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Como la noche se opone a lo oscuro

26 de febrero de 2026 10:41:06 CET

Victoria León (Sevilla, 1981) es conocida por sus traducciones al castellano de autores del canon universal como Mary Shelley, Oscar Wilde, R.L. Stevenson, John Ruskin, William Beckford o Ugo Foscolo, pero también es autora de libros como Insomnios (2017) y  Secreta luz (Vandalia, 2019), por el que obtuvo el IX Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado. 

Traducción y creación convergen en el Premio de poesía Hermanos Argensola 2025, Luz de la noche, publicado por la editorial Visor.  Un libro compuesto por cinco partes que recorren la noche, la vida, la poesía. Las ruinas son los restos de la palabra, donde la autora refleja la luz en la noche, la transposición de la poesía, así que leemos: “Pero no olvides nunca que vivir / es ver amanecer sobre unas ruinas”. Así que recorre el mundo, el que se ha internado en la noche, donde el fuego de versos ilumina el camino de los héroes entre los restos, hacia el amanecer: “La tristeza es la voz de nuestro anhelo”. 

Llega la sed y el hambre que se cubre con máscaras, oponiéndose al miedo. El lector sigue al mundo en su derrumbe, se cubre a oscuras con el disfraz de la noche. Seguimos en la captura de Vasili Kandinski, lo especular de Percy Bysshe Shelley, encontramos referentes en una cosmología particular del autor, artistas y personajes: Casandra, Oscar Wilde, Bertolt Brecht, Sándor Márai y Giotto di Bondone. Nombres que nos acompañan hacia la segunda parte, “Memoria del futuro”, homenaje a aquellos dioses que cruzaban el cielo en carros de fuego, casi extraterrestres que habitaban otros mundos (que están en este). Una revelación, los versos como una antorcha, entre la niebla, que pivota, grises que son descubiertos por la luz. Un laberinto que atrapa los cuerpos y esos mismos cuerpos acaban por ser laberintos, en una espiral logarítmica fuera de las dimensiones euclídeas. Así que, al final, se descubre: «Todo amor verdadero es un asombro», de esas encrucijadas, se eleva la geometría del deseo hasta llegar a la humedad, atinando: «Fuera del tiempo nuestras sombras se aman». 

Esa manera de filtrarse el líquido nos deposita en la tercera parte: “El espejo del mar”, en cinco piezas: «El mar bate a mis pies y te recuerda / mientras la luna se hunde junto al fango». La sed, el trago en la penumbra y, así, leemos: «Caricia de una música que evoca / otra secreta música tras ella», un corazón que se esconde bajo tierra, en un extraño jardín: «Mueren estrellas en la noche insomne», en ausencia del cuarto paso, queda el quinto, alma y esperanza. Dolor que se culmina en un grito: «El espejo del mar, solo, infinito». 

En el bloque penúltimo, con el título de “Pero quizá la noche” y así, belleza, la herida de la tristeza, la mezcla de luz y el tiempo: «Tiemblo de frío / y me abrazo a tu sombra. Arde la noche». Escribo, tras leer, una noche al margen, en el poema “Presagio del olvido”, ¿qué es ese rostro, esa cara cósmica? Como el poeta atrapado en el duermevela de la creación, desarrollando un universo alternativo de un polvo inanimado: «Y yo sé que eres tú. Eres tú siempre». La ausencia se identifica con la noche y el frío: «Si dejo que mi amor por ti se apague, / sé que yo misma me estaré apagando, / que es mi última llama / la que aún arde en mi cuerpo». 

El final, del mar a la fuente, el agua de la que la sed bebemos, funcionando este extraño maridaje, del manantial donde el amor se extrae de una parte alícuota de la existencia: «Con la tenacidad del fuego del crepúsculo / que a diario regresa a contemplarme». Silencio y misterio, el final al fondo de la caverna. El libro de Victoria León, Luz de la noche, ejecuta a la perfección la oposición entre fuego y oscuridad, del día y la noche, la sed y el líquido.

