Suscríbete a la Revista Turia

Artículos 1 a 5 de 478 en total

|

por página
  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
Configurar sentido descendente

Frente a frente, un parnaso particular

7 de agosto de 2026 12:24:15 CEST

La lectura de No estar complica el irse (IV Premio Nacional de Poesía Ciudad de Lucena) de Luis Felipe Comendador, editado por Reino de Cordelia, es la última entrega poética del escritor y editor salmantino. Conocido también por su obra gráfica, algunos de sus últimos libros son En olor de multitudes (A Fortiori Editorial, 2025) o La alfombra vejada del Gran Lewobski. (Ed. Ars Poética, 2023). 

En la esfera de Luis Alberto de Cuenca y Pere Gimferrer, la aparición de un panteón literario que frisa con el pop es una constante en su obra que cristaliza de manera cualitativa en esta lectura: personajes literarios en acción, poemas que atrapan una acción, un instante real, sugerido, un momento apócrifo, en el ámbar del parnaso literario. Pere Gimferrer, como hemos comentado antes, aparece entre el mar en llamas y las estrellas de Hollywood: “Cuerpo que busca el peso de otro cuerpo / y a veces lo rehúsa como una ortografía, / cuerpo ardido en miasmas / y el chop-chop de una química de dioses”. 

Acudimos, plenos de sexo, panteras y náusea a Antonio Martínez Sarrión, del uno al nueve, los novísimos mutados en viejísimos, ¿qué es el Albacete? En la situación provinciana y universal: “Buscan simples respuestas a la muerte”. De Martínez Sarrión a Ana Rosetti, el verso: “Te hice ya hace años con olor a cocina/en esta frente mía donde el verdín florece”. Y seguir, ahora, hacia el jazz y el perseguidor, de Julio Cortázar frente al espejo distorsionador de Severo Sarduy, rock y Nouveau roman: “Que sus manos gestan un abecedario/y con él se saturan de palabras”. Amor y bebida, lectura y muerte, sobre el lenguaje de la luna: “De esa yesca voraz que se hace llama / y quema cada insomnio con usura”. Apuntalar el amor, dormir a un lado y despertar. Y el sexo de pie, el recuerdo al lado oscuro del corazón, con los versos de Oliverio Girondo, de absenta y ultraísmo con Norah Lange. Partidas de cartas, ajedrez lírico, negro y blanco: “Deslábrame las ingles con la lengua / y clávame una uña en la clavícula, asesina dulcísima y selvática”. 

Ojos políglotas, glaucos, daltónicos para enterrar los alcoholes míticos, los amores destructivos, el malditismo: Verlaine y Rimbaud, entre revueltas, poemas y esclavismo, confusión: “Una mujer como sin huesos / pero con hijos escondidos / hechos de balbuceos en sus entrañas rojas”. El cara a cara, el vis a vis, comienzo y final. Juan Gelmán, poesía rioplatense, la ciénaga, la voluntad del frío: César Vallejo, el cristo de las puertas, el pie en los muros, Blanca Varela bebiendo Inkacola, Octavio Paz y el abrazo de un niño. Leer “Dicen que aprendió a llagar en las cabezas de los hombres” y también “Y sin embargo temo/que me pidan el mar / o que no sepa desprenderme de estar vivo”. Letras de manos, letras para mecer al niño y al poeta, buscar el verso suelto de Ernesto Cardenal y la soledad de San Lorenzo, el papa Francisco: “Cien cuchillos mellados / que en su óxido contienen la gangrena”. Los poemas estancan tiempo y literatura, se lee: “Jamás creí que fuera tanto.../ y sin embargo temo / que me pidan el mar / o que no sepa desprenderme de estar vivo”. El lector se encuentra con versos como estos: “También hay hombres trágicos / que llevan las señales en sus nucas... / y otra clase de hombres, / que apenas pertenecen a este mundo, / que saben que el dinero no es la suerte / de los hombres lanzados a la nada”. 

Poco a poco, tras una carrera de tres versos, Luis Alberto de Cuenca hace su presencia como un guiño al canon y la muerte, sustancia poética, Cesare Pavese con la soga al cuello: “Cuánta tristeza... / saber que en otros brazos / te desperezas”, de los clásicos, de Cátulo a Lesbia: “Incrusta lo que muerte / y usa el verbo chupar como una entrega”. Blusas destrozadas, como la ceniza del sobre cubriendo el vuelo del arcángel. Muchos de los muertos escriben en servilletas, teclean en máquinas antiguas, Joan Margarit, elucubra sobre la enfermedad, un poema que nos traslada, que es imaginación, tiempo y distancia. 

Avanzar hacia la batalla del realismo sucio, de la campana rítmica, David González charla con Allen Ginsberg en el Café Parnaso y el cadáver de la mujer decente con piel de cartulina, comparten un trago de absenta a las once. Sexo y pezones de colores negros, marcados como arañas. La poesía escapa a lo formal y se acerca a la violencia de lo orgánico. Y otra vez Ginsberg, que se pinta con el betún del tiempo para aparentar ser más joven: “El pedestal donde serás un bronce para los excrementos de las palomas”. En una pensión sórdida el olor a lavanda devuelve la sed, la lengua desecada, políglota: “Se bebió cerveza calienta y vomitó bilis”. De David González a Ángel González y volver a Octavio Paz, vía Aníbal Núñez, como un manual de instrucciones, la construcción de tu propio parnaso: “Virgencita de todos los mercados de abastos, /anatomía dispuesta a los Blup Blup del émbolo”. Se cierra un libro de espejos, una propuesta atávica, la de los versos de la tribu, con una construcción de instantes, una captura de palabras: “Y si el próximo minuto fuera el de la salvación”. 

 

Luis Felipe Comendador; No estar complica el irse, Madrid, Reino de Cordelia, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Louise Glük, Djuna Barnes, Linda Pastan, Sharon Olds, Carolyn Forché, Alejandra Pizarnik o Rosa Leveroni son algunas de las poetas que convoca Rosa Lentini (Barcelona, 1957) en su último ensayo, Leer hacia dentro. Mujeres y poesía (Cántico), donde recoge una generosa gavilla de reflexiones que permite hacerse una idea de la hechura de la aportación femenina a la poesía, así como un conjunto de reflexiones a propósito de la poesía misma.

 

“La traducción es imprescindible para ampliar fronteras y qué mejor que un aire fresco que viene de fuera para elevar nuestra exigencia”

 

- Le devuelvo una pregunta que plantea: la poesía de un país, ¿puede cambiar gracias a la incorporación a su lengua de poetas traducidos de otras lenguas?

- Definitivamente, no se entendería la obra de un Lorca con Poeta en Nueva York, o de un Juan Ramón Jiménez con Espacio y Tiempo, recordemos que este fue, además, el primer traductor de poemas de Emily Dickinson. No serían ambos los poetas tan completos que conocemos si no hubieran pasado por la poesía anglosajona, especialmente por la obra de Poe, Whitman o Frost, además de la ya citada Dickinson. En mi caso es igual, si no hubiera traducido a las poetas norteamericanas no hubiera escrito la trilogía Hablando de objetos rotos. La traducción es imprescindible para ampliar fronteras y, puesto que la poesía y en general la literatura y las artes se miden por su valor comparativo, qué mejor que un aire fresco que viene de fuera para elevar nuestra exigencia. ¿Acaso se entendería la escultura, la pintura o el cine solo desde un panorama nacional, aun si llevan características nacionales y populares en su composición? Lo mismo para la poesía.

 

- ¿Cómo es esa «otra forma» de leer a una poeta mujer?

- Esa «otra forma» parte de las palabras de Olvido García Valdés de su poética en Ellas tienen la palabra, que he ampliado con mi experiencia lectora, pues me he ido dando cuenta de que cuando leo a una mujer poeta lo hago con una complicidad diferente, y pongo el ejemplo de un ebanista que escucha a otro ebanista hablar de las vetas de la madera, de su rugosidad o llaneza, de sus colores intensos o claros, brillantes o mates, luminosos u hoscos, de su diferente sequedad o de su distinto olor. No solo entiendo el concepto de cuanto se me dice, sino que conozco por experiencia el roce de sus venas, su textura, sus diferentes densidades. Escucho, por tanto, a ese ebanista con una mayor cercanía. Cuando una mujer poeta escribe, conozco sensorialmente, además de mentalmente, el lugar desde el que habla. Es como un hermanamiento de oficio, ese hermanamiento sería el género.

