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Configurar sentido descendente

Elvira Navarro Ponferrada (Huelva, 25 de marzo de 1978) nos entrega una de las más notables colecciones de relatos de este año. Después de sus últimos títulos, La isla de los conejos (Random House, 2019) y Las voces de Adriana (Random House, 2023), La sangre está cayendo al patio (Random House, 2025) recoge nueve relatos de terror, físico y sobrenatural, con elementos de psicología oscura, ejerciendo un contraste entre la realidad pacífica y el instante que el horror desgarra lo cotidiano: la aparición de un agujero minúsculo, que se abre, expandiéndose por las páginas, alimentado de locura, soledad y pavor, hasta que todo queda cubierto. El manejo del registro de la duda es el tono distintivo de este volumen, puesto que existe una sensación abstracta, casi cuántica, de incertidumbre. ¿Qué es cierto? ¿Qué es producto de la imaginación o, más bien, del delirio? Ese sabor metálico que nos queda en el paladar, la manera herrumbrosa de dejarnos boquiabiertos, nos lleva de un lugar a otro, del exterior al interior, lo urbano, lo rural... incluso llegamos a considerar si es necesario volver a definir los euclídeos referentes del tiempo y el espacio. Elvira Navarro usa la literatura para redefinir la realidad y sus normas. Nos sumergimos, con las pilas gastadas y la medicación abandonada, en sus historias. Abre con "La lavadora", una especie de body horror, pero, claro, no es "Carrie", más bien "Buick 8" la tristeza del electrodoméstico, cuando lo que asusta es el comienzo, los vecinos, la ausencia de empatía. Una piscina barata, murmullos que nos persiguen hasta el siguiente relato, que nos acompañarán, sin atender a razones. En "El proyecto", la amenaza de la obra nueva, la vieja, la soledad de una bombilla colgante iluminando, afónica, miles de paredes desnudas. El urbanismo, en un catálogo de psicopatía, conseguir que se unan el delirio y un confinamiento. De eso se obtiene la definición de multitud peligrosa con tres personas. Los fantasmas peligrosos no son los que encuentras en las casas, son los que traes contigo en la mudanza. Dos especies diferentes. El confinamiento dentro del confinamiento, la tecnología como alternativa a la vida analógica. Islotes en una casa aislada, archipiélagos de magia y odio. La familia frágil, agónica: "En el fondo sabía que no había nada ahí, que eran las sombras que le aguardaban". De nuevo, un murmullo, un suegro, ¿Ahora vas a temer por tu hijo? 

El miedo, de la distancia rural al centro: "El miedo a la ciudad". Comentamos la posibilidad de elementos de psicourbanismo, la manera en la que Ian Sinclair se refería a los elementos colocados al azar en la ciudad, subterfugios que acaban por ser trampas para el que camina por ella. Puede ser un viaducto o una vía de tren, caserones o basílicas, una cadena de comida rápida. Es París, es un atolladero que muestra un apetito principal por la mujer: "Quiero salir a alguna avenida, y tomo una calle con la impresión de estar jugando a la ruleta rusa". La crítica, social, política, religiosa, más allá de lo burgués o lo soviético, la sociedad occidental será devorada por la media luna, que ya viene mordida de fábrica. Un barrio que se filtra sobre el turista, sobre el extraño, una ciudad que ya no se reconoce, infectada e infecciosa. Entre los puentes, secos, ya solo se filtran los últimos trozos de luz, empujándose hacia la garganta. Y el final, qué final: "Simplemente han aparecido y, sin hablar, pero sonriendo, preparan la bolsa donde seré encontrada". 

