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Configurar sentido ascendente

Relaciones y geografía, la disfunción del amor

21 de mayo de 2026 13:05:48 CEST

Sofía Balbuena (Salto, 1984) es escritora y profesora de escritura creativa. Sus residencias en distintas universidades le han permitido compaginar el ensayo con la creación, destacando libros de ensayo como Doce pasos hacia mí, Borracha menor y Gente sin paz y la novela Sutura. Con los cinco cuentos que componen Personaje secundario (Páginas de Espuma, 2026) se alzó con el prestigioso premio Ribera del Duero en su IX edición, uno de los más importantes dedicados a los relatos en lengua española. 

El libro se abre con una cita de Pappo, el rockero argentino, el hombre del blues en Latinoamérica. Esa mezcla entre los modos norteamericanos y la cultura argentina están presentes a lo largo del libro. “La mejor persona del mundo” abre la colección. Una reflexión temporal y lejana sobre la maternidad, el salto migratorio, los intelectuales orgánicos en búsqueda de la escasa estabilidad que supone el estudio científico de las humanidades y la relación de pareja. De Buenos Aires a Barcelona: lecturas, las monedas para el pan, el máster y el doctorado (y la compleja burocracia). Todo es una espiral de pasión y espera. Mundano, cotidiano, terrenal (empleos precarios, empanadas, limpieza) y altura universitaria. Es un cuento que marca instantes, con una niña y una pareja, con el sexo y el amor, hibridados. El tiempo se mueve en una dirección, pero los sentimientos y las pasiones atraviesan las páginas de manera vertical. Parques sucios, niños también sucios, hambre inmediata, de alimento y de pasión. La esperanza tiene nombre de niña y el futuro es una pareja en paradero desconocido. Cinco años en Cataluña, seis en el jardín de infancia. La frase con la que Balbuena termina el cuento actúa de lápida y duda: “¿Qué hubiera sucedido si no la hubiéramos tenido? salir”?  De Barcelona a Buenos Aires. 

El segundo cuento se llama “Avenida Rivadavia”. De nuevo sobrevuela la narración esa insatisfacción que anida en el amor, en el sexo, contagiada por el pasado y sin el antibiótico del futuro. El urbanismo de Buenos Aires actúa como personaje invitado: plaza de mayo, el barrio del Once, Hipólito Yrigoyen y Avenida Pueyrredón. Recuerdo a los cambistas de 2002, cuando terminó la falda paridad y los dólares se guardaban bajo el colchón. Las mismas huelgas que aparen en el relato deslocalizan el cuento en la convulsa Argentina. Contra qué, contra quién. La llegada del apocalipsis financiero que acabará con eliminar las oficinas llevar a Buenos Aires hasta el final de los tiempos del que hablaba Michel Nieva. Ella, en la duda, no hace preguntas, se siente atraída por el pasado y por la autoridad, su jefe, su ex… Todo crece, sobre todo los pesos hasta no valer nada. Y, de nuevo, las calles porteñas, sus barrios, como un elemento orgánico: la oscuridad cartonera más allá de Avenida Rivadavia. Martín se hace esperar, su marido también, el barrio del Once, los judíos, el Hospital Francés… el Abasto, parada Carlos Gardel, como cantaba Luca Prodan mientras apurada una botella de Resero. Un cuento que proyecta la insatisfacción con distintas caras: marido, compañeras, autoridad. Solo la paz trae el descanso. Curiosa manera de admitir la derrota. 

Un tercer cambio geográfico con “Tsunami”. La protagonista, por otro lado, parece una mezcla de la de los cuentos anteriores. Pero completamente distinta. Deberíamos aclararnos, pero en la lectura se descubre. Es como la Universidad de Marlow City, inventada o recogida de otros lugares. De otros espacios narrativos: mujeres, humanidad, relaciones. Alcohol y tabaco en el frío del lugar. Una soledad consumida por la ansiedad emocional. Buscar caricias manos distintas, como el vino y el cigarrillo, novias en la distancia, temporal y geográfica, sexo cambiante, sexo discontinuo. El sexo como una definición de lo personal, sorprendentemente más como espacio propio que de compañía. Por eso la pareja resulta intercambiable, funcionando a niveles básicos de satisfacción. Culpa y descubrimiento. Una marca, una seña, la de las monjas. Locales, al aire libre, sometidas al verano del amor, a una revolución anterior. Otra vez la sensación de que el tiempo nos ha pasado por encima. Las monjas y las no monjas en un pueblo, lejanos, aisladas de Roma, de la voz de la autoridad. Esa distancia, como definición. Como aquellas historias de los legionarios romanos, en la caída del imperio, mezclándose con los lugareños hasta desaparecer. Define amigas, define vivir juntas. 