 

Victoria León, Luz de la noche, Madrid, Visor, 2025.

 

 

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Un libro reflexivo y comprometido

18 de febrero de 2026 13:05:13 CET

Cita Itziar López Guil (1968) a José Martí en el poema «Revolución», de quien creo recordar que, en Nuestra América, habló de que “crítica” significa tener criterio, y a quien apelo para contar algo de un libro inusual en su conjunción de asuntos y miradas. Son muchas y diversas, algunas muy duras, pero la cálida voz de López Guil, es capaz de unificarlas sin disonancias, de hablar de cuestiones muy serias con un tono que las acuna y convierte en un acendramiento intenso, esencial, donde no alza la voz, pero no calla. Contemos, para empezar, que estamos ante un libro reflexivo, comprometido con el yo inmerso en la madurez, y donde rememora, denuncia, analiza o dialoga con el lector, también con la elegía y el deseo o su ausencia. No solamente, pues Un refugio en la espesura es el libro de una humanista y reivindicadora del otro, del humillado y ofendido, del pobre o del extranjero desde lo consuetudinario, sin alaradas, casi susurrándolo con una intimidad que se abre en un diario y confiesa «Soy mi propio verso abierto». El explícito título ya nos dice algo de ese refugio en el mismo y la memoria, de ese parar en medio del camino de la vida para detenerse a pensar/se o resguardarse en el poema tras haberse reconocido en los escenarios y circunstancias, vicisitudes del yo, pero también del de los demás, del otro.  Y es que los poemas   de Un refugio en la espesura nos emplazan desde el paso del tiempo, la rememoración, el amor o la denuncia crítica, junto a una sentida elegía la figura del padre o del amor ausente, desde el saber decir, de la conjugación del asunto y el envoltorio.

La culpa inaugura y cierra el libro. Culpa que puede ser individual, impotencia ante el dolor ajeno, pero también alzamiento contra lo aparentemente irremediable: «Por eso has de impedir que te gobierne su Historia» y donde «siempre vences, palabra». En ese sendero encontramos una sucesión de asuntos que denuncia: acoso escolar, acoso a los pueblos, al pobre, al emigrante (frente a su aporofilia o amor a los desfavorecidos), la mujer maltratada, el mobbing o acoso psicológico, los epulones o ricos indiferentes a la pobreza o al otro desde su inmerecida o heredada posición de jerarquía social. Y también a quienes, desde la política, con nombre propio (Madrid) «ensucian por dinero hasta el lenguaje». O habla contra los genocidios en esa «ciudad arracimada contra el mar, muerto sobre muerto sobre/muerto, y aún más bombas».  No insistiré en la extensa casuística, pero sí destacar que esa mirada en la denuncia, sin llegar a las maneras de Sergio Reimondi (y su nueva formulación de poesía social), poco tiene que ver con las maneras antiguas del realismo español, sino con un aquilatamiento intensivo de lo abordado muy atractivo en sus fogonazos líricos.

 Me ha parecido desde el yo esa conversación consigo misma, la crisis con que conversa con la vida, con el tiempo y eros, con la muerte, desde una soledad más o menos ocasional, o desasosiego que el estupendo «Cercanías» identifica con la luz enrarecida en una estación nocturna. No hay rendición o narcisismo otoñal, sino espera del alba, de ese sol tan constante y explícito en sus poemas (léase desde analogías), y liberador de la inquietud («Tienes que recobrar todo el dominio de ti misma»). Y es que la zozobra de la edad cuestiona su lugar desde ese estar en el alambre, en ese tráfago en fuga o funambulismo existencial y del cuerpo (con firmes, pero justas certezas). Y donde todo es asombro ante la nueva situación, el apagamiento del deseo «Todas las cosas se suceden tan de prisa…». Y es que este diario lírico, es tan plural como bien ensamblado en su real intimismo “confesional”, como los de Alejandra Pizarnik (en prosa), en su plática con la espesura vital en la que ha buscado refugio en el poema. Y junto a todo ello la exquisita sensibilidad ante la naturaleza, la cualidad de la contemplación que pedía Wordsworth y ella posee, la rememoración o la elegía al padre, que forman ese ramillete de poemas de una poeta que así puede llamarse con todas las letras. Si a todo ello le añadimos la cuidada edición de Pepo Paz  Saz y Bartleby o las sugerentes ilustraciones, sabremos que 2026 ha empezado más que bien en lo tocante a la poesía lírica.

