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De un tiempo de amor e instantáneas

3 de julio de 2026 12:22:04 CEST

Uno de los poetas más carismáticos y generosos del siglo XXI en Aragón, con una producción que hibrida el cultismo, la poesía del silencio y, de vez en cuando, un toque beat (más músico que lírico), que lo hace acometer la didáctica y la creación poética en todas las direcciones. Es inevitable nombrar algunos de sus poemarios más celebrados dentro del canon aragonés como Ademenos (Olifante, 2008), 333 días, con el que obtuvo el Premio de Poesía Miguel Labordeta de 2005, y su obra clave, He roto el mar, cuya última revisión, en el año 1993, editó Prensas Universitarias de Zaragoza. Forega ha compaginado creación, traducción y ensayo. También los aforismos, como el libro Verissimum mendacium, publicado por Pregunta el año pasado y reseñado en esta misma sección. 

En este nuevo y nutricio volumen de poesía, Un año (y medio) de amor, editado por Prames en su colección “Las tres sorores poéticas”, sus textos van acompañados por sugerentes fotografías realizadas por su hija, Berna Martínez Forega, un contrapunto ideal desde el blanco y negro, hipnótico y analógico. Dividido en tres partes, la primera, desde el 1 de enero al 30 de junio, comienza con el impertinente mar como definición de infinito. Forega, ya canon, se cita con el mar, el mar roto, una vez más. Y encuentra en su sabor una experiencia conocida: “Si salo de nuevo el mar…”, sed que solo calman los besos. 

Él mismo habla, tras la flor como icono inevitable, de “la luz encubre mundos deseados semejantes a tesoros lejanos e inalcanzables y describen paisajes sólo intuidos, y mares por donde navegar envueltos en la sal y el yodo de las brisas que sedujeron, sin ir más lejos, a Odysseos y a Rimbaud”. Ulises y Arthur Rimbaud, y Luis Alberto de Cuenca como un eco en los cuerpos perfilados. En el poema quinto: “Sueña en tus labios la melodía del aire”, un contrapunto a la exigente figura geométrica del amor: “devora las sombras del día, / el secreto móvil de las llamas”. La sed y la humedad, sin saciar la una con la otra, llega algo sensualmente convulso: “Empapado / de sábanas, a ti consumado y único/me entrego”. Y, en la enfermedad, el amor tísico: “Y detendré el aquilón de tu pulmonía” o el color que explota: “cuyas pulpas estallaban en los ojos”. Volver a los besos, al pez sediento de la humedad del mar quebrado, contra la sal, la miel celtíbera, un poeta navegando en los contrastes: “Una luz que encuentra sentido rodeada de oscuridad”. 

Células muertas. Conteo del infinito. La convergencia de números reales, que contienen innumerables lugares entre ellos. “Se escucha en los lechos un ulular / entre las cárcavas de las sábanas”. Restos orgánicos, sumergidos en la minimalista confusión del cuerpo y la tela. Sobre el catálogo de amores: “Me dejas de tu silencio la cuchilla”. 

Imaginar a Forega como un poeta que escapa del alquitrán para entregarse a la sensibilidad de la lavanda, sabor puro de saliva: “Y los oteros abrisados de romero”. Volver, del amor, a la muerte, de la pareja al padre: “Conozco la muerte cegadora del padre”. Donde el silencio y la oscuridad son hermanas en la tristeza, misericordiosa mano que cubre una mano en la instantánea. Existe el ángel como necesidad para el rezo. Avanzamos en el año, del 1 de julio al 31 de diciembre. Se asoma entre la maleza un poema rompedor, un vidrio entre la selva: “Dos ojos negros iluminan la selva, / pero no son aún la selva”. De entre esa oquedad laberíntica de lo verde, se someten los pájaros: “Los pájaros sueñan con escapar de sus ojos; / presos, apenas ya palpitan, / y mueren por fin en quien los mira. / Edipo hizo acto de presencia”. 

