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Configurar sentido descendente

Playa de los muertos

16 de octubre de 2026 11:07:06 CEST

A Eve Ferriols

 

Hay ausencias que no percibimos como definitivas hasta pasado un tiempo. Faltas que incluso faltan de nuestro propio registro de recuerdos. Como si en vez de haberse marchado para siempre estuvieran disfrutando de unas merecidas vacaciones. Hay un desajuste temporal entre la muerte que certifican los médicos y la que certifica el alma. Sobre todo cuando se trata de muertes tempranas e injustas como la de Eve. Y no es una construcción intelectual ni un recurso literario: el día de su entierro estuve todo el tiempo esperando que apareciera por la puerta con un elegante vestido negro y se sentase a mi lado. Habríamos comentado cosas sobre los asistentes, sobre los textos que se leían, sobre los detalles del suceso, como hacíamos siempre. Lógicamente, todo se derrumbó cuando advertí que era su cuerpo el que ocupaba el féretro que tenía ante mí. Eve había muerto y con ella una de las amigas más cercanas, constantes y generosas que he tenido en los últimos 20 años. 

Por suerte, la vida nos había regalado un último encuentro apenas dos meses antes. Entonces no sabíamos que era una despedida, pero visto al trasluz del tiempo adquiere ese significado. Fue en marzo de este año. Eve quería asistir a un festival de poesía que se organiza en Carcaixent al que yo acudía en calidad de invitada. ¿Nos vamos juntas? Por supuesto. Aquella tarde de principios de primavera hablamos de muchas cosas. De los hijos, de las relaciones, de los divorcios, de la literatura, del tiempo. Fue una conversación íntima que se vio interrumpida por la participación en el acto y que continuó en el regreso alargada por unas cuantas vueltas alrededor de los polígonos industriales de la Ribera en los que acabamos perdidas tras errar varias veces el camino de regreso. Al entrar a Valencia ya era de noche y Eve decidió bajarse precipitadamente en un semáforo de la Pista de Silla. Yo tenía prisa porque mi hija Lucía me esperaba para nuestro ritual nocturno. Aquí será más fácil encontrar un taxi a mi casa, dijo ella. Y se bajó sin que pudiera darle ni siquiera un beso. Si hubiera sabido que era la última vez que iba a verla, hubiera detenido el tráfico para abrazarla. La muerte casi siempre nos separa sin que nos dé tiempo a preparar la despedida. Aquel día el viento sonaba a primavera y a renacimiento, a recuperación de su enfermedad. 

Durante estos 20 años, Eve ha estado presente en los momentos más importantes de mi vida. El nacimiento de mi hija, sus cumpleaños, las presentaciones de libros, las fiestas con esa otra familia que son los amigos, los viajes, las penas, las zozobras existenciales, los libros. Siempre aguda y prestando atención a lo que le decía, siempre con alguna frase que decir. Era a ella a quien le preguntaba cosas sobre el embarazo cuando esperaba a Lucía. A ella y a mi madre, claro. Y también era una de las personas a las que le daba mis libros para que los revisara. Eve estaba siempre que la necesitaba, a vuelta de teléfono. Sabía de muchísimas cosas y nunca daba su brazo a torcer aunque la situación tratase de doblegarla. Era, lo que se dice, una persona auténtica, consecuente con sus ideas, firme, pero dulce en sus planteamientos. 

Ahora, inmersos ya en el verano, la sigo esperando cada vez que vienen invitados a casa. Porque ella era la amiga que siempre llegaba antes, la que cogía el coche a primera hora de la mañana para ayudar a poner la mesa o a traer el hielo que faltaba para enfriar las bebidas. Recuerdo nuestras discusiones por ver si el plato lo poníamos aquí o el cubierto allá, y de pronto me siento como en una novela de Natalia Ginzburg, que es una de las muchas escritoras que ella me recomendó. Escribiendo sobre su muerte y sobre su vida, siento que podría iniciar un largo monólogo que no terminara nunca. Me limitaré a contar una anécdota. 

