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Configurar sentido descendente

Tras el gran recibimiento de su obra de debut, Niña con monstruo dentro (Bala Perdida, 2023) -ganadora del 45º Premio Tigre Juan 2023 a la mejor obra narrativa en español y Finalista de la 20ª edición del Premio Setenil al Mejor Libro español de Relatos 2023-, Rosa Navarro da el salto a la novela con una obra divertida, sin complejos ni ataduras, diferente, lazada y alzada por una prosa elegante y en la que, en todo momento, es improbable adivinar lo que nos traerá ya no la página inmediata, sino el siguiente párrafo por leer. Pero lo primero a lo que hemos de enfrentarnos es a su título, Recochura, palabra que no recoge la RAE, aunque puede parecer próxima a “recocha”, término que viene a definir lo muy cocido: recocido. No obstante, indagando en el vocabulario manchego, encontramos en el diccionario de Tomelloso que se define recochura como estado de incertidumbre y desasosiego; ansiedad que acompaña al que se le priva de algo que espera, particularmente de una determinada información y, en otras localidades incluso hallamos su sinonimia con “mala conciencia”. Bien, tiempo habrá en la lectura para decantarse por una opción un otra. 

Nada más abrir sus páginas nos sorprende el humor -cuando no el sarcasmo-, la originalidad, la precisión en la expresión mientras avanza el relato con la facilidad del dibujo a mano alzada y, por momentos, incluso sentimos la aparición de la fuerza lírica con la que se ayuda a componer el timbre preciso del instante, del paisaje o la emoción hiperbólica, así dramatizada. Se diría que, además de los obvios, hubiera un personaje inmaterial que no pasa inadvertido y que no es otro que el lenguaje, pues se aprecia un cuidado tanto en el glosario de términos que se usa, como en la forma de encadenar las ideas, creando un texto por momentos delicioso; un disfrute narrativo que, por otra parte, se ha de reconocer que es uno de los pilares que sustenta y da ocasión al desvarío del relato. El otro -diría- es el saber, la erudición, que consolidan y otorgan carta de verdad a lo surreal, a lo que sería imposible en un relato que se limitara a lo más probable, a lo verosímil o al decir gris,  haciendo de esta manera lógico y dando carta cabal incluso a lo más descabellado. 

La historia tiene como escenario una población manchega llamada Lugar, es decir, transcurre en un Lugar de La Mancha, lo que ineludiblemente nos llama la atención, no siendo ni el primer ni el último guiño al “manco de Lepanto”, pues el texto atesora referencias suficientes como para hacer de su surrealismo rural -también calificado como surruralismo-, una obra quijotesca que debería de tener su lugar privilegiado entre los homenajes cervantinos. 

Como anticipábamos, la otra presencia manchega es la del albaceteño José Luis Cuerda, cuya obra se ve celebrada en lo impredecible de la trama y en ese surruralismo, al que antes hacíamos referencia. 

En es Lugar, si me lo permiten, en ese Macondo se habían asentado tiempo atrás los antepasados de la protagonista, una muchacha que -como la Mamba Negra- regresa para hacer justicia: “he venido a robar un cuadro y a matar a un hombre” y a quien una “noche en la que el viento azotaba los cristales y Abuelo se comió el alfabeto a ella le llegó, sin avisar, el uso de la razón”, haciendo de la palabra -insisto- el coprotagonista de la historia; palabra que -como apunta Navarro- nos siembra en el lenguaje, nos hace pensamiento y, por ello, nos torna peligrosos para quienes quieren controlarnos, a ser posible, sin mucho esfuerzo ni resistencia. 

Con estos elementos: el humor, la (sin)razón, la afinada puntería -es decir, la inteligencia-, el juego con la palabra, la libertad de expresión y de acción…, son con los que Rosa Navarro compone este texto que puede parecer una “pedrada” y de hecho, lo es: es el canto con el que David golpea a un gigante: a una sociedad que, como ovejas, permanece amarrada por el aire de un páramo infinito, a sus estamentos de poder, a su jerarquía, a su religión, a su orden social, a su machismo, a su desinterés por la enseñanza y la cultura -que llega incluso a despreciar el conocimiento del secreto de los secretos: qué hay después de la muerte-… y lo hace al tiempo que ensalza el papel de las mujeres, en especial de aquellas libres y determinadas; del heroísmo de los parias y los incomprendidos; del valor del saber, del amor al conocimiento, que -en el inframundo del bombo donde habita Abuelo- se opone al imperio de estatuas y campanarios yermos. 

