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Configurar sentido descendente

Rob Riemen, en defensa del humanismo

25 de agosto de 2026 12:04:16 CEST

Un poco de contexto

Si, a pesar de las promesas emancipadoras de progreso técnico científico, se ha instalado la más zafia posmodernidad propagando su ubicua autoironía, si progresa la división de la humanidad, si se intensifica la destrucción del planeta, si aumentan el miedo y la violencia, si se aloja la sensación reprimida de que todos nos encontramos atrapados en un sistema indeseable que no podemos cambiar, si seguimos ignorando en qué consiste ser humanos, si la recurrente presencia del mal, la injusticia, la codicia y el sufrimiento nos rodean, Rob Riemen se suma con paso decidido a la lucha de las ideas y nos ofrece un consuelo esperanzado atendiendo a lo que considera la clave del problema: la educación del ser humano. La sociedad ha relegado el acceso a una oportunidad de regeneración basada en una verdad humana de pretensión universal de la que Riemen se erige en portavoz. Frente al adocenamiento materialista, la simple estupidez y la decadencia consiguiente, pretende rescatar los valores humanitarios clásicos cuyas raíces filosófico-políticas se hallan en Sócrates y Platón. En su obra destaca la fuerza del espíritu humano para afrontar los rasgos desmotivadores de una cultura que obtura la posibilidad de alumbrar un futuro en el que el ser humano se reconozca en la mejor versión de sí mismo.

Rob Riemen es un pensador neerlandés que fundó en 1994 el Nexus Instituut, un foro independiente que cuenta con la colaboración de renombrados intelectuales de todo el mundo. El Instituto dirige sus esfuerzos de reflexión y debate a rescatar la tradición humanista europea para acercarla al público en general, desarrollando un encomiable diálogo en busca de la verdad y la civilidad amenazadas. Entre sus fines más importantes, busca contrarrestar la prevalencia que han adquirido en la sociedad actual el enfoque unidimensional de la ciencia, la tecnología y los valores comerciales. Este proyecto enmarca la publicación de obras –que en España está traduciendo la editorial Taurus– en las que, a través de la revisión de sucesos fundamentales e hitos de la cultura, se reúnen asuntos dispares sobre los que el autor exhibe un vasto conocimiento de la mejor tradición del pensamiento, el arte, la historia y la literatura occidentales. Su discurso resulta enormemente atractivo por el estilo empleado, en el que su impecable dominio del lenguaje y de los tiempos de la narración, a medio camino entre lo académico y lo figurativo, entre lo literario y lo filosófico, rompen las limitaciones que pretenden separar y especializar los saberes. Sus textos, siempre elocuentes e iluminadores, adquieren un tono esencialista, ejemplificador, admonitorio en ocasiones, pero sobre todo poblado de vitalidad, sensibilidad y delicadeza mostrando a un intelectual conmovedor y esperanzado que activa la imaginación del lector, alienta su moral y potencia sus facultades superiores. Utilizando con maestría narrativa el lenguaje legado por los clásicos, mezclando intimismo y alta cultura, Riemen apela a nuestra conciencia para rechazar los excesos del cientifismo y el interés económico. Sin embargo, su crítica no entronca, por ejemplo, con la línea postmarxista de la Teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, ni tampoco con el postestructuralismo francés de genealogía nietzscheana; aunque en ocasiones pueda existir alguna similitud con estos movimientos, su propuesta no se centra en el análisis de lo sistémico, sino que, sabedor de que toda civilización gira en torno a la actitud ante la vida que mantienen sus integrantes, dirige su discurso al carácter moral del individuo, rehuyendo la acritud y el pesimismo para descansar sobre una ontología de lo humano y unos valores fuertes que buscan restaurar una senda difícilmente accesible en los tiempos actuales, pero que ha encontrado importantes paladines en todas las épocas.

Quizá la relativa novedad del trabajo de este intelectual consista en señalar que los excesos y la banalización presentes en la cultura contemporánea no son algo de hoy, aunque en nuestra era hayan alcanzado cotas incomparables; como revelan los asesinatos de Sócrates, Leone Ginzburg o Jan Patocka, Riemen considera que siempre ha existido un combate entre las tinieblas y la luz, la esperanza y el nihilismo, la tiranía y la libertad… La propuesta del holandés se remonta a Sócrates, y ya sabemos que esta vía, desde que disputara con el relativismo y escepticismo de los sofistas, siempre se halló en minoría y amenazada por los tiempos. En la actualidad siguen dándose nuevas versiones de esta vieja contienda, una crisis múltiple que refleja una amenaza civilizatoria: la violencia parece ser una alternativa más duradera que la paz; la mentira la cara más vista de la verdad; la venganza la forma que suele adoptar la justicia; el triunfo económico y social la única manera en que el éxito puede desearse… Ante este panorama, nuestro autor recupera y enaltece escritores, argumentos y planteamientos que, aunque en la mayoría de las ocasiones no han logrado imponerse, acumulan un valor intelectual cuyo fuego nunca se ha apagado. La acertada reunión de artistas, autores y pensadores teje una red nada azarosa de coincidencias al servicio de un objetivo: perfilar en sus contornos precisos y, a la vez, rescatar el humanismo. De este modo, Riemen pretende insuflar en nuestra cultura el aliento liberador de unos valores éticos y estéticos casi olvidados. La belleza, la serenidad, la coherencia, la firmeza, la valentía, la armonía, la contemplación, son anhelos humanos reprimidos por un sistema mutilador que empuja nuestras conciencias hacia el miedo activando la agresión. Frente a esta amenaza, la prosa de este escritor atesora la virtud de inspirarnos, lo que resulta excepcionalmente difícil en esta época de ruido; sus textos indican con precisión y elegancia el lugar hacia el que dirigirnos en el paisaje de la cultura facultándonos para la belleza, la compasión, el bien y la verdad.

 

La amenaza del fascismo

 

El declive moral y cultural va acompañado de la sombra inquietante del fascismo. Combatir las amenazas totalitarias a la libertad es difícil porque, entre otras cosas, el fascismo se beneficia de la resistencia a aceptar que ese virus está presente de nuevo en nuestras sociedades. Pero olvidar la historia conduce a repetirla. A Riemen, como a tanto espíritu ilustrado, le preocupa el auge del fascismo que, bajo el calificativo de populismo, está arraigando en el occidente desarrollado poniendo en peligro la civilización democrática. Sin embargo, compartiendo un juicio que extrae de Thomas Mann, el fascismo no es principalmente un fenómeno político, sino que hunde sus raíces en la cultura. A diferencia de otros pensadores, su análisis no concibe el fascismo un corolario de la economía capitalista, sino el resultado de la potenciación de las emociones irracionales que anidan en el ser humano y que encuentran en el resentimiento, el odio, la xenofobia, el deseo de poder y el miedo sus expresiones más terribles. La crisis, la inseguridad económica, las amenazas del terrorismo son el caldo de cultivo de ese miedo, pero el miedo desemboca en fascismo cuando encuentra un apoyo fundamental en la ignorancia. La transmisión de la cultura representa el mejor antídoto para librarnos de esa estupidez que facilita el avance del miedo. No podemos renunciar a una educación en la que los conocimientos que aportan las humanidades –la filosofía, el arte, la historia– nos otorguen la adecuada comprensión del ser humano y del hecho social. Las humanidades ofrecen la posibilidad de alcanzar una construcción moral que nos abra a encontrar un significado profundo a nuestras vidas vacunándonos contra la expansión del peor lado que se halla escondido en nosotros mismos, ese enemigo interior que es el fascismo y que desemboca, según la historia nos ha demostrado, en despotismo y violencia. La educación humanista guarda la auténtica sabiduría que nos faculta para que nuestros actos acompañen a nuestros pensamientos y así obtengamos la capacidad de ser justos.

Además de la ignorancia, Riemen indica otros elementos que prefiguran la aparición de la actitud fascista: sobre todo, el declive de los valores morales y espirituales que amparado en un subsistente nihilismo abandona a las gentes a sus pasiones y deseos; también la atomización social, la proliferación de individuos aislados ajenos al destino de los otros. Desaparecida la ética, desaparece la cultura –en el sentido de cultivo del alma–, así como el ideal de que debemos esforzarnos por superar nuestra condición animal y mejorarnos a nosotros mismos, reconocer nuestra humanidad común, responsabilizarnos y esforzarnos. Incapacitados para utilizar nuestro intelecto con el propósito de edificarnos moralmente, entregados a nuestros deseos, emociones, impulsos, temores y prejuicios, buscamos una falsa libertad mientras nos hallamos a merced de la irracionalidad y el poder. Expulsados los valores intelectuales, el esfuerzo, la dificultad, esa libertad conducirá a la reacción violenta ante cualquier traba que obstaculice la satisfacción de nuestros deseos más primitivos y excesivos. Y cuando la democracia se convierte en el gobierno de ese hombre-masa, es la propia democracia la que desaparece entregada al populismo. Si la política queda reducida a mera lucha por el poder a través de la propaganda, se estimulará la agresión y el enfado envueltos en una atmósfera de odio y resentimiento.