Aquella última tarde, la organización había pedido a Eve que preparase la lectura de uno de mis poemas y ella eligió uno que le dedicaba en mi último libro y que se titula “Playa de los muertos”, unos versos que rinden homenaje a una de esas playas almerienses que a ella tanto le gustaban y a la que de hecho dedicó uno de sus cuentos, con el mismo título. Todos, incluida ella, estábamos contentos por la evolución de su enfermedad, así que no hubo ningún presagio. En un momento dado, la  presentadora le dio la palabra y ella, sin querer hacerse notar mucho -pues la discreción era también uno de sus principales atributos- se puso de pie, cogió el micrófono y lo leyó: 

«Y ahora bajo el sol / parece tan sencillo / quedarse aquí y hacerse / volumen con lo sólido y estar, / tan solo estar, callada, / abierta a la evidencia de esta luz que es calor y que se hunde, / —no pensar, no elevarse, no salir— / aferrarse a la entraña, estarse dentro, / ser uno con la arena, con el mundo, / y escuchar las pisadas de los otros / y sentir esta calma / vacía y expectante de lo inmóvil».  

Solo espero que allí donde esté pueda tomar el sol, tumbada bajo la sombrilla, dejando pasar las horas sin hacer nada, mirando la luz cabrillear en la espuma, escuchando las voces de los niños, sin destacar, sin salir, sin moverse, como esa piedra que canta en el último cuento de la compilación de relatos que publicó en 2023 (No estoy acostumbrada a la esperanza, Shangrila ediciones) y que sugiere el poema, como a ella le gustaba.

Escrito en Sólo Digital Turia por Lola Mascarell

El mito trágico

16 de octubre de 2026 09:11:19 CEST

La obra de Christian Laborde incluye novelas, ensayos y poesía. Su trayectoria siempre ha estado marcada por la defensa de los territorios pirenaicos como lugar de su imaginario literario. Eso ha sido fundamental en su obra, con la que ha obtenido, entre otros, el Grand Prix de Littérature Sportive y del Premio Louis Nucéra. 

El ciclismo, como materia de heroica y última auténtica cosmología pop hace que, además de su condición de cronista del Tour de Francia para el grupo RTL durante más de una década, Luis Ocaña, trágico protagonista del desarraigo vital, se convirtiera en la semilla de este hermoso libro: La caída de Luis Ocaña en el Col de Menté (Sr. Scott, 2026) Una obra que ha contado, en su edición española, con el prólogo y traducción de Sanz Irles. Luis Ocaña, español y francés, hijo del dolor y la miseria, tocó la gloria con los dedos en 1971, derrotando por primera vez al mayor campeón de su época, el belga Eddy Merckx, en el Tour de Francia. 

En el prólogo, el traductor realiza una semblanza de la canción ligera, de lo británico y también de lo francés; la influencia real en las carreras ciclistas europeas. Y nos lleva a 1971. Ocaña ha ganado su primera vuelta en 1970 y una etapa en la edición de ese año en el Tour. En las carreras previas a la ronda francesa parece que se puede imponer por primera vez a Merckx… y así lo hace. 

Primero en el mítico Puy de Dome, volcán y parque natural. Uno de los lugares mágicos del Tour. Son 15 segundos. Pero 15 segundos son muchos cuando no se han perdido nunca ninguno. Luis Ocaña, de Priego, Cuenca a Mont-de-Marsan, el calor y el hambre antigua: «molía a palos las libélulas de párpados de aluminio». Las espaldas curvadas y doloridas. Luis y sus miles de hermanos. Su madre, con las sopas de ajo, el apetito, el cansancio, la piel de oliva, los poemas de Miguel Hernández. Luis Ocaña, español y gualda, como solo lo puede ser el que vive lejos de su país. Salvaje y duro, carpintero de golpe indomable. Él sabía que los emigrantes debían amar su país de origen y su país de vida, sabía qué venía del sur. 

