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Momento

28 de octubre de 2015 09:56:58 CET

Las mujeres, sentadas en sus sillas de lona, bajo el toldo tricolor como bandera de un país sin himno; los platos sucios bajo el sol sediento, y el crujir de la arena como azúcar bajo los pies sin sombra de las niñas que vigilan el mar, como a un cautivo, animal que conoce lo que piensan; las rocas apiladas bajo el muro, con la ciudad detrás, como el mar presa; la obligación, o fe, de las columnas del viejo balneario, que aún soportan el fondo del azul indiferente; y el padre que regresa entre los otros cuerpos dormidos, excitados, semidesnudos como voces, por la playa, llena de cantos que las olas fueran, como azarosos ídolos, puliendo, para la mano tibia de la especie humana... Eso vimos, antes de ver el pulpo aferrado al arpón, y el jubiloso gesto del padre y la familia; la masa de color magenta retorciéndose, bajo la mirada del mundo superior, como dedos desordenando el aire. Hasta que la arrancó de la obediente flecha, para luchar de tú a tú, un brazo al que abrazó hasta lo más dentro, que conoció la oscuridad del pulpo, antes de que otro brazo la arrancara, y a duras penas la arrojara lejos. Casi en la orilla de su paraíso respirable sintió la gravedad el pulpo, el sabor de su abrazo en la tinta incapaz de reescribirlo, informe, donde todo se fue pegando a todo.

 

Escrito en Lecturas Turia por Abraham Gragera

Arena blanca, piedra negra

28 de octubre de 2015 09:53:08 CET

El joven oficial estaba leyendo las páginas de mi pasaporte con diligencia, con escrúpulo, como si fuesen las páginas de una revista de farándula o de una novela barata. Las sostenía en alto. Las miraba a contraluz. Las raspaba fuerte con la uña de su índice. Se me ocurrió que en cualquier momento doblaría la esquina de alguna, como marcador, como para volver más tarde a su lectura. Viaja mucho usted, dijo de pronto mientras revisaba todos los sellos. No supe si era una pregunta o un comentario y sólo guardé silencio, observándolo ante mí, sentado del otro lado de un escritorio de metal negro. No tendría aún veinte años. Su rostro era lampiño, bruno, brilloso. Su uniforme verde caqui le tallaba demasiado apretado. Parecían ya no importarle los hilos de sudor que caían despacio por su frente y cuello. Como que le gusta viajar a usted, musitó sin verme, usando ese tono abusivo de nuevo militar. Pensé decirle que todos nuestros viajes son en realidad un solo viaje, con múltiples paradas y escalas. Pensé decirle que todo viaje, cualquier viaje, no es lineal, ni circular, ni concluye jamás. Pensé decirle que todo viaje es un despropósito. Pero no dije nada. Por la puerta abierta entraba el ruido de motos, de camiones, de camionetas, de una ranchera en radio transistor, de truenos en la distancia, de los enjambres de moscas y mosquitos y de los hombres que a gritos ofrecían comprar y vender dólares beliceños. Oscilando en la esquina, un viejo ventilador de piso sólo revolvía el calor selvático y húmedo de la tarde.

Era mi primera vez allí, en Melchor de Mencos, último pueblo guatemalteco antes de entrar a Belice. Había salido de la capital al amanecer, y conducido hasta la frontera sin detenerme más que una vez, a medio camino, en el lago de Izabal, a echar gasolina y almorzar un caldo de mariscos, un manojo de tortillas negras con queso fresco y loroco, y bastante café.   

¿Su domicilio, señor?, me preguntó el oficial, aún ojeando las páginas de mi pasaporte y anotando mis datos en una enorme bitácora contable. Ciudad de Guatemala, le mentí, aunque no era del todo mentira. ¿Y la intención de su viaje a Belice? Voy a visitar a unos amigos, en Belmopán, le mentí, aunque tampoco era del todo mentira: me habían invitado a hacer una lectura en la Universidad de Belice, en Belmopán; viajar por tierra había sido idea mía, para conocer esa ruta, para conocer las hermosas playas de arena blanca de Belice, el idílico mar azul turquesa de Belice —una idea que ahora, tras comprobar la distancia y el estado tan paupérrimo de las carreteras, empezaba a cuestionar. ¿Su profesión, señor? Ingeniero, le mentí, como miento siempre, como escribo siempre en los formularios de migración. Es mucho más recomendable y sensato, especialmente en fronteras de cualquier tipo, ser ingeniero que escritor.

El oficial se quedó callado, y despacio, con todo el letargo del trópico, continuó anotando mis datos.

Afuera estaba nublado y denso y el cielo parecía a punto de reventar. Tras secarme la frente con la mano, me puse a mirar un inmenso mapa de Guatemala colgado en la pared, justo detrás del oficial, y recordé cuando de niño, en los años setenta, había ganado un premio en el colegio por hacer el mejor dibujo del mapa nacional. Mi dibujo, por supuesto, aún incluía el entonces departamento de Belice, el más grande, ubicado en el extremo norte del país. No sería hasta 1981 que Belice lograría su independencia —y hasta 1992 que ésta fuese reconocida oficialmente por Guatemala—, dejando así de formar la parte superior de aquel mapa que yo aprendí a dibujar de niño. Nunca he podido dibujar muy bien. Pero esa vez, recuerdo, me esmeré. Y mi premio, que recibí atónito de la mano de la maestra, fue un pequeño mango verde. Aún no puedo ver un mapa del país sin antojárseme un mango verde. Aún no puedo ver un mapa del país sin pensar que Guatemala, de un modo más que figurativo, quedó decapitada.

 

*

 

Esto no sirve, señor.

Tardé un poco en comprender que el oficial, sin subir la mirada, y apenas audible por encima del silbido del ventilador, me estaba hablando a mí.

¿Cómo dice?, le pregunté. Que esto no sirve, dijo, cerrando mi pasaporte y dejándolo caer sobre el escritorio de metal, como con repudio, como si fuese algo tieso y podrido. Su pasaporte, señor, venció el mes pasado. Sentí un ligero golpe en el vientre. No puede ser, balbuceé. El oficial, inalterado, sólo continuó garabateando algo en la vieja bitácora. ¿Era posible? ¿Hacía cuántos años que lo había tramitado? ¿Hacía cuánto tiempo que ni siquiera había verificado la fecha de vencimiento? Estiré la mano y recogí el librillo azul del escritorio y lo abrí a la primera página. Vencido, en efecto, hacía un mes. No sirve, espetó el oficial hacia abajo, hacia las páginas rayadas y amarillentas de la vieja bitácora, y por un momento creí entender que el que no servía era yo. ¿Y ahora?, le pregunté. ¿Y ahora qué, señor?, sin verme. ¿No hay otra manera de entrar a Belice? Ninguna, señor. ¿No puedo cruzar la frontera con mi cédula de identidad? Meneó la cabeza una sola vez, lapidario. Belice, dijo, no forma parte del convenio centroamericano. Era cierto. Todos los países centroamericanos recién habían firmado un convenio permitiendo el libre paso fronterizo a sus ciudadanos —todos, claro, salvo Belice. Suspiré, ya imaginándome el camino de vuelta a la capital, ya haciendo el cálculo matemático de todas las horas y todos los kilómetros de ida y vuelta, atravesando el territorio nacional casi entero de ida y vuelta, en un mismo día. Abrí mi cartera de cuero para guardar el pasaporte y me sorprendió ver allí el cartón rojo. No se me había ocurrido. De hecho, aunque se me hubiese ocurrido, ese preciado cartón rojo generalmente se quedaba en casa, y no hubiera creído encontrarlo allí, en la cartera de cuero que siempre viaja conmigo, y en la cual mantengo otras tarjetas de crédito (por si acaso), credencial de seguro médico (por si acaso), licencia de buceo (por si acaso), un par de preservativos (por si acaso). Sonreí triunfante. Aquí tiene, le dije al oficial, y lo coloqué bajo su mirada, sobre las páginas mismas de la bitácora. ¿Y esto?, farfulló perplejo, aun desconfiado. Es que soy muchos, le dije con algo de sátira. Pero hoy, le dije, soy dos.

El oficial, quizás por primera vez, alzó la mirada, y me observó detenidamente, escépticamente, mientras sostenía un librillo en cada mano, un pasaporte en cada mano: el guatemalteco en la derecha, y el español en la izquierda.

Permítame, y se puso de pie. En su espalda verde caqui crecía una mancha oscura y redonda de sudor.

Caminó despacio hacia un escritorio más grande y más importante donde estaba sentado un señor mofletudo, calvo, con un grueso bigote ceniciento y gafas de lectura, y trajeado en el mismo uniforme verde caqui. Su jefe, supuse. El joven oficial le entregó los pasaportes y me señaló y los dos hombres se pusieron a revisar mis documentos, a compararlos, a juzgarlos, mientras se susurraban no sé qué cosas. De pronto el oficial mayor se quitó las gafas de lectura. Alzó la mirada hacia mí y se quedó observándome unos segundos. Como enfurecido por algo. O como asustado por algo. O como intentando descubrir algo en mi rostro, quizás algún detalle o gesto que le comprobara mi identidad. Luego bajó la vista, le devolvió mis dos pasaportes al joven oficial y, buscando las gafas de lectura que le colgaban del cuello, regresó su atención a los papeles sobre el escritorio.

Firme usted aquí, me dijo el joven oficial al nomás sentarse, indicándome una línea en blanco en la bitácora, a la par de mi nombre. Firmé gustoso, en letras pomposas y estilizadas. El oficial selló la bitácora con demasiada fuerza, acaso con la furia del derrotado, y me entregó ambos pasaportes. Siguiente, declamó en forma de despedida hacia la cola de personas atrás de mí, esperando su turno. Yo guardé todo en la cartera de cuero, di media vuelta sin prisa y sin decir nada, y ya marchándome de la oficina de migración, ya oyendo las gotas de lluvia sobre las láminas corrugadas del techo, advertí que el oficial gordo y bigotudo me miraba serio por encima de sus gafas. 

Afuera llovía fuerte. Esquivé rápido a los vendedores de chicles y golosinas, a los vendedores de naranja agria con pepitoria, a los vendedores de dólares beliceños con fajos de billetes sucios en las manos y cangureras de nailon atadas a las cinturas, y me puse a correr entre las oleadas de lluvia hacia donde había dejado aparcado el carro: un viejo Saab color zafiro que me solía prestar un amigo para hacer viajes en el interior del país.

Al nomás llegar, abrí la puerta y entré y me apuré a insertar la llave y arrancar el motor. Me quedé quieto, medio empapado o quizás medio sudado, nada más oyendo el repentino chubasco contra la carrocería, y los truenos en la lejanía de la selva petenera, y el chirrido metálico y agobiante de una batería muerta.

 

*

 

Aquí le va a costar hallar a un camionero que quiera ayudarlo.

Tenía acento salvadoreño o quizás nicaragüense. Llevaba puestas unas botas de vaquero de piel de cocodrilo. Su camisa de botones estaba abierta y sobre su corazón, en tinta verde, tenía un tatuaje de otro corazón atravesado por una flecha y por una cinta con el nombre de alguien. De su mujer, supuse. O de alguna de sus mujeres. Llevaba un machete largo en una funda de cuero negro colgada de su cinturón. Y yo de inmediato, al verlo acercarse y sonreírme con sus dientes de plata, sentí una ráfaga de desconfianza y pánico y estuve a punto de cerrar los ojos y decirle que sólo el dinero, por favor, que me dejara quedarme con mis tarjetas de crédito y demás papeles. Pero él rápido me saludó y me dijo que su camión era aquél de allá, el blanquito, que iba camino a México, que se llamaba Roldán. No quise preguntarle si ése era su nombre o su apellido. Tampoco quise preguntarle qué llevaba en su camión.

Yo había tenido que permanecer casi una hora dentro del carro, esperando a que menguara la lluvia. De vez en cuando abría un poco la puerta para airear el calor y el humo de mi cigarro (la ventanilla eléctrica, claro, no funcionaba). Pero llovía demasiado fuerte y el agua se entraba enseguida y tuve entonces que curtirme una hora allí dentro, sumergido en mi propio humo y vapor. Creí ver en varias ocasiones —a través del vidrio y de las sábanas de lluvia— al oficial bigotudo parado en la puerta de la oficina de migración, quizás observando la lluvia, quizás observándome a mí.  

Aquí ningún camionero le echará una mano, dijo Roldán. Dizque andan con prisa los compañeros. Se rascó la barriga. Pero son puros cuentos, dijo. Lo que pasa es que son algo crueles.

Con un par de chiflidos, llamó a un muchacho adolescente que pasó caminando por ahí. Ayudáme a empujar, vos, le dijo al muchacho, que accedió de mala gana. Usted póngalo en neutro, me gritó Roldán, y cuando yo le diga, meta segunda y trate de arrancar. Intentamos tres veces. El motor ni siquiera reaccionó.

Ay, mi rey, dijo Roldán ensanchando su sonrisa de plata. Esa batería ya no da. El muchacho, sin decir nada, se había esfumado.

Me bajé del carro. Le extendí a Roldán la cajetilla de Camel y él tomó un cigarro y ambos nos quedamos fumando un momento en silencio. El sol había vuelto a salir. En la distancia, un velo de neblina tibia cubría parte de la montaña. ¿Tiene usted cables?, me preguntó de pronto. Creo que sí, le dije, en la maletera. Mi camión sólo anda con batería de veinticuatro voltios, dijo. Hay que hallar a un camionero con batería de doce voltios. Tal vez así logramos cargarla. Me pidió otro cigarro. Para lueguito, dijo, y lo colocó sobre su oreja. ¿Desde dónde viene usted, pues?, me preguntó, y le expliqué que había salido de la capital esa misma mañana, que iba camino a Belice, que quería cruzar a Belice, que quería llegar a las playas de arena blanca de Belice. No con esa su batería, mi rey, dijo siempre sonriendo. Pero no se preocupe. Ya mero se la arreglamos. Dios mediante.

