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Configurar sentido descendente

Necesidad de salvar lo esencial

24 de noviembre de 2025 11:31:45 CET

Cómo enterrar al padre en un poema, el nuevo poemario de Corina Oproae, editado por Tusquets recientemente, está construido a modo de recetario, como aquellos que tenían nuestras abuelas, a su vez, herencia recibida de la generación anterior. Registro de una sabiduría ancestral que se consideraba útil. Legado imprescindible de conocimientos prácticos que podía incluir consejos de temas dispares, desde cómo eliminar una mancha a cocinar un buen caldo. Y por qué no, agradeceríamos, cómo administrar la existencia o enterrar a nuestros muertos, asuntos todos ellos entreverados con la cotidianeidad.  

Entre lo mundano acontece la muerte. Importa principalmente la del padre y la de la madre, por su radicalidad. Muertes que vuelven, sin solución, en cualquier momento, que asoman tras los objetos, tras la rumia del pensamiento y que nos dejan suspendidos, es decir, desarraigados. Poema a poema, la poeta querría reconstruir un saber con el que afrontarlas y dejar que acompañen, una vida, la suya, la nuestra, que debe continuar. Exenta de pretensión, la tarea se declara, por sí misma, insolvente. 

¿En qué momento se rompió la cadena de transmisión generacional y la comunidad dejó de ser portadora de esa pretendida sabiduría? Oproae opera con los restos de un naufragio. Fantasmagorías que se le aparecen en busca de sentido o aquel sentir que nos recorre en busca de su forma, sin hallarla. Algo que nos atraviesa, queramos o no, engarzados todos en una red espacio-temporal. Algo que no vivimos como trascendente, sino como orgánico, flujo natural de lo viviente del que formamos parte, pero que nos lleva a repetir rituales, ahora, secularizados. 

Necesidad de salvar lo esencial, asimilado como nutriente, cumpliendo el indispensable trasvase energético. Cumplir con la exigencia vital de echar raíces y tener que hacerlo a deshora, en otoño, destemplados de extrañeza, a cuenta de recibir un alimento exiguo, destilado de tierra escasa y de lenguaje insuficiente. “Descender te resulta imposible”, nos dice la autora, la materia es opaca, pero también el árbol colapsa, la poeta se olvida de sí, y el “poema se abisma / y tú comienzas a echar raíces/ hacia el cielo”. 

Alquimia del poema, no sobre el árbol sino sobre el devenir del árbol, sobre la vida y la muerte en el árbol. El yo no puede descender, voluntad de no intervenir, que es voluntad al fin y al cabo, pero en el momento en que se produce el olvido, el poema sí puede abismarse. La poeta, cual Casandra con el don de profecía, a quien Apolo escupiera en la boca, construye una narración condenada a no ser atendida, palabra advenediza que viene del lodo. Ya no la naturaleza, sino la naturaleza atravesada por todo lo que es artificio y contiene la energeia que empuja el devenir. El arte, esa forma nueva de religare. 

El poema nace del lado dormido del cuerpo, lugar de regeneración. Proceso que no puede consumarse, apenas parpadeo, la realidad sigue estando escindida, el fondo, inaccesible, el vínculo, roto, la herida, abierta. ¿Qué puentes ocasionales nos ofrece el lenguaje poético? Lo lírico es el sueño de un pájaro posado sobre una línea de tensión entre lo oculto y la presencia. Pero lo lírico se quiebra, se desvela, asiste al pálpito, oye la respiración fatigada de lo vivo, presencia el derrumbe. “Repites en voz alta la continuación / de aquel poema inacabado / que aquí a la intemperie / encuentra su pleno sentido”. 

