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SU AUTOBIOGRAFÍA “MI LUCHA”, UNA SAGA DE 3.600 PÁGINAS Y SEIS TOMOS, HA CONSAGRADO INTERNACIONALMENTE AL ESCRITOR NORUEGO

“TURIA” DA A CONOCER, EN PRIMICIA EN ESPAÑOL, UN FRAGMENTO DE “LA ISLA DE LA INFANCIA”, TERCER VOLUMEN DE LA SERIE

 

La revista cultural TURIA publica, en su nuevo número que se distribuirá el 24 de marzo en España y otros países, un avance de la edición en español de “La isla de la infancia”, del escritor noruego Karl Ove Knausgard. La obra, que será editada en mayo por Anagrama, es tercer volumen de su celebrada saga autobiográfica “Mi lucha”, una serie cuya aparición ha constituido en los últimos años todo un éxito internacional.

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Escrito en Noticias Turia por Instituto de Estudios Turolenses Diputación Provincial de Teruel

17 de febrero de 2015

En bastantes ocasiones hemos comentado con Sergio Gaspar la necesidad de que los intelectuales y los escritores se comprometan y hablen con claridad de los problemas que nos acucian en este momento. Es quizá un deber moral opinar, participar en un debate que pueda mejorar nuestro entorno y nuestra situación social y política.

Sergio Gaspar se ocupa de política y de literatura en Viento de tramontana. Ha vivido con intensidad el debate sobre el reparto territorial en España y obviamente el llamado “problema catalán”.

En Viento de tramontana se dice explícitamente lo que debería aportar una novela. Cuando un  bestsellero quiere contratar a un negro para ganar un premio literario --es genial el elogio a los negros literarios--, abundan las alusiones al tipo de  novela que se ha de escribir, y que resulta ser Viento de tramontana:

“¡Claro que nuestra novela tendrá tesis! ¡Faltaría más! ¿Qué escritor que valga la pena carece de ideas y de ideología sobre la realidad de la que habla y no pretende mostrarlas al mundo? Mostrarlas, sí, que no coincide literariamente con demostrarlas”  […] Toda buena novela, o contiene una tesis estimulante, hasta subversiva, o no es buena… No escondo mi tesis: una Cataluña independentista corre el riesgo de transformarse en una Cataluña grotesca. Y lo dramático llegará después: en una Cataluña independiente sustituiremos el viejo odio hacia el resto de los españoles por uno nuevo y antiguo: el odio entre nosotros, los catalanes” (p. 155).

Naturalmente, Sergio Gaspar, después de vivir en Barcelona durante toda su vida, la conoce muy bien. Puede hablar de primera mano de lo que se ha dado en llamar “el problema catalán” y ha decidido pronunciarse, desde la óptica más inteligente: la parodia, la risa. Indudablemente late en esta novela el espíritu grotesco del que tan bien escribió Bajtin (La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento).

Se trata de una parodia corrosiva e irónica al mismo tiempo que podría ser en algunos momentos cervantina (no en balde es Cervantes uno de los personajes que aparecen en Viento de tramontana). Ya lo dice en el prólogo: el autor ha seguido la recomendación del President de la Generalitat, cuando dice que hay que tomar las cosas con humor.

La parodia, desde el primer momento, nos sumerge en un mundo delirante, hilarante y esperpéntico, en el que todo es posible. Valle Inclán es una referencia fundamental para Viento de tramontana, especialmente Luces de bohemia, no sólo por la parodia grotesca que utiliza, sino porque, al igual que Valle, Sergio Gaspar dota  al lenguaje de una flexibilidad y capacidad expresivas sorprendentes, a través de neologismos, palabras compuestas, oxímoron imposibles… Una riqueza que no se encuentra fácilmente en lo que se publica ahora. No sólo la parodia, también el absurdo tiene una influencia notable en Viento de tramontana. Cuando Miguel de Cervantes se presenta, dice: “Tengo noventa y un años desde que morí”; en otra ocasión leemos: “Y el 6 de octubre de 1934 Lluis Companys, aún sin fusilar, proclama el Estado Catalán” (p. 232). Estas salidas de tono chispeantes, absurdas,  me recuerdan, la divertida biografía de Miguel Mihura.

 Con la misma contundencia que Valle dice en Luces de bohemia: “Ricos y pobres da igual: la barbarie ibérica es unánime”, en Viento de tramontana leemos: “Nuestra España eterna de derechas: la masía andaluza y el cortijo catalán intercambiables. Los señoritos de Madrid y los señoritos de Barcelona” (p. 43).

Estos temas no pueden ser tratados directamente, porque se perdería eficacia. Hay que desvelar su ángulo grotesco. Hay que ponerlos frente al espejo de la realidad y sacar del fondo del espejo el esperpento para desactivarlos. ¡Cuánta vigencia tienen las palabras de Valle Inclán a través de Max Estrella: “España es una deformación grotesca de la civilización europea. Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España”.