Roldán detuvo a dos camioneros, y ambos, desde sus cabinas, sólo negaron con la cabeza y siguieron por la carretera. Al rato llegó el dueño del camión que estaba aparcado a mi lado. Roldán se acercó al él y le explicó la situación y el tipo le dijo que sí tenía batería de doce voltios, pero que no podía darme carga. ¿Y por qué no, papá?, le preguntó Roldán, y el tipo sólo meneó la cabeza, apenado. Roldán le insistió de tal manera que el camionero finalmente aceptó. Conectamos las dos baterías. El camionero encendió su motor, y lo dejamos correr unos minutos, y nada. Luego lo dejamos correr unos minutos más, y yo volví a intentar, y otra vez nada. El camionero desconectó los cables, se subió a su cabina y, casi ofendido conmigo, como si yo le hubiese robado algo, se marchó.

Roldán sacó su teléfono celular y marcó un número. Pidió una grúa. No se inquiete, me dijo. Es de un amigo, me dijo, quien en nada le cambia la batería aquí en Melchor de Mencos, del otro lado del puente, y puede seguir usted su camino a Belice.

Sentí algo en las rodillas. Acaso impotencia. Acaso una devastadora soledad. Acaso el pánico de estar ingresando, poco a poco, a una extensa telaraña de estafadores.

Roldán se quedó fumando a mi lado hasta que llegó su amigo con la grúa y negoció el precio con él y lo amenazó con tratarme bien. Le agradecí. Le ofrecí unos cuantos billetes, que rechazó con obstinación. Le dije, quizás por miedo a quedarme solo y varado a media selva petenera, que me dejara invitarlo a una cerveza en el pueblo. Es que yo también tengo que seguir mi camino, dijo negando con la cabeza.

Me subí al asiento de pasajero de la grúa. Olía a sudor, a grasa, a pescado rancio, a frenos quemados. Del espejo retrovisor colgaba un crucifijo de plástico color rosa, una postal laminada de una rubia mostrando las tetas, y dos dados de peluche, uno blanco y el otro negro. Leí pintado en el vidrio, hasta arriba, en grandes letras de oro: cristo es mi norte. No se le vaya a ocurrir viajar a Belice de noche, me dijo Roldán sosteniendo la puerta. Mejor quédese usted en el pueblo, cene sabroso, duerma bien, y salga mañana tempranito, con calma. Volví a sentir ese mismo algo en las rodillas. Ya veremos, le dije. Cerré la puerta. De veras, gritó encima del recio motor de la grúa. Puede ser peligroso andar por allí de noche.

 

*

 

No parecía un taller de mecánica. No tenía ningún rótulo. Era nada más un pequeño predio con suelo de tierra, encerrado por tres paredes de adobe, y con un portón de metal gris que daba a la calle. Había herramientas tiradas y amontonadas por doquier. En una esquina estaba aparcado un Mercedes Benz de los años setenta, quizás blanco, todo destartalado y corroído. A su lado, un niño de dos o tres años estaba sentado en el suelo de tierra, completamente desnudo. Jugaba con un puñado de tarugos y tuercas. El tipo de la grúa era también el dueño y el único mecánico allí. Se llamaba Nicasio. Tras conectar la batería a una máquina vetusta, me confirmó que, en efecto, ya estaba inservible. Me dijo que él podía conseguir e instalar una nueva, de lujo, importada, a muy buen precio. Me dijo que le pagara la mitad por adelantado. Me dijo que le dejara las llaves del carro. Me dijo que le diera unas horas, que había un comedor en la esquina donde podía esperar, tomarme algo, que él me buscaría allí al haber terminado el trabajo. Vi mi reloj. Eran ya las cinco de la tarde. Luego vi el Saab azul zafiro de mi amigo: abierto y fatigado y con las vísceras expuestas. Saqué mi mochila del maletero y me dirigí hacia el portón. El niño desnudo me miraba desparramado en un charco de lodo.

 

*

 

Llegué caminando a un pequeño parque, en una cuchilla. No había nadie. No había brisa, ni sombra, ni alivio. En la entrada, mal pintado encima de un arco blancuzco, un rótulo daba la bienvenida al pueblo. Saqué el último cigarro de la cajetilla y me senté a fumar en una banca aún medio mojada. Casi de inmediato se acercó un muchacho con varios sacos de semillas y una vieja báscula de bronce. ¿Le doy algo, don? Hay maní, dijo. Hay habas, marañón, macadamia, almendra salada. Le compré un par de onzas de semillas de marañón. Tras pesarlas y cobrarme, se sentó a mi lado. Le pregunté por el origen del nombre del pueblo, Melchor de Mencos. Dicen por ahí, dijo, que ése era el nombre de un general que venció a los británicos. Siglos atrás, dijo. Pero saber si será cierto, dijo. Alzó la mirada hacia la carretera, como buscando a alguien, o como si alguien lo estuviera buscando a él. También me quedé viendo hacia la carretera. Vi a un señor de piel tostada, dando pequeños pasos hacia delante, como bailando hacia delante. Luego vi a un camión transportando, en la parte trasera, a una escuálida vaca blanca. Luego vi a tres niños montados en una sola bicicleta. ¿Y usted anda de paso?, me preguntó el muchacho. Algo así, le dije. Me terminé el cigarro en silencio.

 

*

 

Caminé frente a una niña babeada de rojo y correteando a un grupo de polluelos. Su vestido blanco parecía ya teñido de rojo. Sus medias blancas y flojas parecían ya teñidas de rojo. Su diadema y sus zapatillas negras de charol estaban olvidadas detrás de ella, junto a la puerta abierta de una iglesia evangélica por donde salían los cantos de los feligreses y del predicador. La niña sostenía media granada en sus manos morenas. De pronto se llevaba la media granada a la boca y le daba un buen mordisco y se ponía a dispararles balines rojos a los polluelos.  

 

*

 

Caminé frente a un señor recostado contra el tronco de un almendro. Estaba sentado en la grama, con las piernas extendidas. Aprovechaba, supuse, la sombra del almendro. Tenía puesto un pantalón negro y una camisola blanca y una corbata negra. Tenía un periódico en el regazo. Al acercarme aún más, noté que había un círculo verde en cada una de sus sienes. Eran dos rodajas de limón, prensadas allí con una cinta de zapatos que se había amarrado alrededor de la cabeza. Pequeñas gotas chorreaban por todo su rostro, quizás de limón o de sudor o de ambas cosas. Vení te la chupo vos gringo, creí escuchar que susurró a mis espaldas, ya alejándome con prisa del almendro. Pero al volver la mirada me pareció que el señor estaba profundamente dormido.

 

*

 

Entré a una abarrotería, en la calle principal y bulliciosa del pueblo. Un anciano estaba apoyado contra el mostrador, apenas de pie, apenas sosteniendo un octavito ya casi vacío de aguardiente Quezalteca Especial. Dígame, me dijo una señora chaparra del otro lado de las rejas. Me acerqué. La saludé, descubriendo a través de las rejas que sólo vendía cigarros nacionales. Le pedí una cajetilla de Rubios. El anciano balbuceó algo. La señora me pasó la cajetilla por entre las rejas, y yo entonces le pasé unos cuantos billetes. El anciano se acercó un poco a mí y volvió a balbucear algo, con su mano extendida. Todo él apestaba a orina. Deje de molestar, lo regañó la señora. Y usted ignórelo nomás, me dijo, devolviéndome unas cuantas monedas a través de las rejas, que luego quise entregarle al anciano. Pero su vieja mano no logró sostenerlas y las monedas cayeron al suelo. Me agaché a recogerlas. Cuando volví a ponerme de pie, allí, justo a mi lado, estaba el oficial gordo y bigotudo de migración: siempre serio, siempre en su uniforme verde caqui, siempre con sus gafas de lectura colgándole del cuello, pero ahora acompañado por un hombre en botas de vaquero y sombrero de vaquero y con unos inmensos anteojos oscuros y un palillo entre los dientes y una pistola negra bien metida entre el pantalón. Me sequé la frente con la manga de la camisa. Salí casi corriendo a la penumbra de la calle principal.

 

*

 

Una enorme guacamaya roja estaba perchada en un palo de escoba, en el fondo del comedor. De vez en cuando se rascaba el pecho con el pico o lanzaba un grito o un agudo silbido. Su plumaje rojo me pareció triste y opaco. En cada una de las cuatro mesas, sobre un mantel de plástico floreado, había una botella con atomizador. Por si acaso, me dijo la señorita al sentarme. Es que es medio chiflada, dijo mirando a la enorme guacamaya. A veces le agarra por atacar a la gente, dijo. Pero un chorro de agua la asusta.

Abrí la cajetilla nueva de Rubios y encendí uno y de inmediato empecé a sentirme mejor, a recuperar el aliento. Desde la cocina, detrás de una cortinilla de abalorios, me llegaba el rumor de voces femeninas, de risas, de gemidos, de un merengue en la radio, del retintín de platos y vasos. Un par de bombillas blancas colgaban del techo. La guacamaya me miraba soñolienta desde su palo.

La misma señorita salió por la cortinilla de abalorios, cargando un azafate, y caminó hacia mí. Noté que estaba descalza. Noté que ahora llevaba a un bebé amarrado a su espalda (¿o lo llevaba antes y yo no lo vi?) con una larga faja azul. El bebé dormía. Aquí tiene, me dijo, y colocó sobre la mesa un cenicero, una botella de cerveza Gallo, un vaso pequeño. Le agradecí. Para servirle, dijo. ¿No quiere usted comer algo?, me preguntó casi avergonzada, y le dije que por ahora no, que gracias, que tal vez más tarde. Un perro callejero quiso entrar al comedor, pero ella lo espantó con un aplauso. Luego se quedó allí parada, abrazando el azafate contra sus pechos rollizos, quizás esperando algo. Le pregunté por qué se llamaba Comedor Fallabón. Es que así le dicen a esta colonia, dijo. Antes, dijo, Fallabón era una aldea propia, aquí merito, pero ahora ya forma parte de Melchor de Mencos (me enteraría después de que el nombre de la aldea, Fallabón, viene de un fuego y estallido que hubo allí cerca, en un almacenamiento de madera, en 1950; es un anglicismo, derivado de las palabras en inglés para fuego y estallido: fire y boom). El bebé soltó un quejido y la señorita estiró su mano hacia atrás y le acarició la mejilla con un dedo. ¿Y ése es su carro, pues, en el taller de don Nica? Así es, le dije, reacio a explicarle que en realidad no era mío el carro, sino de un amigo. Ella hizo un chasquido con la lengua como diciendo buena suerte, o como diciendo qué pena. Le pregunté si podía recomendarme un hotel, que a lo mejor tendría que pasar la noche, y ella pensó un momento y luego me dijo que el hotel La Cabaña era bueno, que quedaba allí nomás, en la calle principal. Hasta piscina hay, dijo. Hotel La Cabaña, repetí, como para no olvidarlo, y mientras me secaba el sudor de la frente con una servilleta de papel, creí ver que algo pequeño y oscuro estaba subiendo por la pared del fondo. Tal vez una araña. Tal vez un tábano. Tal vez un alacrán. ¿Y la guacamaya es suya?, le pregunté a la señorita. Ella sonrió. Ésa es de aquí, dijo, pero no entendí si del comedor o de la colonia o del pueblo entero. ¿Tiene nombre? Bien tiene, dijo. Se llama Gómez, dijo. La guacamaya gritó algo, quizás porque había oído su nombre y quería participar en la conversación. Aplasté mi cigarro en el cenicero. ¿Es macho?, le pregunté a la señorita y ella sólo soltó una risa y alzó los hombros y dijo que a lo mejor, que eso nadie lo sabía. Advertí que las baldosas del piso, debajo de la guacamaya, estaban cubiertas de heces blancas y grises. Permiso, susurró la señorita, y regresó a la cocina.

Me serví un trago de cerveza con bastante espuma. La cerveza estaba tibia pero me cayó bien. Me serví otro trago. Encendí un cigarro y respiré hondo. Acerqué la botella de agua, por si la guacamaya decidía bajarse de su palo. Abrí mi mochila y estaba por sacar un libro para leer un rato cuando sentí la presencia de alguien a mis espaldas.

Traénos dos cervezas, hija, gritó el oficial de migración.

 

*

 

Me saludaron serios, nada más con la mirada, y se ubicaron en una mesa enfrente de mí. La señorita salió por la cortinilla de abalorios. Cargaba una botella de cerveza en cada mano. El bebé aún dormía atado a su espalda. Aquí tiene, don Francisco, dijo. El oficial musitó algo, quizás agradeciéndole. Había sacado un pañuelo rojo de un bolsillo de su uniforme verde caqui. Terminó de enjugarse el sudor del cuello y la cara. Luego tomó un sorbo largo de cerveza y se limpió los labios y el bigote grisáceo con el pañuelo rojo. El otro hombre extendió una mano y agarró fuerte el antebrazo de la señorita y la jaló hacia él hasta sentarla en su regazo. ¿Tenés carnitas?, le preguntó en un susurro libidinoso, su mano de uñas largas prensándole el cuello, como un garfio. Me pareció que su tono de voz era demasiado femenino. Bien hay, dijo ella sin alzar la mirada del suelo. El bebé en su espalda se meneó, gimió. ¿Y chicharrón tenés? También hay, dijo ella, su voz ahogada, su mirada siempre en el suelo. Pues andá a traernos una orden de carnitas y una de chicharrón, dijo, y le dio un empujón fuerte hacia la cocina. Ella se tambaleó un poco. Ahorita mismo, dijo, recuperando el balance. El hombre se quitó los anteojos oscuros y el sombrero de vaquero y sacó la pistola negra y puso todo sobre la mesa. Aún mordiendo el palillo, levantó la mano derecha como si estuviera jurando ante un juez. Y si se me acerca ese pájaro de mierda, dijo, por Dios que le meto un par de plomazos.

Ambos hombres se rieron, recio, cacareado, quizás mirándome. La señorita se escabulló, deprisa y cabizbaja y agitando al bebé.

