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4 de mayo de 2015

Algunos libros hay que empezar a leerlos por el subtítulo. El que acompaña a La huella de la mariposa remite escuetamente a un género discursivo y a un intervalo de fechas: Diario (verano 2006-verano 2007). En efecto, este volumen adopta la apariencia de un dietario lírico, un bloc de notas o un cuaderno de bitácora donde Mahmud Darwix (1941-2008) entrega su fe de vida y su testamento ológrafo. Sin embargo, el lector que espere encontrar aquí la corteza anecdótica del trasiego cotidiano se sentirá decepcionado. El poeta nos ofrece nada menos que el meollo de la existencia, ese núcleo universal que los humanistas llamaron alma, y que resulta común a amigos y enemigos, combatientes y pacifistas, tipos contemplativos e individuos de acción, palestinos e israelíes.

            Impermeable a los credos maniqueos, la obra de Darwix se caracteriza por su inquietud ética y su raigambre cívica. El intento de recomponer una identidad fracturada constituye el eje de unos versos a veces enjutos, y otras veces dilatados hasta el espesor del poema en prosa. Así, si el autor suscribe el “yo es otro” de Rimbaud, no lo hace para mirarse embebecidamente en el espejo de la alteridad ni para salir al teatro del mundo con la máscara tragicómica del comediante. Al contrario, la otredad es aquí una declaración de principios éticos y de fines estéticos, una forma de perplejidad con la que afrontar las nimiedades de la vida o las cicatrices del mapa geopolítico: “Yo no soy yo en Iraq. Tú no eres tú”. Con todo, los títulos que apuntan a ese “yo otro” (“Qué soy sino él”, “Alguien que se persigue a sí mismo”, “Si yo fuera otro”, “Mi poeta/mi otro”) se troquelan sobre la experiencia de quien no renuncia jamás a un vitalismo contagioso. Incluso en aquellos vislumbres prospectivos, en los que el sujeto ha de vérselas con su propia muerte ―que se le aparece personificada, entre la iconografía de Jorge Manrique y la de Ingmar Bergman―, la respuesta del escritor consigue desarmar los argumentos de la mismísima Parca: “Si me dijeran: Esta tarde será tu última tarde, / ¿qué vas a hacer el tiempo que te queda? / ―Miraré el reloj, / me beberé un zumo, / morderé una manzana / […] Miraré de nuevo el reloj: / Me da tiempo a afeitarme / […] Luego, / me iré andando / al cementerio”. Esa lucidez irónica se convierte en el arma secreta de Darwix.

            Otro aspecto recurrente es la identidad política, que se presenta bajo el disfraz de una amenaza o de una violencia fratricida. El autor elabora la crónica de un estado de excepción y reivindica un nuevo trazado de fronteras físicas y mentales. De este modo, las elegías por el destino del Líbano (“Más que empatía”, “En Beirut”) y de Iraq (“Larga es la noche de Iraq”) alternan con el correlato histórico (“Nerón”) y con las sátiras que denuncian el espejismo de una falsa democracia (“Urnas”, cuyo comienzo conecta con “Elegido por aclamación”, de Ángel González). En este contexto destacan “Casa asesinada”, inventario de los objetos domésticos que mueren junto a sus dueños, y “Si es que queremos”, un himno comunitario que sustituye las proclamas colectivas por el elogio de la convivencia: “Seremos un pueblo cuando el palestino se acuerde de su bandera solo en los estadios, en los concursos de belleza y el día de la Nakba. Nada más”. Un impulso similar recorre los versos viajeros en los que Darwix da una vuelta por mundo para darle la vuelta a algunos prejuicios y reafirmarse en ciertas creencias. En estos poemas cosmopolitas, cada lugar está asociado con el recuerdo de un autor querido o admirado: Derek Walcott (“En Córdoba”), Mark Strand (“En Madrid”), Naguib Mahfuz (“En una barca en el Nilo”), Salim Barakat (“En Skogås”), o Peter Brook (“Boulevard Saint-Germain”). Sin embargo, lejos del homenaje cortés que solemos atribuir a la lírica de circunstancias, estas composiciones funcionan como una amarga meditación acerca de una patria perdida y de un exilio reencontrado: “Es libre quien puede elegir su exilio / de algún modo…”.

