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Configurar sentido descendente

Del baldío al verso

6 de febrero de 2026 10:00:13 CET

Tras publicar su colección de relatos Periferias del deseo (Pregunta, 2025), recibir el Premio de las Letras Aragonesas 2024 -ex aequo junto a José Luis Melero-, y publicar La emoción de vivir, (Gobierno de Aragón, 2025); una colección de prosas y versos que es un gran homenaje lleno de ternura y generosidad para con tantas y tantas figuras a las que evoca y dedica su cariño -desde Emilio Lacambra o Félix Romeo, hasta Sinner y Alcaraz-, Antón Castro cierra un año de cosecha providencial con un nuevo poemario, Con sílabas de gol (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2025) en el que se recogen cincuenta y dos prosas poéticas centradas en el balompié como eje principal de giro; obra que, en palabras del autor, “es una aproximación a un juego contiguo a la emoción, la belleza, el suspense y la idolatría” y nos revela a su comienzo que “podría contar mil cosas./ Pero en realidad querría hablar/ de todos aquellos a los que amé” y, añadirá posteriormente en su texto, porque “el fútbol, como la vida, exige armonía, / unidad de grupo, suma de esfuerzos / y pasión de ganar y gozar con los tuyos”: he aquí un terreno donde desarrollar un juego ágil y preciso. 

En sus casi doscientas páginas despliega las palabras como si se trataran de aquellos botones con los que, de pequeño, emulaba la contienda sobre el verde césped de la imaginación, botones variados -algunos brillantes, otros más sencillos- con los que Castro compone un once titular en el que se alinean el recuerdo de un pasado de carreras en el baldío, el afecto hacia todos quienes formaron parte de ese universo del balón, la ternura brotando de la evocación, el amor regateando a cada paso de la vida, la pasión del aficionado, el almanaque detallista del forofo, la pluma del cronista deportivo, el heroísmo del fútbol base, la mitomanía que despiertan las estrellas rutilantes, la gloria de la victoria y la épica del perdedor que nunca se da por vencido; pues “al fútbol se juega para ganar, pero si pierdes haciéndolo bien, no es una deshonra. Es una modesta forma de triunfo”. Así, nos confiesa, “el fútbol fue una de las primeras escuelas de aprendizaje, algo así como un laboratorio a cielo abierto de conocimiento, imaginación, amistad y sueño” y que “es también un jardín abonado de sensaciones, de nombres, de cromos, de alineaciones y de memoria”. 

Telúricamente la cancha es un planeta paralelo, una suerte de campo de batalla homérico en el que -de forma alegórica- se citan, triunfan o perecen héroes inolvidables a los que cantarán poetas como Castro, relatando “un conjunto de instantes en los que brillan la inteligencia, el temblor de la fantasía y ese arte que rara vez llega a los museos y asoma una y otra vez a las praderas de la memoria”. Y es que, “el fútbol es la emoción de vivir” y, por ello, estos versos guardan “un pájaro inesperado”, una crónica de la juventud que podrían reconocer como suya todos esos muchachos que, generación tras generación y en masa, acuden “a vivir la vida con el balón de reglamento anudado a los pies”. 

Al escribir sobre el fútbol en su vida, da vida a aquellos que quedaron amarrados al pasado como cromos de una liga distante, salen del álbum y recorren la voz con nuevo aliento, porque “los que se van viven en nosotros si los recordamos”, mucho más si quien los eleva son las alas del verso. 

De una manera incuestionable, se puede afirmar que en estos poemas se celebra la vida, la amistad, el cariño como si de un gol se tratase, ya que “el gol es la poesía de los domingos de tristeza” y en todos y cada uno de los campos en que se traza la marca de un rectángulo de cal, se levantan los “escenarios de los recuerdos / donde los versos se miden con sílabas de gol”. Pasado el tiempo, cualquiera de aquellos chicos y chicas podrían confesar, con el nombre de alguna figura legendaria en el silencio de la memoria: “cerré los ojos y oí, con absoluta nitidez, el clamor / del estadio como si hubieras vuelto a marcar” y, es que, para alzarse con el triunfo en la cancha de la vida, no se pude salir a defender un empate. El cuero siempre seguirá rodando. 

  

Antón Castro, Con sílabas de gol, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Ricardo Díez Pellejero

El peso del pasado

6 de febrero de 2026 09:48:02 CET

Tormenta de polvo fino es una novela breve solo en apariencia. Bajo su extensión contenida, Carlos Fortea construye un artefacto literario de gran densidad simbólica y narrativa, en el que convergen memoria, historia e interrogación moral. Profesor universitario y reconocido traductor —galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción—, ya había mostrado en novelas como Los jugadores o El mal y el tiempo —reseñadas en estas mismas páginas— su interés por los dilemas éticos y por la persistencia del pasado en el presente. En esta ocasión, la obra llega a las librerías bajo el sello de Nota al margen, editorial independiente fundada en 2024 con la vocación de apostar por propuestas literarias exigentes y alejadas de la lógica puramente comercial.

Desde sus primeras páginas, el lector percibe que no se encuentra ante una narración convencional, sino ante una indagación en aquello que queda fuera del relato histórico oficial. El protagonista —un narrador sin nombre— recorre archivos olvidados, abre legajos que nadie consulta porque no pertenecen a personajes ilustres, sino a personas comunes. Al hacerlo, se levanta una nube de polvo: el polvo de la historia acumulado en los papeles de la gente normal, esa “tormenta de polvo fino” que da título a la novela y funciona como poderosa metáfora del pasado silenciado. “Los recuerdos ajenos son míos. Fermentan, y los gases que producen alimentan mi mente como si se tratara de una gran turbina”, afirma el narrador, dejando claro que su tarea no es reconstruir grandes acontecimientos, sino rescatar vidas sepultadas por el olvido.