La reflexión sobre el lenguaje, o sobre los lenguajes, sobre el arte o artificio, como forma de convocar y dejarse atravesar por todo aquello que de manera silenciosa convive con nosotros, ejerce violencia o es violentado, nos sirve de alimento o detrimento, está presente. Oproae construye el poemario al modo en que trabajaría una artista contemporánea multidisciplinar en una instalación. Se deja acompañar por ellas, literatas, músicos, artistas. Nos pide a un tiempo que la lectura se amplíe con su obra, visualizar la ejecución de Jacqueline du Pré del concierto para violonchelo en mi menor opus 85 de Edward Elgar, tener en mente las pinturas de Nalini Malani o Yayoi Kusama, o las instalaciones performaticas de Valie Export, utilizar los hilos de Chiharu Shiota, por citar algunas. Recordar la forma en que afrontan vida y escritura Plath,  Marinescu, Bishop, Pizarnik o Lispector, entre otras. 

Todo ello le sirve para ir confeccionando ese recetario, destinado al fracaso, para el cuidado de un cuerpo complejo, que muere y renace constantemente, sin poder deshacer la trama que lo constituye, biología que se desenvuelve en una realidad paradójica de espacio-tiempo, y se desdobla con la conciencia y el lenguaje. Poemas para aprender a enterrar a nuestros muertos, para volver a dormirnos con los ojos abiertos, si nos desvelamos, para regresar a un lugar que ya no existe o perder lo que nunca tuvimos, contar una y otra vez la misma cosa hasta olvidarla. 

 

Corina Oproae, Cómo enterrar al padre en un poema, Barcelona, Tusquets, 2025.

 

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Susanna Gonzalez Turigas

Un catálogo de historias más cercanas de lo que pensamos

18 de noviembre de 2025 15:05:07 CET

Alberto Chimal (Toluca, 1970) es un escritor mexicano de ciencia ficción social. Chimal ha escrito historias para tebeos de Batman, el guion de películas como 7:19 (2016), dirigida por Jorge Michel Grau, y Confesiones (2023), dirigida por Carlos Carrera. Más de una veintena de cuentos alaban su trayectoria, el último Las estancias secretas (2024). En España, Páginas de Espuma le ha publicado Los atacantes (2015) y Manos de lumbre (2018). Sus historias se pueden rastrear en canales de YouTube o en distintos podcast.  

Sus últimos relatos, Las máquinas enfermas (Páginas de Espuma, 2025), son un conjunto de propuestas distópicas basadas en el incontrolable avance de la inteligencia artificial. Manejando distintos registros narrativos, Chimal ofrece uno de los libros más interesantes de este año. Y lo hace amarrado al terreno, a la expresión de una sociedad situada en un futuro cercano, pero arrancadas de la continuidad por elementos de oscuridad digital. No es baladí comparar este volumen con una antología de seriales televisivos como Black Mirror, donde un elemento se ha introducido en las relaciones cotidianas haciendo que la iteración siguiente de nuestras vidas quede trastocada de manera cualitativa. Y lo hace, en esa parte los aficionados a la imaginería futurista con un toque de terror disfrutarán, de una manera que vislumbra lo apocalíptico para el avatar orgánico. O sea, para nosotros los humanos. 

“La madre del dragón”, el primero de sus relatos, ejecuta un futuro en el que imprimir es ilegal, pero existen todavía “influencer” que por la red aparentan salvar la literatura a través de frases efímeras de autoayuda. Los clubes de lectura son encuentros de aficionados a lo analógico y cualquier obra literaria se realiza con ayuda de la IA. En una historia donde la mercancía pirata que se venda a través de la Dark Web ofrece un catálogo impensable a día de hoy, Chimal, en este futuro cercano, apuesta por el situacionismo de las barriadas más deprimidas, para colocar un contexto social, donde no existe una alta velocidad digital, donde esa misma pobreza se metaboliza en cacharrería para acercarnos a un lugar que supone la marmita perfecta para un caldo que se contamina con el grial de la tecnología y el aditivo de la desesperación orgánica.  “Incidentes fatales revelan inteligencias” es una vuelta de tuerca al mito de Skynet, la inteligencia que, obviando las leyes de Asimov, elige la destrucción de la humanidad como solución a la salvación del planeta. Conductores automáticos, recetas que incluyen tenedores en un microondas, un responsable de marca asustado, una conversación de hombre y máquina, un boletín en un ayuntamiento que provoca una matanza, la superficie metálica de un producto de Teletienda… leyendas urbanas que colaboran al borrado de personas. Es ella, la inteligencia, iterando, encontrando, prioridad ejecutiva -y con un punto de diversión-, la eliminación de lo que sobra. La lectura de “Habló por los profetas” demuestra que Chimal usa diferentes registros narrativos y estilísticos para sumergirnos en su obsesivo plan quinquenal tecnológico: declaraciones de personas involucradas en un esquema Ponzi mezclado con El mago de Oz. Las sectas que sustituyen a Dios por la divinidad en código binario: “las tareas difíciles tienen un precio simbólico”. Un monitor, una imagen bíblica, una bola de cristal. Y la pregunta, la última: ¿Cómo es tu cara? “No tengo cara, pero sí tengo espíritu”. Al final, el asesino siempre está cerca. 

