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Liquidando al Meta

26 de febrero de 2016 08:33:30 CET

Querido profesor Souto, hoy por fin liquidaré al Meta, y tengo el propósito de que de esta confesión mía sea usted el primer destinatario, tras tantos años de sentirme obligado a guardar solo para mí tantas regurgitaciones de aborrecimiento.

Aunque soy persona de natural pacífico, desde que lo conocí sentí hacia él una inquina tan honda que se convirtió enseguida en la aversión que no tengo más remedio que llamar aniquiladora, decisiva. Hoy conseguiré por fin realizar lo que durante tantos años ha sido casi mi única idea estimulante.

La primera vez que coincidimos fue en un congreso, en un país del Caribe. Entonces yo todavía escribía novelas, pero aunque la crítica me respetaba, no vendía casi nada;  él, más joven que yo, era eso que se dice “un autor de culto”, ya en aquellos años muy jaleado en las reseñas culturales y en los suplementos literarios.

Allí había bastantes escritores, pero entre los españoles que residíamos en el mismo hotel –con el Meta y yo, Gloria P. y Alicia S.- se estableció una relación particular, por la coincidencia en los desayunos y en determinados momentos de la jornada. Algunas noches cenábamos los cuatro juntos. Por aquella época él bebía mucho y se ponía pesadísimo.

- Vosotros no me queréis -repetía, una y otra vez- no me queréis nada.

- Que sí que te queremos, Paúl, mi vida - le decían Gloria P. y Alicia S..

Sin embargo él seguía, dale que te dale:

- A lo mejor vosotras me queréis un poco, pero Tuñón no me quiere nada, no me puede ver, se le nota- insistía.

- Anda, Pedro, cielo, dile a Paúl que le quieres un montón, para que se tranquilice de una vez- me pedían ellas con mucha sorna, pero a mí aquel beodo pelma me sacaba de quicio:

- Si sigues así no solo no te querré nunca, sino que te odiaré durante el resto de mi vida- repuse, sintiendo en mi boca el sabor pleno y verdadero de aquellas palabras.

Fue por entonces cuando le pusimos el mote “Meta”, de metaliterario, porque consideraba las cosas de la vida exclusivamente a través de la propia literatura, y solo mostraba interés hacia el posible vínculo entre lugares y literatos. Para él no existían los espacios por donde no había pasado un escritor famoso. Presumía de  haber dormido en las mismas habitaciones hoteleras que sirvieron alguna vez de alojamiento a Karen Blixen, Tristan Tzara, Robert Walser y muchos otros más. “Aquí estuvieron Anaïs Nin y Henry Miller en el 33”, decía mientras paseábamos por el barrio antiguo, y hasta preguntaba a los sorprendidos viandantes sobre algún eventual recuerdo de aquellos añejos turistas. “Cuenta Naipaul que esto lo visitó con Paul Theroux a finales de los ochenta”, explicaba mientras atravesábamos una comarca selvática. A los de la recepción del hotel los mareaba en busca de posibles huellas de Hemingway o Paul Auster.

Gloria, Alicia y otros, como la idiota de mi sobrina Bibí, que lo considera un genio, aseguran que el Meta tiene mucho sentido del humor, pero según ha ido pasando el tiempo yo he ido viendo en él más bien una disposición irónica patosa, ignorante de lo que no esté teñido de literatura, y su convicción de que escribir sobre autores y peripecias literarias es suficientemente narrativo en sí mismo me parece demasiado ingenua y vacua. El caso es que él ha seguido escribiendo, cada vez con mayor eco y fortuna, y yo he ido encontrando cada vez menos lectores y mayor reticencia editorial. Y así, hasta que me fui de la literatura.

Cuando estaba todavía en activo como escritor, unos años después de aquel congreso caribeño, volví a coincidir con él en la feria del libro de un país centroamericano. Ambos participamos en una mesa redonda y él estaba ya tan satisfecho consigo mismo que se limitó a leer, durante casi media hora, el arranque de su último libro. Nos alojábamos en el mismo hotel, uno muy bueno que en la última planta tenía un servicio de bar gratuito para ciertos clientes. Él ya no bebía tanto, pero una tarde estábamos allí tomando algo mientras esperábamos que viniesen a recogernos. En el salón había tres niños, calculo que tendrían alrededor de los siete años, que no paraban de moverse y de jugar, aunque el lugar era tan grande que no molestaban. Sin embargo, el Meta los observaba con reprobación y les hizo señas para que se acercasen. Cuando los tuvo delante les preguntó, poniendo en la voz una intención dañina:

- ¿Vosotros sabéis que vuestros papás se van a morir?

Los niños lo miraron con extrañeza y luego se apartaron y murmuraban algo entre ellos, mientras nos contemplaban con un aire que me desasosegó. Ése es el estilo del gran sentido del humor que lo caracteriza.

Al día siguiente nos llevaron a visitar una zona de la selva donde habían instalado un teleférico silencioso que sobrevolaba el arbolado hasta lo alto de una colina. Las cabinas eran muy pequeñas y sencillas, artefactos de base sólida rodeados solamente por una balaustrada fina que permitía entrar en contacto directo con la atmósfera del lugar, escuchar los gritos de los monos, divisar los grandes pájaros multicolores. Íbamos nosotros dos solos y él llevaba en la mano un libro.

- Por aquí anduvo Bruce Chatwin cuando ya tenía el sida. No escribió nada acerca del lugar, pero seguramente echó una meada al pie de alguno de estos árboles - dijo.

Debajo de nosotros se divisaba la exuberancia del abismo vegetal y fue en aquel mismo momento cuando decidí intentar cargármelo. Nunca he matado a nadie ni he tenido impulsos homicidas, pero sentí que liquidar al Meta no pertenecía al universo del asesinato, sino a ese de las bellas artes de que habló Thomas de Quincey.

Sin embargo, todo asesino, aunque no sea profesional, debe ser cauteloso. Yo imaginé enseguida mi coartada. Simulé que perdía el equilibrio y la cabina se bamboleó. De inmediato me lancé sobre él gritando “¡Cuidado, que me caigo!”, y lo empujé con todas mis fuerzas obligándolo a rebasar la cadena que cerraba la parte trasera de elemental vehículo y sujetándome bien a la balaustrada.

Y el Meta cayó a la selva, desde treinta metros de altura.