En este gesto se sitúa el verdadero núcleo intrahistórico de la novela. En un sentido claramente unamuniano, Fortea no se interesa por la historia de los grandes acontecimientos ni por la de los dirigentes políticos, sino por la de quienes la padecen y la sostienen en silencio, “la historia de la gente”, hecha a pico y pala. Conviene insistir en ello: no estamos ante una novela histórica al uso. Aquí no se reconstruyen batallas, fechas decisivas ni grandes decisiones políticas. Se trata, más bien, de una novela sobre la memoria, construida a partir de vivencias individuales de personas sumergidas en su tiempo, que viven dentro de los acontecimientos sin alcanzar nunca una perspectiva completa sobre ellos. El narrador actúa como un mediador entre pasado y presente: recorre casas vacías, escucha los ecos de quienes las habitaron y recompone fragmentos de vidas comunes, marcadas —y con frecuencia aplastadas— por los vaivenes políticos y sociales de la historia española. En esa lograda fusión de verdad y ficción, devuelve al relato colectivo a individuos anónimos, arrastrados por los acontecimientos y herederos de culpas ajenas, cuyas intrahistorias reclaman, por fin, un lugar en la memoria compartida.

La novela se articula como una auténtica “novela de novelas”, una estructura fragmentaria que permite abarcar más de dos siglos de historia sin recurrir a un relato lineal. Desde la Guerra de la Independencia hasta la Transición, las tramas se suceden y se entrecruzan, y sitúan ya en 1812 —momento en que el país se parte en dos, entre quienes aspiran a un cambio hacia la libertad, el progreso y la mejora de las condiciones de vida, y quienes desean que todo permanezca perpetuamente igual— el inicio de un presente que sigue proyectándose hasta hoy. Frente a la idea de que todo comienza con la Guerra Civil, la novela sugiere que esta no fue la causa, sino la consecuencia de un conflicto ideológico y social acumulado durante más de un siglo: en ese sentido, somos hijos e hijas de Cádiz. En ese amplio arco histórico se inscriben las distintas tramas: un afrancesado que planea vengarse de Fernando VII mientras espera el regreso de “El Deseado”; la amistad forjada en la Guerra de Marruecos entre dos jóvenes destinados a tomar caminos opuestos; un maestro solitario en el frente sublevado durante la Guerra Civil; una actriz en los años de la República; una periodista en tiempos de la Transición; o el romance entre una actriz emergente y un diplomático alemán poco antes del ascenso de Hitler. Son siete u ocho relatos distintos, poblados por personajes que, sin ser reales en sentido estricto, poseen un claro “pozo de realidad”: ecos de personas conocidas, oídas, vividas.

Estos personajes luchan, aman, obedecen o resisten según las circunstancias históricas que les tocan en suerte. Sus decisiones aparecen siempre condicionadas —y a veces anuladas— por el contexto, lo que da lugar a una reflexión especialmente lúcida sobre la imposibilidad de separar pasado y presente. En este sentido, el tiempo avanza porque se va saltando de relato en relato, de vida en vida, y las vidas de todos los personajes van dando como resultado la vida del país. No en vano, uno de los pasajes más elocuentes afirma: “La historia es igual que una noria puesta en el cauce de un río, nunca gira hacia atrás”. La estructura fragmentada refuerza esta idea y exige del lector una implicación activa: Fortea no ofrece respuestas cerradas, sino episodios que dejan preguntas abiertas y reverberan más allá de la página.

El estilo, sobrio y preciso, contribuye a crear una atmósfera absorbente en la que lo histórico y lo imaginario se confunden, como ese polvo fino que se deposita lentamente y acaba cubriéndolo todo. Aunque a lo largo del libro se abordan temas como el poder, la venganza o la lucha política, el verdadero núcleo es la memoria: la que duerme en los archivos, deformada por el tiempo, y la que se proyecta hacia un futuro incierto en el que aún podría servir para corregir errores, si alguien se detuviera a escucharla.

En conjunto, Tormenta de polvo fino es una obra exigente y profundamente sugestiva, ideal para lectores interesados en la literatura introspectiva y en la reflexión histórica. La novela sugiere la convicción de que el mundo se encamina cíclicamente a la repetición de las catástrofes porque las olvida, y de que ese olvido no es inocente, sino a menudo fomentado por quienes medran en la oscuridad. Frente a ello, el autor aspira a arrojar luz: los focos que iluminan el pasado, parece decirnos, despejan también el camino del futuro. Con esta novela, Carlos Fortea se confirma como una de las voces más singulares de la narrativa española contemporánea, capaz de convertir el silencio, el polvo y las vidas marginales en el auténtico centro del relato.

 

Carlos Fortea, Tormenta de polvo fino, Madrid, Nota al margen, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Juan Villalba Sebastián

Ingeniería inversa

30 de enero de 2026 10:14:59 CET

Venimos de tiempos extraños y alcanzamos espacios maduros. Veterano del salvajismo, A. G. Porta —que hace un par de años publicó Persecución y asesinato del rey de los ratones representada por el coro de las cloacas bajo la dirección de un escritor fracasado (Acantilado, 2022) y cuya primera obra, de 1984, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, fue escrita a cuatro manos junto con su íntimo amigo Roberto Bolaño y reeditada por Acantilado en 2006—. Este libro, El invierno en Millburn y otros relatos (Acantilado), aparentemente fragmentado, con un desorden hermético y literario, va y viene desde las notas tomadas y acumuladas con los años, la ingeniería inversa, la pasión por la novela pulp y la alta literatura, de Barcelona a Nueva York, pasando por el oeste de las películas del mediodía. Woody Allen en la Gran Manzana, los bocetos sugestivos de Aloma Rodríguez, la apertura al sol de Enrique Vila-Matas. El libro comienza con “Sunday afternoon (nueve cuentos)”: nueve entregas, una red de personajes, cada uno con una cita. Cada uno, el fermento de una civilización y un tiempo. 

El primero, en un hotel de Florida: cloro y humedad, una madre, un hijo y un padre astronauta camino a Marte. De ahí, de Florida o de Marte, hacia Colonia. Los abuelos. David Bowie definiendo la soledad en el espacio y personajes sacados de fiestas de Francis Scott Fitzgerald o de Woody Allen. Un padre y un hijo, tan lejos que se olvidan entre sí. En el cuento dos, una vuelta atrás: dos amigas… los nombres se confunden como las relaciones; de ahí la naturaleza no euclídea de la obra, con relatos en estado cuántico, como si quisieran ocupar todo el tiempo y el espacio del lector. De ahí que el pasado modele el presente o que, simplemente, todo sea un folletín de señoritas, abuelos, robots y escritores. Siempre un protagonista escritor. La voz de la voz: un falso documentalista, un demiurgo entre el autor y el lector. 