Rosa Navarro -al considerarse algunos de sus personajes femeninos- podría afirmar, como dijera en su día Gustave Flaubert de Madam Bovary, un “c'est moi”, pues en la maestra podemos ver a la profesora universitaria, en la joven pelirroja -entre cuyos rizos, como metáfora, anidan colibríes y toda suerte de pajarillos- podemos ver un alter ego curioso e idealista, pero sobre todo intuimos en Magdalena, en esa literata que escribe a dos manos con un recaudador -de nuevo- muy cervantino, una proyección en la que también hacer algo de humor con esa “obra maestra” que todo escritor (o escritora) sueña con haber escrito, o con llegar a escribir algún día.

Por la riqueza de recursos, por el uso del lenguaje en distintos planos y estilos, por la apropiación -a modo de sampler- de fragmentos de El Quijote o de Azorín…, por lo original, por lo libre de canon…, estaríamos tentados a concluir con un Rosa Navarro es la Rosalía de nuestras letras contemporáneas, pero no hay necesidad ninguna. Además estoy seguro de que preferiría que sintiéramos la singularidad de su voz, voz que alumbra en su novela a un verbo amaneciente, que no es poco.

  

Rosa Navarro, Recochura, Madrid, Bala Perdida, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Ricardo Díez Pellejero

Estadios cuánticos de realidad y locura

7 de enero de 2026 14:30:41 CET

La muerte es un jinete azul (Editorial Milenio, 2025) de Rosa Martínez González supone el regreso a la novela después de su poemario El miedo del doble a la soledad (Pregunta Ediciones, 2022) y sus dos anteriores novelas, Sobrevivir en Comala (Editorial Baile del Sol, 2010) y La nota muerta (Pregunta Ediciones, 2020). La autora, navarra de nacimiento, pero afincada en Aragón, nos presenta un libro sobre la literatura o sobre la locura. Ustedes pueden elegir. No es una boutade; resulta más cómo personalizar las palabras que entregarnos a los extremos. Una cita de Alejandra Pizarnik y otra de Paul Auster. La obsesión, en tres voces. La sensación de que el lector no es real, como tampoco lo son los personajes. César y su doctor. Un avatar para convertir el monólogo en diálogo. No hay respuesta. Solo la revisión de la infancia y la adolescencia. Desde la EGB a la muerte de los padres: un tanatorio sin lágrimas: “apenas había comenzado a saborear mi independencia y ya se me había arrebatado el pasado; mientras que el futuro se dibujaba como un horizonte imprevisible”. 

El protagonista envuelve el discurso en la ciencia, la ciencia de los clásicos: de Protágoras a Platón, con la antropología del lenguaje: una tesis doctoral sobre una tribu que practica la afasia colectiva hasta terminar en su extinción. César se deja llevar por la obsesión, las mujeres de labios rojos, la carnalidad con el aderezo de la violencia. Y cuando llega la negación, se combina con el amor. Un amor tóxico. Un personaje, Rebeca, que hará más por la novela con su ausencia. 

Del desamor, la poesía, un libro de poemas que se vende, dinero por la poesía, “El despliegue de la luz”. Como en Amor de Juan José Becerra, el protagonista se gana la vida con un poemario y dice: “Llegué a pensar que me lo había imaginado todo”. ¿Quizá fue ese el primer aviso? Un nombre, Nerval, que nos lleva a Mariana Enríquez. El retorno del icono, del avatar del deseo. Una gabardina azul, los labios rojos, bares, librerías, una jaula, una cita de Andrés Calamaro: “La vida es una cárcel con las puertas abiertas”. 

De Andrés Calamaro a Fito Páez, aunque sea a través de Charles Bukowski. Leen el relato de Cass. Fito escribió “Polaroid de Locura ordinaria” y José Luis García un poema que sirvió como texto de una de las más grandes canciones de Gabriel Sopeña. Los dos, César y Rebeca, viven en un relato corto de belleza y muerte. No hay nadie del todo vivo ni del todo muerto. 

La novela de Rosa Martínez es un estado cuántico constante, entre la literatura y la vida, entre el papel y el sueño. El escritor sigue cabalgando el éxito, pastillas y alcohol, novela negra. Vaciado por la felicidad: ¿Le enferma la realidad o es la rutina? Llegar al instante de una anciana enlutada. Un trance, una almohada, cristales rotos, vaso de agua. Sangre. 