 

Itzíar López Guil, Un refugio en la espesura, Madrid, Bartleby, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Morales Barba

El silencio del mundo

18 de febrero de 2026 12:36:08 CET

Eliza Barry Callahan (Nueva York, 1995) es escritora, cineasta, música y artista visual. Se ganaba la vida escribiendo bandas sonoras para películas independientes. El 29 de agosto de 2019 sufrió un incidente que acabó en la pérdida progresiva del oído. Curiosamente coincidía con la fecha en la que, en 1952, el compositor John Cage había estrenado 4’33’’. Doscientos setenta y tres segundos en los que la partitura indica al intérprete que no debe tocar ni una sola nota. El silencio o el ruido de fondo de los espectadores será el resultado de la pieza. A partir de ahí, Eliza, en su primera novela, escribe sobre desaparición, pérdida y la distancia con el mundo. Nueva York-Los Ángeles, en un eje extraño, en un viaje vital en el que suceden muchas cosas en muy poco tiempo. Sexo y deslices, situaciones complejas para personajes aparentemente sencillos, de vidas ociosas. Es la actividad cultural la nueva acción rentista, la gestión de las distancias, puesto que Eliza es una artista global y eso se refleja en el libro. 

Construido en forma de dietario minucioso donde se enumeran acciones y ausencias y la manera de relacionarse con sus otros sencillos. Si Venecia es el comienzo, como el agua, se inunda con la playa de Rockaway, llegando hasta el Mediterráneo, haciendo acopio de cualquier humedad que, filtrada, le permita detectar lo que la rodea. Cito: «Hemos llegado a la luna, pero no al oído interno». 

La novela recorre el arte, la literatura y el cine de Occidente: Pierre Bonnard, Antón Chéjov y un apartamento sacado de una escena de “La ventana indiscreta”. Oír es una pantalla de estímulos que realiza la intersección con la realidad cambiante. Una mezcla demencial de ondas y campos, de permutaciones que asisten al lector mientras acompaña la degradación de la escritora: aislamiento y soledad. Ella, sola en su apartamento, vocaliza y exhala, una palabra, hola: «siempre podría oír mi propia voz». Un novio, cineasta, un exnovio más bien, que nos permite aumentar el listado de fantasmas e influencias: Kafka, Sophie Marceau y Polanski. Un dinámico galimatías de ocio: «Durante un tiempo abrí el correo electrónico, buscando una felicitación o una carta de aceptación, aunque no me hubiera postulado a nada». Es la vida del creador, el encargo, la ayuda. Introducir cultura pop, beisbol, cartas/cromos. Y cómo sobrevuela la idea de una escuela lengua de signos. Eso sí, con un nombre siniestro como Gotham. Una amiga de su madre, enferma terminal le dice: «Preferiría morirme antes que quedarme sola» y también «La coincidencia es una religión y es agnóstica». El arte contra la música, la literatura se mezcla con John Cage que nos lleva hasta los ready-mades de Duchamp. Se dedica a prepararse té y no beberlo «La evidente desdicha que sentía era una revancha por la niñez a todas luces feliz».  Un sentido para el libro, librarse de los contrapesos, apelar a la religión, rezar a la termodinámica: «A veces me olvidaba de que estaba enferma porque la mía era una enfermedad sumamente limpia». Los Soprano y Jacqueline Onassis. Pruebas, palabras, todo se repite, no sabemos si existe el diagnóstico, ni mejora, ni síntomas ni soluciones. La observación y puesta por escrito. El dinero, los ritos, terminar abaratando su vida. Una vida sin flores y llena de marcas blancas. Más espectros: Ingrid Bergman e Isabella Rossellini. Mezclar la cortisona con las instalaciones minimalistas de Hanne Darboven, el nihilismo convertido en números y signos, el arte de la taquigrafía. Consistente. 