Volvemos a la naturaleza cuántica de la historia: el mismo hijo, protagonista afónico, usuario nivel Dios de la programación de las páginas, a la altura del mismo autor, es capaz de ver el futuro; es el Doctor Manhattan de A. G. Porta. Sabe lo que va a ocurrir porque para él ya ha ocurrido. Legos y materia oscura, periodistas, ginebra y tónica, cuadros valencianos del siglo XIX, un tercer cuento con desplazamiento hacia el Mediterráneo, hacia Valencia. Mary Jane, Selena, Eloísa. Un escritor de terceros, como esa idea de la “ingeniería inversa” que sobrevuela todo el volumen. Páginas compartidas y, en el cuarto de los cuentos/estadios, dos personajes sorpresa, A y B, como sacados de una obra de Samuel Beckett, montados en un vehículo abandonado, un gran cubo: un final de partida para dos ricos excéntricos escuchando a Bach. Todos los cuentos tienen figuras geométricas, uniones, vértices y lados basados en relaciones familiares, sentimentales, de amo y robot. 

Es el acto de escribir lo que alimenta el libro. Acaso no introduce en sus escritos una buena parte de sí mismo. Un escritor que es hermano de la mujer del astronauta e, igual que aparecen artistas valencianos, también un Premio Nobel de Literatura, como Claude Simon. De la alta literatura a la odisea espacial. Ya no se sigue la cuenta del número de relatos, porque ahora el astronauta ha despertado demasiado pronto de su sueño en el espacio profundo. Con la compañía de un robot, sometido a la obligación de escribir una novela en los nueve meses que le quedan hasta el final. Con acceso completo a todos los textos de Occidente, la compresión en archivos de la Biblioteca de Alejandría. La última actualización del ChatGPT que se llevaron en su despegue será una versión obsoleta al volver. 

De pronto, en esta meticulosa mezcolanza, volvemos a la Tierra y Porta enhebra párrafos de literatura iniciática entre el tío escritor y el sobrino genio: la idea es atomizar la cultura pop, de “popular”. Juegos de rol, criptozoología y hombres de negro que borran la memoria. El romancero gitano, el descubrimiento de la penicilina, Philip K. Dick y el gran salto adelante. No nos hemos dado cuenta, pero hemos acumulado el cuento cinco y el seis en nuestra lista de leídos. Por primera vez, Barcelona. Una boda a la que no puedes acudir por estar camino de Marte. Algo se nos ha perdido en el camino: la decisión de un amor furtivo y difícil. La mujer que no quiso ser su esposa porque sospechaba que terminaría sus días en el espacio. Y volver al espacio. Y el robot que también tiene el síndrome de la página en blanco. Así que, recordando a Rodrigo Fresán (que es como recordar un poco a Roberto Bolaño), enumera las leyes de Asimov e intenta superar el test de Turing. Bartleby —por esa resistencia a llevar a cabo el experimento—, Patrick Modiano —por ese modo de hablar de las brechas que se abren en el tiempo y que sugieren que el tiempo es proclive a rebelarse los domingos a media tarde—. Manuel Arranz, Albert Serra, dos películas y un director: El cielo sobre Berlín y Coffee and Cigarettes. Woody Allen. ¿Qué se guarda en el espacio? Sospechamos que todo.

Un cuento siete de costumbrismo decadente: padre rico y aburrido, abuelo inapetente; en el futuro el humo volverá a utilizarse, el del tabaco, para ocultar el vulgar olor del sudor de los humanos. Cita de André Salmon: «Llega un día, suena la hora, en que, brutalmente, uno se encuentra totalmente solo sin haberse tomado la molestia de romper con nadie».

En el cuento ocho y el cuento nueve damos vueltas sobre la confusión. Carcasas y hombres, una iteración en el control de la IA: «Algunos pronostican que los humanos viviremos en permanente engaño, puesto que los robots decidirán por sí mismos cuál ha de ser nuestro grado de conocimiento de las cosas». Y cuando volvemos a los clásicos, R2-D2 o HAL 9000, el cuento final nos devuelve, en bucle infinito, a un pintor valenciano capaz de detectar a los extraterrestres que viven entre nosotros, ocultos.

Después de esta aglomeración literaria de final abierto, Porta se adentra en “Una historia insólita con Florence Cambray”. Dos escritores en la Manhattan de los grandes: Florence y un escritor. Olot, Gerona, la novela neoyorquina y el bloqueo del autor, la fascinación por las noches interminables (de nuevo, volver a Bolaño) y, como buen español, algo de república y Guerra Civil; más, en este caso, el folletín añade la Guerra de Marruecos.

Sumido en el desconcierto, llega el siguiente pedazo del puzle: Silver Kane Revisited. En este libro, que transita entre la creación y el homenaje, entre el pulp y el dietario, confluyen formatos distintos con longitudes variables. Después del diálogo entre escritores nos adentramos en este fragmento que tiene un título entre novela de a duro (de Marcial Lafuente Estefanía, que es uno de los homenajeados/referenciados) y una canción de Sonic Youth.

Los tebeos al cambio: un buen negocio de los quioscos de época, con las novelas del espacio, de detectives y de vaqueros. Redactadas a toda velocidad y sin más documentación que la contenida en alguna de las voluminosas enciclopedias de las casas familiares del desarrollismo. El juego entre una perspectiva y otra, la narración de un western crepuscular con un cierto tono de realismo mágico combinado con un viaje turístico del autor, dudando si es real o ficticio, si es el Maps de Google o la descripción de la ciudad de Amarillo, más propia de Cormac McCarthy, posee validez.

Lo mejor es no darle vueltas: Un colt, una mujer y el diablo, la editorial Bruguera, los héroes de la pradera, una pradera española entre 1972 y 1982, alimento de los sueños, de los malos estudiantes, de los vigilantes de garita. Los tipis indios, reproducidos hasta la saciedad por el plástico de los vaqueros, juguetes baratos… mirando a los federales, el Street View de Google y pensar en La diligencia (de John Ford) y, claro, esa idea del enfrentamiento cultural entre moteles de carretera y los salones de las viejas películas del oeste, al mediodía, en cualquier canal autonómico: «Los integrantes de la banda de irregulares mercenarios que, en Meridiano de sangre, la obra de Cormac McCarthy, se dedican a asesinar apaches, hombres, mujeres y niños, a tanto la cabellera».