En una hipótesis infinitesimal la baraja sobre el teclado, las letras se entremezclan, traicionadas por el álgebra, con la aritmética. Y un medio año extra, la tercera parte, del 1 de enero al 30 de junio. Jara y siluro: “Qué amé de ti y de qué modo”, lecho y tarquín, enlodarse; en la poza el pez abre la boca para, de nuevo, buscar ser saciado por la pócima última: “Ser uno cuando miras los planetas”. Y de ahí, salvia y lengua, fila de dientes, las hambrientas ondas que sobre el mar, otra vez roto, surcan. En el sexo: “Y con tus caderas hacerme un puerto / donde un submarino nuclear recale” y en embarcación, buscando hogar, se abandona el poeta: “¿Verdaderamente me espera un templo / en cuya nave central el cáliz de la ebriedad / habrá de derramarse?”. La construcción de una obra majestuosa, formativa, imprescindible, contínua. Manuel Martínez-Forega, poesía generosa para un mundo sediento.

 

Manuel M. Forega, Un año (y medio) de amor, Zaragoza, Prames, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Los niños también leen poemas. Esto es algo que solemos olvidar, y dejamos pasar algunos poemarios dirigidos a ellos de enorme belleza, como El mundo al revés (Témenos edicions), escrito por Silvia Rins (Barcelona, 1971) e ilustrado por Charo Mur, toda una reivindicación de la infancia como telar de la imaginación y de un mundo (el propio) que no entiende —como le sucede al poeta— de normas, códigos e imperativos.

 

-¿De qué manera dialogan las ilustraciones que integran este poemario con los poemas?

-Cada página de este libro representa un doble espejo. La pintora Charo Mur recrea cada texto en una imagen. Y, a su vez, cada dibujo o acuarela enriquece el significado del poema. El diálogo entre ambos acaba conformando un mismo universo simbólico en la mente del lector.

 

-¿Qué determina lo que uno encuentra detrás de «una puerta invisible»?

-Lo que anida en cada uno de nosotros. Como dijo Jung, gran parte de lo que vemos fuera no es sino una proyección de nuestra propia realidad interior.

 

-La lectura de un niño, ¿en qué difiere de la de un adulto cuando habitan un poema?

-El niño carece todavía de los condicionamientos de la cultura literaria. Para bien y para mal. Su trayectoria vital es más corta, pero su mirada suele ser más permeable al asombro. Por ello, no interpreta tanto el poema como lo experimenta, de una forma más intuitiva y personal. 

 

-Cuando uno «respira oscuridad», ¿está más cerca del misterio?

-En algún momento, quizá poco después de reconocernos como seres individuales, de diferenciarnos de lo que nos rodea, como el pequeño gusano de “La casa roja”, advertimos que llega la noche y perdemos de nuevo nuestra identidad, disueltos en el sueño. Y aceptamos el misterio.

 

-«Hay fantasmas que viven en tazas de leche». ¿Cuáles son los fantasmas del poeta?

-Los deseos no cumplidos, las vidas imaginadas, los secretos inconfesables. Lo que se nos queda en el tintero. Todo ello, latente, en potencia, cabe sin duda en una taza de leche.

 

-¿Qué distingue los amigos invisibles de los fantasmas?

-No es fácil conocer a nuestros fantasmas. Nos vigilan, pero prefierenesconderse de nosotros. Suelen ser vaporosos y escurridizos. Los amigos invisibles, en cambio, se manifiestan cuando los necesitamos. Nos ofrecen su compañía y su consuelo. Se ríen con nosotros. Y si alguien intenta convencernos de que no existen, los defendemos con inesperada vehemencia.

 

-¿Habita «un ogro» no solo en el papá del poema, sino en cada uno de nosotros? ¿A qué nos ayuda ese ogro?

-El ogro de papá, junto a la bruja de mamá, son las primeras figuras que imponen el orden, la lógica y la ley en el amoral mundo de la infancia regido por la magia. Más tarde comprendemos que ambas se han instalado en nuestra cabeza. Y que el ogro es un guardián, con mucho miedo a hacer el ridículo, que vela por nuestra adaptación y supervivencia en la sociedad.

 

¿Qué tesoros puede uno encontrar entre los versos que lee?

Epifanías, sean de luz o de oscuridad, que despiertan partes de nosotros mismos que teníamos olvidadas.

 

-¿Cómo modula el peso de la infancia en el adulto en el que uno se convierte?