Una novela, en el duermevela de la realidad, con una boca tapada para no gritar. El escritor que quiera convertir en libro su vida. O usar la literatura como exorcismo. Jugar con la ciencia, la criminología, la banalidad del mal, la psicopatía. ¿Es el cuerpo del personaje, bello y atractivo, la fisonomía del asesino en serie? La autora nos lleva al 21 de septiembre de 2017. Coloca indicadores euclidianos para poder detectar los distintos estadios que llevan al abismo: el doctor desaparece, la bandolera en un nuevo día, el tiempo se desplaza, el caos es la realidad, un ascensor. Un ascensor es la marca del extrañismo: caer por el hueco de un ascensor y acabar en la calle, tirado en el suelo. En urgencias como si lo hubieran atracado. Podría llegar a ser la metáfora de lo cómico. Al enfrentarse a su doppelganger y acabar descubriendo que es su exmujer. Un hueco en un edificio público como metáfora perfecta del descenso a los infiernos. 

Espacio y tiempo se confunden. Valladolid y Madrid. Y Beatriz, ¿qué Beatriz? ¿No era Rebeca? Es la aparición/desaparición nutricia del personaje. Tabaco y una grabación. Registrar la realidad para justificar la locura. Juan Velilla. Si no son grabaciones, serán fotografías: “Fotografías contra el olvido”. Una especie de propuesta para mezclar a Leopoldo María Panero con el “metraje encontrado”, un estilo más hermético y cinematográfico que se introduce como la pez entre los huecos de la realidad. Esa es la novela. Una novela de tres personajes. De tres secundarios. Dos ciudades. Una tercera fantasma. El segundo secundario, José Luis, un anciano con un estudio de revelado analógico llamado Prisma. Como si Rosa hubiera escarbado en una memoria de los ochenta, en nuestra memora. La cámara, la película, es más que un objeto para captar la realidad, es un arma contra el olvido y la oscuridad. El olor de la química que trae el revelado despierta al protagonista y al lector. Un vagabundo, una calle, la cámara: salto, otra vez, en el espacio y el tiempo, la tercera ciudad, Alicante. 

¿La EGB es un estadio mental? ¿Un sueño que se repite, una memoria interna? No olvidamos ni nombres ni apellidos. Al volver de lo profundo, un carrete. ¿Pruebas del delirio? ¿De la maldad? ¿Pruebas o silencio? Volvemos a los potenciales estadios cuánticos de la novela. Cerrado por defunción. Del día 9 al día 17, un álbum abandonado sobre la mesa del negocio. Del 17 al 19. ¿Quién devora los días? El tiempo solo se conserva en los bares de los barrios, lugares donde las estaciones y las celebraciones están consensuadas, como los adornos de Navidad. Lo que capturas en la película (o en la cinta magnética o en los ojos del lector) son muertes al azar y el terror del anciano. ¿Existe relación entre la vida sesgada y el timbre en la puerta que avisa? Por primera vez, con el final de la primera parte, aparece la palabra suicidio.

Los tres capítulos en los que se estructura la novela ofrecen visiones distintas en el espacio y el tiempo; se desplazan lentamente, recopilan datos y ponen el contexto. Beatriz, la mujer que sustituye a la mujer, es más prosaica, luminosa y algo sensual. Llega cuando en la Campana de Gauss comienza el descenso. Nos ofrece un entramado de mundos paralelos, una sucesión cuántica, una realidad de locura como enfermedad, es decir, contagiosa. Pero ella es una mujer engañada, con un trabajo precario, en un Madrid desolador. 

Cigarrillos que van y vienen, que definen las máscaras. Un doctor. El doctor, te dice el lector: no ha muerto, no lo recuerdo, quién es… ¿Llegará el tercer estadio? Del primer intento a la intimidad por pena. La narración se extiende, luego se comprime. ¿Queréis saber qué guardaba el carrete? Manchas. Manchas que son un reguero velado de muertos que no existen. Cita a Ricardo Piglia, habla de las fantasías de John Cheever (en vez de piscinas, calles y fotografías). Daniel es un secundario poco exigido. Un detonante para la huida: “Un autor loco en estos tiempos es un soplo de aire fresco”. 

