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Burbáguena blues

4 de junio de 2026 10:17:41 CEST

Sobre la creación de la poesía, sobre el poeta y la poesía, Enrique Villagrasa (Burbáguena, 1957) escribe y lee: todo lo que ha pasado por delante de sus ojos, clásico y canónico, más todas las nuevas corrientes de poesía española. Desde su trayectoria como crítico, como codirector de la colección de poesía “Rayo azul” (Huerga & Fierro) junto a Óscar Ayala. Su obra más reciente incluye Queda tu sombra (Huerga & Fierro, 2019), La poesía sabe esperar (Igitur, 2019) y Fosfenos (Huerga & Fierro, 2024). 

Este volumen, En la esquina del verso (PUZ, 2026), publicado en la colección “La gruta de las palabras”, es uno de sus mejores libros. Comenzar con Miguel de Cervantes y dedicar el primer poema a Nacho Escuín. Indicativo de la situación desde la que el lector parte: “Solo vivimos y solo morimos, / consumidos por el poema no escrito”. Una imagen que siempre acude, ¿es el sonido del ahogo?: “El cadáver / del tiempo florecía”. Sobre el mar y el tiempo, pedir y escuchar, verbos y sintagmas que complementan al autor que, hermético, se desliza en la acción, en la sumisión del poema: “Que busca tu rostro ausente, / como el mar en su decir y desdecir” y atrapado por la mutación de lo euclídeo utiliza una palabra, Ucronía, que florece en un verso como el futurismo, como Giuseppe Ungaretti, una página en soledad, subversiva: “La fría mañana / nace sorprendida camino de la fuente”. 

Volver a otro tema, volver a otro verso, Enrique Villagrasa, con un camino recorrido, vital y poético, una larga trayectoria, recordar Fosfenos, la manera en la que enlaza el final de un poema con el verso inicial del siguiente. Un juego en el que Villagrasa nos hace cómplices. ¿Qué hace la poesía? Ofrece belleza, pero también es exigente: «Y el poema tendrá su revancha». Denuncia que los poetas ya no leen: con exclamaciones y preguntas, Enrique Villagrasa, ofrece paciencia, pero se muestra exigente en sus lecturas, más allá del camino cartesiano: «Es posible que el mundo defina / al mundo». 

Conforme avanzamos en el poemario la geografía emocional aparece y se convierte en determinante lírico, Jiloca (el mar y el tiempo): “Y allá en la misteriosa playa blanca, esa Belleza / no envejece el mar ni sus labios violeta”. Ritmo de verso larga, trepidante sobre las sílabas, allí, del Jiloca, puñal que arrastra el recuerdo del mar hasta Burbáguena. Villagrasa, de Tarragona a Burbáguena. Del Mediterráneo a la frontera, entre Teruel y Zaragoza. 

Nos adentramos en el poema IV, recogemos el verso: “En la gruta feroz de las palabras” madre que riega, “No te olvides de apagar el verso cálido / cuando abandonas el portal de su casa”. ¿Lo divino, lo cotidiano, la primavera tiene un apellido de verso frío? «El poeta es aprendiz: / cementerio de Burbáguena, / para ser amado». La distancia del oleaje, el recuerdo del mar: «Aquella ola que acaricia era salada: / ese mar incompleto pues faltan sus pasos». La poesía es luz, luz es Burbáguena (toda la luz, la poesía y Burbáguena): «Acaso tu niñez en Burbáguena no es el territorio de lo indecible? / ¿Acaso tus libros; cada uno, no está contenido/en el anterior; / y Fosfenos no contiene al siguiente sino?». 

El final del libro, desemboca en una geografía, una intensidad situacional de versos demoledores, de amparo en el recuerdo, contraste de oscuridad y mañana: "De noche tal vez sueñes con ella: / esa enloquecida ciudad y su mar./ Reconocer su voz fue tu rescate./ Y sin embargo amas su luz mediterránea”. Cerrar el texto, casi cerrarlo más bien, con un listado de referentes, de amigos y compañeros de viaje, de citas y protecciones: Juan Antonio Tello, Alfredo Saldaña y, de nuevo Nacho Escuín. 

Esa manera de intercambiar, de mirar de otro modo, de alimentarse del cierzo de Burbáguena como otros lo hacen del Ebro en Logroño, miradas diferentes en espacios distintos, es una manera eficaz de defender la poesía, como también extrapolar lo próximo, lo íntimo, al mundo: «El mundo es un dédalo de cenizas, / una geometría de escombros». Es este uno de los grandes libros de la notable obra de Enrique Villagrasa, lector y crítico, hoy, aquí, en estas páginas, impactante redactor de su tiempo, de su intimidad poética. 

