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Configurar sentido descendente

Más allá del discurso narrativo, en la hendidura del hiato, el silencio, la pausa, se instala la poesía de Bartolomé Ferrando (Valencia, 1951), tal y como se aprecia en sus poemarios En la línea del horizonte y Hay ramas donde cuelga el aire (editorial La Única Puerta a la Izquierda).

- Para que la «escritura fermente», ¿qué disposición de ánimo se requiere?

- Se requiere silencio, mucho silencio. En un lugar en el que el sonido se muestre casi abandonado y olvidado.

- «Engranaje» es un sustantivo que se repite en el poemario. ¿Cómo saber que la armonía y disposición son las correctas para que ese engranaje discurra a su ritmo?

- Cuando los ojos se deslicen blandos entre una maquinaria de letras y la voz estalle y se disuelva en el aire, entonces, en ese momento, el engranaje discurre a su ritmo.

- ¿Cuándo conviene besar «los labios de la niebla»?

- De noche, cuando el espacio es negro y se desdibujan los bordes. En ese momento en el que todo está disuelto en oscuro.

- Entre una «composición musical» y un «sonido crudo», ¿qué sucede?

- Suceden músicas diversas: música ruda, música de aire, música vertical, música del gesto y música inmóvil.

 

“El silencio es tiempo y brota a bandazos en la poesía y en la música”

 

- ¿Cómo brota el silencio en la poesía, en la música? ¿Cuál es su lenguaje, de qué manera nos habla?

- El silencio es tiempo y brota a bandazos en la poesía y en la música. Su lenguaje es blanco y hueco, repleto de insignificancias.

- ¿Qué papel desempeña la atención en la escritura?

- La atención puede ser puntual, dirigida o puede ser global. Yo prefiero la atención global, en la que se advierten, al mismo tiempo, grupos y bandadas de rasgos ínfimos visuales y sonoros.

- «el deseo / se introduce / en el deseo». ¿Es el envión original, lo que nos retiene del lado de la vida, el deseo?

- El deseo contiene necesidades instintivas con una «articulación interna inexpresable en términos lógicos», que decía Jacques Lacan. Y cuando el deseo se introduce en el deseo, la articulación se hace única y se refuerza

- Para que los límites no duelan sino que protejan, ¿cómo han de ser?

- Cuando el límite se difumina, ya no duele, pero tampoco protege. Se atraviesa con facilidad y ligereza. Decía John Cage que «no hay límites en el obrar, sólo en la mente». Se me ocurre dejar la mente en blanco: te proteges, pero ya no duele.

 

“A mayor sinsentido, mayor sentido”

 

- Entre la descripción de un término, su interpretación poética y su distorsión sonora, ¿qué espacio queda para entendernos?

- La descripción de un término siempre es parcial. Su interpretación poética la abre y construye un territorio nuevo, e incluso, a veces, varios territorios. La distorsión sonora encaja de otro modo: a veces sobre fragmentos-territorio unidos entre sí, dando lugar a bloques a veces impronunciables, o bien rascando de un supuesto lenguaje primigenio, arañazos sonoros. En todos los casos, el espacio de comprensión existe. A mayor sinsentido, mayor sentido.

- ¿Cuáles son esas «sílabas vergonzantes / que no se atreven a acercarse unas a otras»?

- Cuando se trocea el lenguaje y se dispersan las sílabas bajo el paraguas y el dominio del sentido, las sílabas se resisten a juntarse de nuevo, como si tuvieran culpa de su fragmentación y se vieran amenazadas por la imposición del sentido.