            Finalmente, cabe resaltar la plasmación de la propia identidad literaria. Aunque renuente a las afirmaciones programáticas y a las sinuosidades intelectuales, Mahmud Darwix recoge un apretado prontuario de ideas estéticas. El libro transita desde la cadencia estacional del poema en prosa (“Un verano otoñal sobre las colinas, como un poema en prosa”) hasta la semiótica del paisaje: “Las chumberas que flanquean las entradas de los pueblos han sido siempre las guardianas de los signos”. La concepción de la metáfora como refugio ante la intemperie se alía con la defensa de la elocuencia que subyace en el silencio. La tensión dialéctica entre “la riqueza de la metáfora” y “la pobreza del habla” abre un horizonte de posibilidades expresivas donde convergen el placer de la sinestesia, la astucia de la alegoría y el pecado del simbolismo. Pero la retórica que más le interesa al autor es la que se desprende de la claridad de las cosas, de una sencillez que quisiera imitar la naturalidad del cielo despejado y del adjetivo denotativo. A medio camino entre la impureza y la esencialidad, Darwix define el proceso creativo como la manifestación de una carencia, arrastrada por la vorágine de la tragedia o sublimada mediante un peculiar sentido del humor: “Camino entre Homero, al-Mutanabbi, Shakespeare… y me tropiezo como un camarero novato en una recepción real”. Quizá la mejor muestra de esa felicidad fugitiva se localice en el texto que da título al conjunto, en el que el poeta aspira a capturar la “ligereza de lo eterno en lo cotidiano”.

            En definitiva, La huella de la mariposa culmina uno de los proyectos artísticos e ideológicos más apasionantes de los últimos tiempos. La luminosa traducción de Luz Gómez consigue que nos olvidemos de que las palabras de Mahmud Darwix fueron escritas originalmente en otro idioma. Ya se sabe que la gran poesía habla siempre en esperanto.- Luis Bagué Quílez.

 

Mahmud Darwix, La huella de la mariposa, Valencia, Pre-Textos, 2012.

 

Escrito en La Torre de Babel Turia por Luis Bagué Quílez

4 de mayo de 2015

He aquí otra historia. “Otra historia, una historia quizá muy simple pero divertida, de esas que, pensándolo bien, he escrito y lanzado al mundo a espuertas, quizá demasiadas, y que probablemente han contribuido a deteriorar mi buena reputación, si es que no la han echado a perder por completo.”

            A primera vista, un relato de Robert Walser, este Diario de 1926 por ejemplo, nos da la impresión de no ser más que una serie de digresiones encadenadas, un ir y venir de un tema a otro, de una idea a otra, de un recuerdo a otro, sin ningún orden ni concierto, y no tenemos precisamente la sensación de que las piezas vayan a encajar en algún momento, y la trama, que supuestamente subyace a todo relato, sea finalmente visible, finalmente inteligible, sino más bien la sospecha de que todo lo que nos cuenta el autor esté fuera de lugar, sea un mero divertimento, un juego, un pasatiempo. Y efectivamente, Walser no suele tardar en confesarlo, sus libros no tienen argumento, en el sentido en que se entiende habitualmente esta palabra. No hay trama, no hay desenlace, no hay personajes, sólo hay literatura, y ni siquiera literatura al servicio de una idea, ya que, si me permiten la expresión, en Walser generalmente es la idea la que está al servicio de la literatura. Un divertimento, un juego, un pasatiempo, pero serios, muy serios, y cómicos, muy cómicos, en cierto modo como la vida, la del propio Walser o la de cualquiera de nosotros. Pero con una particularidad específicamente walseriana, típicamente walseriana. Walser, los asuntos serios, los temas importantes, los trata, los vive, cómicamente, y los cómicos con una seriedad digna de mejor causa, en el dudoso caso de que hubiese mejor causa que la risa. Lo trágico y lo cómico suelen estar separados por una sutil línea, como la risa y el llanto. No se trata, en su caso, de ninguna estratagema literaria, sino de una saludable actitud ante la vida, y en consecuencia también ante la literatura. A lo que hay que añadir su idea, fecunda donde las haya, de que conviene completar la realidad con la fantasía, o si prefieren la experiencia con la imaginación. Y así, Walser mezcla en la misma coctelera, el espacio de la novela, ideas y sentimientos en idéntica o parecida proporción, de forma que lejos de diluir sus propiedades, las multiplican haciendo la mezcla a la vez más intensa y delicada, aunque quizá no apta para todos los paladares. Cuando escribe: “Encuentro, por ejemplo, que la escritura corre pareja a la vida; se entrevera con ella”, quizá nos esté dando la clave de toda su literatura.