 

“Las poetas norteamericanas nos han mostrado que el género importa”

 

- ¿Se ha superado ese debate a propósito de si existe una poética propia de mujeres respecto a hombres? ¿No se trata, utilizando el símil psicoanalítico, de lugares, un lugar femenino frente a uno masculino, con independencia del sexo que escriba desde cada uno de ellos?

- La generación de mujeres anterior a la nuestra insistía en que no había diferencia alguna, en que lo importante era centrarse en escribir lo mejor posible obviando el género, y por supuesto que se debe escribir lo mejor que uno pueda, pero las poetas norteamericanas nos han mostrado que el género importa, aun si lo masculino y lo femenino se desdibujan, sí que creo que el punto de vista es distinto. En España, cuando poetas de la generación del 50 llevaban el gran peso derivado de la guerra y de la dictadura, en Estados Unidos los movimientos beat y feminista, así como los posicionamientos antiapartheit y antibelicista dan un vuelco a la sociedad americana donde las mujeres se preguntan acerca de sí mismas ya a mediados del siglo pasado. Un momento en el que estalla, en muy pocos años, la escritura de poetas mujeres con obras de gran calidad, por lo que el cambio en poesía es radical, mucho más que en novela, que ya se venía gestando desde el siglo anterior. Y el cuerpo ofrece ese lugar desde el cual empezar a cuestionarse qué y en qué forma escribir, un punto de partida que se convierte en algo más profundo, en un punto de vista, llámalo lugar si quieres. Personalmente, me sorprendió sentir una gran conexión, cuando lo leí por primera vez, con un poeta radicalmente distinto a mí, como es Ocean Vuong, nacido en Vietnam, en 1988, por tanto, de una generación muy posterior a la mía y radicado en Estados Unidos, que se confiesa abiertamente gay pero también, y este es un punto esencial, haber sido educado casi exclusivamente por mujeres.

   

- ¿Qué nos enseña el lenguaje poético que solo podemos aprender de él?

- Ante todo, una profundidad, el lenguaje poético sería la posibilidad que se le da al hombre de profundizar, de interrogarse acerca de sí mismo y de su entorno, de poner en primera fila todo lo que la mirada común suele pasar por alto, todo aquello que está borroso fuera de foco o simplemente fuera de campo. En “Las bodas de Pentecostés”, Larkin parece tocar el centro de lo que es la poesía cuando al final del poema sugiere el brusco freno del tren como una sensación de caída: «un haz de flechas/ que se disparan lejos de la vista para volverse lluvia en otra parte», (traducción de Álvaro Valverde). La imagen de la lluvia de flechas y de la misma lluvia fuera del foco del poema dice más sobre una poética propia que un artículo sobre qué es y qué no es poesía.

 

“La biografía siempre interviene en la obra, pues hablamos desde el yo siempre, aún si no hablamos de nosotros”

 

- Cuando la biografía interfiere en la obra (caso de Pizarnik, de Djuna Barnes, de Dickinson…), ¿qué gana y qué pierde la poesía? ¿Cómo deben dialogar ambas, la vida, la escritura?

- La biografía siempre interviene en la obra, pues hablamos desde el yo siempre, aún si no hablamos de nosotros, «hablo desde mí, pero no de mí» dice Jenaro Talens. De hecho, un poeta tan hermético como Paul Celan es solo comprensible cuando te paseas por su biografía. Recuerdo una exposición magnífica en el Círculo de Bellas Artes de Madrid hace años, que tuve la suerte de ver guiada de la mano de Andrés Sánchez Robayna, quien me iluminó acerca de muchos puntos. Nunca he vuelto a leer la poesía de Celan como lo hacía antes de esa exposición. La siento relacionada con su vida de una forma más viva de lo esperado. Sabemos de Dickinson que se abstuvo de publicar, a excepción de unos pocos poemas, y probablemente esa fue una de las razones que la hicieron ser la poeta que conocemos ahora. El caso de Pizarnik es otro; siempre pensamos al leerla en lo que nos hubiera entregado de haber vivido hasta una edad tardía, pero esa interrupción, junto a su sugerente poesía, la convirtió en un mito. Y el de Djuna Barnes es todavía más inusual, se pasó los últimos treinta años de su vida guardando en un gran baúl de su apartamento de Patching Place, en Greenwich Village, poemas y versiones de poemas cada vez más condensados que nunca llegó a publicar. Ella decía de sí misma que era la escritora famosa más desconocida del mundo. En nuestra editorial, Igitur, llegamos a publicar una primera antología de sus poemas y versiones que fue primicia mundial, que yo misma traduje en colaboración con Osías Stutman. Solo más tarde llegó la edición en inglés. 

 

- ¿Siempre pesan más las circunstancias personales que las sociales a la hora de escribir poesía?

- Depende. Ya lo he comentado antes, a la mayor parte de los poetas de la generación del 50 en España las circunstancias históricas y sociales pesaron diría que en exceso en muchos casos; en cambio, en EE.UU. se abrió a un pensamiento más moderno, más intrahistórico como diría Unamuno, y que, al principio, en los años setenta, divulgó que lo social era personal, como se da en la poesía de una Denise Levertov, por ejemplo, o en las poetas de lenguaje «negro» como son Audre Lorde o June Jordan. Pero una Adrienne Rich ya concienciada y madura abre el campo y asegura que lo personal es asimismo político, dándole carta de ciudadanía al yo más personal y familiar, lo que cambia definitivamente el panorama para las poetas que vienen después. Sharon Olds probablemente no habría desarrollado su obra de la forma en que lo ha hecho sin que hubiera existido anteriormente Rich.

 

- ¿Qué ofrece la poesía al lector de un mundo como el nuestro?

- Como dije antes, profundidad, la superficialidad es enemiga del estado de la poesía. Por eso es importante, si no fundamental, leer, leer ante todo, algo que hoy se hace pronto y mal. En este país nuestro, además, somos muy amigos de hablar de un libro de oídas. Mira por ejemplo un texto como es Una habitación propia de Virginia Woolf, que pronto va a cumplir un siglo y que es un referente no solo para las feministas. Muchas personas no lo han leído porque están convencidas de saber de qué trata: de cómo una escritora necesita de una habitación para resguardarse a escribir y de dinero para centrarse en su obra. ¿Dice esto el libro? Sí, pero dice mucho más, la mirada de Woolf sobre la poesía en construcción es fundamental y sobre otros aspectos de lo literario. No lo voy a reproducir aquí, solo espero que se lea un libro que no tiene desperdicio ni por su estilo, ni por su sarcasmo, ni por sus iluminadoras ideas. Este es el sentido último de mi libro de ensayos sobre el que hablamos ahora, ir directamente a las fuentes y leer a los grandes poetas y escritores. 

 

“Las palabras del poemas son un refugio, un lugar en el que crecer”

 

- Anne Sexton apuntó aquello de que «una mujer es siempre su propia madre». ¿Qué tiene de maternidad la poesía?

- Es, en palabras de una poeta como Esperanza Ortega una «amiga» que nos acompaña, es la posibilidad de un diálogo con nosotros mismos, es dejar que la poesía nos atraviese para decir aquello que ni siquiera imaginábamos que necesitábamos o podríamos llegar a decir. Las palabras del poema llegan más lejos que nuestra planificación, nos mecen, dejarse atravesar por la poesía es como llegar al centro de un mundo y ese mundo empieza en el canto y el vaivén de la madre. Y son un refugio, un lugar en el que crecer, un encuentro y una anagnórisis, un autodescubrimiento.

 

“Muchas de las poetas más jóvenes se han lanzado de cabeza a una poesía celebratoria del yo”

 

- Pienso en los poetas confesionales. ¿Cómo saber si hay demasiado «yo» en un poema, como sucede con Olds?

- Bueno, Olds no es exactamente una poeta confesional como lo son Plath y Sexton. Olds se basa en su vida familiar y privada como punto de partida de su poesía, pero se eleva muy por encima de su biografía. Solo hay que leer su Satán dice, que empieza con un poema sobre la tentación del diablo para que ella reniegue de sus padres con palabrotas y acaba con el descubrimiento de que el amor va más allá de la herida que estos le infligieron, o su libro El padre, que describe el diario de la enfermedad y la muerte de su padre, su conmoción, el estar cerca del cuerpo desnudo de un hombre que siempre fue severo y distante, la lenta corrosión de su cuerpo, la condolencia y la conmiseración más que el amor que despierta ese lento apagamiento convierten ambos libros en universales. En el Abecedario, que se puede encontrar en Youtube, Gilles Deleuze nos dice que quien escribe sobre su infancia escribe sobre un niño, así, con el artículo indefinido delante, y ese niño viene a convertirse en símbolo de la infancia, y por tanto en símbolo universal. Pero es cierto que las poetas de hoy estamos obsesionadas con excluir el yo de la poesía, es un problema lingüístico: si un hombre dice «yo» se refiere a toda la humanidad, si lo hace una mujer, se refiere solo a la mitad de la humanidad. Como digo en uno de los ensayos, no hay que eliminar el yo, sino solo elidirlo, tangenciarlo, aun si se cuenta una historia personal. Muchas de las poetas más jóvenes en cambio se han lanzado de cabeza a una poesía celebratoria del yo. 