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

Un saber decir inequívoco y personal

9 de octubre de 2026 13:37:41 CEST

Raúl Molina es un reconocido estudioso de la poesía española contemporánea a pesar de su juventud (pienso en sus trabajos sobre Julio Llamazares y las poéticas de la ruralidad), o su recientísima antología de las últimas promociones líricas de nuestros pagos. Me refiero a Un estallido. Antología de la poesía española. 2000-2025, escrito junto a Álvaro López Fernández y que, a pesar de la ingente cantidad de nombres seleccionados, tiene un prólogo muy interesante y un meritorio esfuerzo presentador del estado de la cuestión.  Eso ya lo sabíamos por sus trabajos y tesis doctoral, lo que yo desconocía es su faceta como un poeta existencial con tintes modernos, que nos emplaza desde el mundo como un lugar sin salida y donde, a pesar del desarrollo y peligros de la sociedad postindustrial, los pájaros en bandadas cruzan hacia el este. O, si así lo prefieren, un lugar donde cabe la esperanza, pese al tono trágico, comprometido, crítico y pensativo de sus versos.

Lo curioso y destacable es lo anticipado. Raúl Molina trae desde los poemas en prosa con que inicia y cierra el libro (verso libre el resto), un tono y unas lecturas explícitas: Antonio Gamoneda, Antonio Méndez Rubio, Raúl Zurita o José Ángel Valente reunidos bajo ese mundo de hormigas y desiertos de Edmond Jabès y Maurice Maeterlinck conjugados. Se me olvidaba decir la aparición por sus páginas de Paul Celan y otro/as suicidas. Y, sin embargo, no estamos ante un celanita desolado, a un impostor de los que sacan provecho tras Theodor Adorno, y el escribir poesía después Auschwitz y que hoy se llama Gaza. No, Raúl Molina no se ha quedado anclado en esos discursos que tuvieron compromiso real y mérito artístico en sus iniciadores.  Los echamos en falta frente a quienes poco a poco se han convertido en remedo o lugar común de muchos que escriben acogidos al prestigio de lo desolado por su falta de ánimo o por la necesidad de un tópico prestigioso, sin reactualizarlo. Molina no cae en esa trampa y escribe desde el yo que vive cuanto escribe, y eso se nota.

Estamos en consecuencia ante un libro breve, unitario, lleno de ese agonismo existencial vivido, sentido y transmitido, a veces de bordes agudos y bronco, seco, otras más dúctil, ajenos a los lenguajes miméticos. Uno de los puntos clave es ese espacio del lenguaje propio de óxidos y amoníacos.... Y desde ahí estas breves reflexiones líricas, sin demasiados asideros tropológicos ni referenciales, pero llenas de un saber decir inequívoco y personal, pues su desnudez se prende del asunto y de su esencialidad sin ornato, velada, pero no críptica. La asunción de ser hombre o vivir en la intemperie prima, con denuncias concretas a la explotación a las minas de coltán, la destrucción, los bombardeos o simplemente a ese extractivismo sin freno de recursos, desde el propio oxígeno a las quemadas fronteras de la muerte, con cuanto eso significa en la modernidad.  En ese contexto el yo lírico muestra su fragilidad y dolor,  precariedad, junto a esa gente humilde que viaja en vagones de tercera, como todos nosotros, y que junto a ese lenguaje tan propio, escarbado en el yo, hacen de este libro una referencia que dejo al alcance de mi mano.

 

Raúl Molina Gil, Hormigas en el centro de un desierto, León, Eolas Ediciones, 2026.

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Morales Barba

Rameau, entre la razón y el misterio de la música

9 de octubre de 2026 13:22:30 CEST

Hay músicos que pertenecen a la historia y otros que, de algún modo, siguen interrogando al presente. Jean-Philippe Rameau (1683-1764) pertenece a esta segunda categoría. Compositor, clavecinista y teórico, fue una de las grandes figuras de la música francesa del siglo XVIII y uno de los contemporáneos más destacados de Bach. Su importancia, sin embargo, no se limita a la extraordinaria calidad de sus composiciones: Rameau quiso también comprender aquello que hacía posible la música, penetrar en sus leyes y convertir la armonía en objeto de reflexión. Esa doble condición de artista y pensador es la que aborda Andrés Alberto Gómez en Elogio de Rameau, publicado por Fórcola Ediciones en su colección Periplos.

