
Tras la victoria de Javier Milei en 2023, el ensayista Luis Ignacio García (Córdoba, Argentina, 1978) hilvanó una serie de textos que si en un primer momento respondían a un desconcierto mayúsculo, después se convirtieron en un análisis de la mutación mundial de la que Milei era acaso el síntoma más obsceno (con permiso de Trump). Estos textos se han reunido en Fascimo cosplay (Caja Negra), donde se observa el papel de las redes sociales (aquí no tan demonizadas como se acostumbra), la posverdad, el nihilismo, la necesidad de una «violencia democrática», el bien común… y todo ello desde una autocrítica del progresismo frente al avance de la ultraderecha.
- Una de las tesis de su ensayo es que el odio, por insólito que parezca, puede contribuir al bien común. Curiosa tesis…
- El odio de clase sin dudas podría contribuir al bien común, a ese bien de las mayorías que se está desdibujan ante el poderío de minorías cada vez más concentradas. Y de paso, ayudaría a aplastar el odio intra-clase entre individuos atomizados y radicalizados gracias a las dinámicas neofascistas y algorítmicas. El odio de clase sería una respuesta no meramente defensiva contra el odio fascista con el que quieren zambullirnos en luchas de pobres contra pobres.
«Usá tu odio para el bien común» es un verso de uno de los poemas que sirven como epígrafes del libro. En cuanto tal, está abierto a efectos de la palabra que no son solo argumentales. Para mí, el principal efecto es el de provocar, en un sentido específico: intentar sacudir una posición enunciativa «progresista» que en la Argentina fue la que levantó la condena contra los «discursos de odio» como alarma temprana contra el neofascismo.
Si bien en un principio pudo ser un debate relevante, prontamente la denuncia de los discursos de odio se convirtió en marca inconfundible de la superioridad moral progresista contra el votante de Milei, quien supo aprovecharlo para condenar el discurso democrático como sermoneo moralista que separaba la sociedad entre buenos y malos, amadores y odiadores, pasiones alegres y pasiones tristes. Algo de razón tenía. Necesitábamos otras armas. Y recuperar la legitimidad de pasiones condenadas por bajas o tristes, como el resentimiento, el odio, la bronca, que sólo habían sido movilizadas, y respetadas, por la ultraderecha.
Abandonar la denuncia de los «discursos de odio» se convirtió, en la Argentina, en una contribución importante para restituir el diálogo social interrumpido con votantes de la ultraderecha.
- En esto «tiempos mutantes» en los que a su juicio vivimos, ¿qué porción de azar interviene en ellos?
- Supongo que en todo proceso histórico interviene el azar a la hora de disponer algunos rasgos, personajes o agendas, pero no creo que sea especialmente relevante. El desquicio de la política en Occidente es un derivado de la crisis de la hegemonía de EEUU, y del conjunto de movimientos tectónicos que ello está produciendo. El personaje Trump, digamos así, es una contingencia. La doctrina Donroe, tan dañina para el subcontinente, es estructural a un imperio en decadencia que quiere llevarnos con él. Por supuesto que interviene la libertad humana, que no es lo mismo que el azar, sino que refiere a la disputa política por la decisión acerca de qué orientación adoptarán las grandes transformaciones de una época.
“La humanidad tiene un poder inédito, un poder que podría utilizar para mejorar como nunca las condiciones de vida sobre la tierra, o para instaurar regímenes autocráticos de deshumanización”
- ¿Qué elementos luminosos, de tenerlos, presenta esta mutación antropológica a la que asistimos y que ya fue anticipada por Pasolini, esa transformación profunda e irreversible del ser humano provocada por el neocapitalismo?
- En la visión de Pasolini, ninguno. Para él esa mutación que atestiguaba, el inicio de neoliberalismo en Italia, representaba el fin de la lucha de clases, y en ese sentido, el fin de la historia como emancipación. Fue muy oscura su visión hacia el final de su vida, y de esa oscuridad surge una película tan terrible como Saló. De mi parte, creo que vivimos tiempos vertiginosamente estimulantes. También peligrosos, pero de una multiplicación de posibilidades como pocas veces en la historia de la humanidad ha sucedido. La humanidad tiene un poder inédito, un poder que podría utilizar para mejorar como nunca las condiciones de vida sobre la tierra, o para instaurar regímenes autocráticos de deshumanización. Allí está la política, la fuerza de la organización, la responsabilidad por nuestra libertad. La gran tarea de las generaciones actuales es claramente lograr que este enorme poderío no quede en las manos de minorías hiperconcentradas que sólo utilizarán las fuerzas desatadas por la época para su beneficio y a costa de las grandes mayorías.