 

Enrique Villagrasa, En la esquina del verso, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Con un poemario entre lo irónico, la denuncia, la retranca, el vuelo lírico y ciertas vetas de humanismo existencial, Jorge Ortega Marcos (Madrid, 1993) ha obtenido el Accésit del Premio Adonáis 2025 con Poliquetos (Rialp), un poemario del que ha destacado el jurado su «escritura audaz, que combina un existencialismo irónico con una crítica incisiva, sin retóricas vacías, construida con gran pericia métrica y rítmica y deslumbrantes aciertos verbales».

 

-¿Tan poéticos pueden resultar estos gusanos marinos, los poliquetos, como para nombrar un poemario? 

-Elegí Poliquetos como símbolo y juego. Por un lado, como mencionas, su significado de gusanos marinos buscaba aludir a sus aspectos primitivos, a su carácter oculto y su dualidad entre lo resistente y lo frágil. Así, el libro Poliquetos se presenta como un tratado zoológico dividido en tres partes (alimentación, hábitat y anatomía) donde la idea del gusano juega como una metáfora de lo urbano y lo obrero. 

Por otra parte, la etimología de la palabra poliquetos proviene de la gran cantidad de estructuras filamentosas (quetas) que les sirven a estos animales como tacto y locomoción. Así, buscaba presentarlo, a su vez, como un juego donde la multiplicidad de formas y estructuras poéticas presentes en el libro, quieren asemejarse a las quetas que utiliza el gusano para sentir y desplazarse. 

No obstante, para mí, la propia palabra poliquetos ya funcionaba por sí misma. La morfología y sonoridad de la palabra quise presentarla como un juego para la búsqueda de su propia significación.

 

-¿Cuándo conviene adentrarse en «la trastienda de los restaurantes», esos lugares en los que «se electrocutan las libélulas»? 

-Estos versos hacen alusión a uno de mis referentes poéticos, Juan Carlos Mestre, quien en uno de sus poemas termina con los maravillosos versos «es probable que la invisibilidad y estos hechos/ solo guarden relación con una libélula». Así, creo que es necesario mirar en nuestras trastiendas, aquellas que nos constituyen y nos rodean.

 

“El poema debe estar manchado por aquello que te salpica y te atraviesa”

 

-¿De qué se manchan las ideologías? Y el poema, ¿queda manchado por algo? 

-Para mí las ideologías están manchadas de pescado y puré precalentado. Están manchadas de sus propias incoherencias, y para mí, esto las hace ser más humanas. Qué aburridos son los -ismos (y los poemas) que no están impregnados de dudas y su contrario. Creo así, que el poema debe estar manchado por aquello que te salpica y te atraviesa. Como menciona Ben Clark (otro de mis referentes poéticos) citando a Paul Muldoon en una conferencia impartida en la Fundación Juan March, «un poema es una respuesta a una pregunta que solo ese poema ha formulado», y para mí, esto constituye su mancha.

 

-Para que a un sitio el poeta pueda llamarlo «casa», ¿qué se requiere? 

-Qué pregunta más complicada. Para empezar, dado el tiempo que nos ha tocado vivir y la crisis de acceso a la vivienda, diré «una casa» como hecho material y necesario. No obstante, querría traer otras dos citas al respecto, una de mi maestro y amigo Jesús Urceloy quien me ha enseñado que «el poeta no sale de su casa: entra en el mundo» esta casa-mundo es donde busco como poeta «mi casa». 

Además, en relación con esta primera necesidad, de la casa en su realidad tangible, quiero recordar aquel poema de Cesar Vallejo que dice: «todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos».

 

-Hay una reivindicación continua de la tensión entre clases, de la desigualdad que propicia. Para que un poema denuncie y mantenga el tono poético sin convertirse en un panfleto sin vuelo alguno, ¿qué se necesita? 

-No es una pregunta menor, la verdad que me lo han preguntado bastante en estos meses. Ciertamente pensaba que este debate de adjetivar la poesía es sus calificativos «social», «política», ya había acabado hace tiempo. Cómo no recordar a la generación del 50 con José Hierro o Ángel González hablando largo y tendido sobre esta cuestión. Mi única aspiración al respecto es estar a la altura y mantener un diálogo con aquellos poetas que están y aquellos que me precedieron.