El libro nace, además, de una relación especialmente significativa con su protagonista. Gómez no se acerca a Rameau únicamente desde la musicología o desde la historia de la música, sino desde la experiencia de un intérprete: es clavecinista y director del conjunto La Reverencia. Su mirada, por tanto, parte del conocimiento directo de un instrumento fundamental en la trayectoria de Rameau y permite que el músico del siglo XVIII deje de ser una figura distante para convertirse en una presencia sonora. El resultado es un ensayo que pretende acercar al lector tanto al creador como al hombre que se encontraba detrás de sus partituras.

Uno de los principales méritos del libro reside precisamente en esa voluntad de escapar de la biografía convencional. Gómez no se limita a ordenar fechas, obras y acontecimientos, sino que intenta reconstruir el universo intelectual y artístico en el que Rameau desarrolló su actividad. Componer y pensar la música aparecen así como dos actividades inseparables. El autor muestra a un creador que hizo de la armonía un territorio de investigación y que entendió que detrás de la belleza de los sonidos existía también una estructura que podía ser analizada y explicada.

Ahí se encuentra una de las grandes paradojas de Rameau: cuanto más quiso someter la música al conocimiento y a la razón, más evidente resulta el misterio que permanece en ella. Sus tratados sobre armonía alcanzaron una influencia extraordinaria y mantuvieron su condición de obras de referencia hasta comienzos del siglo XX, pero su legado no puede reducirse a la teoría. En sus composiciones conviven la precisión constructiva, la imaginación y una luminosidad que hace que su música siga formando parte del repertorio de los grandes intérpretes actuales.

El Elogio de Rameau tiene, además, otra particularidad que amplía considerablemente su interés. El ensayo se acompaña del Elogio histórico de Mr. Rameau, escrito por Hugues Maret poco después de la muerte del compositor y considerado la primera biografía dedicada a él. Gómez ofrece aquí la primera edición crítica en español de este texto, una incorporación que permite al lector acercarse al compositor también a través de la mirada de uno de sus primeros biógrafos. Maret llegó a definirlo como el «Orfeo de Francia», una denominación que resume la extraordinaria consideración que alcanzó el músico en su tiempo.

La presencia de Ramón Andrés en el prólogo constituye otro de los atractivos del volumen. Su escritura, tan vinculada a la reflexión sobre la música, el silencio, el tiempo y la experiencia estética, establece desde las primeras páginas un marco de lectura que invita a contemplar a Rameau más allá de las etiquetas de compositor o teórico. El prólogo y el ensayo parecen compartir, de este modo, una misma preocupación: preguntarse qué sucede cuando el pensamiento intenta aproximarse a aquello que la música expresa sin necesidad de palabras.

Y quizá ahí reside la verdadera razón de ser de este Elogio. No estamos únicamente ante un libro sobre un músico del siglo XVIII, sino ante una invitación a escuchar de otra manera. Rameau aparece como un creador situado en un momento de profunda transformación de la cultura europea, cuando la razón, la ciencia y la voluntad de ordenar el conocimiento convivían con una nueva sensibilidad artística. Su música participa de ese espíritu y, al mismo tiempo, lo desborda.

Andrés Alberto Gómez consigue que el lector entienda que hablar de Rameau es hablar también de una determinada manera de concebir el arte: como conocimiento, como oficio, como búsqueda y, finalmente, como experiencia. De ahí que el título no sea una simple fórmula de homenaje. Es, en realidad, una declaración de admiración por un músico cuya obra todavía conserva la capacidad de sorprender.

En un panorama editorial en el que la música clásica continúa necesitando libros capaces de tender puentes entre el especialista y el lector interesado, Elogio de Rameau cumple una función especialmente valiosa. Recupera para el público español a un compositor fundamental y lo hace desde la doble perspectiva del intérprete y del escritor. A ello añade un documento histórico de notable interés, el texto de Maret, que completa y enriquece el retrato.