Es un lugar conocido en la investigación social que el miedo resulta una de las causas más poderosas para incentivar la violencia. Por lo tanto, combatir el miedo es prioritario, si queremos construir una sociedad sana y libre en la que los individuos alcancen una convivencia justa, en armonía con la naturaleza y los otros. A juicio de Riemen –que sigue en este análisis a Erich Fromm– el miedo a la auténtica libertad conduce a adaptarse a las circunstancias sin desplegar la propia individualidad. Cobijado el miedo en el vacío existencial, esa adaptación favorece una identificación del éxito con la fama y la posesión de bienes materiales. Una sociedad en la que prima más el tener que el ser y que, en consecuencia, potencia el consumo y el entretenimiento para enmascarar el vacío y la ansiedad que lo acompaña. La decadencia es inevitable, el miedo a perder lo único que se posee –el dinero y las cosas materiales– aumenta la probabilidad de una explosión violenta. La facilidad que conceden las sociedades contemporáneas para satisfacer determinados deseos hace olvidar que el bienestar, pero también la libertad, la justicia o la autenticidad no vienen dados, sino que hay que esforzarse tanto para su conquista como para su mantenimiento. La virtud o el conocimiento nunca son fáciles de obtener, exigen un cultivo del alma; pero para lograr esa bildung se necesita creer en la existencia de unos valores superiores que sirvan de guía e iluminación. Reconectar con la esencia de Europa, más allá de una mera unión comercial y económica, con el humanismo, con la genuina vida democrática basada en el deseo de verdad, belleza y justicia, con el cuidado del alma y la construcción moral del individuo, son los antídotos más efectivos para hacer frente a esta amenaza.

 

Una propuesta positiva: la nobleza de espíritu

 

Hace ya demasiado tiempo que sabemos de la omnívora capacidad del mercado para asimilar cualquier fuerza discrepante. La masa de las mercancías funde negocios y política, beneficio y prestigio, necesidades y publicidad. Sabemos que si existen voces disidentes se encuentran demasiado sofocadas y desactivadas para propagarse de manera efectiva. El conocimiento ha mutado desde un proyecto emancipador hasta convertirse en una mera mercancía sujeta a compraventa. Hace décadas que no existen agentes capaces de producir un cambio social ante un poder omnímodo tan intangible como real. Desmotivación, falta de esperanza, crisis de valores, puro cinismo vacuo, pesimismo e hipnotismo se extienden buscando asegurar la cuenta de beneficios. Una pomposa racionalidad patrocina eficacia y crecimiento económico, mientras identifica la ciencia con la única verdad ignorando que sólo ofrece hechos y datos, pero es incapaz de crear sentido o valorar. Riemen no considera que todos estos peligros puedan desaparecer de pronto, pero ante ellos defiende el poder transformador que posee la difusión de un ideal casi olvidado: la nobleza de espíritu. El problema es que hoy hasta el propio término se considera improcedente y el ideal que en él subyace se encuentra tan desacreditado como olvidado. El libro que su autor titula con ese nombre lo dedica a recuperar diversas expresiones paradigmáticas de esa noción en figuras claves como Sócrates, Spinoza, Goethe, Walt Whitman, Émile Zola, Thomas Mann, Robert Musil, Leone Ginzburg, Edmund Husserl, Albert Camus y muchos otros que decidieron ser valientes en situaciones desfavorables. A través de múltiples ejemplos y con el propósito de contribuir a nuestra educación y aliento, el holandés señala un camino que otros recorrieron antes en favor de las causas de la justicia, la verdad y el bien.

Las instituciones y el derecho de voto no bastan para fundar una comunidad democrática genuina; si en su seno no se instaura un adecuado clima espiritual, sin la fuerza vivificadora de la nobleza de espíritu, las leyes e instituciones que nos gobiernan se convierten en letra muerta y su degeneración es inevitable. Son muchas las inercias fatales, hacen falta fuerza, perseverancia y tenacidad para hacer realidad las elevadas metas de nuestras declaraciones de principios. La nobleza de espíritu dota al ser humano del carácter apropiado para que nuestros ideales cívicos no queden en meras intenciones. Riemen, considerando que la ética personal es más importante que las instituciones sociales, apela a la conciencia individual recordando que la persecución de la nobleza de espíritu implica apartarse de una sociedad que pretende hallar la felicidad en la obtención de la riqueza, el poder o la fama, sin saber que solo son espejismos que no pueden brindar al alma serenidad ni dicha duraderas. De Sócrates aprendimos que la vida que merece la pena vivir es una vida examinada, en la que seamos valientes, es decir, en la que encontremos el coraje de ser sabios, de atrevernos a actuar en circunstancias difíciles, de responder de nuestros actos, de distinguir el bien del mal y de mantenernos fieles a la búsqueda de la verdad. Por el contrario, una vida acomodaticia, adaptada a las demandas de la sociedad actual, nos desvía del sentido que únicamente una educación autoexigente puede revelarnos. Ese camino de ejercicio e indagación propiciado por una buena instrucción habrá de sustentarse en la razón para encontrar la íntima unión entre libertad, verdad y felicidad. Sin embargo, lo novedoso, la velocidad y el progreso han sustituido la calma imprescindible –que, por ejemplo, conservan las obras del gran arte– para que la templanza y el valor, virtudes necesarias para afrontar la vida y también su caducidad, sean recuperadas en nuestro horizonte de aspiraciones morales. Aprovechar el tiempo para desarrollar nuestra capacidad de autotransformación es una enseñanza que Riemen toma de Goethe y Thomas Mann. El tiempo debe ser utilizado sin tregua para perfeccionarnos hasta alcanzar la persona que debemos ser. Esta lucha interior requiere de una educación basada en un cierto orden que reconoce lo superior y de una aspiración a la verdad, aunque esta última requiera de formas nuevas en las que experimentarla. La democracia resulta imprescindible, pero, si no queremos que se convierta en campo abonado para la demagogia, se precisa una ambición dirigida a elevar la vida intelectual de los ciudadanos al nivel de los mejores. La prosperidad y la seguridad son condiciones de la civilización, pero no constituyen su esencia: el diálogo basado en razones, el pluralismo y ante todo el respeto a la vida humana, articulan su fundamento. Por eso, la civilización implica la negativa a recurrir a la violencia para promover cambios políticos. El ansia de justicia, por ejemplo, de justicia económica, en ausencia de los valores propios del humanismo, conduce al terror. El fanatismo ideológico y la miopía intelectual que acuden por sistema al victimismo amparan sus demandas en la manipulación y la mentira. Las perspectivas interesadas se alejan de la verdad que es atemporal, desinteresada y no utilitaria. Riemen invita a elevarnos por encima de la ideología, de la política que divide, que defiende firmemente a través de abstracciones lo uno o lo otro, para, en su lugar, adentrarnos en el mundo del espíritu que plantea dudas, que cuestiona, que erige el discernimiento y la sensibilidad y, sobre todo, que valora el respeto al ser humano concreto en su esfuerzo hacia la verdad y la libertad. Los obstáculos son múltiples. Muchas veces es el amor al poder el que empuja a perder la integridad intelectual y la independencia de pensamiento. Otras veces, es la absolutización del paradigma de las ciencias naturales la que conduce a arrumbar los valores que guían la vida humana hacia la plenitud, ignorando que, para interpretar la realidad, para desvelar el significado de los hechos y de los datos, se requiere de unos valores que sirvan de guía. Vivir auténticamente, tener compasión, crear belleza y ser justos no es algo a lo que las ciencias naturales puedan enseñarnos por sí solas, necesitamos la aportación que los conocimientos humanísticos garantizan.

 

Algunos comentarios adicionales

 

Habrá quien considere que el trabajo de este autor peca de ingenuo en un contexto en el que la ciencia y la tecnología continuarán su avance imparable en el marco de una economía capitalista que promociona valores diametralmente opuestos a los defendidos por el humanismo. Es probable que su apelación a la conciencia personal no afecte a unas estructuras que extienden un individualismo insolidario atento únicamente al propio bienestar material. En ese acaso, los textos de Riemen, afectados de ausencia de recomendaciones normativas o de regulaciones dirigidas a las instituciones, pueden tornarse poco eficaces. Pero los intereses del pensador holandés apelan a la persona; su convicción sobre el papel que deben jugar los intelectuales en el debate de las ideas condiciona una propuesta destinada a inspirar los pensamientos y potenciar la agencia de aquellos individuos con quienes conecte su sensibilidad y compromiso. Este proyecto ofrece esperanza frente al miedo, urgiendo a nuestra voluntad e inteligencia para acceder a los conocimientos humanísticos y así modificar nuestra praxis. Su mayor logro se halla en la capacidad para expresar con claridad, sencillez y fuerza las creencias y los valores que nos constituyen como seres humanos, su máximo potencial anida en inspirar nuestro pensamiento y motivar nuestra acción.