 

“Es increíble la multiplicidad de lecturas que se pueden hacer a un poema”

 

-¿La poesía es la antítesis de la teoría de la utilidad esperada? 

-Es increíble la multiplicidad de lecturas que se pueden hacer a un poema, la verdad que no estaba pensado como la antítesis de la poesía, pero creo que tu mirada lo ensancha y lo hace más tuyo. Para mí ni la teoría de la utilidad esperada ni la física cuántica son antitéticas de la poesía. Quizás para mí la única antítesis de la poesía sea el «ruido» en todas sus connotaciones.

 

-«El capitán Ahab era supersticioso porque sabía lo que era la noche». ¿Conviene serlo? 

-Recuerdo aquella frase del capitán Ahab diciendo «yo le pegaría al sol si me faltara el respeto». Frase que aún me resuena cuando veo a personas pisando el suelo recién fregado o juzgando la diferencia. En cuanto al hecho de la superstición misma, volviendo a la idea de los contrarios, creo que hasta las personas más materialistas tienen algo de superstición en sus ideas.

 

“Es paradójico que en los momentos difíciles (como lo fue la pandemia) la gente acuda a la poesía y a la ciencia para refugiarse”

 

-La poesía, ¿qué capacidad tiene de reinventar el mundo, de ponerse en acción? 

-Responderé a esta pregunta cambiando el foco parcialmente. Yo trabajo en ciencia, concretamente en investigación con polinizadores. Contar esto genera casi siempre la misma reacción que decir «soy poeta». La primera reacción es: «qué bonito» (adjetivo que me chirría en gran medida) y la segunda es: «y para qué sirve». Sin embargo, es paradójico que en los momentos difíciles (como lo fue la pandemia) la gente acuda a la poesía y a la ciencia para refugiarse. De esta manera, contestaré con uno de mis poemas de cabecera de José Agustín Goytisolo «Tenemos una niña/ a la que a veces digo/ también con alegría:/ no sirves para nada».

 

-«Sé que todo es mentira». ¿Miente el poeta? 

-Como mencioné anteriormente, todo es su contrario en cierta medida, y más en el poema que aludes “Efecto Breit-Wheeler” que hace referencia a un concepto de la física cuántica que habla de la dualidad luz-materia. Por tanto, yo soy mi propio fingidor como diría Pessoa.

 

-Haber ganado un premio como el Adonais con un poemario tan políticamente combativo, ¿es como haber colocado una bomba en el corazón exacto de la muerte?

-Qué imagen más potente. Espero que no sea un diagnóstico grave y que puedan tratarse las bombas en el corazón. Para mí la colección Adonais es el sueño de un niño que escribía con la intuición de un chicle de melón. Espero estar a la altura, aunque sea de puntillas.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

Las últimas ruinas

28 de mayo de 2026 10:49:24 CEST

José Manuel Soriano Degracia (Alcañiz, 1972) es autor de una prolífica y exigente obra poética que comienza hace más de cinco lustros e incluye, entre otros, Vacía luz (Comuniter, Colección Híbridos, 2012), Campo de ortigas (Erial Ediciones, 2015) y Hogares de paso (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2018). Con Las calles ciegas obtuvo el prestigioso premio Vila de Martorell en su edición de 2025, publicado por la editorial Hiperión. Un libro sobre el recuerdo, la ruina y el destino, con las citas de José Ángel Valente y Lorenzo Oliván, unidas por una poderosa sinceridad lírica. 

Un primer verso sobre el abandono: “Aunque pase el tiempo, / el tiempo está roto”. La merienda endulza de rojo y sangre los labios y las zarzas, como antiguos apetitos lorquianos: “En mi boca / floreció un bosque enrojecido”. Uno piensa en aquella canción de Gabriel Sopeña y Mauricio Aznar, heredera del folk aragonés, “Hay una cruz en el saso”, sobre el vacío y el abandono: «En los que solo el próximo silencio / volverá a balar», siempre el recuerdo del enfrentamiento entre hermanos: «Inocentes, / jugábamos a la guerra / cuando la luz / ya estaba gastada de sangre». Recordamos el incendio, como si el tiempo, el futuro, el alquitrán se llevara nuestro lugar: «La memoria y la culpa / no tienen cuerpo / para convertirse en ceniza». 