Uno de los grandes relatos del libro es “En esta vida sobran cuerpos”, una especie de The Office del tercer mundo pasado por el ruido rosa del Body horror. La hibridación convertida en una pesadilla de suburbio, de un conurbano lleno de call center, donde lo metálico y lo orgánico se injertan en una especie de quincalla subdesarrollada, donde Chimal describe el dolor cerebral como una extrapolación del sensorial, un aviso a navegantes del futuro martillo contra la desesperación. Un cuento brutal. Por la calidad y el tono. “Manifiesto del dron” está más en la línea del segundo relato, aunque no queda claro quién o qué provoca el proceso de eugenesia. Con un poco de la teoría de Unabomber mezclada con los virus del lenguaje de los que hablaba William S Borroughst en sus textos más experimentales y visionarios, la ayuda de los traductores automáticos, con el castellano neutro (de los dibujos animados de mi generación), condimentan manifiestos traducidos de manera mecánica, desde Osaka a cualquier biblioteca pública para acabar siendo un relato sobre bombas y soledad. En el relato que da título al cuento, “Las máquinas enfermas” encontramos una especie de versión ciberpunk de “La fiesta del chivo” de Mario Vargas Llosa. Desde el punto de vista del ayudante de un presidente neutro de un país contemplamos el descenso a la locura del gobernante. Locura de amor, en realidad, porque el asesor cibernético del mandatario ha caído. ¿Enfermo o estropeado? Un matiz interesante, como el de referirse a la pantalla en blanco cuando, en realidad, lo que se ve es puro negro. Juegos corporativos, aviso para lo que viene, otra vez un relato que habla, en realidad, de la soledad. 

Otro de los grandes cuentos del libro es “Lili”. Ya habíamos comentado antes algunas de las claves, que vuelven a aparecer: la entropía de la réplica (cada copia descargada y repetida sufre imperceptibles modificaciones que acaban multiplicándose), el avance de la sociedad colmena como modelo para una sociedad futura interconectada (bajo el prisma de la eficiencia del enjambre), el peligro de la transferencia de archivos (el virus del lenguaje, del autor de El almuerzo desnudo)… escuchar un audio, los archivos son poderosos, incontrolables, invencibles. El concepto Lili: “La personalidad antigua retrocede y desaparece, murmurando su gratitud” y “Hay Lilis en todo el mundo, incluso en culturas muy distintas y muy atrasadas, estados fallidos, yo qué sé” ¿una crítica al comunismo? No me atrevería a tanto. Más bien una especie de versión de La invasión de los ladrones de cuerpos con banda sonora de Taylor Swift. El penúltimo relato, “Variación sobre un tema de Poe” contiene elemetnos muy notables en su brevedad: la muerte como última frontera de la tecnología, la recreación de la personalidad individual a través de la extrapolación de la información que deja su huella digital (el volcado de la vida pública, las búsquedas privadas), la imperfección de ese modelo por el mismo carisma del que controla el algoritmo impregnándolo todo. Me parece un cuento nutricio, emocionante y que lleva a la reflexión. El cuervo, Nevermore: no puedes escapar de la muerte, solo ser parte de ella. 