-La infancia forja nuestra personalidad. Me causa extrañeza cómo, en general, subestimamos una época tan importante de nuestra vida, en la que se halla el germen de quién somos —y de quiénes podemos llegar a ser—. Con los años, solemos correr un tupido velo sobre ella, avergonzados de haber sido niños alguna vez. Sin embargo, como una casa a cuestas, sigue viajando con nosotros.

 

-El mundo al revés, luminoso, deseable, ¿indefectiblemente acaba con las sillas cayéndonos sobre las cabezas?

-El mundo al revés desaparece cuando nos integramos en el Reino gris. Cuando nos convertimos en lo que los demás esperan de nosotros. En el mundo imaginario «todo es posible», los objetos de la casa se mueven y giran en el aire, en una danza libre y azarosa, puesto que han perdido su función. En la infancia, las sillas todavía pueden ser pájaros. En el Reino gris, la ley de la gravedad se impone.

 

-¿Cómo se detecta un malo pensamiento? ¿Son fructíferos, esos pensamientos malos?

-Los malos pensamientos son como habitaciones cerradas. El problema no es que existan, sino intentar derribar la puerta a golpes. Pueden ser fructíferos cuando nos ayudan a comprender qué ocurre al otro lado; peligrosos cuando los proyectamos sobre los demás.

 

-Para que los charcos no se sequen y la niña mala no se aburra, ¿qué se requiere?

-Ya señaló Hannah Arendt que el mal puede alimentarse de la ignorancia, el miedo o la indiferencia. Podríamos añadir a la lista el aburrimiento. Sin embargo, “La niña mala” habla también de otra cosa: del deseo de pertenecer. A veces seguimos persiguiendo el arco iris aunque sepamos que nos aleja del sol.

 

-¿Cómo saber si hemos traicionado al niño que fuimos?

-Preguntándoselo. Él aún no ha aprendido a mentir.

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

Atrapar el frágil equilibrio de la existencia

3 de julio de 2026 11:32:23 CEST

Como de otra orilla, es el título de la antología poética que nos deja Kálathos Ediciones para releer a Noni Benegas, al rescatar algunos de sus libros casi inencontrables. La portada muestra una reproducción de sus pinturas, a base de carbón y sanguina, ejecutada con los ojos cerrados. El título y su contenido suele remitirnos a distintas interpretaciones y dobles sentidos, lo que es propio de su escritura, nunca cerrada.

Reconocemos en su poesía una originalidad infrecuente, su valentía también, en los riesgos que asume en tiempos poéticos a la contra. Suele dejarnos una impresión de “desplazamiento” en muchos de estos poemas; desplazada como viajera o exiliada, buscando un lugar, o un sueño que estabilice un equilibrio imposible, cualquiera que pudiera ser este. Su juego con la palabra y los conceptos dudables, animan a menudo a que decidan tomar direcciones incógnitas según la lectura que se haga, y en Noni Benegas resulta paradigmático.  No siempre caen en nuestras manos poemas tan sorprendentes que dejen una huella sensorial e intelectual tal, que nos conquisten como para volver a ellos, redescubiertos en una lectura posterior.  

Es una poeta parca en la expresión, por concisión, sin extralimitarse en su necesidad de decir. Siempre lo justo con tal de abrir expectativas para contar las tribulaciones de una mujer equilibrista. No hay claridad como simplicidad, hay provocación para imaginar. Nunca el camino fácil, siempre el riesgo, heredera de una tradición a la que su continente de origen nos tiene acostumbrados por la perplejidad y la novedad en sus decires. Lo particular de Noni Benegas es que no debemos esperar ver el poema a las claras, según nos llega, el poema respira y siempre trae sorpresas, puertas y trampillas que, si sabemos abrirlas, nos permite ver una realidad aumentada como a través de un espejo, donde encontramos elipsis e inseguridades o vacilaciones, sin perder el humor nunca; humor también a costa de sí misma.

La selección de los poemas y los comentarios introductorios a cada título de la antología, son de la poeta venezolana Verónica Jaffé, recientemente reconocida con el Premio Casa de América 2025, que deja su aserto en la contraportada: “Se ha dicho que no existen grandes poetas, ni quizás perfectos poemarios, pero sí grandes poemas y versos, casi perfectos. Noni Benegas escribe versos así”. Los comentarios entran lúcidamente al pensamiento de la autora, lo que nos servirá de guía, si a lo largo de esta libérrima expresión perdiéramos pie, como diría ella misma.  