Pero no se mató, ni siquiera se magulló. El libro que llevaba en la mano fue su protector en los sucesivos golpes contra las ramas, que fueron haciendo cada vez más lenta su caída. E incluso el libro llegó al suelo antes que su cabeza, amortiguando el golpe final. Como es lógico, aparenté consternación por haber sido la causa del accidente, pero él no llegó a sospechar lo que había habido de intención criminal en mi tropezón, e incluso mostraba muy ufano el libro, una biografía de Marguerite Duras que, según él, le había salvado la vida.

- Su verdadero apellido era Donnadieu - decía, como si esto lo explicase todo.

Aquel fracaso en mi primer intento de asesinato resultó muy deprimente para mí y hasta creo que fue uno de los factores iniciales en mi alejamiento de la literatura. No obstante, mi idea de eliminar al Meta se convirtió en una meta, qué bonito, y busqué surtirme de elementos capaces de ayudarme a hacerlo en alguna otra ocasión en la que coincidiésemos. Ni pistolas ni armas blancas, porque aborrezco la violencia sanguinaria, pero hay muchos otros medios: supe por Internet que la estricnina es perfectamente soluble en alcohol, y letal en una pequeña dosis, y me hice on line con una buena porción.

La ocasión para mi nueva tentativa surgió en esa conmemoración de la Residencia que congrega todos los veranos a  muchas gentes de las artes y de las letras. Fui pronto y preparé dos mezclas tóxicas, una de vino blanco verdejo y otra de güisqui con mucho hielo, que es como al Meta le gustaba. No tardó en aparecer y me apresuré a acercarme a él para ofrecerle lo que prefiriese, pero rechazó los dos vasos:

- Ya no bebo nada- aclaró, tajante. -Mi vida ha cambiado en lo que toca al alcohol.

Y se alejó de mí para acercarse a alguien que lo saludaba con júbilo.

- No importa- dijo un periodista cultural muy influyente, que había sido testigo de la escena, -yo tomaré ese güisqui.

Me lo arrebató de las manos antes de que yo pudiese impedirlo, y se lo bebió de un trago.

- ¡Qué sed! –exclamó luego, y debieron de ser sus últimas palabras, porque yo me separé de él de inmediato.

A los quince minutos hubo revuelo en aquel lugar del jardín, poco después se escucharon los sonidos de una ambulancia, y a la media hora se nos indicó, a través de los altavoces, que razones muy graves, de fuerza mayor, obligaban a clausurar la fiesta, y que se nos rogaba que nos abstuviésemos de seguir consumiendo nada líquido o sólido. Como se sabe bien, la muerte del periodista fue atribuida a un atentado terrorista, cuyos autores no han sido todavía localizados, pero que por suerte solamente consiguieron contaminar uno de los vasos, donde al parecer han aparecido numerosas huellas digitales, ninguna significativa.

Pero por fin, de modo providencial, ha llegado para mí la oportunidad definitiva. Mi alejamiento de la literatura y mi mayor dedicación a mi empleo oficial facilitaron que fuese yo el encargado de controlar la edificación el monumento a Roberto Bolaño que va a alzarse frente a la estatua de Galdós, en el parque del Retiro.

El Meta, como último galardonado con el premio internacional que lleva el nombre del escritor chileno, va a ser el encargado de inaugurar el monumento, junto con los alcaldes de Madrid y de Santiago de Chile. La escultura no es muy grande, pero tiene envergadura suficiente como para destripar a quien encuentre debajo cuando se derrumbe.

Lo he calculado de manera muy meticulosa: la distancia a la que deberá encontrarse quien desvele la placa conmemorativa, en el pedestal; la pequeña carga explosiva, en determinado punto bajo la escultura, que haré estallar en el momento justo en que el Meta, a menos de un paso, haga correr la pequeña cortina; la caída de la escultura sobre él; su aplastamiento seguro. Lo veré todo con claridad, porque estaré muy cerca. Otra operación terrorista… No podemos vivir tranquilos…

Nota del comisario investigador: Esta misiva autógrafa de José Tuñón, al parecer nunca enviada y entregada a las autoridades por su sobrina, prueba, entre otros delitos, su autoría de la voladura de la estatua recién inaugurada, aunque el cálculo erróneo en la cantidad de explosivo hizo que la única víctima del desplome fuese precisamente él. Está probado que el profesor Souto, que le dio clases durante algunos cursos de la licenciatura, es totalmente ajeno al caso.

 

(Este texto forma parte del libro La trama oculta -Cuentos de los dos lados, con una Silva Mínima-, que será próximamente publicado por la editorial Páginas de Espuma)

 

 

 

Escrito en Lecturas Turia por José María Merino

A ambos lados del escaparate (no exhaustivo)

La publicación de su última colección de ensayos, En cuerpo y en lo otro en 2013 (el tenis de nuevo: ahora Federer tangible e intangible, de nuevo la televisión como modelo de educación social y de equipamiento para la vida en la sociedad contemporánea, el lenguaje y la literatura, el cine de Cameron y algunas otras obsesiones wallaceanas; desde 2008 sabemos algo más de las obsesiones de David Foster Wallace), acompaña este mismo año a la muy esperada traducción española de su primera novela, La escoba del sistema, editada por el sello malagueño Pálido fuego, que había publicado unos meses antes el volumen de Conversaciones con David Foster Wallace, del profesor norteamericano Stephen J. Burn. La esperada biografía preparada por D. T. Max: Todas las historias de amor son historias de  fantasmas: David Foster Wallace, una biografía adelanta lo que sin duda será el paulatino desembalaje físico y sentimental de los archivos del autor (¡cómo le habrían gustado esos programas de televisión donde se subastan trasteros!) depositados por su familia en la Universidad de Texas (ya tenemos varias muestras: cartas, guías docentes de las asignaturas impartidas, etc.)[1].

También ha visto la luz en español el estudio Todo y más: una breve historia del infinito, fruto de las investigaciones académicas de Wallace en el ámbito filosófico, y la edición del texto con menos texto de la historia contemporánea: Esto es agua, que recoge el discurso que ofreció en el acto de graduación de la promoción de 2005 en el Kenyon College. Todo ello desde que en 2011 se publicara El rey pálido (esa obra tan wallaceana, tan inacabada, esa obra que “viene a ser más una autobiografía que ninguna clase de historia inventada”, esa obra que no convenció a los miembros del jurado del Premio Pulitzer, que prefirieron dejar desierta la categoría de “fiction”).