Llegamos a jaula, la vida es una cárcel con las puertas abiertas, una celda, se va, se llaman otra vez, Aznar y Sopeña, aquellas canciones: padres escapando a la ciudad, el desarrollismo como un monstruo que nos devora: «Que la distancia y el tiempo / solo le llevaron / de lado a lado de la jaula». Imágenes que captura la geografía y el tiempo: «Lanzo mis silencios al río/para ver como las gotas los recitan, / quito los minutos a los relojes». En el respeto, la mutación de pasado en presente: «Que allí donde reposa el silencio/sobre una placa solar/antes crecía el trigo, /que el rebaño pastaba la maleza del monte/y que un mendrugo llegó a ser un manjar». Y es la reflexión, entre la distancia que enarbola la geografía, el cronómetro, que vigila, con apetito, dispuesto a devorar los recuerdos: «Necesito marchar lejos / para repartir a diario el sueño de volver, / descubrir que un hombre / aprende a amar en la distancia». 

En la segunda parte del libro, “Llegó la noche”, la dedicatoria, a su padre, su madre. Un lugar imaginario que atrapa ese recuerdo, en una tormenta eléctrica de memoria: «Acuden las sombras y la vida llega tarde, /me viene a buscar por una senda invisible/que desliza sus huellas sobre mis pasos». Una reflexión que avanza por los versos del volumen, bella y necesaria, que estremece frente a las imágenes del vacío, lo inmenso que caracteriza lo árido: «El tiempo arde sin fuego» o «Les arrancaré los ojos a los sueños para volver a verte». Llegamos a la tercera parte, “La casa de las palabras”, la soledad del Turia, Joan Margarit, que está en conexión entre Valencia y Teruel, el sur, ¿qué queda?: «Me queda un silencio/que guardo solamente para hablarte». Silencio y noche, ausencia y vacío: «Encalar la luz/para que deje de ser una herida». Una noche que construye la emboscada sobre el poeta. La llegada de La Cura: «Encalar la luz/para que deje de ser una herida/y que se encuentre por fin/un lugar para curarse» y La panorámica, como el encuentro entre la noche y el día, la ciudad y el pueblo: «La noche manosea las calles/pone anzuelos a la claridad, /se sienta en el columpio/y lame la ceniza de los sueños». Llegar al final, que no es definitivo, es la escultura de un recuerdo, un eco, casi un lamento que golpea, de un lado a otro, a las casas derruidas, como si encontrara el disfraz, un traje para la respuesta: «Toda la vida para revelar el carrete/y descubre/que todas las fotografías se han velado». Se descubre, Soriano, como descriptor del tiempo, como denuncia del abuso que comete el olvida. Ese parece ser el final: «Mi nombre/se le cayó de las manos» y escuchar, medir, como un amanuense del recuerdo:«La fiesta duró mis años». Una reflexión final, un verso, una decisión que se queda, sin aplazamiento: «La vida era mi huésped/y acabé siendo su invitado». Un libro sobre el destierro emocional, el regreso al desierto universal, donde los fantasmas solo pueden alimentarse del silencio. Un libro magnífico. 

 

José Manuel Soriano Degracia, Las calles ciegas, Madrid, Hiperión, 2026. (Libro ganador del 50º premio Vila de Martorell 2025)

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Soy una cámara

28 de mayo de 2026 10:23:31 CEST

Cara de foto es el segundo libro de Marina Saura. Un libro de madurez si es que los escritores maduran. Antes hubo un primer libro. Un libro extraño, descarnado, lúcido y devastador a la vez, un libro soberbio, sincero y honesto, Sin permiso (Elba, 2017). Mucho de lo que se apuntaba ya allí, en un estado todavía embrionario, eclosiona aquí. Y lo que allí era desengaño, aquí es melancolía. Cara de foto viene a confirmar, ocho años después, algo que siempre hemos sabido: en literatura, lo mismo que en otros ámbitos de la vida, la casualidad no existe. Sólo hay que mirar más lejos. Mirar hacia otra parte. Volver la vista atrás. Y donde pone casualidad, casi siempre debe poner causalidad: “Una serie de circunstancias que hacen que lo inimaginable se vuelva inevitable” (p. 130). 

Cara de foto es un libro compuesto de fragmentos o secuencias de una vida, la de la autora, que se suceden sin solución de continuidad siguiendo una cronología que no es la de los hechos ni la de los calendarios. Los hechos forman parte del paisaje de la memoria. Son el escenario de la memoria. Y a la vez la materia del olvido. Los hechos son en cierto modo el contexto de una vida, el argumento de una novela. Los hechos son lo que nos pasa, pero también lo que no nos pasa. Y las palabras con las que los narramos, para no olvidarlos, lo mismo que las fotografías que pegamos en un álbum y guardamos celosamente en un cajón, también son hechos. 