El libro continúa con “Mejores amigos”. Esta vez el calor húmero del balneario, del interior. El interior como contraposición a lo urbano. La playa extraña, playa de océano, no de mar, fría para nadar, pero suficiente para los pies descalzos y las siestas pesadas bajo un ventilador. Amigos, amigas, Clara y Nero, una relación de luz en verano, de pubertad y adolescencia, de aire sensual y pesado, de humedad que condensa sobre la piel como lo hacen las hormonas. La fricción del viento en un viaje en moto que define todo, parones como elementos sensuales, genitales y ropa. Al final, el fútbol, como en otros cuentos los es el urbanismo, aquí el personaje ausente, pero definitivo es el balompié. Y el balón que define el cambio. Tanto orgánico como geográfico. Marchar a Buenos Aires, como un paraíso lejano, una oportunidad. Pero hay algo más: "Me puedo quedar también. Puedo esperar un año más y nos vamos juntos”. 

El final con “Felicidades”, que rompe la propuesta narrativa a través de un diálogo ajeno, fragmentado. La acumulación de distintos puntos de vista en un avance lento de la historia. Posiciones, lugares, tiempos. Barcelona y la mujer argentina. Esa intersección entre décadas, treinta, cuarenta, maternidad, dinero, Tinder… y también sandwiches de miga, resaca y padres. La inservible cualificación de las ciencias humanas en una Barcelona, babilónica y precaria, desordenada dama del desarraigo, como la canción de Birabent: “Turista en mi propia ciudad”. Una final de plata y apetito, mucho apetito, de embarazo y familia, de futuro inesperado, de un mañana que no es promesa de futuro. Y eso, evidentemente, tiene más de agarrotamiento que de esperanza.

 

Sofía Balbuena, Personaje secundario, Madrid, Páginas de Espuma, 2026. IX Premio Ribera del Duero

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Julio Prieto es poeta que se deja ver poco, pero existe, y demuestra una trayectoria comenzada en 2006 con Sedemas y cuatro títulos más (De masa menos, Bilingües y Marruecos), además de esta última entrega, Mínimos informes. Un libro distinto, complejo, y donde se propone escribir poesía desde un cuestionamiento del sentido, la sorpresa y el humor, el juego o el divertimento lúdico, sin abandonar la crítica o la ironía de corte social, o lo profundamente existencial (como apunte, sin cargar la mano).

Mínimos informes cuentan de otra manera cosas serias y otras que no lo son. Lo hace a través de una mirada afiliada a las poéticas de la sospecha o de la puesta en duda de la significación, del cuestionamiento de ser en el tiempo, para decir y jugar con la fórmula, con las palabras, con el decir y velar, con la duda a la que somete al lector sobre la última significación.

Y es que el profesor de la Universidad Complutense, experto en postvanguardias y poesía experimental ya tiene una edad, y una propuesta madura, nada apresurada, que ha ido deslizando desde otras carreteras alejadas del realismo o de la poesía dramática de corte esencial. Búsquese el rastro en esa tradición que tuvo en José Luis Castillejo un nombre de referencia en España, pero lejos de cualquier concretismo, o replanteamientos de la poética visual. Aquí es el sentido quien es sometido a juicio desde el precipicio y vértigo del vacío, pero sin olvidar el humor y la ironía, que hacen del libro un juego de contrastes. Y es más, si se me permite, un libro conceptual sin radicalismos visuales, porque la propuesta es la de aventurarse por caminos no trillados donde no hacemos pie, pero donde no hay locuacidad vana. Es esa hibridez entre sueños, humor, realidad y sueño, ironías, muy personal, donde a veces también la angustia y lo agrio nos asaltan, donde encontramos un poeta que debiera estar más traído y llevado de cuanto está su poesía casi secreta.