También puede argumentarse que la posición fuerte que Riemen adopta respecto a la verdad, la felicidad y el ser humano se sustenta sobre una determinada concepción metafísica que el desarrollo de la filosofía occidental ha relegado. Sin embargo, el neerlandés sostiene que ahí reside uno de nuestros mayores errores culturales: el auténtico conocimiento nunca puede renunciar a la metafísica, a la pregunta sobre la condición del ser humano y el sentido de la vida. Es en este contexto donde se vindican las humanidades y las artes que constituyen su lugar paradigmático de expresión y reflexión. De otra manera, su planteamiento puede parecer una afrenta a la irrenunciable pluralidad democrática necesaria para un diálogo abierto y fecundo; pero el trabajo de Riemen despeja esta crítica en cuanto se remite a lo esencial filosófico, a una duda, a una indagación que se origina en la negativa a aceptar que alguien o algo ostente el monopolio del saber. La libertad de pensamiento y la pluralidad son los rasgos insoslayables de una investigación en la que efectuar preguntas oportunas reporta más beneficio que repetir respuestas sin haberlas examinado críticamente. La existencia de una verdad absoluta no implica su posesión, sino solo la creencia de una dirección a la que encaminarse. Esta puede adoptar diversas formas en el tiempo; debemos permanecer atentos a esos cambios sin renunciar a un horizonte de certeza.

Puede que vivamos en un mundo que renunció a los horizontes últimos de verdad y sentido, un mundo en el que el ser se halla disuelto y la ontología sea una quimera, de modo que la concepción metafísica platónica y los valores atemporales en los que apoya su propuesta Rob Riemen, al sustentarse en un esencialismo universalista que muchos asumen periclitado, se considere superada. Estamos rodeados de escépticos que no creen que puedan ofrecerse indicaciones generales sobre qué es una vida buena o una vida que merezca la pena. Pero aun considerando que Nietzsche esté en lo cierto y el ser humano invente en qué creer sin fundamento alguno, no somos indiferentes a las consecuencias de nuestras construcciones culturales a efectos prácticos. Por eso, y a pesar de las debilidades de la razón, debemos decidir y defender con convicción aquellos valores que expresen el mejor modo en el que deseamos existir. El relativismo nos vuelve impotentes ante la violencia y la tolerancia convertida en valor absoluto se alía con la falsedad; la injusticia o el error no posibilitan una buena convivencia; únicamente las creencias que arraigan en nuestro interior pueden ser fuente de motivación y acción transformadora. Riemen señala la necesidad de preservar, a la vez que promocionar, la democracia liberal –que frente a la política segregadora defiende un objetivo cosmopolita–, los derechos humanos y, ante todo, la educación basada en los valores morales universales representados por la tradición humanista europea en la que destaca la libertad, la valentía, la responsabilidad, la crítica independiente, el amor al prójimo y a la verdad. ¿No parecen valores estimables? ¿Cuál es la alternativa?

 

Escrito en Lecturas Turia por Rubén Benedicto Rodríguez

Fin

25 de agosto de 2026 11:48:26 CEST

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sigo creyendo en cosas

 

eso dijo

 

mirándose los peces derramados

el cuarzo de sus ojos

el gallo en la veleta de sus manos

 

sigo creyendo en cosas

que no creen en mí

 

en cosas que desmienten lo que digo

como saurios de harina

 

y así me va

 

eso dijo también: y así me va

 

y yo le dije entonces

 

sigo creyendo en ti

 

y en recoger los peces

de cuarzo la veleta

de harina

los saurios de las manos

 

pero entonces

me miró desde el fondo de una piedra

y me dijo me dijo

 

sigo creyendo en cosas

y ninguna eres tú

Escrito en Lecturas Turia por Jesús Aguado

No recuerdo en qué momento preciso conocí a Marta Agudo. Tengo la sensación de haberla sentido cerca desde siempre. Podíamos estar meses sin coincidir, pero cuando hablábamos, volvían las sinergias que sólo funcionan con algunas personas y que hacen que sintamos como si hubiéramos estado con ella el día anterior.

Debimos de encontrarnos a comienzos de los años 2000, cuando ella fue a vivir a Madrid. Marta encontró en Madrid, como ha relatado Jordi Doce, un espacio propicio para encauzar sus inquietudes literarias: creó y dirigió la colección de poesía y pintura El Lotófago, de la Galería Luis Burgos; dio clases de escritura creativa en Hotel Kafka; fue miembro del equipo de redacción de la revista de poesía Nayagua, que edita la Fundación Centro de Poesía José Hierro; publicó (junto con Carlos Jiménez Arribas) Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (2005); ese mismo año se doctoró en Filología Hispánica con su tesis La poética romántica de los géneros literarios: el poema en prosa y el fragmento en el siglo XIX en España. En 2010 publicó, junto con Jordi Doce, Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente, autor al que dedicaría también otros estudios. Se ocupó también de traducir a Joan Vinyoli y editó algunas obras de Ana María Navales y Paca Aguirre. Además, y esto es lo más importante, publicó cuatro libros de poemas magníficos, de una coherencia, una intensidad y una verdad apabullante, un legado que crece día a día, a pesar de su aparente brevedad: Fragmento (2004), 28010 (2011), Historial (2017) y Sacrificio (2021), aparente porque escribir debió de escribir algunos libros más que no llegaron a ver la luz por su exagerada autoexigencia.

Para preparar este artículo he vuelto a leer sus libros, sus textos, sus entrevistas, los artículos dedicados a su obra… y he vuelto a abrir también los correos electrónicos suyos que conservo en la bandeja de entrada de mi ordenador. Y han regresado, de forma muy precisa, las afinidades electivas que compartimos: la devoción por Góngora, por el Barroco y por Valente; la comunión con algunos amigos, sobre todo en torno a la revista Nayagua, y a la Fundación José Hierro y a esta revista Turia, de la también era colaboradora (donde siempre había un pretexto poético para encontrarse); compartimos también un punto de vista crítico respecto a la situación de la poesía y la cultura contemporánea, capitalizada cada vez más por la publicidad y el mercado; nos unía así mismo el amor por el lenguaje, ambas habíamos estudiado Filología Hispánica… Había otra afinidad, ésta no elegida. Yo también había hecho la travesía del cáncer, un linfoma; hacía ya más de veinte años cuando a ella se lo diagnosticaron. Entonces intenté convencerla de que, si yo lo había superado, ella también podría hacerlo. Pero no fue así.

Como es obvio, escribo desde esas afinidades que nos vinculaban en la amistad, pero voy a tratar de  trazar algunos rasgos de lo que la hace única, lo que singulariza su escritura, porque ella no se parecía a nadie y encontrar una voz propia fue una de sus grandes obsesiones, hasta convertirse también en tema recurrente y metapoética interna en sus poemas, una batalla con el lenguaje, en la que ganó, –esta vez sí–, un lugar destacado entre los poetas de su generación, como puede verse en su poesía, que cada día crece en intensidad y nos sigue interpelando con más fuerza, desde esa voz que sólo es idéntica a sí misma.

Marta era filóloga vocacional. Le gustaban las palabras y eso se nota no sólo en sus críticas, en sus ensayos y en su poesía, sino también en su lenguaje directo, en su devoción por los juegos de palabras. Se manifestaba en su conocimiento de la tradición («Góngora, el maestro de la metáfora y la creatividad más audaz que sigue representando para mí la modernidad poética») y en su forma de transgredir y llevar al límite las palabras, de interrogarse por el sentido y buscar nuevos cauces del decir («porque acudes incierta/ a las palabras/ por verlas tiritar») (Fragmento). Letrada, pero irreverente, respetuosa con los maestros, pero siempre explorando nuevos territorios.  Como escribe Eduardo Moga, Marta era una de esas personas «poseídas por el lenguaje, esto es, conscientes de que el lenguaje nos configura: nos da el ser».

Y la Filología le dio a ella un esqueleto para su poesía. Como confesó en varias ocasiones, no era autora de poemas sino de «libros de poemas», necesitaba una estructura, un territorio donde sostener las palabras: «Nunca he sido autora de poemas sueltos, sino de libros, de conjuntos poemáticos. Necesito una estructura, algo así como un armazón generador que impulse el surgir de las palabras y las ordene», escribe en la nota que acompaña a su primer libro.

Esa estructura «filológica» no es únicamente aplicable a cada uno de sus libros y de forma explícita al segundo (28010), donde están a la vista las columnas vertebrales que la sostienen: Fonética, Sintaxis, Geografía, Secuencia, sino que la Lingüística y sus derivaciones, van a ser cimiento y soporte también de sus siguientes libros. Así, todos ellos se tejen a su vez en una estructura conjunta, que traza una circularidad de sentido, el ouróboros, ya señalado por Julieta Valero en su epílogo a la reedición de Fragmento: «Fragmento contiene su futuro poético… una condensación anticipatoria… todo estaba ya aquí» y conforma un «conjunto poemático» coherente.  Ese círculo que es también para la poeta «vida: existencia capicúa: nada-vida-nada” (Historial); «…El que nació con actitud de regreso» (Historial); «Entra en esta cadena irreversible y procura trazar la circunferencia del yo. ¿Estancia o desborde?»  (Sacrificio).

