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Configurar sentido descendente

Cuentos para una duermevela

30 de octubre de 2026 13:42:56 CET

Fernando Garriga obtuvo el Premio Ignacio Aldecoa de 2026 por Sacrificio, una colección de cuentos unidos por redes subterráneas. Bifurcaciones capaces de generar un clima de realismo del interior, de esa geografía no euclídea de la Argentina: selva y jungla en la triple frontera imposible de Paraguay, el Brasil y la Argentina. La mágica fundación de Buenos Aires, recopilada por Manuel Mújica Martínez, extractos de la imaginería de la isla en la tradición de Adolfo Bioy Casares y su Invención de Morel, o, más recientemente, Diego Muzzio o Edgardo Cozarinsky. 

Los dos primeros relatos, “Un bucle de tiempo” y “Un segundo bucle de tiempo”, juegan con el círculo temporal infinito, la permutación de personajes, la mutación de los puntos de vista. La cita de Jorge Luis Borges actúa como guía hacia el interior/exterior, los jardines y los mares, la tierra y el río. El mismo recorrido es un remedo porteño de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, desembocando, fantasmal, en la zona de Obras Sanitarias de Buenos Aires. Entremezclada con la herencia anglosajona de El corazón delator de Edgar Allan Poe, se hace cuerpo la potente tradición de la viñeta argentina, desde la paranoia futurista de El Eternauta de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López hasta el urbanismo decadente de Parque Chas de Ricardo Barreiro y Eduardo Risso. Gótico de fiebre, personajes enfermos de veneno, biromé y queroseno. Páginas en ruinas. Canoas que llegan hasta el Jardín Japonés de Buenos Aires. Los nombres se superponen en un anecdotario de delirio: Emilsa y Marcelo, Gianna y Leila, el hotel Sheraton, las barracas de Belgrano, el urbanismo de Plaza Italia. Como si la narración avanzara en el tiempo y el espacio, de una isla al centro de Capital Federal, de la fundación del Río de la Plata a las fiestas en Palermo, con bellas pinchadiscos transmutadas y espectrales. Leemos: «Esa agua que tomamos —dijo, señalando el río— en realidad nos envenena. ¿Qué puerta será la salida?»

Más anecdótico resulta “Un pez naranja”, donde el amor es un remedo compartido por los viejos personajes de Alejandro Dolina: una levantadora de pesas que cambia el deporte por los pasteles, la morfina por el cannabis. Resinas y dulce de leche. Un ciclo de vida que incluye la soja, el pequeño jardín, mensajes escritos en el cielo y el alma nutricia del cuerpo agrícola de la Argentina: «En este país tirás una semilla y crece». Mientras uno escucha a Luis Alberto Spinetta dibujando con su voz y su guitarra aquello de «Todas las hojas son del viento». El amor entre un hombre y una mujer, la distancia. Física y espiritual. Giganta y enano. Sexo geométrico y compatible, de desgarros fuera de moldes, pleno en los sentidos. No sabes si son las sustancias o la paz. Algo aleja el dolor. Él, que viene de lejos, de Tres Ombúes en Ciudad Evita, por La Matanza, sabe hacer churros y comparte el paseo con ella. Un desencuentro —uno más en las historias del volumen, calles de asfalto y violencia— que, tras la tensión, llevará al alivio. La historia de dos contra el mundo. 

En “Sacrificio”, Garriga nos presenta a un hombre, otro fantasma en la madrugada urbana, que encuentra un caballo que nadie pudo domar y que resulta más estimulante que su propia esposa. Hay un deseo en la obra de Garriga de llevarnos hacia las flores y las mascotas, bulbos y animales. La hija ausente es otro espectro que se diluye en la frontera entre lo real y lo soñado. Volvemos a Tres Ombúes en La banda de los enanos, un cuento del conurbano del Gran Buenos Aires. Vuelve Nadia, con su centenar de kilos, la familia de Santiago. Albinos, bolivianos, enanos que se meten en las casas cuando nadie los espera. Misterios de un lugar pleno de hambruna y culebras, más campo que asfalto. Hermanos que se difuminan en sus anécdotas mientras el autor dibuja, sinuoso, el río de la historia de España que acabará en la fundación de Buenos Aires. Se integran Juana la Loca, Carlos I de España y V de Alemania, amores en Canarias y los distintos virreyes del Río de la Plata en una verbena bufonesca de comedores de alfajores, periodistas locales y enanos, niños, bufones que mastican dulces como fantasmas de miseria, motos adaptadas, resinas fumadas y policías demasiado atractivas. Un compendio con trazos de situacionismo y anécdota de extrarradio. Lo vulgar conectado con la pétrea historia. 

