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Configurar sentido descendente

Las últimas ruinas

28 de mayo de 2026 10:49:24 CEST

José Manuel Soriano Degracia (Alcañiz, 1972) es autor de una prolífica y exigente obra poética que comienza hace más de cinco lustros e incluye, entre otros, Vacía luz (Comuniter, Colección Híbridos, 2012), Campo de ortigas (Erial Ediciones, 2015) y Hogares de paso (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2018). Con Las calles ciegas obtuvo el prestigioso premio Vila de Martorell en su edición de 2025, publicado por la editorial Hiperión. Un libro sobre el recuerdo, la ruina y el destino, con las citas de José Ángel Valente y Lorenzo Oliván, unidas por una poderosa sinceridad lírica. 

Un primer verso sobre el abandono: “Aunque pase el tiempo, / el tiempo está roto”. La merienda endulza de rojo y sangre los labios y las zarzas, como antiguos apetitos lorquianos: “En mi boca / floreció un bosque enrojecido”. Uno piensa en aquella canción de Gabriel Sopeña y Mauricio Aznar, heredera del folk aragonés, “Hay una cruz en el saso”, sobre el vacío y el abandono: «En los que solo el próximo silencio / volverá a balar», siempre el recuerdo del enfrentamiento entre hermanos: «Inocentes, / jugábamos a la guerra / cuando la luz / ya estaba gastada de sangre». Recordamos el incendio, como si el tiempo, el futuro, el alquitrán se llevara nuestro lugar: «La memoria y la culpa / no tienen cuerpo / para convertirse en ceniza». 

Llegamos a jaula, la vida es una cárcel con las puertas abiertas, una celda, se va, se llaman otra vez, Aznar y Sopeña, aquellas canciones: padres escapando a la ciudad, el desarrollismo como un monstruo que nos devora: «Que la distancia y el tiempo / solo le llevaron / de lado a lado de la jaula». Imágenes que captura la geografía y el tiempo: «Lanzo mis silencios al río/para ver como las gotas los recitan, / quito los minutos a los relojes». En el respeto, la mutación de pasado en presente: «Que allí donde reposa el silencio/sobre una placa solar/antes crecía el trigo, /que el rebaño pastaba la maleza del monte/y que un mendrugo llegó a ser un manjar». Y es la reflexión, entre la distancia que enarbola la geografía, el cronómetro, que vigila, con apetito, dispuesto a devorar los recuerdos: «Necesito marchar lejos / para repartir a diario el sueño de volver, / descubrir que un hombre / aprende a amar en la distancia». 

En la segunda parte del libro, “Llegó la noche”, la dedicatoria, a su padre, su madre. Un lugar imaginario que atrapa ese recuerdo, en una tormenta eléctrica de memoria: «Acuden las sombras y la vida llega tarde, /me viene a buscar por una senda invisible/que desliza sus huellas sobre mis pasos». Una reflexión que avanza por los versos del volumen, bella y necesaria, que estremece frente a las imágenes del vacío, lo inmenso que caracteriza lo árido: «El tiempo arde sin fuego» o «Les arrancaré los ojos a los sueños para volver a verte». Llegamos a la tercera parte, “La casa de las palabras”, la soledad del Turia, Joan Margarit, que está en conexión entre Valencia y Teruel, el sur, ¿qué queda?: «Me queda un silencio/que guardo solamente para hablarte». Silencio y noche, ausencia y vacío: «Encalar la luz/para que deje de ser una herida». Una noche que construye la emboscada sobre el poeta. La llegada de La Cura: «Encalar la luz/para que deje de ser una herida/y que se encuentre por fin/un lugar para curarse» y La panorámica, como el encuentro entre la noche y el día, la ciudad y el pueblo: «La noche manosea las calles/pone anzuelos a la claridad, /se sienta en el columpio/y lame la ceniza de los sueños». Llegar al final, que no es definitivo, es la escultura de un recuerdo, un eco, casi un lamento que golpea, de un lado a otro, a las casas derruidas, como si encontrara el disfraz, un traje para la respuesta: «Toda la vida para revelar el carrete/y descubre/que todas las fotografías se han velado». Se descubre, Soriano, como descriptor del tiempo, como denuncia del abuso que comete el olvida. Ese parece ser el final: «Mi nombre/se le cayó de las manos» y escuchar, medir, como un amanuense del recuerdo:«La fiesta duró mis años». Una reflexión final, un verso, una decisión que se queda, sin aplazamiento: «La vida era mi huésped/y acabé siendo su invitado». Un libro sobre el destierro emocional, el regreso al desierto universal, donde los fantasmas solo pueden alimentarse del silencio. Un libro magnífico. 