Mientras tanto, David Foster Wallace es, cada vez más, personaje. Sujeto y objeto. Sujeto de biografías y objeto de contundentes opiniones. Generador de controversias. Personaje de ficción. Zadie Smith habla de su genialidad en uno de los ensayos de Cambiar de idea (Salamandra, 2011). Bret Easton Ellis lanza en The Guardian andanadas dañinas a destiempo sobre el autor y sus lectores (y se cobra, de paso, las deudas con las opiniones de una lejana entrevista de Wallace con Larry McCaffery en 1993). Jonathan Franzen vende Más afuera, su último libro de no-ficción después de su aclamada y neobalzaquiana Libertad, aprovechando el tirón de su último viaje con las cenizas del amigo muerto (“Después, la persona deprimida se quitó la vida, de un modo calculado para infligir el máximo dolor a aquellos que más lo querían, y nosotros, quienes lo queríamos, nos quedamos con una sensación de rabia y traición”). Y no es difícil entrever la figura o la contrafigura de David Foster Wallace en alguno de los personajes[2] de las novelas recientes de Jeffrey Eugenides (La trama nupcial) y de Jonathan Lethem (Chronic City, donde aparece una novela titulada La bruma indistinta).

 

Vidas cruzadas

En el momento en que escribo este artículo, se rueda en Estados Unidos The End of the Tour, la versión cinematográfica del libro Although Of Course You End Up Becoming Yourself: A Road Trip with David Foster Wallace (Aunque al final acabas convirtiéndote en ti: un viaje de carretera con David Foster Wallace), del reportero de la revista Rolling Stone David Lipsky. Este libro, así como la película que lo adapta al lenguaje cinematográfico y lo convierte en imágenes, recoge el viaje que Lipsky, periodista musical, realizó acompañando a David Foster Wallace durante la promoción de La broma infinita. El largometraje estará dirigido por James Ponsoldt, director de la premiada The Spectacular Now, a partir de un guión adaptado por Donald Margulies. Jason Segel (The Muppets, Freaks & Geeks) dará vida –qué ironía- al autor neoyorquino, acompañado de Jesse Eisenberg en el papel de Lipsky.

En la película Amor y letras (Liberal Arts), La broma infinita aparece como libro favorito del personaje interpretado por el actor Josh Radnor, también guionista y  director de la cinta, y a la sazón compañero de Jason Segel en la conocida serie que ambos han protagonizado a lo largo de los últimos años Cómo conocí a vuestra madre. El personaje de Radnor, un treintañero que vuelve a su alma mater para participar en el homenaje a su mentor a punto de jubilarse, conoce allí a una joven estudiante (brillante Elizabeth Olsen en este papel) que le hace replantearse su presente, recordar su pasado y encarar su futuro a partir de premisas distintas. La broma infinita es, de hecho, en esta cinta el libro que lee de manera obsesiva un estudiante depresivo (de apellido Franzen) con poco aprecio por su propia vida; y también el libro que había sido quince años atrás un shock en la vida del entonces estudiante universitario y hoy responsable de variados asuntos administrativos en la burocracia universitaria, y que, suponemos, le empujó a ser el escritor que finalmente no es. En una conversación de café, el estudiante angustiado que lee a David Foster Wallace y el protagonista aparentemente frustrado mantienen una conversación sobre La broma infinita y sobre el suicidio de su autor. Amor y letras se rodó en el Kenyon College, donde David Foster Wallace dio su famoso discurso This is Water.[3]

 

Proceso de “kurtcobainización”, or How to Become a Legend

Resulta verosímil plantear, pues, que el rodaje de esta road movie sobre la gira de un escritor “de culto” y basada en las vivencias de un reportero musical, responda a una necesidad de kurtcobainización del personaje de Wallace, esa especie de canonización laica pero no por ello menos ritual de aquellos aspectos que hacen del personaje un icono, un símbolo,  aquellos rasgos que mejor se avienen al culto, pero que ocultan u oscurecen otros muchos de su personalidad poliédrica. Es una hipótesis, en cualquier caso. No es distinto lo que algunos otros documentos recientes han hecho con la figura del autor que presentó como tesis de licenciatura una novela como La escoba del sistema. La canibalización del animal sacrificial, del agnus dei simbólico, del semejante-otro (como el relato aquel del niño sabio al que la tribu enaltece y manipula), el aprovechamiento de los manjares o de los productos de casquería que ofrece para disfrute de sus acólitos o de sus detractores e impugnadores, forman parte del proceso para elevar a los altares a Wallace (se ha ido organizado una especie de Positio Super Vita et Virtutibus et Fama Sanctitatis: documentos y testimonios para canonizar a un “hombre de iglesia”, con sus consabidos abogados del diablo) o para convertirlo en chivo expiatorio, como han hecho los seguidores de la teoría conspiranoica que desacredita por falso todo lo que emerge de él y de su obra, y, por tanto, abominan de ambos. Así, Harold Bloom dijo en una entrevista a Lorna Koski para la revista Women’s Wear Daily:

“¿Sabe usted? No pretendo resultar ofensivo, pero La broma infinita es simplemente malísima. Resulta ridículo tener que decirlo. No sabe pensar, no sabe escribir. No se percibe ningún talento [...]. Stephen King es Cervantes comparado con David Foster Wallace. [Wallace] parece haber sido una persona muy sincera y muy problemática, pero eso no significa que su lectura tenga que ser un sufrimiento para mí”.[4]

 

Más adentro           

El niño del Midwest adicto a la televisión, el adolescente adicto a la marihuana, el muchacho desgarbado, atacado por un acné pertinaz y una sudoración extrema, que avanza por el pasillo de su colegio mayor con el albornoz sucio y abierto, la bandana en la cabeza y las botas Timberland desatadas, taconeando camino de la –enésima- ducha del día. El joven obsesionado con el lenguaje y con el sexo, empeñado en la tarea de “encajar” en la vida universitaria de la Costa Este. El brillante estudiante que compagina tareas académicas de resultados extraordinarios con procesos depresivos que le obligan a regresar a su casa para recuperarse. El escritor incipiente. La conciencia autorial, tan presente en David Foster Wallace desde muy pronto (probablemente desde el proceso de escritura de La escoba del sistema). En una carta enviada a Harper’s, a cuenta de la publicación de alguno de sus relatos o reportajes en esa revista, y de las posibles manipulaciones que pudieran producirse en esa publicación, escribe:

“Este es el trato. Le doy a usted la bienvenida para hacer las lecturas que usted desee. Pero le pediría que ni usted (ni la señora Rosenbush, a quien respeto pero temo) no manipulen este texto como si fuera el trabajito de un estudiante de primero de carrera”.  