Todo es posible en Viento de tramontana, ya lo hemos dicho y, a la vez, absolutamente verosímil, porque la vida es así, extraña y divertida, al menos cuando se observa con la distancia de lo grotesco. Por debajo de la parodia, de la crítica mordaz, reconocemos perfectamente los males que nos afectan: desfilan alcaldes franquistas reconvertidos al nacionalismo; el falangista Samaranch; un constructor que se hizo rico en el franquismo y más rico en la transición;  instituciones nacionalistas que fueron fundadas por eminentes franquistas; el gusto artístico catalán,  pervertido por pastiches modernistas que han arramblado con lo demás; la deriva de la industria editorial, otro de los temas importantes de la novela, que va a llevarse a la Literatura española por delante, por haber caído, igual que la política, en la corrupción, en el dinero fácil y en el puro negocio.

Asistimos a escenas hilarantes como la del bestsellero --ya citada--, que encarga a un negro una novela para ganar un premio. Esa novela, que empieza igual que Viento de tramontana, se cierra en  sí misma, lúcida y autocrítica. El final no es menos hilarante: después de una paráfrasis de la escena 6ª de Luces de bohemia --son muy frecuentes las referencias literarias y la intertextualidad--, la novela se clausura con una escena teatral, parodia de un drama romántico,  en la que participan todos los ex presidentes de la Generalitat y Tarradellas de convidado de piedra.

En Viento de tramontana tiempo y espacio se usan con una libertad total.  Franco, Pla y Cervantes conviven. Ya no son necesarios flash back, sino que todo coexiste al mismo y en diferente tiempo y en el mismo y en diferente espacio. Mucho tiene de cervantina esta forma de escribir en libertad.

De “acronía” se habla para definir este libre tratamiento del tiempo en el que todo es posible. Asimismo los espacios se dan simultáneamente e incluso los personajes se trifragmentan, como es el caso de la joven editora.

También el narrador ejerce su oficio con libertad total. Sin transición y con una gran dosis de ironía coexisten el narrador en primera persona, el omnisciente  y el estilo libre indirecto.

El paroxismo de la simultaneidad y acronía se da en el momento en que un personaje compara su situación con la caída en el Infierno del Paraíso perdido de Milton: “Sin dimensión, donde las Medidas pierden su sentido --ni alto, ni bajo, ni cerca, ni lejos, ni pronto ni tarde, ni ahora ni luego, ni un metro ni mil-- porque sólo hervía en la profundidad de un magma silencioso sin espacio, sin tiempo y sincon y consin” (p. 77).

Viva la risa, la libertad y el goce de escribir lo que se quiere y todavía se puede en esta España en la que sería de desear que se escriban más novelas como Viento de tramontana

                                                          

Sergio Gaspar, Viento de tramontana, Barcelona, Edhasa, 2014.

 

Escrito en La Torre de Babel Turia por Teresa Garbí

 

   El periodista afincado en Teruel, Francisco Javier Millán, fiel a su cita con el Festival Internacional de Cine Guanajuato GIFF, en México, de cuyo Consejo Consultivo es miembro, nos presenta su obra Un mundo de alambradas. Desplazados: cine y realidad, editado por el mismo Festival, con la colaboración del Gobierno del Estado de Guanajuato, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) y la Fundación Expresión En Corto. Se trata de un riguroso ensayo, que como todos sus anteriores, aúna rigor científico, fluida escritura, amenidad y, sobre todo –verdadera seña de identidad de los escritos de  Millán-, compromiso social, en el que nos invita a conocer cómo el cine ha tratado el tema de los desplazados a lo largo de la historia con la finalidad de abrir una reflexión, personal y colectiva, sobre cómo se puede encarar el problema en la sociedad actual.

   El libro, magníficamente editado, presenta un apoyo gráfico valioso consistente en fotogramas extraídos de algunas de las películas comentadas, y cuenta además con la participación del fotógrafo francés, afincado en México, Philippe Perrin, quien además de la portada, ilustra el inicio de cada capítulo con fotografías alegóricas a la soledad y los desplazados, pertenecientes a la serie Lejano adentro, exhibida en diferentes salas de exposiciones.

   En su estudio, Millán utiliza el termino “desplazado” en el más amplio sentido de la palabra y comprende desde  aquellas personas que huyen por las guerras y persecuciones de toda índole -políticas, ideológicas, étnicas o religiosas-, hasta quienes se ven afectados por todo tipo de catástrofes naturales, pero también se refiere con él a todos aquellos que se marchan del campo a la ciudad dentro de su mismo país, e incluso a los afectados por el fenómeno contrario, mucho más reciente en las sociedades desarrolladas, de regreso al medio rural, como intento de garantizarse un medio de vida más humano.