Yo quise fumar. Noté que el cigarro en mis dedos temblaba un poco. No podía dejar de mirar esa mano sucia y regordeta en el aire, y aún mirándola, pensé en el infarto que mi abuelo polaco había sufrido a final de los años setenta. Yo era muy niño entonces, pero aún recuerdo el llanto descontrolado de mi mamá al recibir la llamada del hospital. Mi abuelo tuvo suerte. Fue un infarto menor. Se recuperó rápido. Pero como consecuencia, y siguiendo los tres consejos de su médico: dejó de fumar tabaco, empezó a beber a diario un par de onzas de whisky (para los nervios, decía), y adquirió el hábito de caminar. Caminaba mucho, todas las mañanas, como ejercicio. Salía de su casa muy temprano y caminaba por su barrio. A veces hasta un par de horas. A veces yo lo acompañaba. Y durante una de esas caminatas, mientras andaba él solo al final de la avenida de Las Américas, justo enfrente de la escultura en homenaje al papa Juan Pablo II, una moto con dos tipos se detuvo a su lado. Que lo derribaron al suelo, nos decía con escándalo. Que le asestaron un golpe en la cabeza, nos decía mostrándonos dónde. Que habían querido secuestrarlo, nos decía quizás ya exagerando un simple hurto. Que le robaron todo lo que llevaba, nos decía ora indignado, o casi todo, nos decía ora orgulloso. Que logró quedarse, nos decía, con el anillo de piedra negra que usaba en el meñique derecho. A veces nos decía que suplicó con ellos hasta quedarse con su anillo. A veces nos decía que forcejeó con ellos hasta quedarse con su anillo. A veces nos decía que luchó contra ellos hasta quedarse con su anillo. La versión variaba dependiendo del paso de los años, o de su nostalgia, o de su estado de ánimo, o del carácter de la persona que le estuviese preguntando (mi abuelo entendía, acaso a un nivel intuitivo, que una historia crece, cambia de piel, hace malabares sobre la cuerda floja del tiempo; entendía que una historia es en realidad muchas historias). Había comprado ese anillo en el 45, le gustaba decirnos, en Nueva York, su primera parada en ruta a Guatemala después de ser liberado del campo de concentración de Sachsenhausen. En Nueva York, en una joyería judía de Harlem, había pagado por él cuarenta dólares. Y lo había usado durante el resto de su vida, durante los próximos sesenta años, en el meñique derecho, en forma de luto por sus padres y hermanos y amigos y todos los demás exterminados por los nazis en guetos y campos de concentración. Hace unos años, al morir mi abuelo, ese anillo le quedó a uno de los hermanos de mi madre, que lloró de emoción al heredarlo y decidió guardarlo en la caja fuerte de su oficina. No tenía ningún valor económico. Era una piedra negra cualquiera, en una montura dorada cualquiera. Pero una noche, alguien se metió a esa oficina y logró abrir la caja fuerte y robarse todo su contenido, incluido el anillo de piedra negra de mi abuelo.

            Y yo seguía mirando, ante mí, en el dedo meñique de esa mano sucia y regordeta que ahora sostenía una tortilla rellena de carnitas y chicharrón, un anillo muy parecido al anillo de mi abuelo. O quizás era exacto al anillo de mi abuelo. Quizás era exactamente la misma piedra negra, y exactamente la misma montura de metal dorado, y tenía exactamente la misma forma y tamaño. O al menos todo era exacto al anillo en mi memoria, al anillo como yo lo recordaba o como yo quería recordarlo, en el meñique derecho y pálido y algo combado de mi abuelo. Y aunque lo sabía imposible, aun descabellado, aun absurdo, no pude evitar imaginarme que ese anillo, en esa mano regordeta y grasosa, era, en efecto, el anillo de piedra negra de mi abuelo. No uno parecido. No uno exacto. Sino el mismo. El que mi abuelo había comprado en Nueva York, en Harlem, en el 45. El que había usado durante el resto de su vida en el meñique derecho. El que había logrado salvar tras vencer o convencer, al final de la avenida de las Américas, al final de los años setenta, a unos ladrones o acaso secuestradores. El que al morir le había heredado a uno de los hermanos de mi madre. El que alguien se había robado de una caja fuerte, una noche, sin jamás saber el ladrón qué se estaba robando; sin jamás saber el ladrón que en esa insignificante y sombría piedra negra aún se reflejaban perfectamente los rostros de los padres exterminados de mi abuelo (Samuel y Masha), y los rostros de las dos hermanas exterminadas de mi abuelo (Ula y Rushka), y el rostro del hermano exterminado de mi abuelo (Zalman), y los rostros de tantos hombres exterminados y mujeres exterminadas y niños exterminados y niñas exterminadas y bebés exterminados mientras dormían en los brazos de sus madres, mientras soñaban en las cámaras de gas; sin jamás saber el ladrón que en una pequeña piedra negra aún se podía oír el murmullo de todas esas voces, de tantas voces, entonando en coro el rezo de los muertos.

La guacamaya de pronto lanzó un alarido y extendió las alas y todavía perchada en el palo se puso a batirlas con ánimo, con desesperanza, como queriendo volar.

Escrito en Lecturas Turia por Eduardo Halfon

Fragmentos de unas memorias íntimas

26 de octubre de 2015 09:47:50 CET

En el invierno del año 30 o 31 cayó en Madrid una gran nevada y, mediada la tarde, el jardincito que rodeaba nuestra casa en el barrio de la Prosperidad, se fue blanqueando; primero, el suelo en los sitios más secos, luego las cuerdas de tender la ropa. Al anochecer, aquel pequeño y familiar espacio se convirtió en un lugar nuevo y sorprendente por la materia que recubrió la  verja de hierro, los tallos más finos, las hojas de los geranios, los cables de la luz, el remate de la tapia por donde saltaban los gatos de las casas vecinas. Todo quedó transformado en un escenario fascinante, más aún después, cuando se abrieron las nubes y la luna puso allí su fría luz.

El ámbito conocido de tantos meses fue purificado: la realidad de aquel lugar se hizo irreal, su naturaleza pobre y trivial se rehízo con formas elegantes que ocultaban los detalles y solo mostraban sus perfiles esenciales. Tras los cristales de las ventanas, yo contemplaba extasiado aquel encantamiento y su quietud misteriosa.

A la mañana siguiente, el barrio era el de una ciudad de un país nuevo; embellecido por la total blancura también evocaba las típicas escenas de Navidad que ilustraban los almanaques de pared que se regalaban por entonces en las tiendas de comestibles. Los tejados tenían una gruesa capa, sutil y densa a la vez, mientras que la frondosidad de plantas y arbustos de los jardines eran como tejidos finísimos endurecidos por la helada. Y las calles desiertas sin huellas de pasos, despertaban el deseo de recorrer el barrio y descubrir que era más acogedor e íntimo bajo la nevada.

Pero mi admiración por tal belleza, e incluso por la inusitada claridad que entraba en las habitaciones, se quebró con un suceso que nada se relacionaba con el prodigio que habían  traído las nubes la tarde anterior.

Cerca de nuestra casa había un solar acotado y allí vivía en una casucha, un matrimonio con dos hijas adolescentes; el padre se dedicaba a arreglar bicicletas y las  chicas para poco debían de servir. La noticia, transmitida por vecinos próximos, fue que la madre, de la que en casa se decía que era joven y muy guapa, había gritado que estaba harta y se había largado del hogar, es de suponer no afectada por la novedad de la nieve pero sí seducida por algún Don Juan de los contornos.

No entendí, al principio, como una madre podía marcharse sin más ni más, abandonándoles a todos, porque las madres eran inamovibles, yo así lo creía, unidas a hijos y marido por lazos eternos.

Atisbé desde la ventana al hombre abandonado, que estaba en la puerta del solar, subidas las solapas del deformado abrigo, las manos en los bolsillos, el pitillo en los labios, y miraba hacia el fondo de la calle por la que no pasaba nadie bajo un cerrado cielo gris. Y yo seguí con mi desconcierto, cuando, a la tarde, cruzaron por delante de nuestra casa las dos hijas, figuras breves, con ropas oscuras, mejillas y nariz encarnadas, e iban riéndose, manoteando en su conversación.

Me retiré de la ventana y hube de aceptar la evidencia de lo sucedido que no era sino un roce áspero en la sensibilidad infantil pese al panorama de belleza. Contemplé con pena a las muchachas que parecían insensibles a tener o no una madre y esa idea de la movilidad de los afectos hizo aparición en mi horizonte mental.

En aquel día invernal quedaría diseñada, creo yo, la actitud vital de quien se asoma a la ventana y al otro de los cristales contempla una singular enseñanza de la vida: fue un primer paso en mi formación de avaro captador del mundo visible. El observador que recoge la imagen de experiencias ajenas vistas a distancia, tiene parecido con el lector que las toma no por relación directa con los hechos sino a través de palabras escritas, que se transforman en ideas. También se progresa en la infancia contemplando imágenes, cualquier dibujo o ilustración que por algún motivo me atraían y forzaban a deducir la intención con  que se realizaron.

Esto fue lo que me hizo posible un voluminoso álbum con aspecto de maleta por tener tapas de cuero  con unas trabillas, cuyas hojas contenían adheridos los artículos que se solían vender en las tiendas de papelería. Era un muestrario de tarjetas postales, de cromos, láminas, figuritas recortadas a troquel, felicitaciones, impreso en Francia y por el estilo de los dibujos, su época correspondía muy bien a los años de finales del siglo XIX. Este muestrario estuvo en la casa de mi abuelo, abandonado allí, según se recordaba, por un viajante de comercio  que, sin motivo, lo dejó y no volvió por él.

Siendo niño he repasado muchas veces las hojas de este muestrario, admirando todo lo que estaba sujeto a ellas, pero había unas estampas que me suscitaban emoción a la cual no me atrevería a asignarle ahora ningún adjetivo.  Eran unos paisajes de invierno, un campo nevado con unas cercas o unas casitas; en el horizonte, un lejano amanecer nacarado, escena que a mí me parecía propia de un país extranjero. Uno de estos dibujos tenía el motivo peculiar de muchas ilustraciones antiguas: sobre la nieve había un pajarito muerto.

El imaginado arrebol matutino, el aire puro y helado de la madrugada contribuyeron a una idealización de la Naturaleza y debieron de predisponer mi ánimo para el asombro ante aquel jardín blanco. Solo muchos años después había venido a ser el trasfondo de una prematura vocación literaria.

Vivía con mi familia –madre, padre, una hermana mayor- en un barrio alejado del centro. Los únicos visitantes, los mas adictos eran los gatos de los chalés vecinos que saltaban la tapia a la busca de alimento seguro. Nuestro chalé tenía dos pisos. La planta baja era la vivienda, los horarios, las comidas, las reuniones familiares; el piso superior apenas se habitaba y en él se acordó que una habitación fuese como un dominio infantil donde se reunieran mis pertenencias y los restos de mi primera infancia.

Era una  habitación fría en nada acogedora donde nadie de mi familia solía subir; el techo, más bajo que lo habitual, originaba que la ventana estuviera a dos palmos del suelo, desde la que se veía la parte delentera de nuestro jardín. Desde allí contemplaba los dos chalés de la acera de enfrente, acaso vacíos, y la calle que apenas nadie recorría, lo propio de las calles de un barrio de las afueras entonces; el único leve ruido que oía era el de la carcoma en alguna madera vieja, pero había que esforzarse en escuchar y entonces estremecía el ronroneo hondo en la materia profundo. Sin duda fue el primer espacio confidente, beneficioso por las horas que allí pasaba. Leía cuanto me era posible y dibujaba escenas de las historias que más me gustaban.

 Pero había calma, esa condición importante para entrar en las galerías profundas de la conciencia. Escribió Rilke en un poema: “La noche es mi libro” pero alguien, un niño, podría decir “La calma es mi libro” porque sentí la necesidad de estar en sosiego, porque la  cristalización del silencio, de la quietud, de las ausencias, de la atmósfera del libre pensamiento hacía que todo ayudase no solo a divagar sino a inquirir tal como se pasan las hojas de un libro: se releen párrafos y se busca otro capítulo con el deseo de entender y hacer nuestro un pasaje. El pensamiento puede ir y venir pero la paz lo protege, lo mantiene.

Entre mis cuidados, el objeto predilecto era la librería: unas tablitas finas como estantes, donde se ordenaban los libros de cuentos; aunque no acortasen la distancia con el mundo circundante, a ellos recurría como entrada a un recinto grato. Los releía muchas veces y las caras y apariencia de los graciosos personajes de las ilustraciones de Pinocho y Chapete se hacían familiares y formaban parte de mi tendencia a dibujar. Así fue naciendo la necesidad de los libros, tocarlos, conservarlos, alinearlos en uno u otro orden y como consuelo en momentos en que había habido regaños.

Una mañana al entrar en mi habitación me vino al pensamiento la figura de un hombre vestido como cualquiera de la clase media, que estaba sentado en una roca y a ésta la rodeaba agua, el mar.

Fue muy intensa esta imagen y me estremeció porque no comprendí quién era aquel ni qué relación tenía con nadie de nuestro ambiente, y la misma nitidez y claridad que por una fracción de segundo tuve ante mí fue más impresionante. Debí de quedar muy asustado y por eso baje y se lo conté a mi hermana y acaso añadí que “lo había visto”. Era lógico que esta información se trasladase rápidamente a mis padres. No me puede extrañar que suscitase inquietud como rareza mental y motivó recomendaciones de reducir lecturas, no fuera a pasarme lo que al hidalgo Alonso Quijano, según oportunamente alguien me recordó. Pero ahora sé que se trató de una exteriorización de mi prematura conciencia del aislamiento y la soledad que creaba aquella pequeña habitación: el tipo sentado tranquilamente en la roca era yo, si bien entonces me fuese imposible deducirlo.

En aquellos tiempos con quien yo más hablaba y más atendía era con mi madre a la que no recuerdo alarmada por mi visión Oigo que canta mientras se ocupa de algo en el jardín que rodea la casa. La veo en la semi penumbra de la tarde, tiene las manos manchadas de tierra húmeda, lleva una especie de delantal de lona, maneja un almocafre, la palabra que ella empleó para designar un pequeño azadón que usó cuando plantó unas semillas en los macizos abandonados: eran violetas y en el invierno nos sorprendió esa flor frágil, de color purísimo, aterciopelado, y secretamente femenina que resistía el frío y cuya belleza sería para mi madre compensación de alguna ilusión irrealizable.