Referencias de cine y literatura, de música: Bagdad Café, Jon Voight en modo vaquero, Cowboy de medianoche se encuentra con Abierto hasta el amanecer. Ry Cooder y la música de Paris, Texas, Buddy Holly, la fotógrafa Dorothea Lange, Malas hierbas, Las uvas de la ira, la Route 66, Woody Guthrie, Chuck Berry, Jack Kerouac, iconos como el Rey de Amarillo, de True Detective, o “Los hermanos Dalton” —pero en serio—… una canción, un tren en el desierto. Stefan Zweig escuchando un discurso de Hitler mientras recorría Texas en un ferrocarril.

Y termina con el fragmento que da título al libro, “El invierno en Millburn”: historias de material reciclado. «A veces solo leía y pensaba, y a veces, en el cuaderno que estuviera usando, escribía una nota sobre lo que acababa de leer en los cuadernos antiguos, o escribía una nota sobre una idea que se le ocurría a propósito de lo que acababa de leer».

Huir a EE. UU., vivir su aventura neoyorquina, la buhardilla de sus sueños, revisar las historias que pueblan los cuadernos hasta encontrar una que le convenza. Él mismo se delata: «Reescribir, a su modo, los nueve cuentos de Salinger. Siempre he tenido una especie de cariño a su edición de Bruguera». Pero no llega la inspiración. Se acaba el dinero mientras se extienden los paseos por lugares de ensueño.

Así que llegamos a la página 112. La idea de la ingeniería inversa. La reescritura. Diez o doce títulos. Si uno se lanza, debe ir a por todo: los grandes nombres de la literatura. Todo o nada.

A. G. Porta escribe sobre el bloqueo y la reescritura, sobre la posmodernidad y la interpolación, sobre la mitomanía y el agotamiento de las grandes fórmulas. Porta escribe, en definitiva, sobre la decadente fragmentación de Occidente.

 

A.G. Porta, El invierno en Millburn y otros relatos, Barcelona, Editorial Acantilado, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Un poemario que abre caminos

28 de enero de 2026 14:52:58 CET

Micelio, título del nuevo libro de Laura Giordani, es una metáfora de la vida, del mundo, de la poesía. Las hifas que conforman el micelio tienen capacidad de crecimiento, degradan compuestos inorgánicos y neutralizan la toxicidad. 

En este libro, los acontecimientos que se cuentan: infancia, muerte del padre, presencia de los hijos, migraciones…, construyen una unidad que regenera las heridas y son la puesta en marcha de lo que se dice en la primera parte, “Micelio madre”, la “que nos sostiene” (…) “hacedora de olvido” (p. 23). 

Es la palabra poética la que repara el daño y convierte en alimento el detritus de nuestra experiencia humana. Nadie lo puede decir mejor que la propia poeta: el poema es el emergente de un texto mayor sumergido en la penumbra. El micelio nos conecta a los demás; cose todo lo que existe entre el cielo y la tierra, como el fresno de Yggdrasil en la mitología nórdica. 

En Micelio fluyen los poemas enlazados y nos sumergen en un camino espiritual, un camino místico, que conduce al Uno. Para “dar a la caza alcance” debe haber una rendición, “una áscesis inversa (…) seguir descendiendo hasta saberse sustrato, raíz, mineral (…) hasta diluir los bordes en la compasión del Uno” (p. 16). En esa oscuridad nace “el poema refucilo en la llanura oscurecida, como única linterna” (p. 16).  Hay que cavar “mirar hacia abajo, / con la misma reverencia / con que alzamos los ojos a la noche estrellada” (p. 22). 

En la segunda parte --“Familia”--, se cava en la propia historia. Bosques y personas son lo mismo. Para tratar de los exilios, a los que se vio abocada la familia, se nombra la madera de los barcos que atravesaron el Atlántico. La madera, vinculada con Jesús y con la cruz en donde murió, es un refugio, algo que nos conecta y nos vincula con la cuna y con el ataúd. La madera, el tirso que portaba Dioniso, símbolo de vida, de muerte y de éxtasis también, está relacionado, sin duda, con lo anterior. Bosques, maderas, naturaleza en general, son idénticos a nosotros. El ser humano es Uno con la naturaleza. No logran destruir esa unidad identidades ni aduanas. Nada puede fracturarla. 

Esta segunda parte de Micelio, es fundamental para ahondar en el recuerdo porque “somos lo que fueron nuestros ancestros, aunque no sepamos descifrarlo” (p. 35). Al igual que los árboles tienen líneas en los troncos, las tenemos nosotros en las manos. Ahí está nuestra vida. Todo lo que vivimos se derrumbó. De ese derrumbe, de la putrefacción, de las heridas, surgen la sanación y la belleza: “El daño / convertido en joya / de afilada belleza” (p. 37). 

De la historia familiar, se pasa en esta segunda parte del libro, a lo general, a la historia de toda la humanidad. Lo remoto, pasado mitológico, de la tierra madre, lleva a las relaciones más próximas: hijos, padres, abuelos. Con este material disperso, en el que cabe todo, se construye un refugio, un nido en el que viven personas concretas, pero también todos los seres humanos. El padre migrante, que cruzó el Atlántico tres veces, vuelve al mar que lo acogió y esparce sus cenizas con una sonrisa dichosa. El padre que se funde con los que llegan, con los que nunca llegaron, benditos todos. 

La tercera y cuarta parte, “Anomalías” y “Ternura en doce anomalías”, insiste en derrumbar lo que nos separa: los pronombres y la frontera entre vida y muerte. Porque los muertos no han soltado el amarre. Son las palabras las que han de tender hilos “entre lo visible y lo no visible” porque ellas son el invisible micelio que nos sostiene. 

La mayor herida es “ese desguace sin término de la infancia” (p. 70). Pero las heridas han de repararse, ahondar en ellas, fortalecerse con ellas, como en la técnica del Kintsugi, consistente en reparar con oro. Es la belleza de la imperfección y de la historia que cuentan.   