En 1971, las risas y el silbido de Eddy en la Paris-Nice. la París-Niza, cuando el sol aparecía, discreto, el frío todavía presente. Silba, silba ahora, le dijo Ocaña, que me encargaré de que las lágrimas lleguen en julio. Y así sería. Al menos hasta Menté. El 5 de julio de 1971. La primera vez que alguien gana a Merckx en el Tour de Francia. La primera vez que el ogro, el caníbal, quiere, pero no puede.  Picasso y Santa Cecilia. Rezo a la Virgen María, en Albi: «Señor mañana / entre Revel y Luchon / derrama sobre mis hombros». Todavía no. Portillon. Primero Orcières Merlette  la bicicleta pesada, que es dragón y corcel. Son caballos cabalgando. 8 de julio de 1971. Otra vez, Orcieres Merlette, desde Grenoble. Tantas veces en Grenoble, en el delfinato, donde Ocaña reinaba mientras Eddy estaba en Italia. Los finales en descenso. De Grenoble a Orcieres Merlette: «Joaquim Agostinho / Agostinho que fue soldado en Mozambique / a pecho como barrica / al que un perro matará», Agostinho que será fiel a Ocaña. Agostinho que sabe usar un arma. Portugal y Angola y Mozambique. Y las claves… cuando BIC era antes un mechero que un bolígrafo. 

¿Qué pasa, Eddy, te falta el aire? «Seco de gas y de bencina». ¿Qué es col de Noyer? 8 de julio de 1971: «Tú vas sin cadena / llevas el maillot naranja / el naranja del sol cuando cae en el agua / el naranja de la naranja que un malabarista clermontés / lanzaba hacia el astro muerto». Ojos de velas, cimas de BIC; la punta de BIC El jueves, sin tele. La gente habla de la gesta, pero no hay imágenes. Está hecho de sueños, de versos, de poemas: «Eddy llega por fin, pero llega sin gas / qué dicen las agujas qué dicen los segunderos». 

Pero Eddy, barón de Brabante, el ogro de Meensel-Kiezegem y de la calle, la Tieltsestraat. Eddy niño, verdura y mantequilla. ¿Crees que Eddy está derrotado? No. Al día siguiente, cuesta abajo, dos minutos recortados. Rini Wagtmans y Jos Huysmans, sus Molteni, sus caballeros de la mesa redonda, tirando los tres, cuesta abajo. Y al día siguiente, un puñado más, en la crono de Albi, doce segundos, los del Puy de Dome. 

Luis, Luis, aguanta, por dios. Y el sol y esos campings y el nombre de las montañas y sus domésticos, el danés Leif Mortensen y el luxemburgués Johny Schleck, el padre de Frank y Andy, todos sus gregarios, los argonautas que robaron el vellocino de Eddy. Llega el 12 de julio. La repetición, las listas, la Nikon, la Canon, Pentax, Leica. La frontera, Col de Portet-d'Aspet , Menté y Portillon. El final en Luchon. Y “El tarangu”, pitillos y anfetas, no hay alianza, no hay nada: «El cielo azul como un crótalo / para ti la España en alpargatas / ha cruzado la frontera». Suenan las palabrotas como nunca, el patriotismo es salvaje, termos de café y alcohol de garrafa. Y Eddy ataca y Luis va detrás, la banda de Eddy, si no es hacia arriba será hacia abajo o en llano. Lo suyos, su banda, serían reyes si no fuera por el emperador. El aire es eléctrico. El aroma trae el ozono: «El col de Menté ahora / la menta de hojas redondas / mantillas de las rocas / lanza su aroma pimentando a las napias de los corredores». El sol le toma por diana, sus rayos en la espalda, el col de Menté está maldito: «el rayo carnívoro desgarra sus magras espaldas / y rasga el pedernal de la calzada». Col de Menté, mediocre hasta hoy, mediocre para siempre. Mentira, traidor: «La montaña tirita / ahora es el chubasco / ahora llueve a mares / aguacero, chaparrón, trompa, jaleo». El frío, qué frío, la ceguera, granizo como disparos en la espalda: «pero a Eddy le importa un carajo / se tira como un loco cuesta abajo / a rueda de Eddy / ahí está Luis». 