El libro termina con “Tilcada”, una historia larga, casi una “nouvelle” dentro de los cuentos, plena de Juan Rulfo y William Faulkner, con ecos recientes en la narrativa con aderezo fantástico de Dennis Johnson. Una superposición de tiempos y desgracia, amores y brujería. Desde Jujuy a París, pasando por Buenos Aires. Un reino desértico de civilizaciones en agonía, de razas que solo responden a las leyes de los hombres: famélicos, sexuales, violentos. La sed del desierto y la muerte como un estadio vacuo, del que uno se recompone con leyenda o fantasma. Un coya (etnia andina del norte de la Argentina), con su piel de cobre, que sufre la violencia de los milicos, de los vecinos, del mundo de moscas, gendarmes, perros agónicos y humillaciones. Todo se mueve con nafta de olor mareante. Y, humillado y sin vida, no se le acercan ni los gusanos: «Año nuevo. Hay cinco días que están fuera del tiempo. Eso pensó mientras flotaba, que estaba fuera del tiempo, era el primero de esos días. Por eso no moría». A partir de ese momento, la historia comienza su metamorfosis en la Odisea latinoamericana. Con almas livianas y ropa de domingo. Un renacido que habla con arañas, que trabaja por el pan y la sal, que se convierte en mito susurrante entre sus iguales: «El otro Coya se sumergió en esas voces de tal modo que los alcanzó sin haberlos alcanzado». Un prometeo andino fuera del tiempo, vivo en una nube, en el camino de silencio y polvo, donde nadie lo reconoce ni se le acerca. Una vieja, una bruja, que lo retiene en su rancho imposible. Lo hechiza y somete: «Alguien debe morirse para salirse». Escapa para acabar en una boda, en otra mentira, en un lugar de especias y picantes lejanos. Consumido por un súcubo traicionero, el autor hace de la desgracia virtud, humilde coya que subasta una vida, una historia, más allá de cualquier horizonte. 

Sacrificio, de Fernando Garriga, es un libro que entrelaza a sus personajes, demiurgos entre la vida y la muerte, en el duermevela de la existencia. Un libro de belleza y sentimiento que nos devuelve lo mejor de la tradición del relato corto argentino.

 

Fulgencio Garriga, Sacrificio, Logroño, Fulgencio Pimentel, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

La editorial Páginas de Espuma recupera una de las obras fundamentales de la literatura española, Zeta, de Manuel Vilas. Originalmente aparecida en la colección “Los cinco elementos” de la editorial DVD, de Sergio Gaspar, Zeta se convirtió en un referente dentro del panorama aragonés de principios de siglo por su carácter híbrido y posmoderno: entre la novela y el relato corto, la prosa poética y la obsesión urbana sobre la muerte y la soledad. Zeta tuvo su continuación en 2004 con Magia, también editado en DVD. Los relatos del libro tenían un componente todavía más cerrado, de una magia psicótica donde la ciudad conocería una nueva mutación, esta vez de Zeta a Cetísima.

Tras la desaparición de la editorial de Sergio Gaspar, Zeta conoció una reedición-recuperación en la colección Salto de Página en 2014. En 2026, con Manuel Vilas convertido en autor canónico, consagrado entre las primeras espadas de las letras españolas, Páginas de Espuma publica Zeta-Magia en un solo volumen: Zeta, de Manuel Vilas, en una versión definitiva, pulida y revisada por el autor. La novela responde a los tiempos en los que fue escrita: una nueva demografía, el extrañismo y la canción pop. Todas las fronteras entre géneros desaparecerían completamente con la aparición de Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, en 2006, si bien la obra de Vilas está emparentada de un modo más evidente con Las afueras, de Pablo García Casado, un poemario cortante, de realismo social mágico, al ritmo hipnótico de los temas de Lou Reed.