El homenaje gongorino de versos encadenados de su primer libro, o los puntos suspensivos que pespuntean los siguientes, van dibujando ese ouróboros con la apelación constante al origen, la auscultación de una genealogía y la memoria iniciática que en algún lugar se anuda al final inevitable, al destino seguro en la muerte… Así la Lingüística se impone como registro de la «angustia existencial» de ese transcurrir, como «desolación metafísica» («el relato de cómo se avanza hacia la muerte, de la nada a la nada», que diría Antonio Gamoneda); y como determinante del lenguaje poético en la conciencia del dolor, en el intermedio corporeizado, ese breve paréntesis de nombrarse materia efímera y en vilo, ese tiritar del lenguaje.

Por ello, me atrevo a aproximarme a sus versos emulando en estos breves apuntes parte de esa estructura lingüística para comprender un poco más su idioma poético, el lenguaje que configura de alguna forma su identidad y sus obsesiones como escritora.

 

Fonética

 

Así la voz, la forma de entonar en dialéctica con el silencio (tendencia poética a la que se la asimiló en su momento y que se queda escasa para definir su trayectoria). La música de las palabras, hasta el roce del aire al respirar, aunque sea en los confines más inhóspitos del ser, busca decirse a partir de esos primeros fragmentos, astillas, leves esquirlas, células o aforismos encadenados. Los sonidos y su representación escrita, la forma de decir un cuerpo y conjugarlo. Disponer cada letra, pronunciar cada nombre y hacer vibrar el espacio de la página en blanco. Un intento de inaugurar la vida de nuevo sin herida, trazar nuevos signos a partir de esas partículas esenciales. En toda su escritura hay un afán de poner en pie el cuerpo del lenguaje: «vértebra a vértebra yergues el discurso» (Fragmento), corporeizarlo, al tiempo que un afán por desintegrarlo para volverlo a fundar con otros nombres posibles. 

Desde su primer libro, ese afán de recoger las señales, las partículas mínimas del lenguaje, las células del significado: «Morse, zarza escrita. / Lenguaje hecho de tildes/ y puntos sobre pieles». Escritura que es tatuaje y cicatriz. El punto aparece como máxima concentración del sentido, el límite donde comienza y termina el lenguaje: «Anula el punto innúmeras palabras» (Fragmento). Nudo o nodo, extremo del ovillo donde arraiga todo el lenguaje. Ese punto fronterizo con el silencio, minimalista «lengua que abreva/ en la piel de los silencios» (Fragmento). Un motivo, el del punto, que volverá a hacerse presente en su libro final Sacrificio: «Lentamente contaré mis huesos uno a uno para que el punto final no sepa más que yo».

Es interesante observar la paradoja de cómo esa deconstrucción de las unidades más pequeñas que puedan ser indivisibles, de las mínimas partículas, es además recolección para armar otro sentido: «Dadme mis letras para recomenzar […]. Dadme, aunque sea un cero, pero uno completo, / cuadrado y sin fisuras» (28010). Aunque las letras, como las células, como las neuronas, a veces llevan impreso un signo de muerte: «neurona enferma/ que gira su curso/ ferviente hasta la red» (Fragmento); «…Mientras vivir se escriba con v de vacío…» (Historial).

A pesar de esa intuición de muerte anticipatoria, hay una búsqueda para recomponer el ser, para trazar esa identidad, que pasa por identificar un sujeto y sus complementos: «Ser en destrozos» (Fragmento), desmenuzar-se, en trazos, en metralla, ser en astillas y añicos. «Deletrea a fin de reconocerme». Así ese comienzo de 28010: «Me llamo Marta. Me llaman Marta», como certificado del nombrarse o ser nombrada.

En Historial volverá a pedir: «Dadme las siglas de una ajustada duración porque en el signo “más” el germen de los significados, las raíces del árbol que se empeña». La necesidad de decir desde la raíz del verbo; para que la cadena no se rompa en su germinar, es preciso anudar esas raíces porque: «Si en algún momento la cadena se rompe será la interrogación, la caligrafía borrosa del que se preguntó quién era él exactamente» (Historial).

Y en su último libro Sacrificio, comenzará precisamente su primer poema reclamando esos signos, esos eslabones perdidos en forma de vocales: «Ven y díctame las vocales de aquel soplo inicial para / que cada engranaje revierta su torreón y cualquier falla / tectónica aspire a ser verdad que no sangra. Pulmón y brisa…». Verdad sin dolor.

Conjugar los signos para descifrar los secretos del existir, como decía Calvino en una de sus Seis propuestas para el próximo milenio refiriéndose a: «una larga tradición de pensadores para quienes los secretos del mundo estaban contenidos en la combinación de los signos de la escritura: el Ars Magna de Raimundo Lulio, la Kábala de los rabinos españoles y la de Pico de la Mirandola… El mismo Galileo verá en el alfabeto el modelo de toda combinatoria de unidades mínimas. Después Leibniz…».

 

Morfosintaxis

 

Pero ¿cómo se forman las palabras y las frases?, ¿cómo las palabras arrastran su herencia y dictan su destino implacable? ¿Cómo ordenar «las sílabas del daño»? (Sacrificio). Tal vez las palabras declinadas en versos nos puedan decir con la morfología del pájaro («Y entre lo que soy y seré, una bandada de verbos» (28010). Cuando las palabras se desprenden de su peso: hacerse pájaro, soltar el lastre de lo utilitario para volar más libre, como en ese final de Del caminar sobre hielo de Werner Herzog: («Durante un breve y delicado instante algo muy dulce traspasó mi cuerpo agotado. Le dije: abra la ventana, desde hace unos días puedo volar».

Y tal vez conseguir la levedad necesaria para sobrevivir frente a la gravedad de existir. Como añade Calvino: «A la precariedad de la existencia de la tribu –sequías, enfermedades, influjos malignos– el chamán respondía anulando el peso de su cuerpo, transportándose en vuelo a otro mundo, a otro nivel de percepción donde podía encontrar fuerzas para modificar la realidad». El poeta como chamán o mago.

«¿Cómo nace entonces/ del verbo la honda mies?» (Fragmento) ¿Cómo armar el sentido de la escritura y de la vida desde el «espacio herido para el nuevo verbo»? (Fragmento) se pregunta la poeta en su primer libro. Ese espacio herido es la herencia, la genética que no sólo se aloja en los genes («¿Se hereda la estructura mental de lo escuchado?»), se preguntará en 28010. Hay una pulsión de fuga, un deseo de huir de ese determinismo genético y de los espacios dados: «¿Hacia dónde, pues, trazar la fuga?» (28010). La necesidad de «Volver a generar una sintaxis que no tenga filiaciones» (28010). La morfosintaxis concebida como «Repetición tras repetición para ir creando oraciones; llanura en la que tenderse a balbucir» (28010). Y como escribe al final de ese mismo libro: «Pero sujeto y verbo de nada sirven para mi boca antigua» (28010) Necesita fundar nuevas estructuras que se adecúen a su boca, a su poesía, a su decir. Encontrar su propia voz en la que el sujeto pueda predicarse: «Busco en qué punto de esta pierna el predicado. ¿Es el sujeto el corazón porque canjea ritmos o todo cuaja en una oración pasiva sin complemento agente? Los complementos circunstanciales marcarán la índole de tu existencia: el cómo, el sitio, la luz. Y la gramática: otro posible orden al que brindar la razón del sacrificio» (Sacrificio).  Aunque a veces le faltan las palabras: «Falta léxico, faltan letras…». Cuando ya no quedan palabras o las palabras ya no son suficientes, se sustituye por un «abecedario de agujas», con el que «escribir en braille mi último sueño» (Sacrificio). Una sucesión de puntos: incisiones. El cuerpo como libro.

 

Semántica

 

Mucho antes de que el cáncer llegase a su vida, la muerte ya tenía un protagonismo especial en sus poemas, como existencialismo vital, premonitorio, visionario. Al final de 28010 repite como un estribillo «Me llamo Marta, me llaman Marta y me persigue el idioma en que se expresa el moribundo». Toda esa carga semántica que es sino y signo de muerte es percibida como un legado del que no puede desprenderse. Aunque lo intenta una y otra vez apelando al silencio para resemantizar: «Y si la verdadera patria del hombre es el idioma: las pausas, las curvas, sus ritmos informales, habré de callarme para recomenzar» (28010). Así insistirá al final de 28010: «…frotarme las manos hasta que desaparezcan las huellas dactilares y en la explanada abierta de la palma poder sembrar carteles, opúsculos, las cadencias de mi sintaxis o la precocidad de un niño, consciente de ser niño, que muestra sus venas rotundas hacia el aire».

Pero enseguida volverá una de sus imágenes más potentes, la de «el cadáver que albergamos» (Historial), ese cadáver que vive dentro de nosotros desde que nacemos.

«El oficio puntillista de la muerte» (Historial) es un «Oficio de Tinieblas» laico y expresionista. Porque en la poesía de Marta Agudo –y esto forma parte relevante de la personalidad de su escritura–, a diferencia del tratamiento que le dan otros autores, incluido su admirado Valente, no hay asidero místico al que aferrarse; su Oficio de Tinieblas conduce a «una luz salvadora» y un espacio redentor que no está asociado a ninguna religión, sino diluido en el paisaje.  Aquí se cumple el «vivo sin vivir en mí» y «muero porque no muero», pero sin el «más alta vida espero». No hay horizonte de resurrección. Más bien al contrario, dios y lo relacionado con la religión se contempla desde una mirada crítica, escéptica o irónica: «el cáncer es un espacio; un espacio o la instalación de un dios expectante que disfruta observando cómo cae pletórica y de nuevo la roca de Sísifo» (Historial) o «¿Fue Lazaro el primer zombi de la historia?». Y se parodia la mística sin piedad: «¿Adónde te escondiste, azar, con dos fechas uncidas?»  (Historial).

