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Manuel Saiz: “Cada obra es una nueva manera de nombrar la muerte”

Podríamos considerarlo un artista descreído: “La obra de arte –señala–, para mí, representa siempre un fracaso, el final de la experiencia artística, y el símbolo del agotamiento del creador y de su imposibilidad de alcanzar el infinito. Si el artista recibe las obras con alegría es porque llegan en el momento en el que uno ya no puede más”.

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Escrito en Conversaciones Revista Turia por Manuel Saiz

24 de marzo de 2015

 

Me acaba de llegar el calendario de Filmoteca Española para 2015. Durante años, Rafael Azcona me enviaba por Navidad agendas variopintas del año en puertas. Agendas de ‘santoral’ cinematográfico, agendas temáticas al modo de cartelera anual. Es curioso, recuerdo que a Rafael le tocaba con frecuencia glosar el paso de las cuatro estaciones en los almanaques que sacaba Taurus y su Club de la Sonrisa a mediados de los cincuenta. Le imprimía al encargo un tono como de parodia de ‘juegos florales’. También por entonces, en sus colaboraciones en La Codorniz y en Pueblo, Rafael demostraba una periódica puntualidad en sus consideraciones sobre el lánguido otoño dominical, el inclemente mes de enero, el tránsito navideño, el verano en Madrid y sobre todo el alboroto de la primavera (más alborotada en cuanto llegara a suponer para él la estación que frecuentara en calidad de flamante escritor, con derecho a caseta). Y no faltaba nunca a sus pronósticos, consejos y hasta diccionarios respecto al año en que se iba a ingresar.

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Escrito en Artículos Revista Turia por Bernardo Sánchez Salas

Apostaría algo importante a que el currículum vítae de Francisco J. Uriz es casi tan voluminoso como este tomo de Turia que, agazapado lector, tienes en las manos. Y, en todo caso, estoy seguro de que tomando exclusivamente su labor literaria, listando la bibliografía primaria de sus poemas, obras de teatro, artículos, prólogos, columnas, reportajes o, sobre todo, traducciones, obtendríamos un nuevo libro que alcanzaría al menos esas mismas doscientas páginas que comprenden sus entretenidísimas memorias, Pasó lo que recuerdas (Zaragoza, Biblioteca Aragonesa de Cultura, 2006), y que podría servir de anejo perfecto para las mismas (y para esos Accesorios y complementos, también muy personales pero más misceláneos y centrados en asuntos suecos, que publicó en 2008 en Zaragoza, Libros del Innombrable).

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Escrito en Artículos Revista Turia por Juan Marques

20 de marzo de 2015

 

Trabajo todo el día, y por la noche bebo.

Despertado a las cuatro, miro la calma oscura.

Tendrán luz las cortinas, despacio, en sus extremos. 

Miro mientras lo que hay ahí sin duda:

la muerte infatigable, hoy un día más cerca,

que no deja pensar más que de qué manera

y dónde y cuándo moriré yo mismo.

Árido interrogante: pero el miedo

a morirse, a estar muerto,

aterroriza y siempre está encendido.

 

Más luz. La mente en blanco. No por remordimiento

-el bien que no ha hecho uno, el amor que no ha dado,

tiempo arrancado intacto-, ni depresión ante esto

de que una sola vida tarde tanto  

en rehuir sus comienzos erróneos, si es que puede;

sino por el vacío total y para siempre,

la segura extinción hacia la que viajamos

a perdernos del todo. A no estar más aquí,

a no estar en ninguna parte y

pronto. ¿Hay algo peor y más exacto?

 

Es un modo especial de tener uno pánico

que no hay trucos que quiten. La religión lo quiso,

brocado musical y apolillado

creado para hacer como que no morimos,

o ese rollo engañoso de que Un ser racional

cómo puede temer lo que no sentirá,

cuando el miedo -no ver, no oir- es ése,

sin tacto, gusto, olfato, nada con que pensar,

nada que amar o con que conectar,

la anestesia total de la que nadie vuelve.

 

Y así está en el umbral de la visión,

vaho borroso y breve, un frío siempre ahí,

que frena cada impulso hasta la indecisión.

Tantas cosas es raro que ocurran: ésta sí.