En un libro poliédrico, dividido en tres secciones, se nos emplaza a pensar el hecho poético de forma diferente a lo trillado. Léase el versículo y el versolibrismo del que se abusa hoy  hasta la saciedad, o el “proema” narrativo autofictivo, o el caos irracionalista donde se acumulan metáforas en logolalias, por no hablar de realismos miméticos que ya puso en cuestión André Gide para la novela.

“Las Parábolas (Diario de sueños)” de la primera sección ya nos hablan de ese atreverse a obstruir lo esperable para decir tangencialmente, de caminos desde donde no se vuelve, o ironizar con los sobrantes de la sociedad, como Tiburcio, y devorados. A veces en esos sueños hay ruedas que decapitan, angustia, patos rellenos de serrín sanguinolento, relaciones con un “padre”, pero sobre todo replanteamiento del lugar que ocupamos en los interregnos de la certeza, porque «No todo es vigilia, ni toda oscuridad la de los ojos cerrados». Esa renuncia a la interpretación en poemas que juegan en la penumbra del sentido es la propuesta (casuística que no podemos resumir), pero llena de variantes que dejan un inquietante sabor a una poética extraña en nuestras tierras, valiente, muy atractiva en el decir y callar, apartarse de lo pisado.

Cuando en la segunda sección, “Del amor y los verbos performativos”, trae poemas donde se nos compara con esas piedras planas que rebotan en el agua tres o cuatro veces, y luego se hunden, sabemos que Prieto disimula tras los sueños y el juego (aunque tenga todo el humor del mundo en la divertidísima tercera sección donde se juega con las erratas, y el lector no debe perderse). Ojo, porque en esta sección, se añaden reflexiones sobre qué cosa sea la poesía, con esa libertad de quien se atreve a desclasificar lo habitual, a ser poeta distinto, meticuloso, lleno de sorpresas. Y por eso es un libro que los buenos aficionados a la poesía, no adocenados por el mercado,  deben dejar, como hago yo, al alcance de la mano, y detenerse a leerlo con tiempo, pues es lectura que exige atención, pero compensa tras el esfuerzo.

 

 Julio Prieto, Mínimos informes, Madrid, Libros de la Resistencia, 2024

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Morales Barba

La edición de Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, recuperada por la editorial Fórcola, no es solo la reedición de unas memorias, sino la restitución de una voz tan fascinante como poco fiable: la de Xavier Cugat, uno de los grandes fabuladores de sí mismo en el siglo XX.

Desde sus primeras páginas —respaldadas por un prefacio excepcional firmado por Frank Sinatra— el libro se presenta como una celebración del espectáculo entendido como forma de vida. No deja de resultar insólito que el propio Sinatra, evocando sus inicios, confesara que de haber nacido en España habría soñado con integrarse en la orquesta de Cugat; en ese mismo texto subrayaba además la “fuerza” y la “vibración” de una música con la que siempre se sintió identificado. Francisco de Asís Javier Cugat Migall de Bru y Deulofeu, violinista, caricaturista y director de orquesta que conquistó Hollywood y popularizó los ritmos latinos en Estados Unidos, narra su ascenso con un tono que oscila entre la confesión y la autoparodia. Esa ambigüedad constituye, precisamente, uno de los mayores atractivos del volumen: el lector nunca sabe con certeza dónde termina la memoria y comienza la invención.

Durante décadas, y especialmente tras su muerte en 1990, la figura de Cugat —“Cugie” para Sinatra— fue deslizándose hacia un cierto olvido, convertida casi en un anacronismo. Sin embargo, su recuperación ha sido paulatina, impulsada en parte por obras como Confeti de Jordi Puntí, y ahora consolidada con esta reedición, que devuelve a las librerías un texto imprescindible para entender la construcción de su mito.