Avanzar en la cura a través de hipnosis por videollamada, Suzanne Ciani y The Buzzer, un ruido blanco basado en las repeticiones, un alivio soviético que te lleva a una época distinta, hacia la paz de lo analógico. La aparición de Madrid, más bien de Carabanchel. Su cárcel. El río Manzanares y la Quinta del Sordo. Hablar de Goya y sus “pinturas negras”. De la sordera, claro. Los sentidos de Francisco de Goya, no puede ser casualidad, cómo la pesadilla pase de la pared al museo de El Prado. 

En el viaje, físico e intelectual, se acumulan referentes, Oscar Wilde, golondrinas que marchan a El Cairo, la película “El prestamista”, este libro tiene algo de guía. Aparece un tercer, cuarto o quinto personaje. No es necesario seguir contando: la novia pelirroja del antiguo novio cineasta. Cultura pop, Quincy Jones, Austin Powers, Alvin y las Ardillas, películas de Metrópolis, Malevich, Pieter Brueghel y «Los peces grandes se comen a los pequeños». De Nueva York a Los Ángeles, en una geografía narrativa que incluye La Habana (y Venecia y Madrid, claro).  

Volver a una canción, no la cita, la reviso al escribir, ¿Cuál es la frecuencia, Kenneth? De los soviéticos a la televisión americana por cable. Ella también estaba en Cuba. Y nos lo explica: Museo Nacional de Cuba, el Taller Experimental de Gráfica, Belkis Ayón. El viaje a Los Ángeles. «Hay gente que miente sobre sus sueños. Se los inventa sobre la marcha». El diario íntimo de Adela H. (también L'Histoire d'Adèle H.) dirigida por François Truffaut, sobre la hija de Víctor Hugo. Con Isabella Adjani, a la que también escribió canciones Gainsbourg. Hay sitio en el libro para la canción francesa. El sonido de Occidente se introduce en el interior del libro, como los zapatos, artistas retiradas de pop sueco e Imelda Marcos. 

En Los Ángeles cambiamos las calles del este por las afueras del océano. Todo continúa en la sexualidad inherente del cultureta. Sexo y sordera conviven en la novela como lo hacen las referencias y los cultismos. En Los Ángeles más cine y más explícito o natural, bañado de una extraña sensualidad de un compendio de circunstancias que encajan.  De nuevo el sonido contra las voces, ¿Qué queda? La impronta. Al final no son más que ondas. 

Se acerca, la historia dentro de la historia, una anécdota sobre la voz que grabó las indicaciones de los transportes metropolitanos de Nueva York. Otros personajes dentro del personaje. Voz y más voz. Como si fuera el GPS, como si fuera Alexa o el Google Maps. El retorno a casa: «Cuando entré en el apartamento pensé que quizá me encontraría a mí misma». Personajes, duración, libros y personajes con historias intensas, propuestas. La historia de Johannes Kepler, la composición, el volcado de los movimientos y las órbitas de los planetas en una melodía. Se parece a la paz, la red, un Dios que compone. Que escribe también el silencio. En el listado, “El eclipse” de L'eclisse (El eclipse) de Michelangelo Antonioni y “La furia de dios” de Werner Herzog. Seamos indulgentes. En el silencio, cualquier noche es el centro del mundo y el presente se renueva sin cesar. Estemos en Manhattan o la selva peruana. 