En Historial asistimos a un auténtico despliegue del campo semántico del cuerpo y de la enfermedad: piel, esqueleto, articulaciones, vísceras, páncreas, pulmón, leucocitos, hematíes, cerebro, cortex… Incluso de medicinas, protocolos, errores médicos, daños colaterales… Con voluntad de dar visibilidad –como ya hicieran otras creadoras como Susang Sontag o Hannah Wilke– a una enfermedad, el cáncer, que sigue siendo tabú en nuestros días. Pero lo coloca en primer plano sin dramatismos, e incluso, en ocasiones, envuelto en ese sentido del humor, «a veces mezcla de juego y rabia», que la caracterizaba y que se convierte en asidero y consuelo: «La melodía de los contrarios: agudo-grave, grave-agudo» (Historial). O como cuando relata, en la obra inédita en la que estaba trabajando al final, su diario, Momento mori, ese colmo de las casualidades: que está tomando un medicamento que se usa contra el dolor y la ansiedad, precisamente llamado Lyrica: «He estado inválida de nuevo por la ingesta de Lyrica, olvidé que me había llevado hace más de un año a una crisis mental y física fuerte».

En continuidad con ese campo semántico, el motivo del mar y los desiertos de sal, y los glaciares, se irán definiendo como lugares del canto, horizontes donde se derrama la voz y la mirada, donde el cuerpo se disuelve en geografía y se funde con el paisaje, y hace posible la representación de lo indecible. Las blancas salinas desiertas, los mares petrificados, los hielos de la Antártida que se asoman a la portada de su ultimo libro, Sacrificio, están ya en el primero, Fragmento, y se anticipan también en Historial: «Alivia saber la Antártida, más ahora en esta habitación que compartes con una mujer y su máquina de oxígeno».

En las fotografías de Cano Erhardt encontró los paisajes que ella ya había descrito en sus poemas mucho antes de conocer esas imágenes. De hecho, como ha contado Jordi Doce, Fragmento, publicado en 2004, iba a titularse en un principio La desnudez del páramo. Y entre sus libros anteriores, de los años noventa, habría otro titulado Los vértigos amplios del blanco. Las fotografías de Cano Erhardt, de las series Altas soledades y Ralty Reflections fueron realizadas en 2015 en El Salar de Uyuni (el mayor desierto de sal del mundo), y en los desiertos andinos de la Reserva Natural Eduardo Averoa, en Bolivia. Marta Agudo escribió en 2017 el poema «Cuatro tiempos», donde dialoga con las fotografías de Altas soledades de Erhardt. Poema que tuve el privilegio de publicar en primicia en las páginas de Revista de Occidente (núm. 424, septiembre de 2016). Este poema serviría de coda al libro Historial, en 2017. En Veracidad del mapa (Galería Luis Burgos, Colección el Lotófago, 2021) título que procede de un poema de 28010. Marta Agudo declara en la nota final su deuda con Erhardt: «Me gusta pensar que con este libro se cierra un círculo que se abrió cuando la contemplación de algunas fotos de las series Ralty Reflections y Altas soledades, ambas de 2016, en especial las imágenes de salinas y sus formaciones exagonales, me llevo a escribir el poema «Cuatro tiempos», germen de lo que luego sería Historial. Más recientemente, el recuerdo de las fotos de glaciares y paisajes árticos que se incluyen en Wonder of Nature (2017-2018) ha impulsado y condicionado la escritura de mi último libro, Sacrificio (2021)».  En esas fotografías Marta Agudo encuentra materializadas las atmósferas trazadas en sus poemas, imágenes que hablan de la soledad en el límite de la abstracción. Las formas geométricas del vacío. Espacios vaciados de vida. Montañas de sal, paisajes donde nada crece salvo la luz de la desolación. Un mar que se desborda en las afueras. «Se derramaba la vida por los lados» se repite como una letanía: «Se derramaba la vida por los lados, pero dios nunca llegó» (Historial). Ese mar manriqueño («Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…»), ya estaba lleno de muertos en su primer libro. Por eso, escribe en Historial: «Mientras en los quirófanos se oiga el mar no habrá anestesia suficiente para el miedo».

Pero también, de alguna forma, y aunque parezca contradictorio, es un mar de serenidad. En su último libro, Sacrificio, nos recibe en la portada el frío de ese espacio glaciar, la luz detenida en ese azul transparente, y parece, por fin, reconciliarse con el lenguaje, entender la gramática de ese mantra: «He tenido que llegar hasta aquí para entender la caligrafía gozosa del mar».

 

Coda: la alegoría simbólica de las manos

 

En el libro que Marta Agudo realizó junto con Jordi Doce en 2010 sobre la obra de Valente, Pájaros raíces, se incluye un interesante ensayo de Rafael José Díaz titulado «Las manos del decir», donde se refiere a la mano como símbolo esencial en Valente, pero una mano cargada con la idea de «concavidad» (Mandorla) como hueco que guarda lo sagrado (Al dios del lugar). Las manos serán también un símbolo decisivo en la obra de Marta Agudo, pero, curiosamente, la suya no es una mano cóncava sino una mano abierta, una mano extendida. Quizás porque a pesar de sus querencias por Valente, no comparte con él el sentido de lo sagrado ni la conexión con la mística, como ya hemos apuntado.

En 28010 se refiere a las manos como un espacio posible, no cuenco, sino explanada: «Habré de callarme para recomenzar, frotarme las manos para que desaparezcan las huellas dactilares y, en la explanada abierta de la palma, poder sembrar las vocales de un lenguaje propio». Un espacio donde hacer el vacío, el silencio. Borrar las líneas de la mano, las líneas de la vida y las huellas dactilares, para huir del determinismo de la genética («¿El mal, el fatum?... / En las líneas de la mano tu alfabeto» (Historial) y encontrar un lenguaje propio.

Esa explanada de la palma de la mano abierta es papel en blanco y tabula rasa, coincide con la imagen de las salinas y es un espacio metafísico en el que se debate la contradicción y la pregunta que atraviesa toda la poesía de Marta Agudo: cómo sembrar «las vocales de un lenguaje propio» en ese lecho de sal, si todo lo que se escribe sobre la sal desaparece, se diluye: «La sal absorbe las huellas» («Cuatro tiempos»). Sería como escribir con tinta transparente o invisible.

Pero hay huellas que perduran y aún nos siguen hablando con sus manos, como las de las pinturas rupestres. En Sacrificio, precisamente, alude a las pinturas de Altamira, cuyas paredes están llenas de manos: «Sin pócima que nos salve, el bisonte de Altamira devana su cerebro un siete de diciembre de hace treinta y ocho mil cuatrocientos veinte años: en su certeza que nunca amplifica, las huellas de sus pintores reclaman auxilio».

Diría que, en esa tensión metafísica, en esa búsqueda del lenguaje propio, en la imposibilidad del decir la «palabra perdida» (María Zambrano) se alojan algunas de las claves de la poética de Marta Agudo, algunas de sus intuiciones esenciales y buena parte de «la verdad» de su poesía: «La gramática también zozobra por la piel y sus mesetas rubrican o apagan verdades» (Sacrificio).

Por último, un paratexto: en la dedicatoria de su libro Sacrificio, que nos envió en marzo de 2021, Marta Agudo dibuja esa mano abierta por completo, como las de Altamira. En torno a los dedos unos leves trazos bien situados consiguen añadirles movimiento, como si la mano se desplazase ligeramente a izquierda y a derecha, tal vez como un signo de despedida o quizás como un saludo en el que el movimiento de la vida sigue tiritando, como en sus poemas «…porque acudes incierta / a las palabras / por verlas tiritar» (Fragmento).

