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Configurar sentido descendente

Sin noticias del mundo animal (Mr. Griffin Editor), segundo libro de Javier Echalecu, compuesto por más de cuarenta relatos breves donde conviven la ficción híbrida y el relato ensayístico, es un libro que no se acomoda. Entra sigiloso y, sin embargo, en cuanto el lector baja la guardia, muerde: muerde la inteligencia, muerde la expectativa, muerde la idea misma de cómo debería contarse un relato. Es un atlas íntimo del desconcierto que se mueve entre ecuaciones afectivas, absurdos administrativos y objetos que de pronto se cargan de memoria, como si incluso aquello que pasa inadvertido en la vida cotidiana pudiera contener una verdad esencial bajo su aparente insignificancia. Aquí no hay fábulas, sino fisuras; no hay vocación de complacer, sino voluntad de desajuste. 

Lo primero que llama la atención es su capacidad para volver inquietante lo familiar. Un perro salchicha, un mordisco, un pelo, un sillón de lectura: elementos anodinos que, bajo la lupa precisa del autor, se retuercen hasta revelar su costado absurdo, casi clandestino, como si el mundo operara con un desplazamiento mínimo respecto a su eje natural. Esa desviación funda el tono del libro, un tono que dialoga con Kafka, Bernhard y Lydia Davis, pero desde un territorio propio, dando como resultado una textura tal como si Kafka hubiera tenido acceso a Google, Bernhard usara Excel o como si Davis hubiera trabajado en un ministerio español. 

Su escritura observa antes que narra, como si el relato no fuera el punto de partida sino el eco inevitable de una mirada que se despliega sobre los hechos y los deforma con suavidad. Lo fundamental no es el desenlace, sino el trayecto mental que conduce hasta él. Es una escritura que no subestima al lector: opera con un humor envenenado con algo parecido a la ternura, una precisión verbal comprometida y capas de sentido que reverberan en la propia mirada del lector durante mucho tiempo después de su lectura.

El texto inaugural, “Acaso un binomio inadmisible”, funciona como un manifiesto. En él, el narrador imagina “diseñar un animal espeluznante, capaz de suscitar en el ser humano un horror casi primitivo”, y en seguida precisa que su arma más letal sería “la astucia, familiaridad y engaño, así como la capacidad de forjar una relación de confianza”. Este binomio -peligro-confianza, voracidad-amistad, horror-familiaridad-, no define tanto a una criatura inventada como a la naturaleza ambigua del ser humano. Desde la primera página, el libro insinúa que el monstruo que imaginamos está más cerca de nosotros de lo que admitiríamos. Esa capacidad para sugerir más que concluir es una de sus virtudes principales. 

En otros relatos, la escritura adopta la forma de encuestas, estadísticas, anuncios publicitarios o ecuaciones. Echalecu permite que el mundo se cuente a sí mismo, como si hubiera descubierto un estilo tan propio como invisible, capaz de camuflarse en los lenguajes de la realidad. Un texto puede ser un formulario de satisfacción, otro un spot publicitario llegado del futuro, otro una lista de innovaciones tecnológicas distópicas. Este desvío genérico dota al libro de un carácter genuinamente contemporáneo: no se conforma con lo de siempre, esquiva las rutas conocidas del relato, arriesga, y en ese gesto encuentra su fortaleza.

En “Mamíferos”, por ejemplo, el narrador se enfrenta a la idea de que la tecnología reducirá el deseo humano, pero la desmonta mediante un humor fronterizo con la parodia: “Enfatizadores epidérmicos, microventiladores genitales, dedales magnetizados, miniostras frigoríficas…”. Una colección de artefactos tan disparatados como entrañables que promete intensificar la intimidad sin comprenderla. Lo que se parodia no es la tecnología, sino nuestra compulsión por convertirla en prótesis emocional. El humor no juzga; expone con claridad la fragilidad de aquello que intentamos perfeccionar. 

Algo similar ocurre en “Intermedio”, donde un publicista del futuro recita una lista de productos imposibles: “Bombonas de oxígeno Wallace, lentillas antigravitatorias Don Virgilio, animales flotantes Palmer-Morales…”. La lista es tan excesiva que deja de ser ciencia ficción para convertirse en sátira de nuestro presente: la publicidad como idioma total, como forma de pensamiento, como máquina capaz de vender incluso nuestra vulnerabilidad. 

El libro gana profundidad allí donde los personajes habitan situaciones minimalistas, pero emocionalmente densas: un hombre que no puede dejar de marcharse, otro incapaz de determinar si es feliz, una oncóloga que solo existe si se narra. En “Alegoría 5”, un hombre pide convertirse en poliedro y descubre, con desesperante lucidez, que es un poliedro irregular: metáfora entre humorística y trágica de lo que ocurre cuando el deseo se materializa. En “Alegoría 8”, la concursante que repite “Cla-Cla-Cla” sin recordar el nombre de Clausewitz convierte el error en un acontecimiento narrativo: fallar también es una forma de aparecer.