Un salto, otro, esta vez en el cuento "El recogedor de animales". Cuando uno está solo acaba alejado de todo. Animales aplastados, carreteras y autovía. Trabajo nocturno, una edición de bolsillo de Cementerio de mascotas de Stephen King. Animales malheridos en la monotonía del turno de noche, donde se produce la evisceración definitiva de la personalidad, apoyada por la invasión de los sentidos, la llegada de las enfermedades, las bacterias y el olor sin solución. La tiña. Esa enfermedad que sirve de referencia en dos instantes del libro: "En los alrededores de los polígonos y las gasolineras, y también en las afueras de cualquier localidad, siempre había más porquería, como si la gente diera por hecho que allí podía tirarse cualquier cosa". Conocemos esa autovía. Los que vivimos en la frontera, de Castilla y Aragón. Conocemos los corzos muertos y los buitres que vuelan con hambre atrasada. Es uno de los mejores relatos del libro, sin duda. Un hombre solo: "Isa recogió sus cosas en silencio. No la echó de menos porque ya la había echado de menos antes, cuando se fue a Madrid y ese sentimiento se había desgastado". Al final, cerca de Atienza, los picores, las pulgas, las fiebres altas. Y el final, en el que el hombre, por volver a sentirse humano, por recuperar su lugar en la sociedad, se deja llevar por la rabia y sus instintos animales. Elvira Navarro construye la metáfora definitiva. Otro de los grandes relatos del libro es "El vigilante", de alguna manera emparentado con "El proyecto" por la manera en la que se interactúa entre el lugar aislado y la familia. La familia que no se llega a conformar. También, desde otro punto de vista, existe un tejido entre este y el anterior: empleos y esparcimiento. Invitaciones de boda enviadas. Una caña de sábado. Una cena de viernes. Obra nueva en Alcobendas, los espacios vacíos (y otra vez la idea de los fantasmas que nos acompañan, llenando los espacios, los huecos que no pueden llenar las personas). La distribución de colmena, las piscinas y las calles, todo igual, pero sin futuro, sin lugar para la humanización de un negocio, de un sustrato social. Aparece, aunque lleva rondando todo el libro, la idea de la Nada, con mayúsculas, definida por pisos sin puertas, familias sin hijos, voces sin cuerpo. Alucinaciones auditivas, entomología del delirio, los sótanos hambrientos de vigilantes, almas encerradas en los secadores, en los electrodomésticos clonados, la podredumbre del alimento sin refrigerar. Solo la voz de ella, una voz falsa, una voz que solo existía en el futuro. En el cuento Elvira Navarro nos sitúa solamente en una de las posibilidades cuánticas, de las ramificaciones, dejando claro que existen otras opciones latentes y que, incluso, pueden llegar a cruzarse, de un lado a otro de un libro de preguntas irritantes, otras cenas de los viernes, otros mentirosos. Magnífico. 

En "Tela de Araña" volvemos a París, con un movimiento envolvente de violencia, pereza y escape. No es de lo mejor que nos ofrece el libro. Nada que ver con la maestría en la composición que tiene "El ramito de violetas". Intenso, social, desmedido. La descomposición familiar, personal, la muerte y la enfermedad, la destrucción de la clase social para acabar viviendo con poco más de doscientos euros. Con flores de plástico para una tumba llena de resentimiento, pobreza energética en el abismo de la carga del móvil en los enchufes públicos. La desesperación de llenar bidones de agua en una fuente, el atisbo de lo paranormal en confrontación con el terror que asola a la protagonista en la realidad. Mucho peor. Son nueve euros sacados de vender recuerdos en páginas de segunda mano. Conejo y arroz, comida de posguerra, calor de hielo en el agua de una bañera, lo tibio, en realidad, es fiebre, el sol, un aviso impertinente. El olvido, una afrenta. Es un relato que no deja indiferente. Cuando llegamos a "Los amores idiotas" nos encontramos con un texto excesivo, donde el sexo, la intoxicación y la enfermedad compite contra el aburrimiento capitalino. No acaba de arrancar, por más que los lugares y los referentes sean familiares: Chueca, Cyndi Lauper, la modernidad mal entendida, el Hot y el ÑÑ: juegos parásitos, escatología, ictéricas, catálogos de relaciones tóxicas, fisuras, hepatitis: "No podía disfrutar del sexo si no había algo sucio por el medio". Somos parte de una generación que se alimenta de chatarra y sustancias con receta. Y, cuando se acaben, no habrá quien nos ayude a superar el síndrome de abstinencia. El final, con "La ciudad del miedo", que tiene algo de juego de espejos con "El miedo a la ciudad", es un cierre muy logrado para el libro. Nada forzado. Un poco de metaliteratura ("Bolsa de muerto"), una propuesta futura ("Mujeres de nombres prestados") y una ciudad ajena. Lo ajeno puede ser extranjero, social o, simplemente, la competencia entre lo urbano y lo rural. Una ciudad alucinada, un fragmento de ciudad más bien, donde existen ayudas sociales, nomadismo civilizatorio y un personaje situado en mitad de la historia que nos hace dudar, otra vez, de todo lo que le rodea, incluso de lo que nosotros mismos leemos. Hay un cierto hermetismo literario, un acertado juego con los avatares propios de la ciudad: "No se trataba solamente de la degradación, sino también de la cantidad de espacios anómalos, residuales. Los edificios estaban llenos de recovecos, pasadizos que llevaban a oscuros patios, ventanas, como si pudieran acceder directamente a un sótano que más bien parecían cloacas". Colmados, socavones, chavales que no han visto nunca trabajar a sus padres. Subsidio, comer barato, subir y bajar el ascensor, gente loca y cuerda al mismo tiempo, el segundo brote de tiña. Y el final, de autobuses y gente azulado, qué hombre, qué calles, qué historia. Deberíamos descansar. Todos deberíamos. Revisar los bolsillos del alma. 