Cara de foto es en realidad dos libros en uno: una novela familiar, y una historia de amor. Las secuencias, los fragmentos, de que se compone el libro, más o menos breves, algunos incluso muy breves, instantáneas, llevan todas ellas un título, título muchas veces alegórico, muchas veces enigmático, muchas veces banal o irónico (¿un guiño? ¿un quite? ¿un recorte? ¿una pista? ¿una pista falsa?) que hace alusión a algo, o a alguien, no necesariamente lo más relevante que aparece en el capítulo. Lo más relevante puede ser circunstancial, lo más relevante puede ser anecdótico, puede ser incluso  irrelevante. Lo más relevante suele ser casi siempre lo que no se dice, lo que se calla, lo que se oculta. En los libros y en la vida. Otros son, o parecen, alusiones privadas, íntimas, y actúan como una especie de clave para la que no hay mensaje que descifrar, es decir, una clave sin código. Sin cronología, se titula el primer recuerdo de infancia. No hay foto. Otras veces hay foto, pero no hay recuerdo. O hay recuerdo, pero no hay foto. Primer sujeto; Rescoldos; Turbión; Esclava de; La ola; Yema durmiente; Boya de flotación; Extramuros; Soy una cámara…, son algunos de esos títulos, algunas de esas pistas. Títulos de otras tantas fotografías, perdidas o encontradas, para el caso es lo mismo, muchos años después.

Y entonces la cámara se dispara sola.

 Al azar.

Y “acudían a mi memoria recuerdos que creía borrados.”

Recuerdos de recuerdos con los que construimos nuestra biografía.

Pero la vida no es una biografía (Pascal Quignard).

Y toda vida es un fracaso (Thomas Bernhard), que sólo la literatura puede redimir.

Cara de foto es un libro que celebra la literatura y la vida al mismo tiempo.

“¡Cuántas escenas habré fotografiado sin cámara – puesto que la cámara soy yo – con los ojos conectados a la memoria!” (p. 132)

Aquí hay una declaración de principios.

Un método.

Una confesión.

Una voluntad.

Un libro.

O lo que es lo mismo: Cara de foto es un libro que cuenta una historia.

Eso es todo.

No hace falta más.

 

Marina Saura, Cara de foto, Madrid, De Conatus, 2025.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Manuel Arranz

Relaciones y geografía, la disfunción del amor

21 de mayo de 2026 13:05:48 CEST

Sofía Balbuena (Salto, 1984) es escritora y profesora de escritura creativa. Sus residencias en distintas universidades le han permitido compaginar el ensayo con la creación, destacando libros de ensayo como Doce pasos hacia mí, Borracha menor y Gente sin paz y la novela Sutura. Con los cinco cuentos que componen Personaje secundario (Páginas de Espuma, 2026) se alzó con el prestigioso premio Ribera del Duero en su IX edición, uno de los más importantes dedicados a los relatos en lengua española. 

El libro se abre con una cita de Pappo, el rockero argentino, el hombre del blues en Latinoamérica. Esa mezcla entre los modos norteamericanos y la cultura argentina están presentes a lo largo del libro. “La mejor persona del mundo” abre la colección. Una reflexión temporal y lejana sobre la maternidad, el salto migratorio, los intelectuales orgánicos en búsqueda de la escasa estabilidad que supone el estudio científico de las humanidades y la relación de pareja. De Buenos Aires a Barcelona: lecturas, las monedas para el pan, el máster y el doctorado (y la compleja burocracia). Todo es una espiral de pasión y espera. Mundano, cotidiano, terrenal (empleos precarios, empanadas, limpieza) y altura universitaria. Es un cuento que marca instantes, con una niña y una pareja, con el sexo y el amor, hibridados. El tiempo se mueve en una dirección, pero los sentimientos y las pasiones atraviesan las páginas de manera vertical. Parques sucios, niños también sucios, hambre inmediata, de alimento y de pasión. La esperanza tiene nombre de niña y el futuro es una pareja en paradero desconocido. Cinco años en Cataluña, seis en el jardín de infancia. La frase con la que Balbuena termina el cuento actúa de lápida y duda: “¿Qué hubiera sucedido si no la hubiéramos tenido? salir”?  De Barcelona a Buenos Aires. 