El prólogo de David Felipe Arranz sitúa con acierto al personaje en su contexto cultural: el de un entertainer total, capaz de convertir su propia biografía en una extensión de su espectáculo. Arranz reivindica además la vigencia de su legado, subrayando esa energía excesiva, estética y pragmática que convirtió a Cugat en uno de los pocos españoles verdaderamente universales del siglo XX.

En efecto, Cugat no solo cuenta su vida, sino que la escenifica, encadenando episodios que lo vinculan con estrellas, mafiosos, presidentes o iconos del cine, en una sucesión que remite más al imaginario hollywoodiense que a la autobiografía tradicional. Sus páginas se convierten así en un auténtico “quién es quién” del siglo dorado del espectáculo: desfilan figuras como Clark Gable, Charlie Chaplin, Rita Hayworth, Walt Disney o Cantinflas, entre muchos otros, junto a nombres de la música como Bing Crosby o Barbra Streisand. Que esos encuentros fueran a veces fugaces o magnificados forma parte del juego narrativo que Cugat propone.

La autobiografía —subtitulada significativamente Mis primeros ochenta años— traza un recorrido que arranca con su nacimiento en Girona en 1900 y su temprana formación en La Habana, donde llegó a ser violinista de la Sinfónica del Teatro Nacional. Desde ahí, su carrera despega con un concierto en el Carnegie Hall en 1920 y se despliega entre Europa y Estados Unidos: estudios en Berlín, incursiones en la caricatura en el Los Angeles Times, regreso a la música y, sobre todo, el triunfo de su orquesta durante años en el Waldorf Astoria de Nueva York. A ello se suma su intensa vida sentimental —cinco matrimonios, entre ellos con Abbe Lane o Charo Baeza—, convertida también en materia narrativa.

El libro incorpora, además, episodios que oscilan entre lo anecdótico y lo revelador: desde su relación con Sinatra —que grabó su primer disco con la orquesta de Cugat— hasta la muerte de Carmen Miranda durante un intermedio, pasando por reflexiones tan irónicas como aquella en la que afirmaba que “estar arruinado en España… es una felicidad”, en alusión a sus propias dificultades económicas. No faltan tampoco comentarios sobre el mundo del espectáculo —incluido el “cainismo” entre artistas hispánicos—, ni detalles más mundanos sobre peluquines, casinos o negocios de restauración.

La edición, a cargo de Javier Jiménez, resulta especialmente valiosa por el aparato de notas —cerca de un centenar— que actúa como contrapunto crítico y contextualiza con precisión la trayectoria de Xavier Cugat. A ello se suman dos amplios cuadernillos centrales de ilustraciones y caricaturas, que no solo muestran el talento gráfico de Cugat —en ocasiones cercano al estilo del artista mexicano Miguel Covarrubias—, sino que funcionan como un retrato visual de toda una época, desde sus inicios en Carnegie Hall hasta sus apariciones televisivas, como su actuación en The Ed Sullivan Show en 1967.

Estamos, en realidad, ante un libro escrito, pero también dibujado. Cugat poseía un notable talento para la caricatura y el retrato humorístico, aunque en ocasiones tomara como referencia imágenes del propio Covarrubias. En Yo, Cugat abundan los ejemplos de esa habilidad con el lápiz: aparecen caricaturizados personajes como Greta Garbo, Liza Minnelli, Salvador Dalí, Pau Casals o el propio Cugat, convertido en imagen de referencia de uno de sus negocios de restauración, Casa Cugat, en los estudios de Metro-Goldwyn-Mayer. De alguna manera, esta faceta artística que cultivó hasta el final de su vida enlaza con la tradición de Enrico Caruso, gran tenor y también excelente dibujante, cuya figura resultó decisiva para que Cugat optara por dedicarse plenamente —y con notable éxito— al mundo de la música.

Ese diálogo entre texto e imagen se completa con un sólido aparato final: cronología, filmografía, discografía e índice onomástico que recorre un arco cultural que va de Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven a figuras del espectáculo del siglo XX.