Y su conciencia nos encorajina

igual que algo que quema, si nos pilla

sin nadie o sin alcohol. Inútil ser valiente,

es decir, no asustar a otros. La bravura

no libra a nadie de la sepultura.

En la muerte da igual quejica o resistente.

 

Poco a poco hay más luz y el cuarto se percibe.

Simple como un ropero esto que sí se sabe,

que siempre hemos sabido, que no puede rehuirse

ni aceptarse. Tendrá que irse una parte.

Los teléfonos, prontos a sonar, laten mientras

en despachos cerrados; toda la indiferencia

amanece del mundo alquilado y complejo.

Blanco como la arcilla está el cielo, nublado.

Habrá que ir al trabajo.

Van de una casa a otra carteros como médicos.

   

    

 

Traducción de Álvaro García

Escrito en Sólo Digital Turia por Philip Larkin

  

                         Si yo creyese que mi respuesta fuese

                                             para alguien que retornare alguna vez al mundo,

             esta llama dejaría de refulgir,

                                              pero como de estas profundidades,

                                       no volvió nadie vivo, si lo que he oído es cierto,

                    sin temor a la infamia, te respondo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vayamos pues, tú y yo,

cuando la tarde se extiende contra el cielo

como un paciente eterizado en una mesa;
vayamos por algunas calles medio desiertas,

retiros murmurantes

de noches sin descanso en hoteles baratos de una noche

y restaurantes de serrín y cáscaras de almejas[i];

calles que se siguen como un argumento tedioso

de intención insidiosa

que te lleva a una pregunta abrumadora…

Ah, no preguntes “¿Qué?”

Vayamos a hacer nuestra visita.

 

En la habitación las mujeres van y vienen

hablando de Miguel Ángel.

 

La niebla amarilla que se frota el lomo con los ventanales,

el humo amarillo que se frota el hocico con los ventanales

lamía con su lengua las esquinas de la tarde,

se paraba en los charcos de las alcantarillas,

dejaba caer sobre su lomo el hollín que cae de las chimeneas,

se resbalaba por la terraza, daba de pronto un salto,

y al ver que era una suave noche de octubre,

se hacía un ovillo junto a la casa y se quedaba dormido.

 

Y es cierto que habrá tiempo

para el humo amarillo que se desliza por la calle

frotándose el lomo con los ventanales

habrá tiempo, habrá tiempo

para  preparar una cara que se encuentre con las caras que uno encuentra,

habrá tiempo para asesinar y crear,

y tiempo para todos los trabajos y días de las manos

que levantan y dejan caer una pregunta en tu plato.

Tiempo para ti y tiempo para mí;

y tiempo aún para mil indecisiones

y para mil visiones y revisiones

antes de tomarse un té y una tostada.

 

En la habitación las mujeres van y vienen

hablando de Miguel Ángel.

 

Y es cierto que habrá tiempo

para preguntarse, “¿Me atrevo?” y “¿Me atrevo?”

Tiempo para volverse y descender por la escalera

con una calva en mitad del pelo.

(Dirán: “¡Cómo se le está cayendo el pelo!”)

Mi chaqué con el cuello firmemente levantado hasta la barbilla,

mi corbata, viva y sencilla, pero sujeta por un simple alfiler-

(Dirán: “¡Pero qué delgados tiene los brazos y las piernas!”)

¿Me atrevo

a perturbar el Universo?

En un minuto hay tiempo

para decisiones y revisiones que un minuto deshará.

Pues ya las he conocido todas, las he conocido todas:

He conocido las noches, las mañanas, las tardes,

he medido mi vida con cucharillas de café;

conozco las voces que mueren con una cadencia mortuoria

bajo la música de una habitación alejada.

Y ¿Cómo podría asumir yo?

 

Y ya he conocido los ojos, los he conocido todos –

los ojos que te fijan en una frase formulada,

y cuando esté yo formulado, estirado en un alfiler,

cuando esté pinchado y retorciéndome en la pared,

entonces ¿Cómo podría empezar

a escupir todas las colillas de mis días y manías?

        ¿Y cómo podría asumir yo?

 

Y ya he conocido los brazos, los he conocido todos–

brazos con brazaletes y blancos y desnudos

(¡pero bajo la luz de la lámpara con pelusa rubia!)

¿Es el perfume de un vestido

el que me hace divagar?