Rameau, en definitiva, emerge de estas páginas no como una figura encerrada en el siglo XVIII, sino como un músico todavía capaz de plantearnos preguntas sobre la naturaleza de la música, la relación entre razón y belleza y ese extraño poder de los sonidos para decir aquello que las palabras no siempre alcanzan a expresar. Un elogio, en suma, que no se limita a celebrar a Rameau: invita a volver a escucharlo.

A todo lo expuesto se suma la cuidada edición, marca de identidad de las publicaciones de Fórcola. El libro incluye un exquisito álbum fotográfico que pone imágenes al texto, aporta contexto y convierte la lectura casi en la contemplación de un auténtico documental sobre Rameau y su tiempo. Como es habitual también en la editorial, el volumen se completa con un amplio apartado de notas que aclara, precisa y amplía la información ofrecida en el ensayo, enriqueciendo la lectura sin interrumpir el desarrollo de la exposición.

 

Andrés Alberto Gómez, Elogio de Rameau, Madrid, Fórcola, 202

Escrito en Sólo Digital Turia por Juan Villalba Sebastián

Una poesía llena de encanto y pietismo

9 de octubre de 2026 13:07:58 CEST

Andaba estos días últimos pajarero, enfrascado en asuntos de ornitología aplicada, si así lo prefieren. Hablo del reflejo de las aves, reales o simbólicas, observada personalmente o  lexicalizada, en la poesía en español. He sido captado, lo reconozco, por el proyecto de investigación que dirige Niall Binns en la Universidad Complutense de Madrid y del que La república de los pájaros es breve muestra de cuanto nos espera. En fin, un verano intenso, distinto, leyendo a Rachel Carson en su pionera Primavera silenciosa (también al fantástico William Hudson), e incluso a Antonio Monclova Historia de las aves terrestres extintas, entre otros, cuando el correo me deja  el libro de Luis Yarza (La Alberca, 1983).  Una casualidad, pues el autor es, además de poeta, veterinario y ornitólogo, dice la solapa, en el parque nacional de Monfragüe. Le tendré que preguntar a Julio César Galán que es extremeño y, como yo, pajarero aficionado, pues algo sabrá dadas las afinidades. Sus libros anteriores son para mí desconocidos, lo reconozco, e  igualmente su persona, premios y una obra que, por lo visto, cuenta ya con cierta extensión y se muestra en este libro con explícita religiosidad cristiana. No solo, a ráfagas le atraviesa un aire panteísta, casi a lo Alberto Caeiro, el célebre padre de los heterónimos de Fernando Pessoa,  aunque cuando se hace explícitamente en los cantos finales deja mucho que desear si lo comparamos con los dos primeros, y chocan claramente sus calidades con lo visto en sus momentos más puros, pues de  poesía de corte esencial, nítida, se trata.

Fábula de las trasparencias (2026) debe ser leída con esas premisas, me parece. Es decir, atendiendo fundamentalmente a cómo manifiesta ese panteísmo que juega al mus con la ortodoxia y es poco dada a especulaciones. Su campo es el oikos familiar, la intimidad y la fusión con la luz y naturaleza extremeñas. Y eso es lo que mejor manifiesta en la primera y segunda secciones del libro, tituladas respectivamente «Amigo Amado, Amada Amiga» y «La misma tierra», frente a esa tercera y de escaso interés «Codas. (Reescrituras sagradas)».  Ahí se debieron haber quedado, en breves codas y no en extensos y aburridos discursos fideístas con los que cierra el libro. Sin embargo en las dos primeras secciones, con sus rezos al «Dios del día» y la permanente vinculación o identificación con la naturaleza, árboles, plantas, aves y otros animales, el paso de las estaciones, y sobre todo esa cualidad de la percepción y de la contemplación, como mantuvo Wordsworth, se crea un clima lleno de encanto y pietismo. Lo hace además en poemas sucintos donde la profunda religiosidad se enmarca tanto en el sendero cristiano como en ese otro, donde la naturaleza reina y la sucesión de aves, una a una nombradas en su hábitat, le valen para tejer una mirada intimista que manifiesta explícita en ese diálogo: «Subamos por este monte / para mirar nuestros adentros» y mostrar esa sorpresa e identidad rural, que tiende al silencio o al canto exiguo, exacto en esa brevedad con que nombra su asombro y su fusión con cuanto lo rodea. Hay algo mágico en todo ello, en esa sencillez de asceta que se asoma o entra en el día de la luz, y acendra el canto sin alarde, como si fuera parte intrínseca de él, pues así es en definitiva.