Una fuerza subterránea atraviesa la obra: la obsesión por la exactitud. En “Dos hechos insólitos”, la repetición matemática de un accidente sugiere una lógica más cercana a lo algorítmico que a lo humano. En “Miniadivinaciones”, el futuro pertenece al Súper Algoritmo. En “Sobre la labor de los secretarios”, la perfección de un acta depende de que el tiempo de lectura coincida exactamente con la duración real de la reunión. El libro explora así la frontera entre lo humano y lo metanatural. Con una palabra inventada como Angustiejas es capaz de condensar una emoción heredada, mientras que en “Washington Navel” convierte el olor de una naranja en vínculo astral con el padre. La autoficción entra aquí con sobriedad, no para exhibir, sino para reconciliar: el lenguaje inventa realidades, pero también las honra.

En definitiva, Sin noticias del mundo animal es un libro valiente. Incomoda con elegancia, emociona sin sentimentalismo y demuestra que la literatura puede seguir arriesgando sin renunciar a la profundidad. En ese riesgo encuentra su verdad: permitir que lo otro -lo que intuimos, lo que se escapa, lo que no se controla- narre por nosotros.

 

Javier Echalecu, Sin noticias del mundo animal, León, Mr. Griffin Editor, 2025.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Ina Olvera

11 de marzo de 2026

Esther García Llovet (Málaga, 1963) mantiene una sólida trayectoria en la narrativa española actual a través de novelas como Gordo de feria (Anagrama, 2020), Spanish Beauty (Anagrama, 2022) y, sobre todo, Los guapos (Anagrama, 2024), vinculada tanto en lo estético como en lo visual a su nueva entrega, Las jefas (Anagrama, 2026). Ambas están dotadas de una imaginería pop mediterránea, con elementos de turbio realismo mágico, que van desde la presencia de los extraterrestres hasta el clima post apocalíptico, heredero de obras como Termush de Sven Holm o la última obra, aséptica en su futurismo soviético, de Ray Loriga. 

Eso sí, García Llovet se maneja en terrenos donde el humor, aun dejando sabor metálico en la boca, se hace fuerte. Quizá más que risas hay ironía y más que ternura hay una soledad doméstica inabarcable, fruto de la sociedad que, de manera abrupta, se desmorona alrededor de sus protagonistas y hace, por otro lado, que el lector detenga su lectura para contemplar su propio entorno vital. 

El protagonista, “El primo” contempla cómo avanza lo salvaje, se arma ante la naturaleza que devora la humanidad. En un resort, en un hotel, en un lugar de paso que nos hace volver, por un instante a Estación Saturno de Fernanda García Lao, novela con la que comparte espacio. “El viejo”, el turbio contrapeso, pero comprensivo. La extraña forma del agua cuando se coloca, se instala, se desliza: hoteles, repito, en el final de los tiempos, agotados los suministros, no quedan patatas solo hay snacks. El Mediterráneo, construido como una frontera irreal, acerca todo a la arena. 

Es en la profundidad del interior, donde el calor no se combate, se sobrevive. Ahí el universo de García Llovet vuelve a Los guapos. Lugares que sobreviven a los turistas, que no sabemos si vampirizan o son vampirizados por los turistas: sudor, olores, fluidos. En la plaza del pueblo, un Burger King; comida de rebajas, comida para adolescentes con resaca: kebabs, burritos, helado, chatarra. En el interior, los museos y los polígonos, los mercados y las personas. Viven. ¿Qué hacen las jefas, las tres chicas en la piscina?, hermanas, primas, más mujeres que chicas, más sensuales que bellas. Trabajan en ellas mismas. 

La novela describe un limbo. El limbo donde el personaje infantilizado de “El primo” crece, se descubre, está en el filo del deseo y la sapiencia. Se enfrenta a la arrogancia y la condescendencia de la riqueza malgastada y los bikinis estridentes y muslos de minigolf. Muchas listas, de marcas y lugares. Marca blanca, marca de lujo, mantener el orden, simplificar la vida. Personajes fuera de lugar en un mundo intermedio, demiurgos seductores, tías ricas… una piscina que se llama Cocoon, un personaje de nombre Cicely (Cicely, Alaska, claro).«Benidorm es el horizonte, como una ciudad de otro mundo o del futuro», un verano largo, casi eterno, es un espacio temporal. 

Fiestas de la sangre, el vicio, correr, maquilladas, sin fallar, el sudor no es ácido ni álcali. Es un estadio de menopausia acelerada o de adolescente con retraso. La enumeración de marcas como un reguero, de Bret Easton Ellis pero en castizo, como la pata de conejo. Redoxón con vodka, como en las canciones de La Costa Brava. «Ella es tan guapa que parece que lleve banda sonora propia, que cada vez que se pasa la mano por el pelo se oiga el rumor del mar». El libro tiene varias partidas de cartas repartidas a lo largo de sus páginas y también camareras, personajes reales, que sobreviven a un millón de grados, a 38º C, cuando nadie en su sano juicio, se movería.  La temperatura, en el final del mundo, en el final de los tiempos, aumenta, se degrada: todo se muda, en el desprendimiento de lo euclídeo existe un desarme social, un cansancio generalizado. La lluvia, la piscina que colapsa de suciedad y exceso de cloro, el desbordamiento de las cañerías, por la ausencia de mantenimiento, la dejadez y la población (escasa o sobredimensionada, todo vale en el apocalipsis social), todo es trasladable, del hotel al clima, del pueblo a los habitantes. Nubes sobre los árboles, luces en el fondo de la piscina que empiezan a parpadear por falta de energía justo en el instante que se erigen como el único faro/guía posible. 