Laura Giordani cita a Rumí: “La herida es el lugar por donde entra la luz” (p. 70). Este libro es, también, luz y bálsamo, muestra heridas y las repara. En todo el libro fluyen la calma y la paz. A los pequeños se transmite el secreto de la vida, según Mateo. Hay que mirarla con inocencia, con los ojos de la inocencia. Es la fe (effetá) la que se nombra. Una fe fundada en la comunión con la naturaleza, en la seguridad de que formamos parte de ella y en la ruptura de fronteras entre los seres animados e inanimados. Es el hálito espiritual de Juan de la Cruz, cuando dijo: “Mi Amado, las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas…” Una fe que se manifiesta contra el horror y la violencia y que esgrime el poder de la ternura, “capaz de sentir el corazón de la piedra en la muerte” (p. 84).

La última parte, la quinta, “Por donde los huéspedes invisibles entran y salen”, nos muestra el infinito en que vivimos, vivos y muertos. Se rompen los límites en el silencio, en “el agua primordial que nos reúne”. El poema “revela la precariedad de los contornos y la hermandad de todo lo vivo”. Hay que “dejarse anegar / por esa agua inconfinable / que nos hermana”. La hospitalidad como apertura radical hacia lo otro será la manera de restaurar el daño. Pero también la contemplación de la naturaleza, del paisaje, hasta fundirnos con él como en la actividad japonesa “Momijigori” (p. 101). 

Es la palabra poética el micelio que nos sustenta, en donde vibra la vida secreta. “El poema debe transmitir, sin conocer, como una carta sellada” (p. 106). Ha de ser una escritura que muestre su revés, sus costuras, una deshilachada manta que nos cobija (p. 107). 

Con estas afirmaciones termina Micelio, verdadera poética, que deja al descubierto el trabajo de Laura: sabe que tiene que transmitir todo al lector, que debe abrirle caminos hasta lograr que se anegue en la palabra poética, para que ambos sean Uno también. 

Si un solo poema logrado puede salvar a un libro, Micelio tiene un río de poemas impactantes. La autora nos guía, paso a paso, por el mundo-micelio, nuestro sustento, regenerador de las heridas. Nos ofrece una historia para darnos al final su concepción de la escritura y del lenguaje poético, guardián de la carta sellada. Pocos poemarios pueden abrir tantos caminos. Pocos poemarios tan comprometidos.

 

Laura Giordani, Micelio, Chile, Ril Editores, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Teresa Garbí

En el mundo (o, ya más bien, mundillo) de la cultura, ese en el que pululan artistas de todo pelaje, desde narradores, poetas, novelistas, ensayistas, pintores de vanguardia, músicos y un largo etcétera, la pregunta que no deberían hacerse es si el arte o la cultura han muerto, ni tampoco (arrimando cada uno el ascua a su sardina) si han muerto la novela, la poesía, la pintura o la música. No. La verdadera y más trascendental pregunta que tendrían que hacerse todos aquellos que clásica y tradicionalmente han formado parte de ese amplio gremio es si ha muerto el humanismo. O, dicho de otra manera, si las diferentes expresiones artísticas conservan aún un carácter que vaya más allá de lo meramente mercantil y comercial, y apunte, por tanto, a cotas más elevadas de espiritualidad. Cotas herederas de la tradición grecolatina y continuadoras de lo que se dio en el Renacimiento, donde importaban más el saber, el conocimiento y el autoconocimiento, la búsqueda de la verdad, la belleza y el bien, y no la superchería ni la intrascendencia de lo superfluo y lo baladí. A tenor de lo que la cultura actual produce, se diría que cada vez estamos más cerca de alejarnos de lo primero y de vivir inmersos en lo segundo. 

La turistificación de los museos, las modas pasajeras por estar a la última en la presentación de cualquier obra artística por el simple hecho de acumular «experiencias» más que por interiorizar y aprender (para crecer mental, sentimental e inteligentemente) de esas «experiencias», como si de atiborrarse de un sinfín de platos en lugar de educar el paladar se tratara, es la más evidente razón de que los valores del humanismo clásico están en crisis, o, lo que es lo mismo e incluso algo paradójico: que no por consumir más cultura nos culturizamos más, dado que esa cultura, en términos generales, es una cultura de postureo o una cultura de usar y tirar, como los pañuelos kleenex. 

Por fortuna no todo está perdido, y contra ese modo de consumismo cultural se revelan unos pocos «humanistas» que aún creen que la naturaleza humana es una fuente de nobleza y no solo de vileza, y con capacidad de superación para llegar adonde realmente hay que llegar, a saber: a aquello que nos hace humanos si nuestro propósito en la vida es corregir los vicios y los errores de la sociedad. Uno de esos «humanistas» es José Luis Trullo, tal vez el mejor exponente español en la reivindicación de una vuelta a la dimensión espiritual del ser humano, y enemigo declarado del materialismo, de la palabra vacua y del relativismo que tiene en los publicistas, los políticos y los eslóganes que utilizan sus mayores armas para adocenar a la gente y devaluar el sentido verdadero de ciertos vocablos, como el bien, la verdad, la justicia o la belleza. 

A Trullo le preocupa sobremanera el uso espurio que se hace de esos términos y reclama (y hasta protesta con muchas impecables e implacables razones) un mejor empleo de los mismos, para lo cual esgrime como necesaria la recuperación del sentido que en general los filósofos de la antigüedad y en particular los moralistas franceses le dieron a tales nobles ideas. Porque para esos filósofos y moralistas, igual que para José Luis Trullo, lo importante, dentro de nuestro devenir como personas, es intentar comprender al otro (recuerden: “Je suis l'autre” de Gérard de Nerval o “Je est un autre” de Arthur Rimbaud), ya que, en el fondo, todos somos lo que somos en relación a lo que son los demás, y sin los demás nada seríamos. En Un monstruo incomprensible. Retablo de moralistas franceses, 1600-1850 (Editorial Renacimiento, 2025), Trullo ha querido rescatar las mejores sentencias (aforismos, diríamos hoy) de una pléyade de autores, entre otros Madeleine de Souvré, Chamfort, Joubert o Pascal, para hacernos ver que nada de lo humano les fue ajeno. Un rescate que encierra no pocas sorpresas.