 

José Manuel Soriano Degracia, Las calles ciegas, Madrid, Hiperión, 2026. (Libro ganador del 50º premio Vila de Martorell 2025)

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Soy una cámara

28 de mayo de 2026 10:23:31 CEST

Cara de foto es el segundo libro de Marina Saura. Un libro de madurez si es que los escritores maduran. Antes hubo un primer libro. Un libro extraño, descarnado, lúcido y devastador a la vez, un libro soberbio, sincero y honesto, Sin permiso (Elba, 2017). Mucho de lo que se apuntaba ya allí, en un estado todavía embrionario, eclosiona aquí. Y lo que allí era desengaño, aquí es melancolía. Cara de foto viene a confirmar, ocho años después, algo que siempre hemos sabido: en literatura, lo mismo que en otros ámbitos de la vida, la casualidad no existe. Sólo hay que mirar más lejos. Mirar hacia otra parte. Volver la vista atrás. Y donde pone casualidad, casi siempre debe poner causalidad: “Una serie de circunstancias que hacen que lo inimaginable se vuelva inevitable” (p. 130). 

Cara de foto es un libro compuesto de fragmentos o secuencias de una vida, la de la autora, que se suceden sin solución de continuidad siguiendo una cronología que no es la de los hechos ni la de los calendarios. Los hechos forman parte del paisaje de la memoria. Son el escenario de la memoria. Y a la vez la materia del olvido. Los hechos son en cierto modo el contexto de una vida, el argumento de una novela. Los hechos son lo que nos pasa, pero también lo que no nos pasa. Y las palabras con las que los narramos, para no olvidarlos, lo mismo que las fotografías que pegamos en un álbum y guardamos celosamente en un cajón, también son hechos. 

Cara de foto es en realidad dos libros en uno: una novela familiar, y una historia de amor. Las secuencias, los fragmentos, de que se compone el libro, más o menos breves, algunos incluso muy breves, instantáneas, llevan todas ellas un título, título muchas veces alegórico, muchas veces enigmático, muchas veces banal o irónico (¿un guiño? ¿un quite? ¿un recorte? ¿una pista? ¿una pista falsa?) que hace alusión a algo, o a alguien, no necesariamente lo más relevante que aparece en el capítulo. Lo más relevante puede ser circunstancial, lo más relevante puede ser anecdótico, puede ser incluso  irrelevante. Lo más relevante suele ser casi siempre lo que no se dice, lo que se calla, lo que se oculta. En los libros y en la vida. Otros son, o parecen, alusiones privadas, íntimas, y actúan como una especie de clave para la que no hay mensaje que descifrar, es decir, una clave sin código. Sin cronología, se titula el primer recuerdo de infancia. No hay foto. Otras veces hay foto, pero no hay recuerdo. O hay recuerdo, pero no hay foto. Primer sujeto; Rescoldos; Turbión; Esclava de; La ola; Yema durmiente; Boya de flotación; Extramuros; Soy una cámara…, son algunos de esos títulos, algunas de esas pistas. Títulos de otras tantas fotografías, perdidas o encontradas, para el caso es lo mismo, muchos años después.

Y entonces la cámara se dispara sola.

 Al azar.

Y “acudían a mi memoria recuerdos que creía borrados.”

Recuerdos de recuerdos con los que construimos nuestra biografía.

Pero la vida no es una biografía (Pascal Quignard).

Y toda vida es un fracaso (Thomas Bernhard), que sólo la literatura puede redimir.

Cara de foto es un libro que celebra la literatura y la vida al mismo tiempo.

“¡Cuántas escenas habré fotografiado sin cámara – puesto que la cámara soy yo – con los ojos conectados a la memoria!” (p. 132)

Aquí hay una declaración de principios.

Un método.

Una confesión.

Una voluntad.

Un libro.

O lo que es lo mismo: Cara de foto es un libro que cuenta una historia.

Eso es todo.

No hace falta más.

 

Marina Saura, Cara de foto, Madrid, De Conatus, 2025.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Manuel Arranz

Relaciones y geografía, la disfunción del amor

21 de mayo de 2026 13:05:48 CEST

Sofía Balbuena (Salto, 1984) es escritora y profesora de escritura creativa. Sus residencias en distintas universidades le han permitido compaginar el ensayo con la creación, destacando libros de ensayo como Doce pasos hacia mí, Borracha menor y Gente sin paz y la novela Sutura. Con los cinco cuentos que componen Personaje secundario (Páginas de Espuma, 2026) se alzó con el prestigioso premio Ribera del Duero en su IX edición, uno de los más importantes dedicados a los relatos en lengua española. 