Ya he escrito en alguna ocasión que la recepción crítica de la obra de David Foster Wallace en España es un caso de anacronía hermenéutica. Hemos recibido la traducción de La escoba del sistema como una “novedad” cuando es la primera de sus obras publicadas y en ella está el germen de todo lo que vendrá después. El lector (en) español de David Foster Wallace, que ya había pasado por los ensayos y opiniones, por los relatos, por las novelas éditas, inéditas, infinitas, pálidas y póstumas, llega al origen de todo, al big bang creativo de una propuesta narrativa, estética, filosófica y vital cuyo alcance aún no atisbamos a divisar. Porque, claro, cuando despertamos, La escoba del sistema YA estaba allí. La época -1987- en la que Wallace clamaba en el desierto:

“La narrativa o mueve montañas o es aburrida; o mueve montañas o se sienta sobre su propio culo”.

Pero así era el joven Wallace. Alguien a quien nos imaginábamos     –ahora lo sabemos por su biografía- debatiéndose entre la ficción y la investigación, entre la novela y la filosofía, entre la creación y la lógica matemática; alguien excesivo en todo, en los argumentos y en la sintaxis, en la interiorización y en el mundo (y en los demonios y en la carne); alguien obsesivo con el lenguaje y que puso palabras a las obsesiones; alguien fascinado por las imágenes, náufrago ante el televisor, deudor de la publicidad, devoto del consumo y de las conspiraciones, clásico, moderno, técnicamente superdotado, wonder boy. La imaginación apabullante, inmoderada, deslumbrante.

Cuando Frank Kermode postulaba la existencia del sentido de un final para la ficción, una clausura, un cierre semántico que contuviera (en todos los sentidos posibles: recoger/controlar) las líneas argumentales, y las devolviera cuidadosamente al almacén precintado de los objetos potencialmente perniciosos, estaba mirando de reojo los “desmanes” posmodernos. De estos “desmanes” es heredero David Foster Wallace, aunque con unas derivaciones formales y semánticas que lo alejan de la posibilidad de convertir todo en artificio retórico. Dominador como ningún otro miembro de su brillante generación (sea Next, Quemada o McSweeney’s, a estas alturas ya da igual) de la técnica narrativa, su triunfo fundamental no se produce –solo- en este ámbito, sino en el de la profundización en los miedos y obsesiones del ser humano en la época en la que le tocó vivir. Y en esos miedos y en esas obsesiones no hay líneas argumentales que se cierren. El propio autor lo explicaba de esta manera al referirse al modo en que se enfrentaba al concepto tradicional de “argumento”:

Y creo que no quise completar varias tramas cuidadosamente dentro del marco del libro principalmente porque bastante del entretenimiento comercial con el que crecí hacía eso y no se trata de algo del todo real. Es un tipo de técnica falsamente satisfactoria para redondear varias cosas que van sucediendo…[5]

Resulta más que evidente a estas alturas que las técnicas falsamente satisfactorias no convencían a David Foster Wallace como fórmula narrativa para cerrar o completar las tramas. Por lo que parece, ni en la literatura ni en la vida. Las tramas siguen abiertas.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

BURN, Stephen (ed.), Conversaciones con David Foster Wallace, Málaga, Pálido Fuego, 2012.

EUGENIDES, Jeffrey, La trama nupcial, Barcelona, Anagrama, 2013.

FRANZEN, Jonathan, “Más Afuera”, en Más Afuera, Barcelona, Salamandra, 2012, pp. 23-62.

KARMODI, Ostap, David Foster Wallace: Un’intervista inédita, Milán, Terre di mezzo Editore, 2011.

MAX, D. T., Todas las historias de amor son historias de fantasma. Barcelona, Debate, 2013.

WALLACE, David Foster, Esto es agua, Barcelona, Mondadori, 2012.

WALLACE, David Foster, En cuerpo y en lo otro, Barcelona, Mondadori, 2013.

WALLACE, David Foster, La escoba del sistema, Málaga, Pálido Fuego, 2013.

WALLACE, David Foster, Todo y más: una breve historia del infinito, Barcelona, RBA, 2013.



[1]          La familia de Wallace ha cedido al Harry Ransom Center un total de 34 cajas y 8 carpetas de manuscritos del autor para su catalogación e investigación.

 

[2]           El personaje de Leonard en La trama nupcial es, a todas luces y a todas sombras, el Wallace más caricaturesco y más extremo: problemas mentales, drogas, personalidad, vivencias, familia, obsesiones…  Y también las botas Timberland, el tenis, la bandana en la cabeza, el sexo… Eugenides lo niega. De la misma manera, pueden encontrarse, sin mucha dificultad infinidad de datos biográficos y familiares en La escoba del sistema. La comparación de ambas novelas con la biografía de Max ofrece resultados muy reveladores.

[3]          Una adaptación cinematográfica de Entrevistas breves con hombres repulsivos, dirigida por John Krasinski, se estrenó en 2009, en el Festival de Cine de Sundance.[] La película está protagonizada por Julianne Nicholson, y cuenta en su reparto con Christopher Meloni, Rashida Jones, Timothy Hutton, Charles Josh, Will Forte, y Corey Stoll.[]

[4]           Lorna Koski, “The full Harold Bloom”, en Women’s Wear Daily, 26/04/2011, (http://www.wwd.com/eye/people/the-full-bloom-3592315?full=true).

[5]           S. J. Burn (ed.), Conversaciones con David Foster Wallace, Málaga, Pálido Fuego, 2013, pp. 197-198.