 

“Ningún sistema político podrá cambiar lo que el ser humano ha sido, es y nunca dejará de ser”

 

-”Bien, belleza y verdad”…, una tríada por la que apostaron algunos moralistas franceses. ¿Por qué no por la libertad, la igualdad y la fraternidad? ¿Es que eran más estetas que ideólogos?

 

-Ni una cosa, ni la otra. Los autores que solemos englobar bajo el rótulo de “moralistas franceses” eran, a mi entender, “humanistas” en el más amplio sentido del término, es decir: creían firmemente en la existencia de una naturaleza humana, con sus noblezas y sus vilezas, pero también en nuestra capacidad de superar estas para desplegar aquellas. Sus máximas, sentencias, apuntes y aforismos asumen esa función parenética que ha acompañado a la brevedad desde la Grecia arcaica (con el caso de Teognis de Mégara como estandarte más destacado): nos alertan de los errores que cometemos por mera inadvertencia y, salvo excepciones (caso de La Rochefoucauld), nos exhortan a alcanzar esas “altas metas” a las que, desde Cicerón y Séneca, viene llamándonos explícitamente el humanismo occidental. En este contexto, la ideología política ocupa un espacio muy limitado. Bien es cierto que, si hemos de tildar de algo a los moralistas franceses, sería, como poco, de conservadores, cuando no de reaccionarios (caso de Chateaubriand), pero eso no quiere decir que se muestren insensibles ante las injusticias sociales, al revés, las denuncian y las condenan (caso de Chamfort). Lo que sí tienen muy claro es que ningún sistema político podrá cambiar lo que el ser humano ha sido, es y nunca dejará de ser. En este sentido, en general los moralistas se muestran un tanto escépticos respecto a cualquier propósito revolucionario, lo cual no excluye su confianza en nuestra capacidad de ser buenos, bellos y verdaderos, si nos lo proponemos, pero individualmente; estaríamos, pues, ante un caso paradójico de fatalismo optimista.

 

-Moralistas franceses en lugar de moralistas de otras lenguas, ¿qué tienen de especial?

 

-Por la calidad de sus reflexiones y el modo exacto en que las plasmaron por escrito, han logrado ser reconocidos como un caso singular en la historia de la cultura occidental. Lógicamente, la expresión no es mía: pertenece al acervo común, y a pesar de las connotaciones peyorativas que en nuestra época suele acompañar al concepto “moralista”, creo que en este caso está más que justificado el conservarla, por lo que he comentado más arriba: porque su propósito es el de incidir sobre las costumbres (“mores”, en latín) para corregir los vicios y enfatizar las virtudes.

 

“Es nuestra disposición personal la que acaba determinando el perjuicio o el beneficio que nos ocasiona todo lo que nos ocurre”

 

-Además, distingues entre moralistas optimistas y moralistas pesimistas…, ¿a qué crees que responden esas dos actitudes opuestas?

 

-Entiendo que es una cuestión, ante todo, de carácter (el cual, para Heráclito, era el modo en que el destino se encarna en cada persona). La acidez descorazonadora e implacable de La Rochefoucauld nada tiene que ver con la cálida ternura y la sensibilidad de Joubert, por poner un ejemplo. También es cierto que cada cual experimentó en sus carnes las vicisitudes de su propia ubicación existencial, y los salones de la aristocracia francesa, si nos creemos lo que nos cuentan los moralistas, debían de ser un auténtico infierno disfrazado de gentileza cortesana. Sin embargo, quiero pensar que, como dejó escrito Sartre en una frase magistral, “somos lo que hacemos con lo que nos hacen”: es nuestra disposición personal la que acaba determinando el perjuicio o el beneficio que nos ocasiona todo lo que nos ocurre. En esto, los estoicos, los más preclaros moralistas de la historia, nos brindaron una lección de valor permanente.

 

-En tu prólogo a Un monstruo incomprensible dices que la naturaleza humana siempre es la misma. Pero, ¿no te parece que la historia muestra suficientemente que en poco nos parecemos ya a nuestros ancestros?

 

-En lo superficial, tal vez hemos cambiado, pero en lo profundo somos esencialmente los mismos, y como he señalado, nunca dejaremos de serlo; contra los constructivistas, soy un firme defensor del concepto de “naturaleza humana”. Es su existencia la que explica la vigencia de los clásicos, a los cuales leemos con el mismo provecho, si no muy superior, al que nos proporcionan nuestros propios contemporáneos (al menos, en mi caso). Por supuesto, como sociedad en muchos aspectos hemos “mejorado”, si se puede decir así: al menos en Occidente, ya no aceptamos que se discrimine a nadie por su origen, su sexo, su clase social, etcétera; pero también hay que admitir que en ciertos temas hemos “empeorado”: el materialismo ha arrasado con nuestra dimensión espiritual, la chabacanería se celebra en lugar de condenarla, las bajas pasiones se han adueñado de las masas hasta límites insoportables... pero eso también ha ocurrido en otras épocas, como bien sabemos, y sin duda en el futuro volverá a suceder.. Quod erat demonstrandum.

 

“Hay que rescatar las palabras de las garras de políticos y publicistas”

 

-¿Las palabras confortan hoy en día como lo hacían en el pasado o se han devaluado? ¿No crees que las palabras verdaderas están en crisis?

 

-Así lo creo, sí. De hecho, no hace mucho publiqué un texto sobre ese tema, titulado de manera elocuente “Palabras secuestradas”, urgiendo a los poetas (¡y a los moralistas!) a rescatarlas de las garras de políticos y publicistas. Cuando se pervierte el lenguaje, se corrompe la sociedad.

 

-Kafka decía que sólo la brevedad es impecable. ¿Lo prolijo entonces es un exceso del pensamiento?

 

-Impecable e implacable, sí. El laconismo, como se lee en el Protágoras de Platón es “propio de un hombre perfectamente educado”. Los charlatanes, en cambio, suelen ser verborreicos. Los sofistas constituyen un caso muy claro de ello.

 

“No existe género alguno que se encuentre libre del peligro de ser malversado”

 

-Greguerías, aerolitos, sentencias, aforismos, etcétera… ¿Se podría pensar que son formas de lucimiento más que de pensamiento?