   Javier Millán va de lo local a lo universal, desde lo próximo e inmediato, su tierra –Teruel-, al mundo globalizado en el que vivimos. Los primeros capítulos están dedicados a analizar cómo el desplazamiento forzado de las personas ha estado siempre presente en la historia de la humanidad, y de qué manera las religiones, o el uso manipulador de las mismas, contribuyen a ello. En este sentido, se nos recuerda que Adán y Eva podrían ser considerados como los primeros desplazados de la humanidad.

   Millán conoce Teruel y su provincia a la perfección, no en vano reside y trabaja en ella desde hace ya más de 20 años. Por desgracia, él sabe bien que se trata de un territorio que ha conocido en el último siglo el drama de los desplazados, primero durante la guerra civil española y después debido a la emigración por causas económicas, que ha situado a este territorio entre los más despoblados del continente europeo, por lo que se convierte en un magnífico microcosmos del problema planteado que le sirve al autor como punto de partida, para desde lo próximo extender sus observaciones al resto del mundo. De igual forma, la mirada cinéfila de Millán abarca desde la filmografía del calandino universal, Luis Buñuel, del que es uno de los mayores expertos, hasta directores de las cinematografías más recónditas y desconocidas del resto del planeta, en un alarde de ejemplificación tan exhaustivo como agudo en su análisis.

   A continuación se abordan algunos conflictos bélicos del siglo XX –Segunda Guerra Mundial (con especial atención a Polonia y al holocausto judío), Guerra Civil española,  Revolución Mexicana, antigua Yugoslavia  y los todavía no resueltos problemas del pueblo Kurdo, Palestina, Afganistán, Siria, etc., marcados todos ellos por grandes desplazamientos de personas.

   Prosigue estudiando los fenómenos migratorios y sus causas (tanto políticas, como sociales, económicas etc.), y los refugiados medioambientales debidos a fenómenos de todo tipo, analizando en profundidad el fundamento final de todos ellos: el cambio climático.

   Por último, se observa el fenómeno de los desplazamientos forzados en América Latina desde diferentes ángulos, tanto los causados por los conflictos armados (golpes de estado de Chile y Argentina, y sus consecuencias de represión y exilio) y las desigualdades sociales, como los que son por motivos políticos (balseros cubanos, entre otros) o por la violencia de la delincuencia organizada y el narcotráfico.

   Un mundo de alambradas es una propuesta tan interesante como comprometida que, como hemos anticipado, a pesar de que son cientos las películas comentadas y analizadas, no se queda en modo alguno en la mera erudición, sino que denuncia el problema y obliga al lector a pensar soluciones en aras de mejorar nuestro mundo.

 

Francisco Javier Millán, Un mundo de alambradas. Desplazados: cine y realidad, León, Festival de Cine de Guanajuato, 2014.

Escrito en Sólo Digital Turia por Juan Villalba Sebastián

17 de febrero de 2015

En memoria de los estudiantes de las Escuelas Normales Rurales

asesinados por gobiernos y autoridades municipales, estatales

 y federales a lo largo de los años, los últimos en

septiembre de 2014

 

 

 

 

 

 

 

—En otros tiempos la fortuna era la secuela del poder. Hoy el poder es la secuela de la fortuna. Desde el Gengis Khan a Julio César, Alejandro Magno o Napoleón -pasando por los grandes señores aztecas, los hombres con mando y poder, ya fuese por herencia o por conquista, tuvieron a su alcance lo que quisieron. Usando términos actuales: eran ricos.

—Pero su riqueza era una consecuencia del poder. Su ambición fue el poder; gobernar y tener a los pueblos bajo su mando. No soñaban con el oro, aunque lo saquearan y acumulasen en sus victorias. Necesitaban el oro para pagar a los soldados, para mantener sus ejércitos y algunos reyes usaban la riqueza para impresionar a los súbditos y a los embajadores extranjeros con ceremonias fastuosas. Pero la mayoría de los grandes conquistadores pensaban más en el mando que en la riqueza.

Vio la incomprensión en los rostros de algunos alumnos y la duda en otros y añadió:

—Otro día les hablaré de Julió César, Alejandro y Gengis Khan.

Su pasión por las letras y las palabras le había dado conocimientos que estaban muy por encima de escuelas como la suya. Varias veces le ofrecieron ser profesor de una preparatoria en la capital del Estado, pero prefirió seguir con los suyos.