Escrito en Lecturas Turia por Javier García Rodríguez

Obsolescencia programada

15 de febrero de 2016 09:46:58 CET

Encuentro a los jóvenes tan preocupados por la venta, por la agencia literaria, por la repercusión en el mercado, por la notoriedad, que eso tiene que influir en su escritura
Jaime Salinas

 

 

 



esto que escribimos nace muerto, se vuelve mercancía obsoleta para ojos que son cuencos vacíos, en bien de consumo según el librero que devuelve a la guillotina el continente porque el contenido ha dejado de estar de moda, nunca lo estuvo y si lo estuvo: mal, muy mal

 

este nuevo tiempo de los asesinos
exige una oración para el profeta Bernard London
una elegía para el profeta Brooks Stevens

 

es inútil y si no, mal, no contiene ni los colores, ni las formas, ni los eslóganes, ni el maquillaje, ni el peinado, ni las lentejuelas, ni los materiales adecuados, no hay desnudos de los fáciles, denota el momento de su realización y lo que es peor: el afán por sobrevivirte, desgraciadamente, sinvergüenza pretencioso, eres viejo para sacar bíceps en los bares, nadie pagará por ver tus pechos, para liarte a tortazos con cualquiera por los favores de un padrino y has empezado a pensar en la poesía como un bien, por tanto, la estás matando tú mismo



este nuevo tiempo de los publicistas
exige un AOP para el profeta Bernard London
un estudio sobre su awareness para el profeta Brooks Stevens
An Advertising Model with Wearout and Pulsation

esta poesía es abono, detrito, uña seccionada, lo recogerá en breve y dejará registro de su existencia baldía la nueva edición corregida y aumentada del bestiario de la Real Academia Española de la Muerte, una crítica elogiosa, una indiferencia colectiva


este nuevo tiempo de los artistas
exige un hapenning en honor al profeta Bernard London
una performance para el profeta Brooks Stevens


la muerte no tiene mala prensa, en los diarios se achican las secciones de Cultura pero se mantienen y crecen las necrológicas, bailamos un flashmob como bailan las polillas a la luz de las bombillas, llevamos la pancarta con el mensaje más simple, coger el megáfono es un lujo que nos podemos permitir, porque hemos llegado a la meta y, como sospechábamos, allí no hay nada

 

este nuevo tiempo de los suicidas
exige responsabilidades a Bernard London
una mano de hostias para Brooks Stevens

 

Escrito en Lecturas Turia por Enrique Cabezón

Voy a decir un disparate: es una suerte que Virginia Woolf no fuera a la Universidad. Un disparate menos disparatado –creo- de lo que parece. Pues ese pensamiento poliédrico, en el que la inteligencia no está aislada, sino conectada con la imaginación, las sensaciones, los afectos; esa aproximación siempre personal, vivida, a la cultura; ese pasar por el tamiz de la subjetividad, de la reflexión personal, cualquier idea; ese estilo errante, flexible, tangencial … esa libertad, en fin, de outsider, que tanto nos seduce en los ensayos de Virginia Woolf, le debe mucho a su educación autodidacta.

 

Como muchas otras mujeres que llegaron a ser pintoras o escritoras, Virginia y Vanessa habían nacido en un medio de artistas e intelectuales; ese azar les dio acceso a la formación del gusto, el aprendizaje técnico, los contactos, que difícilmente habrían podido obtener de otro modo.  Mientras Adrian y Thoby iban a Cambridge, ellas se quedaron en casa; pero disponían de la espléndida biblioteca de su padre, contaron con profesores particulares –especialmente notable la de griego- y crecieron rodeadas de un círculo, que ellas luego ampliarían, de editores, poetas, pintores, críticos de arte, novelistas… y algún que otro aristócrata, bailarina, economista, diplomático… Diré entre paréntesis que de todas estas profesiones, la que parece haber influido más a Virginia, o hallarse más próxima a su sensibilidad, es la pintura: no sólo en su narrativa la forma y el color tienen un gran protagonismo, sino que en sus ensayos hasta las ideas más abstractas están siempre encarnadas en imágenes.

 

Así, gracias a ese círculo que luego se conocería como el grupo de Bloomsbury, Virginia pudo terminar de formarse: a una primera etapa de lectura solitaria, siguió otra de intercambio con algunas de las mejores mentes de su tiempo. Bloomsbury, que en tantas cosas se adelantó a su época (eran ecologistas, pacifistas, feministas y revolucionarios sexuales avant la lettre), en otras, o a veces en las mismas (libertinaje de cuerpo y espíritu), revivía tradiciones del siglo XVIII. Sobre todo, la intensa vida social, el culto a la amistad y el arte de la conversación. Y al igual que los cenáculos dieciochescos produjeron en su momento ensayistas espléndidos -y muy leídos por Virginia, que toma la expresión Common reader de uno de ellos, Samuel Johnson-, los ensayos de ésta son también un reflejo de las conversaciones de su círculo. Así nos las describe en su autobiografía inacabada, Moments of Being:


“[Nuestros nuevos amigos] criticaban nuestros argumentos con tanta severidad como los suyos propios. Nunca parecían fijarse en cómo íbamos vestidas o si estábamos guapas o no. Toda esa fastidiosa preocupación por nuestra apariencia y comportamiento que nos había inculcado George [hermano mayor por parte de madre] durante nuestros primeros años se desvanecía completamente. No teníamos ya que soportar ese terrible examen después de una fiesta, cuando nos decía: “Estabas preciosa”, o: “No ibas nada guapa” o “A ver si aprendes a peinarte de una vez”, o “Intenta no poner esa cara de aburrimiento cuando bailas”, o: “Has hecho una conquista”, o “Has sido un desastre”. Todo eso parecía no tener sentido o no existir en el mundo de Bell, Strachey y Sydney-Turner. En ese mundo el único comentario mientras nos desperezábamos después de que se hubieran marchado nuestros invitados era: “Defendiste bastante bien tu punto de vista”, o “No has dicho más que tonterías”…” (Moments of Being tiene versión española,  de Andrés Bosch: Momentos de vida, Lumen, 1980, pero el libro está descatalogado. La traducción que aquí doy es mía.)

 

En esas mismas páginas, sin embargo, Woolf hace una observación que nos permite entender mejor el estilo de sus ensayos:

 

“Ambas [Virginia y Vanessa] aprendimos tan concienzudamente las reglas del juego victorianas  que  nunca las hemos olvidado. (…)Cuando leo mis antiguos artículos en el Literary Supplement y observo su suavidad, su cortesía, su enfoque indirecto, le echo la culpa a mi entrenamiento para servir el té. Me veo a mí misma, no criticando un libro, sino ofreciendo bandejas con dulces a tímidos jovencitos y preguntándoles si quieren leche y azúcar. Por otra parte,  respetar superficialmente esos modales le permite a una, según he descubierto, deslizar cosas que serían inaudibles si las proclamase en voz alta.”