Los libros que componen Como de otra orilla van desde el comienzo de la escritura de la autora hasta su último libro publicado, sin tener en cuenta una antología anterior que se llamó El ángel de lo súbito

Argonáutica, del año 1984, editado por Laertes, fue el primero de sus libros. Contó con prólogo de José María Valverde. Él mismo diría que se trata de una poesía de “suave broma sin chiste”. Antes lo leyó y aprobó el exigente José Ángel Valente. Se trata de visiones y epifanías difíciles de catalogar, pero imposibles de abandonar tras perseguir su sentido y el juego de términos y fenómenos que nos muestra, repleto de personajes reales o entes personificados, movidos en una fantasía extrema y vivificante que denota un amplio abanico de lecturas previas. Hay que añadir que es una lectora voraz desde la infancia. 

Tres historias de sexo, fue el segundo de sus libros. Historias y conversaciones donde se enuncian asuntos importantes desde el límite del decir que delinea la poeta: “El sexo es una cosa sin Dios y sin ley, por eso vive angustiado, denunciaron los del Ejército de salvación, o Noches sin rostro ni ley, inundan la alcoba, el alcázar, el universo”. Personajes históricos desmembrados de su anclaje lógico viajan en las palabras con alucinada expresividad.   

La balsa de la medusa, fue Premio Nacional Miguel Hernández, en 1986. Lleva el nombre del cuadro de Géricault y, si el símbolo del naufragio es evidente, hay algo más. Varios temas aparecen en ese lirismo profundo: la observación, la niñez, la casa de la infancia, en un tiempo siempre inconstante. Es un libro escrito bajo la influencia de Paul Virilio y su teoría de la velocidad, la desaparición, el poder y la guerra, texto fundamental con larga influencia en otros autores y cineastas que la poeta tradujo, decisivo, a la vez, en su nueva visión de la poesía. 

Cartografía ardiente es un libro del año 1995, que obtuvo la ayuda a la creación literaria del Ministerio de Cultura. Son poemas para un período vital distinto y comprometido de Noni. Limpieza y purga de la palabra, resalta en los poemas una expresividad ardiente, como señala su título. Llegan los años 90 para desplegar inquietudes y peleas, registros del pasado que siempre nos siguen o persiguen. Es un momento para hablar y dejar atrás todo lo que nos impide ser o crecer. El cuerpo, el erotismo, el dolor de la espera, el de sus escritores. Llegan causas que defender, también la obra de teatro, El saber gay y, con ella, el feminismo y el amor que reivindica la libertad de ser. 

Fragmentos de un diario desconocido, del año 2004, editado por eMe, obtuvo el premio Esquío de poesía. Combina fragmentos de prosa y verso en asociaciones conceptuales que conducen esta escritura. Inicia con una revelación personal rotunda: “Vivir es algo menos que soñar y ver. Es automático como la revelación del ver, pero no sorprende”. Una suerte de progresión del libro anterior. Hay familia y los dolores correspondientes, amor, metapoesía con referencias constantes al proceso de creación, a la construcción del poema, e identificaciones fenomenológicas con las cosas, como en el poema “Timanfaya”, y las referencias expresas u ocultas a otros poetas, también habitual en sus poemas. Una expresión nunca a derecho, buscando cosquillas y recovecos como sus “palabras bomba”, y palabras parónimas o las encadenadas que atraen siempre la sorpresa a quienes leen con la atención en guardia. 

De ese roce vivo: libro publicado en 2009 y reeditado en 2023 en la colección   Poesía de Genialogías. En esta última ocasión se acompaña de un estudio crítico de Mª Ángeles Pérez López, profesora titular de la Universidad de Salamanca y poeta, así como de una conversación con la periodista y escritora Isabel Navarro. De nuevo y desde otra “orilla” vemos a la madre construida poéticamente en este original lenguaje que surge del acto creativo y no deja de lado la emoción. Un recorrido del tiempo del dolor que anuncia la muerte por superar. Es un libro hermoso, sin duda, con el que sentir y revivir la biografía compleja y ambivalente que nos acompaña con la madre. Celebración de la figura carnal que ha sido, sin olvidar los daños sufridos de su mano, que ahora toma en despedida inapelable. Libro lleno de coraje para hablar de las pérdidas con un lenguaje depurado como ya hemos ido comprobando, sin blandenguerías, pero efectivo en la traslación de una emocionalidad que se comparte por su potencia evocadora. 