- Que la «verdad y el delirio» se abracen, ¿qué consecuencias puede tener?
- Muchas, pero para simplificar diría dos: o bien la llamada «posverdad», la pérdida de realidad y comunicación que implica, o bien la recuperación de un horizonte de transformación radical. El «delirio» de Milei fue su aspiración a realizar cosas que creíamos imposibles en la Argentina. ¿Realizar lo imposible no era un mandato izquierdista? Allí la ambigüedad: lo «imposible» realizado por Milei es horroroso. Pero volvió a activar el músculo de la política como práctica transformadora. El delirio fue el derecho por excelencia de los utopistas. La izquierda, sobre todo esa que fue morigerando sus aspiraciones hasta terminar siendo la pátina cultural del neoliberalismo progresista, dejó de soñar, dejó de delirar. Hoy, que es normal que una persona pueda tener la misma riqueza que países enteros, resulta delirante imaginar un trabajo digno o un techo para todos. Tenemos que volver a delirar.
- ¿Cómo contemplar sin ser herido «la belleza del desmoronamiento» a la que en su decir asistimos?
- La belleza del desmoronamiento intenta nombrar la positividad de transformaciones en curso que están barriendo con supuestos, inercias, repertorios, formas de subjetivación. Decir, con algo de provocación; «belleza del desmoronamiento» intenta sugerir que las posiciones defensivas que se limitan a preservar lo poco que queda deberían evitarse si pretendemos tener un rol activo en las disputas por el futuro. La belleza del desmoronamiento habla del vértigo que el novum siempre implica, y la invitación al campo democrático a apropiarse de ese vértigo y no dejárselo al aceleracionismo neofascista.
«En la historia es difícil hablar de puntos de no retorno, porque la historia es impura y nunca ofrece ni procesos lineales ni cortes nítidos»
- Que alguien pueda impunemente afirmar, como hizo Milei, que «la justicia social es una aberración», ¿marca un punto de no retorno en política, en ética, en civilización?
- En la historia es difícil hablar de puntos de no retorno, porque la historia es impura y nunca ofrece ni procesos lineales ni cortes nítidos. Con todo, no cabe duda de que esa afirmación es portadora de un deseo de corte refundacional, sí. Pero los pueblos están compuestos por temporalidades complejas y estratificadas, y el pueblo argentino en particular es un pueblo arisco, gregario y tozudo, con un sentido profundo de justicia colectiva. Sin dudas, décadas de neoliberalismo no han sido en vano, y el enunciado de Milei es sólo el corolario de esa descomposición de lo social durante años y años. Pero nada es sin retorno en la historia. La ultraderecha es apenas una ola, la historia popular es el mar.
“El fascismo fue y es la estrategia de permitir expresarse al malestar, para mantener ocultas e intocadas las verdaderas causas del malestar”
- ¿De qué manera se puede —de poderse— reparar el dolor colectivo?
- Atacando sus causas. Pero aquí una salvedad: el fascismo fue y es la estrategia de permitir expresarse al malestar, para mantener ocultas e intocadas las verdaderas causas del malestar. El campo democrático, socialista, progresista, responde con un lema tontamente contrario: atacar las causas del malestar, para evitar la expresión social del malestar, que siempre es un poco fascista… Esto nos ha alejado del malestar y el dolor colectivo, que vio que sólo la ultraderecha lo contenía y le permitía expresarse. Vuelvo a la denuncia de los «discursos de odio»: creo que reparar el dolor colectivo implica a la vez atacar sus causas estructurales y acoger las expresiones, naturalmente inciviles, de tantos años de postergación, humillación y malestar contenido.
- ¿A mayor opresión mayor es la pérdida de sentido (vital, existencial, histórico, político) que se tiene? ¿Una vida sin sentido es una nuda-vida en el decir de Agamben?
- En el libro insisto en la ecuación entre injusticia e incomprensibilidad del mundo, entre capitalismo y nihilismo, entre Marx y Nietzsche. Sobre todo, para enfatizar que, si este mundo se puso extraño, no lo vamos a hacer comprensible con una nueva y mejor teoría, sino transformando las condiciones de su irracionalidad objetiva, es decir, sólo haciéndolo más justo lo podremos hacer más comprensible. La pérdida de sentido no debe ser idealizada como un problema meramente espiritual, aunque también lo sea. La pérdida de sentido es efecto de la captura de todo lo real por parte de la lógica sin sentido de la acumulación del capital. No es un problema existencial o epistémico, es un problema político.