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Llegó un día en que puse los ojos no en un cuento de Antoniorrobles sino en un libro que entre otros estaba sobre la mesa del despacho de mi padre; lo abrí y encontré una lámina que me asombro. Era un coloso muy alto, de piedra desgastada y rota por tantos siglos como la rozaron y la hirieron, y sufrió las tormentas de arena y el calor del sol que pasaba al frío helador en cuanto llegaba la noche. Estaba junto a otro igualen dimensiones y en destrucción, ambos se alzaban en la llanura que era un pedregal no lejos de las inmensas ruinas de un templo.

Decía que algunos viajeros de la antigüedad que visitaban Egipto, afirmaron que a la salida del sol, solo entonces, el  coloso hablaba, murmuraba algo que nadie entendió; en el silencio absoluto de aquellas horas se oía una vibración y era la voz de las piedras: los colosos de Memnón se llamaban. El primero que lo contó parece que fue un escritor de la antigua Grecia, y luego viajeros franceses y los buscadores de tesoros.

Mi curiosidad creció, ¿Cómo podían hablar si eran solo piedras? ¿sería una frase o un rumor nada mas lo que se oía? Leí esto a los once años y me inquietó. Quise escuchar el sonido y descubrir el secreto que extraño a los viajeros: unas palabras incomprensibles en otra lengua.

En el libro había más dibujos con una muestra de la antigua escritura, compuesta no de letras sino de figuritas; se distinguía una flor, un pájaro, una mano, y al mirarlas los antiguos egipcios sabían lo que significaban. Quedé extrañado ante una forma de escribir tan distinta a la mía, eran figuras muy variadas y cada una tendría un sonido como los que se oían al amanecer; por tanto, para entenderlos se debían estudiar las filas y filas de tal escritura que cubrían los muros aún en pie de templos y sepulturas.

Casi siempre, si un lector sigue con interés el paso de las hojas de un libro, es conducido hacia donde va el pensamiento, al expresarse escrito que puede conducir a lo inesperado. Y el libro donde yo descubría que unas piedras podían hablar me llevó a contemplar el mapa de Egipto, como una tentación,  cruzado por una línea sinuosa azul que era el Nilo y en sus márgenes se veían muchos nombres de lugares, de aldeas y de restos arqueológicos.

Llegado este momento, el jardín del chalé perdió importancia y visto a través del cristal de la ventana parecía vulgar, como bajo los fríos de noviembre, con el suelo cubierto de hojas caídas. En consecuencia, deje de visitarlo y me entregue con entusiasmo al estudio de la historia de aquel país. Tomando datos donde me era posible hice un breve diccionario de jeroglíficos con su pronunciación figurada, escrito en un cuadernito de tapas verdes que aún conservo, y formé ficheros geográficos, de las dinastías y sus faraones así como de los puntos de excavación.

Entonces, para mí lo escrito en un libro sobre el rumor de una piedra, escuchada a la media luz del amanecer incendio mi imaginación y me dí a pensar como hablarían en otros tiempos y en otros países. Los escasos libros que yo había reunido sobre Egipto contenían tal cantidad de información que excedía mi preparación. Comprendí que era una cultura inmensa y así termine por decepcionarme de aquel estudio, tan absorbente pero condenado a tener un final.

Perdido el atractivo que representaban los imposibles jeroglíficos, muchas veces he pensado que el hermetismo de aquellas inscripciones, actuó como la mano que me empujara decididamente hacia la posterior dedicación a las lenguas. Aquel interés buscó una aplicación que no fuera simplemente satisfacer una curiosidad. Siendo adolescente me entregué al estudio del francés y poco después del inglés, sin profesores, solo con alguna gramática escolar y utilizando a la vez las guías para viajeros con frases hechas en ambos idiomas. No supe lo que era una enseñanza eficaz hasta que me inscribí en el Instituto Británico donde había excelentes profesores que me encariñaron con las costumbres inglesas y los secretos de su idioma. Allí conocí a personas de ideas liberales y republicanas que me ofrecieron otra visión de la realidad.

En los meses que me consagré a los faraones hubo un episodio de especial valor: apareció en casa una máquina de escribir que infundió novedad a mis estudios. Fue debido a que había una portátil que nadie usaba en la entidad donde trabajaba mi padre y se le ocurrió traerla por un poco de tiempo y animarme a que la utilizara.

 Fácilmente aprendí el funcionamiento de aquel aparato y admiré ver aparecer en el papel las letras de molde, igual que si fuera un impreso. Aquello me hizo concebir con mayor seriedad lo que yo escribía referente al mundo egipcio y me impuse la norma de cuidar la precisión del texto en  el par de meses que apenas dispuse de la máquina.

Al desaparecer ésta, me he encontré con que volvía a usar mi mano para ir apuntando todo lo que estudiaba, pese a que mi letra no era rápida y segura y quedaban sin concluir ciertos trazos.

Ahora, mi pensamiento vuela hacia tiempo lejano en el que una mujer me coge los dedos, muy blandos y pequeños, de la mano derecha, y los coloca de forma que puedan asir un lápiz con el cual apenas trazan en una hoja rayitas verticales. La mujer es alta, gruesa, lleva gafas, sonríe al mirarme y dice palabras cariñosas que no entiendo bien.

Esa mujer, que me lleva la mano haciendo “palotes” es una monja exclaustrada, ha colgado los hábitos porque no podía soportar la dura rigidez del convento y se dedica, ya libre, a enseñar a párvulos.

Debo explicar que aprendí a leer y a escribir bajo la tutela de dos monjas que dirigían el “Colegio franco-español” situado en la calle Campoamor de Madrid. La enseñanza fue eficaz aunque solo aprendí una frase en francés.

El aula era la habitación principal de un primer piso, con dos balcones y varias filas de pupitres que tenían adosado un banquito. Las tapas de los pupitres, dentro de los que todos guardábamos chucherías, se abrían y cerraban sin hacer falta, metiendo mucho ruido, pillando un dedo con lo que había llantos. La madera de la tapa estaba arañada con manchas variadas, alguna letra o un muñeco con la tinta morada de los tinteros. De los niños que me rodeaban solo conservo una fugaz imagen del que a mi lado se sentaba, Carlitos, que era incapaz de estarse quieto y callado, distraído por todo hacía mal sus deberes, se caía al suelo, salpicaba de tinta a su alrededor, se metía la plumilla en la boca….. Yo, adulto, he encontrado tipos que de niños fueron seguramente iguales al odioso Carlitos. Pasada allí la mañana, mi padre iba a buscarnos y como entusiasta de las óperas de Wagner, desde la acera de enfrente silbaba los compases de un aria de “Sigfrido”; oíamos esta llamada gracias a la escasa circulación de entonces, y mi hermana y yo bajábamos vigilados por una de las monjas.

Acudir a tal colegio se debió a una pura casualidad, mi madre contó que yendo por la calle encontró y reconoció a dos profesoras del “Colegio de niñas nobles” de Granada, donde ella estuvo interna hasta los catorce años. Le confesaron que una de ellas, la joven, había decidido colgar los hábitos y marcharse, y entonces la otra profesora, de más edad, no quiso dejarla  sola y se vinieron las dos a Madrid y organizaron un colegio adonde mi madre, muy contenta, me llevó puesto que lo aconsejaban mis cinco años, y porque también iría mi hermana ya que daban clases a niños mayores.

No pondré en duda el casual encuentro que explicó mi madre, casi providencial, pero lo acepto como toda la familia lo aceptó. En la antigüedad, parecidos reencuentros, se consideraban sucesos premonitorios e importantes, y éste lo es porque gracias a él a mi lado está una monja rebelde que me lleva la mano para hacer redondas las vocales. En el fluir del tiempo, esa mano se fue haciendo firme, oscurece la piel, la cruzan venas y secretas arrugas, los dedos se endurecen, y así sujetan la herramienta que sirve para escribir.

 

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Donde yo vine al mundo, fue en la plaza de Bilbao, a la que se cambió el nombre por el de un pensador de la derecha, Vázquez de Mella, y en la que viví hasta los cinco años.

El fondo de la plaza lo cierran dos casas grandes, iguales, con fachada de balcones; en la que hace esquina con San Bartolomé, en su piso último, allí nací un 24 de enero, a las doce del mediodía. La plaza fue urbanizada años después como un jardín con árboles y algún macizo de flores.

Me asomaba yo al balcón con frecuencia y al hacerlo un día aprendí algo nuevo e importante. Mire hacia la derecha, a las v iejas casas de la Costanilla de Capuchinos y delante de una de ellas había un grupo de personas y un coche negro de caballos. Oí decir detrás de mi: es un entierro, alguien ha muerto. Entonces, el grupo en la calle tomó importancia, me pareció que aumentaban de estatura, todos de espaldas miraban la casa; el sol les daba a plena luz pero la boca del portal era negra.

Me volví, y a mi padre que estaba próximo le pregunté qué era un entierro y él hizo unos gestos, movió la mano como si espantase a una mosca, y esa mano señaló hacía afuera, a la plaza, en una indicación vaga pero que fue muy clara.

Recuperé en la memoria que a ese jardín bajó mi padre al perrito de mi madre cuando éste murió, dió una propina al guarda que siempre estaba en su garita con la manguera de regar y lo enterró en un macizo entre los geranios.

Había pasado tiempo de esto y apenas recordaba lo ocurrido al pobre animal, pero me percaté de que las personas reunidas que esperaban inmóviles, iban a enterrar a un muerto, le pondrían en  una zanga hecha en la tierra y allí se quedaría como le pasó al perrito. Me acordaba que mi madre lloraba en el balcón mirando lo que pasaba en la plaza y yo supe lo que era el entierro de una persona y la muerte.

Todos sabíamos el cariño por los perros que sentía mi madre aunque después de esta muerte no quiso tener otro, tanto había sufrido. Una vez, siendo niños mi hermana y yo, y elogiando ella nuestro aspecto, dijo: sois como dos perritos ingleses. 

A mis 40 años me sorprendió que estaban demoliendo la casa de mi nacimiento y que todo iba a desaparecer, lo material porque la memoria, no, sobrevive y vuelvo a ver al perro de lanas y oigo la voz de mi madre como era entonces, y también al final de su vida, unos días en que lentamente fue extinguiéndose sin enfermedad, en la cama, con los ojos cerrados. Yo estaba junto a ella, le decía algo de vez en cuando para que me oyera y se supiera acompañada y a veces hablaba. Una tarde con voz apagada me hizo saber lo que nunca había mencionado: la noche antes de que yo naciera, en la casa todos estaban acostados pero ella, despierta, oyó en el pasillo cerca de la puerta del dormitorio, unos pasos que se aproximaban; pero eran de nadie, a nadie pertenecían. Hablaba con tranquilidad y recordaba a su hermano que había muerto un 24 de enero, de tuberculosis en Granada, unos años antes de que yo naciera otro 24 de enero. La revelación de aquellos pasos nocturnos me interesó escucharlo por su novedad, jamás lo había contado en familia, pero ella deseó que en sus últimas horas yo lo supiera.

 

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 La entrada en las vastas comarcas de la juventud me proporcionó hacer conocimiento de muchas personas de las cuales algunas persistieron como posibles amigos, y lo fueron, y otras perdían significación y al poco tiempo se eclipsaban. El interés de estos conocimientos me llevó a desear conservar su memoria, tanto su fisonomía como los rasgos peculiares y sus formas de reaccionar ante las circunstancias de aquel tiempo.

Compré un cuaderno no muy grande, de tapas color gris, y con bastantes páginas ya que me proponía ir haciendo un registro de los amigos que iban apareciendo. El cuaderno se inició con este fin y forme una especie de catálogo afectivo pero pronto hice apuntes de acontecimientos de la vida cotidiana, lógicamente aquellos que me parecían dignos de retenerlos, que por algún motivo me habían producido un impacto. Pero las fricciones del tiempo atemperaron el encanto de los amigos como los perfiles de la actualidad, y poco a poco el cuaderno no fue solicitado y dejó de ser archivo confidencial y durante muchos años lo conserve junto a papeles personales casi  olvidados.

Transcurrida casi una vida, en cierta ocasión precise recuperar un dato y entonces lo busque en el cuaderno. Pasé hojas, y ante mi desolación, comprobé que apenas podía ver mis notas, todo se había esfumado, el ligero trazo del lápiz era invisible con el paso de los años. No quedaban frases enteras, solo unas fechas, unos nombres se salvaron de todo lo escrito. Comencé a reconstruir el antiguo texto, trabajo casi parecido al de los egiptólogos interpretando los jeroglíficos, uniendo fragmentos desvaídos y pude recuperar una parte de mi memoria adolescente. En una página borrosa hallé el nombre de Ezequiel,  un amigo de la juventud. A este nombre yo debo rendir todos los honores pues su influencia en mi vida no es equivalente a la de ninguna otra persona. En la breve amistad que mantuvimos, y sin que él fuera consciente de ello, me señaló unos caminos que fueron importantes en mi progresión personal y después desapareció de mi vida.

Alguien me propuso conocer a un estudiante de Filosofía y Letras que era poeta y buen conversador. Acepte la propuesta y nos encontramos en la ciudad universitaria, en el edificio de aquella facultad recién reconstruido de lo mucho que sufrió en la guerra civil, y donde yo me había matriculado por libre en varios cursos. Nos pusimos a charlar, era un tipo delgado, muy vivo y simpático, muy imaginativo. Tras su gesto irónico había un fondo de madurez que me interesó, quizás por un ligero trac que detenía el inicio de las frases y parecía ser una vacilación por lo que iba a decir.

Al hablar de libros, yo acabé por contarle sobre mis desaforadas lecturas de entonces, una de ellas referente a la invasión de Europa en el siglo XIII por los pueblos mogoles, me había extrañado que este ejército, considerado bárbaro, llevaba consigo escribientes chinos que levantaban censos de las riquezas de las ciudades rusas conquistadas. A nadie había yo hecho partícipe de estas lecturas mías, pero cuando vi la extrañeza de Ezequiel ante lo que yo le contaba, para mi fue un gran estímulo y su mismo gesto de curiosidad me lo confirmó. La amistad se estableció y el debió de considerarme un tipo algo estrafalario, y un día tuvo la idea de presentarme a una tertulia que había descubierto y cuyos asistentes le parecieron miembros de algún grupo secreto.