Lugar vertical, del año 2012, recibió el premio Rubén Darío de la Ciudad de Palma, 2011. La identidad y sus fantasmas, sombras del yo existencial y la familia de nuevo, donde transita la vecina, el poema y su trabajo…, juegos e intercambios de imágenes muy visuales para narrar la inconsistencia del ser, fonemas que dicen y se desdicen, que asemejan y atraen la vida común para después tomar distancia, para invocarse en referentes que suenan novedosos. Y ritmo, mucho ritmo siempre en Noni Benegas, atraída por sus poetas navegantes entre los versos. 

Animales sagrados, escrito en una residencia literaria en Francia, fue premiado también en 2011. De nuevo volvemos a la familia. Hay una infancia que nos permite recordar que la felicidad no está garantizada. Esos domingos familiares que caen a plomo y que ella dice “donde la luz cae a pico”. Poemas descarnados sobre las relaciones que establecemos a nuestro pesar, “indestructibles siempre”. Aquí encontramos la simbología animal que nos remite a ese Gregorio Samsa kafkiano para visionar la transformación de los sujetos familiares en metáfora viva, en la que nos guía con fina ironía y humor que despierta nuestros propios fantasmas. Veremos en las naturalezas muertas de los bodegones de Morandi, el paralelismo que simboliza en la mirada de Noni Benegas, una familia de tantas. Son reseñables los últimos poemas, como el dedicado a Angiola Bonanni, historias del tiempo y la ciudad recreada en lo que ve y en lo que existió, pero ya no es, poemas oscuros que construyen la identidad mientras pelea con la escritura en soledad y de nuevo, acompañada de la existencia de otros poetas.

Falla la noche, publicado en el año 2022 por Bartleby Editores, es su libro más reciente. Uno de sus versos da nombre a la antología: Como de otra orilla. Y ahora nos situamos en otro lugar del referente “orilla”. Poemas que surgen de su duermevela, entre el sueño y la vigilia, cuando decae el sueño profundo. Dirá ella, “en cuanto lo escribo cristaliza”. Esa corriente necesaria para dejar asaltar ideas no conscientes de las que nacen versos extraordinarios por su fineza: “Cuando bajas de la cama el mundo es una cinta rodante”, dice el verso.

Parte de las ideas que aquí encontramos aluden a una forma de estar que es el no estar, insistiendo en la fugacidad que es el propio estar cuando siempre estamos pasando, o corriendo de aquí a allá. Muchos de los poemas se mueven en términos contrarios u opuestos que persiguen distintas comprensiones del lenguaje para emerger en otras lecturas no sabidas a priori. También en relación con la colonización usa esos términos parónimos a los que acude a menudo, ideas asociadas mágicamente que construyen un todo inseparable como, carabelas y calaveras. Deseable es poder acceder a la edición del libro, puesto que todavía no es difícil de encontrar.

En resumen, la antología, Como de otra orilla, nos acerca una visión de la poesía de una autora exigente con su obra. Coherente con el compromiso adquirido con el lenguaje, depurado e iluminado para, desde otra luz, atrapar el frágil equilibrio de la existencia que fluye, instantánea y fugaz de nuestras ensoñaciones y carnalidades más íntimas, derivadas de una biografía que puede rastrearse y ampliarse en las lecturas plurales que ella propone.

 

Noni Benegas. Como de otra orilla. Antología poética. Kálathos Ediciones, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Ana García Negrete

Una indagación contemplativa

3 de julio de 2026 11:18:56 CEST

Aunque la poesía es -o puede ser- una forma de aprovechar las hendijas del verbo para hacer de la grieta una falla, una ruptura, y abismar el decir, encontramos en estos Indicios de Carlos Permanyer (PUZ, 2026) una forma de nombrar la experiencia vital sin salirse en el empeño fuera del lenguaje o, al menos, sin romperlo de una forma sistemática. Es por ello que percibimos en sus versos un desempeño limpio, fraseos cortos que dan lugar a un poema claro y abierto al lector, ante el que se muestran un texto de apariencia sencilla, pues es reflejo de un hablar directo, sin preámbulos ni parapetos. 