A ello se suma un trasfondo biográfico especialmente revelador: la escritura de estas memorias en los años finales de su carrera, cuando, tras décadas en Hollywood, decidió regresar a Cataluña en 1972, instalándose en el Hotel Ritz de Barcelona, donde viviría sus últimos años y aún formaría una nueva orquesta, llegando a grabar en 1987 el álbum Cugat desde el Ritz. En ese proceso desempeñó un papel clave Enrique Sabater, antiguo secretario de Salvador Dalí, cuya labor editorial fue decisiva para que estas memorias vieran la luz.

Los epílogos —firmados por Diego Mas Trelles, Ignacio Peyró y el propio Puntí— amplían esa perspectiva. Especialmente sugerente es la mirada de este último, que incide en el carácter kitsch, excesivo y profundamente moderno del personaje, alguien que entendió antes que muchos que la fama también se construye a base de relato y artificio. Peyró, por su parte, subraya con tono elegíaco esa mezcla de esplendor y ocaso, entre el brillo del Ritz y la nostalgia de un mundo desaparecido.

No debe olvidarse, además, que estas memorias dialogan con una tradición previa: Cugat ya había publicado en 1948 Rumba is my life, reutilizando parte de ese material en la versión de 1981 con la clara intención de fijar su propia versión de los hechos y adelantarse a futuros biógrafos. En ese gesto hay tanto control del relato como intuición moderna de la celebridad.

En conjunto, esta edición de Yo, Cugat no solo recupera a una figura clave en la difusión de la música latina —el célebre “rey de la rumba”, precursor de una explosión cultural que hoy llega de Rosalía a Bad Bunny—, sino que invita a reflexionar sobre la construcción de la celebridad en el siglo XX. Más que unas memorias al uso, el libro es un artefacto narrativo donde vida y espectáculo se confunden deliberadamente. Y ahí radica su mayor virtud: en recordarnos que, en el caso de Cugat, la verdad siempre fue, también, una forma de ficción.

 

 Xavier Cugat, Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, Madrid, Fórcola,  2026

Escrito en Sólo Digital Turia por Juan Villalba Sebastián

Juan Antonio Tello (La Almunia de Doña Godina, Zaragoza, 1965) es un poeta de largo recorrido, creador capaz de ofrecer obras de alto calado lírico como Cuando fui naufragio (2008) o su último volumen hasta hora, el Premio de Poesía Santa Isabel de Portugal del año 2023, Representación, además de traducir textos de Boris Vian y Alfred Jarry mientras se embarca en una constante reivindicación de las letras del norte de África. Docente, doctor en Teoría de la literatura y ocasionalmente batería de rock, Tello retoma la poesía con Los perros de Nador, editado por Prensas Universitarias de Zaragoza en su colección La gruta de las palabras.  

Kohl en los ojos, la mirada ahumada, el verde, la prosa poética que primera contempla y luego cincela, desiertos y recuerdos: “Una mañana al sol de las entrañas”. ¿De qué colores hablas? Los que el poeta hace que luzcan contra las superficies, hasta que su forma ya no puede determinarse: “Somos inmunes a la derrota, hemos perdido lo que había que perder”. Lugares y colores, verde y Merzouga, la duna de Erg Chebbi, los silencios de las ciudades prohibidas bajo el terror de los sueños, de Howard Philip Lovecraft a William Burroughs encerrado en sus pesadillas de láudano en Tánger. El calor se hermana con la muerte, la sangre con la fiesta, ambos, calor y muerte se deslizan en la fiesta hacia el desierto, como semillas fértiles: “El amor es una tempestad que pinta Géricault a orillas de Mauritania”. 