Antes de Zeta, Manuel Vilas y su presente/pasado distópico, recuerda Barbastro. Antes de los institutos y los pasillos, los discos de The Who y Patti Smith como semillas que eclosionarían unos años más tarde. Igual que Félix Romeo consigue lo universal desde la fascinación por lo local, Vilas unifica lo local, lo urbano, haciendo extensible lo plano y lo solitario al resto de Occidente. El urbanismo intoxicado y decadente, hermético de cal y sosa cáustica. La memoria del lector sitúa a Zeta en la mutación de Zaragoza, pero, además de ese Barbastro, aparece Teruel como refugio de Franz Kafka y el urbanismo de sus barrios como una confederación que los dota de personalidad propia. El Actur y las líneas de autobús que unen los hemisferios de una ciudad anterior a la EXPO, como una especie de zona intermedia, neutra, que recuerda a las barriadas del Tánger de William S. Burroughs. El calor del agosto zaragozano enfrentado al frío industrial divino, la enfermedad como habitante de la Casa Grande y las enfermeras y los fontaneros, oficiantes  de  una  ceremonia  que  tiene a las calles de Zeta como dios supremo en una cosmogonía propia.

Vampiros y ángeles, el McDonald's de la plaza de España, las cajas de Valium, una narrativa rítmica y acumulativa que emparenta con la obra de Vicente Luis Mora, sobre todo por el urbanismo fractal de su Circular 22. El estilo de Manuel Vilas en Zeta es eminentemente acumulativo: su narración se basa en la composición de capa tras capa, reforzada por el cemento de los sintagmas hasta convertirla en una letanía. Un libro de obsesiones, de mitificación de lo cotidiano: calcetines, zapatos, taxistas, colchones, gasolineras, la televisión y la luz artificial. Una piscina vacía, moribunda, sucia; un amanecer  que  se  confunde  con  el  atardecer  y  esa  fantasía  sugerente del personaje fantasmal que aparece en “El nadador”, de John Cheever.

Vicente Aleixandre y Nico como contraposición cualitativa de las influencias del Manuel Vilas de 2002 a la hora de redactar el manuscrito de Zeta, una obra escrita en pesetas que rompe con la idea de inmutabilidad de la ciudad, euros o maravedíes. Manuel Vilas escucha a Lou Reed en el último walkman que se conserva sobre la faz de la Tierra, pasea por una Zaragoza sin árboles: en la Zeta de Juan Alberto Belloch ya habían desaparecido todos los árboles. La sombra estaba prohibida. Volver a Nico, en las líneas 23 y 20, las que recorrían la ciudad, las que llevaban más allá del Pryca —convertido en Carrefour—, donde Zeta terminaba, hasta el CPS, Centro Politécnico Superior, el punk de plástico. Los últimos videoclubes de la ciudad, Truman Capote comprando libros de arte rebajados en el VIP's antes de que la cadena se convirtiera únicamente en negocio de restauración.

En esta edición, Gentes de Zeta es el nuevo nombre para Magia. Aparece Baltasar, con su nombre de falso rey mago; sus personajes parecen teclear la vida usando una especie de código máquina, convirtiendo la Casa Grande en el Hospital Miguel Servet y los institutos de educación secundaria en un abrevadero de podredumbre y formatos baratos: café, Orfidal, las últimas cajas de Katovit, pensando en que llegue mañana y pasado mañana. Manuel Vilas acelerando a traición la vida. Un tratado inacabado de situacionismo con referentes en los novelistas norteamericanos contemporáneos: los autómatas crueles de George Saunders, el absurdo apocalipsis docente de Don DeLillo en «Ruido de fondo» y, por supuesto, el realismo histérico de La broma infinita, de David Foster Wallace. En Zeta se asoma un cierto clasismo, no hay que negarlo: todos los que usan sus manos, todos los que madrugan, los que no leen, peluqueras y mecánicos, los que se alimentan de comida chatarra, son N. P. C. (personajes no jugables) que consumen recursos sin más objetivo que dejar que la vida los atraviese.

Existen todavía los cines Renoir, pero no la memoria del COVID ni el tranvía. Nos reconocemos en la muerte, muchos años después, en los pasillos del hospital, en la luz de la UCI, que nunca se apaga, un día artificial y eterno que agota a los pacientes. Agua y bacterias. La muerte viene con sed, la muerte viene con hambre. En la Casa Grande, como en un poema de Federico García Lorca, no duerme nadie. Leyendo Zeta de nuevo, uno recuerda la cardinalidad exagerada de Manuel Vilas: la exageración en el uso de los números como exaltación lírica, lo cuantitativo como metáfora, un estilo inconfundible de miles y millones, que será parte de España, que se diluirá en el novelista más tradicional del futuro, pero que dejará una huella indeleble en sus lectores e imitadores de la época hasta crear un estilo propio.