Acudimos un domingo por la mañana a un café en el comienzo de la calle de Narváez, y nos encontramos con una tertulia de gentes que consideré de aspecto muy normal que en nada hacían pensar en un reunión sospechosa. Nos recibieron con una ligera desconfianza pero se impuso una charla normal en cuanto se percataron de que no éramos de la Brigada Político-Social. Mi sorpresa fue grande al oir que allí se hablaba de temas relacionados con las corrientes del pensamiento oriental y se mencionaban a personalidades y autores extranjeros. Las conversaciones se anudaban fácilmente: unos comentaban las costumbres tibetanas, otros la doctrina de Buda en el Japón, una mujer muy joven explicaba el libro que leía acerca del cristianismo.

Aunque lo ocultaban, los allí reunidos eran teósofos, los restos de la disuelta Sociedad Teosófica, acusada por el régimen franquista como peligrosa secta masónica, y de la cual se había extremado la persecución hasta fusilar a su Secretario. El tertuliano más respetado era un funcionario modesto con muchas lecturas, muy versado en todas aquellas doctrinas, que sabía exponer muy bien. Don Heraclio fue quien me explicó que la teosofía consideraba iguales todas las religiones, concepto que yo no había oído anteriormente. Recuerdo a un joven –debía de moverle un alto grado de fantasía- que me confeso su proyecto de  crear una escuela de filosofía para que sus discípulos desarrollaran un pensamiento más allá de lo normal y fueran iniciadores de nuevas concepciones espirituales.

Yo le escuchaba, atento y silencioso, y a la vez comparaba el Madrid de aquellos meses, desolado y hambriento, con urgentes necesidades, con aquella utopía de unos estudios teológicos de fuentes orientales. A mí no me podía atraer el círculo mágico del misticismo porque eran tiempos de mi maduración ideológica y mi adquisición de una visión materialista del áspero mundo en el que yo debía situarme.

Pronto dejé de acudir a esta tertulia porque coincidí con unos amigos de Ezequiel que eran profesores de literatura  y se reunían en un café próximo a la Puerta del Sol, donde hablaban de sus clases y comentaban los libros que iban apareciendo. 

 

                                                                                   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito en Lecturas Turia por Juan Eduardo Zúñiga

Un rey sin diversión

8 de octubre de 2015 09:33:43 CEST

         La serrería está justo en la curva, en la horquilla, al borde de la carretera. Allí se yergue un haya; estoy convencido de que no existe ninguna tan bonita: es el Apolo citaredo de las hayas. No es posible encontrar en un haya ni en ningún otro árbol una corteza tan lisa ni de color más bonito, una envergadura más exacta, proporciones más justas, más nobleza, gracia y eterna juventud. Es Apolo, precisamente, piensa uno nada más verlo y sigue pensándolo incansable al mirarlo. Lo más extraordinario es que pueda ser tan hermoso y al mismo tiempo tan sencillo. Está fuera de duda que ese árbol se conoce y se juzga. ¿Cómo podría tanta justicia ser inconsciente? Cuando bastaría un escalofrío de cierzo, un mal uso de la luz del atardecer, un exceso en la inclinación de las hojas para que la belleza, desmoronada, dejara de ser sorprendente...

         El puerto de Menet se atraviesa por un túnel tan practicable para el tráfico rodado como una vieja mina abandonada, y la vertiente de Diois en la que desemboca es un caos de olas monstruosas de un tono azul ballena, con salpicaduras negras que propulsan a los pinos hacia no sabría decir dónde, allá arriba, a suaves pendientes rocosas de un rosa sucio o de ese gris solapado de los grandes moluscos, y hacia tierra, el choque de esas inmensas trampas de agua sombría que se abren sobre ocho mil metros de fondo en el batir de los ciclones...

                                               *

El invierno había empezado pronto y desde entonces deprisa, sin despegar. Todos los días el cierzo; las nubes se agolpaban en la herradura entre el Archat, el Jocond, la Plainie, el monte de Pâtres y el Avers. A las nubes de octubre ya ennegrecidas se añadieron las de noviembre aún más negras, y luego las de diciembre por encima, muy negras y cargadas. Todo se condensaba sobre nosotros, sin moverse. La luz era verde, luego color tripa de liebre, luego negra con la particularidad de que, a pesar del negro, tenía sombras de un púrpura profundo. Ocho días atrás aún se divisaba el Habert du Jocond, el lindero del bosque de abetos, el claro de las gencianas, un pedacito de los prados que penden allá arriba. Después, las nubes ocultaron todo eso. Entonces aún se veía Préfleuri y los troncos de árboles arrojados de la tala, y más tarde las nubes descendieron aún más y ocultaron Préfleuri y los troncos de árboles. Las nubes se detuvieron a lo largo de la carretera que sube al puerto. Se veían los arces y la diligencia de las doce y cuarto hacia Saint-Maurice. Aún no había nieve, había que apresurarse a pasar el puerto en ambos sentidos. Aún se veía muy bien el albergue (esa construcción que hoy llaman Texaco porque tiene anuncios de aceite para coches en sus paredes), se veía el albergue y todo un tráfico de caballos de encuarte para los carros de carga que se apresuraban aprovechando el paso libre. Se vio el cabriolet del viajero de la casa Colomb et Bernard, comerciantes de pernos en Grenoble, bajando el puerto. Cuando él volvía, el puerto no tardaría en atascarse. Luego las nubes cubrieron la carretera, Texaco y todo; chorrearon más abajo, en los prados de Bernard, los setos vivos; y esa mañana aún se veían las veinte o veinticinco casas del pueblo con su densa capa de sombra púrpura bajo el toldo, pero ya no se veía la aguja del campanario, cortada al raso por la nube, justo por encima de los Sur, Norte, Este, Oeste.

         Después se puso a nevar. A mediodía todo estaba cubierto, todo se había borrado, ya no había mundo, ni ruidos, ni nada. Densos vapores se deslizaban de los tejados y envolvían las casas como un manto; el mariposeo de la nieve que caía aclaraba la sombra de las ventanas y la volvía de un tono rosa sangre fresca, y se veía batir el metrónomo de una mano secando la escarcha del cristal, luego aparecía un rostro demacrado y cruel, mirando.

Marie Chazottes había desaparecido sin dejar rastro. Había salido de su casa hacia las tres de la tarde con un simple chal. Su madre había tenido que llamarla para que se pusiera los zuecos. Salía en zapatillas porque sólo iba, dijo, hasta el cobertizo del otro lado de la granja. Había vuelto la esquina y desde entonces, nada.

Unos decían... cincuenta historias, naturalmente, mientras la nieve seguía cayendo, durante todo diciembre.

Aquella Marie Chazottes tenía veinte años, veintidós años.

Todos esos de los que hemos hablado son honrados e incluso tienden un poco a la austeridad. Por eso, en 1843, a nadie se le ocurrió que Marie Chazottes hubiera podido escapar. Un policía pronunció la palabra, pero era originario del valle del Graisivaudan. Además, ¿escapar con quién? Todos los chicos del pueblo estaban allí. Y todo el mundo sabía que ella no frecuentaba a ninguno. Y cuando su madre la llamó y la hizo ponerse unos zuecos, iba en zapatillas de casa. ¡Si acaso hubiera escapado, sería con un ángel...!

Nadie habló de un ángel, pero casi. Cuando Bergues y los otros dos cazadores furtivos y que conocían perfectamente el terreno  volvieron con las manos vacías, si acaso se habló del diablo. Tanto se habló que el domingo siguiente el cura hizo un sermón especial sobre la cuestión. Había muy pocos para escucharle, sólo algunas viejas curiosas, pues se salía lo menos posible. El cura dijo que el diablo era un ángel, un ángel negro, pero un ángel al fin y al cabo. Es decir que, si hubiera tratado con Marie Chazottes, lo habría hecho de otra manera. No le faltan las mujeres entre su clientela, pero no desaparecen, todo lo contrario. Si el diablo hubiera querido ocuparse de Marie Chazottes, no se la habría llevado. La habría...

En aquel mismo momento se oyó un disparo de fusil allí fuera, y dos gritos. La nieve no había cesado de caer porque fuese domingo, sino todo lo contrario, y el día era tan oscuro que aquella misa de las diez de la mañana tenía una luz de final de vísperas.

- No se muevan –dijo el cura a las diez o doce viejas estupefactas.

Descendió del púlpito, hizo esconderse a su curita en un confesionario y fue a abrir la puerta. Era un hombre bien plantado. Su anchura de hombros interceptaba la puerta abierta de par en par. La plaza de la iglesia estaba desierta.

El señor cura tenía razón. No se trataba del diablo. Era mucho más inquietante...

*

En el momento de la historia, como era invierno, y uno de los más crudos que se recuerdan, la nieve que caía sin cesar desde hacía más de un mes había cubierto naturalmente los jardines; y las casas parecían plantadas a veinte metros una de otra en una estepa blanca y unificada.

Fue allí, ante su propio garaje, donde Ravanel, atontado pero temblando de cólera, se encaró con dos de sus vecinos... Y he aquí lo que dijo, después de que Bergues le quitó de las manos el fusil en el que le quedaba una bala.

- Le he dicho al pequeño (el pequeño era Georges Ravanel, que entonces tenía veinte... y debía de ser un pequeño bastante grande): “Ve a ver qué hacen los gorrinos”. Había unos ruidos poco católicos (ahora comprenderán por qué). Él salió. Volvió la esquina, allí, a tres metros. Por suerte, yo me quedé delante del cristal de la puerta. Nada más volver la esquina, le oí gritar. Salí. Volví la esquina. Lo encontré en el suelo... Y allí arriba, entre la casa de Richard y la de los Pelous, vi pasar a un hombre que corría hacia la granja de Gari. El tiempo de coger el fusil y le disparé mientras subía hacia la capillita. Y entonces bajó hacia aquel camino tan hundido.

Habían hecho entrar al tal Georges. Estaba de pie y bebía un poco de licor de hisopo para recobrarse. Y esto fue lo que dijo:

- Volví la esquina. No vi nada. Nada de nada. Alguien me tapó la cabeza con un pañuelo y me cargó como un saco a la espalda y se me llevaba, dio unos pasos, ¡se me llevaba! Pero cuando me puso el pañuelo en la cara, bajé la cabeza y eso hizo que, cuando me acarreó, en vez de estrangularme al mismo tiempo, el pañuelo no me ahogó y pude gritar. Entonces quien fuera me soltó y oí a mi padre decir: “¡Maldito golfo!” y después disparó el fusil.

No había podido llegar al establo, donde continuaba el tumulto. Fue para allá y vio algo bastante indecente. Uno de los cerdos estaba cubierto de sangre. No habían intentado degollarlo, lo cual habría tenido más sentido. Lo habían acuchillado por todas partes, más de cien cortes que debían haberse hecho con un cuchillo tan afilado como una navaja de afeitar... Los cortes no eran rectos, sino en zigzag, serpentinas, curvas, círculos, por toda la piel y muy profundos. Se veía que lo habían hecho con placer.

¡Pero aquello era incomprensible! Tan incomprensible, tan repugnante (Ravanel frotaba la bestia con nieve y sobre la piel momentáneamente limpia, volvía a rezumar la sangre, dibujando las letras de una desconocida lengua bárbara), tan amenazador y de forma tan directa que Bergues, normalmente calmo y filosófico, dijo: “Maldito cabrón, tengo que atraparte”, y fue a por sus raquetas y el fusil.

¡Pero entre el dicho y el hecho...! Bergues volvió con las manos vacías al caer la noche. Había seguido las huellas y también el rastro de sangre. El hombre estaba herido. Eran gotas de sangre fresca y pura sobre la nieve. Herido sin duda en un brazo porque los pasos eran normales, muy rápidos, ligeros. Además, Bergues no había perdido el tiempo; había salido en su busca con apenas media hora de retraso; era un especialista de los paseos invernales; tenía el paso más ágil del pueblo, tenía raquetas, tenía su cólera, lo tenía todo, pero no pudo percibir nada más que aquella pista bien marcada, las bonitas manchas de sangre fresca sobre la nieve virgen. La pista se adentraba en el Bosque Negro y allí donde abordaba el flanco del Jocond, casi a pico, se perdía en las nubes. Sí, en las nubes. No es un misterio ni un truco para hacerles entender subrepticiamente que se trataba de un dios, un semidiós o un cuarto de dios. Bergues no era uno que buscara tres pies al gato. Si él dijo que las huellas se perdían en las nubes es que literalmente se perdían en las nubes, es decir, en las nubes que cubrían la montaña. No olviden que el tiempo no se había despejado y que mientras les cuento la historia, la nube está a punto de cortar en seco la flecha del campanario a la altura de las letras de la veleta.

Pero entonces, bruscamente..., ya no era sólo Marie Chazottes, sino también Ravanel Georges (que había escapado por un pelo), era también usted o yo, cualquiera, ¡todo el mundo estaba amenazado! Todo el pueblo; sobre el cual empezó a caer un domingo espantosamente sombrío. Los que no tenían fusil pasaron una noche del demonio. Además, las familias en las que no quedaban hombres y los niños eran pequeños, fueron a pasar la noche a las casas donde había hombres fuertes y armas...

Bergues montó guardia y pasó la noche yendo de una casa a otra. Le habían calentado tanto a base de vino caliente y copichuelas, al volver de su persecución, que había pillado una buena tajada. Cumplió su misión sin desmayo, iba a llamar a todas las puertas, sembrando el pánico en los dormitorios de mujeres y niños e incluso a hombres que, desde la caída de la noche, no habían recobrado el aliento y aguzaban tanto el oído como para oírse crecer el pelo. Veinte veces se libró apenas de recibir una carga de perdigones en las narices. Al fin, borracho como una cuba, fue a acabar la noche a casa de Ravanel, que había rematado al cerdo y pasaba las horas convirtiéndolo en salchichas y morcillas, un poco para distraerse y sobre todo, para no desperdiciarlo.