 

-Depende de quién y cómo los cultive. Muchas greguerías no pasan de chistes sin trascendencia, desde luego, pero otras alcanzan cotas siderales. Con los aerolitos de Ory pasa lo mismo: la mayoría son travesuras, y lo que es peor, absurdas. Las máximas y sentencias corren el riesgo contrario: incurrir en la impostura, hacer pasar por densa y profunda un afirmación vacua y falaz. Pero no existe género alguno que se encuentre libre del peligro de ser malversado. Ni siquiera de que un lector con dudoso criterio acabe dando su beneplácito a un texto insustancial, sea breve como un aforismo o extenso como un ensayo.

 

“Entiendo la del aforista como una labor cívica”

 

-¿Un aforista es un francotirador que dispara para herir o matar nuestros lamentables actos fallidos en el curso de nuestra vida?

 

-Al menos, entre muchas otras cosas, debe llamarnos la atención sobre ellos y proponer alternativas. Por eso entiendo la del aforista como una labor cívica. Como decía antes, el ser humano se mueve en la cuerda floja entre la amenaza del error y la promesa del acierto. El aforista que cultiva el registro moral, si es honesto, nos ayuda a alejarnos del primero y acercarnos al segundo.

 

“Una sociedad que reduce el diálogo a un intercambio de eslóganes, desde luego, tiene muy poco futuro”

 

-“El moralista es un humanista” parece ser una de tus tesis. Pero la moral no siempre es la misma, ¿cómo se come eso?

 

-Cociéndolo a fuego lento. No es un asunto que se pueda ventilar en “dos tardes”, como quien dice; de hecho, es el gran dilema de la ética: ¿qué conceptos forman y no pueden dejar de formar parte del ideario de una sociedad que se respete a sí misma, y cuáles son negociables? Desde luego, que ciertos valores cambien con las épocas no quiere decir que los vigentes en cada momento haya que darlos por buenos. Como se puede intuir, no simpatizo con el relativismo. Del mismo modo que antes era legal la pena de muerte pero se penalizaba el aborto, ahora ocurre justo al revés. Y, en mi opinión, ambas prácticas son igualmente deleznables. En cualquier caso, estamos ante debates de gran calado que no pueden liquidarse con el recurso a lemas del tipo “quien a hierro muere, a hierro mata”, o “mi cuerpo, mi decisión”. Una sociedad que reduce el diálogo a un intercambio de eslóganes, desde luego, tiene muy poco futuro.

 

“Esforzarnos, ya no digo en amar, sino en comprender al otro no es solo una opción, es un auténtico deber moral”

 

-¿Los seres humanos somos monstruos incomprensibles, como afirmaba Pascal? ¿Y si es así, para qué hacer el esfuerzo de intentar comprenderlos, como él mismo hizo?

 

-El humano es el ser que comprende, o al menos, que lo intenta. De no ser así, en poco se diferencia de una mascota. Precisamente la renuncia al sentido es lo que explica fenómenos extravagantes como el animalismo: si hay que dar a la humanidad por perdida porque no hay quien, en apariencia, la entienda, me quedo con mi perro, que al menos no me lleva la contraria. De hecho, los grandes misántropos (con Schopenhauer a la cabeza) se habrían vuelto locos, de no contar con la compañía de un cuadrúpedo a su lado. Esforzarnos, ya no digo en amar, sino en comprender al otro no es solo una opción, es un auténtico deber moral; si renunciamos a él, como parece ser que está ocurriendo, cunde el cainismo, se extiende la violencia y vuelve la ley de la jungla.

 

-¿No te parece sorprendente que sea una mujer, Madeleine de Souvré, quien tenga el honor de ser la madre de los moralistas franceses?

 

-Llamativo sí lo es. Pero en la Francia de los siglos XVII al XIX brillaron varias mujeres que, al frente de un salón literario, conseguían reunir a escritores, pensadores y estadistas para departir sobre lo humano y lo inhumano. Ya hay un libro publicado sobre ellas, de reciente aparición, que incluyo en la bibliografía del volumen: Women Moralists in Early Modern France, de J. C. Hayes (Oxford University Press, Nueva York, 2023).

 

“Las ideologías siempre serán el primer recurso del que echarán mano los perezosos”

 

-De M. de Souvré es esta sentencia: «Las mentes mediocres, pero viciadas, sobre todo las de los falsos sabios, son las más propensas a la obstinación. Sólo las almas fuertes saben rectificar y abandonar una decisión errónea». ¿Explicaría esto por qué estamos gobernados por tontos y mediocres?

 

-En esa sentencia, magistral, concurren varios temas, y todos de sumo interés. Me quedaré con que resulta extremadamente difícil mantener esa apertura mental que nos obliga a someter a revisión constante todo aquello que, de renunciar al examen, nos proporcionaría calma y seguridad. Por eso las ideologías siempre serán el primer recurso del que echarán mano los perezosos: no nos exigen dudar y, a cambio, nos infunden un sentimiento de superioridad que antaño quedaba reservado a los creyentes. Lo de los gobernantes es más complejo, porque ahí concurren otros factores, pero sin la inestimable contribución de los ideologizados desde luego que tendrían muy complicado acceder al poder y mantenerse en él (como podemos comprobar que está ocurriendo ahora en nuestro país).

 

“En las redes sociales uno muestra, no lo que es, sino lo que quiere que los demás crean que es”

 

-También de la misma autora es esta otra sentencia: «Saber descubrir el interior de los demás y ocultar el propio es una señal inequívoca de una mente superior». ¿Cómo casarla con esta época en la que las redes sociales sirven especialmente para mostrar y no ocultar nuestro interior, sino todo lo contrario, para exhibirlo?

 

-En las redes sociales uno muestra, no lo que es, sino lo que quiere que los demás crean que es, incluso lo que uno mismo quiere creerse que es. Por eso en ellas es tan fácil engañarse a uno mismo, engatusar a los incautos y que prosperen los impostores y desalmados. Pero, claro, no todos empleamos las redes para los mismos fines, aunque ese sea su uso más generalizado y pernicioso.

 

-Por volver a la primera pregunta, uno de los moralistas, no recuerdo ahora cuál, dice que la búsqueda de la verdad no sirve sino para hacernos comprender lo ignorante que naturalmente somos. ¿La verdad es encontrable? Y si lo es, a pesar de nuestra ignorancia, ¿cómo es que no nos rendimos a ella, venga de donde venga?