Estas señales indiciarias surgen de la observación de la naturaleza como metáfora o como paisaje habitual -tal vez como paraíso perdido-, y que constituye uno de los elementos vehiculares de la exploración. Al leer sus versos surgen varias preguntas: ¿Dónde se mira?  ¿Qué rostro confronta esperando respuesta? Y además esa voz, ¿dónde quiere hacer eco de forma natural? El poeta sabe, aún con todo, de esta ruptura y nos confiesa que su voz es apenas un hilo: “afuera, el mundo/ que intento descifrar […] todo parece destinado a un silencio interminable”. Y más adelante, “así es el asombro./ Conmoción y promesa”. 

El ser es fluir, pero el estar requiere un espacio. El poeta pretende “fijar en el tiempo este lugar./ Y después, lentamente,/ reconocerme en él. […] Como el río conoce/ el cauce, los barrancos y los valles,/ las rocas desgastadas,/ erosionadas, transparentes...”. Esos son, pues, los indicios: las marcas casi imperceptibles de lo que es, de lo que se perpetúa a lo largo del tiempo, de lo que permanece en eterno presente, es decir, en constante movimiento y, por ello, se somete a la naturaleza, pero se desgasta y la daña, la mella, la deja marcada para que indaguemos y podamos sondear lo pasado, que no es disociable del ahora o del porvenir, aún así inciertos. 

Esa discontinuidad es una mácula perceptible en el paisaje, es “un temblor de fondo. Un estremecimiento. […] Si lo intuyes, lo sabes”. Y genera una distancia interior, una saudade que se expresa abiertamente en el texto: “Tengo nostalgia/ de bosques y de valles,/ un mar en calma/ y de esta luz persistente/ en su fugacidad”. Todo lo que permanece es provisorio y, al desvanecerse, “solo quedan palabras en el tiempo”.

Para Permanyer, el momento es plenitud y el hecho de estar o el de transcurrir a través de ese instante en un lugar concreto, en un “aquí” para ese estar, genera sentimiento de inmutabilidad; una persistencia como la que inspira una roca hierática en el río, pues está sometida a un flujo que no controla, a la fuerza de un devenir o a un destino preestablecido, pero tiene la capacidad de permanencia, de resistencia, siempre que no se fracture o traicione a su ser. Esa piedra que se baña en el presente sabe, como lo supo Heráclito de Éfeso, que el río es otro cada día, que “todo transcurre sin darnos cuenta” y deja un “rumor que se adentra / en la penumbra”. 

Seguir es la única esperanza. Dejarse temblar, como titilan las estrellas: “Este silencio, esta nieve / serán acaso todo” y, ante esta realidad que parece envolvernos y que nos supera, afirma: “nada tengo que añadir”. 

El poeta, sin embargo, no parece encontrar que su existencia se encuadre dentro de la naturaleza que observa, y a la que considera irreprensible pues, al hablar de esa perfección en la creación subraya: “pero nosotros no”. Ser, pues, una roca: el indicio de una montaña que, tal vez, haya ya desaparecido. Detenerse, entonces, en ese tránsito. Y nos dice Permanyer: “Por este camino voy. / Bajo este cielo sueño. / Más allá de este horizonte, el mundo, / que desconozco, como un fulgor./ Lo que importa está aquí. / Me detengo. Soy”.

 

Carlos Permanyer, Indicios, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Ricardo Díez Pellejero

Al otro lado del espejo

29 de junio de 2026 10:21:43 CEST

María Benítez Soldevilla (Alice Quinn) nos entrega su primer poemario, Mecheros para las hadas editado por Los Libros del Gato Negro. Su labor profesional y artística se encuentra plenamente integrada en su obra, que bebe de referentes pictóricos, cinematográficos y de la psicología sanitaria. Un libro que comienza con versos «¿Es Amor una palabra excesiva? / ¿Cómo es el peso de la sombra que proyecta?» En su léxico hay insectos, ninfas… el lenguaje de las hadas escapa de la metáfora sencilla: «Porque mi cuerpo fue ciudad asediada / y en sus calles resuenan -todavía- / los gritos de las víctimas / durante el exterminio». 