El libro se abre con una cita de Pappo, el rockero argentino, el hombre del blues en Latinoamérica. Esa mezcla entre los modos norteamericanos y la cultura argentina están presentes a lo largo del libro. “La mejor persona del mundo” abre la colección. Una reflexión temporal y lejana sobre la maternidad, el salto migratorio, los intelectuales orgánicos en búsqueda de la escasa estabilidad que supone el estudio científico de las humanidades y la relación de pareja. De Buenos Aires a Barcelona: lecturas, las monedas para el pan, el máster y el doctorado (y la compleja burocracia). Todo es una espiral de pasión y espera. Mundano, cotidiano, terrenal (empleos precarios, empanadas, limpieza) y altura universitaria. Es un cuento que marca instantes, con una niña y una pareja, con el sexo y el amor, hibridados. El tiempo se mueve en una dirección, pero los sentimientos y las pasiones atraviesan las páginas de manera vertical. Parques sucios, niños también sucios, hambre inmediata, de alimento y de pasión. La esperanza tiene nombre de niña y el futuro es una pareja en paradero desconocido. Cinco años en Cataluña, seis en el jardín de infancia. La frase con la que Balbuena termina el cuento actúa de lápida y duda: “¿Qué hubiera sucedido si no la hubiéramos tenido? salir”?  De Barcelona a Buenos Aires. 

El segundo cuento se llama “Avenida Rivadavia”. De nuevo sobrevuela la narración esa insatisfacción que anida en el amor, en el sexo, contagiada por el pasado y sin el antibiótico del futuro. El urbanismo de Buenos Aires actúa como personaje invitado: plaza de mayo, el barrio del Once, Hipólito Yrigoyen y Avenida Pueyrredón. Recuerdo a los cambistas de 2002, cuando terminó la falda paridad y los dólares se guardaban bajo el colchón. Las mismas huelgas que aparen en el relato deslocalizan el cuento en la convulsa Argentina. Contra qué, contra quién. La llegada del apocalipsis financiero que acabará con eliminar las oficinas llevar a Buenos Aires hasta el final de los tiempos del que hablaba Michel Nieva. Ella, en la duda, no hace preguntas, se siente atraída por el pasado y por la autoridad, su jefe, su ex… Todo crece, sobre todo los pesos hasta no valer nada. Y, de nuevo, las calles porteñas, sus barrios, como un elemento orgánico: la oscuridad cartonera más allá de Avenida Rivadavia. Martín se hace esperar, su marido también, el barrio del Once, los judíos, el Hospital Francés… el Abasto, parada Carlos Gardel, como cantaba Luca Prodan mientras apurada una botella de Resero. Un cuento que proyecta la insatisfacción con distintas caras: marido, compañeras, autoridad. Solo la paz trae el descanso. Curiosa manera de admitir la derrota. 

Un tercer cambio geográfico con “Tsunami”. La protagonista, por otro lado, parece una mezcla de la de los cuentos anteriores. Pero completamente distinta. Deberíamos aclararnos, pero en la lectura se descubre. Es como la Universidad de Marlow City, inventada o recogida de otros lugares. De otros espacios narrativos: mujeres, humanidad, relaciones. Alcohol y tabaco en el frío del lugar. Una soledad consumida por la ansiedad emocional. Buscar caricias manos distintas, como el vino y el cigarrillo, novias en la distancia, temporal y geográfica, sexo cambiante, sexo discontinuo. El sexo como una definición de lo personal, sorprendentemente más como espacio propio que de compañía. Por eso la pareja resulta intercambiable, funcionando a niveles básicos de satisfacción. Culpa y descubrimiento. Una marca, una seña, la de las monjas. Locales, al aire libre, sometidas al verano del amor, a una revolución anterior. Otra vez la sensación de que el tiempo nos ha pasado por encima. Las monjas y las no monjas en un pueblo, lejanos, aisladas de Roma, de la voz de la autoridad. Esa distancia, como definición. Como aquellas historias de los legionarios romanos, en la caída del imperio, mezclándose con los lugareños hasta desaparecer. Define amigas, define vivir juntas. 