 

Luis Yarza. Fábula de las transparencias, RIL Editores, 2026.

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Morales Barba

Work in progress del quehacer poético

1 de octubre de 2026 10:28:59 CEST

Un saber que es silencio

Teresa Shaw

 

La publicación de antologías siempre es buena noticia para la poesía. Se las puede tomar como manifiesto canónico, promocional, generacional, combativo, pero no dejan de ser solo una selección de lo que existe, y síntoma de que todavía existe poesía. Sentirse excluido o ir corriendo al índice para ver quién está y quién no está es una respuesta normal en un panorama poético aquejado de lo que podríamos llamar el síndrome del dibujo animado, el creer que si no te mueves, no te citan, no te invitan, no te reseñan, no te antologan no existes. Pero toda antología es subjetiva y, de suyo, efímera. Esta que hoy traemos aquí, es, además, síntoma de muy buena poesía y es fácil espigar entre sus páginas magníficos poemas.

Poetas en construcción reconoce además en el mismo título lo subjetivo y efímero de toda propuesta parecida, no ofrece cánones, manifiestos ni promociones, solo un work in progress que es muy fiel a la naturaleza misma del quehacer poético. Y, aunque se podría decir que tiene su base geográfica en Barcelona porque allí viven y escriben varios de los antologados, no es como la que sacó Bartleby a principio de siglo editada por Manuel Rico, Por vivir aquí, un compendio que llamaba la atención sobre muy buenos poetas dejados de lado por las políticas autonómicas que, en los casos de idioma diferenciado, muchas veces desprecian lo que no se escriba en la lengua minoritaria.

La patria del escritor es el idioma, y aquí tenemos poetas argentinos, colombianos, uruguayos, chilenos, españoles, claro, y hasta una poeta rumana nacionalizada en lengua española. La nómina, en orden alfabético tal y como se presenta en estas páginas es: Neus Aguado, José Ángel Cilleruelo, Laura Giordani, Cristina Grisolía, Rodolfo Häsler, Álvaro Hernando, Tere Irastortza Garmendia, Antonio Méndez Rubio, Corina Oproae, Mónica Picorel, Miriam Reyes, Juan Pablo Roa, Misael Ruiz, Teresa Shaw y Marina Tapia, todos reunidos en ciclos de entrevistas por Misael Ruiz, el editor, en los espacios de la editorial barcelonesa Animal sospechoso, de Juan Pablo Roa.

El espíritu de complicidad detrás de la recopilación es inusual y muy acertado: un poeta invitado al ciclo daba el nombre de otro, y así se reunía este rosario de nombres, como piedras de Pulgarcito para llegar al resultado final que es un hermoso libro de poemas con lúcidas reflexiones sobre el ejercicio poético.

Salen a la luz una serie de constantes no buscadas de antemano, un azar que no lo es tanto cuando se lee en su conjunto. Con al menos un par de certezas: una, estos poetas no están encantados de conocerse y, como resultado, sus poemas quedan lejos de la acomodaticia praxis del sujeto pequeñoburgués que sigue clamando sobre el manido paso del tiempo desde la mayor parte de los libros de poesía que se publican. Aquí el poema es incómodo espacio de canto e indagación. Y dos, frente a la poéticas españolas más sentimentales, el énfasis de grandes vacas sagradas de la escritura y la edición como Luis García Montero y Chus Visor, que recorren nuestra geografía exigiendo eso, que el poema se entienda, aquí hay una cualificación harto autorizada de cómo se puede entender la poesía sin dejar de ser poesía.

