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EL PRESTIGIOSO ESCRITOR Y PREMIO CERVANTES ASEGURA, A PROPÓSITO DE SU OBRA: “EN POESÍA TODO ES SÍMBOLO”

UNA DE LAS MEJORES ESCRITORAS MEXICANAS ACTUALES LO TIENE CLARO: “LA IMAGINACIÓN PERMITE QUE EL MUNDO SIGA EXISTIENDO”

Los lectores del nuevo número de la revista TURIA, que se distribuye este mes de noviembre, podrán disfrutar de dos entrevistas a fondo con protagonistas de notable interés: Antonio Gamoneda y Brenda Navarro. Sin duda, Gamoneda es uno de nuestros escritores más carismáticos, habiéndose convertido en guía y modelo de muchos poetas más jóvenes. En él se valoran su sabiduría lingüística y su conciencia crítica, su apertura hacia las tradiciones de la modernidad y su clarividencia a la hora de enjuiciar el tiempo que vivimos. Puede decirse que, a sus 92 años y a pesar del inevitable desgaste físico, Gamoneda trabaja con intensidad y permanece al día de todo, dueño de su agenda y convertido en un referente de la autenticidad y el compromiso de la mejor poesía.

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La semilla de agua del rocío

se acumula en silencio

sobre las flores negras de la tierra.

 

En la luz de la luna está el comienzo del mundo,

de todo lo que somos.

 

Para que no haya nadie

con los ojos cerrados,

para que abandonemos nuestras casas

y podamos reunirnos en las calles,

la sustancia visible de los días se derrama en la noche,

extiende sus hogueras

sobre las largas playas del solsticio,

sobre los ríos inmensos de la vida

que se llenan pronto de alabanzas

y de celebraciones,

de pensamientos nuevos.

 

Por encima de mí, sólo los pájaros

perciben con sus ojos la claridad del aire.

 

Todo lo que sucede en esta noche desconoce la muerte.

Aunque nos venza el rojo de la sangre

de los gallos del alba.

La muerte es un jinete azul (Editorial Milenio, 2025) de Rosa Martínez González supone el regreso a la novela después de su poemario El miedo del doble a la soledad (Pregunta Ediciones, 2022) y sus dos anteriores novelas, Sobrevivir en Comala (Editorial Baile del Sol, 2010) y La nota muerta (Pregunta Ediciones, 2020). La autora, navarra de nacimiento, pero afincada en Aragón, nos presenta un libro sobre la literatura o sobre la locura. Ustedes pueden elegir. No es una boutade; resulta más cómo personalizar las palabras que entregarnos a los extremos. Una cita de Alejandra Pizarnik y otra de Paul Auster. La obsesión, en tres voces. La sensación de que el lector no es real, como tampoco lo son los personajes. César y su doctor. Un avatar para convertir el monólogo en diálogo. No hay respuesta. Solo la revisión de la infancia y la adolescencia. Desde la EGB a la muerte de los padres: un tanatorio sin lágrimas: “apenas había comenzado a saborear mi independencia y ya se me había arrebatado el pasado; mientras que el futuro se dibujaba como un horizonte imprevisible”. 

El protagonista envuelve el discurso en la ciencia, la ciencia de los clásicos: de Protágoras a Platón, con la antropología del lenguaje: una tesis doctoral sobre una tribu que practica la afasia colectiva hasta terminar en su extinción. César se deja llevar por la obsesión, las mujeres de labios rojos, la carnalidad con el aderezo de la violencia. Y cuando llega la negación, se combina con el amor. Un amor tóxico. Un personaje, Rebeca, que hará más por la novela con su ausencia. 

Del desamor, la poesía, un libro de poemas que se vende, dinero por la poesía, “El despliegue de la luz”. Como en Amor de Juan José Becerra, el protagonista se gana la vida con un poemario y dice: “Llegué a pensar que me lo había imaginado todo”. ¿Quizá fue ese el primer aviso? Un nombre, Nerval, que nos lleva a Mariana Enríquez. El retorno del icono, del avatar del deseo. Una gabardina azul, los labios rojos, bares, librerías, una jaula, una cita de Andrés Calamaro: “La vida es una cárcel con las puertas abiertas”. 