El libro continúa con “Mejores amigos”. Esta vez el calor húmero del balneario, del interior. El interior como contraposición a lo urbano. La playa extraña, playa de océano, no de mar, fría para nadar, pero suficiente para los pies descalzos y las siestas pesadas bajo un ventilador. Amigos, amigas, Clara y Nero, una relación de luz en verano, de pubertad y adolescencia, de aire sensual y pesado, de humedad que condensa sobre la piel como lo hacen las hormonas. La fricción del viento en un viaje en moto que define todo, parones como elementos sensuales, genitales y ropa. Al final, el fútbol, como en otros cuentos los es el urbanismo, aquí el personaje ausente, pero definitivo es el balompié. Y el balón que define el cambio. Tanto orgánico como geográfico. Marchar a Buenos Aires, como un paraíso lejano, una oportunidad. Pero hay algo más: "Me puedo quedar también. Puedo esperar un año más y nos vamos juntos”. 

El final con “Felicidades”, que rompe la propuesta narrativa a través de un diálogo ajeno, fragmentado. La acumulación de distintos puntos de vista en un avance lento de la historia. Posiciones, lugares, tiempos. Barcelona y la mujer argentina. Esa intersección entre décadas, treinta, cuarenta, maternidad, dinero, Tinder… y también sandwiches de miga, resaca y padres. La inservible cualificación de las ciencias humanas en una Barcelona, babilónica y precaria, desordenada dama del desarraigo, como la canción de Birabent: “Turista en mi propia ciudad”. Una final de plata y apetito, mucho apetito, de embarazo y familia, de futuro inesperado, de un mañana que no es promesa de futuro. Y eso, evidentemente, tiene más de agarrotamiento que de esperanza.

 

Sofía Balbuena, Personaje secundario, Madrid, Páginas de Espuma, 2026. IX Premio Ribera del Duero

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Julio Prieto es poeta que se deja ver poco, pero existe, y demuestra una trayectoria comenzada en 2006 con Sedemas y cuatro títulos más (De masa menos, Bilingües y Marruecos), además de esta última entrega, Mínimos informes. Un libro distinto, complejo, y donde se propone escribir poesía desde un cuestionamiento del sentido, la sorpresa y el humor, el juego o el divertimento lúdico, sin abandonar la crítica o la ironía de corte social, o lo profundamente existencial (como apunte, sin cargar la mano).

Mínimos informes cuentan de otra manera cosas serias y otras que no lo son. Lo hace a través de una mirada afiliada a las poéticas de la sospecha o de la puesta en duda de la significación, del cuestionamiento de ser en el tiempo, para decir y jugar con la fórmula, con las palabras, con el decir y velar, con la duda a la que somete al lector sobre la última significación.

Y es que el profesor de la Universidad Complutense, experto en postvanguardias y poesía experimental ya tiene una edad, y una propuesta madura, nada apresurada, que ha ido deslizando desde otras carreteras alejadas del realismo o de la poesía dramática de corte esencial. Búsquese el rastro en esa tradición que tuvo en José Luis Castillejo un nombre de referencia en España, pero lejos de cualquier concretismo, o replanteamientos de la poética visual. Aquí es el sentido quien es sometido a juicio desde el precipicio y vértigo del vacío, pero sin olvidar el humor y la ironía, que hacen del libro un juego de contrastes. Y es más, si se me permite, un libro conceptual sin radicalismos visuales, porque la propuesta es la de aventurarse por caminos no trillados donde no hacemos pie, pero donde no hay locuacidad vana. Es esa hibridez entre sueños, humor, realidad y sueño, ironías, muy personal, donde a veces también la angustia y lo agrio nos asaltan, donde encontramos un poeta que debiera estar más traído y llevado de cuanto está su poesía casi secreta.

En un libro poliédrico, dividido en tres secciones, se nos emplaza a pensar el hecho poético de forma diferente a lo trillado. Léase el versículo y el versolibrismo del que se abusa hoy  hasta la saciedad, o el “proema” narrativo autofictivo, o el caos irracionalista donde se acumulan metáforas en logolalias, por no hablar de realismos miméticos que ya puso en cuestión André Gide para la novela.

“Las Parábolas (Diario de sueños)” de la primera sección ya nos hablan de ese atreverse a obstruir lo esperable para decir tangencialmente, de caminos desde donde no se vuelve, o ironizar con los sobrantes de la sociedad, como Tiburcio, y devorados. A veces en esos sueños hay ruedas que decapitan, angustia, patos rellenos de serrín sanguinolento, relaciones con un “padre”, pero sobre todo replanteamiento del lugar que ocupamos en los interregnos de la certeza, porque «No todo es vigilia, ni toda oscuridad la de los ojos cerrados». Esa renuncia a la interpretación en poemas que juegan en la penumbra del sentido es la propuesta (casuística que no podemos resumir), pero llena de variantes que dejan un inquietante sabor a una poética extraña en nuestras tierras, valiente, muy atractiva en el decir y callar, apartarse de lo pisado.