Escrito en Lecturas Turia por Amalia Iglesias Serna

Nada, una novela excepcional

16 de diciembre de 2024 14:09:38 CET

Pocas obras dentro de la literatura española contemporánea poseen la singularidad de Nada de Carmen Laforet (1921-2004), ya sea por el aura de misterio que rodea a la autora o por  la excepcionalidad de una novela fulgurante, única, que descuella dentro del panorama narrativo tras la guerra civil. Desde su publicación en 1945 y con el espaldarazo que supuso el Premio Nadal, no ha dejado de publicarse (se explica convenientemente en la “Introducción”, que descarga así al texto de muchas notas a pie de página y agiliza la lectura), a la vez que ha ido aumentado la admiración hacia una novela que forma parte del canon literario moderno. Nada se convirtió muy pronto en un “fenómeno socioliterario”, que arrumbó al resto de la producción novelística de Laforet y que pareció convertir a su autora en la escritora de una sola obra, algo que, como bien se explica en la mencionada “Introducción”, no es tal. Sin embargo, para buena parte de la crítica y numerosos estudiantes de bachillerato, esta novela no es sino un epígrafe más dentro de la narrativa española de posguerra, aunque antes, cuando se leía bastante más que ahora en los cursos preuniversitarios, era una de las lecturas obligatorias, de esas que, como El árbol de la ciencia de Baroja, Las ratas de Delibes o Tiempo de silencio de Martín Santos, había que leer (y sobre todo descubrir y disfrutar). El recuerdo de las ediciones de Cátedra –colección “Letras Hispánicas”, color negro (y tipografía no muy grande)- está también asociado a parte de esas lecturas, a introducciones amplias, documentadas y rigurosas que debían acompañar al texto, convenientemente editado. Esa labor ecdótica, profunda y detallada, es la que vemos en esta nueva edición de Nada, a cargo de José Teruel, quien también ha editado con primor las obras completas de Carmen Martín Gaite en Círculo de Lectores (por cierto, en el número 124 de Turia aparece un extenso estudio en torno a la investigación que la autora de Usos amorosos de la posguerra llevó a cabo sobre los Torán) y a quien se deben unos cuantos estudios esenciales de la literatura española del siglo XX (como los de Luis Cernuda). Su “Introducción” resulta clara y amena, y sitúa a los lectores en el contexto de creación y recepción de la obra, tan importante para entender el porqué de su trascendencia.

Lo que tal vez más pueda sorprender a los lectores que se enfrentan por primera a la novela es el hecho de que la novela en sí posee una estructura lineal sencilla –un curso académico, con tres partes-, de pocas regresiones temporales, y en la que aparentemente a la protagonista no le suceden muchas cosas, sino que es más bien testigo de diversos acontecimientos relacionados con su familia y amistades. Es, por otro lado, y así se ha venido diciendo desde hace tiempo, una novela de aprendizaje, en la que a través de la voz de la narradora-protagonista, Andrea, vamos conociendo a su familia, el piso de la calle Aribau, la universidad y la ciudad de Barcelona en  ese curso de 1939-1940. También es una novela que muestra el “mito de la conciencia desorientada”, las cicatrices de la guerra y se convierte en la obra que representa a una generación, la de esos jóvenes de comienzos de los cuarenta que, en muchos casos, vivieron la guerra sin participación directa, pues eran apenas unos adolescentes. Quizás sea este último aspecto sobre el que más se incide cuando se analiza la novela, ya que se considera fundacional de un tipo de narrativa y representativa de un tiempo y una nueva forma de narrar, que tendrá su continuación en la novelística posterior.

Pero no solo hay que prestar atención al contexto histórico y social en el que transcurre la narración, que es la inmediata posguerra, con todas sus secuelas y heridas abiertas, sino a lo que se cuenta y cómo se hace. La familia de Andrea y el piso de la calle Aribau son sin duda dos de los principales elementos que van jalonando los diversos cuadros e impresiones –muchas de ellas negativas- con los que la protagonista intercala su narración, a modo de retratos que de algún modo anticipan procedimientos narrativos posteriores. Sus dos tíos, Juan y Román, su tutora Angustias, la misteriosa figura de Gloria, la presencia de la abuela y ese niño por el que sufrimos cada vez que aparece o se le menciona, son la familia de Andrea, y de ellos se ofrecen retazos de vida, secretos y miedos. De ellos, posiblemente sea la figura del tío Román la más enigmática y compleja, con muchas sombras e historias detrás de las que vamos obteniendo detalles. Su comportamiento y su aire mujeriego, algo canalla, lo convierten en heredero de la estirpe de personajes masculinos que aparecían en numerosas novelas del XIX. Y por la parte no familiar, la de las amistades y la universidad, sin duda será Ena, la amiga de Andrea, el personaje más importante, aquel que con sus idas y venidas, esté presente en la vida de nuestra protagonista durante ese curso escolar. Los amigos de la universidad, el pelma de Gerardo, el amigo Pons o el ambiente de la Barcelona de 1940 son otros de los elementos narrativos que son presentados a los lectores de un modo a veces fragmentario, con recuerdos e impresiones de ellos a través de sucesivos episodios.

Nada es la novela que, en un estilo nuevo y diferente, muestra de manera clara la deriva y el “desarraigo existencial” de una generación y de una joven que nace a la vida tras la guerra civil. Su familia, venida a menos, rota y desquiciada por momentos, será, junto a la opresiva y oscura casa familiar, una fuerza opresiva sobre Andrea. Tampoco las amistades y el mundo universitario ofrecerán, salvo algunos destellos, claridad y tranquilidad a la protagonista, que deberá ir adaptándose a las circunstancias de la mejor manera posible, aprendiendo a base de decepciones y pequeños fracasos (tal vez el episodio de la fiesta de Pons sea un ejemplo de ello). Esta novela es esencial dentro de la historia de la literatura española contemporánea, no solo por su singularidad y especiales circunstancias (¿qué jóvenes autores son capaces de escribir una obra como esta con poco más de 23 años?) o por todo lo que la ha rodeado y que todavía hoy nos seguimos preguntando. Las historias que se intuyen detrás de lo que se cuenta tienen también su influjo sobre los lectores, pues no menos importante es aquello que se omite y calla en la narración. Quizás en tiempos de zozobra como los que vivimos ahora deberíamos volver a las obras que sustentan nuestra formación literaria y personal, aunque sea para sentir la desazón y angustia de Andrea, esa “chica rara” que protagoniza Nada.

 

Carmen Laforet, Nada, edición de José Teruel, Madrid, Cátedra, 2020.

Escrito en Lecturas Turia por Pedro Moreno Pérez

La sombra de lo que fuimos

16 de diciembre de 2024 13:32:08 CET

Aunque en nada compense la pérdida que ha significado su muerte, recordar la obra literaria de Luis Sepúlveda es contribuir a que su presencia siga viva de algún modo. Los muchos años de residencia en Gijón (desde 1997) no agotan su relación con Asturias: en 1988 obtuvo el Premio Tigre Juan de Novela Corta con Un viejo que leía novelas de amor, donde fijaba los recuerdos de sus experiencias cuando en 1978 vivió en la Amazonía ecuatoriana, y cuyo éxito habría de suponer algún tiempo después la irrupción de su autor en el ámbito entonces prestigioso de la novela latinoamericana. “Esquivando la escuela del realismo mágico, tan en boga en los últimos años, la creación de Luis Sepúlveda discurre por las nuevas corrientes de una escuela narrativa que hace hincapié en la «magia de la realidad»”[1], se podía leer en el prólogo a la primera edición. Lo cierto es que ni el realismo mágico había estado en boga en los años precedentes (aunque el Premio Nobel adjudicado en 1982 a Gabriel García Márquez hubiera actualizado la significación de Cien años de soledad e incrementado su difusión internacional), ni Un viejo que leía novelas de amor era ajena al registro hiperbolizante de aquella famosa novela, a su narración imperturbable de sucesos increíbles, como puede comprobar cualquiera que se acerque al relato protagonizado por Antonio José Bolívar Proaño y advertir las reiteradas menciones de su difunta esposa Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo.

Sepúlveda volvía a proponer al lector un mundo irreductible a los modos del pensamiento europeo y asociado con frecuencia a lo mítico, a lo primitivo, a lo popular o no intelectualizado. Ciertamente, las diferencias eran notorias. La magia de la realidad parecía acentuarse al recuperar espacios que la literatura hispanoamericana contemporánea había marginado en aras de su modernización. Al releer ahora Un viejo que leía novelas de amor no he podido no recordar la selva devoradora de La vorágine, de José Eustasio Rivera, o a los jíbaros y záparos de Cumandá o un drama entre salvajes, de Juan León Mera. Esa recuperación inevitablemente resultó condicionada por inquietudes ecologistas que actualizaban la imagen del buen salvaje y subrayaban su adaptación a una naturaleza solo agresiva con los que pretendían devastarla, estos decididamente ligados al capitalismo y al poder de quienes lo ejercen en Latinoamérica por delegación del imperialismo. Esta perspectiva histórica y política invalidaba cualquier interpretación “metafísica”: el mundo latinoamericano no estaba al margen de la historia, más bien era su víctima[2]. Además, Un viejo que leía novelas de amor ofrecía otros aspectos de interés, acordes con orientaciones de la narrativa hispanoamericana que entonces parecían novedosas y que esa novela venía a fortalecer: el título y la tal vez inverosímil afición del casi analfabeto protagonista a leer melodramáticas historias de amor —cabe suponer que en la línea de El Rosario (1909), la novela de Florence L. Barclay mencionada en el relato— se ajustaban a la entonces extendida pretensión de asimilar géneros antes incompatibles con la calidad de la verdadera literatura.