            Al escritor de reseñas no le resulta fácil decir de qué trata un libro de Robert Walser, cosa que en el fondo debería de agradecer, pues quizá una reseña no tendría que contar nunca de qué trata un libro. Una reseña no es, o no debería ser, una nota bibliográfica, y menos todavía un resumen. Pero no nos pongamos demasiado walserianos. Algo hay que decir del libro que anime al lector. Así que digamos algo de este Diario de 1926. En primer lugar digamos que, a pesar de su título, no es un diario, ni un dietario, ni unas memorias. Es una historia, una historia típicamente walseriana, una más de las miles que escribió Walser, escrita a lápiz, como acostumbraba, esta vez en el reverso de las hojas de un calendario de 1926, poco antes de ingresar en un sanatorio del que no saldría ya con vida. Una historia en que nos descubre además los entresijos de su literatura. “Si la historia se viniese abajo” – pero, ¿por qué iba a venirse abajo?, podríamos preguntarnos. Pues porque Walter no se ha tomado la molestia de levantar sus cimientos sencillamente --, “emprendería de inmediato otra, algo nuevo, ya que nunca me apoyo en una única idea creativa.” Y acto seguido nos descubre cuál es el filón de muchas de sus historias: los paralelismos. Y se explica: “Con ello me refiero al camino que intenciones, deseos y aspiraciones distintos recorren juntos en la misma dirección.” Pero no teman, Diario de 1926 no es un ensayo sobre la novela, es sencillamente una historia, y una historia de la historia que se está contando, que se está escribiendo.

Una característica de los relatos de Walser consiste en anunciarnos que va a hablar de una cosa, del amor por ejemplo, y naturalmente hablar de otra, del polvo por ejemplo que acumulan los objetos de adorno en las casas, o de un inocente paseo por el bosque, tema éste, el de los paseos, favorito de Walser, que precisamente, y dicho sea de paso, murió dando un paseo un 25 de diciembre de 1956. Del mismo modo que anuncia, como de pasada una vez más, algo de lo que de momento, nos dice, no tiene la más mínima intención de hablar, para a renglón seguido hablar de ello con profusión de detalles; o en otros casos, lo que había anunciado como algo sorprendente, resulta ser una nimiedad absoluta. Y digamos para terminar que no era cierto que sus novelas no tuvieran personajes: amables viudas, dependientas, jóvenes encantadoras, mujeres hermosas y distantes, poetas, antiguos camaradas del colegio, fatuos caballeros algo orondos, pueblan todos sus relatos; y digamos también que el protagonista de esta historia, como de tantas otras suyas, es el propio Walser, un escritor más o menos frustrado, sin aptitudes especiales para nada, un hombre, como dice de sí mismo, que no ha conseguido nada en la vida, y añade “gracias a Dios”, a no ser que prefiramos conceder el protagonismo de sus historias a la literatura. O, por qué no, al amor. Un amor que se revela tan sui generis como su escritura misma, quizá porque en el fondo, en su caso, se trate pura y simplemente de amor a la escritura; aunque las mujeres hermosas, “extraordinariamente hermosas, incomparablemente hermosas, indeciblemente hermosas”, nunca le dejaron indiferente; mujeres a las que suponemos debió de intrigar, abrumar, confundir y divertir a partes iguales con las cartas y poesías que les escribía. Y en cierto modo este Diario de 1926, que no es un diario ni una novela, sino “una serie de hechos vividos contados de la forma más agradable y amena” (y magníficamente traducido), surte en nosotros un efecto parecido: nos intriga, nos abruma, nos confunde, nos divierte.- MANUEL ARRANZ.

 

  Robert Walser, Diario de 1926, traducción de Juan de Sola, Segovia, La uña rota, 2013.

