucharla.

En conjunto, Tormenta de polvo fino es una obra exigente y profundamente sugestiva, ideal para lectores interesados en la literatura introspectiva y en la reflexión histórica. La novela sugiere la convicción de que el mundo se encamina cíclicamente a la repetición de las catástrofes porque las olvida, y de que ese olvido no es inocente, sino a menudo fomentado por quienes medran en la oscuridad. Frente a ello, el autor aspira a arrojar luz: los focos que iluminan el pasado, parece decirnos, despejan también el camino del futuro. Con esta novela, Carlos Fortea se confirma como una de las voces más singulares de la narrativa española contemporánea, capaz de convertir el silencio, el polvo y las vidas marginales en el auténtico centro del relato.

 

Carlos Fortea, Tormenta de polvo fino, Madrid, Nota al margen, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Juan Villalba Sebastián

30 de enero de 2026

Venimos de tiempos extraños y alcanzamos espacios maduros. Veterano del salvajismo, A. G. Porta —que hace un par de años publicó Persecución y asesinato del rey de los ratones representada por el coro de las cloacas bajo la dirección de un escritor fracasado (Acantilado, 2022) y cuya primera obra, de 1984, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, fue escrita a cuatro manos junto con su íntimo amigo Roberto Bolaño y reeditada por Acantilado en 2006—. Este libro, El invierno en Millburn y otros relatos (Acantilado), aparentemente fragmentado, con un desorden hermético y literario, va y viene desde las notas tomadas y acumuladas con los años, la ingeniería inversa, la pasión por la novela pulp y la alta literatura, de Barcelona a Nueva York, pasando por el oeste de las películas del mediodía. Woody Allen en la Gran Manzana, los bocetos sugestivos de Aloma Rodríguez, la apertura al sol de Enrique Vila-Matas. El libro comienza con “Sunday afternoon (nueve cuentos)”: nueve entregas, una red de personajes, cada uno con una cita. Cada uno, el fermento de una civilización y un tiempo. 

El primero, en un hotel de Florida: cloro y humedad, una madre, un hijo y un padre astronauta camino a Marte. De ahí, de Florida o de Marte, hacia Colonia. Los abuelos. David Bowie definiendo la soledad en el espacio y personajes sacados de fiestas de Francis Scott Fitzgerald o de Woody Allen. Un padre y un hijo, tan lejos que se olvidan entre sí. En el cuento dos, una vuelta atrás: dos amigas… los nombres se confunden como las relaciones; de ahí la naturaleza no euclídea de la obra, con relatos en estado cuántico, como si quisieran ocupar todo el tiempo y el espacio del lector. De ahí que el pasado modele el presente o que, simplemente, todo sea un folletín de señoritas, abuelos, robots y escritores. Siempre un protagonista escritor. La voz de la voz: un falso documentalista, un demiurgo entre el autor y el lector. 

Volvemos a la naturaleza cuántica de la historia: el mismo hijo, protagonista afónico, usuario nivel Dios de la programación de las páginas, a la altura del mismo autor, es capaz de ver el futuro; es el Doctor Manhattan de A. G. Porta. Sabe lo que va a ocurrir porque para él ya ha ocurrido. Legos y materia oscura, periodistas, ginebra y tónica, cuadros valencianos del siglo XIX, un tercer cuento con desplazamiento hacia el Mediterráneo, hacia Valencia. Mary Jane, Selena, Eloísa. Un escritor de terceros, como esa idea de la “ingeniería inversa” que sobrevuela todo el volumen. Páginas compartidas y, en el cuarto de los cuentos/estadios, dos personajes sorpresa, A y B, como sacados de una obra de Samuel Beckett, montados en un vehículo abandonado, un gran cubo: un final de partida para dos ricos excéntricos escuchando a Bach. Todos los cuentos tienen figuras geométricas, uniones, vértices y lados basados en relaciones familiares, sentimentales, de amo y robot. 

Es el acto de escribir lo que alimenta el libro. Acaso no introduce en sus escritos una buena parte de sí mismo. Un escritor que es hermano de la mujer del astronauta e, igual que aparecen artistas valencianos, también un Premio Nobel de Literatura, como Claude Simon. De la alta literatura a la odisea espacial. Ya no se sigue la cuenta del número de relatos, porque ahora el astronauta ha despertado demasiado pronto de su sueño en el espacio profundo. Con la compañía de un robot, sometido a la obligación de escribir una novela en los nueve meses que le quedan hasta el final. Con acceso completo a todos los textos de Occidente, la compresión en archivos de la Biblioteca de Alejandría. La última actualización del ChatGPT que se llevaron en su despegue será una versión obsoleta al volver. 

De pronto, en esta meticulosa mezcolanza, volvemos a la Tierra y Porta enhebra párrafos de literatura iniciática entre el tío escritor y el sobrino genio: la idea es atomizar la cultura pop, de “popular”. Juegos de rol, criptozoología y hombres de negro que borran la memoria. El romancero gitano, el descubrimiento de la penicilina, Philip K. Dick y el gran salto adelante. No nos hemos dado cuenta, pero hemos acumulado el cuento cinco y el seis en nuestra lista de leídos. Por primera vez, Barcelona. Una boda a la que no puedes acudir por estar camino de Marte. Algo se nos ha perdido en el camino: la decisión de un amor furtivo y difícil. La mujer que no quiso ser su esposa porque sospechaba que terminaría sus días en el espacio. Y volver al espacio. Y el robot que también tiene el síndrome de la página en blanco. Así que, recordando a Rodrigo Fresán (que es como recordar un poco a Roberto Bolaño), enumera las leyes de Asimov e intenta superar el test de Turing. Bartleby —por esa resistencia a llevar a cabo el experimento—, Patrick Modiano —por ese modo de hablar de las brechas que se abren en el tiempo y que sugieren que el tiempo es proclive a rebelarse los domingos a media tarde—. Manuel Arranz, Albert Serra, dos películas y un director: El cielo sobre Berlín y Coffee and Cigarettes. Woody Allen. ¿Qué se guarda en el espacio? Sospechamos que todo.