Hay que disculpar a Bergues, que era soltero y un tanto salvaje y no sabía contenerse bebiendo ni en ninguna otra cosa; pero en casa de Ravanel, un tanto excitado, cansado o bien beodo, se puso a decir cosas extrañas, por ejemplo, que “la sangre, la sangre sobre la nieve, tan pura, rojo sobre blanco, era hermosa”...

Este leve desvarío de Bergues, que inmediatamente volvió a su natural plácido, filósofo fumador de pipa e incluso un tanto holgazán de costumbre, pasó casi desapercibido en su momento. Sólo lo registraron instintivamente los presentes y, al final, lo recordaron. En todo caso, había algo que el pueblo no podía ignorar y que adquirió toda su importancia al día siguiente; mientras la nieve seguía cayendo (era un invierno terrible), la amenaza afectaba a todos por igual.

¡Pues ya nadie lo dudaba! A Marie Chazottes la habían ahogado con un pañuelo. Estrangular a Georges podía presentar ciertas dificultades, como ya se ha visto (y más a cinco bajo cero), pero la Marie: dos pizcas de pimienta, tan ligera que un vals la haría bailar en el aro de un plato, ¡puro polvo! Debía de haber sido pan comido.

De vez en cuando, la nieve deja de caer. La nube se levanta. En lugar de cortar la flecha del campanario a ras de la veleta, sólo corta la punta, o la descubre, rasgándose en pequeños copos sobre su cenit. Es suficiente. Se ve el desierto extraordinariamente blanco hasta las orillas extremadamente negras del bosque, bajo las cuales puede haber cualquier cosa, que puede hacer cualquier cosa. Cae la tarde. Se levanta un vientecillo que apenas se oye. Lo que se oye es como una mano que roza el postigo, la puerta o el muro; un gemido o un silbido que se queja, o al contrario. Un golpe en el granero.

Se escucha. El padre no aspira su pipa. La madre deja suspendido el pellizco de sal sobre la sopa. Se miran. Nos miran. El padre suspira y su suspiro arrastra un fino hilo de humo. Lo que haría falta es que volviera el ruido. Se aguzan los oídos, precisamente para sopesarlo enseguida, si es o no peligroso. Pero sólo se oye el silencio. No se sabe. Indecisión. Todo es posible. No se puede juzgar. El hilo de humo que el padre suspira se alarga, se alarga indefinidamente. La madre deja caer grano a grano su sal gorda en la sopa con unos floc, floc, floc...

El fusil sobre la mesa. La madre acerca su mano a la marmita y deja caer el puñado de sal en la sopa. Son las cinco de la tarde. Aún habrá que esperar diecisiete horas antes de que resurja el grisáceo amanecer. Fuera, un gesto sutil... Normalmente se sabe que son las largas ramas del sauce que se liberan de su peso de nieve. ¿Será...? ¿Acaso es...? ¿Sí? ¿No? No.  Leve revoloteo de la nieve que vuelve a caer, temblores en el heno, crujidos como de pasos ahogados en la paja...

*

Durante el verano, hubo múltiples tormentas, y en concreto una tan brusca y violenta que un flujo extraordinario de agua, al invadir el canal tan limpio, estuvo a punto de llevarse la rueda de álabes de la serrería. Y un día que había empezado a tronar en seco, en cuanto las gotas empezaron a claquetear aquí y allá como moneditas, Frédéric II corrió río arriba hacia la compuerta de rosca para desviar el agua al canal de derivación. El tiempo de hacer lo que debía y ya volvía corriendo bajo rachas ya muy densas, con claros de relámpagos y sombras que podían cortarse con cuchillo, cuando vio un hombre que se refugiaba bajo el haya. Le gritó que se viniera, pero el hombre no pareció entenderlo. Es infantil, nadie se refugia bajo un árbol en las tormentas, y aún menos bajo un árbol de la envergadura y la grandeza de aquella haya divina, y menos aún en las tempestades de estos parajes, que son de una violencia aterradora. Pero desde debajo de su cobertizo, Frédéric II veía a aquel hombre desnaturalizado adosado contra el tronco del haya en una actitud bastante apacible, incluso de abandono; en una especie de contento manifiesto: como si estuviera calentando sus polainas en la chimenea de una cocina. Se dijo: “Es un pobre capullo de quién sabe dónde”. Pensaba en esos viajantes que vienen en verano para reponer a la gente sus herramientas agrarias y hacer propaganda de las máquinas. Al final, como la tormenta no cesaba de empeorar e intensificarse, y el agua se desplomaba en densas cortinas y habían estallado unos cuantos truenos no muy lejos, se dijo: “Es una tontería dejar a ese tipo allí abajo, ¿es que no ve que aquí puede refugiarse?” Se metió un saco en la cabeza como un capuchón, corrió al árbol, cogió al hombre del brazo y le dijo: “Venga, hombre, vaya cenutrio está usted hecho”. Lo sacó de allí justo a tiempo. Las orejas les tronaron. Tanto que no se quedaron bajo el cobertizo, sino que entraron en la cabaña de los engranajes...

-¿De dónde es usted? –preguntó Frédéric II.

- De Chichiliane –contestó el hombre.

En un momento así, como comprenderán, Chichiliane, Marsella o el Papa daban lo mismo. Y al fin y al cabo, ¡Chichiliane no era nada del otro jueves! Quizás en Chichiliane la gente sea más estúpida que aquí, como suele ocurrir. Frédéric II se contentó con esto para explicarse por qué aquel hombre se quedaba bajo el haya voluntariamente. Porque el hombre había oído bien la primera llamada; lo dijo con toda franqueza. Además, había visto que el cobertizo de la serrería a diez metros tras él: no estaba ciego. Pero ya se sabe, hay gente tímida, o mejor, gente estúpida. Frédéric II pensaba que aquel hombre era estúpido...

No interrogó al hombre de Chichiliane; se preguntaba si su compuerta aguantaría el embate. Ni siquiera lo miró. Se quedaron más de una hora en cuclillas uno junto al otro en la cabaña de los engranajes, tan cerca que se rozaban con el hombro y el brazo...

*

Supongo que saben dónde empieza el otoño. Exactamente a 235 pasos contados del árbol marcado M 312.

¿Han ido alguna vez al puerto de La Croix? ¿Ven el sendero que va al lago de Lauzon? En el lugar donde atraviesa los prados color gamuza en pendiente muy pronunciada; hay que pasar dos grietas de desprendimientos bastante feas, se llega justo bajo el acantilado de la cara oeste del Ferrand. Paisaje mineral, perfectamente telúrico: gneis, pórfido, gres, serpentina, esquistos pútridos. Horizontes enteramente cerrados de rocas aceradas, las cimas de Lus, caninos, molares, incisivos, dientes de perro, de león, de tigre y de peces carnívoros. De allí, a vuestra izquierda, sendero por los pasos estrechos entre peñascos que acceden al Ferrand: alpinismo, panorama. A la derecha, trazos imperceptibles de las pulverizaciones rocosas cubiertas de diatomeas. Hay que seguir esos trazos que rodean un rellano y, en una hondonada como un cuenco de cerámica, hallar la más alta cuadrícula boscosa; tal vez doscientos árboles, y en la linde norte, un fresno marcado con minio: M 312. Allí delante, y a doscientos treinta y cinco pasos, plantado directamente en la pendiente de cerámica, otro fresno. Allí es donde empieza el otoño.

Es instantáneo. ¿Acaso hay una especie de contraseña dada ayer por la noche, mientras ustedes daban la espalda al cielo para hacerse la sopa? Esta mañana, en cuanto abran los ojos verán que mi fresno se ha plantado en el cráneo un penacho de plumas de loro amarillo oro. El tiempo de poner el café, de recoger todo lo que queda por el suelo cuando se duerme fuera y ya no es un penacho, sino todo un casco confeccionado con las plumas más raras: rosas, grises, óxido. Luego son marroquinerías, forraje, charreteras, delantales, corazas que se cuelga y se aplica por todas partes, y todo hecho con la materia más rutilante y más bermeja. En fin, helo ahí en sus armaduras y perifollos de sacerdote-guerrero que entrechoca pequeñas matracas de madera seca.

M 312 no se queda atrás. Se pone almuzas, sotanas de miel, faldones de obispo, estolas cubiertas de blasones y de reyes de cartas de juego. Los alerces se cubren de caperuzas y togas de piel de marmota, los arces se calzan polainas de espinilleras rojas, enfilan pantalones de zuavos, se envuelven en capotes de verdugos, se coronan con el birrete de los Borgia. Mientras ellos trajinan, los prados ocres azulean de azafrán silvestre. Al volver, cuando uno llega al pie del puerto de La Croix, se encuentra frente al primer ocaso de la temporada: el abigarramiento bárbaro de las murallas... Más abajo se ve esa cuenca de hierba que sólo era heno cuando pasó hace sólo dos o tres días, ahora convertida en cráter de bronce alrededor del cual montan guardia... los caballeros del bosque; y se entremezclan las tiaras, los bonetes, los cascos, las faldas, la carne pintada, las enaguas bordadas, el follaje de otoño, los fresnos, las hayas, los alerces, los zurillos, los olmos, robles albares, abedules, álamos temblones y sicomoros, arces y pinos con un verde negruzco que exalta todos los demás colores.

A partir de ese momento, cada atardecer, las murallas del cielo se pintarán con aquellos esmaltes que facilitan la aceptación de la crueldad y liberan a los sacrificadores de todo remordimiento. El occidente, revestido de púrpura, sangra por las rocas, que son indiscutiblemente más hermosas así ensangrentadas que con el rosa satinado de siempre, o el bello azur común de las noches de verano, en la hora en que Venus era dulce como un grano de cebada. Un verde pálido, un violeta, manchas de azufre y a veces un puñado de escayola allí donde la luz es más intensa, mientras que sobre las otras tres murallas se apiñan los bloques compactos de una noche, no más lisa y reluciente, sino turbia y aglomerada de inquietantes construcciones: tales son los temas de meditación propuestos por los frescos del monasterio de las montañas. Los árboles hacen crujir incansablemente en la sombra pequeñas matracas de madera seca...

*

El haya de la serrería no tenía aún, ciertamente, la amplitud que ahora contemplamos. Pero su juventud (en relación con la edad de ahora) o más exactamente su adolescencia era de una envergadura y un tejido que la situaban cien codos por encima de todos los árboles unidos. Su follaje era de una abundancia y espesura, de una densidad pétrea, y su osamenta... debía de poseer una fuerza y una belleza muy raras para llevar con tanta elegancia tamaño peso acumulado. En esa época estaba sobre todo plagado de pájaros y de moscas; contenía tantos pájaros y moscas como hojas. Se veía constantemente arado y estremecido por cornejas, cuervos y enjambres. Salpicaba a cada instante vuelos de ruiseñores y alionines; humeaba aguzanieves y abejas; soplaba falcones y tábanos; hacía malabarismos con bolas multicolores de pinzones, reyezuelos y petirrojos, de chorlitos reales y avispas. A su alrededor había una ronda sin fin de pájaros, mariposas y moscas en las que el sol parecía descomponerse en arco iris como si atravesara un manantial de salpicaduras. Y en otoño, con su larga cabellera carmesí, sus mil brazos entrelazados de serpientes verdes, sus cien mil manos de follajes de oro jugando con pompones de plumas, correajes de pájaros, polvo de cristal, no parecía realmente un árbol. Los bosques, sentados sobre las gradas de las montañas, lo contemplaban en silencio. El haya crepitaba como un brasero; danzaba como sólo saben danzar los seres sobrenaturales, multiplicando su cuerpo alrededor de su inmovilidad; ondulaba en torno a sí en un enredo de echarpes, tan estremecido, tan dorado, tan incansablemente lleno de la embriaguez de su cuerpo que ya no se sabía si estaba arraigado por la presa de prodigiosas raíces o por la velocidad milagrosa de la punta de la peonza sobre la que reposan los dioses. Los bosques, sentados sobre las gradas del anfiteatro de las montañas, en su gran ablución sacerdotal, no osaban moverse. Ese virtuosismo de belleza hipnotizaba como el ojo de las serpientes o la sangre de las ocas salvajes en la nieve. Y a lo largo de los caminos que ascendían o descendían hacia el haya, se alineaba la procesión de los arces ensangrentados como carniceros.

Pero todo eso no impidió que llegara el invierno de 1844; al contrario. Y Bergues desapareció. Nadie se dio cuenta enseguida. Era soltero y nadie pudo precisar en qué momento exacto había faltado del mundo. Era un furtivo, cazaba las criaturas más inverosímiles. Amaba la naturaleza y a veces se ausentaba toda una semana. Pero en el invierno del 44, se inquietaron al cabo de cuatro o cinco días.

En su casa, todo estaba dispuesto de forma que podía temerse lo peor. Para empezar, la puerta no estaba cerrada; sus raquetas y el fusil estaban allí; su chaqueta, forrada de piel de cordero, colgaba de su clavo. Más triste aún: su plato, con los restos disecados de un conejo encebollado (con las huellas de un pedazo de pan bañado en la salsa), yacía en la mesa. Debía de haberle pescado comiendo; algo o alguien debía de haberlo llamado fuera; había salido enseguida, tal vez sin poderse tragar el bocado. Su sombrero estaba sobre la cama.

Esta vez fue un terror de rebaño de ovejas. En pleno día (bajo, sombrío, azul, con nieve y una nube cotando la flecha del campanario) se oyó llorar a las mujeres, gritar a los niños, batir las puertas, y fueron menester la cruz y los ciriales para tomar una decisión... Todo el mundo hablaba de la policía pero nadie quería ir a buscarla. Había que recorrer tres leguas en soledad, bajo el cielo negro, y al ser Bergues un hombre hecho y derecho, forzudo, valiente, más listo que el hambre, ya nadie se sentía lo bastante forzudo, valiente ni listo. Al fin decidieron ir cuatro, todos juntos.

Se alejaban de la casa de Bergues como si hubiera albergado a un apestado. La casa bostezaba directamente a la nieve de la calle, con su portón abierto que nadie tuvo el valor de ir a cerrar, y el cielo, por encima de todas las cabezas, parecía más negro que en el interior de la casa.