 

Elvira Navarro, La sangre está cayendo al patio, Barcelona, Random House, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

LA REVISTA ANALIZA LA OBRA DE ANTONIO MACHADO, AL CONMEMORARSE EL 150 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO, Y TAMBIÉN PUBLICA ARTÍCULOS SOBRE MARTÍN CAPARRÓS, GERALD MURNANE Y JOYCE CAROL OATES    

ADEMÁS, TURIA PUBLICA TEXTOS INÉDITOS DEL GRAN ESCRITOR ITALIANO CLAUDIO MAGRIS, ASÍ COMO DE PILAR ADÓN Y DAVID UCLÉS 

EN POESÍA OFRECE ORIGINALES DE, ENTRE OTROS, LUIS GARCÍA MONTERO, JORDI DOCE,  FRANCISCO FERRER LERÍN, RAQUEL LANSEROS, NIÑO DE ELCHE E IGNACIO VLEMING 

La revista cultural TURIA publica en su nuevo número, que se distribuye este mes de diciembre en España y otros países, interesantes artículos inéditos protagonizados por grandes autores de la literatura contemporánea, así como textos originales de los mejores escritores de nuestros días. Por ejemplo, la sección dedicada a narrativa se inaugura con un importante anticipo editorial: las primeras páginas traducidas de “Cruz del Sur. Tres vidas verdaderas e improbables”, el último libro de Claudio Magris, gran escritor italiano y uno de los autores vivos más sobresalientes de las letras europeas. Publicada originalmente en 2020, Anagrama editará esta obra el próximo año en España. El libro lo forman tres historias que suceden en el fin del mundo. La patria, dice Magris, es el lugar  en el que una persona siente que su vida está en su casa y “que sus colores, sus paisajes, los vientos, son la música familiar de su existencia…. El lugar en el que viven sus hijos o en el que están enterrados sus padres”. Uno puede encontrarse en su patria en el corazón de Europa,  o en Francia, o en Hispanoamérica, como las tres figuras, sacadas de la realidad, que el escritor triestino evoca en su nuevo libro.

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Escrito en Noticias Turia por Instituto de Estudios Turolenses Diputación Provincial de Teruel

PILAR ADÓN, PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA Y UNA DE LAS NUEVAS AUTORAS MÁS VALIOSAS DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS, ASEGURA A PROPÓSITO DE SU OBRA: “ME INTERESA LO EXTRAÑO EN LO COTIDIANO” 

JUAN CASAMAYOR, AL CUMPLIR 25 AÑOS DE TRAYECTORIA CON PÁGINAS DE ESPUMA, LO TIENE CLARO: “EDITAR ES VIVIR AL BORDE DEL ABISMO Y AHÍ QUIERO SEGUIR” 

TURIA TAMBIÉN PUBLICA UN OPORTUNO ENSAYO SOBRE LA FILÓSOFA ALEMANA-NORTEAMERICANA DE ORIGEN JUDÍO HANNAH ARENDT, EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO.

MUY RELEVANTE ES EL DETALLADO ANÁLISIS QUE SE REALIZA EN LA REVISTA DEL ÚLTIMO LIBRO DE LA PRESTIGIOSA FILÓSOFA ADELA CORTINA SOBRE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL.