Al final hay que vender libros y la firma de una persona enajenada no tiene valor legal. Hermetismo, sencillez, ajenos a la sobredosis de la realidad. Amor, ligando, conmigo, siempre hay tiempo para la sensualidad. Juegos, sombras, luces y rostros, miradas, dos cuerpos. César tiene la piel impregnada de hospital y desesperación. También de nicotina. Camel, en concreto. Vuelve la electricidad estática, el ozono violento después del sexo. La autora construye un personaje débil y atractivo, que puede ser cruel, porque tiene algo de infantil: “Es que no tienes vida propia. ¿Qué estás haciendo con tu vida, Beatriz?”.  Así acabó todo: “Y de algún modo, así fue: primero César me echó de su casa; luego me suplicó que me quedase. Traté de que durmiera. Pasó tres días sin dormir”. ¿En qué realidad has depositado a Beatriz?, le pregunto a su autora. Una en la que el amor se diluye en un muro agrietado por la locura. No olvidemos que el delirio es primo hermano de la escritura. Por eso: “Menciona una y otra vez a Rebeca, a un anciano fotógrafo, a un amigo de Valencia, todo mezclado y todo confuso”. Apagón y dispersión, César: diez dimensiones, el hombre que vendió su alma. Cuando la ambulancia llegó, su vida había terminado, aunque siguiera vivo. Aunque tuviera que aparecer el Doctor Velilla para protagonizar el cierre, la tercera parte, la realidad golpeando como una amalgama de piedras y pastillas: Francisco de Goya, Franz Kafka, un hombre de vida sencilla, que prefiere leer a ganar dinero. Amante de una esposa (secundaria), detallista ligeramente monótono. El doctor trae una mochila rellena de contradicciones y espejos, en ese juego de espacios, empezamos a sospechar que Velilla es el lector de esta historia, lectores del lector. Beatriz Varela, no sabemos cuándo, se ha convertido en doctora. Escribe sobre muerte y literatura, sobre locura y novelas. ¿No es de eso de lo que escribimos todos?  Le preguntamos, con esta reseña, a la autora. 

Imagino, en la psicosis del escritor, unos pocos cientos de metros entre el Jardín Botánico y la Cuesta de Moyano. En Madrid, estratos separados, mezcla de pasado y presente, las vidas son distintas, el multiverso del jinete. Las librerías de lance, los almacenes de segunda mano,  la foto de la autora (un poco, sí, un poco, a escondidas de su mujer), el doctor Velilla busca chispa y encuentra fuego. Si el fuego es demencia también ilumina: “Aquellas páginas le llenaron de luz. Había alguien especial velando en la oscuridad y ese alguien era Beatriz Varela”. De pronto los tres confluyen como conjuntos en una intersección como Diagramas de Venn. Hay un juicio, hay un internamiento, hay llamadas y más intentos de suicidio. Viajes de Madrid a Valladolid. Ahí, donde siempre se dice la verdad, es donde el doctor se reconoce en el hombre que conforma el tercer vértice, con Beatriz y César. Beatriz convertida, súbitamente, en el objeto del foco de la historia.  Un atípico triángulo, entre la literatura, la psiquiatría, el sexo, o, más bien, la imagen del amor lujurioso y blanco. ¿Qué es la muerte en este juego cuántico de presentes? ¿Liberar a la víctima? Los últimos momentos lúcidos. 

La liberación tiene algo de eutanasia, de dejadez química. No importa.  He repetido muchas veces cuántico, pero es la semántica exacta. En esta nebulosa que nos deja la novela, hay más preguntas que respuestas. Más química que física. Ya no sé si es cita o conclusión, pero tengo que cerrar con esto: Alguien de esta sala podría afirmar que siempre y en todo momento puede o ha podido distinguir la realidad de la creencia, de la idea malsana, de la pasión irracional. Una novela,  La muerte es un jinete azul, de la autora española Rosa Martínez González. Literatura pura, destilada, indescifrable. No dejará indiferente al lector.

 

Rosa Martínez González, La muerte es un jinete azul. Lérida, Editorial Milenio, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Nos queda la palabra

7 de enero de 2026 13:59:06 CET

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay palabras ocultas bajo tierra,

hay palabras que cortan cual cuchillos,

hay palabras que siembran esperanzas,

hay palabras de luz y amaneceres.

 

Sin embargo,

prefiero los silencios

y la mirada dulce y sugerente

antes que la palabra vacua y simple,

antes que los insultos y amenazas.