Brazos que se posan a lo largo de  una mesa o se envuelven en un chal.

¿Y debería entonces asumir?

¿Y cómo debería comenzar?

.   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

¿Digo : he pasado al anochecer por calles estrechas

y mirado el humo que sale de las pipas
de hombres solitarios en mangas de camisa asomados a las ventanas?

 

 

 

Yo tenía que haber sido un par de poderosas pinzas
que se arrastran por el fondo de mares silenciosos.

.   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

Y por la tarde, ¡la noche duerme tan plácidamente!

suavizada por largos dedos,
dormida, cansada... o haciéndose la enferma

estirada en el suelo, aquí delante de ti  y de mí.

¿Debería yo, después del té y los pasteles y helados,

tener la entereza de forzar el momento de la crisis?

Pero aunque he llorado y  he ayunado, llorado y orado,
aunque he visto mi cabeza (ya un poco calva) servida en una bandeja,
no soy un profeta – ni es que importe;
he visto titilar el momento de mi grandeza
y he visto al eterno lacayo sosteniéndome el abrigo y reírse por lo bajo,
y, en breve, tuve miedo.

 

Y habría valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre la porcelana, entre las charlas de ti y de mí,
habría valido realmente la pena

haber abordado el asunto con una sonrisa,
haber exprimido el universo en una bola
para hacerla rodar hacia una pregunta abrumadora,

para decir: –“Soy Lázaro que vuelve de entre los muertos,
que vuelve para decíroslo a todos, os lo diré todo”–
Si alguien, poniéndose  una almohada bajo la cabeza ,
dijera: “No es eso lo que yo quería decir en absoluto,
no es eso en absoluto”.

 

 

Y habría valido la pena después de todo,
habría valido la pena,
después de los atardeceres y los rellanos de la puerta y las calles regadas,

después de las novelas, después de las tazas del té, después de las faldas que dejan una  estela al arrastrarse por el suelo
y esto, y cuánto más–
¡ Es imposible decir justo lo que quiero decir!
Pero como si una linterna mágica proyectara los nervios en imágenes sobre una

[pantalla;                                

habría valido la pena
si alguien, colocándose una almohada o quitándose un chal
y volviéndose hacia la ventana dijera:
“No es eso lo que yo quería decir en absoluto,
no es eso en absoluto”.

¡No! No soy el príncipe Hamlet ni nací para serlo;
soy un sirviente noble, el que servirá
para rellenar la trama, empezar una escena o dos,
aconsejar al príncipe; sin duda una herramienta fácil,
deferente, contento de ser útil,

político, cauto y meticuloso
lleno de frases elevadas pero un poco obtuso;
a veces, la verdad, casi ridículo–
Casi, a veces, el necio.

Me hago viejo...Me hago viejo…

el pantalón por abajo me lo pliego

¿Me echo el pelo hacia delante? ¿Me atrevo a comerme un melocotón?
Me pondré pantalones blancos de franela y caminaré por la playa.
He oído a las sirenas cantarse unas a otras.

 

No creo que me canten mí.

 

Las he visto subidas en las olas dirigiéndose al mar,
peinando el pelo blanco de las olas revueltas con el viento
cuando sopla en el agua y la vuelve en blanco y en negro.

Nos hemos quedado en las cámaras del mar
junto a chicas marinas con collares de algas marinas marrones y rojas
hasta que las voces humanas nos despiertan y nos hundimos.

 

 

 

 

 

(Traducción de MARÍA JOSÉ CARRASCO)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



N del T:

El verso original es: “And sawdust restaurants with oyster-shells” pero hemos creído oportuno traducirlo por y restaurantes de serrín y cáscaras de almejas” ya que las ostras en tiempos de Eliot eran un alimento muy común que solían comer los pobres, como afirma Dickens a través de su personaje Sam Weller en  Los papeles póstumos del club Pickwick:La pobreza y las ostras  parecen ir de la mano”.

  El verso original describe un restaurante barato, donde hay serrín en el suelo para absorber  las bebidas que la gente probablemente derramara en el suelo o incluso para los que escupían y en el que la gente tiraba las cáscaras de las ostras al suelo. Hoy esto confundiría mucho al lector porque las ostras son generalmente un símbolo de lujo y sofisticación, todo lo contrario de lo que expresa el texto original.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por T.S. Eliot

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