De Andrés Calamaro a Fito Páez, aunque sea a través de Charles Bukowski. Leen el relato de Cass. Fito escribió “Polaroid de Locura ordinaria” y José Luis García un poema que sirvió como texto de una de las más grandes canciones de Gabriel Sopeña. Los dos, César y Rebeca, viven en un relato corto de belleza y muerte. No hay nadie del todo vivo ni del todo muerto. 

La novela de Rosa Martínez es un estado cuántico constante, entre la literatura y la vida, entre el papel y el sueño. El escritor sigue cabalgando el éxito, pastillas y alcohol, novela negra. Vaciado por la felicidad: ¿Le enferma la realidad o es la rutina? Llegar al instante de una anciana enlutada. Un trance, una almohada, cristales rotos, vaso de agua. Sangre. 

Una novela, en el duermevela de la realidad, con una boca tapada para no gritar. El escritor que quiera convertir en libro su vida. O usar la literatura como exorcismo. Jugar con la ciencia, la criminología, la banalidad del mal, la psicopatía. ¿Es el cuerpo del personaje, bello y atractivo, la fisonomía del asesino en serie? La autora nos lleva al 21 de septiembre de 2017. Coloca indicadores euclidianos para poder detectar los distintos estadios que llevan al abismo: el doctor desaparece, la bandolera en un nuevo día, el tiempo se desplaza, el caos es la realidad, un ascensor. Un ascensor es la marca del extrañismo: caer por el hueco de un ascensor y acabar en la calle, tirado en el suelo. En urgencias como si lo hubieran atracado. Podría llegar a ser la metáfora de lo cómico. Al enfrentarse a su doppelganger y acabar descubriendo que es su exmujer. Un hueco en un edificio público como metáfora perfecta del descenso a los infiernos. 

Espacio y tiempo se confunden. Valladolid y Madrid. Y Beatriz, ¿qué Beatriz? ¿No era Rebeca? Es la aparición/desaparición nutricia del personaje. Tabaco y una grabación. Registrar la realidad para justificar la locura. Juan Velilla. Si no son grabaciones, serán fotografías: “Fotografías contra el olvido”. Una especie de propuesta para mezclar a Leopoldo María Panero con el “metraje encontrado”, un estilo más hermético y cinematográfico que se introduce como la pez entre los huecos de la realidad. Esa es la novela. Una novela de tres personajes. De tres secundarios. Dos ciudades. Una tercera fantasma. El segundo secundario, José Luis, un anciano con un estudio de revelado analógico llamado Prisma. Como si Rosa hubiera escarbado en una memoria de los ochenta, en nuestra memora. La cámara, la película, es más que un objeto para captar la realidad, es un arma contra el olvido y la oscuridad. El olor de la química que trae el revelado despierta al protagonista y al lector. Un vagabundo, una calle, la cámara: salto, otra vez, en el espacio y el tiempo, la tercera ciudad, Alicante. 

¿La EGB es un estadio mental? ¿Un sueño que se repite, una memoria interna? No olvidamos ni nombres ni apellidos. Al volver de lo profundo, un carrete. ¿Pruebas del delirio? ¿De la maldad? ¿Pruebas o silencio? Volvemos a los potenciales estadios cuánticos de la novela. Cerrado por defunción. Del día 9 al día 17, un álbum abandonado sobre la mesa del negocio. Del 17 al 19. ¿Quién devora los días? El tiempo solo se conserva en los bares de los barrios, lugares donde las estaciones y las celebraciones están consensuadas, como los adornos de Navidad. Lo que capturas en la película (o en la cinta magnética o en los ojos del lector) son muertes al azar y el terror del anciano. ¿Existe relación entre la vida sesgada y el timbre en la puerta que avisa? Por primera vez, con el final de la primera parte, aparece la palabra suicidio.