 

La palabra se nutre de silencio

y tiene sus raíces

en el pozo de sabias reflexiones

y en la hondura fugaz

de los encuentros.

Escrito en Sólo Digital Turia por José María Ariño Colás

El séptimo día

15 de diciembre de 2025 08:54:28 CET

Hace ahora 120 años se publicaba Der siebente Tag, segunda obra poética de Else Lasker-Schüler, tras su primer poemario, Estigia (Styx, 1901) -un libro de debut aún muy influenciado por el entorno poético berlinés, en el que se había integrado muy activamente-. Sin embargo, probablemente deba ser considerado como “su nacimiento poético”, en el sentido en el que es aquí -en las páginas de El séptimo día-, en las que comienzan a aflorar los rasgos más característicos del hacer literario de esta pionera del movimiento expresionista. 

Aunque no tengo por costumbre pergeñar notas biográficas de los autores -limitándome a referirme en exclusiva a la obra propuesta-, creo que es precisa la excepción, dada la singularidad del caso. Elizabeth Schüler nace en 1869, aprende a leer a los cuatro años y deja la escuela en la pubertad, formándose sola. A los 13 años pierde a su hermano Paul, con el que esta muy unida y en 1890 fallece su madre, provocando su “expulsión del paraíso” y convirtiéndola en una figura fundamental de su obra: “Mi corazón es la madre muerta,/ Mis ojos, niños tristes/ que con el mundo van”. Se casa en 1894 con el médico Berthold Lasker y se mudan a Berlín. En 1895 conoce al poeta Peter Hilde quien se convierte en su mentor y la introduce en el ambiente de la bohemia berlinesa y en los círculos anarquistas y dadaístas. En 1987 fallece su padre, acrecentando el hueco en la poeta. En 1899 da a luz a un varón al que dará el nombre de Paul, en recuerdo de su hermano, año en el que comienzan a publicarse algunos de sus poemas. En 1901 publica Estigia. En abril de 1903 se divorcia y en noviembre se casa con el escritor Georg Lewin. En 1905 se publica El séptimo día, obra que -hasta donde yo tengo noticia- sólo está disponible íntegramente y en versión bilingüe castellano-alemán en esta edición de Los libros del innombrable, a cargo de Montserrat Armas. 

Nos hallamos, pues, ante la obra de una mujer adulta, recién cruzado el Rubicón de un siglo nuevo, de una vida nueva, segura de sí misma, liberada y que canta “Y ella supera/ El mundo,/ Perdiendo su principio,/ Supera todo tiempo,/ Y al final regresa a tu corazón milenario,/ Dominante” y que consigue verse introducida en un mundo de hombres -como lo era la escena cultural de Berlín, donde las mujeres destacadas se cuentan con los dedos de las manos, teniendo que acudir a nuevos estudios para encontrar otros nombres-, consigue ser una de las figuras más relevantes del Expresionismo alemán, e incluso ser despreciada por el mismísimo  Franz Kafka y lo hace eligiendo la elegancia más disparatada y el estoicismo más absoluto, pues son para ella años de verdadera carestía. 

La vida de Else, se extendería hasta 1945, dando lugar a la que, probablemente, sea su obra menos reconocida: su propia biografía, en la que introduce grandes dosis de autoficción. No obstante, para los fines de esta lectura, nos quedamos en los primeros años de la década de 1900, en Berlín, contemplando la obra de una mujer dispuesta a vivir su intelectualidad y su carnalidad de una forma libre, total y completa, aunque, por otra parte, es preciso recordar que se siente insegura ante el mundo -tal vez por la pérdida y la incertidumbre económica- y, de algún modo, atormentada, obstaculizada para vivir una dicha plena: “La pesadez asciende de todas las tierras/ Y el olor a plomo nos asfixia,/ Pero el deseo se extiende/ Y se arroja como incendio./ De ríos salvajes resuena/ El grito primitivo, La canción de Eva”. 

En este momento -en el de El séptimo día- el estilo de Lasker-Schüler es fiel reflejo de lo que es ella: está lleno de innovación, de desafío al lengua y a la estructura clásica del poema, de la rima, de la métrica…, juega con el lenguaje, experimenta y se deja sentir a través de él, probando neologismos -de difícil traducción, y en los que Armas ha tenido gran atención y delicadeza-, introduce en su verso un uso simbólico de las imágenes, una abstracción, un universo de referencias, un ritmo propio en la construcción del poema, pero también altera el tema y el tono, lo mismo aparecen referencias bíblicas que orgásmicas e interpela a otro que puede ser el amante, la madre, otro cualquiera, dios o ella misma: 

 

Profunda has inclinado tu cabeza sobre mí,

Tu cabeza de cabellos dorados, primaverales,

Y tus labios, suavidad de seda rosa,

Flores de los árboles del Edén.