Cuando en la segunda sección, “Del amor y los verbos performativos”, trae poemas donde se nos compara con esas piedras planas que rebotan en el agua tres o cuatro veces, y luego se hunden, sabemos que Prieto disimula tras los sueños y el juego (aunque tenga todo el humor del mundo en la divertidísima tercera sección donde se juega con las erratas, y el lector no debe perderse). Ojo, porque en esta sección, se añaden reflexiones sobre qué cosa sea la poesía, con esa libertad de quien se atreve a desclasificar lo habitual, a ser poeta distinto, meticuloso, lleno de sorpresas. Y por eso es un libro que los buenos aficionados a la poesía, no adocenados por el mercado,  deben dejar, como hago yo, al alcance de la mano, y detenerse a leerlo con tiempo, pues es lectura que exige atención, pero compensa tras el esfuerzo.

 

 Julio Prieto, Mínimos informes, Madrid, Libros de la Resistencia, 2024

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Morales Barba

La edición de Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, recuperada por la editorial Fórcola, no es solo la reedición de unas memorias, sino la restitución de una voz tan fascinante como poco fiable: la de Xavier Cugat, uno de los grandes fabuladores de sí mismo en el siglo XX.

Desde sus primeras páginas —respaldadas por un prefacio excepcional firmado por Frank Sinatra— el libro se presenta como una celebración del espectáculo entendido como forma de vida. No deja de resultar insólito que el propio Sinatra, evocando sus inicios, confesara que de haber nacido en España habría soñado con integrarse en la orquesta de Cugat; en ese mismo texto subrayaba además la “fuerza” y la “vibración” de una música con la que siempre se sintió identificado. Francisco de Asís Javier Cugat Migall de Bru y Deulofeu, violinista, caricaturista y director de orquesta que conquistó Hollywood y popularizó los ritmos latinos en Estados Unidos, narra su ascenso con un tono que oscila entre la confesión y la autoparodia. Esa ambigüedad constituye, precisamente, uno de los mayores atractivos del volumen: el lector nunca sabe con certeza dónde termina la memoria y comienza la invención.

Durante décadas, y especialmente tras su muerte en 1990, la figura de Cugat —“Cugie” para Sinatra— fue deslizándose hacia un cierto olvido, convertida casi en un anacronismo. Sin embargo, su recuperación ha sido paulatina, impulsada en parte por obras como Confeti de Jordi Puntí, y ahora consolidada con esta reedición, que devuelve a las librerías un texto imprescindible para entender la construcción de su mito.

El prólogo de David Felipe Arranz sitúa con acierto al personaje en su contexto cultural: el de un entertainer total, capaz de convertir su propia biografía en una extensión de su espectáculo. Arranz reivindica además la vigencia de su legado, subrayando esa energía excesiva, estética y pragmática que convirtió a Cugat en uno de los pocos españoles verdaderamente universales del siglo XX.

En efecto, Cugat no solo cuenta su vida, sino que la escenifica, encadenando episodios que lo vinculan con estrellas, mafiosos, presidentes o iconos del cine, en una sucesión que remite más al imaginario hollywoodiense que a la autobiografía tradicional. Sus páginas se convierten así en un auténtico “quién es quién” del siglo dorado del espectáculo: desfilan figuras como Clark Gable, Charlie Chaplin, Rita Hayworth, Walt Disney o Cantinflas, entre muchos otros, junto a nombres de la música como Bing Crosby o Barbra Streisand. Que esos encuentros fueran a veces fugaces o magnificados forma parte del juego narrativo que Cugat propone.

La autobiografía —subtitulada significativamente Mis primeros ochenta años— traza un recorrido que arranca con su nacimiento en Girona en 1900 y su temprana formación en La Habana, donde llegó a ser violinista de la Sinfónica del Teatro Nacional. Desde ahí, su carrera despega con un concierto en el Carnegie Hall en 1920 y se despliega entre Europa y Estados Unidos: estudios en Berlín, incursiones en la caricatura en el Los Angeles Times, regreso a la música y, sobre todo, el triunfo de su orquesta durante años en el Waldorf Astoria de Nueva York. A ello se suma su intensa vida sentimental —cinco matrimonios, entre ellos con Abbe Lane o Charo Baeza—, convertida también en materia narrativa.