Una revisión imprescindible para el que se acerca a la obra por primera vez y también, por supuesto, para el que disfrutó de aquella explosión nutricia en su momento.

 

Manuel Vilas, Zeta, Madrid, Páginas de Espuma, 2026.

 

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Roca de escándalo

30 de octubre de 2026 12:57:16 CET

Leí el PDF de El libro de las razones equivocadas, de Diego Roel, y lo celebré como un gran libro. Me ofrecieron escribir un prólogo, pero tuve que declinar la invitación por falta de tiempo. Ahora me alegro porque habría hecho falta un prólogo muy bueno para estar a la altura. Sobran además por lo general los prólogos, sobrecargamos nuestros libros de material paratextual, prólogos, epílogos, dedicatorias, citas, me da la sensación de que así espantamos el lector no profesional, tan encantados de habernos conocido en nuestro endogámico ombliguismo. Sí que es cierto que muchas veces los libros de poemas son breves, y los editores tienen que sacar más páginas para que les compense la factura de la imprenta. Pero ni con esas. Diego Roel viene en este libro desnudo, y eso resuena todavía más en las paredes despojadas de su celda, desde la que evoca al Greco, «el más pobre, / el más solitario de los hombres». En la tradición española, la poesía de Diego Roel podría remitir al llamado venecianismo de los años 1970. Como entonces, él pone en escena un monólogo dramático en la voz de personajes históricos: Rimbaud en Kyrios, Paul Celan en Shibboleth, Alia, la hija de Tsvetáyeva, en el título homónimo, Andréi Rubliov, el pintor ruso de La Trinidad, al que dedicó una película Tarkovski, Robert Walser en Los cuadernos perdidos y el Greco aquí. Aunque los poetas de los años 1970 escribían contra la llamada poesía social que los precedió, eran sobre todo culturalistas, desenfadados y pop, con algún resabio de tenebrismo muy somero, ya leían en otros idiomas, habían viajado a Europa, volvían cargados de experiencias, libros, pero era la suya una poesía más libresca. 

Diego Roel salpica sus libros de referencias culturales, pero está más cerca quizá en el modelo, no en la dicción, del Robert Browning que forjó el monólogo dramático en torno a figuras pictóricas como Fra Lippo Lippi o Andrea del Sarto. No sabemos si es por la austeridad y la hondura del estilo pictórico del pintor cretense en concreto, pero en este libro se ve más densidad en la voz y más profundidad en la mirada.

A diferencia del Luis de Baviera entre oropeles evocado por algún novísimo, Diego Roel se siente más cómodo en el sayo, pan y agua del pintor heleno, su voz es más sentida cuanto más humilde. El libro de las razones equivocadas supera así la superficialidad del llamado venecianismo con dos anclajes de profundidad: lo matérico, la entrada en el poema de pigmentos, colores, la materia misma de la que se extraen —«Hay cosas que para ocultarse se pintan / con siena quemada, con negro de hueso / o azul ultramar.»—; y el eco de una religiosidad no decantada en clericalismo. Religión viene de religare, y la poesía puede ser uno de los vínculos con el espíritu que el materialismo ha cercenado: «Aquí lo que ha sido ligado se desliga, / lo que ha nacido muere». 