 

“Sin distancia, el poema se vuelve confesional y deja de ser ese símbolo que se pretende universal”

 

- Usted habla de cierta distancia en la ética de algunas poetas (Barnes, Pastan, Forché…) ¿cómo afecta esto al resultado del poema?

- La distancia es fundamental, pero hablo de una distancia poética, no ética, y la distancia la ofrece la máscara de la poesía. No me refiero con ello a ponerse una máscara de poeta, sino a crear un espacio, un margen con el lenguaje, para que el poema llegue más eficazmente al lector. Una de las grandes creadoras de distancia fue Elizabeth Bishop, la exactitud descriptiva, la minuciosidad, el trabajo de lenguaje que debía sin embargo dejar el poema acabado como si fuera recién creado, límpido, y el final abierto fueron puntos fundamentales y referentes para las siguientes generaciones de poetas mujeres en Norteamérica. Sin distancia el poema se vuelve confesional, la experiencia privada y deja de ser ese símbolo que se pretende universal.

 

- El trabajo de Alejandra (Pizarnik) con el lenguaje, nos llevó a la encrucijada archifamosa del «si tengo agua, ¿beberé?». ¿Es insalvable la brecha entre el mundo y la palabra?

- La cita exacta es «No / las palabras / no hacen el amor / hacen la ausencia ¿Si digo agua beberé, si digo pan comeré?», Alejandra se refiere a que la palabra no produce formas, y se plantea por tanto la utilidad poética, como decías antes la distancia y la interacción entre vida y escritura, aunque la base de la vida de Pizarnik fue solo la escritura. La palabra poética, el poema, sí nos da algo, ya sea una especie de consuelo, de sustitutivo, de conocimiento de nosotros y de nuestro entorno, una religación a la vida como decía Sofía de Mello en sus poéticas. Paul Celan hablaba de encuentro, un encuentro clave con ese lugar abandonado de la infancia, con un hogar. En cierto sentido, es la más alta dosis de espiritualidad que puede ofrecérsele al ser humano, a veces pienso que más que la música, porque hay una concreción en palabras de la que la música carece.

 

“Escribir es una fuga del ahora más que una nostalgia”

 

- ¿La poesía surge siempre de una pérdida?

- La vida misma es siempre una pérdida, el tiempo lo es, pero la poesía busca tanto fijar algo y volverlo permanente, ya sea un recuerdo, un amor, una incorruptibilidad, una inocencia, como huir de ello. Escribir es una fuga del ahora más que una nostalgia. Es también un pasado que, más que revisitar, se reconstruye, se reordena. Escribir es por tanto la posibilidad de la construcción de un mundo propio.

 

- ¿Cómo se relacionan deseo y melancolía en la voz poética?

- La poesía está compuesta de valores contrastados, deseo y melancolía son los dos polos extremos con los que englobamos sentimentalmente un espacio poético, y ambos son necesarios para la construcción de ese mundo del que hablaba antes. La poesía lleva en sí siempre un sentimiento de doble dirección. 

 

- ¿Cuánto de plegaria, de oración contiene el poema?

- Permíteme en este caso que te responda con un poema del primer libro de mi trilogía Tuvimos, de 2013 publicado en Bartleby, “El calor”: “Dentro de la casa, al alba / te refriegas los ojos como el caballero / que ha velado sus armas / ha ardido el fuego toda la noche / y ahora solo deseas dormir / Ha sido una larga espera de tres lustros, / te detienes, piensas por un momento / en tu vasto cansancio/ Pero hoy es mucho más, / se remonta hasta la imagen legendaria de un guardián / que hiere tu cuerpo con su lanza / Viste fracasar la entrega tantas veces, / tantas veces fueron inútiles las cartas / enviadas a Dios / ¿Hay suficiente calor en la habitación? / Con cuidado doblas tu ropa / y la dejas sobre la butaca, / los zapatos bien alineados al pie de la cama / protegerán tu sueño / Mañana la carta que escribas / no será ya una oración”

Todo poema lleva implícito un rezo ofrecido a alguien o a algo. Pierre Reverdy decía que él no escribía para sí mismo, no escribía para los demás, le escribía a (la cursiva es mía) los demás, aunque no sabía exactamente a quién. Ese cambio en la preposición es más que significativo. Le hablamos a alguien, sea a otro, a nosotros mismos o a un espacio indeterminado, y ese susurro es casi una oración.

 

- De los muchos nombres propios que deambulan por estas páginas (Sharon Olds, Louise Glück, Linda Pastan, Leveroni…), ¿por cuál siente especial fascinación?

- Esto es como preguntarle a un niño pequeño a cuál de sus padres quiere más. Pero lo cierto es que las poetas que recojo en el libro me han fascinado en un momento de mi vida, cada una de ellas ha tenido su espacio porque cada una domina su poesía con su toque de personalidad. Leveroni era familia política lejana por parte de mi abuela paterna, de la que rescaté de la biblioteca de Cataluña parte de su obra inédita, la traduje y la publicamos en Igitur. Linda Pastan me fascinó cuando la traduje con Susan Schreibman, (una compañera de la clase de Traducción que daba Michael Tregebov, en el Instituto de Estudios Norteamericanos de Barcelona), a finales de los ochenta y principios de los noventa, y mucho después en la antología que publicamos en Igitur, cuya traducción hice con Jonio González. Pastan me fascinó por la limpidez de sus poemas que ella sin embargo confiesa, en una entrevista, corregir cada uno al menos un centenar de veces, siguiendo la recomendación de Bishop, esto es, trabajar a fondo el poema, pero dejarlo como recién acabado de escribir. Djuna Barnes en cambio tiene una poesía inteligente y hermética y a la vez es una pionera de la poesía de la sororidad en su libro de 1915 El libro de las mujeres repulsivas, una antología con figuras de mujeres prostitutas que desean amor, de viejas maltratadas y gastadas por la vida, destacando las de varios cadáveres, un libro que muestra una compasión hacia el propio sexo, anticipativo de lo que una Adrienne Rich y sus compañeras de generación harán después ya a mediados de siglo. Y, como he dicho, una generación más tarde estas autoras del medio siglo propician la obra de una Sharon Olds que convierte su poesía en testimonio de los secretos de una familia, incluso sexuales, que es absolutamente único. Todas estas poetas me influyeron a la hora de escribir la trilogía, todas ellas tienen un alto concepto de lo que es la responsabilidad poética, así como la ética. Antes de la trilogía, en cambio, centraba mis lecturas sobre todo en los poetas centroeuropeos y antes en los españoles y latinoamericanos, pero también en alguna poesía popular africana como la del Alto Atlas o la malgache, a las que traduje al castellano desde el francés. En la poesía anglosajona puede que la diferencia se encuentre en la concreción de ideas, una cierta materialidad que engloba asimismo al paisaje, y que, aunque sale de la conciencia del cuerpo, la toma de conciencia suele ser tardía. La propia Rich dice que sí misma que a ella le costó media vida averiguar que escribía desde el punto de vista de una mujer de raza blanca, de mediana edad, que vivía además en el país más poderoso y a la vez más peligroso de la tierra.

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

Entomología canónica

7 de agosto de 2026 11:58:11 CEST

El lector de Justo Navarro (Granada, 1953) sabe del carácter experimental y casi ciberpunk de parte de su obra. Podemos encontrar en el ensayo El videojugador. A propósito de la máquina recreativa (Anagrama, 2017) o en dos de sus últimas novelas, la celebrada DumDum, estudio de grabación (Anagrama, 2024) y la fascinante Gran Granada (Anagrama, 2015), efluvios de una Granada noir y ucrónica, con ecos de William Burroughs o J. G. Ballard. Navarro, seguidor de primera generación de los autores contraculturales, podría estar en el catálogo de una STAR books perfectamente. 