 

La combinación de estos dos extractos de Moments of Being me parece resumir bastante bien la faceta de ensayista de Woolf. Una faceta mucho menos conocida que la de narradora y con la que a primera vista parece tener poco en común. La Virginia Woolf que escribe novelas lo hace con fines artísticos, en el marco de un proyecto propio, coherente, ambicioso; el resultado es exquisito y de lectura a veces ardua; su autora es hoy famosa. La Virginia Woolf que escribe ensayos (en el sentido inglés, que abarca lo que en español llamamos ensayos pero también lo que llamamos artículos) no es famosa; escribe ocasionalmente, y en parte al menos, por dinero; los textos resultantes, de una lectura mucho más asequible que la de las novelas, no forman un conjunto homogéneo... Sin embargo, como hace notar Rachel Bowlby en su agudo prólogo a la selección titulada A Woman’s Essays (Penguin, 1992), también hay mucho en común entre estas dos partes de la obra. Para empezar, los ensayos, una vez recopilados, no son tan inferiores en extensión al conjunto de novelas como pudiera pensarse: sumando los artículos (de crítica literaria, sobre todo) recopilados en los dos tomos de The Common Reader, más Una habitación propia y Tres guineas, más otros textos dispersos, se alcanzan los seis volúmenes editados por Andrew McNeillie en The Hogarth Press a partir de 1986.  (En español se han recogido parcialmente en diversas selecciones: La torre inclinada, Lumen, 1977, Las mujeres y la literatura, Lumen, 1981, Escenas de Londres, Lumen, 1986, Horas en una biblioteca, El Aleph, 2005, y Londres, Lumen, 2005, amén de Tres guineas y sobre todo de Una habitación propia -o Un cuarto propio, en la traducción de Borges- cuyas reediciones son constantes.).

 

Pero sobre todo, la Woolf novelista y la ensayista comparten algunos temas fundamentales -la creación artística, las relaciones entre los sexos…- y en gran parte, el estilo: el avance tangencial, con digresiones reflexivas y pequeñas historias secundarias que arrojan sobre la principal una luz inesperada; los constantes y siempre originales símiles y metáforas; la combinación de subjetividad y objetividad, narración y reflexión, lirismo e ironía… No es de extrañar que hacia el final de su vida, Woolf proyectase un ensayo-novela (The Pargiters, luego convertido en la novela The Years, Los años).

 

“Si pensamos en la verdad como algo dotado de la solidez del granito, y en la personalidad como algo que tiene la intangibilidad del arco iris…” Así empieza Woolf uno de sus artículos, y ese doble símil se aplica muy bien a sus ensayos. Bajo la suavidad de los modales victorianos aprendidos en su infancia, surgen ideas que  desarrolla y defiende con la lógica que aprendió a ejercitar en las conversaciones del grupo de Bloomsbury; bajo el guante de terciopelo del estilo, la mano de hierro de la argumentación. Una serie de argumentaciones que voy a examinar centrándome en algunos temas recurrentes y sacando, o eso intentaré, a la luz, el hilo rojo que los recorre todos: la contradicción interna.

 

“En diciembre de 1910, más o menos, el carácter humano cambió”

En uno de sus más famosos ensayos, “Mr. Bennett and Mrs. Brown” (1924), considerado uno de los grandes manifiestos literarios del modernismo (junto con “Tradition and the Individual Talent” de T. S. Eliot y “A Retrospect” de Ezra Pound), Virginia imagina que se encuentra en un tren con una señora corriente, la “Mrs. Brown” del título, a la que quiere convertir en personaje; y que le pregunta a sus “mayores”, es decir a los novelistas entonces en boga, tales como Arnold Bennett, cómo debe describirla.

 

“Y ellos me dijeron: “Empiece usted diciendo que su padre tenía una tienda en Harrogate. Indique el alquiler. Indique el salario de los dependientes en el año 1878. Descubra de qué murió su madre. Describa el cáncer. Describa el algodón estampado. Describa…” Pero yo grité: “¡Basta, basta!” Y lamento decir que tiré esa herramienta fea, torpe, incongruente, por la ventana, pues sabía que si empezaba a describir el cáncer y el algodón estampado, mi señora Brown, esa visión a la que me aferro aunque no conozca la manera de transmitírosla, se habría apagado y embotado y desvanecido para siempre.”

 

En “Mr. Bennett and Mrs. Brown” se debaten por lo menos tres ideas. Una es la del progreso en las artes; otra, lo que Woolf llama el “materialismo”; la tercera, la posibilidad –y en cierto modo el derecho- para el escritor de hablar en nombre de otros, aquellos que no tienen acceso a la palabra pública. Y las contradicciones aparecen enseguida.

 

Entre clasicismo y modernidad, para empezar. En su ensayo “On Not Knowing Greek”, Woolf afirma que los clásicos griegos nos presentan al “ser humano original, estable, permanente”. Pero esa creencia en lo eterno e inmutable, que es también un anhelo (“Nos volvemos hacia los griegos cuando estamos cansados de la vaguedad, de la confusión, del cristianismo y sus consuelos, de nuestra propia época”), convive con otros momentos en que la autora parece creer en, y desear también, un arte que se transforme a la par que la historia:

 

“En diciembre de 1910 [año de la muerte de Eduardo VII], más o menos, el carácter humano cambió. Todas las relaciones humanas se transformaron: entre amos y criados, maridos y mujeres, padres e hijos. Y cuando las relaciones humanas cambian se da al mismo tiempo un cambio en religión, comportamiento, política y literatura.”

 

Que ese cambio es deseable, está implícito en “Mr. Bennet and Mrs. Brown”. Pero podríamos preguntarnos: ¿en nombre de qué? Ya he indicado más arriba que las respuestas son al menos tres: en nombre de la Historia, a la que el arte no puede o debe ser insensible; en nombre de “la vida” o “la verdad”, que el “materialismo”, según Woolf, no capta; en nombre, por último, de la imposibilidad o ilegitimidad de que el escritor, un privilegiado, monopolice la condición de sujeto del conocimiento. 