Escrito en La Torre de Babel Turia por Manuel Arranz

   El mundo es un espejo donde vamos completando nuestra vida, un lugar donde nos hacemos y nos deshacemos en miradas que vuelven a nosotros, son nuestra infancia, el edén perdido, aquel paraíso que la vida, en su indigencia, nos ha ido negando.

   Crecer es asombrarse, hacer de cada respiración un espacio de reflexión, por ello, la obra de Claudio Magris, ensayista nacido en Trieste en 1938, hombre de gran calado intelectual, catedrático de literatura germánica en la Universidad de Trieste, traductor de Ibsen, Kleist, Schnitzler, creador de El Danubio, El anillo de Clarisa, Otro mar, Microcosmos, Utopía y desencanto o El infinito viajar, entre otras obras, es un viaje por los sentidos, cada lugar que contempla es un paisaje donde vive el recuerdo de una Europa que ha desaparecido para siempre, un espacio que nunca podremos olvidar.

    En El Danubio, la prosa de Magris lo cincela todo, como un buen escultor, nos ofrece el paraíso de los lugares donde ha amado, Praga, la Antigua Baviera, la Selva Negra, todo es un edén por descubrir, el escritor mira y se detiene en cada pasaje, inventa así el mundo, le da forma, esculpe con su prosa un escenario de estatuas intemporales que prevalecen al tiempo, no mueren nunca.

   En Microcosmos, tenemos al prosista que pinta los paisajes que ve, como podemos ver en Café San Marcos, principio del libro, en el fragmento que cito: “El San Marcos es un arca de Noé, donde hay sitio, sin prioridades ni exclusiones, para todos, par toda pareja que busque refugio cuando fuera llueve a cántaros y también para los que carecen de pareja”.

    El lugar para la compañía, pero también para los detalles, de este fino prosista, que hace del ensayo una novela, porque la descripción está cincelada a la página, nos llega con su corporeidad: “La gente entra y sale del Café, a sus espaldas las hojas de la puerta continúan oscilando, una leve bocanada de aire hace ondear el humo estancado. La oscilación tiene cada vez un aliento más corto, un latido más breve. En el humo flotan franjas de polvillo luminoso, espiras de serpentinas se desarrollan lentamente”.

   Hay en Magris un deseo de describir, de que el lector vea cada paisaje, pero no elude la reflexión, la intelectualidad que hay detrás de cada mirada, un eco que persiste en el alma del que viaja, como nos deja claramente en este Microcosmos: “La vejez es una exuberancia caótica; vida que crece destruyendo su propia forma y muere por exceso”.

     En Utopía y desencanto, un libro magistral, el escritor habla de la literatura y de muchos escritores, el libro es un deleite de sabiduría, de saber mirar el mundo, de diagnosticar los problemas que nos asolan, aquello que hemos perdido, ese espacio de tiempo que ya es recuerdo, las voces que ya no llevan ecos, los olvidos que perecen en un rincón, cuando era fácil mirar atrás y hacernos más sabios, algo extraño se nos va, un pasado que nos enriqueció, una estirpe que se ha ido alejando, porque el mundo todo lo fagocita, hasta no dejar nada.

  Su visión de la literatura, en este afán de mirar a la literatura y al mundo, como dos espejos, es muy interesante, porque, según Magris, todo está en ella, en ese afán de envolver lo mejor de nosotros para ser contado: “Hay una irresponsabilidad que la literatura reivindica como su derecho inalienable y que protege de la insoportable seriedad de la vida, de sus deberes y sus atosigamientos, recordando que es necesario asistir a clase, pero también hacer novillos”.

     Es en la literatura donde vive el afán de dibujar otra realidad, donde quepa el sentido del humor, donde lo trascendente no lo sea y donde lo banal pase a primer plano, la mirada del escritor escruta el mundo y lo define, como si fuese un entomólogo.