Su obra poética, abundante, incluye Un aviador prevé su muerte (1986, Premio Nacional de la Crítica), Mi vida social (Pre-Textos, 2010) y la más reciente, Chico católico (Pre-Textos, 2026); que toma el título de un verso de Jim Carroll, uno de los elementos menos conocidos de la no-wave neoyorquina de finales de los setenta, pero que por su relación con los últimos beatniks y autores como Lou Reed o Patti Smith deja clara su intención primaria. Para ello una cita inicial, palabra de David Cronenberg, en su época de adaptación de El almuerzo desnudo de William Burroughs; avisa de la intoxicación de lírica entomológica frente a la que nos vamos a encontrar. 

El lenguaje, la carne, la infección, pierde su condición de enfermedad para tomar el estigma de la transformación. Navarro prefiera las letras para la organización del libro. Un poemario que evita los ordinales y cardinales. Así que en la parte A. enumera alguno de los protagonistas: niño y avispa, hombre del domingo, otro guiño a Cronenberg con la carne viva como santo Vial, nueva carne y la zona intermedia, donde los insectos encuentran la parte lúdica de la morfina. El impacto de las imágenes de Justo Navarro es profundo: "El niño-larva duerme cada noche en un nuevo expediente". Una letra tan grande, una letra que muta, con la edad, crece, de niño a carne, de carne a niño. Dos poemas consecutivos, cita del primero: "La oscuridad vacía de los ojos cerrados para ser lo invisible" y la energía legal del siguiente, donde las motivaciones hacen del libro un manual discursivo de lo orgánico y lo químico. Es este uno de los mejores poemarios del año, impresiona esa manera en la que Justo Navarro se acerca a la turbia lírica de la que también bebió el primer Sergio Algora, ojos y boca de José Miguel Ullán, collage de ciencia y numismática dérmica al modo de Agustín Fernández Mallo. Leemos: "Pero dónde tú estás no hay aeropuertos/y un megáfono invita a dejar la ciudad/y el niño insecto escucha las avispas, el vuelo". Super 8 en color, el grano de una vida antigua, una vida que puede quemarse, el proyector que atrapó a Iván Zulueta y toda su corte de vampiros arrebatados. Su mutismo es una banda sonora de una vida sepia. Al leer el libro la mirada nota cómo los poemas arden. ¿Cómo salvas la vida de un niño insecto? Esa es una pregunta que atraviesa el libro, que te lleva a otras lecturas, estricnina para el vigor sexual y veneno de belladona para afilar las pupilas. El tiempo como agente extranjero. El tiempo fuera de la pelea, de la norma cartesiana: "Esa manera de entender el tiempo/en la nave espacial de las enfermedades terminales". ¿Quién se queda con el puesto eyectable del piloto cuando se produce una emergencia, un apocalipsis? Tener una plaza asegurada para la fuga: "Si la fábrica/de silencio trabaja a su potencia máxima y los miedos/al pasado, al presente y al futuro firman su triple alianza/y el chiquillo descubre que es el bicho/que morirá al principio de la novela de misterio". A esa hora, como si el mundo estuviera conectado: "Detectó el interrogador una mota de polvo en el blanco de ojo" o "Me abría paso a tiros a esa hora en un callejón de Beijing". Detener la existencia una habitación. Alquilar otra vida para que no sufra tu cuerpo con cargo a la fiesta de otro domingo químico: "Me vio en un bar el funcionario/que en de dientes tienes avispas/en aquel tiempo el farmacéutico/me vendía oxicodona/y cada escarabajo me dio la comunión/en pastillas de diez miligramos". Por un instante recordar los tiempos del desamor en Tokio. Escuchar cómo la asamblea de insectos celebra sus sesiones en el cráneo del poeta: "Y tiempo coagulado, la vida era más larga, /la disolución iba a otra velocidad". 

En el B. El segundo apartado, tomo nota: "A describir centímetro a centímetro/las paredes en blanco" y leer "La ultravida es posible, anunció el hombre del domingo". Los insectos y sus termitas, fractalizando la sensación de parasitismo entomológico. Poema 27: "Entonces yo vivía en un apartamento de cuarenta metros cuadrados/y vivían en mí unos ciento doce mil habitantes". Hablamos de números enteros y nos viene a la cabeza la imagen de Luis Buñuel escribiendo en el palacio de hielo alguna de las normas básicas que acompañan a Justo Navarro en el libro. En la paranoia, las antiguas policías secretas, se lamenta: "Nunca conseguí que me pincharan los teléfonos" y allí, rasca el cielo, rasca el suelo, bésame, no me desees solo paranoia. Cirujanos, niños, avispas, personas, amalgamas que se oxidan, entra carne y entra metal,  herramientas herrumbrosas que construyen el poema. Resulta impresionante, cómo sobrevuelan, al llegar a la parte C, la última, una letanía angelical entre la hermana Ray y un regalo de viola desenfada y anfetamínica cuando aparece la palabra batiscafo. "Viajamos en un tren toda la noche y no salimos de la noche". Luces intensas, neón sagrado que se acercan y confunde. Por un instante dudas si el tránsito válido es del hombre a insecto o viceversa. Ojos como entrada para imágenes y también para parásitos, que se alimentan, sedientos de lo que la persona mira: "Conmigo se venía mi doble con su doble". Quizá el cloroformo nos transporte a una línea temporal alternativa, un estado cuántico diferente donde se ha normalizado la poesía de Navarro y se enseña en los colegios, mientras tanto, el caos y la manipulación, tecnológica y orgánica, son las herramientas con las que la lectura de este magnífico libro se hace más accesible. Uno de los grandes libros de este año, fuera de corrientes, profundamente salvaje, asimétrico en lo formal. Más bien destructivo. Fascinante. 

 

Justo Navarro, Chico católico, Valencia, Pre-Textos, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Tomando prestado el aliento de Miguel Hernández, el escritor José Manuel Querol (Madrid, 1967) pespunta un libro entreverado de lo académico, lo confidencial, lo político, lo íntimo, lo personal, lo histórico, lo actual. Todo ello con un tono apasionado, por momentos irónico, de vuelo lírico. Un ensayo que abre la posibilidad de un diálogo común: No soy de un pueblo de bueyes (Trea).

 

- ¿Por qué tomar partido siempre por los que pierden?

- Es una decisión personal, casi una actitud, y perdóname la expresión, romántica. Quien pierde no tiene control sobre el relato, y está a merced del ganador, que lo impone, y por eso, porque la imposición sobre la realidad es un abuso del yo triunfante, me causa recelos, lo que, por otro lado, no le da a la interpretación de los que pierden mayor fundamento, pero los hace más sólidos (porque su relato está cuestionado siempre por el vencedor) a quien busca la empatía, que sabe de los enredos de la soberbia y de la justificación de los horrores y duda por eso siempre de los relatos hegemónicos. La realidad histórica es un laberinto en el que sólo hay matices de grises y una insustancial sospecha en la que se entrelazan hechos, documentos, arqueología y todos los demás eventos probatorios con las intenciones, la finalidad del relato, la voz autoral y sus vivencias personales además de otras muchas cosas. Es una decisión arbitraria porque la memoria histórica está hecha con relatos inconstantes y parciales, experiencias, narrativas familiares, historias tejidas con lecturas, prejuicios, contexto social en el que vivimos en cada momento, ideología propia y heredada y miedos. Por eso, la visión de los perdedores, aún siendo probablemente también cuestionable, tiene algunos asideros en esos documentos y hechos que sí puedo constatar, y no tiene la sospecha de la afirmación de una justificación de los horrores que suele contener siempre el relato de los vencedores. Es verdad, el relato de las víctimas tampoco es fiable, pero lo es más que el de los victimarios.

 

“La historia no es más que un relato construido con los vestigios materiales de los hechos”

 

- Usted distingue memoria (con sus fugas —o entropías—), algo más maleable, de la historia, una narración más certera. Pero, ¿acaso la historia no la cuentan los vencedores? ¿Y qué hacemos con el revisionismo histórico? ¿No deja de ser, la historia, una dama de compañía que tiene un ratito para cada uno que quiera estar con ella?