El tiempo transcurre, se consume el dinero, se avanza en la novela mientras se evapora. No hay estaciones. No hay movimiento, ni mejora. «Recreación de la guerra de secesión», recordando a George Saunders. Otros personajes, otro catálogo, como si la autora buscara una solución (y lo hiciera, acumulando ideas para historias futuras). Se va cerrando, la amiga moribunda de la madre, el cineasta. «La vida, viviendo como en una moratoria». En julio deja de tomar notas. En agosto, cerrando el año, el libro, un círculo vital y literario, con su madre en Venecia. Allí volvemos a las indicaciones: “La Virgen y el Niño con santos” de Giovanni Bellini y un intercambio de vídeos con el tercer vértice sensual. Ella, él, ella. Lo bueno es saber, de nuevo, conocer la permuta de los actos; «El silencio se reemplaza constantemente a sí mismo». Hacia el final, como podríamos esperar, una carretera, una gruta, todo negro. Más que negro, apagado. Y su madre que le pregunta: ¿Qué vas a hacer ahora? Y nosotros que nos preguntamos, como ella, ¿Puede ser que no te escuche, que no te escuches tú ya?

 

Eliza Barry Callahan, La prueba de audición,  traducción de Rita Da Costa, Barcelona, Anagrama 2025

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Los distintos estadios de la enfermedad

12 de febrero de 2026 14:47:45 CET

Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) es una escritora argentina, especializada en el microrrelato. Uno de sus últimos libros, publicado en 2019, La Guerra (Páginas de Espuma), alcanzó a público y crítica, encumbrándola como uno de los referentes del género.  También ha incursionado en la literatura juvenil y la poesía mientras su narrativa no dejaba de obtener premios y reconocimientos.  Su último libro de cuentos, Sirena de río (Emecé) se publicó en Buenos Aires en 2022 y ahora Páginas de Espuma edita El cuerpo roto, una profunda reflexión sobre la enfermedad y la vida, sobre el deceso y la familia. Uno de esos libros donde los relatos parecen capítulos de existencias distintas, instantes capturados en una polaroid emocional con la que el lector se siente identificado. 

Padres e hijos, mujeres y maridos, sangre y amistad. Todo converge entre recetas, historia, hospitales y situaciones límite que, por su carácter humano, genérico, todos acabamos navegando. Inquietante en la brutalidad, en el manejo de los tiempos narrativos, el modo en el que se extiende la enfermedad por las páginas, de lo leve a lo terminal: lugares y situaciones, la desolación, las palabras que definen el miedo y también palabras que, quedándose en el aire, no acaban de significar nada. 

En el primer cuento, «Un canto a la vida», nos encontramos con el primer estadio de la simple molestia, conocido por todos, el del ibuprofeno y el paracetamol. Y vemos cómo crece, primero muscular, luego el movimiento. Es curioso que las mismas páginas se detienen un instante: el dolor y la enfermedad viajan a distintas velocidades. Hasta la llegada de la palabra-encrucijada, metástasis, desfilarán el tramadol y sus derivados. Es la supervivencia: la quimioterapia, la falta de sueño, la paranoia. La gran palabra, que siempre aparece, que está ahí. Cáncer. Un cuento impregnado de empatía, del que recibe el lector una lección cualitativa, doble: no abandonarse al chamanismo y sí a la ciencia. Y, por supuesto, una lectura de esperanza. 

Con «Rita y el doctor», otra enfermedad, otro lugar: la mente, que derrotada y presta, acaba siendo lucha más. Esa sensación que Shua transmite, de repetir lo mismo mil veces a mil personas distintas, los informes acumulados, la extrañeza del paciente frente al doctor, como si fueras, a la vez, su primer y último paciente. Y un delicado salto temporal, que olvida lo incómodo de lo sexual para llegar a la lenta poesía del olvido. Una extraña pasión, un cuento bellísimo. 