La aparición de un caballo blanco, una y otra vez, tótem y Macguffin a la vez, añadido al recuerdo del inconsciente colectivo como el final amable de Blade Runner, Las jefas puede tener banda sonora de after en un compás electrónico o música de cantante melódico acompañado por un grupo de karaoke (colectivo también). Piscinas y jardines exclusivos, pero abandonados, el centro del pueblo, donde la vida sobrevive, florece, la resistencia del ser humano, sensual, polvoriento, muy despierto, en contraposición con el hotel, la sala con un árbol de Navidad en septiembre, el olor a desinfectante que lo impregna todo sin ser ya capaz de limpiar absolutamente nada. 

“El Primo” bebe brandy de una petaca, como un personaje de Raymond Carver mientras las primas consumen productos sin gas, pero caros. No hay nadie tras la máscara del asesino, solo la oscuridad, que se derrite como barro arrastrado por las temperaturas del estío. Mi reino por un caballo, pero un caballo blanco. Otra lista, la de potenciales jinetes: San Pablo, Ricardo Corazón de León y Calígula. Al sur del Mediterráneo, de la última plaza civilizada, está Murcia. Como volver a ver en el cine La caída del Imperio Romano, con los murcianos como bárbaros, como escapar a Canadá o la Antártida, en el último vehículo, el último refugio. Más que norte, en este caso es Australia, que queda al sur, nuestro sur, el de todos. Más que escapar es una huida hacia delante, una caricatura más al proceso, un listado enésimo de personajes: veníamos de los Ramones, Marifé de Triana, Cardi B, Zidane, Christopher Nolan, Marco Aurelio y Gerry Mulligan para llegar al conde Lequio, Manuel Fraga, la teniente Ripley, Melanie Griffith y Antonio Banderas. Un juego de roles que deja atrás a los menos favorecidos, a los dueños de negocios sin futuro, a los trabajadores sin trabajo. Los dejan atrás, pobres, pero por fin tranquilos. No se trata de dinero, se trata de paz. Dejadnos en paz, por favor. 

 

Esther García Llovet, Las jefas, Barcelona, Anagrama, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Yolanda Pantin, un faro en la oscuridad

 «Voy al centro del país peyorativo, / Voy sorteando obstáculos / dentro de un paisaje innoble, / basurales, baldíos...» Con estas palabras comienza el segundo canto de Hueso pélvico, el poema épico sin heroísmo que Yolanda Pantin publicó en el año 2002, ya en plena madurez literaria. Allí, una voz escéptica transita por Caracas durante una accidentada marcha popular —«cruzo el pueblo y voy al centro… a una manifestación humana»— hasta encontrarse con un ícono de la ciudad: la estatua de María Lionza, la deidad autóctona venezolana,

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Escrito en Conversaciones Revista Turia por Instituto de Estudios Turolenses Diputación Provincial de Teruel

Hay libros que garantizan la fama literaria, pero encasillan a su autor en una jaula temática. Es el caso de Antonio Núñez de Herrera y su única obra publicada en vida, Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa, editada por el sello Mediodía en 1934. Es tal su magnitud estilística y la variedad de ideas sugerentes y modernas que contiene que, hasta fechas recientes, su nombre no era más que la firma de un fascinante libro sobre la gran fiesta sevillana.

 

Antonio Núñez de Herrera era apenas un nombre sin rostro ni historia, enclavijado en la literatura (generalmente, menor) sobre las cofradías de Sevilla. Sin embargo, el autor que protagoniza este monográfico fue mucho más que eso: desde la periferia –el profundo Sur: Extremadura, Andalucía…– de la Edad de Plata, encarnó una de las apuestas más firmes por la fusión de la literatura y el periodismo, creando las estampas, género literario en prosa que sobresale por la subjetividad, la crítica social, el ánimo humorístico y la pulsión vanguardista.

 

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Escrito en Artículos Revista Turia por César Rina y José María Rondón

Juan Manuel Bonet: “Lo más importante que me enseñó mi padre fue a leer las artes de forma interconectada”

La casa de Juan Manuel Bonet (París, 1953) y su esposa la historiadora del arte polaca Monika Poliwka es un reflejo de dos vidas enteras dedicadas al arte. Es un luminoso piso en una casa antigua cercana al templo de Debod en Madrid donde se apilan, ya con grandes dificultades de espacio, libros, centenares, miles de libros, que han rebasado las estanterías y brotan del suelo en pilas y pilas que hacen del deambular por ciertas habitaciones y pasillos un ejercicio de funambulismo.

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Escrito en Conversaciones Revista Turia por Angélica Tanarro

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