Sabía que nombres que se le escapaban, como Julio César o Gengis Khan, eran insólitos en las escuelas Normales Rurales, porque él mismo había sido alumno de una de ellas, la "Isidro Burgos", de Ayotzinapa. Orgulloso de su piel oscura, orgulloso de ser indio, y de facciones recias, labradas en el rostro, como las de sus alumnos y, como ellos, campesino hijo de campesinos. Pero así como algunos se apasionan por las peleas de gallos, por las carreras de caballos, por las mujeres, o por sepa Dios qué, él se apasionó por las palabras y sus significados. Pasaba leyendo o estudiando el tiempo en que otros jugaban o descansaban. Trabajó desde pequeño en el campo, como los demás niños de su ranchería, y ayudaba en la casa cuidando a sus hermanitos más chicos, Pero si tenía un tiempo libre, o uno de los cabos de vela que le regalaba un amigo monaguillo, en lugar de jugar con los demás, se concentraba en los papeles que tenían letra impresa. Un profesor de primaria, viendo su interés en aprender, le ayudó, le enseñó a utilizar las bibliotecas y le recomendó y prestó libros.

Ganó dos becas consecutivas y se graduó en la Normal Rural de Ayotzinapa (de aquellas que hizo Tata Lázaro para los campesinos) e hizo la Prepa en la universidad del Estado. Sus conocimientos estaban muy por encima del profesor rural que era. Miró a sus alumnos con simpatía, con cariño porque había vivido sus vidas y sabía lo duras que eran. Y siguió hablando:

—Al contrario de la antigüedad, hoy es la riqueza la que lleva al poder; las más grandes fortunas del mundo de hoy, que dominan y manejan a la humanidad, no lograron tan enorme poder con victorias militares, sino manipulando la ambición de unos y la necesidad de otros. Y su origen se debe a factores muy diversos y complejos, como la diferencia entre lo que cuesta un producto en materiales y mano de obra y el precio al que se vende. Pero antes de que alguien se diera cuenta de esa diferencia, los que hacían, (con su trabajo personal y ayuda de algunos familiares o vecinos) las cosas que se necesitaban para vivir, como casas, ropa, muebles, sillas de montar, carretas, espadas y mil cosas más, se cansaron de ser propiedad de los amos, los "nobles", como si fuesen cosas o animales. El abuso del poder creó la ira de los artesanos y sus obreros contra la injusticia. Y estalló y triunfó la Revolución Francesa.

Un alumno había levantado la mano en una de las primeras filas:

—Profesor usted nos habló del mando como orígen de la riqueza. Y en México de hoy, ¿Cuál es el origen de la riqueza?

—Salvo muy pocas excepciones aquí en México es la corrupción, la sucesiva corrupción de los gobiernos posteriores a la Revolución, la base de la riqueza. Aquí se llega a un puesto político como clase media baja y se sale millonario. Unos roban directamente del dinero del erario y otros de manera indirecta, dando contratos de obras públicas a empresarios que les dan su parte de lo inflado de esos contratos con regalos fastuosos, como una casa en las Lomas o automóviles que valen un millón o más ded pesos. Para esa realidad que, poco más o menos, parte de la toma del poder por Calles y Obregón y llega hasta hoy (con la sola excepción de Lázaro Cárdenas) se necesita la complicidad y la aquiescencia de todo el grupo en el poder, llamese PNR, PRM o PRI, y la de un pueblo cómplice y agachado que en el fondo, aunque no lo confiese, aspira a alcanzar la fortuna mediante la corrupción. Y ese grupo, ahora llamado PRI, necesita y tiene el visto bueno del gobierno de Washington que, merced al gobierno actual, controla los recursos naturales de México, como el petróleo, la minería y otros.

Los rostros oscuros, como el suyo, de facciones recias, talladas con surcos rectos y duros, hijos y nietos de campesinos, le escuchaban con gran interés. Sus abuelos habían sido peones antes de la Revolución y fueron ejidatarios cuando Cárdenas repartió las tierras. Y ahora, esas tierras, a las que estaban enraizados, como el maíz, como el frijol, como la vid, tenían que defenderlas de engaños que les inducían a venderlas por mucho menos de su valor.

Los que no se dejaban engañar eran presionados, amenazados, o asesinados para quitarles sus parcelas y hacer centros de recreo, hoteles, o riberas, más o menos mayas, que atrajesen al turismo, o interesaran a compañías mineras. Aunque para eso fuese necesario robar el agua a los yaquis, invadir centros ceremoniales indígenas o expulsar de sus pueblos y de sus tierras a los indios para que inversionistas extranjeros ganen millones.

Cuando todavía era niño, y aprendió castellano para ir a la escuela, nació su amor por las palabras, las de su lengua nativa que le parecía muy bella, el otomí, un secreto precioso al que sólo tenían acceso sus padres, sus hermanos y los vecinos de la remota ranchería en que nació. Aprendiendo como se decía la misma cosa en castellano y en otomí comenzó su interés en las palabras y en su significado.

Y, como amante y respetuoso de las palabras, le producían náuseas los discursos de los políticos, estructurados con expresiones vacías de su verdadero significado y convertidas en vocablos sin contenido. Usaban las palabras –pensaba- con el mismo cinismo e indiferencia con que, en los mítines de sus campañas electorales, sin amor, sin empatía y sin interés humano, levantaban en brazos a niños humildes para mostrar ante los fotógrafos su gran amor por el pueblo. Las palabras de nuestros políticos no tienen valor, son mentiras, las escupen, no las dicen.