En el momento de la marcha de los cuatro emisarios hacia la comisaría real de Clelles, todo el pueblo se concentró silenciosamente en torno a ellos, que, graves y pálidos bajo las barbas, se colgaban el arma del tirante y cerraban sus chaquetas forradas con cinturones de cartuchos para jabalíes, un arsenal de cuchillos afilados, de lamas desnudas, e incluso un hacha pequeña. Por fin se calzaron las raquetas; se les vio ascender despacio el cerro tras el cual pasa la gran carretera y luego desaparecieron. Sólo quedaba atrincherarse.

Es fácil imaginar los relatos que aquellos cuatro hombres hicieron en la comisaría de Clelles tras varias leguas de marcha solitaria, al caer el día. A pesar del tiempo encapotado y del estado de las carreteras..., a las once de la noche llegó al pueblo una pequeña compañía de seis guardias a caballo, con armas y equipaje y un capitán llamado Langlois.

 

 

(Fragmento del libro Un rey sin diversión, de Jean Giono, que será próximamente publicado por la editorial Impedimenta con traducción de Isabel Núñez)

 

Jean Giono, humor, poesía y nieve

 

La descripción que Jean Giono (Manosque, Francia, 1895-1970) hace de un árbol, el haya, en la primera página de Un rey sin diversión me maravilló; traduje el fragmento en mi blog y contagié a la editorial Impedimenta. Entonces no sabía dónde me estaba metiendo. Había leído, como todo el mundo, El hombre que plantaba árboles y ese librito magnífico titulado J’ai ce que j’ai donné, entre otras de sus joyas provenzales.

Un rey sin diversión es una novela asombrosa, especie de thriller que parodia el género (la intriga se resuelve a mitad del libro, se transforma en otra), un thriller poético donde la naturaleza provenzal late como siempre en la escritura de Giono, en ese pueblo que desaparece en invierno, enterrado en un manto de nieve, con los asesinatos que el narrador examina un siglo después. El capitán Langlois, con su pipa y sus pantuflas, vigilante, con la coscolina de Grenoble apodada la Salchicha, que regenta el Café de la Travesía, el soltero y salvaje Bergues, el guapo cura de espalda ancha como el portón de la iglesia, todos esos excéntricos habitantes del pueblo son personajes que se quedan con nosotros para siempre.

 Es un libro maravilloso, pero ¡ay!, un desafío para el traductor, lleno de modismos provenzales, de palabras inventadas o forzadas para decir lo que Giono necesite decir, en su hábil mezcla de exigente lenguaje poético y lengua popular y agreste. A veces, una página exige más de un día de búsqueda, pues los jeroglíficos se acumulan y su ingenio requiere soluciones a la altura en castellano.

            La I Guerra Mundial sacudió con fuerza a Jean Giono, le hizo pacifista y causó su encierro en prisión. Por ese pacifismo durante la II Guerra, cambió su forma de ver el mundo. Él lo explica así:

“Nadie podrá consolarnos de esta guerra. Por eso yo me tiré salvajemente del lado del árbol, de la nieve y de la bestia”.

Esa búsqueda suya de la belleza y su apego a la vida transforman la naturaleza y el paisaje en intensos personajes literarios y proyecta en sus habitantes su humor y su irónica poesía, su filosofía, su mirada humanista y vitalista. “Soy un pesimista feliz”, dijo, y su escritura está llena de esa felicidad burlona, malgré tout.

            Un rey sin diversión fue llevada al cine, como otras obras de Jean Giono (él mismo dirigió películas con personajes que recuerdan al Buñuel de Viridiana).

He recogido aquí algunos fragmentos de la primera parte. Espero contagiar con ellos mi pasión por Giono a los lectores de este país.- ISABEL NÚÑEZ

 

 

Escrito en Lecturas Turia por Jean Giono

Siempre que políticos y politólogos reflexionan sobre la situación de una res publica moderna parece que se sienten obligados a aludir a la antigua Roma. Esto le sucedió también hace poco al desventurado ministro de Asuntos Exteriores alemán cuando, para criticar el Estado social de nuestro país, a sus ojos demasiado opulento, se le ocurrió la idea de comparar las condiciones actuales con los momentos bajos de la “decadencia romana”. No ha habido modo de averiguar qué quiso decir realmente con ello. Quizá le rondaran el ánimo vagos recuerdos del sistema de management imperial de la plebe mediante luchas de gladiadores, es posible que pensara también en los donativos obligatorios de cereales para las masas sin trabajo de la antigua metrópolis. Ambas cosas serían ecos de aquella apresurada enseñanza de la historia de la que gozaron la mayoría de los alumnos de enseñanza media alemanes de la promoción de 1961 (Westerwelle[2] entre otros). No contienen nada que pudiera inquietar.

De todos modos la referencia a la “decadencia romana” en boca de un político alemán no fue solo un síntoma de la característica formación superficial de esa clase de gente. Tampoco fue simplemente un síntoma de osadía verbal para impresionar a una cierta clientela. Encerraba una serie de peligrosas implicaciones que sin duda el orador habría evitado si hubiera sido consciente de ellas.

Pues el sistema romano de panem et circenses, pan y juegos, pan y circo, constituye nada menos que la primera configuración de lo que desde el siglo XX se llama “cultura de masas”. Simboliza el giro de la grave República de senadores al estado teatral postrepublicano, en cuyo centro había un bufón. Este giro se hizo inevitable desde que el Imperio romano, tras su conversión en monarquía cesarina, se orientó cada vez más a la eliminación del Senado y del pueblo de la regulación de los asuntos públicos. Desde este punto de vista la muy citada decadencia romana no fue otra cosa que la otra cara de la eliminación política de los ciudadanos que conllevó la toma del poder por una junta de políticos imperiales de profesión. Y que solo puede entenderse adecuadamente si se reconoce en ella el síntoma de la disolución de la vida republicana en administración y distracción. Mientras la administración del Imperio se enredaba progresivamente en formalismos se fue imponiendo por el lado de la diversión –sobre todo en los circos en torno al Mediterráneo y en las fiestas de la clase alta metropolitana- la tendencia al embrutecimiento y a la desinhibición. La conjunción de estado de administración y estado de distracción era la respuesta a una situación universal en la que el ejercicio del poder solo podía asegurarse ya por una amplia despolitización de los habitantes del Imperio.

Jugar con reminiscencias romanas remueve más pronto o más tarde materia peligrosa. Quien menciona a Roma dice a la vez res publica y quien habla de esta no debería dejar de preguntar por el secreto de sus inicios. Por mucho que los césares siguieran refrendando sus decretos con la fórmula sacralizada Senatus Populusque Romanus (SPQR), “senado y pueblo romano”, era claramente constatable que ambas instancias estaban desposeidas de poder casi por completo. Intentemos, pues, explicar cómo sucedió que la “cosa pública” ejemplar de la vieja Europa comenzara con una tormenta pasional digna de considerar: el hijo del último rey romano-etrusco, Tarquinius Superbus junior, se fijó en los encantos de una joven matrona romana, de nombre Lucrecia, tras haberse enterado de su belleza y recato por las fanfarronadas de su propio esposo Collatinus. Está claro que no quería aceptar que un subordinado hubiera de ser eróticamente más feliz que él mismo, el vástago de una casa imperial. El resto es conocido gracias a la historia universal de Tito Livio y a la literatura universal de Shakespeare: el joven Tarquinio se introdujo en la vivienda romana de Lucrecia y la obligó mediante un chantaje infame a acceder a su violación. Tras la deshonra padecida la joven dama reunió a sus parientes, les informó de los hechos y se apuñaló ante los ojos de los reunidos. Una ola inusitada de conmoción transformó el hasta entonces inofensivo pueblo de pastores y labriegos de los romanos en una multitud revolucionaria. Tarquinio el Soberbio es expulsado, la hegemonía etrusca se acaba para siempre. Nunca más se soportarán soberbios a la cabeza de la comunidad. El nombre del rey se proscribirá para siempre, no solo ad personam, sino en lo que se refiere también a la función monárquica como tal.

De la convulsión de los ciudadanos surge una idea de grandes consecuencias: en adelante la dirección de la comunidad será ejercida solo por romanos y se producirá pragmática y profanamente. Dos cónsules se mantendrán mutuamente en jaque, su reelección anual evitará toda nueva confusión entre cargo y persona. Excepto el oráculo del Estado, sin el que nada funciona, tampoco en la república, la superestructura religiosa implosiona; la superbia real queda desterrada para siempre. Las energías positivas de la soberbia son reducidas al formato de la búsqueda de prestigio por la excelencia, como es habitual en las meritocracias. Debido a estas resoluciones se pone en marcha el año 509 a. C. la maquinaria republicana más inteligentemente construida de la historia de la humanidad; que por el añadido posterior del cargo de tribuno popular consigue un grado insuperable de eficiencia. Comienza una historia de éxito sin par hasta que casi medio milenio después la hiperdilatación del complejo romano de poder forzó el paso a unas relaciones neo-monárquicas.

El lector actual de esta historia habría de retener una información significativa: la leyenda de Lucrecia trata del nacimiento de la res publica a partir del espíritu de la indignación. Lo que más tarde se llamará espacio público es en su origen un epifenómeno de la ira ciudadana. A partir del enfado de una multitud confluente se formó el primer foro. El primer orden del día contenía solo un punto: el rechazo de una infamia despótica. Por su irritación sincrónica por la desenfrenada soberbia de los gobernantes las gentes sencillas se dieron cuenta de que a partir de entonces querían llamarse ciudadanos. El consensus con el que comienza todo lo que hasta hoy llamamos vida pública fue la unanimidad civil respecto a una insoportable afrenta a las leyes no escritas de la decencia y del corazón.

Por expresar una vez más lo determinante: lo que ahora circunscribimos con la expresión griega “política” es un derivado del sentido del honor y de los sentimientos de orgullo de personas normales. Para el espectro de los afectos afines al orgullo la tradición paleoeuropea tiene pronta la expresión thymós [3]. En la escala timótica de la psique humana resuenan muchos tonos: desde jovialidad, benevolencia y generosidad, pasando por orgullo, ambición y despecho, hasta indignación, ira, resentimiento, odio y desprecio. Mientras una comuna política sea dirigida por su centro de orgullo las cuestiones de honor y prestigio están en el foco de la atención general. La inviolabilidad de la dignidad civil rige como bien supremo. La suspicacia pública vela porque la arrogancia y la avaricia, las siempre virulentas fuerzas fundamentales de la infamia, no se impongan nunca en la res publica.

Debería estar claro por qué no es inocuo hablar en nuestros días de decadencia romana y equiparar con ella circunstancias actuales. Quien habla así se declara implicite en favor del parecer o de la sospecha de que también a la república moderna –tal como surgió hace más de doscientos años de la ira antimonárquica de las revoluciones americana y francesa- le seguirá a su debido tiempo una fase postrepublicana. También esta se caracterizaría típicamente por la unión de pan y circo o, por hablar de acuerdo a los tiempos, por una sinergia de Estado social e industria de la sensación. No se puede negar que indicios de tal economía doble los hay por todas partes. ¿No vemos desde hace algún tiempo signos que hablan de la involución de la vida pública en administración y entretenimiento, aislamiento térmico para ministerios y casting-shows para ambiciones? ¿No ha conquistado discretamente las centrales de los partidos y los seminarios de sociología del hemisferio occidental el discurso, proveniente de Gran Bretaña[4], de la “postdemocracia”, es decir, la idea de que la participación ciudadana se puede ahorrar por la superior competencia de quienes toman las altas decisiones políticas? ¿No son ya innumerables las personas que como hicieron un día los antiguos estoicos y epicúreos han vuelto a poner a cubierto su existencia ante el hecho de que la burocracia, el espectáculo y las colecciones privadas señalen ahora los últimos horizontes?

De estas consideraciones podría sacarse la precipitada conclusión de que las tendencias postdemocráticas se habrían impuesto ya en toda línea en el ocaso de la segunda era republicana, la que llamábamos la modernidad política. Entonces, a nosotros, habitantes de la segunda res publica amissa (de la segunda república abandonada), no volvería a quedarnos otra cosa que esperar a los césares... o a sus ediciones baratas, los populistas, en tanto el populismo suministra hoy la prueba de que el cesarismo también funciona con comparsas. ¿Es posible, pues, que tuviera razón Oswald Spengler con su peligrosa sugerencia de que hay que ser un teórico de la decadencia para como diagnosticador del tiempo estar a la altura de las circunstancias?

Pero por muy incitantes que sean consideraciones rapsódicas de este tipo: en este asunto estamos mejor aconsejados si no nos dejamos arrastrar por el élan de la gran analogía. Es verdad que no faltan indicios de que avanzamos hacia circunstancias postrepublicanas y postdemocráticas. Cuyo síntoma más significativo, la nueva eliminación de los ciudadanos mediante una estatalidad monológica encerrada en sí misma, puede diagnosticarse hoy en numerosos frentes. La línea actual del gobierno negro-amarillo [cristianodemócratas y liberales] en cuestiones de energía atómica muestra que la política se va pareciendo cada vez más en este país [Alemania] al monólogo de un club de autistas.

Pero habrá de sentirse defraudado quien crea que la eliminación de los ciudadanos en esta segunda situación post-republicana se producirá tan sin dificultades como se llevó a cabo tras el establecimiento del antiguo régimen de los césares. En este punto la analogía histórica no es concluyente; por un motivo del que como mejor se informa uno sigue siendo por fuentes antiguas. Los autores clásicos de Grecia, que consideraban al ser humano un ser movido a la vez por el eros y por el orgullo, poseían una comprensión mucho más profunda de él que los modernos, dado que la mayoría de estos últimos se han contentado con interpretar la psique humana solo a partir de la libido, de la carencia y del afán de posesión. Sobre cuestiones de orgullo y honor no se les ocurre nada desde hace ya más de cien años. No extraña, pues, que tanto políticos como psicólogos no sepan qué hacer hoy en cuanto tienen que vérselas con conmociones públicas de esos olvidados componentes de orgullo del patrimonio anímico humano. Quien contempla el panorama de las agitaciones políticas en Europa, debería darse cuenta inmediatamente de una cosa: si hoy, a pesar de toda la cantidad de expertocracia y cultura de entretenimiento que se ofrece, no se consigue del todo la eliminación de los ciudadanos es porque se ha echado la cuenta sin el orgullo de los ciudadanos.