Estamos en guerra, el ser se siente asediado y no valen medias tintas. Lo dice el Greco en palabras de Diego Roel: «La mayor libertad nace de la mayor resistencia». La trinchera más evidente es la de la sentimentalidad, por eso es valioso este libro que ofrece una alternativa de belleza y profundidad raras hoy día, y porque nos recuerda, desde Argentina, aunque el idioma no conoce fronteras, de dónde venimos: «Forjé en lo oscuro de la sangre un sol», solo con este endecasílabo se sube Roel a la cima de la poesía en nuestro idioma, nos trae a Garcilaso, encastrando el metro en lo vernáculo, y lo pasa por el tenebrismo de nuestros grandes barrocos, con la variedad más oscura del metro, la menos lumínica: acentos en cuarta y octava sílaba. El Greco resiste disparando desde los ejidos contra figuras establecidas en el canon central de la época como Miguel Ángel o Vasari, con los que entabla singular lucha en los márgenes, no en el centro, pues el centro lo ocupa otro combate mucho más singular: la luz contra la sombra. Podría hasta resonar el eco del cornuto y perdedor del Sarto en el canto amoroso del magnífico poema Carta a Jerónima de las Cuevas. Roel introduce en varios libros, también aquí, la novedad enunciativa de las epístolas en el monólogo dramático, y en este recrea, imagina y amplifica, con sutil y acerado pincel, la historia de amor del pintor: «Eres una espina en la carne», remata, y palidecen todas las otras dramatis personae a las que ha dado voz Roel, que ha mirado a la pintores barrocos buscando la huella antropológica de los hombres y mujeres que ellos retrataron, aparte del papel oficial de santos o mártires en la Contrarreforma, leyendo a contraluz la historia personal de cada uno de estos rostros que lo fueron sin duda de carne y hueso. Siempre pensé que lo más espectacular de la pintura del Greco eran los trasluces de sus cielos, donde la pincelada mística adelanta varios siglos el impresionismo. 

Frente a la pintura realista de nuestros grandes maestros, Velázquez, Ribera, Murillo, Zurbarán, Diego Roel demuestra en estos poemas que el más aprovechable, el más moderno, fue el exiliado griego entre católicos. De Los cuadernos perdidos, donde parece que ya habite el Greco, evocado en aquellos versos: «Detesto a los que se pasean por el mundo / con un nimbo de heroísmo y santidad», a este Libro de las razones equivocadas, el poeta sigue buscando la esencia, el verdadero libro, y no se cansará de buscarlo, aunque se diría que ha alcanzado una suerte de cima en su poesía, más despojada y esencial en voz del genial autor de La adoración de los pastores y su túnel inverosímil al fondo, como boca que se abre para engullir al pintor moribundo. La nueva sentimentalidad de los años 1980 reaccionó comprensiblemente contra el venecianismo epigonal. Lo anómalo es que el péndulo no haya vuelto a tirar para el otro lado en 30 años, al menos no lo ha hecho en la poesía más establecida. 

Que, con una lectura renovada del culturalismo, Diego Roel ganara el Loewe, premio que canoniza, apesebra, sitúa y establece como pocos, ¿invita a pensar que el péndulo se mueve? Diego Roel, sí, se mueve y nos mueve sobremanera en este libro, atraviesa el océano con una poesía que llega a estas costas para ser, como la obra del pintor llegado del otro extremo, genial «roca de escándalo».

 

Diego Roel, Libro de las razones equivocadas, Barcelona, La Garúa, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Carlos Jiménez Arribas

La Aljafería en la imaginación de Verdi

21 de octubre de 2026 08:48:21 CEST

¿Qué tiene que ver la Aljafería con Il trovatore, una de las óperas más populares de Giuseppe Verdi? La pregunta, que podría parecer circunscrita a la historia de la música, abre en realidad un amplio territorio de relaciones entre literatura, arquitectura, política y creación artística. Marta Vela lo recorre en El imaginario de la Aljafería en Il trovatore, un ensayo publicado por Pregunta Ediciones que rastrea el origen de una imagen que acabó proyectándose mucho más allá de Zaragoza.

El itinerario comienza con Antonio García Gutiérrez y su drama El trovador, estrenado en Madrid en 1836. De aquella obra surgió el libreto de la ópera verdiana, estrenada en Roma en 1853. Entre ambos momentos se produjo una transformación decisiva: la historia teatral española fue absorbida por la gran maquinaria operística europea y adquirió una nueva dimensión a través de la música de Verdi.

Marta Vela no estudia ese proceso como una simple sucesión de influencias. Su interés se dirige hacia el contexto cultural que permitió que una fortaleza zaragozana se integrara en la imaginación romántica. El siglo XIX encontró en la Edad Media un repertorio inagotable de personajes, conflictos y escenarios. Castillos, ruinas y palacios proporcionaban una geografía adecuada para representar pasiones extremas, luchas por el poder y enfrentamientos entre individuos y estructuras sociales.