Los tres capítulos en los que se estructura la novela ofrecen visiones distintas en el espacio y el tiempo; se desplazan lentamente, recopilan datos y ponen el contexto. Beatriz, la mujer que sustituye a la mujer, es más prosaica, luminosa y algo sensual. Llega cuando en la Campana de Gauss comienza el descenso. Nos ofrece un entramado de mundos paralelos, una sucesión cuántica, una realidad de locura como enfermedad, es decir, contagiosa. Pero ella es una mujer engañada, con un trabajo precario, en un Madrid desolador. 

Cigarrillos que van y vienen, que definen las máscaras. Un doctor. El doctor, te dice el lector: no ha muerto, no lo recuerdo, quién es… ¿Llegará el tercer estadio? Del primer intento a la intimidad por pena. La narración se extiende, luego se comprime. ¿Queréis saber qué guardaba el carrete? Manchas. Manchas que son un reguero velado de muertos que no existen. Cita a Ricardo Piglia, habla de las fantasías de John Cheever (en vez de piscinas, calles y fotografías). Daniel es un secundario poco exigido. Un detonante para la huida: “Un autor loco en estos tiempos es un soplo de aire fresco”. 

Al final hay que vender libros y la firma de una persona enajenada no tiene valor legal. Hermetismo, sencillez, ajenos a la sobredosis de la realidad. Amor, ligando, conmigo, siempre hay tiempo para la sensualidad. Juegos, sombras, luces y rostros, miradas, dos cuerpos. César tiene la piel impregnada de hospital y desesperación. También de nicotina. Camel, en concreto. Vuelve la electricidad estática, el ozono violento después del sexo. La autora construye un personaje débil y atractivo, que puede ser cruel, porque tiene algo de infantil: “Es que no tienes vida propia. ¿Qué estás haciendo con tu vida, Beatriz?”.  Así acabó todo: “Y de algún modo, así fue: primero César me echó de su casa; luego me suplicó que me quedase. Traté de que durmiera. Pasó tres días sin dormir”. ¿En qué realidad has depositado a Beatriz?, le pregunto a su autora. Una en la que el amor se diluye en un muro agrietado por la locura. No olvidemos que el delirio es primo hermano de la escritura. Por eso: “Menciona una y otra vez a Rebeca, a un anciano fotógrafo, a un amigo de Valencia, todo mezclado y todo confuso”. Apagón y dispersión, César: diez dimensiones, el hombre que vendió su alma. Cuando la ambulancia llegó, su vida había terminado, aunque siguiera vivo. Aunque tuviera que aparecer el Doctor Velilla para protagonizar el cierre, la tercera parte, la realidad golpeando como una amalgama de piedras y pastillas: Francisco de Goya, Franz Kafka, un hombre de vida sencilla, que prefiere leer a ganar dinero. Amante de una esposa (secundaria), detallista ligeramente monótono. El doctor trae una mochila rellena de contradicciones y espejos, en ese juego de espacios, empezamos a sospechar que Velilla es el lector de esta historia, lectores del lector. Beatriz Varela, no sabemos cuándo, se ha convertido en doctora. Escribe sobre muerte y literatura, sobre locura y novelas. ¿No es de eso de lo que escribimos todos?  Le preguntamos, con esta reseña, a la autora. 

Imagino, en la psicosis del escritor, unos pocos cientos de metros entre el Jardín Botánico y la Cuesta de Moyano. En Madrid, estratos separados, mezcla de pasado y presente, las vidas son distintas, el multiverso del jinete. Las librerías de lance, los almacenes de segunda mano,  la foto de la autora (un poco, sí, un poco, a escondidas de su mujer), el doctor Velilla busca chispa y encuentra fuego. Si el fuego es demencia también ilumina: “Aquellas páginas le llenaron de luz. Había alguien especial velando en la oscuridad y ese alguien era Beatriz Varela”. De pronto los tres confluyen como conjuntos en una intersección como Diagramas de Venn. Hay un juicio, hay un internamiento, hay llamadas y más intentos de suicidio. Viajes de Madrid a Valladolid. Ahí, donde siempre se dice la verdad, es donde el doctor se reconoce en el hombre que conforma el tercer vértice, con Beatriz y César. Beatriz convertida, súbitamente, en el objeto del foco de la historia.  Un atípico triángulo, entre la literatura, la psiquiatría, el sexo, o, más bien, la imagen del amor lujurioso y blanco. ¿Qué es la muerte en este juego cuántico de presentes? ¿Liberar a la víctima? Los últimos momentos lúcidos. 