De repente vuelve a aparecer en el escenario él, el citoyen  timótico, el ciudadano consciente y seguro de sí mismo, informado, dispuesto a colaborar en planteamientos y decisiones, masculino y femenino, y ante el tribunal de la opinión pública presenta sus quejas por la malograda representación de sus deseos y conocimientos en el sistema político actual. Ahí está de nuevo él, ese ciudadano que sigue siendo capaz de indignarse porque a pesar de todos los intentos de adiestrarlo para ser un fardo de libido ha conservado su sentido de autoafirmación, y que manifiesta esas cualidades llevando su disidencia a las plazas públicas. Como de la noche a la mañana él está de nuevo entre nosotros, ese ciudadano incómodo que se niega a ser un omnívoro político, conformista y alejado de opiniones “no serviciales”. Hacía tiempo que no se le veía, a ese ciudadano informado e indignado al que de repente, no se entiende cómo, se le ocurre la idea de referir a sí mismo el artículo 20, parágrafo 2 de la Constitución, según el cual todo poder estatal sale del pueblo. ¿Qué ha sucedido en él para que entienda el misterioso verbo constitucional “salir” como una indicación para abandonar sus cuatro paredes con el fin de manifestar lo que quiere y sabe y teme?

En momentos como el actual no está mal recordar que la misma res publica originaria fue un derivado de los afectos psicopolíticos primarios orgullo e indignación. Como se ha hecho notar, en el origen del sentimiento romano de comunidad estuvo la no-disposición a tolerar por más tiempo la arrogancia de los gobernantes, devenida ya demasiado crasa. A pesar de todas las diferencias entre situaciones antiguas y modernas no hay que buscar durante mucho tiempo el aspecto comparable. También hay hoy innumerables ciudadanos que ven motivos para irritarse por la arrogancia de los gobernantes. Aunque la arrogancia se haya hecho anónima y se oculte en sistemas que funcionan movidos por las circunstancias, los ciudadanos, sobre todo en su calidad de contribuyentes y de destinatarios de grandes discursos preelectorales, sienten de vez en cuando con suficiente claridad qué juego se trae con ellos.

¿Entendemos ahora cómo el sueño de los sistemas produce monstruos? Los monstruos son los ciudadanos de carne y hueso que se oponen al mandamiento postdemocrático de eliminación de la ciudadanía. Habrá que admitir que esta repentina renitencia necesita explicación. ¿Por qué de repente las personas no pueden permanecer tranquilas en los lugares pensados para ellas? ¿Por qué ya no se puede contar con su letargia, importante para el sistema? ¿Y qué hay en su función que sea tan difícil de entender? En la democracia representativa los ciudadanos –a parte de sus enormes obligaciones fiscales- son utilizados primordialmente como suministradores de legitimidad a los gobiernos. Por eso se les invita, a grandes intervalos, al ejercicio de su derecho de voto. En el intermedio pueden hacerse útiles ante todo por su pasividad. Su tarea más noble consiste en expresar por el silencio su confianza en el sistema.

Conformémonos por cortesía con la constatación de que tal confianza se ha convertido en un recurso escaso. Incluso politólogos cortesanos berlineses hablan del claro distanciamiento entre la clase política y la población. Todavía se arredran los expertos ante el duro diagnóstico según el cual la política de la útil despolitización del pueblo está abocada al fracaso.

En este punto puede ser oportuno preguntar cómo se las arreglaron los romanos de la época de los césares para conseguir la despolitización, mientras que a los electos postdemócratas de hoy amenaza con írseles de las manos. La respuesta se encuentra sin rodeos: las élites de la época cesarina gozaron durante mucho tiempo de la posibilidad de hacer ofertas sustitutivas, más o menos útiles, a las reivindicaciones timóticas de su ciudadanía; a pesar de síntomas contundentes de decadencia postrepublicana: supieron cómo despertar en el civis romanus el orgullo por las consecuciones civilizatorias del imperio; mediante soft power romano vincularon al centro los pueblos de la periferia; fueron lo suficientemente inteligentes como para conseguir que las masas inestables de las ciudades participaran en el narcisismo teatral del culto al César. En comparación con ello salta a la vista la torpeza de nuestra clase política en todos los aspectos importantes del abanico timótico. A menudo ya no tiene otra cosa que ofrecer a los ciudadanos que la perspectiva de participación en su propia miseria: una oferta que por regla general la población solo acepta en carnaval y en los discursos del miércoles de ceniza[5]. Cuando se plantea la cuestión de cómo reacciona la mayoría del pueblo a la performance de los gobernantes, la mayor parte de las veces los investigadores de opinión constatan desde hace algún tiempo: con desprecio. Innecesario decir que esa palabra pertenece al vocabulario elemental del análisis timótico. Que la denominación del polo negativo de la escala del orgullo se utilice tan a menudo y tan intensamente como se utiliza ahora tendría que hacer comprensible en qué medida la regulación psicopolítica de nuestra comunidad se está saliendo de control.

[...]

Quien en medio de las polémicas intenta mantener la tranquilidad del observador consigue una imagen que conjunta en una escena coherente los diferentes focos de conflicto: en numerosos frentes se ven los mismos reflejos de búnker ante la posible perturbación de las rutinas, el mismo recurso al mobbing[6] contra quienes sostienen “opiniones indeseadas”, el mismo malestar porque tomen la palabra los no convocados, la misma confusión entre obstrucción y firmeza de carácter.

De tanta insensibilidad inveterada solo se puede salir por un análisis más exacto del sistema político y sus paradojas. Este análisis comenzaría con la explicación de por qué la moderna democracia representativa, por regla general, no está en condiciones de conseguir lo que parece que los césares lograron fácilmente: estos fueron capaces durante siglos de conectar el imperativo sistémico de la eliminación postrepublicana de los ciudadanos con el imperativo psicopolítico de la satisfacción timótica de los ciudadanos. Los modernos fracasan en esa tarea desde que la triquiñuela de la autoexaltación nacional ya no les resulta tan fácil de utilizar como hace cien años. Por eso solo les quedan dos salidas, de las que una es económicamente ruinosa y la otra psicopolíticamente imprevisible: la eliminación de los ciudadanos mediante recompensas porque se estén quietos y la paralización de los ciudadanos mediante resignación. Cómo funcionan las recompensas lo sabe cualquiera que observe los debates actuales sobre el Estado mantenedor. Tampoco es ningún secreto cómo se llega a la resignación. Superficialmente la resignación se parece a la satisfacción bajo un buen gobierno. Se diferencia de ella por un estado de ánimo molesto, pero desalentado, porque considera que los de arriba son todos iguales en el fondo. En un clima así las participaciones electorales pueden caer por debajo del cincuenta por ciento, como es habitual en EE. UU., sin que la clase política vea por ello motivo de preocupación alguno.

La eliminación de los ciudadanos por resignación es un juego con fuego porque en cualquier momento puede tornarse en su contrario: en la abierta indignación y manifiesta ira de los ciudadanos. Una vez que la ira encuentra un objetivo es difícil ya desviarla de él. Para la clase política se añade el agravante de que la moderna exclusión del ciudadano se quiere presentar como “inclusión” del ciudadano. Cuya despolitización tiene que seguir unida a tanta politización restante como sea necesaria para la autorreproducción del aparato político.

Desde ningún punto de vista los ciudadanos de nuestro hemisferio están tan excluídos como en su condición de contribuyentes. El Estado moderno ha conseguido imponer a sus miembros en el momento de su contribución más material a la comunidad, en el instante de sus ingresos en la caja común, el papel más pasivo que puede adjudicar: en lugar de resaltar la calidad de donantes de los pagadores y de acentuar respetuosamente el carácter de donativos de los impuestos, los Estados modernos fiscales agobian a sus contribuyentes con la humillante ficción de que tienen deudas masivas con la caja pública, deudas tan grandes que solo pueden saldar a plazos durante toda su vida. En el centro del moderno acontecer de la eliminación del ciudadano se encuentra un sistema de impuestos construido de modo completamente equivocado desde el punto de vista psicopolítico. Que hurta el orgullo a los ciudadanos fiscalmente activos y los empuja a la posición de eternos deudores del Leviatán. Mientras más capaces de rendimientos se muestren más dinero deben, mientras más tienen para dar más están en negativo. Por lo demás, últimamente los ciudadanos fiscales están condenados a la pasividad no solo en el instante de su pago a la caja comunitaria, sufren una pasividad de segundo grado desde que el Estado les ha encadenado alevosamente a la galera de las deudas públicas. Sin entender cómo les ha sucedido, los dadores se ven implicados en una comunidad de destino de nuevo cuño. Desde ya mismo constituyen un grupo de deuda colectiva que mañana y hasta su último aliento pagará por lo que les cargan los eliminadores de los ciudadanos de hoy. Y no se diga que la política actual ya no tiene imaginación. Todavía hay una utopía para nuestra comunidad: si la suerte está de nuestro lado y todos hacen todo lo que está en su poder, al final se conseguirá incluso lo imposible, evitar la bancarrota del Estado. Desde ahora ella es la estrella roja en el cielo vespertino de la democracia.

Desde la crisis financiera, aparecida en 2008, innumerables comentarios han evocado la peligrosidad de la especulación en los mercados financieros. Pero nunca se habló de la más peligrosa de las especulaciones: la mayoría de los Estados actuales especulan, sin dejarse escarmentar por crisis alguna, con la pasividad de los ciudadanos. Los gobiernos occidentales apuestan porque la mayoría de sus ciudadanos sigan decidiéndose por el entretenimiento; los orientales apuestan por la inquebrantable efectividad de la represión abierta. No hace falta ser profeta para imaginar en qué medida el futuro estará determinado por la competencia entre el modo euro-americano y el chino de exclusión o eliminación de los ciudadanos. Ambos procederes parten de que si se sigue contando con una alta pasividad de los ciudadanos se puede eludir el mandamiento ilustrado de la representación de la voluntad positiva y del buen saber hacer de los ciudadanos en la actuación del Estado. Hasta ahora esto ha funcionado sorprendentemente bien: incluso tras la fracasada conferencia climática mundial de Copenhague, en aquel fatal diciembre de 2009 los ciudadanos de Europa prefirieron dedicarse a sus compras navideñas más que a la política; prefirieron llegar a casa con bolsas llenas en lugar de embrear y emplumar, al menos simbólicamente, como hubieran merecido, a sus “representantes”, que volvieron con las manos vacías.

Aun sin dotes adivinatorias se puede saber: tales especulaciones reventarán más pronto o más tarde porque en la era de la civilización digital ningún gobierno del mundo está a salvo de la indignación de los ciudadanos. Cuando la ira hace bien su trabajo surgen nuevas arquitecturas de participación política. La postdemocracia, que está a la puerta, tendrá que esperar.

 

 

(Este texto forma parte del libro Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana.
Aportaciones a un debate sobre la nueva fundamentación democrática de los impuestos, de Peter Sloterdijk, editado por Siruela)



[1] Este ensayo apareció en versión levemente recortada bajo el título “El orgullo herido. Sobre la exclusión de los ciudadanos en las democracias” en Der Spiegel (8 de noviembre de 2010, págs. 136-142).

La "eliminación" de los ciudadanos se refiere a su “exclusión” interesada de los asuntos y decisiones públicas por parte de los gobernantes, tanto en la época postrepublicana de Roma como en la postdemocrática de hoy: o sea, eliminación de las funciones del ciudadano esenciales tanto para la república como para la democracia. Este es el núcleo del artículo. Eliminación o exclusión, pues, de los ciudadanos: ambas cosas significa la palabra alemana “Bürgerausschaltung”. (N. del T.)

[2] El citado ministro, Guido Westerwelle, del Partido Liberal, aliado de la cristianodemócrata Merkel hasta las elecciones de octubre de 2013, muy controvertido y un tanto hazmerreír en Alemania en ocasiones. (N. del T.)

[3] Sloterdijk utiliza siempre la palabra “orgullo” (“Stolz”) en el sentido que deja entrever al final (lo subrayado) esta mala definición del DRAE: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Queda claro arriba, cuando Sloterdijk habla de la reducción de la superbia real de los Tarquinios al marco un sentimiento positivo y productivo de soberbia republicana, que lleva a buscar consideración social por méritos propios de superación de sí mismo y excelencia de vida. Y lo asimila al espectro semántico del thymós griego, fuerza de vida, un ánimo fuerte, pasional y socialmente evaluable. Mortal e intrascendente frente a la psyché, emocional frente a la intelecciones del nous. Uno de los tres aspectos de la personalidad, pues, que rigen la vida del hombre en Grecia, que en caso de duda siempre es regida en último término por los dioses. Orgullo es, pues, sentimiento de excelencia personal por la vida de esfuerzo y rendimiento que se lleva y espera de reconocimiento social por ello. Es el sentimiento general del rendidor o Leistungsträger, que solo pueden satisfacer impuestos voluntarios, no obligados, que se consideren además como donaciones, no deudas. Se entiende. (N. del T.)

[4] Cfr. el libro origen del concepto, Post-Democracy , de Colin Crouch (cast.: Taurus, Madrid, 2004). Un sistema político en el que van degenerando las democracias participativas occidentales en el que lo que importa no es la participación de los ciudadanos sino simplemente los resultados, con tal de que sirvan, eso sí, al menos, al bien común y satisfagan la justicia distributiva. Todo ello se determina y regula no en procesos democráticos sino en procedimientos administrativos. Los representantes elegidos traspasan para ello sus competencias, y con ello su responsabilidad, a expertos, comisiones y consultorías económicas, etc. El humus político actual de la eliminación del ciudadano, por una parte, y de su indignación, por otra, de que habla Sloterdijk. (N. del T.)

[5] En carnaval irónicamente y empáticamente en los duros discursos típicos del Miércoles de Ceniza político en Alemania. (N. del T.)

[6] Acoso psicológico en el trabajo. (N. del T.)

 

Escrito en Lecturas Turia por Peter Sloterdijk

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