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EL ARTISTA CONTEMPORÁNEO ESPAÑOL MÁS INTERNACIONAL ASEGURA QUE “MI VOLUNTAD HA SIDO SIEMPRE LA DE CREAR PUENTES, ENTRE PERSONAS, ENTRE CULTURAS, ENTRE ÉPOCAS” 

UNA DE NUESTRAS MEJORES ESCRITORAS ACTUALES LO TIENE CLARO: “MI VIDA, SIN LA LITERATURA, NO HUBIERA SIDO VIDA” 

JAUME PLENSA ES TAMBIÉN EL ILUSTRADOR DE ESTE NÚMERO DE TURIA

Los lectores del nuevo número de la revista TURIA, que se distribuye este mes de junio, podrán disfrutar de dos entrevistas a fondo con protagonistas de indiscutible atractivo: Jaume Plensa y Carme Riera. Sin duda, y si tenemos en cuenta la proyección y el reconocimiento que su obra ha obtenido en diversos países, resulta indiscutible afirmar que Plensa es hoy uno de nuestros artistas contemporáneos más apreciados a nivel internacional. Su trabajo escultórico en el espacio público ha obtenido una valoración muy positiva, tanto a nivel popular como de la crítica. Valgan como ejemplos de ese notorio aprecio colectivo dos obras tan icónicas y reconocibles como la “Crown Fountain” de Chicago o la escultura denominada “Julia”, en la madrileña plaza de Colón. De ahí que, en la conversación exclusiva que publica TURIA y que ha realizado el periodista cultural Javier Díaz-Guardiola, este creador de proyección global declare: “Mi voluntad ha sido siempre la de crear puentes, entre personas, entre culturas, entre épocas”. Por eso, con su labor, siempre ha intentado demostrar la tesis que atraviesa toda su fértil trayectoria: “el arte tiene una capacidad enorme de regeneración y de futuro”.  

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La madre toca a su hijo como si fuese un instrumento.

La culpa se ha vuelto una monedita pintada.

Algo en ella:

clausurado. 

Si tuviera ocho patas

ofrecería a las crías también yo

de mi carne. 

Fíjate en la de las criaturas, que está toda hecha de espejo.

Un brazo vicario y menudo en un

pulso contigo misma.

La ciega, la animal, la jíbara. 

La madre y el hijo negocian su poder con moneditas de plástico.

Comen y defecan ese mismo lenguaje.

Miedo, berrinche, elogio, confianza. 

Por el envés del día va gruñendo la madre su ternura.

Lleva como conchitas colgadas de un collar.

Culpa deber atención pertenencia. 

Se abrazan fuerte para que la dicha no llegue a derramarse.

Frotan de los paños lo que no desearon nunca.

Atándose al mástil de un amor tan fiero

algo en la araña quedó clausurado. 

El hijo y la madre comercian con su placer y su castigo.

Algunas manchas no salen jamás.

Yohana Anaya Ruiz (Estepona, 1994) publica su poemario Diario de un encuentro a través de la Plataforma de poetas por Teruel, revisando de manera lírica, su incursión en la realidad de Centroamérica. Desde Málaga hasta Honduras primero y, más tarde, Panamá. De Estepona a Teruel, donde Yohana se ha dedicado a la docencia y la actividad cultural. 

La primera parte comienza en Málaga, año 2019.  Acción y observación. Escapada hacia delante. Buscar oxígeno y alimento, que el alma se encuentre en sintonía con el cuerpo: «En una cama que huele a libertad» o «Hoy voy a respirar mis propios sueños». Una vida monótona, insípida que se diluye en el paisaje de Málaga: Ámsterdam, Panamá, como un aviso, la eterna longitud del camino y el poeta Fernando Merlo, como una aparición: «Estoy atravesando el mundo/para poder encontrarme». Es clima es un insecto sediento que se apodera del alma al llegar a Honduras: «Soy una flor de plástico sedienta / en mitad de un aeropuerto» o «Repleto de ojos extraños / que quieren arrancarme las raíces / que aún no han nacido». Un país con apetito, un cuerpo desfasado frente al tiempo y el espacio, los sentidos saturados antes señales extrañas: «Y me siento dentro de una canción / que sueña en una radio sin señales». Santos distintos, Rosa, la Santa de plegaria confusa: «En la cocina demasiado espacio/para tan poca comida». Con lo mínimo, frente a ojos desconocidos. «Y hago la cama con unas sábanas sucias que conservarán mi olor». Es un proceso de deconstrucción para la poeta, en casa extraña «Las cicatrices se posan / unas encima de otras: / No hay espacio para tanto dolor». Como una palabra minúscula en mitad de un continente que nos llama, al que llamamos, inmenso: «¿Por qué tanto silencio / sobre mi almohada?» Hambre, riqueza, pantallas europeas, calles pobres y libres para los niños «En Honduras aún existen ojos/que observan su cielo». Y ojos, y presencias y su misma ausencia de España se convierte en algo distintivo. «Venir aquí ha sido / el mejor de mis errores». En las playas de Cayo Cochinos, se mezclan Homero, Hécate, Cronos y Morfeo. El Mediterráneo, padre distante del Atlántico, la arena en la boca, el Pacífico, Centroamérica, respirar el mar en la distancia: «Solo es real la niebla:/los recuerdos no se pueden tocar». El cuerpo lleno de destilados, sangre y vísceras. Todas invadidas por el ejército, novedoso, salvaje: «Somos presente con / ansia de futuro». 