Son especialmente incisivas las reflexiones de las poetas: «Me parece más apropiado hablar de emoción que de sentimientos, ya que la emoción siempre se entrelaza con el pensamiento, sosteniendo el poema, que es a la vez una forma y un espacio de reflexión» (Corina Oproae), lo que tira por tierra la manoseada dicotomía entre conocimiento y comunicación que tanto daño hizo a la poesía española. «La construcción del objeto poético pasa por el pensamiento lógico; no obstante, el poema no existe sin la libertad que exige el pensamiento poético […], el poema, más que ser entendido, debe ser intuido» (Mónica Picorel), lo que revela la falta de libertad que hay en el fondo detrás de las poéticas dominantes establecidas. «El poema es una forma de pensamiento no racional, que nos permite acceder a algo inaccesible por la vía racional […]. El contenido no consciente del poema no puede ser sacrificado por el contenido consciente. La poesía manda. Siempre […]. El poema no tiene un significado» (Miriam Reyes), es decir, en gran parte de la poesía más aclamada lo que falta es justo eso, poesía.

Y hay buenos avisos para navegantes también entre los poetas: «En el momento de la escritura del poema nunca se rechaza una palabra porque no sea propia de la dicción personal, lo que ocurre es que las palabras ajenas rara vez comparecen» (José Ángel Cilleruelo), sobre poesía e idiolecto. «Está siendo letal, a día de hoy, la tan cacareada identificación entre poema y poeta en la que se basa la ideología moderna occidental, con ese toque individualista que además le aporta la expansión del neoliberalismo como forma natural de ver las cosas» (Antonio Méndez Rubio), sobre la dudosa legitimidad como poética de izquierda que tenía la versión española de la poesía de la experiencia. «De ahí que los sentimientos, la observación atenta de una realidad determinada y el pensamiento lógico sean tan solo elementos residuales y parciales del poema» (Juan Pablo Roa), toda una jerarquía epistemológica. «Cuando no se limita a ser una construcción literaria, la poesía está más cerca del mundo —de su experiencia no estereotipada— que cualquier otro modo de hablar […]. Pero simplificar la experiencia es engañarnos, volverla banal» (Misael Ruiz). Sobran los comentarios.

Por no citar solo poéticas, diré que abundan los poemas de hondura, música, tinieblas y pellizco, no directamente traducibles a rédito ni experiencia, un complemento perfecto a estas poéticas. La poesía brilla en estas páginas con toda la oscuridad de la psique y la luminosidad del idioma. Me quedo con broches que abren y cierran la antología. El maravilloso verso de Neus Aguado, «en las soleadas playas del país sin memoria», eco del cernudiano «en los vastos jardines sin aurora», pues Cernuda podría haber figurado en una antología de poesía en español al otro lado del Atlántico junto a otros habitantes del idioma. Y con el espectral poema sobre las cordilleras de Marina Tapia, originaria de la montañosa Chile: “Cordilleras, / salientes emotivas, / locura de racimos para el vuelo. / Sois hálito ascendente, / o dedos de las diosas que, dormidas, / levantan sus pulgares y acarician / la pulpa de las nubes.”

La lectura de Poetas en construcción depara instantes como estos, en los que el idioma se expande, sale del encorsetado topos poético español, si es que tal cosa existe, y hace del pensamiento geología. En otra antología de hace años, Alejandro Krawietz, poeta y crítico canario, avisaba del peligro de abaratar la expectativa. Poetas en construcción muestra que no todo está perdido y la poesía sigue costando quilates a la hora de escribirla y de leerla.

 

Poetas en construcción, Misael Ruiz (ed.), Animal sospechoso, Barcelona, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Carlos Jiménez Arribas

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