“El nihilismo no es una mera «crisis de los valores» como a veces se dice”
- ¿El capitalismo y nihilismo es el peor de los maridajes posibles?
- No hay capitalismo sin nihilismo, no es un maridaje, es una identidad. El capitalismo es el que hace que «todo lo sólido se disuelva en el aire», es decir, que el sentido sustancial de las sociedades tradicionales se reduzca al frío cálculo comercial, y que el ser humano pase a ser un factor de la producción, la naturaleza, un mero recurso, etc., etc. El famoso proceso de «desencantamiento» del mundo moderno, planteado por Max Weber. En lo que hay que insistir, como apunté, es que así como no hay capitalismo sin nihilismo, no hay nihilismo que no sea un derivado de la acumulación del capital, es decir, el nihilismo no es una mera «crisis de los valores» como a veces se dice. Por supuesto que implica una crisis total de los valores, pero no se resuelve con voluntarismo cristiano o con una moral piadosa. Eso es lo que dice la ultraderecha, condenando por woke un supuesto nihilismo de los valores totalmente desacoplado de sus condiciones materiales. Los valores, incluso los de Occidente, como les gusta decir a los ultras, sólo volverán a valer si el principio que rige nuestra vida colectiva deja de ser la absurda acumulación por la acumulación misma.
«Necesitamos politizar el malestar, mostrar sus condiciones estructurales, no meramente subjetivas, y diseñar salidas que tienen que ver con la recuperación de lo común»
- ¿De qué manera el mindfulness en concreto y otras prácticas de cuidado digamos del espíritu «extirpa cualquier sentido de justicia»?
- No me interesa ensañarme con una práctica en particular, sino con el conjunto de terapias del alma, de psicologías del yo, de coaching o mindfulness, que con mayor o menor sofisticación vinieron a ocupar el lugar de despolitizar el malestar, de individualizarlo, y de proponer estrategias individuales para explicarlo y superarlo. Todo eso colaboró, desde el campo aparentemente a-partidario de la espiritualidad o la psicología cognitiva, a la instauración de las condiciones de posibilidad de la frase monstruosa de Milei sobre la justicia como aberración. Contra esas terapias, necesitamos politizar el malestar, mostrar sus condiciones estructurales, no meramente subjetivas, y diseñar salidas que no tienen que ver con la optimización del sujeto sino con la recuperación de lo común.
- Que los postulados de El diferendo de Lyotard (aquel que en síntesis apunta a un daño que no puede ser justamente juzgado) vuelvan a cobrar protagonismo, ¿supone en una sociedad como la nuestra, en la que hay una saturación de información, que no queremos ver la realidad o que no somos capaces de asumir nuestra porción de responsabilidad en ella?
- El diferendo es un libro complejo y lleno de caminos. En mi ensayo quise mencionarlo porque ayudó a comprender una crisis radical de los marcos de comprensión de los años ochenta. Creo que estamos ante una coyuntura análoga: por un lado, la gramática de la conversación común está rota; por otro, como emergente característico de ese quiebre, el negacionismo como figura de la consciencia. Negacionismo climático, negacionismo de las vacunas, negacionismo científico, toda una horda para-discursiva que empezó a emerger durante la pandemia y que dio el marco de descomposición a la oleada ultra. Al menos en Argentina esto fue muy claro. Lyotard intentaba pensar qué tipo de diferendo discursivo tenemos ante un negacionista. Hoy discutir con un terraplanista puede no ser una práctica exótica, y tenemos que estar preparados.
“Usar la democracia para destruirla genera una asimetría entre quienes tienen ese cometido y quienes practicamos la democracia como un bien en sí mismo”
- La relación que los neofascismos mantienen con la palabra, la misma que con la democracia, es «instrumentalizarla para situarnos en posición de desventaja a quienes apostamos por ella». ¿De qué manera?
- Javier Milei, ya como presidente, pronunció la famosa frase: soy el topo que destruye el Estado desde dentro. Que el jefe de Estado en ejercicio diga que su cometido es destruir el Estado desde dentro genera un desquicio similar al de las tropas de la batalla cultural ultra, que, sugiero en el libro, tienen una relación análoga con la lengua: ingresan al lenguaje para destruirlo desde dentro. La topología no es la del fascismo tradicional, que prefería los adentro/afuera, los encierros, la claridad de límites. Aquí el neofascismo es como un gas, que no deja en claro si está dentro o fuera de la democracia, y esa es justamente su eficacia mayor. Usar la democracia para destruirla genera una asimetría entre quienes tienen ese cometido y quienes practicamos la democracia como un bien en sí mismo. Y nos instrumentalizan porque seguimos respondiendo en términos democráticos a actores que sólo buscan horadar las lógicas de la democracia. La oposición a estos movimientos posdemocráticos tiene que anoticiarse del enrarecimiento del campo de batalla.