Mi favorito es «Casi una crónica», una especie de Hunter S. Thompson en el servicio público de la Argentina: gente que hace el aguante de lunes a jueves (“se la banca”) y acaba en urgencias el viernes o el sábado, salvando la semana como mejor pueden. Un paraguayo obeso, una chica rica que sangra, lo privado frente a lo público, un tipo sondado que vive en la calle, empatía -es un libro que sobrevive con un suministro infinito de empatía-, las risas, el atajo, la cocaína haciendo su aparición conforme avanza la noche. El whisky y la timba. Duros como estatuas, llega más droga, PACO (pasta base): “No bajes”, se puso dura la noche, llegó la policía, hay un charco de sangre, “Se pudrió todo en la guardia”. Un manifiesto de realismo sucio, casi periodístico. Volver a los setenta, cuando en la Argentina todo era técnico y político, «Técnicas modernas». Incluso el sexo se sometía a la teoría pura, igual que los volúmenes de marxismo, los había para el acto. Un forro, un frotamiento. Un amor inacabado, un recuerdo agridulce. No habrá más penas ni olvido. 

La belleza llega con «El cuerpo roto», una narración acelerada, de marido y mujer, una relación de largo recorrido. Cariño y espera, cuerpos estropeados, la confusión y el hermetismo del recuerdo. Cronometrando el cuento, envuelto en la melaza que siembra el olvido. Ella está muy viva. Hay demasiadas viudas en el mundo. Todos lo sabemos. Pero, por llevar la contraria, leo «Cuidar un gato», la tristeza es el reguero de un perfume, un abrazo que queda. Fue ella la que se marchó y el viudo no sabe qué hacer con la ropa. Una ligera sonrisa: «Vos no necesitáis una novia, necesitáis una empleada». Y llegar el desplome con un abrazo, con otra ausencia, porque la mascota, el gato, es la última luz encendida que dejó su esposa. La autora disecciona el paso del tiempo, sin caer en lo obvio, llegando a cada uno de los que leen, porque es un catálogo completo de personajes y estados, de momentos y recuerdos. 

«Los gaspáridos» es la complicación de una intervención, los grupos de WhatsApp, la autora describe el desgaste, la realidad frente a una estancia prolongada en un hospital, cómo todos tienen que seguir, de una manera u otra, primero los amigos, luego los familiares, finalmente los hijos, viviendo sus vidas. Al final, solo ella, esperando, de Buenos Aires al DF: «Lo vemos dos veces por día. No habrá más mensajes mientras no haya novedades». 

«Gaviotas en el bosque» es un cuento que aborda otra forma de amor y enfermedad. Padre e hija, anfetaminas y whisky, el desorden como forma de vida, la paciencia como solución. Un mazo de recetas, fotocopias y farmacias, pastillas, muchas pastillas. Un dibujo, el presente y el pasado. ¿Habrá futuro entre tantas propuestas truchas? Un dibujo, un animal, cien animales, el zoo: recurrir a la infancia. Estacionar en la paz. La búsqueda por internet, una diarrea, los hospitales como foco de problemas, la llegada de la dependencia. 

«Amín o la caída» es un relato de recuerdos, una vida en su final, donde lo imaginario se confunde con lo real. ¿Qué buscas? Pues un final magnífico y agridulce para ella, para Luis, para el otro, como nos ofrece la autora. De ahí, a un sueño de péplum, de Mónica y sus más de ochenta años. Esta vez, tía y sobrina. Las recetas como parte de la vida, ritmos de blíster y pastillas. 

«Unos días en la playa» habla del cansancio de la familia con una persona dependiente, pero también, de los fenotipos que la sociedad deja en sus márgenes, unos con más suerte que otros: adictos, suicidas, niños que extrañan a su madre, padres que dan miedo a sus hijos… al final, volver y volver. Como un tango fuera del tiempo. 