    Y en El infinito viajar, otro libro esencial, nos dice que el viaje supone el reencuentro consigo mismo, pero también la pincelada necesaria para fundamentar su vida, es el viaje un eco que viene de lejos, de otros que viajaron antes y de otros que lo harán después, en esa simbiosis de mundos que se encuentran, el viaje es un caleidoscopio donde el hombre se mira hacia la eternidad, solo en el viaje uno vive del todo y para siempre, se hace inmortal, porque el viajero conoce que el paisaje lo bautiza y le hace nacer de nuevo, cada país es un nuevo nacimiento, una nueva alborada: “No me basta con viajar solo en la cabeza porque me interesan las personas y las cosas, los colores y las estaciones, pero me resulta difícil viajar sin el papel, sin libros que poner delante del mundo como un espejo, para ver si se confirman o se desmienten recíprocamente. Hay dos tipos de libros que el viajero puede llevar consigo: los escritos por autores que expresan el genuis loci, que lee para comprender mejor la realidad desconocida en la que se adentra, y los escritos por autores llegados desde lejos sabiendo poco, como él mismo, sobre aquellos lugares y que lee para comprender cómo los miraron otros por primera vez”.

     Sin duda, el libro que se lleva en el viaje y el que se va creando en el interior, porque el viaje invita a escribir, pero también a leer, mirar un paisaje nuevo es esculpirlo con los ojos, es darlo forma, para mostrarlo en un cuadro, en una estatua, en una sinfonía o en un papel. El libro nace en el viaje, porque viene de otros libros, se alimenta de ellos y la literatura copia a la vida y la supera, para que la vida sea también literatura a la vez.

    Sin duda alguna, Magris es un gran pensador y un gran prosista, es consciente del derrumbe de la antigua Europa, como nos dejó claro en El Danubio, pero también es el viajero que vive el mundo como un eco de otro tiempo, de épocas pasadas, historiador de un ayer que aún se presiente en las ciudades amadas, pero es, desde luego, el viajero, que se enamora del mundo, porque cree que literatura y vida son la misma cosa, ambas se nutren a la vez, para configurar el paraíso de la página en blanco.

    Acaba de recibir el Premio de la Feria Internacional de Guadalajara por su obra, es un pensador que hace falta, porque reivindica el pasado para entender el presente, porque nos invita a leer para ser más sabios, con sus estudios de los grandes escritores, Hesse, Goethe, Mann, Kafka, Joyce, para dejar huella en los lectores, para que estos sean más cultos también y sepan decir no a la mentira que rodea el mundo. Nada más y nada menos.

Escrito en Sólo Digital Turia por Pedro García Cueto

14 AUTORES LE RINDEN HOMENAJE A TRAVÉS DE UN ESPECTACULAR MONOGRÁFICO REPLETO DE TEXTOS INÉDITOS

KARL OVE KNAUSGARD, PAULINO MASIP, RAFAEL CADENAS, JAVIER GOMÁ, CÉSAR ANTONIO MOLINA, MANUEL LONGARES, ADELAIDA GARCÍA MORALES Y ANA ROSSETTI  SON OTROS AUTORES DESTACADOS DEL NÚMERO

Una aproximación plural, rigurosa, atractiva y completa a Rafael Azcona es la propuesta que realiza el nuevo número de la revista cultural TURIA a sus lectores. Un sumario de casi 500 páginas que tiene como principal protagonista a un autor que, tanto en el cine como en la literatura, hizo un magistral e imprescindible retrato tierno, festivo, amargo y burlesco del siglo XX.

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Escrito en Noticias Turia por Instituto de Estudios Turolenses Diputación Provincial de Teruel

José Álvarez Junco: “Hay que educar para el cambio. Es la única ley de la Historia”

Hizo derecho por tradición familiar, pero la Historia se cruzó en su camino. Lo suyo no era convertirse en notario y registrador de la propiedad, como quería su padre. Fue la curiosidad por la política, por los derechos públicos, lo que llevó a José Álvarez Junco (Viella, Lérida, 1942) a desmarcarse de los deseos paternos, a reconocer los trazos de su carácter a la hora de dibujar su propio horizonte, los pliegues de un destino único e intransferible. Empezó la carrera de Políticas cuando corrían tiempos grises en España, tiempos de franquismo y cerrazón. En ese escenario, cada vez más comprometido en la lucha contra la dictadura, el joven estudiante emprendió viaje a Inglaterra a finalizar su formación.

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Escrito en Conversaciones Revista Turia por José Álvarez Junco

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