Bilis, cuadro, aviso, curva y neumáticos. Todos en el suelo. Sabor a yerba, la roca que perdonó a Eddy tiene hambre y no perdona a Luis. La columna, la caja torácica, la que desde siempre ha contenido la tuberculosis, las toses y la sangre, un Luis enfermo, resiliencia. La caja torácica de Luis Ocaña. Joaquín, Joop: «Luis cae por tercera vez / ya no se levanta / no se levanta más». «Luis que padeciera descendido de la cruz / yace al pie de la roca / la España de gaznate cliente / que nada sabe del drama». España está cerca, está lejos, la radio y el periódico. No es como ahora. Hay que esperar, el rumor de la llama, el dolor. La mujer de Ocaña cree que es la muerte la que avisa, el hospital, el grito se escucha desde el sur al norte. Le cuesta entenderlo. Suena accidente, suena muerte: «El sol ha abandonado a su dama / y los peces voladores llegados del Duero / los esperan igualmente». 

El motorista, los bosques que grita, es él, es Luis, exclama toda España: «es Eddy / el palurdo belga / superviviente del rayo y de las aguas diluvianas / cubierto desde la cara hasta el cuello». Eddy, la frontera, ¿Luis, dónde estás tú?, ¿qué haces tú?: «Luis no está no oye / no sabe que el sol lo busca/que España lo llama» y «Luis pasa por encima de España / por encima del sol / en el helicóptero del SAMU». Luis dónde estás tú, qué haces tú, oyes tú. Nuestra señora de los ciclistas. Luis le reza a la Virgen María: «Luis, pero cómo se te ocurrió / seguir a Eddy en su locura / por qué no lo dejaste sale zumbando entre los rayos». 

Su padre, que lo vio, con la bandera, antes de morir, que amó a España como solo se puede amar cuando no vives en ella. En una canción, en una copla, en un suspiro: «Por donde llegó a Francia a alquilar su fuerza / a alquilar sus brazos» y cruzó con su camisa, un ramo seco, unas fotos y así: «Caminó mucho tiempo señor/ por carreras tiró por caminos / flanqueó vías del tren». Y el col de Portillon. «Habría odio señor, en la montaña borracha / brotando de la boca de las bestias / y del gaznate de la gente / repetido por el eco / su hermoso nombre Ocaña». Señor del corazón, de los olivos, del coñac. De 1973 asalvajado, la pólvora, el olor de la pólvora y el disparo. Luis y su patilla como un hacha. Veinte años más tarde. Un libro tan bello que duele. 

 

Christian Laborde, La caída de Luis Ocaña en el col de Menté, Madrid, Sr.Scott, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Durante la invasión

16 de octubre de 2026 08:53:58 CEST

Una biografía perfecta, magnífica, recuperada, esta Jaime Gil de Biedma: retrato de un poeta de Miguel Dalmau, editada originalmente en 2004 y reescrita y revisada por el autor en este 2026. Jaime Gil de Biedma, fallecido en 1990, héroe de la existencia, arqueólogo en todos los sustratos de la vida. Una vida con el recuerdo de la guerra, los estudios de derecho, las oposiciones al cuerpo de diplomáticos. Llegar a 1953 y convalidar la asignatura de la existencia con su hermano en las letras, Carlos Barral. 

Gil de Biedma, atrapado por la culpa, será siempre una persona intermedia: en lo político y lo social. En lo doméstico y lo laboral. El poeta joven que escribe su diario. Las noches del Barrio Chino de Barcelona, conforme avanzan los cincuenta, el existencialismo francés se impone por Europa, el pernod rebajado con agua y las canciones de Juliette Grecó. 

Gil de Biedma se enamora, construye su vida alrededor del hedonismo y la fe en el amor. Jaime Gil de Biedma, el poeta, el humano Gil de Biedma, contradictorio, Gil de Biedma encarnando esa definición. Mientras se cocina el Retrato del artista en 1956, del que será guía para las generaciones que están por llegar, Gil de Biedma ve pasar frente a sus ojos a todos los poetas canónicos de los cincuenta en adelante: Ángel Gónzalez, Ana María Moix o José Agustín Goytisolo. 