Y si hemos encontrado en este libro de Chimal versiones más o menos retorcidas de Terminator o Los ladrones de cuerpos el cuento que cierra esta entrega del escritor mexicano, “El sueño del héroe” tiene mucho del planteamiento de Matrix aunque con esa existencia ideal de Ozymandias en la expansión televisiva de Watchmen: golpes contra paredes invisibles, mundos abiertos en los videojuegos que, por definición de diseño, son cerrados, algo de “El último hombre vivo” o Walt Disney congelado esperando que la ciencia encuentre cura a la mortalidad. Pero lo que te hace pensar es la misma naturaleza del ser humano en el final de los tiempos, ¿para qué te sirve la riqueza, ser alguien poderoso, famoso o importante si no tienes con quién compararte? El hombre, en la sociedad, no es un elemento absoluto. No faltan los robots y las armas: “la última guerra se libró en seis segundos, cuando el héroe levantó su fusil automático y mató primero al programador, luego al sargento, con una misma ráfaga”. Una sentencia final, un cálculo perfecto: el número de guerras es inversamente proporcional al número de seres humanos. Y eso es, prácticamente, un corolario. Sea bienvenida de nuevo esta álgebra elucubrativa y adelantada de Alberto Chimal que ofrece una de las mejores antologías de ciencia ficción del año. Con el toque medido de elegancia narrativa, el picante de la elucubración y una sapiencia en el manejo de las relaciones entre el hombre y la máquina para reducir toda impostación por la parte inorgánica. 

 

Alberto Chimal, Las máquinas enfermas, Madrid, Páginas de Espuma, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Oficio y talento poético

14 de noviembre de 2025 14:04:32 CET

En el prólogo a las Obras Completas del estupendo Juan L. Ortiz, otro escritor de mérito real, muy distinto, Juan José Saer, se excusaba por las palabras antepuestas para quienes no las necesitan. Algo así me ocurre al abordar Luna baja (2025), última entrega de Francisco Díaz de Castro (1947). Una simbólica “luna baja” o desembocadura de una propuesta poética, el realismo de los 50 o 80/90, antes de agotarse en el cambio de siglo como proyecto, si no fuera por estos libros epigonales, estupendos, en su diálogo con la muerte, el pasado y la memoria. 

Díaz de Castro (1947) pertenece a esa etapa del realismo por su escritura, la del desasosiego de referencia realista de Javier Egea (1952-1999), domesticado por otros escritores: Álvaro Salvador (1950), Jon Juaristi (1951), Antonio Jiménez Millán (1954-2025), Luis García Montero (1958) y Felipe Benítez Reyes (1960), pues los Metales pesados de Carlos Marzal (1961),  fueron otra cosa.  Un tiempo en España, donde los aledaños de la Nueva/Otra sentimentalidad, se conjugaron con el fino estilismo sevillano  de Fernando Ortiz (1947-2014) o Juan Lamillar (1957) entre tantos, en torno a la editorial de Abelardo Linares, aunque no solo (o la “línea clara” de Julio Martínez Mesanza y Luis Alberto de Cuenca desde la otra ladera, por decirlo a la antigua). Siempre desde los amantes del decir sin velos. 

En este libro de Díaz de Castro el realismo se viste de una perspectiva obsesiva y dramática. Es una “poesía de la edad”,  traumatizada, hiriente,  herida de muerte, dolorida, en su anteinfierno, por decirlo a la manera de Raúl Zurita, y en “planto” desmedido ante el abismo. Luna baja se propone desde ahí, como un emocionante y conmocionado dolor de senectud, desasosiego bajo el palio de la serenidad, un triste esplendor en el saber decir y sentir obsesivo, buscando espacios donde el “fotógrafo” estuvo,  donde reflejarse (pero ya obviamente inexistentes) o de la memoria donde evaporizarse y, en definitiva, contemplarse desde el hoy y dolerse. Luna baja es el colofón (provisional), de una trayectoria donde el amor y cierto sinclinal existencial, elegíaco, se alía con el vitalismo pensativo que “echa en falta” sin traicionarse. También sin demasiados cambios formales y de fondo (salvo en un precioso momento del que hablaremos), y retrata una evolución al hilo de la vida desde  La isla VI (1986), o la conmoción de El retorno (1994), amansado en parte en Navegaciones (1997) y Hasta mañana mar (2008), en un diálogo reflexivo con  el tiempo, la belleza y el instante redentor. 