El profesor sabía mucho de las vidas humanas que jamás saldrán en páginas sociales de bodas o bautizos, y también de esos exponentes de la bajeza moral, que ocultan que su padre fue obrero y desprecian a los indios. Sabía, como sus ancestros, como sus alumnos, que para los indios la palabra "riqueza" sólo identifica hacendados, políticos o ladrones de cuello blanco.

El significado de las palabras le atrajo desde que aprendió, poco a poco, qué eran las lenguas y con frecuencia se sorprendía pensando en ello, a veces en otomí, pero más a menudo en español, porque era el idioma que estaba aprendiendo. Alguien tocó con los nudillos en la puerta del aula, la abrió y entró al salón; era un alumno de la normal rural de Ayotzinapa.

—Perdón maestro, dispense que interrumpa, pero vamos a protestar por los asesinatos de Tlatlaya y vengo a invitar a los compañeros y a usted a que nos acompañen.

México estaba indignado por la ejecución de dos estudiantes y 22 civiles por el ejército, después que se habían rendido. Se decía que eran narcotraficantes y quizá lo fueron pero, con rarísimas excepciones, los miles de muertos que el gobierno mexicano siempre atribuye al narcotráfico, son gente del pueblo humilde.

—Pués vamos todos, –dijo el maestro levantándose- no podemos aceptar mansamente que nos sigan asesinando los presidentes municipales, los gobernadores o los gobiernos federales, aunque la justicia en México es una palabra casi siempre vacía.

—Los compañeros han tomado camiones para que nos lleven a Iguala. Vengan conmigo, están cerca.

Profesor y alumnos salieron de su salón y comenzaron a caminar hacia la carretera. El maestro pensaba en las palabras mientras caminaba; sabía a dónde iba y era muy consciente de porqué iba.

Recordaba que su abuelo Herminio (que a los catorce años, había luchado con Emiliano) le contó de Benito Juárez, indio que a esa misma edad sólo hablaba zapoteco, su lengua, como la de ellos era el otomí, y que llegó a ser presidente de México.

No tenía nada contra los que no eran indios, soñaba con un México de trato parejo para todos, pero tenía una amargura ya de años: ¿de qué le sirvió tanto estudiar si las Normales Rurales no interesaban a los gobiernos, que querían acabarlas porque enseñaban sus derechos a los campesinos?

Se sabía un animal extraño: un indio enamorado del lenguaje. Hablaba bien el otomí y el castellano, pero soñaba con aprender otras lenguas, incomprensibles al principio, pero que llegaría a entender estudiándolas. Su pasión era la lingüística, el significado de las palabras, pero, ¿hasta dónde se puede llegar siendo profesor de una Normal Rural en Ayotzinapa?

Caminaba por la carretera con sus alumnos, pidiendo justicia por los asesinatos de Tlatlaya, pero también pensando en cómo solicitar un mayor presupuesto para las Normales Rurales, que carecían de todo.

Mientras marchaba iba recordando que los normalistas de Ayotzinapa han sido reprimidos muchas veces, y algunos muertos, en la interminable lista de asesinatos cometidos por los gobiernos de México que han quedado impunes. Y los fue recordando, como ejercicio de memoria:

Ignorando los del porfiriato (Cananea y Rio Blanco, por ejemplo) y hablando sólo de los más importantes posteriores a la revolución, los crímenes políticos son parte habitual de la vida en los estados.

Los presidentes municipales generalmente solapan algún homicidio cuando el autor intelectual es un diputado o senador de su paretido. En algunos estados los gobernadores ordenan eliminar físicamente a opositores demasiado imprudentes.

Pero cuando el Presidente cree que el sistema peligra, sea o no acertado su temor, no hay freno. Ese fue el caso de Diaz Ordaz en 1968 y después el de Salinas de Gortari y Zedillo.

La estructura del poder en México, pensó el maestro, está bajo el signo de Huitzilopochtli y es indiferente como el sumo sacerdote haya llegado al poder; si por la violencia y la sangre, como Victoriano Huerta, o por la ambición de mando, como Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles (recuerdo a Serrano y los suyos, en Huitzilac o a los vasconcelistas más tarde) o mediante la manipulación de las elecciones y el fraude electoral, como Gustavo Díaz Ordaz, Tlatelolco en 1968, de 100 muertos para arriba; Luis Echeverría, 10 de junio de 1970, 125 muertos; Zedillo, 28 junio 1995, Aguas Blancas, 17 muertos; Zedillo: Acteal, Chiapas, 22 de diciembre 1997, 45 muertos, incluyendo mujeres y niños, en una iglesia.