Gil de Biedma, en las páginas de su vida, volverá a Vicente Aleixandre y Luis Cernuda, como el heredero definitivo de la obra-vida, de la vida-obra. Gil de Biedma, en el polígono que tiene al Mediterráneo de Kavafis y Calafell en un vértice, la Castilla dura, segoviana y resinera de La Nava de la Asunción, la pecaminosa Barcelona, con su oxígeno escaso de libertad y, por supuesto, la exótica Manila, toda Filipinas, que, de nuevo, confundirá la brillantez de la pluma, el folio y el sello oficial de la Compañía de Tabaco de Filipinas con la nocturnidad y alevosía de los cuerpos jóvenes. 

Como el último recuerdo del 98, Jaime Gil de Biedma es un español rebelde, que sufrirá de enfermedades varias, que ejercerá con disciplina como dipsomaníaco, poeta en ejercicio constante, pero de escritura contracturada. Su producción es reducida. Gil de Biedma necesita vivir para que los versos desborden el vaso de la ginebra, y en sus palabras la línea del tiempo es turbia: se mezcla el pasado, la juventud perdida, la madurez terrible... La vejez como una maldición que solo castiga el cuerpo y no el alma. 

La provechosa lava de la Escuela de Barcelona, en los años cincuenta, será el compartimento que usen los libros de texto para facilitar el estudio de los bachilleres en los cursos posteriores. No obstante, Jaime Gil de Biedma no es un poeta de espacios estancos, no necesita generación, él mismo es un estilo, una manera de escribir canónica y referente. 

Más lector que escritor, incluso, sus estudios, como en Cántico: el mundo y la poesía de Jorge Guillén publicado en el amanecer de los sesenta, cuya redacción oxigenó su producción lírica. También con Moralidades (1966), donde está su propuesta hacia la poesía social y la crítica al capitalismo. No deja de ser, de nuevo, contradictorio y confuso comparar los poemas con su forma de vida y su trabajo. Pero la belleza de la obra lo supera. Como esa necesidad de validarse con el intento de formar parte del comunismo oficial a través de su solicitud de pertenecer al PSUC y la negativa por parte de los órganos del partido debido más a su condición sexual que a la naturaleza de su espacio social y laboral. Cualquier lector cabal lo encontrará ridículo más de medio siglo después. 

Su inclusión en la Antología de la nueva poesía española de 1968 por José Batlló podría ser considerada el acceso cualitativo al olimpo poético formal de una generación de largo recorrido. Jaime Gil de Biedma con Las personas del verbo (Seix Barral, 1975) se corona como compositor. Sus textos, lixiviados de música y vida, se entroncan en la pasión y siguen sirviendo como manual de estilo para cualquier poeta último. 

Una forma de beber desesperada, la búsqueda del amor en los cuerpos y en las almas, la divina izquierda de los hijos intocables, el sótano negro y Bocaccio Boite, con toda la camada de la Gauche Divine. Que el compromiso no esté peleado con el mejor alcohol y las sedas más exclusivas. Este volumen sirve como referencia para El cónsul de Sodoma, la película de Sigfrid Monleón, protagonizada por Jordi Mollà y estrenada en 2010. 

Es imposible recoger todos los matices del libro, tanto en un largometraje como en una reseña, así que al final el que escribe, lee o interpreta, toma de la obra y vida de Jaime Gil de Biedma elementos guiados por la pasión: ser el maestro para Guillermo Carnero o Alex Susanna, la crueldad hacia Pere Gimferrer, el cine y la copla... Su abandono en 1975 de la acción creativa tras la muerte de Franco, la decepción tras la espera, su poesía completa en los bolsillos de esos aprendices, la Barcelona salvaje, la sala Zeleste, la actividad desde el Centro Asociativo de Gais y Lesbianas, Ventura Pons y los jóvenes pinchadiscos que lo enamoran con canciones de The Smiths en antros y callejuelas. 

Un hombre encantador, podemos usar esas sencillas palabras. Los ochenta, la cercanía a Juan Manuel Serrat, su interés por la canción pop, sin saber que, tras morir, una generación, la del cambio de siglo, conocería su obra a través de las melodías de Gabriel Sopeña y la voz de Loquillo en celebrados discos como La vida por delante, de 1994. Pero antes, siempre con el corazón en el romanticismo italiano, la claridad del agua, el incienso turbio de Nueva York. 