Casi puede uno sentir la sed de la medusa deslizándose sobre la arena, infinita, como la sed de los perros, los perros de Nador. ¿Quién eres, le preguntamos al poeta, quién eres tú, tan lejos de Zaragoza? En los fraseos herméticos de Fernando Andú, en las cúpulas dentro de las que retumban las canciones que dejó atrás David Bowie, en la vida secreta, de Turquía hasta Arabia, pasando por la meseta de Kenia. Bowie, que cultivo a los perros hasta convertirse en uno, de diamante: “Mi cabeza paraíso de pájaros sin rama”. El olvido es un viento, la ceguera, la sórdida unión de las nubes sin lluvia, una geografía de la infancia. Se busca un collar para sostener al maniquí frente a los arrebatos del poeta que,

una y otra vez, se hace dueño del disfraz: “Calcularemos la profundidad del charco antes de saber nadar, pero con las botas puestas que se hundan en el barro”. Al avanzar en el libro, sobre las páginas, se condensan los versos: “Aquí la luz no es igual, cambia el color de los ojos, pero no la perspectiva de las cosas”. También, claro, para la reflexión: “La escritura es una pauta de nuestra respiración que pide tiempo en el giro después de cada capítulo de un campo de girasoles”. 

Una súbita ventisca de versos nos invade, ladridos de pasión: “Somos perros en el sabor del amor, y nos matamos sin miedo”, abrasados por el rey del polvo y la sed: “Cuando el sol no es más que un ángulo” y reflexionamos sobre el mismo arte de la creación: “Hemos perdido las claves de este lenguaje”. Para retomar el más fundamental de los aprendizajes, el que vivir y el de morir, incompatibles en la emoción. 

Se pregunta, una y otra vez Juan Antonio Tello qué o quién muere en este ejercicio de lenta poesía que es Los perros de Nador: “Dejo arder los sustantivos unos cuantos siglos más”. Un metro de los números, un ábaco, el ejercicio de la escritura, que trasciende a lo físico para convertir al lobo en perro y viceversa. Se cumple el tiempo de los aullidos: "Con una casa que aún no existe, aunque sí es un lenguaje que custodiamos". ¿Es el mismo aullido el de los lobos que esperan fuera de la ciudad que el de los perros que dan nombre al poemario? Amarillo de la geografía última de España, el Rif y Alhucemas, la máquina blanda de una civilización que ya no soporta la mezcla: “Lo que ahora se entraña es el fuego y la roca”. 

En las páginas últimas se nota la mezcla exotérmica, el vapor sulfuroso que exhala, afónico, entre los márgenes: “Donde no caben las dunas cabe el derecho a nacer en un tiempo de perros”. Y el final, cuando la chispa es guía en un desierto que confunde tarde con amanecer, madrugada con noche profunda, leemos: “Ese lenguaje que aún me pertenece” confluye hacia la reflexión última: “El alma nos arrastra a la violencia”. Es un libro de profusa imaginería, de desierto y mar, ahí donde el que para unos es el norte, para otros el primer sur. Una prosa de acumulativa naturaleza, coherente con la obra del poderoso poeta que es el zaragozano José Antonio Tello.

 

Juan Antonio Tello, Los perros de Nador, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

La fragilidad y la palabra de María José Flores

14 de mayo de 2026 09:39:25 CEST

Existen novelas escritas por novelistas y existen novelas escritas por poetas. Las primeras avanzan sostenidas por la arquitectura del argumento; las segundas, en cambio, parecen demorarse en la respiración del lenguaje, en la intensidad de la imagen y en una sensibilidad que privilegia lo sugerido sobre lo explícito. En esa estirpe se inscriben las primeras narraciones de Julio Llamazares, donde el paisaje se vuelve conciencia; o Alguien que no existe de Álvaro Valverde; las novelas de Caballero Bonald —tan querido por María José— o la reciente Mañana de Olalla Castro —por poner algunos ejemplos—: textos en los que la historia importa tanto como el modo de decirla, y donde cada frase parece escrita no solo para contar, sino para demorarse en el temblor de lo vivido. Y en esa estirpe se ubica también Las razones del alma, la primera novela de la poeta María José Flores. 

Desde una perspectiva crítica, Las razones del alma, pertenece a la tradición narrativa que reflexiona sobre la propia creación literaria al tiempo que despliega una historia de vínculos humanos atravesados por la soledad, la aspiración y el deseo de sentido. No es solo una novela: es, en buena medida, una meditación sobre el hecho de escribir y sobre la precariedad —material y existencial— del escritor y, junto a él, del ser humano contemporáneo. 