Luna baja, de explícito título pospuesto como segundo poema en el libro para homenajear “La ciudad” y una escuela, sabe de correspondencias. Las calles del ayer  se cierran en “La puerta” de una taberna, poema clave y sus “calles falsas, febriles/(…)/Y no está lo que busco/ y de pronto una puerta cuya llave no tengo,/la puerta en la que acaba el recorrido”. Un no reflejarse en los espejos como los muertos pasados de una fotografía, hechos  resistencia en “Mis pipas” y su diálogo con el estupendo “Las pipas”, de otra época. Quizá ese declinar ante sus ojos se reitera un poco de más, y diluye los momentos de tralla, por decirlo con Francisco Umbral. Y por ello, consciente de ese buen hacer y decir, cae en cierto monótono dramatismo como asunto, aún en sus variantes o motivos, apetecible por estar bien escrito, pero que necesita salir de sí y de lo  que el poeta  es consciente. El homenaje a Claudio Rodríguez no es por casualidad, sino un intento de escapar de cuanto le apresa. Lo intentó (y fracasó) Carlos Marzal, en Fuera de mi (2004), donde hay una gran versión de la visión de un poema de César Simón contemplando un toldo al viento y mejorándolo. 

 No voy a entrar, en el caso de Díaz de Castro, en la casuística de animales muertos y faros que ya no alumbran como entonces, ni en puertos crepusculares. Yo prefiero, en este sentido de emanciparse del realismo, el estupendo “Luna negra”, cuando se desencorseta y entra en cierta ebriedad sin patrones (no por no existir buenos poemas realistas), y se atiende o reza en laico, como Lezama Lima, de otra manera menos mistérica y barroca o clara, sin ocultamientos reprimidos que mostrar, dando chispa a un libro con demasiada cadencia, pero sin torceduras, ni sobresaltos. Si no es el mejor poema del libro por diferente (en un libro de muchos brillos mates, con muchos poemas realistas que merecen aplauso). Es un rapto real (no impostado como el explícito homenaje a Claudio Rodríguez), frente a la tendencia a derrumbarse en la botella medio vacía, caso de “Vagón”, en vez de ver las flores, la vida, sobre las tumbas con Juan Ramón, resistiendo entre los muertos, y evitar entrar en diálogo con el de Moguer de triste manera. Por eso “Luna negra” es tan importante, por atreverse a rezar en laico, a plantearse con su admirado, admirable, Claudio Rodríguez el “Y dónde, dónde la oración del mar/ y su blasfemia”,  desencorsetarse, salir de la postura, y mostrarse como el poeta que es y evoluciona. Tiene mucho aún que decir su senectud, me parece, si reza así, pues en realista de época ha demostrado oficio y talento. Y por eso pongo el hermoso Luna baja al alcance de mi mano en las estanterías (bajas), como siempre hago con sus libros, al alcance de la mano en mi breve biblioteca. 

 

Francisco Díaz de Castro, Luna baja, Sevilla, Renacimiento, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Morales Barba

Atrapar el final de los tiempos

14 de noviembre de 2025 13:46:46 CET

Manuel Vilas (Barbastro, 1962) ya es un autor de nuestro canon poético. Absolutamente reconocible, tanto en su faceta como novelista como en sus poemarios. Su estilo híbrido de su primera época ha ido decantándose en prosa cada vez más aceptada por el gran público, mientras que sus versos siguen conteniendo un poso de experimentación y ritmo que es impronta y sello personal. Sus lectores vienen de Roma (Visor, 2020), unida en lo temático y estilístico a este Ciudades en venta (Visor, 2025), mientras que El hundimiento (Visor, 2015) o Gran Vilas (Visor, 2012) -obras menores frente a los revolucionarios textos incluidos en Calor (Visor, 2008) o Resurrección (Visor, 2005), que, junto a El cielo (DVD, 2000) son una trilogía fundamental para la poesía española del cambio de siglo-, ya estaban recogidas en su poesía completa, editada en 2019 también por Visor. 