El libro incorpora, además, episodios que oscilan entre lo anecdótico y lo revelador: desde su relación con Sinatra —que grabó su primer disco con la orquesta de Cugat— hasta la muerte de Carmen Miranda durante un intermedio, pasando por reflexiones tan irónicas como aquella en la que afirmaba que “estar arruinado en España… es una felicidad”, en alusión a sus propias dificultades económicas. No faltan tampoco comentarios sobre el mundo del espectáculo —incluido el “cainismo” entre artistas hispánicos—, ni detalles más mundanos sobre peluquines, casinos o negocios de restauración.

La edición, a cargo de Javier Jiménez, resulta especialmente valiosa por el aparato de notas —cerca de un centenar— que actúa como contrapunto crítico y contextualiza con precisión la trayectoria de Xavier Cugat. A ello se suman dos amplios cuadernillos centrales de ilustraciones y caricaturas, que no solo muestran el talento gráfico de Cugat —en ocasiones cercano al estilo del artista mexicano Miguel Covarrubias—, sino que funcionan como un retrato visual de toda una época, desde sus inicios en Carnegie Hall hasta sus apariciones televisivas, como su actuación en The Ed Sullivan Show en 1967.

Estamos, en realidad, ante un libro escrito, pero también dibujado. Cugat poseía un notable talento para la caricatura y el retrato humorístico, aunque en ocasiones tomara como referencia imágenes del propio Covarrubias. En Yo, Cugat abundan los ejemplos de esa habilidad con el lápiz: aparecen caricaturizados personajes como Greta Garbo, Liza Minnelli, Salvador Dalí, Pau Casals o el propio Cugat, convertido en imagen de referencia de uno de sus negocios de restauración, Casa Cugat, en los estudios de Metro-Goldwyn-Mayer. De alguna manera, esta faceta artística que cultivó hasta el final de su vida enlaza con la tradición de Enrico Caruso, gran tenor y también excelente dibujante, cuya figura resultó decisiva para que Cugat optara por dedicarse plenamente —y con notable éxito— al mundo de la música.

Ese diálogo entre texto e imagen se completa con un sólido aparato final: cronología, filmografía, discografía e índice onomástico que recorre un arco cultural que va de Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven a figuras del espectáculo del siglo XX.

A ello se suma un trasfondo biográfico especialmente revelador: la escritura de estas memorias en los años finales de su carrera, cuando, tras décadas en Hollywood, decidió regresar a Cataluña en 1972, instalándose en el Hotel Ritz de Barcelona, donde viviría sus últimos años y aún formaría una nueva orquesta, llegando a grabar en 1987 el álbum Cugat desde el Ritz. En ese proceso desempeñó un papel clave Enrique Sabater, antiguo secretario de Salvador Dalí, cuya labor editorial fue decisiva para que estas memorias vieran la luz.

Los epílogos —firmados por Diego Mas Trelles, Ignacio Peyró y el propio Puntí— amplían esa perspectiva. Especialmente sugerente es la mirada de este último, que incide en el carácter kitsch, excesivo y profundamente moderno del personaje, alguien que entendió antes que muchos que la fama también se construye a base de relato y artificio. Peyró, por su parte, subraya con tono elegíaco esa mezcla de esplendor y ocaso, entre el brillo del Ritz y la nostalgia de un mundo desaparecido.

No debe olvidarse, además, que estas memorias dialogan con una tradición previa: Cugat ya había publicado en 1948 Rumba is my life, reutilizando parte de ese material en la versión de 1981 con la clara intención de fijar su propia versión de los hechos y adelantarse a futuros biógrafos. En ese gesto hay tanto control del relato como intuición moderna de la celebridad.

En conjunto, esta edición de Yo, Cugat no solo recupera a una figura clave en la difusión de la música latina —el célebre “rey de la rumba”, precursor de una explosión cultural que hoy llega de Rosalía a Bad Bunny—, sino que invita a reflexionar sobre la construcción de la celebridad en el siglo XX. Más que unas memorias al uso, el libro es un artefacto narrativo donde vida y espectáculo se confunden deliberadamente. Y ahí radica su mayor virtud: en recordarnos que, en el caso de Cugat, la verdad siempre fue, también, una forma de ficción.

 

 Xavier Cugat, Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, Madrid, Fórcola,  2026

Escrito en Sólo Digital Turia por Juan Villalba Sebastián

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