 

Y mi alma es el amor que brota,

Oh, el deseo expulsado,

Y tiemblas por los presentimientos

Y desconoces por qué tus sueños se lamentan.

 

Y pesada me tiendo sobre tu vida,

Como un recuerdo de mil estirpes.

Y eres tan joven y ciega, tan joven como Adán…

Profunda has inclinado tu cabeza sobre  mí. 

 

Reiteradamente, nos encontramos ante poemas que invitan a ser interpretados –“Soy el jeroglífico/ Que subyace a la creación”-, a dar un sentido a la primavera, a encontrar el dolor primero de la infancia, a gozar del sexo declarado, a ver la incorrección, lo antisistema en el decir, a sopesar el recuerdo del linaje, etc. Interpretaciones, conexiones empáticas y simbólicas con la emoción y el decir de la poeta, que también se antojan necesarias ante otros muchos poemas, como este que lleva por título “Nuestra canción orgullosa”: 

 

Sobre nosotros cuelgan

Días extraños con azules fríos,

Y blancos témpanos de nubes amenazan

Con suprimir la dorada isla de los rayos.

 

Somos los dos vencedores vencidos,

Y coronas nos elevan de la sangre de los cerdos,

Profetas fueron nuestros padres,

Y nuestras madres, reinas.

 

Y dulces las nubes de melancolía trepan

En líneas de amor sobre sus tumbas púrpura ardientes,

Y nuestros cuerpos, dos columnas doradas, orgullosos se alzan

Sobre Occidente, como pensamiento de Oriente. 

 

Por tanto, nos entregamos a la lectura de un libro moderno, actual en muchos aspectos, lleno  de juegos, de experimentación en la palabra, de rebeldía y negación, de lamento y llanto, de pesada herencia, de exaltación de un placer a flor de piel, de labio. Por momentos sombría, apesadumbrada, derrotada por la inefabilidad, el miedo, la muerte; también se alza en sus versos una figura que nos seduce y atrapa. “En mi mano, pesado, yace sepultado mi pueblo”, escribe. Y, tal vez inspirada por la obra de Hegel -como conciencia infeliz-, proclama: “Hay en el mundo un llanto,/ Como si el Dios amado hubiera muerto”. En este contexto, ¿a qué alude ese séptimo día, en el que dio Dios preminencia al descanso, un día santificado por el trabajo concluido? En El séptimo día se celebra la creación de una nueva mujer, una Else nueva que no toma el lenguaje como algo prestado, ajeno, sino que lo hace propio y, desde su sentir, lo reinventa; de una mujer que juega con sus pies sobre una tierra nueva -tierra a la que alude recurrentemente- y no encuentra límite ni en el azul del cielo ni el brillar de las estrellas -que tiritan al contemplarla cada vez más distante-; una mujer renovada en el placer, en la carnalidad, en la liberación del deseo; nueva en su arrojo y en su decir simbólico. Una mujer completa al conocer su lado oculto y su anverso. 

 

El séptimo día. Else Lasker-Schüler. Edición bilingüe castellano-alemán. Edición y traducción de Montserrat Armas, Libros del Innombrable. 2025.