La segunda parte nos lleva hasta Panamá: «Usted me embargó todos los miedos». Soledad, y compartida metamorfosis: «Jingoísmo sobre la sandalia/objeto de tortura para los insectos». Niños que cambian de tierra, pero respiran con un mismo orden, en la distancia se reconocen, juegos y gritos: «El mundo de los tres niños está compuesto de/nubes que lloran/cielos que lloran, /un árbol que llora / y tres voluntarios que sonríen». De Santa Rosa a Santa Clara: «Lloviese o no / estábamos empapados de tiempo». San Carlos, Panamá, cuerpo de tierra, lengua que atraviesa: «Maldigo haberme quedado quieta/mientras tú te hacías dueño de mi insomnio». El cambio, el tiempo que escapa a la casualidad a través del trabajo. «Este sendero conoce todas tus heridas: / esta tierra ya forma parte de tu cuerpo» El humor agrio de la torreta del alcohol, a la miseria pérfida: «Y aquel domingo, / el olor a ira lo invadió todo», Jorge Guillén y Julio Cortázar mezclándose en una ciudad loca de geometría. «Estarán perdidas las viejas/almas del pueblo panameño/eternamente desorientadas/ entre esquinas». El retorno a Málaga, Isabel Bono, Antonio Luque, un amor del montón, pero el montón era mío: «Málaga es un poema dibujado en un mapa, / es una tienda de posibles / de la que todos somos dueños y clientes», el esplendor en la hierba, «Málaga es un imposible / hecho realidad». Un libro que se expande, sensible, que hace del viaje una limpieza del alma, entender Málaga, entender a la poeta. Y hacerlo en la distancia.  

 

Yohana  Anaya Ruiz, Diario de un encuentro, Teruel, Plataforma de poetas por Teruel, 2025.