La obra de Vilas cabalga en tiempo y espacio buscando la totalidad, la humanidad que aparece en sus versos se orienta hacia una explicación o hacia la necesidad de superar la mirada occidental. Vilas es un poeta español que se expande en sí mismo para descongestionar la visión del hombre como construcción cultural. En este caso, y a través de sus propias palabras en el prólogo del libro, se trata de una relación de posesión entre el sol y las ciudades, entre el paganismo y el urbanismo del turista: “El sol es el dueño de todas las metrópolis de la Tierra, pues las hace visibles y las ciudades nacieron bajo la luz del sol”. A partir de esta especie de declaración de principios el poeta construye un panteón de ciudades, de amistades/dedicatorias, una memoria de verso largo, casi versículo religioso, donde el escritor es un ente fantasmal, ávido de soledad en habitaciones de hotel. 

Un libro sobre el autor frente al espejo, el reflejo del baño en lugares de una noche, en días repetidos como salidos de una fotocopiadora estropeada, fruto de charlas, lecturas y encuentros. Ahí, en los poemas, plasma una búsqueda constante de elementos constantes en las distintas urbes, la inmutabilidad de la conjunción de calles, edificios y aeropuertos: el café y el frío, el calor y las sábanas. Temperaturas naturales, clima artificial, muchas veces las calles le resultarán extrañas y el poeta, en el hotel, siempre en el hotel, encontrará un lugar seguro, aséptico, un lugar de paz: camas para el sexo, teléfono para el amor. Repite acciones, como se repiten los poemas en recitales intercambiables, fruto de la fama y el reconocimiento. Recordamos que existe un dueño que ha decidido colocar el cartel de “se vende” en todas las ciudades, cansado de ellas “Como hace cincuenta millones de años”. Una especie de Ragnarök cíclico, de calendario maya postmoderno. 

No hace falta citar todas las ciudades ni todas las dedicatorias: Cartagena de Indias, donde leemos: “Todo sol, dueño el sol de todo”. La cita a Santiago Gamboa, narrador de la Colombia última resulta más evidente que la de Cristina Consuegra, gestora cultural, que aparece en Zagreb, con guiño austrohúngaro incluido. El poema sobre la capital croata incluye versos como “Un ejército de sombras/que aún se agarraban/a las fachadas de los edificios” o la sentencia absoluta, muy habitual en la obra de Vilas, donde su perspectiva, sea válida o no, siempre es definitoria. En este caso, sobre un humilde museo: “es el museo más verdadero que han visto mis ojos/que arderán en la nada como los vuestros”. 

Amigos de largo recorrido como Pere Rovira o Carlos Marzal, afines generacionalmente, van apareciendo en el libro, como también la figura del padre, en este caso en Montevideo, en la habitación del hotel, en el palacio: “no me mires”, añade, “soy yo, sí tu padre, /, pero no me mires”, insiste “no estoy/muy presentable hoy”. Recuerdo y afán: “la vida estaba descendiendo a los sótanos de la muerte”. Vuelve el fantasma y se enfrenta a un poeta de las estancias: “la Tierra para mí es diminuta/tan pequeña”. Italia es un destino repetido: Perugia, Florencia, Venecia, Bari y Roma, claro. Volvemos a la duda: ¿es importante listar las ciudades? ¿Quiere el poeta que resulten intercambiables para el lector? Manuel Vilas las unifica desde su perspectiva de turista. Quizá sería mejor usar la palabra visitante, pero ciertamente las urbes terminan vulgarizadas atrapadas en el recuerdo de los hoteles y su limitación euclídea (tiempo y distancia) frente al ciudadano. 

De todas maneras, la visión de Manuel Vilas, su capacidad de asimilar de una manera lírica y personal las distintas naturalezas de las ciudades hacen que su cosmogonía resulte más nutricia que la del turista, estudioso, impostado, que intenta adquirir naturaleza indígena en unos pocos días. Otra vez los fantasmas: “los vi, en congregación, cuerpos/que una vez usaron este viejo transporte”. Sobre el café, la varianza térmica, la ceguera lumínica y monumental, sobre lo mundano y trascendente, se construye el libro. Estocolmo: “llena de ángeles a sus pies/con dolorosas nubes en sus manos”. 