Desde su pórtico, la obra plantea un tono elegíaco y reflexivo que remite a la estela de Antonio Machado —no solo por la cita inicial, sino por la importancia concedida a la memoria y a la imaginación como ejes de la experiencia humana. La escena inicial, con ese regreso al espacio compartido y perdido, configura un territorio simbólico donde la nostalgia no es mero sentimiento, sino una forma de conocimiento.

El núcleo narrativo se articula en torno a Pablo, un joven novelista que encarna la figura clásica del artista en conflicto: idealista, precario, obsesivo en su relación con la escritura. Su lucha más que económica, es ontológica: escribir se presenta como una necesidad que roza lo absoluto, casi como una justificación de la existencia. En este sentido, la novela dialoga con una tradición que podríamos situar entre Franz Kafka y Gustave Flaubert, en la medida en que el acto de escribir aparece como una forma de tensión constante entre el ideal y la imposibilidad.

Uno de los hallazgos más emocionantes de la obra reside en la construcción del vínculo entre Pablo —el novelista— y Pepe, su inesperado mecenas. Lejos de plantearse como una relación funcional o meramente económica, este vínculo adquiere una dimensión simbólica: Pepe representa una forma de vida pragmática, pero también una sensibilidad latente, un deseo de participar —aunque sea indirectamente— en la creación. La novela explora así una dialéctica muy fecunda entre acción y contemplación, entre vida vivida y vida narrada.

Desde el punto de vista estilístico, María José Flores apuesta por una prosa de gran densidad reflexiva, con frecuentes digresiones que ralentizan deliberadamente el ritmo narrativo. Este procedimiento es una estrategia consciente: el texto no busca tanto avanzar en la acción como profundizar en la conciencia de los personajes. La escritura se pliega sobre sí misma, se interroga, se corrige, y convierte el propio proceso creativo en materia narrativa.

Cabe destacar también su faceta metaliteraria: la novela contiene, en su interior, la propia obra que Pablo intenta escribir; y, aún más, el manuscrito de otra novela en proceso, generando un juego de espejos y laberintos que nos recuerda tanto a Borges como a Unamuno. En esta dimensión autorreflexiva el lector asiste, más que a una historia, a la gestación de una voz.

En última instancia, Las razones del alma es una novela sobre la fragilidad: la fragilidad económica del artista, la fragilidad emocional de los vínculos, de los sueños y las ilusiones, la fragilidad misma del lenguaje como instrumento para apresar la realidad. Pero también es, y esto conviene subrayarlo, una defensa de la literatura como espacio de resistencia (pues son innumerables las referencias directas a poetas y obras de todos los tiempos). Frente a un mundo regido por la utilidad y la inmediatez, la novela reivindica el valor de lo inútil, de lo demorado, de lo imaginado.

En definitiva, estamos ante una obra que interpela tanto al lector común como al lector especializado: al primero, por la humanidad de sus personajes; al segundo, por la riqueza de sus resonancias intertextuales y su conciencia de tradición. Una novela que no ofrece respuestas fáciles, pero que formula, con inteligencia y sensibilidad, algunas de las preguntas más persistentes de la literatura: por qué escribir, para quién y a qué precio.

Y, sin embargo, quizá la verdadera pregunta que late en Las razones del alma no sea ninguna de esas; se abre, en cambio, a otra más honda y más incómoda: qué queda de nosotros cuando todo lo demás —el éxito, el reconocimiento, incluso la certeza— se desvanece. 

La novela de María José Flores no responde: acompaña. No afirma: sostiene la duda. Y en ese gesto —discreto, pero radical— se cifra su mayor logro. Porque allí donde el mundo exige claridad y resultados, este libro se permite la intemperie, la fragilidad y la espera. 

Y tal vez por eso, al terminarlo, uno tiene la sensación de que no ha leído solo una historia de un novelista, sino que ha asistido —con una mezcla de desasosiego y gratitud— a la mirada de una poeta: al lento y necesario aprendizaje de una conciencia que escribe, sencillamente, para que lo vivido jamás se extinga. 

 

María José flores, Las razones del alma, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2023.

Escrito en Sólo Digital Turia por Dionisio López

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