Las novelas posteriores de Sepúlveda habrían de ofrecer otras particularidades, pero las señaladas pueden servir para iniciar un acercamiento al conjunto de su obra. No es difícil advertir en Yacaré, relato que el diario madrileño El País publicó por entregas en 1997, inquietudes similares a las mostradas por Un viejo que leía novelas de amor, ahora al narrar la sucesión de asesinatos con curare cometidos por los últimos indios anaré, en venganza por las muertes de los miembros de la tribu perpetradas por quienes violan la prohibición de cazar yacarés en El Platanal, la llanura aluvial del Mato Grosso brasileño y las zonas limítrofes del Paraguay y Bolivia. Pero Sepúlveda ya había encontrado otro ámbito sobre el que verter sus inquietudes ecologistas: el narrador de Mundo del fin del mundo[3] era alguien que en su juventud, animado por la lectura de Moby Dick, se embarcó en una ballenera y años después regresaba al sur de Chile como miembro de Greenpeace para enfrentarse a las faenas depredadoras de los pescadores japoneses, ahora fascinado por los territorios que parecía haber descubierto con la lectura de En la Patagonia, de Bruce Chatwin. Quizás Historia de una ballena blanca, una de sus novelas “para jóvenes de 8 a 88 años”[4] y la última ficción que publicó, ayuda a comprender mejor el sentir de Sepúlveda al respecto: una concha de loco permitía al escritor escuchar y transcribir el relato narrado por una ballena, ocasión para dar cuenta de las distintas especies de cetáceos y de sus problemáticas relaciones con el hombre, y para recordar que los lafkenche o gente de mar no mostraban la actitud depredadora de los balleneros. Sepúlveda recuperó además la leyenda mapuche de las trempulkawe, las cuatro ballenas nocturnas (durante el día se transforman en ancianas) encargadas de llevar las almas de los muertos desde la costa continental hasta la isla Mocha, lugar de reunión en el que esperarán a la muerte del último lafkenche para iniciar hombres y ballenas la gran travesía hacia el lugar más allá del horizonte al que no podrán llegar los balleneros. Fue la forma en que Sepúlveda resolvió reescribir Moby Dick, dando voz con Mocha Dick a la ballena blanca difamada por Melville y por el odio resentido de su capitán Ahab. Esa referencia y una adecuada recuperación de la leyenda mencionada dan a esta obra un interés indudable y no solo por su dramatismo, que culmina cuando el lector sabe que las trempulkawe han sido asesinadas por los balleneros y que el gran viaje jamás se emprenderá. No sin nostalgia, Mundo del fin del mundo ya había dicho adiós a la épica de Moby Dick en favor de las inquietudes ecológicas que hasta los balleneros de aquel relato parecían asumir.

Una tercera opción abordada por Sepúlveda, conjugada a veces con las ya señaladas, fue la que cabría relacionar con el relato neopolicial latinoamericano, si por tal se entiende aquella novela “negra” en la que la investigación pone al descubierto el crimen o enigma y a la vez una difícil realidad política y social de la que el poder es el mayor responsable, y cuyo investigador, en consecuencia, actúa al margen de ese poder o frente a él. Los cultivadores de esa novela mostraban así su compromiso intelectual, su actitud reflexiva o crítica, lo que sin duda operó decisivamente para que se fuera superando el desdén académico hacia obras antes consideradas ajenas a la auténtica literatura, aunque en el cambio de actitud también influyera una mayor exigencia “literaria” por parte de los escritores interesados en el género. En ese contexto Sepúlveda desarrolló en Nombre de torero (1994) una historia de amor imposible y de misiones secretas que llevaban a Juan Belmonte a competir en la búsqueda de unas antiguas monedas de oro que en su día habían viajado desde la Alemania nazi hasta la Tierra del Fuego.

La alambicaba trama de Nombre de torero se enriquecía con el pasado de Belmonte, sobre el que el autor proyectó episodios de su propia biografía, tal como la iba recuperando una memoria selectiva y propensa a imaginar: guerrillero en Bolivia tras las huellas de Ernesto Che Guevara[5], había participado en actividades revolucionarias en Chile, había pertenecido al GAP (Grupo de Amigos Personales) del presidente Salvador Allende, había luchado con la Brigada Simón Bolívar al lado del Frente Sandinista de Liberación[6]. Aunque Sepúlveda mantuvo siempre la convicción satisfactoria de haber estado entre los protagonistas de “los mil días más plenos, bellos e intensos de la historia de Chile"[7], los de la presidencia de Allende, su personaje parece ya de vuelta, lo que permite enriquecer su significación a la luz de las citas de Ibn Battuta recogidas en el “Intermedio”, mediada la novela: como la del viajero árabe del siglo XIV, su suerte es la de “aquellos que suspiran contemplando el indefinible horizonte del mar”, los que prefieren las tormentas y el rugir del viento, confiados en que Alá o el destino les procure un lugar en el orden del universo[8]. Eso le evitó derivar sin más desde el buen salvaje al buen revolucionario, e incurrir en la simplificación de plantear el mero conflicto entre buenos y malos que sus convicciones políticas le exigían.

Las razones históricas de esa actitud pueden encontrarse en los fracasos de la izquierda en Latinoamérica y en Europa, pero también en las contradicciones internas del proceso chileno hacia el socialismo, en la deriva del sandinismo y en los errores del comunismo europeo desde que se hizo con el poder y hasta que la caída del muro de Berlín dio a sus ideales una significación irreparablemente anacrónica. Nombre de torero, por tanto, no hablaba solo del golpe militar de 1973 en Chile y de la represión que siguió al fin del gobierno de la Unidad Popular, la vía chilena hacia el socialismo. Transformar al revolucionario en detective exigía justificaciones, y Sepúlveda las dio al tener en cuenta no solo la derrota sufrida con la muerte de Allende, sino también las deserciones y traiciones que no permitían otra salida que el individualismo final, lo que además dejaba bajo sospecha a la Cuba castrista, a la República Democrática Alemana y a la Unión Soviética. Al margen de la verosimilitud, el género negro parecía ajustarse a esa evolución desde las inquietudes colectivas a la dudosa salvación personal: es el amor imposible de la desaparecida y ahora reaparecida Verónica, víctima de la dictadura de Augusto Pinochet, lo que recupera a Belmonte para la acción, una motivación íntima compatible con la visión amarga de la condición humana que el cinismo y el humor no pretenden disimular.

Lo cierto es que Sepúlveda se había dejado ganar por el neopolicial, como prueba el mencionado relato Yacaré, resultado de la investigación realizada en Milán por el chileno Dany Contreras para la compañía Seguros Helvética. Tusquets Editores publicó esa novela corta en 1998 junto con otra titulada Diario de un killer sentimental, historia de asesinatos por encargo aderezados con complicidades de droga y oenegés que había aparecido por entregas en el diario madrileño El Mundo en 1996, otra muestra de que en aquellas últimas décadas del siglo XX los narradores no solo acercaban la literatura a su entorno subliterario: a veces lo subliterario invadía el territorio de la literatura hasta sustituirla. Tal vez por eso Sepúlveda volvió a la historia reciente de su país natal en Hot line (2002) al proponer una investigación a cargo del detective mapuche George Washington Caucamán, en la atmósfera aún inquietante del retorno de Chile a la democracia, con el regreso sin causa de los exiliados y la amenazadora vigilancia de los militares, con el recuerdo de los horrores de la dictadura y la justicia poética que la novela consigue contra uno de los responsables de la represión. La versión inicial de Hot line había aparecido en el periódico madrileño El País, en 1998, lo que resulta de interés si se tiene en cuenta que Sepúlveda parecía haber descubierto los secretos del folletín: “ese género tan bien cultivado por mis mayores del siglo XIX, como Alejandro Dumas (padre), impulsor de lo popular en la narrativa y al mismo tiempo popularizador de la literatura”, valoraba en su “…a manera de prólogo” a la edición de la novela[9], consciente de que su elaboración por entregas para la prensa, con las exigencias que eso implicaba, suponía recordar el folletín y sus opciones, ahora como apuesta por la utilización de recursos “subliterarios” como salidas novedosas para la nueva narrativa latinoamericana.