Y ahora, pensó, la de la de Tlatlaya por la que estamos caminando, además de los asesinatos individuales de dirigentes obreros y campesinos y periodistas de los estados.

Sacudió esos pensamientos al tiempo que, instintivamente, sacudió la cabeza. Y pasó a su pasión: los giros del idioma castellano; cómo una letra o una coma pueden cambiar el sentido de una frase. Sus amigos se reían de él diciéndole que mejor que de las palabras se enamorase de una joven bonita y con buenas curvas y gozaría mucho más que con un abecedario.

Le gustaba poner en duda si alguien dice una cosa u otra. Por ejemplo, hay una canción de José Alfredo Jiménez que dice: "Y me iré con el Sol, cuando muere la tarde". Y pensaba: si se va con el Sol, se va al atardecer, pero si se va como el Sol, solo toma del Sol la forma de irse, la manera de irse, se va a ir como el sol se va al atardecer, pero no necesariamente a la misma la hora.

La manifestación avanzaba por la carretera y el maestro seguía lucubrando con las palabras. Recordó a los cantantes que tergiversan las letras populares deteriorando la sutileza del humor popular mexicano: hay quienes –se dijo- cambian el corrido de la cárcel de Cananea y en vez de decir: "me llevaron a Agua Prieta a ver si me conocían, ninguno me conoció, del miedo que me tenían" dicen "me fui para l’Agua Prieta a ver si me conocía y a las 11 de la noche me agarró la "polecía". O en lugar de "como a un hombre de delito todos con pistola en mano" (no entienden que ese "como" encierra todo el sarcasmo del pueblo mexicano, el mismo humorismo agrio de la suerte que tuvo Rosita Alvírez porque de tres tiros que le dieron nomás uno era de muerte) cantan: "por ser hombre de delito..etc." aceptando la culpabilidad…Y anulando el humorismo.

Un alumno a su lado le dijo:

-¿En qué piensa, maestro? Hace rato que lo veo muy abstraído.

- En nada importante, cosas del idioma.

-Pues yo siento como si tuviese un mal presentimiento…

-¿Cómo qué?

-Es que estaba acordándome de Tlatelolco el 68.

El profesor se detuvo, palideció y fijó su mirada en los ojos del muchacho, en un reflujo ancestral e instintivo, frecuente en la gente del campo, que ha vivido su infancia en la naturaleza, donde no hay más subterfugio que la imaginación, y le dijo con voz indecisa:

-¡No seas ave de mal agüero!

-Pues, maestro… Pensaba en el 10 de junio y los que desaparecieron en Iguala.

El profesor se rehízo:

-No hay que ser así, quienes piensan con miedo, tienen miedo…

-Maestro, este es nuestro México, aquí hicimos la Revolución.

-Sí, unos cuantos. Como ahora, sólo unos cuantos. Los demás sólo protestan no con las manifestaciones, sino contra ellas cuando les estorban. La mayoría son muy machos, pero en la cantina.

-¿Y el que es valiente en la cantina, no lo es en otra parte?

-No es lo mismo. Cualquiera brinca si le insultan y más si es en público. Pero el valiente de verdad lo es en frío. El cobarde es el que borracho se enfrenta al mundo, porque "es muy macho". Tiene que haber un matiz, una forma de distinguir….

Llegaron a los camiones; profesores y alumnos subieron. Arrancó el camión y rodó. El profesor nunca llegó a saber cuánto tiempo había pasado desde que entraron al vehículo.

Súbitamente, el mundo hizo explosión. La Tierra estalló. Hay un momento en algunas historias individuales, en el que el mundo estalla: cuando la muerte llega sin avisar y con estruendo. Y también avisando, cuando el estruendo es ya tan enorme, tan desproporcionado, tan canalla, que es imposible de explicar. Como en España en la batalla del Ebro. Como en Rusia en Stalingrado. Como en Dresde, con el bombardeo aliado de fines de la guerra. No revienta el mundo con las bombas nucleares, no para los homínidos víctimas, que ni se enteran. Pero sí revienta cuando un grupo de personas, más o menos numeroso, es de pronto atacado a muerte. Para ellos, para los que sufren el premeditado asesinato colectivo, el mundo hace explosión en ese instante. No importa qué pasa en Picadilly, ni en la Vía Veneto, ni en la Gran Vía Diagonal, ni en el Zócalo. Para los que están allí, en ese momento, el mundo estalla, revienta, se vuelve el infierno.

Por eso hablé de historias individuales: de cuando los seres humanos ven cómo los asesinan.

Y detrás de cada una de estas explosiones siempre hay un canalla que queda en la historia, aunque esté lejos, aunque no lo vean las víctimas. Y en todo el mundo la historia les identifica: Atila, el Voivoda Dracul, Hitler, Franco, Stalin, Videla, Bush, Pinochet y la lista sería muy larga. Pero en México no. Aquí resulta que los culpables son dos o tres asesinos de tres al cuarto, siempre profesionales del delito, de nivel muy menor, narcotraficantes que, por una misteriosa razón de fenómeno paranormal, se dedican a asesinar estudiantes.