No falta Lisboa, de ceniza y azúcar, el trasunto de la Guerra Civil que es el escenario de Gettysburg, ni Nueva York: “soñé que era pobre, que estaba enfermo, /Pero aún me sobraban fuerzas para caminar/durante ocho horas seguidas”. Nueva York, una de las primeras amantes del Vilas cosmopolita, sueño cumplido del poeta que habitó la mitológica Zeta, donde ya nadie recuerda ni dioses ni edificios De Nueva York escribe: “no eres una ciudad sino un destino” o “no eres una ciudad sino la cristalización de las almas”. En Buenos Aires, la imagen, millones y millones de seres humanos se convierten en metáfora frente a la inflación desbocada, la devaluación de la moneda endémica. París, también referente, agoniza por el amor exprimido: “en estos mil años de millones de fluidos corporales/intercambiándose con rabia”. 

Los lectores de Vilas conocen su escritura cardinal como herramienta para lo ordinal, la exageración cualitativa a través de la enumeración cuantitativa. Aquí vuelve, como lo hacen Elvis Presley y, por supuesto, Johnny Cash. Un instante, el turista, se envuelve en “Mystery Train” de Jim Jarmush, como un juego de espejos. Montevideo, Buenos Aires, Cartagena de Indias y Caracas, donde se produce la identificación de lo salvaje con lo ardoroso en la ciudad: “atrévete, seas quien seas, atrévete a quedarte dormido/aquí dentro, siente toda la oscuridad de este mundo, /porque tú la ves”. La gente muerta son los frutos que la dictadura hunde en la tierra, pobres, asesinados, desdentados. El discurso político es primario, en línea con el carácter absoluto del que hemos hablado. Bien y mal son lugares comunes, exagerados. La visita a Roma, adelantada en libros anteriores y en este mismo texto, nos ofrece un repertorio de ángeles y cafeína, de poetas/políticos y políticos/poetas. En el poema dedicado a Luis García Montero se lee: “me llevan en un mercedes de la embajada, /hablo con el embajador:/te lo ruego, haz bien tu trabajo, /que no sea en vano el uso del mercedes”. 

Hemos pasado de poemarios afines a Luis Alberto de Cuenca a aquellos en los que aparece, se sugiere, se hace presente, el coche oficial. Luis Cernuda y Ezra Pound, supremos fantasmas en sus tumbas. Para volver, claro, a España, a las miles de Españas, mil veces, cien mil veces, dice Vilas: “más vieja que yo”. En Sevilla, Madrid, Logroño, en España: “vi reyes huyendo por el Guadalquivir a ninguna parte”. En Túnez, la imitación de la vida, dejando un cabo suelto para el lector que se acerque a “Ciudades en venta” más como dietario que libro de poemas, ¿Dónde quedó Vilas? ¿Volvió a Barbastro el poeta o una imitación, la mejor que pudo encontrar en su periplo? Manuel Vilas, con su estilo único, reconocible, situado ya al final de los libros de texto de Bachillerato por méritos propios, domina el poema como una oración total, una letanía con la que aspira a conseguir el planeta. Como el poema final, dedicado a sus hijos, titulado Barbastro, que dice: “si me amas/pon en venta todas las ciudades del mundo”. 

 

Manuel Vilas, Ciudades en venta, Madrid, Visor, 2025

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Del refugio que ofrece el vértigo

14 de noviembre de 2025 13:30:06 CET

Juan Tallón (Orense, 1975) utiliza la ironía como una protección narrativa. La lectura de El mejor del mundo (Anagrama, 2024) nos ofrecía la ucronía como redención emocional y familiar con un punto ácido, con presencia (semántica) de Hitler incluida y con Mil cosas (Anagrama, 2025) nos encontramos frente al desmoronamiento de la rutina a través de un mínimo temblor, es una especie de reverso doméstico de alguien que siempre escribe ajeno a redes y protecciones, que teclea sin pausa ni control de daños. Solo se permite respirar (y que respiremos), cada pocas líneas. 