Los lectores del nuevo número de la revista TURIA podrán disfrutar de dos entrevistas a fondo y en exclusiva con dos grandes protagonistas de las letras españolas contemporáneas: la escritora, traductora y editora Pilar Adón, que ha logrado el reconocimiento de la crítica y de los lectores con una obra literaria que rompe no pocos corsés sociales y emocionales y Juan Casamayor, el editor de Páginas de Espuma, que no sólo ha conseguido revitalizar el género del cuento sino que, teniendo como base la publicación de narraciones cortas, ha convertido su empresa cultural en un sello de referencia no sólo en nuestro  país sino en todo el ámbito latinoamericano.

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Escrito en Noticias Turia por Instituto de Estudios Turolenses Diputación Provincial de Teruel






yo es mi cuerpo
yo es la música que no oigo

Mariano Peyrou

 

 

 

 

Este ensayo-lectura aborda Migraciones: Poema 1976-2020, obra “clave” de Gloria Gervitz, desde la perspectiva del lector extrañado más que desde un análisis académico stricto sensu. En él se exploran las múltiples voces, vivencias y emociones que entreveran esta obra fundamental de la poesía mexicana contemporánea, con énfasis en su construcción poética, su lenguaje íntimo y la constante tensión entre lo personal y lo universal. A partir del diálogo con ensayos recientes y figuras destacadas de la crítica, se reivindica el valor estético y existencial del poema como un acto de resistencia, memoria y afirmación vital. 

En Migraciones: Poema 1976-2020, la poeta mexicana Gloria Gervitz condensa más de cuatro décadas de vida y escritura en una composicion orgánica, íntima en plenitud, que fluye como un caudal polifónico de voces, personas, memoria y exilio: arraigo y desarraigo. En estas líneas me aproximo a Migraciones con la emoción del descubrimiento, desde el asombro del que escucha y lee. Sin renunciar, eso sí, a una deriva analítica y con la convicción de que estamos ante una de las obras poéticas más intensas y verdaderas de nuestro tiempo.

El pasado mayo de 2025, la poeta, ensayista y académica de la Universidad Iberoamericana (CDMX) Tania Favela (México, 1970) presentó en la librería madrileña Enclave de Libros, junto a los también poetas Marta Eloy (Cracovia, 1973) y Julio Prieto (Madrid, 1968), el volumen Este es el testimonio del oyente: aproximaciones críticas en torno a Migraciones de Gloria Gervitz (2024)1. Se trata de un conjunto de doce ensayos precedidos por un texto liminar de Favela (“El tiempo por fin vencido”) y una conversacion, a modo de colofón, que mantuvo Marta Eloy con la propia poeta. En estos ensayos los autores se interpelan acerca de la composición como si fueran “escuchantes” mientras recordamos el verso de la poeta mexicana: “(esto es solo el testimonio del oyente)”, quebrando así el silencio de la crítica especializada alrededor de la obra de Gervitz y ofreciendo diversas miradas con sus respectivos análisis y acotaciones técnicas.

Mi propósito, surgido al hilo de esa presentación y del coloquio posterior, no es analizar —en estas páginas— el innegable peso científico que tiene este trabajo en su pulsión y en su justificado afán de difundir la obra de la poeta mexicana, sino abordar desde una perspectiva personal, como un “oyente” más, el acercamiento a una obra casi inabarcable por su intensidad y complejidad, y así expresar mi percepción como lector que ha tenido la fortuna de toparse con estas migraciones en el lugar adecuado y en el momento propicio. Mi idea, por tanto, es contribuir, en la medida de lo posible, a fomentar la lectura de este texto sorprendente y a que esta se produzca obteniendo el máximo fruto/deleite intelectual y emocional.

Migraciones: Poema 1976-2020 de la escritora mexicana Gloria Gervitz (Ciudad de México, 1943) ha sido publicado por la Ibero y la editorial Mangos de Hacha (Ciudad de México, 2024)2 en un volumen cuidado por la académica Tania Favela, que incluye, además del corpus definitivo y el glosario autoral de Gervitz en sus páginas finales, una nota justificatoria de la edición. En dicha nota se detalla el periplo editorial de este libro, de este universo Gervitz que no es sino el poema de toda una vida: de las vivencias y convivencias de una mujer extraordinaria. Es el poema definitivo que gravita en el fluir migratorio de lo personal a lo poético a lo largo de más de 250 páginas y soñado a lo largo de muchos años de escritura y reescritura.