Acompañando imágenes potentes tenemos referencias a iconos y representaciones, de San Juan al arlequín, y el mundo de los juguetes de madera, llevándonos, ligeramente intoxicados hasta lugares extraños: «La luz evita tocarme, como si mi piel contuviera / todos los pecados del mundo». Impacta la imagen de los ángeles incinerados en el cielo, la geografía salvaje contra el tiempo: «Masticar diamantes, vomitar carbón». 

En un mundo angosto y asimétrico, lo simbólico se encuentra en el recuerdo de un mar profanado: «Una sirena sin talento para cantar, / pero muy buena escondiendo cadáveres» o de una playa sumida en una tormenta, amenazada por un extraño confeti: «En esta playa cubierta de cenizas / caen del cielo cadáveres de libélulas / y las gaviotas se estrellan con alevosía / contra el agua tensa». 

En el sueño, en la pesadilla, en los contrarios de la luz y la noche: «Cada sombra tiene/su propio miedo a la oscuridad». Cuando la naturaleza se niega a convivir con la derrota, encontramos fragmentos de versos que atraviesan el libro: «Mi sufrimiento es el acto atroz / de talar todos los árboles del mundo / para escribir un libro tras otros / y, sin embargo, / seguir siempre en la misma páginas, / sin poder pasarla». 

El sueño, la ausencia de sueño, el duermevela, hipnótico, narcótico: «Mi insomnio consiste en una voz que insulte/en que no puede dormir / porque escucha una voz diciendo / que no puedo dormir / y así la misma...». La escritora somete a sus poemas a un bucle infinito, una cinta de Moebius que cristaliza en el camino entre la boca y serpiente, la geometría del círculo, el misterio herético del número Pi. 

Encontramos, en la arqueología de citas, una serie de nombres: Ted Bundy y Alejandra Pizarnik, pero también Gata Cattana, Angélica Liddell y el Peter Punk de Leopoldo María Panero: “Vierto vinagre en la herida porque / hay que regalarla a diario”. De la juventud y lo físico: “Tu casa tiene una entrada que desconoces” o “Mi juventud es un pez que se escurre”. Virtud antiinflamatoria en el estigma de la química, sea el ibuprofeno u otro medicamento: “Vierto vinagre en la herida porque/hay que regalarla a diario” o “Antidepresivo que no te anima, pero te duerme” y “Buenas noches, no hagas ruido, / estoy amamantando / la vieja herida”. Un videojuego, el salto del conejo, encerrado en el manicomio del té turbio, Alice: Madness Returns. La familia: “Un día no quedará nadie a tu alrededor que / hay conocido a tus abuelos, aparte de ti”. Poesía y biología, caramelos y muñecas: “Fenómeno que se multiplica como el núcleo de un virus, / aunque a posteriori tiende a fragmentarse / como un vaso contra el suelo / cuando mi gata lo tira”. 

Unos pocos meses que dedican a la muerte, Lisbeth Salander y su cerilla, por dos, como Chantal Maillard. Hay tiempo para el fósforo y para otras extremidades de la química: “El agua me baila a mí / calmando las quemaduras de tu ácido” o “He pensado que deberías saber / que si las tuvieses en la tripa, / estarían todas muertas. / demasiado ácido”. 

La poeta, identificada con lo acuático, vende su voz, de sirena, hacia la isla: “Tragar pastillas para anular el grito”. Y es premonitoria: “Y todos los péndulos de los videntes giraban / ante tus fotografías” de una situación extrema: “La herida está llena de larvas / la vida cría en mi muerte”. La electricidad última, la de la batería: “Un electrodo en mi frente / la consciencia es material” y la de los últimos días: “Desde que ellas han llegado/el hospital de paliativos de mi cabeza / ha sido cerrado / y los enfermos dados de alta”. Todos los cuentos comienzan a arder cuando nombran a Wendy última entre las dríades. Un libro poderoso que marca el camino de una carrera literaria estimulantemente diferente.

 

María Benítez Soldevila (Alice Quinn), Mecheros para las hadas,  Zaragoza, Los Libros del Gato Negro, 2026.

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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