- La Historia no es más que un relato, pero es un relato construido, si se hace honradamente, con los vestigios materiales de los hechos, con el análisis de las consecuencias que estos tuvieron y con la posibilidad que da el ser siempre escrita a posteriori de facilitar un plano por el que deambular. Nada es fiable en la vida humana, por supuesto, pero hay cosas que no pueden ser puestas en duda si aceptamos la lógica y los hechos, los documentos y las fosas de los muertos que excavamos y, sobre todo, el juicio del tiempo, que con ojos nuevos puede valorar los engaños y argucias del relator de los hechos y sus aciertos también. La memoria es otra cosa, mucho más complicada, y en la memoria se incardinan como en una función matemática, la propia biografía de quien la ejercita, su carácter, sus inclinaciones y convicciones, la memoria familiar y los relatos que le han sido transmitidos por padres, abuelos, amigos, y que el sujeto incorpora a esa memoria, lo estudiado en los libros, que depende del contexto social en el que ese sujeto ha vivido, , el propio presente del individuo que modifica en virtud de este su propio pasado y su memoria. En fin, muchas cosas, pero, además, la memoria no necesita ser una ciencia, es emocional, y la Historia debe huir sin embargo de las emociones. Sí, la Historia es esa dama que tú dices, es un relato hecho por un hombre que tiene su propia memoria emocional, pero que puede ser discutida, corregida o valorada por otras memorias personales y por la materialidad de los documentos y los hechos que son el argumento donde debe avalarse ese relato. La Historia la cuentan los vencedores, pero la Historia tiene una vida más larga que la de los que contaron su relato, y es ese juego de las generaciones contradiciendo o avalando los relatos previos lo que va aquilatando el juicio del tiempo.

 

“La civilización se construyó como una gran mentira para sobrevivir”

 

- ¿Cómo se reconoce la verdad?

- Esta sí que es una pregunta difícil. A lo más que podemos acercarnos, o eso creo, es a un compromiso, como el «baciyelmo» de El Quijote, que es una bacía de barbero y también un yelmo, eso ya lo sabía Cervantes, pero sí hay algunas cosas que permanecen incólumes ante los relatos. Permanecen las fosas comunes, con sus esqueletos a los que la luz del sol pone fecha y misericordia, permanecen las cárceles, permanecen las actas de los juicios sumarísimos, permanecen las fortunas hechas con latrocinios, permanecen muchos indicios que, al menos, pueden plantear una hipótesis plausible sobre la verdad, que será como una pintura al fresco, rápida, sin posibilidad de detalle, quizás, en la que luego pueden pensarse múltiples correcciones a lo que el artista hizo, pero que sí permiten poder ser consideradas un dibujo de esa verdad que queremos conocer, y sobre todo, el tiempo, destructor de la soberbia de los hombres; cuando ya nada importe y todos los que fueron fusilados y sus nietos, los que se enriquecieron y sus nietos, los que se asociaron con ideas que el futuro dirá que son erróneas o tuvieron sentido y sus nietos estén muertos, cuando ya nada de eso importe ni haya quien pueda sentirse responsable de las barbaridades que hace el hombre, quizás ese tiempo corrija a los historiadores y las memorias de los que se acerquen a los tiempos en que la humanidad se volvió loca e insensible, que son casi todos los tiempos desde que la civilización se construyó, esta sí, como una gran mentira para sobrevivir.

 

“Nosotros no somos responsables de lo que hicieron nuestros abuelos”

 

- ¿De qué depende que uno quede en paz con sus mayores (su familia) cuando estos han sido próximos al mal (fascistas, franquistas, caciques…)?

- Pues no lo sé. Yo, por suerte, no tengo que enfrentarme a esa pregunta en mi memoria familiar, o al menos, eso creo. Quizás la pregunta deberías hacérsela a Cercas, que se ha enfrentado con ella, y su respuesta es realmente ambigua, un ejercicio desesperado por vincularse al relato familiar desvinculándose al mismo tiempo de él, pero no es un problema moral. Nosotros no somos responsables de lo que hicieron nuestros abuelos. Tengo amigos alemanes cuyos abuelos colaboraron con los nazis, fueron nazis, pero ellos no tienen responsabilidad alguna por ello, la tienen por los actos y la voluntad que empeñen en que un horror así no pueda volver a suceder, y tienen también la responsabilidad de devolver aquellos frutos que su familia obtuvo con el crimen, o al menos de intentar reparar con ellos el mal que se hizo. No todos los fascistas tuvieron igual responsabilidad, los hubo asesinos, corruptos, y que se libraron de pagar por sus crímenes, pero también hubo hombres que se equivocaron, que se dejaron seducir porque tenían hambre, porque tenían miedo, porque vivieron experiencias horribles que les lanzaron al otro lado del terreno de juego, hay muchas causas por las que los hombres nos equivocamos y acabamos ayudando al mal a vencer. Con los caciques tengo menos dudas, en ellos el pecado es la soberbia y la avaricia, y eso sí es una decisión personal y consciente, lo otro, la renacionalización del proletariado que se ejerció como programa de ingeniería social en el nazismo, y que ahora tiene también sus ejecutores, condena a los impulsores de este, pero creo que el obrero, el campesino, el ama de casa a la que le inoculan el gen del odio, y que puede constatar su miseria objetivamente, sólo son seres humanos que no tienen el horizonte completo a la vista, que juzgan, quizás egoístamente, no lo sé, en función de su desesperación y de sus anhelos, que necesitan que alguien les confirme que el futuro será suyo, que el mañana les pertenece, y por eso, engañados, acaban por hacerse franquistas o fascistas, colaboradores, no sé si del todo conscientes, del mal.

Los nietos debemos entender, con buena voluntad, que nuestros abuelos no fueron santos, como nosotros tampoco lo somos, y que a ninguno se nos puede pedir el martirio por la humanidad. Debemos aceptarlo, reconocer que el mundo es muy complejo y que, a toro pasado, todo queda más claro, pero que en medio del combate nada es estable ni cierto, y dejarlos en paz. Otra cosa es la que afecta a los nietos de los dirigentes, de los criminales, de los asesinos, a ellos les diría que sí deben hacer público que su memoria familiar está manchada de sangre y que ellos están dispuestos a intentar reparar el daño, pero eso es una ingenuidad por mi parte. La soberbia de clase, la presunción de que ellos están tocados por la divinidad y por la Historia hace, salvo en contadas ocasiones, imposible la reparación. Con ellos no se puede contar para nada.

 

“Al final, la desmemoria triunfa siempre y el mundo se convierte en un objeto muy diferente del que fue”

 

- Si la desmemoria, como usted apunta, es una virtud, ¿eso que llevamos de ventaja respecto de la inteligencia artificial, incapaz de ella..?

- La desmemoria puede ser una virtud, eso depende. Es verdad que, al final, la desmemoria triunfa siempre y el mundo se convierte en un objeto muy diferente del que fue, pero mientras dure el dolor, mientras el recuerdo sangre, la desmemoria es muy difícil. Es verdad, los franceses ejercen una desmemoria muy particular, ensalzan una resistencia que casi no existió, y la que existió fue cosa de comunistas y de exiliados españoles en su mayor parte, y se olvidan del colaboracionismo, que fue la norma. No sólo les pasa a ellos, les pasa a casi todos los pueblos que se avergüenzan por una u otra razón de lo que hicieron (también aquí, en España) y resuelven el relato como mejor conviene al tiempo en el que este se redacta de nuevo. Pero sí, la desmemoria puede tener algún sentido si lo único que se quiere es poder avanzar hacia el futuro cuando no puede resolverse con consenso el pasado. Pero el hombre deshistorizado que pretendió la Unión Soviética también fracasó porque nada que no se resuelve del todo acaba por desaparecer, y cuando regresa a la memoria, además, lo hace desnaturalizado, tergiversado, y ofrece otro relato falso y consecuencias presentes. El pasado no puede condicionar el presente, pero lo hace, y lo hace por esa necesidad soberbia de épica de los pueblos y por esa condición mítica que les impide reconocerse como humanos, falibles, obligándonos a todos a construir relatos en conflicto con los hechos, a establecer un modelo mítico de la Historia, y no político, no digamos simplemente humano.

No debemos equivocarnos, la inteligencia artificial tiene una memoria selectiva, y esa es la del programador, Las bibliotecas tienen mejor memoria porque, en cierto sentido, acogen multitud de programadores, cada uno con su propia memoria, pero la inteligencia artificial comete errores, unos forzados y otros no, pero los comete, y su juicio es ideológico, lo que es normal, pero quiere venderse como verdad absoluta, como si fuera el pensamiento de un extraterrestre al que le da igual lo que pensemos sobre un hecho y él sólo relatase verdades, y no es cierto, la inteligencia artificial es un instrumento humano, y posee todas las virtudes y todos los defectos del humano que la crea, y por el momento, sus creadores son muy poco fiables, observan una finalidad que da hasta miedo. Cui prodest?

 

“El nacionalismo es una lacra, sea este cual sea, pero necesita de relatos y de héroes”


- ¿Hasta qué punto los mitos patrios (Pelayo, Blas de Lezo, santa Teresa, Verdaguer, Ibn Arabi…) conforman el sujeto común? Y el individuo, ¿necesita también de sus propios mitos para construir su identidad?