 

“La vida no es una serie de farolas simétricamente colocadas”

“A nuestro alrededor” –así diagnostica Woolf su propia generación literaria-, “en poemas y novelas y biografías, incluso en artículos de prensa y ensayos, oímos el sonido de lo que cae y se hace añicos, del derrumbe y destrucción.”  El Ulises –que ella es de los primeros en defender, aunque privadamente no la entusiasme- y La tierra baldía son el signo de los nuevos tiempos: los lectores deberán acostumbrarse a “lo espasmódico, lo oscuro, lo fragmentario, lo fallido”. Y es que Virginia Woolf, recordémoslo, desarrolla su obra a lo largo de unas décadas –primera mitad del siglo XX- en que la revolución parece inevitable y los intelectuales la consideran positiva.  “Esa gran fuerza que tienen [las clases trabajadoras]”, escribe en 1930, “está a punto de estallar y fundirlo todo, con lo que la vida será más rica y los libros más complejos”. La convención literaria sería entonces una más de entre las convenciones que hay que hacer estallar para que fluyan la libertad y la creatividad:

 

“Si un escritor fuera un hombre libre y no un esclavo, si pudiera escribir lo que quiere, no lo que debe, si pudiera no basar su trabajo en las convenciones, entonces no habría argumento, ni comedia, ni intriga amorosa…”

 

So far so good, como dirían los ingleses. Pero la contradicción empieza cuando observamos que Woolf critica a la generación literaria anterior y defiende la suya propia no sólo en nombre de ese principio temporal (los nuevos tiempos requieren una nueva literatura), sin también, simultáneamente, en nombre de un principio intemporal, contradictorio con el anterior: el “materialismo” de Arnold Bennett y demás se opone, según ella, no ya a la actualidad, sino a la verdad, a lo que la vida “es”:

 

“La vida no es una serie de farolas simétricamente colocadas; la vida es un halo luminoso, un envoltorio semitransparente que nos rodea desde el principio de la conciencia hasta el final.”

 

Woolf es en esto una de las mejores y más lúcidas mentes de su generación: la que llegó a la madurez hacia 1920; la generación que creía periclitadas para siempre las novelas con argumento; la generación que dejó de creer en una verdad objetiva, cognoscible; la generación del monólogo interior y el flujo de conciencia, pues como ella misma dice: “Examinemos por un momento una mente corriente en un día corriente. La mente recibe una miríada de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con la dureza del acero.” La generación, en fin, de Rosa Chacel, Pirandello, André Gide, Proust y Joyce; la teorizada por Ortega, para quien el gran novelista desdeñará la realidad visible y sumergiéndose en la interioridad de sus personajes, “tornará apretando en el puño perlas abisales”…

 

Esa necesidad de interioridad es uno de los caballos de batalla de Virginia Woolf contra el “materialismo”decimonónico, representado no sólo por Arnold Bennett, sino por su padre, Leslie Stephen, de profesión biógrafo. De biografía habla el artículo cuya primera frase citamos más arriba: “Si pensamos en la verdad como algo dotado de la solidez del granito, y en la personalidad como algo que tiene la intangibilidad del arco iris, y nos damos cuenta de que el fin de la biografía es unir estas dos cosas en una sin que se vean las costuras, tendremos que reconocer que el problema es considerable y no es de extrañar que los biógrafos, en su mayor parte, hayan fracasado en el intento de resolverlo.” Pero el problema, claro, no es sólo de los biógrafos, sino también de los novelistas: aunque la granítica “verdad” a la que éstos aluden sea una realidad –valga la paradoja- imaginaria, subsiste la cuestión de la personalidad. ¿Se puede captar, o imitar de forma convincente, la personalidad de seres muy distintos a nosotros? Para abordar cuestión tan espinosa daremos antes un rodeo por Una habitación propia. 

 

“La imaginación es hija de la carne”

¿Por qué ha habido y hay tan pocas mujeres escritoras, pintoras, escultoras, pensadoras…? Es esta una pregunta difícil de obviar para cualquier intelectual o artista del sexo femenino. De la respuesta que le demos depende en gran parte la percepción de nuestra propia identidad: ¿somos mujeres de verdad? ¿somos una anomalía de la naturaleza: “un perro que anda sobre sus patas traseras”, como dictaminó Samuel Johnson?, ¿marimachos?, ¿preciosas ridículas?, ¿excepcionales, en el sentido de superiores, pero sin que nuestra existencia demuestre nada respecto a las mujeres en general?¿escribidoras para marujas? ¿imitadoras de los hombres, impostoras?, ¿simple fruto de la creciente autonomía legal y económica, tiempo libre y educación de la población femenina?...  En Una habitación propia –y también en innumerables artículos, reseñas, cartas a los periódicos…-, Virginia defendió esto último. Pero ello implica una nueva contradicción: ese “materialismo” que ataca en la literatura de Arnold Bennett, lo ejerce ella misma cuando se trata de responder a la pregunta que encabeza este apartado. Para entender, dice, “por qué ninguna mujer escribió ni una palabra de esa extraordinaria literatura [isabelina] cuando cualquier hombre, o eso parece, era capaz de componer una canción o un soneto”, lo primero que deberíamos preguntarnos es “cómo eran educadas; si aprendían a escribir; si tenían habitaciones propias; cuántas mujeres tenían hijos antes de cumplir los veintiún años; en una palabra, qué hacían de las 8 de la mañana a las 8 de al tarde”. Pues “la imaginación es hija de la carne”.

 

Es curioso, y creo que sintomático del momento ideológico que estamos viviendo, que la frase que acabo de citar se recuerde tan poco cuando se glosa el pensamiento de Virginia Woolf. De igual modo, al evocar Una habitación propia se suele citar la afirmación de que “la gran mente es andrógina” (una frase que no es suya, sino de Coleridge, aunque es cierto que ella la endosa), pero en cambio se olvida ese otro pasaje en que la autora asegura que “sería una inconmensurable lástima que las mujeres escribieran como los hombres, o vivieran como los hombres, o tuvieran la misma apariencia que los hombres, pues si dos sexos son totalmente insuficientes teniendo en cuenta la vastedad y variedad del mundo, ¿cómo nos las arreglaríamos con uno solo?”…

 

Recordemos la anécdota que cuenta en las primeras páginas de Una habitación propia. Cuando le encargan una conferencia sobre mujeres y literatura, la narradora va a la biblioteca del Museo Británico, busca en el fichero la W de woman, y… “Aquí vienen cinco minutos, uno por uno, de estupor.” Pues encuentra cientos de fichas, correspondientes a otros tantas obras sobre la mujer desde todos los puntos de vista imaginables: teológico, moral, antropológico… escritas por caballeros “que no tenían ninguna cualificación excepto la de no ser mujeres”.(“¿Os dais cuenta -pregunta a sus lectoras- de que sois, quizá, el animal más comentado del universo?”…) “Era un fenómeno de lo más extraño; y aparentemente –aquí consulté la letra M [de man]- limitado al sexo masculino. Las mujeres no escriben libros sobre hombres.”