La liberación tiene algo de eutanasia, de dejadez química. No importa.  He repetido muchas veces cuántico, pero es la semántica exacta. En esta nebulosa que nos deja la novela, hay más preguntas que respuestas. Más química que física. Ya no sé si es cita o conclusión, pero tengo que cerrar con esto: Alguien de esta sala podría afirmar que siempre y en todo momento puede o ha podido distinguir la realidad de la creencia, de la idea malsana, de la pasión irracional. Una novela,  La muerte es un jinete azul, de la autora española Rosa Martínez González. Literatura pura, destilada, indescifrable. No dejará indiferente al lector.

 

Rosa Martínez González, La muerte es un jinete azul. Lérida, Editorial Milenio, 2025.

El viaje ha sido siempre un elemento axial en la narrativa de Pío Baroja (y no sólo en los ciclos aventureros; recordemos su primera novela Camino de perfección, 1902), y desde el momento en que el escritor se aleja de Madrid para recluirse en la casona de Vera del Bidasoa los libros de viaje ocupan su tiempo, como para contrarrestar en la literatura el mayor sedentarismo de la vida.

Ahora se rescata uno de esos libros, Las horas solitarias (1918), posiblemente el que de entre todos ellos —y en especial la tercera parte del mismo: “Primavera”—  contenga mayor número de impresiones campestres del caminante solitario, hasta el punto de hallarse en él una cierta armazón o cohesión estructural a partir de un hilo narrativo que comienza con la “llegada al pueblo” y culmina con “la noche de San Juan”. Y ello incluso a pesar de la heterogeneidad de los asuntos aquí tratados y de que, a ratos, el libro parece decantarse hacia su formato diarístico, con la puntual anotación del sucederse de las jornadas, muy diversas entre sí a veces, pero también reiterativas o cíclicas, según se percibe en las estampas de la vida cotidiana transcurridas en la huerta doméstica, que se extienden a otras partes del libro y constituyen un verdadero leit motif. Las horas solitarias se articula en torno al dual movimiento de la observación–contemplación–impresión, en primer lugar, seguida de la reflexión, marcadamente inclinada hacia cuestiones metafísicas, y combina capítulos que dan cuenta de las andanzas cotidianas con otros que constituyen una verdadera etología del entorno que habita Baroja: Vera del Bidasoa y sus alrededores.

Entre los primeros, los hay de carácter estático, reflexivo, de espacios interiores o breves paseos por la huerta, que siempre generan excelentes párrafos de observación y meditación sobre la Naturalezay la darwiniana struggle for life, consciente como es el narrador de que “el campo es como un fondo al que hay que ir animando con las representaciones propias. [...] A medida que uno vive en el campo se le acercan los objetos y se acortan las distancias, lo contrario de lo que pasa en las grandes ciudades”. En otros capítulos el “hombre fantasma, que se pasa la vida entre la biblioteca y la huerta”, sale de casa y se convierte en “el señor de cierta edad que intenta a veces ser amable y se las echa de razonador”. Y relata sus “pequeños viajes”, como la escapada a San Sebastián (relato circular que incluye los elementos más característicos del género: salida, trayecto, medio de transporte, pintura de los compañeros del vagón, impresiones paisajísticas, llegada, actividades y regreso)  o la excursión a Arizacun —que le sirve para hablar de los agotes, en un capítulo de interés étnico–cultura—; un simple paseo por los alrededores de Vera, que da pie a hablar de los desertores del bando aliado durantela Primera Guerra Mundial; o la caminata por Illecueta que le conduce ante las ruinas de una antigua fábrica.