 

-No me siento capacitado para responder a esa pregunta. Ni siquiera tengo claro a qué nos referimos, al hablar de “verdad”. En cualquier caso, ya Sócrates (al que he dedicado muchas páginas en mi último libro) advirtió que, de acuerdo con el oráculo de Delfos, “solo el dios sabe”; los humanos, como mucho, podemos –¡y debemos!– esforzarnos en aprender... lo cual, en los tiempos que corren, con tanta gente dando lecciones a todas horas, no es poco.

 

“Como humanista que soy, y militante, la libertad radical del individuo forma parte de mi argumentario innegociable”

 

-Para Pascal el principio de la moral es el pensar. ¿Quiere decir eso que no hay una moral natural o que la genética no determina nuestra forma de ser en el mundo?

 

-Por seguir con Sócrates, padre de los humanistas occidentales, es el conocimiento del bien lo que nos permite actuar correctamente. Ese intelectualismo ético, tan ingenuo que nos puede arrojar en brazos de la melancolía, y que choca frontalmente con el tópico de la “ignorancia socrática” (la cual no excluía, contra lo que se suele creer, la expectativa de alcanzar algún saber consistente, como demostró su discípulo Platón), pone a la razón humana en el centro de la reflexión sobre los valores, eso está claro. No creo que de ello se pueda deducir algo más que el que estamos obligados a seguir pensando en torno a los grandes temas, entre ellos, el de si existe o no una moral natural, y todos los demás. Lo que sí rechazo frontalmente es eso de que “la genética determine nuestra forma de ser en el mundo”; como humanista que soy, y militante, la libertad radical del individuo forma parte de mi argumentario innegociable (la cual no hay que confundir con la “autonomía ética”). Son temas muy serios. No se pueden despachar en cuatro frases, me temo que ni siquiera en cuarenta y cuatro mil.

 

“A cada cual le aguarda una felicidad propia, que pasa por realizar un proyecto vital que únicamente le incumbe a él”

 

-Por su parte, Chamfort decía que «la auténtica felicidad humana se funda únicamente en la verdad». Pero: ¿no nos ayudan las mentiras piadosas o nobles (como las llamaba Platón) a paliar la infelicidad?

 

-Chamfort no dice otra cosa que lo que afirman los clásicos grecolatinos: que la felicidad, entendida no como euforia subjetiva sino como estado objetivo de la persona, consiste en el cumplimiento de una vocación esencial, y que esta no se centra en bienes perecederos sino auténticos, “verdaderos”. A cada cual le aguarda una felicidad propia, que pasa por realizar un proyecto vital que únicamente le incumbe a él; por ello resultan tan insatisfactorios y frustrantes los llamados libros de autoayuda, porque generalizan lo que solo puede ser singular.

 

“Abandonado a su suerte, el ser humano está condenado a lo peor”

 

-Tanto Pascal como Vauvenargues o Malesherbes ensalzaban la razón. ¿Y qué hay de la pasión?

 

-El de “pasión” es un concepto ambiguo (y antiguo) que requiere matizaciones. No tengo reparos en condenar las “bajas pasiones” (los vicios de toda la vida: la codicia, la vanidad, la lujuria) como perniciosas, mientras que me mostraría más que dispuesto a defender las “altas” como beneficiosas para uno mismo y para los demás: la generosidad, la capacidad de sacrificio, la perseverancia... Vistas así, hay pasiones buenas y malas. Pero es la razón la única que nos permitirá gestionar correctamente las primeras y someter a control las segundas. Desde luego, si la alternativa es la de “dejarse llevar”, como postulan despreocupadamente los gurús del espontaneísmo actual, que no cuenten conmigo: abandonado a su suerte, el ser humano está condenado a lo peor.

 

-¿Estamos necesitados de sentencias morales o más bien estamos ya sentenciados a no necesitar que nos moralicen?

 

-No creo que debamos prescindir de nada, por muy sabios o experimentados que nos creamos. Es comprensible que a nadie le guste que le afeen su conducta. Ahora bien, esa indiferencia colectiva a la que hemos llegado, en virtud de la cual nadie aconseja o reprocha nada a nadie porque a todos nos da todo lo mismo, tampoco creo que sea salutífera. Es preciso encontrar un equilibrio entre la sana voluntad de mejorarnos colectivamente y el legítimo derecho a equivocarnos y aprender en primera persona de nuestros propios errores.

 

“Que el aforismo haya dejado de ser el pariente pobre de la literatura para hacer valer su dignidad congénita es algo que no debería ofender a nadie”

 

-A tenor de las numerosas publicaciones que, en los últimos años, vienen haciéndose de libros de aforismos, parece que estamos en la edad de oro de este género literario. ¿Crees que es una moda o que ha llegado para quedarse? ¿Qué futuro le ves?

 

-Me llama la atención que se hable de abundancia en el ámbito aforístico –cuando, en el mejor de los casos, en la última década se habrán publicado unas decenas de libros al año– y no, por ejemplo, de burbuja poética, cuando la edición de poemarios puede alcanzar fácilmente los tres o cuatro dígitos. ¿Cuántos recitales poéticos se celebran en España, ya no mensualmente, sino todos los días? Por no hablar de premios, concursos y certámenes... Creo que, en realidad, hay a quien le molesta que el aforismo haya salido del armario y preferiría que siguiera siendo un juguete reservado a unos pocos. De hecho, varios preclaros promotores del género se han alejado estentóreamente de él en cuanto han empezado a tener compañía. Ha habido esnobismo por parte de algunos, eso es innegable, pero que el aforismo haya dejado de ser el pariente pobre de la literatura para hacer valer su dignidad congénita es algo que no debería ofender a nadie. En cuanto a su futuro, no soy adivino, pero sí es cierto que detecto cierta falta de ambición en no pocos autores, los cuales se conforman con reunir sus textos en volúmenes misceláneos que acaban confudiéndose unos con otros, de tan correctos y previsibles. Quiero creer que en la periferia del “fenómeno” aforístico están fraguándose propuestas arriesgadas que, tarde o temprano, acabarán renovando el género desde dentro; de no ser así, no descarto que vuelva a su atávico ostracismo.

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Ricardo Álamo

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