La enfermedad, palabra que podría ir perfectamente con mayúsculas, es parte de esa existencia azarosa y trágica, como en una carrera entre la vida y la obra. Una relación entre el rock y los versos, la contradicción del tabaco filipino y las madrugadas de whisky, el enfrentamiento agónico de la bohemia con la ducha fría y el café solo que le exigía su trabajo. 

Luis Antonio de Villena, quizá el más fiel y último de sus amigos, aparece para recordar que la elegancia también se medía con el paso firme hacia un despacho, con la mente despejada y el traje a medida, alterado por el verso oculto y exigente que peleaba por salir entre la trifulca de la mejor de las telas y la barba perfectamente afeitada. La imagen, la estética, toda una vida: muchos llevamos más de tres décadas buscando entender el único argumento de la obra. 

 

Miguel Dalmau, Jaime Gil de Biedma, retrato de un poeta. Barcelona, Tusquets Editores, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Más allá del discurso narrativo, en la hendidura del hiato, el silencio, la pausa, se instala la poesía de Bartolomé Ferrando (Valencia, 1951), tal y como se aprecia en sus poemarios En la línea del horizonte y Hay ramas donde cuelga el aire (editorial La Única Puerta a la Izquierda).

- Para que la «escritura fermente», ¿qué disposición de ánimo se requiere?

- Se requiere silencio, mucho silencio. En un lugar en el que el sonido se muestre casi abandonado y olvidado.

- «Engranaje» es un sustantivo que se repite en el poemario. ¿Cómo saber que la armonía y disposición son las correctas para que ese engranaje discurra a su ritmo?

- Cuando los ojos se deslicen blandos entre una maquinaria de letras y la voz estalle y se disuelva en el aire, entonces, en ese momento, el engranaje discurre a su ritmo.

- ¿Cuándo conviene besar «los labios de la niebla»?

- De noche, cuando el espacio es negro y se desdibujan los bordes. En ese momento en el que todo está disuelto en oscuro.

- Entre una «composición musical» y un «sonido crudo», ¿qué sucede?

- Suceden músicas diversas: música ruda, música de aire, música vertical, música del gesto y música inmóvil.

 

“El silencio es tiempo y brota a bandazos en la poesía y en la música”

 

- ¿Cómo brota el silencio en la poesía, en la música? ¿Cuál es su lenguaje, de qué manera nos habla?

- El silencio es tiempo y brota a bandazos en la poesía y en la música. Su lenguaje es blanco y hueco, repleto de insignificancias.

- ¿Qué papel desempeña la atención en la escritura?

- La atención puede ser puntual, dirigida o puede ser global. Yo prefiero la atención global, en la que se advierten, al mismo tiempo, grupos y bandadas de rasgos ínfimos visuales y sonoros.

- «el deseo / se introduce / en el deseo». ¿Es el envión original, lo que nos retiene del lado de la vida, el deseo?

- El deseo contiene necesidades instintivas con una «articulación interna inexpresable en términos lógicos», que decía Jacques Lacan. Y cuando el deseo se introduce en el deseo, la articulación se hace única y se refuerza

- Para que los límites no duelan sino que protejan, ¿cómo han de ser?

- Cuando el límite se difumina, ya no duele, pero tampoco protege. Se atraviesa con facilidad y ligereza. Decía John Cage que «no hay límites en el obrar, sólo en la mente». Se me ocurre dejar la mente en blanco: te proteges, pero ya no duele.

 

“A mayor sinsentido, mayor sentido”

 

- Entre la descripción de un término, su interpretación poética y su distorsión sonora, ¿qué espacio queda para entendernos?

- La descripción de un término siempre es parcial. Su interpretación poética la abre y construye un territorio nuevo, e incluso, a veces, varios territorios. La distorsión sonora encaja de otro modo: a veces sobre fragmentos-territorio unidos entre sí, dando lugar a bloques a veces impronunciables, o bien rascando de un supuesto lenguaje primigenio, arañazos sonoros. En todos los casos, el espacio de comprensión existe. A mayor sinsentido, mayor sentido.