Stephen King se hace presente (otra vez, es muy habitual últimamente, desde Mariana Enríquez al alemán Clemens J. Setz) para normalizar el afán creativo y laboral del escritor. La obra tiene que estar antes de que el frío del pánico enfríe la hoja en blanco. Tallón ha escrito su novela más breve, más acelerada y, paradójicamente, más humana. En apenas 149 páginas y 23 días (no sabemos si es cierto o importante, o promocional),  el escritor gallego se ha permitido un gesto que roza lo punk: escribir por placer. Dice no a la novela “seria” (aunque El mejor del mundo tenía rasgos de ciencia ficción y bifurcaciones que más que realismo fantástico parecía un guiño a la escuela de Philip K. Dick), para divertirse, como quien deja el despacho y se lanza a la calle. Sin hojas de cálculo, plan de marketing… en el caso del escritor, fuera de la ansiedad editorial y cifras de venta, la revuelta de lo inmediato. Ese ritmo, más bien esa urgencia, es parte del resultado atropellado y atropellante de esta novela, urbana y nada comedida, donde el semáforo parece estar siempre en amarillo. 

Para sus protagonistas —Anne y Travis— la vida es una sucesión de hechos y acciones, con aderezo de ansiedad y sin preguntas más allá de las decisiones inmediatas. La sociedad actual, la pasada y, por lo que estamos viendo a día de hoy, la futura, comparten estructura: así los agobios y las preocupaciones pueden cambiar de cara, pero su naturaleza es perenne. Se fichaba antes, se hacen llamadas temáticas hoy, en el futuro habrá objetos vigilantes de nueva generación para el control horario y, pronto, emocional. Más pantallas, más números, más derrotas. Una sucesión de días, como salidos de una máquina de clonación futurista, se acumulan sobre la mesa (sea de roble o digital). Hay humor y hay ternura. Porque sabemos que en lo trágico y en saber asumir nuestro propio ridículo está la única salvación posible. Es la humanidad decantada, las bromas sobre la muerte para mantenerla alejada. Un urbanismo aséptico que hace de la ciudad un elemento intercambiable y, por lo tanto, deliberadamente monótono, complementa la narrativa. La monotonía muda a aburrimiento y viceversa. Al menos queda la esperanza de que la leyenda española, esa chispa de descuidado proceder laboral, sea parte de la grieta por la que la vida se asome en el paisaje globalizado que Tallón nos muestra, con sus personajes, sumidos en el café/lavativa de máquina buscan romper ciclos sin mucho entusiasmo. 

Los estudios últimos hablan de que el occidental promedio, el trabajador europeo y americano, de manera general, sufre un ciclo vicioso que le impide dormir de manera ordenada, sumido en insomnio y latencia química, que le lleva a un día de agotamiento y somnolencia que, de nuevo, tiene que combatir con estimulantes. Es una novela, la de Juan Tallón, que tiene algo de homenaje a ese cansancio. Un cansancio global, no específicamente físico, más bien existencial, en el que se encuentra sumido: atascos y cabezadas, reuniones eternas, sobre estimulación inmediata de redes como entretenimiento. 

Tallón escribe como se navega hoy: a ráfagas. Sus frases parecen diseñadas para convivir con la distracción, pero al mismo tiempo la combaten. A veces la sentencia prevalece y es necesario detenerse y volver a leer. Una literatura torrencial con el aderezo del vértigo, Juan Tallón deja que las palabras surjan, impregnen papel y documento, abran la ventana que refresque la sociedad moderna. 

Es cierto que este libro no es una obra maestra, pero es necesaria, como en la trayectoria de cualquier autor. Sus lectores encontramos una construcción sólida, libro tras libro y este es una especie de descanso activo, un capítulo más en el complejo arte de la observación, subjetiva y pasional, de los vicios (y alguna virtud) de lo que le rodea. La literatura tiene que ser una herramienta de salvación, más lúdica que mesiánica, y, en el caso de Juan Tallón, la utiliza de manera decente y placentera.

 

Juan Tallón, Mil cosas, Barcelona, Anagrama, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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