En ese contexto, la Aljafería poseía unas características especialmente atractivas. Su pasado islámico, su arquitectura y su vinculación con la historia medieval la convertían en un lugar idóneo para la mirada romántica, siempre dispuesta a descubrir en España una combinación de exotismo, tradición y misterio. El monumento dejaba así de ser únicamente un espacio histórico para convertirse en parte de un imaginario artístico europeo. A completar esta mirada contribuye el prólogo de Sergio Castillo, Jefe del Servicio Gestor de la Aljafería, que ofrece una aproximación rigurosa y, al mismo tiempo, cercana a la historia del palacio. Desde el conocimiento directo del monumento, Castillo reconstruye sus principales hitos constructivos y explica las sucesivas ampliaciones y transformaciones que, a lo largo de los siglos, fueron configurando la Aljafería que hoy conocemos.

Uno de los méritos del ensayo es ampliar el foco más allá de Verdi. La presencia de Wagner y Meyerbeer permite a Vela situar Il trovatore dentro de una corriente estética mucho más amplia. La ópera decimonónica no solo buscaba nuevas formas musicales: necesitaba también escenarios capaces de sostener grandes conflictos dramáticos. La arquitectura medieval, real o recreada, ofrecía precisamente esa posibilidad.

La autora presta asimismo atención a la dimensión política de este universo. El romanticismo no miraba al pasado de manera inocente. Las revoluciones liberales, la reacción absolutista y los movimientos nacionales modificaron la forma de interpretar la historia. El trovador de García Gutiérrez puede leerse desde esa perspectiva como algo más que un personaje de ficción: en su enfrentamiento con el poder aparecen algunas de las tensiones que atravesaban la sociedad española de su tiempo.

Esta lectura permite comprender mejor la extraordinaria fortuna de la obra. Verdi encontró en el drama de García Gutiérrez una historia de amores, rivalidades y venganzas, pero también un material dramático capaz de traducirse en música. La célebre intensidad de Il trovatore procede, en buena medida, de esa concentración de conflictos: Leonora, Manrico, el conde de Luna y Azucena se mueven en un mundo dominado por la pasión, la violencia y la fatalidad.

Especial interés tienen las páginas dedicadas a la escenografía. La imagen de la España medieval que llegaba al público italiano y europeo no dependía únicamente del libreto o de la partitura. También se construía mediante decorados, vestuario, iluminación y otros recursos teatrales. Vela muestra así cómo la representación visual contribuyó a fijar una determinada idea de la Aljafería y, por extensión, de la España que el romanticismo quería llevar a escena.

El carácter musical del ensayo se prolonga, además, fuera de sus páginas. El libro incorpora una particular “lista de reproducción” a la que el lector puede acceder gratuitamente mediante sendos códigos QR que remiten a YouTube y Spotify. De este modo, la lectura puede acompañarse de fragmentos sonoros significativos de El profeta, de Meyerbeer, y de Il trovatore, de Verdi. La propuesta no funciona como un simple complemento, sino como una forma de acercarse directamente a la materia musical que el ensayo analiza y de percibir, a través de la escucha, algunas de las conexiones estéticas que plantea Marta Vela.

El libro ofrece, por tanto, varias lecturas posibles. El aficionado a la ópera encontrará las claves literarias y culturales de Il trovatore; el lector interesado por Zaragoza descubrirá la trayectoria europea de uno de sus monumentos más singulares; y quien se acerque al ensayo desde la historia cultural podrá seguir el proceso por el que un lugar concreto entra en circulación dentro de las artes.

Hay, además, una cuestión de fondo que recorre todo el estudio: la capacidad del arte para modificar nuestra percepción del pasado. García Gutiérrez no reproduce una Edad Media histórica; Verdi tampoco convierte su drama en una reconstrucción documental. Ambos utilizan el pasado para construir una obra contemporánea a sus respectivas sensibilidades. La Aljafería funciona dentro de ese mecanismo como referencia histórica y, al mismo tiempo, como materia de ficción.

Marta Vela consigue convertir esta compleja red de relaciones en un relato cultural atractivo. Su investigación permite seguir un viaje que va de la escena madrileña a la ópera italiana y de la historia de Zaragoza al imaginario europeo del siglo XIX. El resultado es un ensayo que amplía la comprensión de Il trovatore y, de paso, devuelve a la Aljafería una dimensión artística que forma parte de su propia historia.