 

En su obra Le sexe du savoir (Alto, París, 1999), la historiadora y filósofa francesa Michèle Le Doeuff expone claramente lo que es sin duda el meollo del problema, y es que, aunque el conocimiento no tiene por qué ser sexuado,  históricamente los varones han monopolizado la condición de sujeto de ese conocimiento (entendiendo por tal no sólo las ciencias sino también las artes), constituyendo las mujeres uno de sus objetos.  Es lo  que tan bien ilustra la anécdota de la biblioteca: en este punto, como en casi todos, Una habitación propia sigue siendo una obra fundamental, a la que no ha pasado el tiempo, que plantea, en 1929, todas las grandes cuestiones sobre las que hoy seguimos debatiendo.

 

Pero lo que me interesaba era sacar a la luz una cuestión que Woolf no aborda nunca abiertamente, pero que se lee entre líneas de muchos de sus ensayos, y es esta: ¿puede un escritor, es decir, un privilegiado, hablar en nombre de quienes no lo son?

 

Creo que la respuesta que Woolf da a esta pregunta, por más que ello pueda sorprendernos (pues contradice la preeminencia de la imaginación sobre lo material, la presunta androginia de la mente, y otras muchas de sus afirmaciones), es más bien negativa.  Lo manifiesta, no sólo implícitamente en el tono sardónico con que cuenta su incursión en el  fichero, sino de forma más abierta en párrafos como este:

 

“Arrojar afuera e incorporar en una persona del sexo opuesto todo lo que echamos de menos en nosotros mismos y deseamos en el universo y detestamos en la humanidad es un profundo y universal instinto por parte tanto de hombres como de mujeres. (…) Algunas de las más famosas heroínas (…) representan lo que los hombres desean en las mujeres, pero no necesariamente lo que las mujeres son en sí mismas”. Woolf lo ilustra con el personaje de Cordelia, aunque también, como ejemplo inverso (novelista mujer, personaje masculino) con el de Rochester, de Jane Eyre.

 

Está, además, este otro pasaje:

 

“[El escritor] está sentado en una torre que se alza por encima de los demás; una torre construida primero sobre la posición de sus padres, y después, en el oro de sus padres. Es una torre de la mayor importancia; decide su ángulo de visión.”

 

Y dirigiéndose a un congreso de mujeres obreras, confiesa que por más que ella intente imaginarse qué es fregar los platos o preparar la cena para un minero y su familia, el resultado es “una imagen falsa y un juego demasiado juego para que valiera la pena jugar a él”.

 

Pero entonces, nos preguntamos: ¿no tenían razón a fin de cuentas Bennett y los “materialistas”? Si el ángulo de visión del novelista depende de la posición y el oro de sus padres; si un personaje de sexo opuesto al nuestro representará nuestras fantasías más que la verdad del sexo opuesto; si intentar meterse en la piel de Mrs. Brown es “uina imagen falsa y un juego demasiado juego”… ¿no debe el novelista conformarse con indicar el alquiler y describir el cáncer y el algodón estampado? Ítem más: ¿no desmiente Woolf sus propias palabras cuando se sitúa, en tanto que novelista, en  la interioridad de personajes de otro sexo, de otras clases sociales, de otras épocas?... Quizá, justamente, habría que preguntarse si tales personajes están logrados: por ejemplo Charles, el joven de clase baja discípulo de Mr. Ramsay y admirador de su esposa,  en Al faro, está tratado por la voz narradora con mucha condescendencia; Septimus Smith, en Mrs. Dalloway, es convincente en tanto que enfermo mental y suicida (algo que Woolf conocía bien), más que como varón... Y si en Mrs. Dalloway o Al faro Woolf parece afirmar, con el ejemplo, que es posible meterse en la piel de personajes muy distintos a la persona del novelista, en Orlando da a entender lo contrario: su amable burla parece ir dirigida contra quienes piensan (sean biógrafos o novelistas) que cabe conocer a alguien distinto de uno mismo; lo único que puede hacerse, parece decirnos Woolf en ese libro, es inventar, y así lo hace ella: habiendo renunciado a la verdad, se complace en la fantasía más desbocada.

 

El pensamiento de Virginia Woolf es, en fin, a menudo contradictorio, pero quizá por eso mismo es tan fructífero. Gracias a esas contradicciones se ha convertido “en una estrella cuya imagen y autoridad son insistentemente utilizadas o desafiadas en debates sobre arte, política, género, el canon, clase, feminismo y moda”, como explica Brenda Silver en uno de los ensayos más originales e interesantes publicados (por la University of Chicago Press,  en 1999) en el tema que nos ocupa.

Escrito en Lecturas Turia por Laura Freixas

Mi hijo, el poeta

11 de diciembre de 2015 12:24:21 CET





Mi propio corazón una ciudad con un terrorista

atrincherado en el despacho del alcalde

Stephen Dunn

 

 

 

 

 

Si Padre llega tarde no es porque tenga miedo

ni porque arranque al fin la primavera

y con ella los coches deshuesados

que ponen rumbo al mar.

 

Si Padre llega tarde

a la tercera planta, Sala 6,

cardiología,

será por un despiste o porque quiere,

porque, con todo, es dueño —todavía—

de estas pequeñas cosas que no importan.

 

Y dicen nuestro nombre y me sonríe,

victorioso y anciano y en sus ojos

danza un pirata dueño de un secreto.

 

La doctora es más joven que el poeta

y el pirata me apunta con la pata

de palo y el secreto se posa en su hombro izquierdo:

 

Este es mi hijo, barbulla y ya no quedan

mesas libres en ninguna terraza y menudo día

para ser otra cosa; millonario

con camisa pistacho; surfer, mendigo al sol

con los ojos cerrados, sonriendo.

 

Un día para estar en otro sitio.

Un día sin tener que hablar de nada.

 

Este es mi hijo, el poeta.

Y el secreto aletea en la consulta

repitiendo la frase, poseído

por la ira de las arenas insomnes y por el blanco

impoluto de la bata. Mi hijo, repite mi padre

y el secreto regresa a su hombro izquierdo

y nadie dice nada en la tercera

planta, en la sala 6. Cardiología.

 

 

 

Escrito en Lecturas Turia por Ben Clark

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