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Ricardo Díez Pellejero

El terror que se adentra en la sociedad afónica

11 de diciembre de 2025 11:36:05 CET

Elvira Navarro Ponferrada (Huelva, 25 de marzo de 1978) nos entrega una de las más notables colecciones de relatos de este año. Después de sus últimos títulos, La isla de los conejos (Random House, 2019) y Las voces de Adriana (Random House, 2023), La sangre está cayendo al patio (Random House, 2025) recoge nueve relatos de terror, físico y sobrenatural, con elementos de psicología oscura, ejerciendo un contraste entre la realidad pacífica y el instante que el horror desgarra lo cotidiano: la aparición de un agujero minúsculo, que se abre, expandiéndose por las páginas, alimentado de locura, soledad y pavor, hasta que todo queda cubierto. El manejo del registro de la duda es el tono distintivo de este volumen, puesto que existe una sensación abstracta, casi cuántica, de incertidumbre. ¿Qué es cierto? ¿Qué es producto de la imaginación o, más bien, del delirio? Ese sabor metálico que nos queda en el paladar, la manera herrumbrosa de dejarnos boquiabiertos, nos lleva de un lugar a otro, del exterior al interior, lo urbano, lo rural... incluso llegamos a considerar si es necesario volver a definir los euclídeos referentes del tiempo y el espacio. Elvira Navarro usa la literatura para redefinir la realidad y sus normas. Nos sumergimos, con las pilas gastadas y la medicación abandonada, en sus historias. Abre con "La lavadora", una especie de body horror, pero, claro, no es "Carrie", más bien "Buick 8" la tristeza del electrodoméstico, cuando lo que asusta es el comienzo, los vecinos, la ausencia de empatía. Una piscina barata, murmullos que nos persiguen hasta el siguiente relato, que nos acompañarán, sin atender a razones. En "El proyecto", la amenaza de la obra nueva, la vieja, la soledad de una bombilla colgante iluminando, afónica, miles de paredes desnudas. El urbanismo, en un catálogo de psicopatía, conseguir que se unan el delirio y un confinamiento. De eso se obtiene la definición de multitud peligrosa con tres personas. Los fantasmas peligrosos no son los que encuentras en las casas, son los que traes contigo en la mudanza. Dos especies diferentes. El confinamiento dentro del confinamiento, la tecnología como alternativa a la vida analógica. Islotes en una casa aislada, archipiélagos de magia y odio. La familia frágil, agónica: "En el fondo sabía que no había nada ahí, que eran las sombras que le aguardaban". De nuevo, un murmullo, un suegro, ¿Ahora vas a temer por tu hijo? 

El miedo, de la distancia rural al centro: "El miedo a la ciudad". Comentamos la posibilidad de elementos de psicourbanismo, la manera en la que Ian Sinclair se refería a los elementos colocados al azar en la ciudad, subterfugios que acaban por ser trampas para el que camina por ella. Puede ser un viaducto o una vía de tren, caserones o basílicas, una cadena de comida rápida. Es París, es un atolladero que muestra un apetito principal por la mujer: "Quiero salir a alguna avenida, y tomo una calle con la impresión de estar jugando a la ruleta rusa". La crítica, social, política, religiosa, más allá de lo burgués o lo soviético, la sociedad occidental será devorada por la media luna, que ya viene mordida de fábrica. Un barrio que se filtra sobre el turista, sobre el extraño, una ciudad que ya no se reconoce, infectada e infecciosa. Entre los puentes, secos, ya solo se filtran los últimos trozos de luz, empujándose hacia la garganta. Y el final, qué final: "Simplemente han aparecido y, sin hablar, pero sonriendo, preparan la bolsa donde seré encontrada". 

Un salto, otro, esta vez en el cuento "El recogedor de animales". Cuando uno está solo acaba alejado de todo. Animales aplastados, carreteras y autovía. Trabajo nocturno, una edición de bolsillo de Cementerio de mascotas de Stephen King. Animales malheridos en la monotonía del turno de noche, donde se produce la evisceración definitiva de la personalidad, apoyada por la invasión de los sentidos, la llegada de las enfermedades, las bacterias y el olor sin solución. La tiña. Esa enfermedad que sirve de referencia en dos instantes del libro: "En los alrededores de los polígonos y las gasolineras, y también en las afueras de cualquier localidad, siempre había más porquería, como si la gente diera por hecho que allí podía tirarse cualquier cosa". Conocemos esa autovía. Los que vivimos en la frontera, de Castilla y Aragón. Conocemos los corzos muertos y los buitres que vuelan con hambre atrasada. Es uno de los mejores relatos del libro, sin duda. Un hombre solo: "Isa recogió sus cosas en silencio. No la echó de menos porque ya la había echado de menos antes, cuando se fue a Madrid y ese sentimiento se había desgastado". Al final, cerca de Atienza, los picores, las pulgas, las fiebres altas. Y el final, en el que el hombre, por volver a sentirse humano, por recuperar su lugar en la sociedad, se deja llevar por la rabia y sus instintos animales. Elvira Navarro construye la metáfora definitiva. Otro de los grandes relatos del libro es "El vigilante", de alguna manera emparentado con "El proyecto" por la manera en la que se interactúa entre el lugar aislado y la familia. La familia que no se llega a conformar. También, desde otro punto de vista, existe un tejido entre este y el anterior: empleos y esparcimiento. Invitaciones de boda enviadas. Una caña de sábado. Una cena de viernes. Obra nueva en Alcobendas, los espacios vacíos (y otra vez la idea de los fantasmas que nos acompañan, llenando los espacios, los huecos que no pueden llenar las personas). La distribución de colmena, las piscinas y las calles, todo igual, pero sin futuro, sin lugar para la humanización de un negocio, de un sustrato social. Aparece, aunque lleva rondando todo el libro, la idea de la Nada, con mayúsculas, definida por pisos sin puertas, familias sin hijos, voces sin cuerpo. Alucinaciones auditivas, entomología del delirio, los sótanos hambrientos de vigilantes, almas encerradas en los secadores, en los electrodomésticos clonados, la podredumbre del alimento sin refrigerar. Solo la voz de ella, una voz falsa, una voz que solo existía en el futuro. En el cuento Elvira Navarro nos sitúa solamente en una de las posibilidades cuánticas, de las ramificaciones, dejando claro que existen otras opciones latentes y que, incluso, pueden llegar a cruzarse, de un lado a otro de un libro de preguntas irritantes, otras cenas de los viernes, otros mentirosos. Magnífico. 