Y así, para el profesor y sus alumnos, ese día que usted sabe, el mundo hizo explosión en el Estado de Guerrero.

Desde ambos lados de la carretera les disparaban con fusiles y con pistolas. Los estudiantes caían y los agresores brotaban, disparando, de entre los matorrales más allá de las cunetas.

El profesor alcanzó a reconocer a uno de ellos, era pistolero del gobierno, paniaguado de todos los gobernadores, los demás eran policías y más lejos creyó ver algunos soldados. De pronto se dio cuenta de que estaba en el suelo y sangrando. A su lado, muerto, estaba el estudiante que le habló del mal presagio. Pero el maestro no se dio cuenta de que estaba muerto y le hablaba:

—¡Ya lo sé! Ya lo encontré, la clave, está en un corrido…

Algunos hombres de uniforme, que venían con los asesinos o eran parte de ellos, llevaban cadáveres a camiones y otros perseguían a los que venían a pié, detrás de los camiones, que corrieron desde los primeros disparos.

-¡Ya lo encontré! –seguía el profesor, hablando al estudiante muerto mientras él mismo se desangraba.

Se diría que el haber encontrado lo que fuese le daba fuerzas y le mantenía con vida, porque tomó aliento y siguió con el mismo tono que empleaba en la escuela:

-La letra original, la antigua, del Corrido del Norte, en la parte aquella de "Yo fui uno de aquellos dorados de Villa"…. no dice, como los cantantes de cantina: "de los que NO dimos valor a la vida"… esos son los disfrazados de valientes, los "muy machos".

Se ahogó, vomitó sangre y repitió:

-¡Muy machos! A la vida hay que darle su valor, pero hay que tener muchos tompiates para luchar por la libertad y la justicia; más que para gritar en una cantina y muchos más que para morir en una riña callejera, porque la decisión de luchar por la libertad se toma "en frío", se necesita convicción y no exaltación pasajera..

Pareció que se ahogaba, tosió sangre, pero seguía hablando, con dificultad, como el que habla con la boca llena, la suya llena de sangre.

—La letra auténtica del Corrido del Norte, la de los hombres de verdad dice: "Yo fui uno de aquellos dorados de Villa, de los que le dimos valor a la vida" ¿ves? –se dirigía al cadáver del estudiante- Lo que le da valor a la vida es luchar por algo que valga la pena, luchar por la libertad, contra las tiranías, contra los poderes que abusan del pueblo…

Y siguió, medio inconsciente:

—¡Aquello fue bueno, muy bueno! Pero los que en 2014 le dan valor a la vida no son los dorados de Villa, no, ya no, ya están muy lejos.

- Tosió arrojando sangre, se irguió y levantó el tono:

—¡Son los estudiantes de Ayotzinapa!... y antes los de Tlatelolco y mañana…

"De los que a la guerra llevamos nuestra hembra, de los que morimos amando y cantando, yo soy… de ese bando"

Uno de los sicarios que revisaban y recogían los muertos oyó algo, se acercó y deshizo la cabeza del profesor con una bala calibre 45.

Luchar y morir amando y cantando. Está dicho todo.

 

14 de octubre, México, 2014.

Escrito en Sólo Digital Turia por Juan Miguel de Mora

16 de febrero de 2015

 Félix y Rose son dos amigos que quedan todas las semanas para conversar (utilizo el término "amigos" por comodidad). Apenas sabemos nada de ellos: Rose es una actriz de escaso éxito que, sin embargo, al menos a ojos de su amigo, atrae todas las miradas, o eso piensa él por un momento, como si los paseantes intuyeran que hay en ella cierta cualidad escenográfica, un "ser actriz" que llama la atención y obliga a examinarla. No sabemos a qué se dedica Félix (aunque en un instante se menciona de forma oblicua un posible pasado laboral, en una escena inquietante que resulta antiepifánica y sobre la que planea, a su vez, la posibilidad de una revelación), ni en qué lugar tienen lugar sus encuentros (se trata de una gran ciudad que podría ser "cualquier ciudad", aunque intuimos que puede tratarse de Nueva York, donde el autor reside desde 2005). Rose tampoco conoce demasiados detalles de la vida de Félix, ni los conoce el lector (aunque sí conocemos un detalle revelador: es extranjero, a diferencia de Rose, en el país en el que transcurre la trama), a pesar de que es uno de los protagonistas de la novela y el narrador, omnisciente, se detiene ante todo en las sensaciones y reflexiones de él a lo largo de uno de sus encuentros semanales, primero en un café y después paseando, aparentemente al azar, por las calles de la ciudad (primero el punto fijo para presentar a los personajes: después la deriva). No sabemos siquiera cómo se conocieron. Su conversación está llena de vacilaciones y de digresiones, al igual que su pensamiento, que se detiene en detalles aparentemente insignificantes que cobran sentido por acumulación hasta construir una forma de ver el mundo (una visión, en cualquier caso, que nunca se impone y que tiene algo de tentativa, de provisional). Rose, como actriz, es en cierto modo una mujer de acción pura, y Félix un hombre de reflexión pura. La novela sigue una de esas tardes en que quedan para conversar, aunque la trama se expande, a medida que avanza la caminata, hacia el pasado, hacia otros encuentros, y también hacia un mundo paralelo, el de la posibilidad.