La segunda parte del libro —“Una excursión electoral”— puede ser calificado de reportaje político–social, que arranca de una anécdota precisa: el intento de Baroja de ser nombrado diputado por Fraga para las elecciones de 1905,  animado por su amigo el pintor Miguel Viladrich —que vivía retirado en un castillo de la localidad— y otros compañeros de redacción. El relato, entre narrativo y dramático, dado que abundan las escenas dialogadas, recoge las peripecias de esta aventura y, junto a los elementos característicos de la literatura de viajes, contiene una viva crónica del presente. El narrador, tras un rápido resumen de las circunstancias que desencadenaron dicha “excursión electoral”, relata las sucesivas etapas del viaje, los medios empleados y los establecimientos donde se aloja. De Madrid a Zaragoza va en tren, y allí pernocta en un hotel, para luego proseguir hasta Huesca, donse se aloja en la fonda Petit Fornos que le lleva a exclamar: “¡Qué nombres más ridículos encuentra esta gente para sus cosas!”. Desde las primeras líneas, junto a las pinceladas críticas recogidas al sesgo del mirar, se percibe el tono desenfadado y humorístico que preside la narración de esta disparatada aventura, pues algo de absurdo —o de fantasía, según opina Alaiz, otro compañero de la singular excursión— hay en este proyecto de presentar como diputado por Fraga a alguien que había hablado mal de la jota aragonesa y de Joaquín Costa.

De Huesca a Sariñena marchan los viajeros en un tren de mercancías, con cambio en Tardienta, pausa que en la escritura se traduce como interrupción del relato que el narrador aprovecha para recoger el perfil de los tipos con que se cruza y esbozar, en pinceladas sombrías, escenario y ambientes. Desde aquí, el trayecto hasta Fraga se narra casi puntillísticamente, entrando en el relato personajes que, como Petiforro el troglodita (el tartanero malhablado que los lleva desde Sariñena a Candasnos), suman, al marco paisajístico, el paisanaje. El verdadero reportaje social —con sus notas de tinte regeneracionista o noventayochista— se encuentra en estas siluetas apresadas al paso, como la viejecita que comparte trayecto de Castejón de Monegros a Bujaraloz y que tiene un hijo que se ha marchado a Francia, las compañeras de viaje de Fraga a Lérida, o estas dos siluetas encontradas por los campos yermos en donde cae el sol sin encontrar apenas una mata: “A lo lejos se divisa un carromato destartalado que viene bamboleándose, tirado por un mulo escuálido y un borriquillo. Van a pie, cerca del carro,  un muchachito moreno y un hombre de calzones y sombrero ancho, con los ojos inflamados, sin duda, del sol y el polvo”. Hay más denuncia en la aridez escueta de estas imágenes —así como en las notas paisajísticas que recogen la desolación trágica con que cae el sol sobre aquellas tierras o en el vacío y el abandono, el sin sentido pues, de ciertos espacios— que en párrafos donde el atraso, la ignorancia, la pobreza material o las pésimas condiciones de vida se explicitan -“Dice [el carretero] que por esta tierra hay muy poca gente que sepa leer y escribir. Él supone que de cada veinte mozos que vayan al servicio habrá uno que sepa de letras”-, o en aquellos otros donde, a propósito del objetivo electoral que motiva la excursión, se registra la corrupción política vigente, o en las sucesivas entrevistas con los personajes influyentes del lugar, al margen de la distinta filiación de unos y otros. Insisto, es este fondo de paisaje y paisanaje, de figuras como de segundo plano, lo que deja al lector una honda y más auténtica visión de la realidad. El verdadero reportaje está en esas líneas escritas como al sesgo, más que en las escenas de primer plano. Y desde luego, tiene mucho más valor que el del mero pintoresquismo anecdótico que le atribuye el narrador al concluir su relación: “Si uno tomara las cuestiones del régimen parlamentario en serio, esta experiencia sería una nota más que serviría para demostrar el artificio y la mistificación de las elecciones; pero como yo creo hace tiempo que el sufragio, en la práctica, es una farsa, este relato no puede tener más que el pequeño valor de una anécdota pintoresca”. – ANA RODRÍGUEZ FISCHER.

 

Pío Baroja, Las horas solitarias, edición de Jesús Alfonso Blázquez González, Madrid, Ediciones del 98, 2011.

 

*Fotografía de Pío Baroja: Retrato de Pío Baroja realizado por Juan de Echevarría

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