Uno de mis relatos favoritos es «Selva y el diablo», cómo emparenta la paranoia del proceso, con la revolución de 1955, con el peronismo, montoneros, la violencia y el monte, días bravos de comunismo y muerte. Pero, al final, la gente se junta alrededor de un cadáver al que frotan el pecho para mantenerlo caliente antes de la llegada de la familia. En tiempo de desaparecidos y violencia política, la gente sigue muriendo por enfermedad. Llámalo causas naturales, si quieres: «Sos un cadáver que camina». Una, la pelirroja, la que llevaba el control de un personaje, de Selva, en la célula, acabó muerta por un infarto, después de un ataque de asma, en centro de detención, torturada. ¿Qué se puede escribir sobre eso? Y cito, una frase, final de relato: «Y de la época del miedo no se hable más que es cosa triste», El final, con «Después de la muerte» es la conclusión perfecta: un instante, el teléfono que suena, cuando te relajas, cuando no lo esperas. Acudir al lugar, gastar en el viaje, en el taxi, lo que no gastarías si fuera un momento feliz. En el terror y la tristeza se gasta uno más. ¿Qué prefieres? La vida paralítica o la muerte definitiva:  «Todavía tiene el pecho caliente». La autora lo deja claro, del hombre no queda nada, el cadáver tiene la mandíbula sostenida, un cuerpo que es objeto. Y los que se quedan, los que nos quedamos, con pastillas para dormir, con casas, en la noche, vacías para siempre. El miedo a soñar que sigue vivo y el miedo, todavía peor, de despertarse y beber toda la tristeza de golpe. Leo, escucho, un bello final, de ansia en Plaza Francia, como la canción. Entre la vida y la muerte, incluso después, todos los estadios del hombre, una cronología de lo que nos hace humanos. 

 

Ana María Shua, El cuerpo roto, Madrid, Páginas de Espuma, 2025.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) siempre sorprende con sus propuestas. En la última, El libro blanco. Alfabetos de silencios (La Caja Books) aborda distintas maneras de habitar el silencio, de encontrarlo, de conjurarlo, de alzarse (o hundirse) hasta él; incluso nos descubre su alfabeto, el «silenciés». Un extraño ensayo sugerente como enigma o plegaria incauta, de belleza altísima.

 

«El silencio no es un modo de estar, sino de ser»

 

- ¿Cuánto silencio (y de qué naturaleza) ha participado en la escritura de este libro?

- El silencio no es un modo de estar, sino de ser. Siempre me han definido como alguien «callado», por mi carácter reservado e introvertido. Mis amigos hacían bromas de todo tipo con mis silencios, y creo que El libro blanco responde a esa naturaleza, aunque no hay nada autobiográfico en él. Los silencios que se describen en el libro son colectivos, universales. Los míos me los callo.

 

-¿Qué cualidades se requieren para practicar el «silenciés»?

- Resguardarse del ruido, sobre todo del propio. Levantarse temprano, antes que el resto de animales y humanos, moverse despacio, alejarse de las plazas. Conducir por carreteras secundarias. Leer sobre todo los márgenes paginales.

 

-¿Hay silencios más puros y otros sucedáneos?

- El silencio puro, técnicamente, no existe. Donde hay un ser vivo, los zumbidos de su sistema nervioso y el rumor del correr de su sangre llegan al oído y estropean la recepción (la ausencia de recepción, para ser exactos). Puede haber silencio en una cámara anecoica, con la condición de que no haya nadie que lo oiga (sucede un poco como con el gato de Schröndiger: quizá exista ese silencio perfecto en el interior del habitáculo, pero no podemos saberlo, solo deducirlo).

 

«La belleza genera un momento de suspensión que acalla todo a su alrededor»

 

-¿El silencio siempre deviene en belleza? Algo similar: ¿Silencio y belleza siempre brotan juntos?