“Seguirán existiendo libros, pero dejarán de ser el centro del ecosistema de la palabra”
- Las redes sociales, ¿pueden ayudarnos a resignificar el lenguaje, del mismo modo que contribuyeron a vaciarlo?
- Ya lo están haciendo. Más que optimista respecto a las posibilidades de las redes, soy realista. No diría que estamos pasando a un estadio postalfabético, como ha sugerido Berardi, pero sí que estamos pasando a una época en que la organización letrada, libresca, de la palabra ya no es el eje gravitacional de la organización y circulación de la palabra pública. Entonces, las redes, la digitalidad en general, y las formas de eficacia de la IA para la circulación de discursos humano-maquínicos, son factores que están transformando radicalmente las formas de la palabra en el presente. Seguirán existiendo libros, pero dejarán de ser el centro del ecosistema de la palabra. Eso no tiene por qué ser malo. Ya las vanguardias artísticas habían imaginado ese nuevo mundo para la palabra. Hoy se está desplegando con fuerza, y si pretendemos construir lo que otrora llamábamos «ciudadanía crítica», tenemos que acusar recibo de estos cambios. Porque a la ciudadanía crítica la seguimos pensando según el modelo letrado, y tenemos que saber reinventarla en contextos claramente post-letrados.
- ¿Tenía razón Durruti al proclamar aquello de que «al fascismo no se le discute, se le destruye»? ¿Qué tipo de violencia es legítima contra este sistema?
- Ya sabemos que la violencia del opresor no necesita ser legitimada, y sólo cuando la usa en el oprimido surge la pregunta por la legitimidad de la violencia. Toda pregunta por la violencia política parte siempre de esta asimetría constitutiva. Pero además de esta asimetría, en países que venimos de dictaduras militares, de procesos de violencia política, nuestras democracias necesitaron sobreactuar su oposición radical a toda forma de violencia para poder instaurarse y legitimarse ante sociedades exhaustas de tanto frenesí. «Democracia vs. Autoritarismo» fue la consigna, y con ello no sólo se quería dejar de lado a las dictaduras sino también a las formas violentas de la política revolucionaria. Así se legitimó un orden, pero se generó un nuevo problema que hoy nos estalla entre las manos: en tiempos de instalación del neoliberalismo y del «fin de la historia», esta comprensión de la democracia extirpó de la consciencia pública la idea de una violencia democrática, y con ello la idea de una transformación radical de la sociedad. «Democracia», así, desentendida de sus orígenes siempre violentos, se fue convirtiendo en el decorado civil de un neoliberalismo que arrasó, pacientemente, con la sociedad, con el estado de bienestar, con el sentido de justicia, con la subjetividad en condiciones de restituirla. Hoy necesitamos volver a legitimar la violencia, en cuanto violencia democrática, si pretendemos que una transformación radical de nuestras sociedades vuelva a ser pensada. Y hace mucho que no es tan evidente esa necesidad como hoy, en este mundo del 1%, que ciertamente no entregará su riqueza porque se la pidamos educadamente.
“La democracia es una ficción que funciona en lugares luminosos, y que es muy útil preservar para resolver conflictos con la menor cantidad de violencia”
- Entre la guerra (el afuera antidemocrático de la democracia) o la insurrección (el afuera democrático de la democracia), ¿hay lugar donde resguardarse? ¿Conviene hacerlo?
- Depende, en Palestina no hay ese lugar, en Sudán tampoco, en Venezuela apenas, en los bolsones de marginalidad en toda periferia urbana, en fin, la democracia es una ficción que funciona en lugares luminosos, y que es muy útil preservar para resolver conflictos con la menor cantidad de violencia. Pero ese afuera anómico nunca deja de estar presente en las democracias. Por supuesto, resguardarse es un gesto natural. Lo que no podemos es desentendernos de esta realidad, sobre todo si tenemos alguna pretensión de colaborar con políticas democráticas. No, la democracia no es un conjunto de procedimientos electorales y ya. Es una trama compleja, que surge de la violencia que la funda, y que siempre está acechada por la violencia que administra, sobre todo en tiempos de desigualdad extrema, como el que nos toca vivir. Por lo tanto, evitar la violencia siempre que se pueda y saber orientarla para beneficio de las mayorías cuando ya no se puede ocultar más. Como en este presente.