- Los mitos quieren ser el alma de ese sujeto común, pero ninguno alcanza esa categoría, de hecho, tengo mis dudas de que ese «sujeto común» exista. Los héroes forman parte de una arquitectura que no va más allá de 1780, cuando empiezan a pensarse en serio los nacionalismos, y son usados en función de generar un tipo de relato u otro que aglutine al pueblo como una unidad que, de hecho, no existe. Es verdad que antes también se fueron forjando mitos, y la iglesia participó activamente en su construcción con un interés más general, si se quiere, pero igualmente político (piensa en Jiménez de la Rada y Castilla). Los mitos que mencionas son la intensión semántica y política de diferentes intereses económicos y de dominio mucho tiempo después de que todos ellos murieran, y su relato es espurio, no tiene nada que ver con ellos mismos. No sabemos quién fue Pelayo, dudamos de si la batalla de Covadonga fue batalla, escaramuza o simplemente una invención. ¿Pelayo formaba parte de la corte de Toledo afín al rey Rodrígo o fue un héroe plenamente asturiano? Quizás Pelayo es el mito más cercano que tenemos al rey Arturo britano, pero lo construyeron con la idea de servir a la unidad cristiana primero, y luego como símbolo intensional de la unidad de España, de sus orígenes, como Blas de Lezo, un ilustre marino, sí, y un guerrero terrible, pero no podemos atribuirle la unidad de España per se como anda haciendo últimamente la ultraderecha. Hay mitos más locales, nacionalistas, que han ido construyendo mitologías soberanistas alternativas a la de España, como las del nacionalismo vasco, con sus gudaris, las del catalán, como Rafael Casanova, o los de una Andalucía soñada, inventada, como decía Gil Benumeya, y todos ellos, si uno rasca en sus vidas, nos muestran seres humanos que actuaban movidos por los vientos de la Historia, no eran mitos, eran hombres, sólo hombres. El nacionalismo es una lacra, sea este cual sea, pero necesita de relatos y de héroes, necesita una épica pura y mística y construye ejemplos, como el Cid o Jaime I, Roger de Flor, el que sea, para reunir en torno a ellos un esfuerzo que es futuro, no es el esfuerzo de aquellos hombres.

Los individuos hacemos algo parecido con nuestra genealogía familiar o nuestras querencias políticas, incluso deportivas, futbolísticas (ese mito de los once aldeanos ganando un mundial que tan bien explica Pablo Batalla en Los nuevos odres del nacionalismo español), pero, si uno lo piensa bien, no los necesitamos. Uno puede apoyarse en un referente moral, ético, que guie sus pensamientos y sus acciones, pero mitificar al personaje es despojarle de su sentido humano, y se traiciona así incluso todo lo bueno que podía ofrecer a quien le admira. La santificación es un pecado patrio, tanto como la demonización, y se ejerce individual y colectivamente sin medida alguna, lo que siempre es muy peligroso y, sobre todo, genera una realidad falsa.

 

“La guerra se puede ganar o se puede perder, pero siempre será un fracaso”

 

- La «memoria de un fracaso», como califica la Guerra Civil, ¿es más útil o más auténtica que otro tipo de memorias?

- ¿Hay alguna guerra civil que no sea un fracaso? ¿Hay alguna guerra que no lo sea? Decía Clausewitz que la guerra es la continuación de la política por otros medios, y la guerra se puede ganar o se puede perder, pero siempre será un fracaso. Eso lo entendieron también muchos de nuestros intelectuales en la postguerra, incluso aquellos que habían estado en el bando franquista, piensa en esa «poesía desarraigada», sólo los idiotas hacían sonetos al Imperio español y los publicaban luego en revistas como Garcilaso o Arbor. La utilidad o no de la memoria sobre la Guerra Civil tiene que ver precisamente con eso, con su consideración universal como fracaso, sólo algunos con intereses muy personales o de clase se atreven a establecer discursos triunfalistas y a darle una dimensión de necesidad histórica vital, algo que últimamente escucho de vez en cuando con demasiada alegría. Una memoria que conciba la guerra civil como una necesidad histórica, como una consecuencia de los peligros que España sufría en aquella época, como el resultado de la necesidad de salvar a la patria es una memoria fraudulenta, y peligrosa.

 

“Las comunidades humanas son grupos depredadores siempre”

 

- ¿Por qué «no hay pueblo pacífico»?  ¿El héroe, cualquiera, tiene tras de sí un reguero de sangre?

- Porque no lo hay, las comunidades humanas son grupos depredadores siempre. Cuando los nazis inventaron aquello del «espacio vital» no estaban inventando nada nuevo, sino siguiendo los patrones que estaban perfectamente integrados en la Historia de los pueblos. ¿No fue un depredador el Imperio Británico? ¿No lo fue el español? Y si quieres, nos remontamos a Gengis Khan, a Roma, a Persia o a quien quieras. ¿No es un pueblo depredador el del «Destino Manifiesto»? Todos ellos comparten con los nazis eso del espacio vital, y para asegurárselo deben quitárselo a otros, someterlos, esclavizarlos. Es parte de nuestra naturaleza, los antropólogos han encontrado alguna tribu aislada que parece no poseer ese gen, pero ni siquiera están seguros de que sea así. Hay que aceptarlo, para que un europeo o un norteamericano pueda cambiarse de coche cada cuatro años deben esclavizarse siete habitantes de eso que llaman «tercer mundo», y el capitalismo es quizás su instrumento contemporáneo ahora que no es tan fácil, al menos para los europeos (no así para los norteamericanos), invadir países y privarlos de sus recursos. Y para ejercer el supuesto derecho al espacio vital hay que sacrificar hombres, soldados, y hay que ofrecerles héroes que participen de esa característica general de toda la épica indoeuropea, el «pathos», el sacrificio del héroe por el pueblo, como Beowulf, como Rolland, como Rodrigo Díaz de Vivar o Eloy Gonzalo, que además se asimila al héroe que nace del propio pueblo, como Daoiz o Velarde, Manuela Malasaña y hasta María Pita. Todos muertos con las manos ensangrentadas.

 

“Las fotografías son, en cierto sentido, la prueba de que hemos vivido”

 

- Usted nos comparte alguna fotografía personal. ¿Qué hemos perdido al capitular con los teléfonos y llevarlas en ellos, pero no tenerlas al alcance de la vista, reveladas?

- Pues no lo sé, supongo que este es un cambio de hábito que puede afectarnos, pero, por otro lado, también llevamos todos nuestros recuerdos en el bolsillo, los compartimos con otros en el parque o en el bar. Las fotografías son, en cierto sentido, la prueba de que hemos vivido, la prueba de haber estado en lugares, de haber brindado con otros o haber estado en la presentación de un libro con nuestro escritor preferido. Antes había que pensárselo para hacer una foto, era costoso y arduo. Había que comprar la cámara, llevarla, revelar las fotos que tenían un precio, ahora sólo hay que pagar un buen móvil con cámara y lanzarse a una orgía de recuerdos desordenados que nos siguen allá donde vamos. Lo que sí es cierto es que son importantes por eso que te digo, prueban que hemos vivido, lo prueban a los demás y nos lo prueban a nosotros mismos. El instrumento que usamos es sólo coyuntural, tiene ventajas e inconvenientes, pero es accesorio.

 

“Todo tiempo genera sus relatos, sus referentes, sus héroes y sus villanos”

 

- La postmodernidad, ¿también nos legará sus propias leyendas?

- Todo tiempo genera sus relatos, sus referentes, sus héroes y sus villanos. La postmodernidad querrá competir con otros tiempos y alegará con Warhol, con Lyotard, con Kundera, y alguno de ellos permanecerá en la memoria de la Historia, pero yo creo que la postmodernidad es tan frágil como leve es el individuo de Kundera, y los Laclau, Agamben o el divertido Žižek creo que tendrán un papel muy secundario en la narración de este tiempo, sin con ello querer empequeñecer su obra, sino por el manoseo y manipulación continua que de ellos hace el rebaño universitario.

Hay quien dice que la postmodernidad ya ha pasado, y que ahora habitamos un neobarroco cansado, y puede que tenga razón quien piensa así. La Escuela de Frankfurt se empeña en querer rescatar una Ilustración de la que reniega el pueblo después de que los sistemas educativos lo hayan convertido en otro rebaño de ovejas, El pensiero dévole no quiere tirar al niño con el agua de la bañera, pero no pasa de hacer análisis, ciertos pero inútiles, del mundo en el que vivimos. De la tercera escuela de la postmodernidad, sin embargo, me parece que tendremos que seguir teniendo noticias, los pensadores de la decadencia; es como si Nietzsche, el peor Nietzsche, se hiciera omnipresente y quisiera arrasar con la Ilustración y generar un iluminismo político y cultural que a mí me asusta, lo que no sé es en qué se transformara este pequeño monstruo, si en león o en niño. Spengler y su progenie están al acecho para desbaratar el mundo en el que llevo viviendo 60 años.