- En algún poema del libro se dice que la belleza genera un momento de suspensión que acalla todo a su alrededor. Ese «contuvo la respiración» de los clichés novelescos delata la proximidad del acontecimiento.

 

- El silencio del ignorante, ¿lo convierte en un sabio?

- El silencio del lego, o del lerdo, son silencios tensos, eléctricos, desconfiados, de apretar los puños. El silencio de la persona sabia es relajado, tranquilo, parece estar en otro sitio mientras calla.

 

«Pensar es de las pocas cosas que logramos desarrollar sin hacer ruido, y por eso es tan valioso –y tan escaso–»

 

- ¿El silencio también exige un acallamiento del pensar?

- Pensar es de las pocas cosas que logramos desarrollar sin hacer ruido, y por eso es tan valioso –y tan escaso–.

 

- ¿Cuándo duele más un silencio que una palabra?

- En muchos casos descritos en el libro. Por ejemplo, si el silencio responde a la pregunta «¿Me voy a curar?».

 

«Hay quienes intentan convertir la política es una mascletá de estupideces, un tronar indistinto de naderías estentóreas»

 

- ¿Hay alguien menos proclive al silencio que los políticos?

- Hay quienes intentan convertir la política es una mascletá de estupideces, un tronar indistinto de naderías estentóreas. Luego, hay otros políticos, pocos, que hacen su trabajo a escondidas, velando por los demás, o intentándolo. En un libro de aforismos que saldrá este año en la editorial Polibea, el poeta Eduardo Moga escribe: «Una idea sin matices no es una idea, sino una tamborrada». La política española recuerda a veces la Rompida de Calanda o al toque de tambor en Baena, pero sin gracia, y con nuestra cabeza como parche por reventar.

 

-¿Cuándo conviene convertirse en «ventrílocuo» del silencio ajeno?

- El silencio de los demás es inescrutable; más que ventrílocuos, somos marionetas del guiñol de lo que callan. Si nos ocultan parte de la verdad cuando hablan, ¿cuánto mentirán al guardar silencio?

 

- ¿Se siente cómodo el silencio en el pronombre «yo»?

- Eso es lo mejor del silencio, que mientras dura no se dice «yo», no agredes a nadie lanzando ese pronombre. Lo habitas como lo que es, un hostal avejentado de provincias que pronto tendrá otro ocupante.

 

«Escribir es arbitrar en la guerra de los signos contra la página»

 

- ¿Cómo se detectan esas «grietas del discurso», sus silencios, en palabras de Túa Blesa?

- El discurso está compuesto de signos que ocupan parte del espacio en blanco. Ya vio Mallarmé en Un golpe de dados que la página es una partitura y que sus partes no escritas debían entenderse como silencios. De ahí la concentración de los minúsculos poemas de Valente, que parecen líneas creadas para darle espesor y densidad material al blanco en derredor. Escribir es arbitrar en la guerra de los signos contra la página.

 

- ¿Difieren los silencios que provocan las imágenes respecto de los que originan las palabras?

- Las imágenes no nos dejan respirar; es normal que, a veces, cuando queremos concentrarnos en algo, abstraernos o relajarnos, cerremos los ojos. Es la única forma de defenderse. Ese negror inconcreto, con sombras y fosfenos, que contemplamos en la oscuridad, es el equivalente visual del silencio.

 

«Escribir es mi forma preferida de callar durante horas»

 

- ¿Es un sinsentido hablar o escribir sobre el silencio? ¿No sucede, como apuntó la poeta Szymborska, que se destruye? 

- Por un lado, sí; si lo dice la admirable Szymborska, poco que agregar. Pero demos un rodeo al razonamiento: ¿es lo mismo callar que no escribir? Porque cuando escribo no emito ruidos —por eso lo hago a mano y con lentitud, sin rasgar ni hendir el papel—. Escribir es mi forma preferida de callar durante horas. Así entendida, la escritura no solo no se opone al silencio, sino que constituye la más calmada y muda de sus formas.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

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