En "Tela de Araña" volvemos a París, con un movimiento envolvente de violencia, pereza y escape. No es de lo mejor que nos ofrece el libro. Nada que ver con la maestría en la composición que tiene "El ramito de violetas". Intenso, social, desmedido. La descomposición familiar, personal, la muerte y la enfermedad, la destrucción de la clase social para acabar viviendo con poco más de doscientos euros. Con flores de plástico para una tumba llena de resentimiento, pobreza energética en el abismo de la carga del móvil en los enchufes públicos. La desesperación de llenar bidones de agua en una fuente, el atisbo de lo paranormal en confrontación con el terror que asola a la protagonista en la realidad. Mucho peor. Son nueve euros sacados de vender recuerdos en páginas de segunda mano. Conejo y arroz, comida de posguerra, calor de hielo en el agua de una bañera, lo tibio, en realidad, es fiebre, el sol, un aviso impertinente. El olvido, una afrenta. Es un relato que no deja indiferente. Cuando llegamos a "Los amores idiotas" nos encontramos con un texto excesivo, donde el sexo, la intoxicación y la enfermedad compite contra el aburrimiento capitalino. No acaba de arrancar, por más que los lugares y los referentes sean familiares: Chueca, Cyndi Lauper, la modernidad mal entendida, el Hot y el ÑÑ: juegos parásitos, escatología, ictéricas, catálogos de relaciones tóxicas, fisuras, hepatitis: "No podía disfrutar del sexo si no había algo sucio por el medio". Somos parte de una generación que se alimenta de chatarra y sustancias con receta. Y, cuando se acaben, no habrá quien nos ayude a superar el síndrome de abstinencia. El final, con "La ciudad del miedo", que tiene algo de juego de espejos con "El miedo a la ciudad", es un cierre muy logrado para el libro. Nada forzado. Un poco de metaliteratura ("Bolsa de muerto"), una propuesta futura ("Mujeres de nombres prestados") y una ciudad ajena. Lo ajeno puede ser extranjero, social o, simplemente, la competencia entre lo urbano y lo rural. Una ciudad alucinada, un fragmento de ciudad más bien, donde existen ayudas sociales, nomadismo civilizatorio y un personaje situado en mitad de la historia que nos hace dudar, otra vez, de todo lo que le rodea, incluso de lo que nosotros mismos leemos. Hay un cierto hermetismo literario, un acertado juego con los avatares propios de la ciudad: "No se trataba solamente de la degradación, sino también de la cantidad de espacios anómalos, residuales. Los edificios estaban llenos de recovecos, pasadizos que llevaban a oscuros patios, ventanas, como si pudieran acceder directamente a un sótano que más bien parecían cloacas". Colmados, socavones, chavales que no han visto nunca trabajar a sus padres. Subsidio, comer barato, subir y bajar el ascensor, gente loca y cuerda al mismo tiempo, el segundo brote de tiña. Y el final, de autobuses y gente azulado, qué hombre, qué calles, qué historia. Deberíamos descansar. Todos deberíamos. Revisar los bolsillos del alma. 

 

Elvira Navarro, La sangre está cayendo al patio, Barcelona, Random House, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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