“Los seres humanos necesitamos de estructuras simbólicas entrelazadas para poder entender la naturaleza, nuestra cultura, la biografía de cada cual”

 

- ¿Qué papel cumple, si es que se le reserva alguno, lo sagrado en nuestras sociedades?

- No sé si esta pregunta debo intentar responderla pensando en la creencia o en la estética. Lo sagrado, creo yo, forma parte connatural de nosotros y de la cultura, es una forma simbólica para entender el mundo, y es difícil, además, prescindir de ello, porque los seres humanos necesitamos de estructuras simbólicas entrelazadas para poder entender la naturaleza, nuestra cultura, la biografía de cada cual, y la política debe estar armonizada con la religión tanto como con la economía. Si el capitalismo es luterano, y el luterano es capitalista, es por algo, pero creo que esta no es la respuesta. Yo estoy de acuerdo con Trías y su filosofía del Límite, él piensa que los seres humanos habitamos en el límite entre la materialidad y lo invisible, lo misterioso, y por eso necesitamos de ambas dimensiones. El problema es la estetización del mundo y de nuestras vidas. He oído decir que la espiritualidad repunta porque Rosalía ha hecho una mala canción, como casi siempre, o porque una directora muy moderna ha hecho una película sobre querer ser monja e ir a misa los domingos. Eso no tiene nada que ver con lo sagrado, ni siquiera con la espiritualidad, sino con una moda para pijas con título nobiliario o con ganas de que las crean Madonna (a Madonna le pasa lo mismo). Me encantaría ver a esos «nuevos» creyentes pasando un año en un monasterio de Soria o en una misión en Burundi, y luego podríamos quizás ponernos a pensar sobre ello. Porque ese ejemplo, que no pasa de ser una banalidad más, es el modo en el que en esta modernidad se expresa, a través de la estetización del mundo, su emocionalidad, a través de una experiencia performativa de una ciudadanía en shock, como la describía Benjamin. Una performance no es la realidad, y parece que eso debemos aprenderlo de nuevo, vivimos en un universo virtual donde la vida no es vivida como tal, sino como una serie de Netflix, que luego, apagado el televisor, vuelve y es otra cosa. Lo sagrado pertenece al ser humano desde el principio y permanecerá siempre con él, como el misterio de todo aquello que ama, teme y duda el ser humano, y forma parte de su universo simbólico, forma parte de él, pero con lo sagrado hemos terminado haciendo lo que también quieren hacer y hacen con la ciencia, con el lenguaje (proceso de semiotización primario, lo llamaba Lotman), o el arte, formas simbólicas también, como las llamaba Cassirer, convertirlas en una performance estética que de dinero. Capitalismo antropológico.

 

“Nadie ha entendido qué es ser liberal en España porque nunca lo hemos probado, lo cual no es ni bueno ni malo”

 

- Que en España, según su opinión, no haya liberales, ¿qué explica? ¿Y por qué hay tantos que se reclaman de tal linaje?

- Supongo que eso le da una pátina de modernidad, de europeidad. Aquí no hay liberales, salvo muy pequeñas excepciones. No hubo Revolución Francesa, echamos a Napoleón a navajazos y exiliamos a los bonapartistas, y los únicos franceses que nos cayeron bien fueron los Cien Mil Hijos de San Luis, que vinieron a sostener el absolutismo de Fernando VII. Pero, al margen de ese argumento histórico, aquí lo que siempre triunfó fue (y es) la sociedad tradicional, expresada políticamente en el carlismo y el tradicionalismo. Hay muchos carlismos, pero todos comparten ese odio por el mundo liberal, sea el tradicionalismo casposo que apoyó a Franco, sea el carlismo confederal del pacto dinastía-pueblo evolucionado en autonomismos, soberanismos o independentismos de derechas o izquierdas, que tienen su raíz también en los modelos en evolución divergente del carlismo durante el siglo XX. Los supuestos liberales madrileños no se someten a lógica alguna de mercado, y no pueden atribuirse éxito o fracaso alguno de sus empresas, porque son sostenidos por redes clientelares o familiares, y los partidos españoles que dicen tener una filiación liberal son quizás los que confunden esta con un caciquismo férreo que procede de esos elementos carlistas más reaccionarios. Es muy difícil explicarlo en unos párrafos, creo que me salió mejor en el capítulo que dediqué a ello en No soy de un pueblo de bueyes, pero lo intento. La izquierda autonómica, soberanista o independentista, participa de los mismos elementos de la filosofía política del carlismo que se renovó leyendo a Franz Fanon y rezando con la Teología de la Liberación. Unamuno, antes de todo esto, ya lo expresaba muy bien y se adhería a esa constitución “confederal” que ahora se permite hablar de colonialismo interior o de revisión continua de las relaciones entre las partes del estado, nombrándola como «autodeterminación», de una gestión compartida entre un poder descentralizado y el pueblo que puede autogestionarse considerando sus diversas tradiciones históricas. Ser liberal es estar caminado por un alambre sin red confiando en que el éxito en los negocios nos ponga en la lista de los salvados por Dios, y aquí el estado y los supuestos gurús del liberalismo de derechas ofrecen a los suyos una red fuerte y sólida. Nadie ha entendido qué es ser liberal en España porque nunca lo hemos probado, lo cual no es ni bueno ni malo, el liberalismo tiene ese regusto luterano que a mí se me hace difícil de aceptar, además, el liberalismo del XIX también ha mutado durante el siglo XX y XXI en un leviatán horrible que arrasa en el mundo, incluso, curiosamente, en España, donde en la psicología política y emocional, que no en las instituciones y en el mundo laboral, permite verdaderos absurdos incluso en los individuos que lo defienden.

 

“Los españoles no somos más Quijotes que Sanchos ni más Sanchos que Quijotes, eso es un mito interesado”

 

- Hay dos figuras literarias que sirven de eje a nuestra historia, el pícaro (género que inventamos) y el quijote. ¿De qué depende que caigamos de uno u otro lado?

- Yo creo que todos los seres humanos transitamos siempre por ambos arquetipos, en un sentido, en otro, nos movemos siempre en una línea de dirección o en la otra sin ser plenamente conscientes de ello nunca. El propio Cervantes aclara al final que ambos modos de percibir la realidad se complementan y son necesarios, y lo hace en el lecho de muerte de Don Quijote, cuando Sancho le ruega que no se muera. Don Quijote, ya cuerdo y recuperado como Alonso Quijano, le pide perdón a Sancho por haberle hecho parecer loco como él, y le pide disculpas por haberle contagiado el error de creer en caballeros andantes. Sancho, llorando, le ruega que viva y que no se deje morir por la melancolía. Alonso Quijano reconoce su error y rechaza los libros de caballerías por los que antes se desvivía, llamándolos «mentiras y disparates». En sus últimos momentos, pide perdón a su fiel escudero por arrastrarlo a sus fantasías, pero Sancho, con gran lealtad, le responde que no ha sufrido, sino que ha disfrutado acompañándolo, y le suplica que vivan muchos años más. No, no hay que dejarse atrapar por la melancolía, y aún quedan ínsulas que gobernar y castillos con damas a las que rescatar, aunque el castellano sea un tabernero de una venta y los ejércitos rebaños. Eso importa menos que el juego que nos permite vivir, pero también hay que procurarse un buen zurrón donde la ambrosía sea un buen queso y el bálsamo de Fierabrás venga recetado por un médico.

Los españoles no somos más Quijotes que Sanchos ni más Sanchos que Quijotes, eso es un mito interesado, o eso creo yo. Somos como los demás pueblos de la tierra, soñadores que se dan de bruces con la realidad, con la violencia, el hambre y la injusticia, y realistas como los pícaros, que buscamos hacernos ricos con los cohechos y prevaricaciones que podamos cometer, pero que viajamos hasta nuestra Ínsula en un caballo de madera que vuela.

 

“Los nacionalismos que hoy sufrimos son consecuencia de la globalización”

 

- En un mundo globalizado (en el espacio y en el tiempo), ¿resulta más arduo el sentimiento de pertenencia? ¿Cómo deslindar ese ser parte de los nacionalismos chatos?