 

Hasta aquí el argumento de La experiencia dramática, la más reciente novela de Sergio Chejfec. Pero el párrafo anterior, la descripción del argumento, en realidad no arroja ninguna luz sobre la novela, porque un libro como este no puede condensarse ni explicarse. Podemos decir, por ejemplo, a modo de intuición, que la novela, que comienza con un sermón dominical en el que un párroco explica una concepción de Dios (de la omnisicencia de Dios) relacionada con Google Maps, parte de la bidimensionalidad, y la trama va añadiendo capas, dimensiones, hasta saturar la realidad (no solo la realidad de lo que se cuenta, sino la realidad del lector). Las dos dimensiones espaciales añaden pronto la tercera dimensión, la vertical, y poco a poco el tiempo va agregando densidad al conjunto. Las dimensiones se solapan. El pasado que fue, el que no fue, el que pudo haber sido. Como una cartografía (los mapas aparecen varias veces en el relato) en la que los caminantes modifican el territorio que recorren (esa idea de "huella" agrada a los dos amigos, aunque por motivos diferentes), no solo el territorio espacial, sino también el temporal. Aunque los mapas son representación, claro, y el concepto de representación, o de simulacro, termina absorbiendo a las dimensiones superpuestas de la narración. En ese sentido, resulta crucial la aparición del dinero en la trama, en tono aparentemente menor, como una más de las reflexiones de los protagonistas (Rose siempre paga con tarjeta; Félix siempre en efectivo). El dinero, al fin y al cabo, es el simulacro definitivo en las relaciones humanas, y como tal, y también como juego, incluso como mensaje, aparece en una de las escenas más comentadas del libro, en la que Rose señala a Félix el edificio en el que se casó (el apartamento, en realidad) y después pasa a recordar un objeto que había en aquel apartamento el día de su boda, un juguete infantil que era al mismo tiempo un buzón y una alcancía. Así, cobran también una relevancia especial los objetos: "Según Félix, debería dedicarse una historia a los objetos". Una historia que "reflejaría el ultraje y el olvido, la destrucción y la resurrección, y hablaría también de la prolija perversidad puesta en ellos, o de la perversidad, por ejemplo, de los usos y las intenciones alrededor de los cuales giran". Los objetos como historia general y como historia particular. También los personajes son arquetipos y son, al mismo tiempo, absolutamente individuales. No es casual que solo los protagonistas reciban un nombre propio, y que todos los demás personajes aparezcan mencionados siempre por su relación con ellos ("el marido de Rose", por ejemplo). La indefinición se extiende a todas las demás coordenadas: no aparecen acontecimientos históricos, ni nombres de lugares, nada que nos permita situarnos. De hecho, los únicos nombres propios que aparecen en el texto, si exceptuamos los de los protagonistas, son Google Maps y Borges.

 

La novela transcurre con un tono voluntariamente menor, casi fantasmal, y al mismo tiempo mítico: "Caminar es algo que para Félix lleva tiempo, es un hecho teatral y de características que pueden llegar a ser épicas".

 

La idea de simulacro lo impregna todo, lo eleva y al mismo tiempo lo baja al nivel del suelo. El libro termina siendo conmovedor: "El mundo podría dividirse entre quienes actúan y quienes no lo hacen. Los que no actúan se desplazan por la vida con naturalidad e inocencia, mientras que quienes actúan cargan sobre sus hombros el deber de representarlos".

 

Sergio Chejfec nació en 1956 en Buenos Aires, pero reside fuera de su país desde 1990 (primero en Caracas y después en Nueva York, con estancias más o menos breves en otros lugares). Ha escrito once novelas, de las que solo las tres más recientes se han publicado en España: Mis dos mundos (20008), Baroni: un viaje (2010) y esta La experiencia dramática. La editorial Candaya ha apostado por un autor de culto (entre sus admiradores se cuenta Enrique Vila-Matas) que, poco a poco, va ganando lectores en nuestro país.- MIGUEL SERRANO LARRAZ.

 

 

 

Sergio Chejfec, La experiencia dramática, Barcelona, Candaya,  2013.

Escrito en La Torre de Babel Turia por Miguel Serrano Larraz

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