Un cuento siete de costumbrismo decadente: padre rico y aburrido, abuelo inapetente; en el futuro el humo volverá a utilizarse, el del tabaco, para ocultar el vulgar olor del sudor de los humanos. Cita de André Salmon: «Llega un día, suena la hora, en que, brutalmente, uno se encuentra totalmente solo sin haberse tomado la molestia de romper con nadie».

En el cuento ocho y el cuento nueve damos vueltas sobre la confusión. Carcasas y hombres, una iteración en el control de la IA: «Algunos pronostican que los humanos viviremos en permanente engaño, puesto que los robots decidirán por sí mismos cuál ha de ser nuestro grado de conocimiento de las cosas». Y cuando volvemos a los clásicos, R2-D2 o HAL 9000, el cuento final nos devuelve, en bucle infinito, a un pintor valenciano capaz de detectar a los extraterrestres que viven entre nosotros, ocultos.

Después de esta aglomeración literaria de final abierto, Porta se adentra en “Una historia insólita con Florence Cambray”. Dos escritores en la Manhattan de los grandes: Florence y un escritor. Olot, Gerona, la novela neoyorquina y el bloqueo del autor, la fascinación por las noches interminables (de nuevo, volver a Bolaño) y, como buen español, algo de república y Guerra Civil; más, en este caso, el folletín añade la Guerra de Marruecos.

Sumido en el desconcierto, llega el siguiente pedazo del puzle: Silver Kane Revisited. En este libro, que transita entre la creación y el homenaje, entre el pulp y el dietario, confluyen formatos distintos con longitudes variables. Después del diálogo entre escritores nos adentramos en este fragmento que tiene un título entre novela de a duro (de Marcial Lafuente Estefanía, que es uno de los homenajeados/referenciados) y una canción de Sonic Youth.

Los tebeos al cambio: un buen negocio de los quioscos de época, con las novelas del espacio, de detectives y de vaqueros. Redactadas a toda velocidad y sin más documentación que la contenida en alguna de las voluminosas enciclopedias de las casas familiares del desarrollismo. El juego entre una perspectiva y otra, la narración de un western crepuscular con un cierto tono de realismo mágico combinado con un viaje turístico del autor, dudando si es real o ficticio, si es el Maps de Google o la descripción de la ciudad de Amarillo, más propia de Cormac McCarthy, posee validez.

Lo mejor es no darle vueltas: Un colt, una mujer y el diablo, la editorial Bruguera, los héroes de la pradera, una pradera española entre 1972 y 1982, alimento de los sueños, de los malos estudiantes, de los vigilantes de garita. Los tipis indios, reproducidos hasta la saciedad por el plástico de los vaqueros, juguetes baratos… mirando a los federales, el Street View de Google y pensar en La diligencia (de John Ford) y, claro, esa idea del enfrentamiento cultural entre moteles de carretera y los salones de las viejas películas del oeste, al mediodía, en cualquier canal autonómico: «Los integrantes de la banda de irregulares mercenarios que, en Meridiano de sangre, la obra de Cormac McCarthy, se dedican a asesinar apaches, hombres, mujeres y niños, a tanto la cabellera».

Referencias de cine y literatura, de música: Bagdad Café, Jon Voight en modo vaquero, Cowboy de medianoche se encuentra con Abierto hasta el amanecer. Ry Cooder y la música de Paris, Texas, Buddy Holly, la fotógrafa Dorothea Lange, Malas hierbas, Las uvas de la ira, la Route 66, Woody Guthrie, Chuck Berry, Jack Kerouac, iconos como el Rey de Amarillo, de True Detective, o “Los hermanos Dalton” —pero en serio—… una canción, un tren en el desierto. Stefan Zweig escuchando un discurso de Hitler mientras recorría Texas en un ferrocarril.

Y termina con el fragmento que da título al libro, “El invierno en Millburn”: historias de material reciclado. «A veces solo leía y pensaba, y a veces, en el cuaderno que estuviera usando, escribía una nota sobre lo que acababa de leer en los cuadernos antiguos, o escribía una nota sobre una idea que se le ocurría a propósito de lo que acababa de leer».

Huir a EE. UU., vivir su aventura neoyorquina, la buhardilla de sus sueños, revisar las historias que pueblan los cuadernos hasta encontrar una que le convenza. Él mismo se delata: «Reescribir, a su modo, los nueve cuentos de Salinger. Siempre he tenido una especie de cariño a su edición de Bruguera». Pero no llega la inspiración. Se acaba el dinero mientras se extienden los paseos por lugares de ensueño.

Así que llegamos a la página 112. La idea de la ingeniería inversa. La reescritura. Diez o doce títulos. Si uno se lanza, debe ir a por todo: los grandes nombres de la literatura. Todo o nada.

A. G. Porta escribe sobre el bloqueo y la reescritura, sobre la posmodernidad y la interpolación, sobre la mitomanía y el agotamiento de las grandes fórmulas. Porta escribe, en definitiva, sobre la decadente fragmentación de Occidente.

 

A.G. Porta, El invierno en Millburn y otros relatos, Barcelona, Editorial Acantilado, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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