Porque los monumentos no solo conservan piedras, estilos y acontecimientos. También acumulan las miradas que los han interpretado. La Aljafería de Il trovatore es una de esas miradas: una creación nacida del romanticismo que terminó incorporándose a la historia de la ópera. Marta Vela ha tenido el acierto de seguir su rastro y de mostrar, con ello, hasta qué punto música, literatura y arquitectura pueden encontrarse en un mismo escenario.

 

Marta Vela, El imaginario de la Aljafería en Il trovatore, Zaragoza, Pregunta Ediciones, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Juan Villalba Sebastián

Lugares inhóspitos

21 de octubre de 2026 08:34:58 CEST

Diego Rodríguez Reis (Buenos Aires, 1979), profesor y escritor, ha publicado poesía y ensayos desde 2009 hasta este mismo año. Sus textos han aparecido en publicaciones de toda Latinoamérica, Alemania y Estados Unidos. En España, entre otros, destaca este volumen, La dimensión conocida (Pre-Textos, 2026) que obtuvo el Premio de Poesía Antonio Ródenas García-Nieto en su última edición.

Un volumen que habla sobre los espacios cotidianos, con la dificultad de entender qué es lo  natural y qué es lo amable. Entre Franz Kafka y el Samuel Beckett de Final de Partida, Diego Rodríguez profundiza en lo más lírico y hermético de la poesía. Más que novela, serie de televisión, más que final, espóiler: “Los resúmenes de la fecha / el diario del lunes”, las repeticiones y el final: “Yo sólo quiero saber / cómo va a terminar / esta historia”.

La biografía del yo, la historia del cuerpo, el algoritmo que ofrece un fuego, un fractal programado, cortante, muñecas que son asesinos en vez de someterse a la colección de Deliciosas Criaturas Perfumadas: “¿Hay algo más triste / que un árbol / al atardecer?” La serie vuelve, al apagar el mando y encontrar los electrones fallidos, golpeando a la televisión sin antena, algo parecido a la muerte, la pelícana y el androide.

El poema sobre El Hombre Invisible: “Mi problema es con el sueño / eso finito interminable” o “Unas rachas de sueño débil/inservibles” Un hombre, ¿vuelve al pueblo? ¿Vuelve? ¿Qué? Que vuelve pueblo, que vuelve, ¿Qué vuelve? ¿Qué? La madre muere, la madre es lengua: “La mujer la madre la lengua / la frialdad el calor la voz original / la luz los latidos las palabras”, enumeración, casuística, el uso de la acumulación cuantitativa: catorce millones de años.

El poema, Hereje: “dios / ya no entiende mi fe” y Héroe: “voy a buscar / el sol de la noche” pan para el tiempo, el manejo de los sentimientos como algo emocional, no cartesiano. El olor del último cigarrillo, mínimo. Y terminar: “la luz que hoy no respiro / no sé si volveré mañana”. El poema que da título al volumen, de serie retro, de miles de opciones paralelas, La Dimensión Desconocida. En la fundación se encuentran los límites de la memoria: “Hay una topografía de la memoria / hay sábanas y selvas de la memoria / hay lúcidos obreros esclavos/y patrones de memoria” Escuchar el álgebra, dejar que desciendan las probabilidades, usar la estadística como un arma: “Aquí datos domicilios / tu lugar tu dirección / los prontuarios los antecedentes / y los pronósticos reservados”.

Diásporas fronteras, más allá de la inundación, la palabra: piel y vejez. Palimpsestos, ídolos y caos: “los fantasmas que violamos en las sombras / no envejecen”. Mapa de otoño, las direcciones, este, norte y sur, solo dejan una respuesta: “Al oeste en las llanuras / cuadernos borradores se amontonan”. El verano ha terminado y seguimos remando, seguimos suspirando: un poema del cero, una canción de Dynamo sobre la primavera, luna roja de Gustavo Cerati, sol de enero infinito: “Estoy adentro / de mil mundos / para siempre / adentro de mil mundos”.

Un poemario donde lo desconocido está presente, las reflexiones se concatenan, hay un reguero de pasión argentina, un recuerdo a las reposiciones nocturnas de series antiguas, que hacen de esos espacios un lugar de creación.

 

Diego Rodríguez Reis, La dimensión conocida, Valencia, Pre-Textos, 2026.

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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