- ¿Cuáles son esas «sílabas vergonzantes / que no se atreven a acercarse unas a otras»?

- Cuando se trocea el lenguaje y se dispersan las sílabas bajo el paraguas y el dominio del sentido, las sílabas se resisten a juntarse de nuevo, como si tuvieran culpa de su fragmentación y se vieran amenazadas por la imposición del sentido.

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

Un saber decir inequívoco y personal

9 de octubre de 2026 13:37:41 CEST

Raúl Molina es un reconocido estudioso de la poesía española contemporánea a pesar de su juventud (pienso en sus trabajos sobre Julio Llamazares y las poéticas de la ruralidad), o su recientísima antología de las últimas promociones líricas de nuestros pagos. Me refiero a Un estallido. Antología de la poesía española. 2000-2025, escrito junto a Álvaro López Fernández y que, a pesar de la ingente cantidad de nombres seleccionados, tiene un prólogo muy interesante y un meritorio esfuerzo presentador del estado de la cuestión.  Eso ya lo sabíamos por sus trabajos y tesis doctoral, lo que yo desconocía es su faceta como un poeta existencial con tintes modernos, que nos emplaza desde el mundo como un lugar sin salida y donde, a pesar del desarrollo y peligros de la sociedad postindustrial, los pájaros en bandadas cruzan hacia el este. O, si así lo prefieren, un lugar donde cabe la esperanza, pese al tono trágico, comprometido, crítico y pensativo de sus versos.

Lo curioso y destacable es lo anticipado. Raúl Molina trae desde los poemas en prosa con que inicia y cierra el libro (verso libre el resto), un tono y unas lecturas explícitas: Antonio Gamoneda, Antonio Méndez Rubio, Raúl Zurita o José Ángel Valente reunidos bajo ese mundo de hormigas y desiertos de Edmond Jabès y Maurice Maeterlinck conjugados. Se me olvidaba decir la aparición por sus páginas de Paul Celan y otro/as suicidas. Y, sin embargo, no estamos ante un celanita desolado, a un impostor de los que sacan provecho tras Theodor Adorno, y el escribir poesía después Auschwitz y que hoy se llama Gaza. No, Raúl Molina no se ha quedado anclado en esos discursos que tuvieron compromiso real y mérito artístico en sus iniciadores.  Los echamos en falta frente a quienes poco a poco se han convertido en remedo o lugar común de muchos que escriben acogidos al prestigio de lo desolado por su falta de ánimo o por la necesidad de un tópico prestigioso, sin reactualizarlo. Molina no cae en esa trampa y escribe desde el yo que vive cuanto escribe, y eso se nota.

Estamos en consecuencia ante un libro breve, unitario, lleno de ese agonismo existencial vivido, sentido y transmitido, a veces de bordes agudos y bronco, seco, otras más dúctil, ajenos a los lenguajes miméticos. Uno de los puntos clave es ese espacio del lenguaje propio de óxidos y amoníacos.... Y desde ahí estas breves reflexiones líricas, sin demasiados asideros tropológicos ni referenciales, pero llenas de un saber decir inequívoco y personal, pues su desnudez se prende del asunto y de su esencialidad sin ornato, velada, pero no críptica. La asunción de ser hombre o vivir en la intemperie prima, con denuncias concretas a la explotación a las minas de coltán, la destrucción, los bombardeos o simplemente a ese extractivismo sin freno de recursos, desde el propio oxígeno a las quemadas fronteras de la muerte, con cuanto eso significa en la modernidad.  En ese contexto el yo lírico muestra su fragilidad y dolor,  precariedad, junto a esa gente humilde que viaja en vagones de tercera, como todos nosotros, y que junto a ese lenguaje tan propio, escarbado en el yo, hacen de este libro una referencia que dejo al alcance de mi mano.

 

Raúl Molina Gil, Hormigas en el centro de un desierto, León, Eolas Ediciones, 2026.

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Morales Barba

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