La sombra de lo que fuimos (2009) y El fin de la historia (2017) fueron otras consecuencias inevitables del fin de las utopías de los años sesenta que ya se anunciaba mediada la década siguiente. No en vano los protagonistas de la primera de esas novelas son de los condenados “a conservar lo mejor de sus recuerdos, esos pocos años que iban del 68 al 73, marcados día a día por la sonrisa del más militante de los optimismos”[10], como apunta Cacho Salinas, uno de ellos, sin duda por delegación del autor. Aparecen en gran medida anclados en aquella época feliz que además fue la de su juventud, y que ha pervivido bajo las experiencias del exilio interior (clandestinidad) o exterior, recordadas por ellos mismos y por algún otro, convirtiéndolos en inadaptados perpetuos. No es que Sepúlveda renunciara a ofrecer una nueva muestra de buenos revolucionarios, sucesores de Robin Hood en la tarea de robar a los ricos para ayudar a los pobres, pero ahora, con la distancia que daban los años transcurridos, la recuperación nostálgica no conseguía ocultar del todo las contradicciones del pasado ni permitía alentar las esperanzas o proyectos de antaño. La fusión de humor o ironía con desencanto no es el menor de los atractivos de La sombra de lo que fuimos, que recuerda las discrepancias entre el Partido Comunista chileno y los ultraizquierdistas adeptos al castrismo y al guevarismo del Ejército de Liberación Nacional, las actuaciones de los anarquistas y aun las inconveniencias del maoísmo. Ahora, en un tiempo sin ideales, insolidario y decadente, poco cabe esperar de esos personajes embarcados en una empresa descabellada, y que obtienen una suerte de justicia poética cuando consiguen hacerse con medio millón de dólares oculto desde los tiempos de Allende y a la vez sacar a la luz pública documentos que confirman la corrupción de los militares. Quizá no se había perdido toda esperanza, esta vez gracias a la policía: los desmanes (en buena medida ecológicos) del gobierno y sus cómplices quedaban de manifiesto para los lectores gracias a los recuerdos que el también desencantado inspector Manuel Crespo recupera para la joven detective Adelita Bobadilla. Por lo demás, no son pocos los nombres y sucesos de la historia de Chile incorporados por Sepúlveda a su ficción, que propone una solución para el caso no resuelto de la desaparición de Kiko Barraza, instructor de guerrilleros en Chauín cuando se intensificaba la campaña electoral que llevó a Allende a la presidencia. Tal vez la exaltación del anarquismo que impregna la novela ―con el recuerdo de Clotario Blest, anarquista chileno fallecido en 1990, y con el protagonismo de Pedro Nolasco González, personaje cuya muerte absurda impulsa la superación de las antiguas discordias― era una manifestación del socialismo individualista derivado de la derrota y de la dispersión, lo que también hablaba del escritor y de su consciencia de los errores cometidos en aquellos años de esperanza y de locura.

La sombra de lo que había sido ya había determinado la conducta de Juan Belmonte en Nombre de torero, en contraste con la deriva seguida por la mayoría de los compañeros de antaño. Esa sombra explicaría también allí que Carlos Cano, otro “descolgado” (y en su caso del todo), salvase la vida del antiguo revolucionario convertido en investigador. Gracias a ello, este pudo reaparecer en El fin de la historia, novela cuyo presente se sitúa en 2010, año que vio el primer traspaso de la presidencia de Michelle Bachelet a Sebastián Piñera, y también el terremoto de 8,8 que sacudió Chile el 27 de febrero, justo cuando Belmonte apuntaba a la cabeza de Miguel Krassnoff, uno de los militares encarcelados por los crímenes cometidos durante la dictadura. La biografía novelesca de Belmonte da al lector otra oportunidad de revisar la riqueza del movimiento insurreccional latinoamericano de las décadas precedentes y las manifestaciones del mismo signo en otras partes del mundo; y la historia de Krassnoff y de sus antepasados permitió a Sepúlveda repasar el papel de los cosacos desde que León Trotsky perdonó la vida al derrotado atamán Krasnov tras la victoria de los bolcheviques en Petrogrado, durante el proceso revolucionario iniciado en 1917 en Rusia, hasta los años posteriores al final de la Unión Soviética en 1991 (con la corrupción que siguió), con especial atención para su colaboración con los ejércitos de Hitler. El cinismo pesimista con que observa el presente histórico no impide a Belmonte actuar de nuevo como la sombra de lo que fue, ahora que el desencanto lo ha convertido en un investigador de la estirpe de Philip Marlowe o de Sam Spade, como no pocos de los que en las últimas décadas han animado el relato policial hispanoamericano.

Las novelas mencionadas conforman apenas una parte de la obra de Sepúlveda, en cuya “prehistoria” hay referencias a publicaciones de las que aquí prescindiré[11], así como también de sus artículos de opinión publicados en la prensa y reunidos en libros, normalmente determinados por sus posiciones políticas, convincentes para los ya convencidos de antemano. Sí considero obligado llamar la atención sobre los cuentos reunidos en Desencuentros[12], entre los que se ofrecen algunas muestras de literatura fantástica (“Cambio de ruta”, “Una casa en Santiago”) de notable interés. Sepúlveda también propendió a escribir sobre sus viajes, que de alguna manera satisficieron la pasión por la vida nómada que con frecuencia dejó patente al evocar personajes reales o al imaginar los ficticios. Buena prueba son las historias incluidas en Patagonia Express (1995), enmarcadas entre sus recuerdos de la niñez con su abuelo anarquista y su llegada a Martos, el pueblo andaluz en el que aquel había nacido, con especial atención para la Patagonia y la Tierra del Fuego[13]. Entre el testimonio y la ficción se desarrollan también sus Historias marginales (2000), inspiradas en lugares muy diversos, relacionadas con su pasado y con las inquietudes dominantes en su obra, y útiles para recuperar ese período iniciado en los irreverentes años sesenta, cuyas esperanzas sufrieron el primer gran revés con “la invasión soviética de Checoslovaquia, el aplastamiento a sangre y fuego de la Primavera de Praga”[14], en agosto de 1968. De esos libros un tanto misceláneos prefiero La lámpara de Aladino (2008), muestra destacada de la variedad de opciones que Sepúlveda cultivó, borrando las fronteras entre lo escuchado y lo vivido, entre el recuerdo y la invención, entre el realismo mágico y la novela rosa, entre el testimonio sociopolítico y el relato policial, entre la selva amazónica y los paisajes remotos de la Patagonia y de los canales magallánicos. No está mal como recuerdo del entusiasmo de un pasado aún reciente, y sobre todo como testimonio del proceso que condujo a un tiempo en el que la esperanza apenas puede radicar en personajes a la deriva, para quienes Sepúlveda supo imaginar historias de indudable interés, dejando patentes tanto su necesidad de contarlas como su gran capacidad para atrapar la atención de sus lectores.



[1]           Juan Benito Argüelles, “A manera de prólogo”, en Luis Sepúlveda, Un viejo que leía novelas de amor, Gijón: Júcar, 1989, pp. 7-9 (7)

[2]           En “Breve novela de una novela breve” (Moleskine. Apuntes y reflexiones, Barcelona: Ediciones B, 2004, pp. 93-97), Sepúlveda recordó haber pasado siete meses entre los shuar y atribuyó a esa “novela de la selva” una base autobiográfica: “la única presencia del autor, y del yo narrador, que se me antojó legítima, consistió en otorgarle al personaje la más terrible de mis señas de identidad. Así, el Viejo, exiliado en dos mundos y habitante de una tierra de nadie, me permitió contarme el largo día de mi vida y entender mi propio exilio” (95).

[3]           La publicó el Ayuntament de Dénia en 1991, tras haber obtenido el Primer Premio de Novela Corta “Juan Chabás” el año anterior.

[4]           Barcelona: Tusquets, 2019. La intención didáctica no impide que los relatos que Sepúlveda imaginó para niños y jóvenes ofrezcan un notable interés, como también permiten comprobar Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar (1996), Historia de un perro llamado Leal (2016) e Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud (2018).

[5]           En los episodios autobiográficos reunidos en Patagonia Express (Barcelona: Tusquets, 1995) se apunta que a los dieciocho años quiso seguir “el ejemplo del hombre más universal que ha dado América Latina, el Che” (p. 22). En “Breve historia de un hombre digno” (Moleskine. Apuntes y reflexiones, pp. 203-210), Sepúlveda se incluía entre los chilenos del ELN (Ejército de Liberación Nacional) que acudieron a Bolivia a reemplazar al Che Guevara, recordados por Osvaldo “Chato” Peredo en un encuentro en Milán, veinticinco años después: “Ramón, ese era el nombre de combate de Sergio Leiva; Gonzalo, ese era el nombre de combate de Agustín Carrillo, campeón de box panamericano de los pesos welter, e Iván, ese era mi nombre de combate aquella tarde de 1969” (p. 204).

[6]           En “… 19 de julio de 1979…” (Historias de aquí y de allá, Barcelona: La Otra Orilla, 2010, pp. 81-83) Sepúlveda recordaba el triunfo de la revolución sandinista y su participación con la Brigada Internacional Simón Bolívar del panameño Hugo Spadafora.

[7]           “Memorial de los años felices”, en Luis Sepúlveda, El poder de los sueños, Santiago de Chile: Editorial Aún Creemos En Los Sueños, 2004, pp. 27-32 (32).

[8]           Nombre de torero, Barcelona: Tusquets, 1994, pp. 109-113.

[9]           Barcelona: Ediciones B, 2002, p. 11.

[10]          La sombra de lo que fuimos, Madrid: Espasa Calpe, 2009, p. 133.

[11]          En “La voluntad de escribir” (Moleskine. Apuntes y reflexiones, pp. 259-264), Sepúlveda se refirió a Crepusculario de la tristeza, poemario que Arancibia Hermanos le habría publicado en los años sesenta, cuando él militaba en las Juventudes Comunistas.

[12]          La primera edición apareció en Barcelona: Tusquets, 1997. Incluía relatos nuevos con otros extraídos de Los miedos, las vidas, las muertes y otras alucinaciones (1985), Cuaderno de viaje (1986) y Komplot I (1995).

[13]          Con fotografías de Daniel Mordzinski, Sepúlveda trató de preservar esos territorios y a sus habitantes en Últimas noticias del Sur (2011).

[14]          Véase “«68»”, Historias marginales, Barcelona: Seix Barral, 2000, pp. 105-107 (106).

Escrito en Lecturas Turia por Teodosio Fernández

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