Firmándola Jean Echenoz, ese gran escritor francés actual, esta novela, la última que aparece (por ahora) traducida, es algo, o mucho más, que una de espías, que también lo es. Es, sí, o también, una parodia del género, pero ojo con hacer de la palabra “parodia”, un lugar común; o si lo es, si se quiere ver así, que sea una parodia, es una inteligentísima novela de espías, con todos los matices que se quiera, y enriqueciéndola -Enviada especial, la novela- con una sutilísima línea de humor. Los lectores fieles de Echenoz recordarán seguro otra novela, Lago (1991, 2016, Anagrama), en la que ya trataba este género de espías, quizá de forma más disparatada, y con un humor de mayor calibre, que esta que nos ocupa. Así que, vayamos por partes. Uno como lector no vive nunca en una cápsula de aire, aislado, y uno desde su capricho, y desde su juego de dados con el azar, se ha encontrado, en este caluroso mes de julio, cuando la envío a la revista, cumpliendo los plazos establecidos, leyendo a Echenoz a la vez que disfrutaba (re)leyendo a Boris Vian y  a  Jean-Patrick Manchette, esos dos estupendos escritores que, siéndolo ambos, escritores, han engrandecido desde siempre la novela policiaca a la manera francesa. Pues lo mismo ocurre con esta novela, una de espías, del gran Echenoz, un autor emparentado con, entre otros, dentro de la órbita del país vecino, Pierre Michon (por cierto, a Michon le entrevistan en el canal francés internacional TV5, que la protagonista femenina de la novela encuentra en la capital de la hermética Corea del Norte, a lo de Corea voy enseguida: lo de TV5 no sé si es sano y añejo chauvinismo, Echenoz sabrá, pero al parecer se ve en Pyongyang). Echenoz  es autor de un buen número de novelas largas y, muchas, cortas, muy abundantemente publicado en España (en Anagrama, sobre todo) y en mi reciente memoria de lector está esa trilogía -estupenda- de vidas noveladas dedicadas a Ravel -el músico-, al corredor checo Tras el Telón Zátopek -Correr- y al desdeñado y recuperado Hombre de Luces, Tesla -Relámpagos-, además de una brevísima y hermosísima historia sobre la Gran Guerra -14: no cabe más precisión minimalista…-. Estas, en fin, han sido mis lecturas de Echenoz más recientes, en la fresquera me quedan otras, aguardando la ocasión propicia, hasta encontrarme, ahora, con esa sutil y elegante novela de espías, no excesivamente paródica -que sí- y levemente humorística -que también. ¿Y Manchette y Vian? No tiene esta de Echenoz la violencia y la rabia de las de Boris Vian, ni la carga política de las de Manchette, pero de los dos algo tiene, sí, Enviada especial. Una novela que, como las clásicas del género -insisto, una de espías-, sigue más o menos la plantilla que está obligado a usar, para desde la primera página no dejar de ser Echanoz, de ir por su cuenta. Se nos muestra, sí, una leve intriga, una cierta -y disparatada, acaso inverosímil, también- operación encubierta de los servicios secretos franceses, o un empecinamiento de un general de esos SSF que aspira a hacer méritos sin encomendarse ni a dios ni al diablo -ojo, que esto no es un spoiler-. Tal vez a Echenoz del género, de los servicios secretos, de las operaciones encubiertas le atraía lo disparatado que ayer y hoy se esconde tras el mundo del espionaje: uno, este lector, el que no vive en una campana de cristal, ha sido muy partidario, estos meses de atrás, de las dos temporadas de Oficina de infiltrados, las peripecias de los servicios secretos franceses “en tiempo real” en Siria e Irán: una serie estupenda, un auténtico succès televisivo en Francia. Pues bien ese sutil humor, convenientemente subrayado y nada grueso, que uno veía en esa serie, lo encuentro, magnificado por el oficio literario de Echenoz, en esta estupenda novela. Una novela que tiene tres partes, la captación del personaje femenino para que haga de matahari en Pyongyang, el secuestro-preparación de la misma y la puesta en escena de sus encantos allá lejos, en la capital norcoreana. Echenoz utiliza ciertas (mínimas) convenciones del género para manejarlas en su terreno (literario). Le interesa más el ir y venir de sus personajes literarios por París, que la acción puramente aventurera. Y ciertamente ninguno del elenco tiene papel (insignificante) sin palabra de relieve. Todos, gracias a la pericia del autor, quedan atrapados en la tela de araña del lector o más bien este queda atrapado en la de Echenoz. Este se nos presenta todo el rato a pie de calle, literalmente a pie de obra, mezclándose con sus personajes, como si fuera uno más, omnisciente, eso sí, al modo decimonónico, quedándose ora con el lector, ora con uno de los personajes, al que le toque la china. Este acercamiento algo forzado –algo: hay que decirlo- le sienta bien a la postre al texto, levemente parodiado, como si Echenoz se burlara de las convenciones del género. Este carácter paródico, este uso, que no abuso, del humor se muestra más claro y evidente en la apoteosis final, la frustrada –y no digo más, que vivimos en tiempos de spoiler- operación norcoreana. No sé si Echenoz conoce de primera mano Corea del Norte, si ha estado allí, o se ha documentado a fondo, pero describiendo esa realidad, ese artificio de país, parece como si se hubiera divertido ante tanto disparate a mayor gloria del Nietísimo, el Líder Supremo (también es verdad que ayuda mucho a tanta risa esa pareja tan tintinesca, con algo de Hernández y Fernández, que son los dos guardaespaldas de la matahari inmovilizados por las estrictas normas norcoreanas). Estas páginas, por cierto, me han recordado mucho un viaje tolerado, organizado y controlado que realizó el escritor portugués José Luis Peixoto a aquel país y que con el título de Dentro del secreto. Un viaje por Corea del Norte editó no hace tanto Xordica Editores. En el libro de Peixoto, como en el de Echanoz la realidad es mucho más paródica que la ficción. Y de esto trata, entre otras cosas, esta novela, una de espías. No solo.- JAVIER GOÑI

 

 

 

Jean Echenoz, Enviada especial, Barcelona, Anagrama, 2017.

 

 

 

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