- No sé cómo deslindarlo, lo que sé es que los nacionalismos que hoy sufrimos son consecuencia de la globalización, de esta segunda fase que ahoga a los individuos que, refugiándose, buscan el terruño para protegerse de ese leviatán que antes mencionaba y que los quiere disolver en ácido. El fascismo y el nacionalismo anejo nacen del diálogo enfrentado entre las élites globales y las élites locales, que discuten por la posesión de los bienes y de los individuos. La reacción de las élites locales es de defensa, y la defensa es la creación de diferentes nacionalismos que sueñan que nos protegen con los mitos, inventan enemigos internos o externos y nos venden una gloria que no es real. De nuevo un modelo virtual, como digo, no real, de reacción.

Es verdad que el sentimiento de pertenencia es un refugio cuando fuera arrecia el viento y la lluvia que cala, y esa pertenencia puede tener muchos modos de ser, pero todos nos cobijan en un grupo humano, que puede ser una nación, una secta gnóstica o un equipo de futbol, eso es lo de menos. El hombre deshabitado, el hombre en soledad debe ser tremendamente fuerte para afrontar la realidad, y eso es muy difícil, pero ¿por qué hemos de limitar la pertenencia? Las fronteras, como las religiones, son creaciones humanas, no realidades externas que las hayan puesto los dioses como límites al ser. Siempre es posible enfrentar esa orfandad, esa soledad, con otras categorías que no sean restrictivas, que no sean modelos de oposición estructuralista excluyente. A mí se me ocurre la fraternidad, que no limita, que no excluye, y que nos reúne a la especie humana si es capaz de entenderla como defensa ante la soledad del mundo y sus peligros.

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

Victoria de la alquimia y el espíritu

31 de julio de 2026 11:45:39 CEST

La etimología de la palabra nigredo lleva al latín, «negrura», «ennegrecimiento», y al ámbito de la alquimia y los procesos químicos que propician otros de índole espiritual, dando pie a un doble plano de sentido y ocultamiento que Marta del Pozo (Avilés, 1980) explora en este libro de poemas. Hay que decir desde el principio que predomina el blanco sobre el negro, y nos vemos tentados a continuar el título de la primera parte añadiendo la cursiva al entrecomillado: «Desde una estrella oscura», se ve un mundo luminoso y claro. Hay más luz que sombra y no es poca victoria de la alquimia y el espíritu. Y de la poesía, sutil destilación de ambas. Las secciones vienen encabezadas por citas de Roberto Juarroz, y es curioso que un libro compuesto en su mayoría por poemas en prosa, una forma de horizontalidad, se encomiende al espíritu del creador de la Poesía vertical. La paradoja pasa también por exhibir lo más epidérmico en apariencia y ocultar la entraña, mostrar la luz y esconder la sombra; ricas contradicciones en el tramado mítico y formal de este libro espléndido de Marta del Pozo, quien hasta en el nombre lleva incorporado el vacío, un hueco que se nombra constantemente y que, en su vaciarse, constantemente se colma. 

En Nigredo son sobre todo tres las entradas fundamentales a los arcanos, al mundo otro como doblez: dos bocas de acceso situadas a ambos lados del Mediterráneo, Grecia, en el extremo oriental, y Sintra, en el occidental; y a ambas se suma otra entrada más, Varsovia, lo que forma un triángulo casi isósceles en el mapa. Y tres especies de pájaros con su peculiar simbología: los gorriones, el ardor del fuego; el cuervo, heraldo de la sombra; y los vilanos, níveo pájaro que sobrevuela las vías de acceso, las carreteras de nuestra geografía europea, sobresignificada a los ojos de quien la ve desde América. Aunque en realidad todos los pájaros son para el poeta un único pájaro, y, si no importa el país, como leemos en las palabras que abren el libro, tampoco importa la especie aviaria. Lo que se nos prende en la conciencia es la idea del vuelo, iluminando el largo camino de las aves desde sus limosos antepasados reptilianos hasta el dominio de lo más etéreo.

Otra doblez es la del lenguaje. Pero no se trata de metapoesía al uso, sino de una indagación de más calado que tiene que ver otra vez con el doble plano de realidad y de conciencia, the world within and the world without, en palabras de Joyce, traducido por la autora. Un ejemplo es el tercer poema de la segunda parte, que consigue la proeza de sacarle quilates de altura poética a algo tan pedestre como una clase de idioma. El lenguaje es el combustible que quema el ave alquímica de la poesía para levantar el vuelo. Me da la sensación de que la posibilidad de este vuelo en Nigredo se lo brinda la prosa. La metapoesía en verso quedaría más limitada en sus indagaciones. En manos de Marta del Pozo, la posibilidad de posar la mirada en todas las cosas con la democratización retórica que ofrece el poema en prosa, lejos de la jerarquía vertical del verso, lleva el mundo y la conciencia a ser recintos linderos, vasos comunicantes, y así el yo se llena de mundo y viceversa: la poeta queda «desplanetada entera», feliz sintagma de ocupación y vaciamiento. El poema es el «territorio de la simultaneidad», la «transversalidad», y los periodos sintácticos sin interrupción quedan entreverados de los dos planos que busca y menta infatigablemente el libro. Véase el poema que empieza «Pasa el sol por la esquina» para dar con una visión poliédrica, «cual muñeca rusa», que sitúa a la poeta dentro del poema como convidada de piedra, sin voz, gracias al milagro de la mirada. Es un poema que no se resuelve con el árido recurso a la metapoesía, sino con el aporte personal, biográfico, de la mano de la amplitud del periodo sintáctico y la familiaridad de la prosa. Todo un acierto. 

La búsqueda es también la de una nueva femineidad que renueve las armas retóricas de la visión tradicional de lo femenino como oquedad, receptáculo, abrigo del ser en sus latidos iniciales. En ese sentido, titular la tercera parte «Tierra o nada» constituye una apuesta valiente en la enunciación de lo que será, si no tierra nutricia y matricial, la misma nada. Y ahí la poeta da con un nuevo perfil de lo femenino en su más absoluta desnudez que redunda en la idea que apuntamos antes, la de que todos los pájaros son un solo pájaro: «Si me desnudo, perteneceré a cualquier época». Es un empoderamiento que trasciende la circunstancia histórica pero también la convierte en una especie de víctima universal propiciatoria, como se verá en el largo poema de la quinta parte, señaladamente titulado «El pozo», una bajada a los arcanos en la mismísima Quinta da Regaleira, donde, según la leyenda, buscó refugió el exilio Illuminati en la Segunda Guerra Mundial, y donde, cuentan, los gritos de los sacrificados turbaban la mullida paz de las noches de Sintra, puerta del cielo, lugar arcano donde los haya. Es el peaje que se paga al buscar el adentro en el afuera, «la cara oculta de un mundo que fue ventana hacia adentro». 

La última ventana, la de Grecia, es una fragua, no para un dios, sino para un pájaro, un penúltimo círculo en la escalera de caracol que forma este libro para llegar al más recóndito de los afueras, su mismo centro. Vienen a unirse las hebras circulares que han recorrido Nigredo bajo el cielo griego, «el más claro espejo de mi mente». Nos quedamos con la cuerda de la femineidad vestida de dignidad en el magnífico poema en verso del final de la sección, que además va en cursiva. Ahí, la dignidad, en este nuestro llamado Antropoceno, echa la vista atrás al Cámbrico y se imanta del signo trágico de la existencia transversal de las especies, cuando por primera vez un organismo vivo aprendió a devorar a otro para medrar y llegar a la complejidad celular que somos asolando la tierra. Es una dignidad «cámbrica y oscura como la oruga / en la lengua del anfibio». 

El remate final, el poema «El dorado», culmina la búsqueda al darle nombre y apellido al mundo afuera y al mundo adentro: es el delgado destello de la vida debajo del cual pesa acumulado el grosor del Hades, al que ha llamado previamente «la región del Antes (la región del Todo)», «donde van a vivir los muertos (desterrados de esta forma tan delgada de vida)». En el territorio de la simultaneidad, en la plena conciencia de la cara y la cruz, la vida y la muerte, el eros y el vacío, la luz y la sombra, la voz que enuncia no juega con el envés trágico de las cosas. Asume su caída y comprende, como el martín pescador que abre el libro, el pájaro anfibio, que su reino es ominosamente de este mundo, más suyo si cabe al saberlo perdido. Celebramos este libro inusitado y valiente de Marta del Pozo, luminoso destello en el panorama poético actual.

 

Marta del Pozo, Nigredo, Bartleby, Madrid, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Carlos Jiménez Arribas

Artículos 1 a 5 de 478 en total

|

por página
  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
Configurar sentido descendente