El segundo cuento se llama “Avenida Rivadavia”. De nuevo sobrevuela la narración esa insatisfacción que anida en el amor, en el sexo, contagiada por el pasado y sin el antibiótico del futuro. El urbanismo de Buenos Aires actúa como personaje invitado: plaza de mayo, el barrio del Once, Hipólito Yrigoyen y Avenida Pueyrredón. Recuerdo a los cambistas de 2002, cuando terminó la falda paridad y los dólares se guardaban bajo el colchón. Las mismas huelgas que aparen en el relato deslocalizan el cuento en la convulsa Argentina. Contra qué, contra quién. La llegada del apocalipsis financiero que acabará con eliminar las oficinas llevar a Buenos Aires hasta el final de los tiempos del que hablaba Michel Nieva. Ella, en la duda, no hace preguntas, se siente atraída por el pasado y por la autoridad, su jefe, su ex… Todo crece, sobre todo los pesos hasta no valer nada. Y, de nuevo, las calles porteñas, sus barrios, como un elemento orgánico: la oscuridad cartonera más allá de Avenida Rivadavia. Martín se hace esperar, su marido también, el barrio del Once, los judíos, el Hospital Francés… el Abasto, parada Carlos Gardel, como cantaba Luca Prodan mientras apurada una botella de Resero. Un cuento que proyecta la insatisfacción con distintas caras: marido, compañeras, autoridad. Solo la paz trae el descanso. Curiosa manera de admitir la derrota. 

Un tercer cambio geográfico con “Tsunami”. La protagonista, por otro lado, parece una mezcla de la de los cuentos anteriores. Pero completamente distinta. Deberíamos aclararnos, pero en la lectura se descubre. Es como la Universidad de Marlow City, inventada o recogida de otros lugares. De otros espacios narrativos: mujeres, humanidad, relaciones. Alcohol y tabaco en el frío del lugar. Una soledad consumida por la ansiedad emocional. Buscar caricias manos distintas, como el vino y el cigarrillo, novias en la distancia, temporal y geográfica, sexo cambiante, sexo discontinuo. El sexo como una definición de lo personal, sorprendentemente más como espacio propio que de compañía. Por eso la pareja resulta intercambiable, funcionando a niveles básicos de satisfacción. Culpa y descubrimiento. Una marca, una seña, la de las monjas. Locales, al aire libre, sometidas al verano del amor, a una revolución anterior. Otra vez la sensación de que el tiempo nos ha pasado por encima. Las monjas y las no monjas en un pueblo, lejanos, aisladas de Roma, de la voz de la autoridad. Esa distancia, como definición. Como aquellas historias de los legionarios romanos, en la caída del imperio, mezclándose con los lugareños hasta desaparecer. Define amigas, define vivir juntas. 

El libro continúa con “Mejores amigos”. Esta vez el calor húmero del balneario, del interior. El interior como contraposición a lo urbano. La playa extraña, playa de océano, no de mar, fría para nadar, pero suficiente para los pies descalzos y las siestas pesadas bajo un ventilador. Amigos, amigas, Clara y Nero, una relación de luz en verano, de pubertad y adolescencia, de aire sensual y pesado, de humedad que condensa sobre la piel como lo hacen las hormonas. La fricción del viento en un viaje en moto que define todo, parones como elementos sensuales, genitales y ropa. Al final, el fútbol, como en otros cuentos los es el urbanismo, aquí el personaje ausente, pero definitivo es el balompié. Y el balón que define el cambio. Tanto orgánico como geográfico. Marchar a Buenos Aires, como un paraíso lejano, una oportunidad. Pero hay algo más: "Me puedo quedar también. Puedo esperar un año más y nos vamos juntos”. 

El final con “Felicidades”, que rompe la propuesta narrativa a través de un diálogo ajeno, fragmentado. La acumulación de distintos puntos de vista en un avance lento de la historia. Posiciones, lugares, tiempos. Barcelona y la mujer argentina. Esa intersección entre décadas, treinta, cuarenta, maternidad, dinero, Tinder… y también sandwiches de miga, resaca y padres. La inservible cualificación de las ciencias humanas en una Barcelona, babilónica y precaria, desordenada dama del desarraigo, como la canción de Birabent: “Turista en mi propia ciudad”. Una final de plata y apetito, mucho apetito, de embarazo y familia, de futuro inesperado, de un mañana que no es promesa de futuro. Y eso, evidentemente, tiene más de agarrotamiento que de esperanza.

 

Sofía Balbuena, Personaje secundario, Madrid, Páginas de Espuma, 2026. IX Premio Ribera del Duero

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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