Tras su germen, una plaquette titulada Shajarit —editada en junio de 1979 por la Imprenta Madero de México— que pronto pasó a ser Fragmento de ventana en 1986 y Yizkor (“Que recuerde”)3 en 1987, será esta edición, Migraciones: Poema 1976-2020 (2024), además de las ediciones de Mangos de Hacha (México, 2018) y Libros de la Resistencia (Madrid, 2020) entre otras, la que permita, a partir de ahora, a un mayor número de lectores enfrentar una arquitectura lírica que atesora, como afirma Tania Favela, el nutrimiento necesario para alimentar a la poesía contemporánea. Y tanto es así que la fuerza de este libro radica en la capacidad de reescribir los recuerdos a partir de un cuerpo y un lenguaje que son el verdadero territorio/motor para la creación de una poética «en conversación con el que está en ninguna parte y con el más presentido de los sujetos»4.

Son muchos los calificativos que la crítica ha puesto sobre la mesa para definir qué es y qué supone Migraciones en el panorama poético actual: libro único, libro de arena, libro río, poema total, etc. En este flujo de versos sin regreso aparente, en este ir y venir de mareas, a veces mansas, a veces enfurecidas que, con resaca, vuelven a las profundidades del animal poema y lo habitan —en palabras de Favela—, «tenemos un principio y un fin; y en medio, en ese oleaje hacia adentro, de ascensos y descensos, que es el poema: soledad, miedo, duda, deseo, reclamo, súplica, vértigo, dolor, perdón, revelación, comprensión»5. En la contracubierta del libro, Myriam Moscona6 habla del tiempo, la guerra, la luz física y metafórica, el cuerpo [“aquí en tu cuerpo aquí están tus alas” (p. 250)], el sexo, la madre [como epicentro desconcertante cuando leemos “madre no me juzgues / tú también estás condenada al olvido” (p. 66)], la palabra, el deseo o la muerte [porque “¿dónde está tu muerte ahora?” (p. 58)].

En definitiva, la deriva de la vida —peregrinatio vitae como afirmación, como conocimiento de una misma. En palabras de Olvido García Valdés, la «difusión de un sujeto […] que procede, sin embargo, en femenino»7, que ya es otra a cada golpe de verso, a cada vuelco de página y a cada vuelta del minutero de su corazón. Parafraseando a Borges: para el mismo lector el mismo libro cambia, ya que somos el río de Heráclito. He aquí, pues, a una mujer con verdadera devoción por el lenguaje, porque Migraciones es el lenguaje íntimo y generoso de lo telúrico por la belleza. Es, en cierto sentido, para bien o para mal, un acto poético irreverente y contestatario —por momentos— de amor a la memoria, al soporte de los recuerdos que es el cuerpo, al sufrimiento, al miedo, a la vida, y así escuchamos una voz que dice: “estás en la belleza de estar viva en esta tu vida” (p. 250). O, como afirmación categórica embutida de esperanza al final del poema y ante un profundo sentimiento de orfandad: “entré al lugar entreme huérfana […] estoy aquí / en este instante / que es todo los instantes / estoy viva” (p. 89, p. 267).

Migraciones cobija la palabra enunciada por una voz de voces —especulares— a veces difícil de identificar por el lector, una dicción que se des/dobla en dolor, en nostalgia de volver, en miedo, en deseo o en placer sexual cuando “el placer se hace tan intenso” (p. 19). Y al mismo tiempo, el poema se deshilacha, resuena en presencias como “una niña loca que mira desde dentro” (p. 17), “y la muchacha que lloraba abrazada a su madre muerta” (p. 34), la madre, la abuela y la mujer vieja que en medio del insomnio escribe: “son las tres de la mañana / y tengo miedo” (p. 138). Una voz que interroga al vocativo (yo/tú) y que nos evoca los versos de Juan Ramón Jiménez en Eternidades: “Yo no soy yo. / Soy este[a] / que va a mi lado sin yo verlo; / que, a veces, voy a ver, / y que, a veces, olvido. /…/ el que quedará en pie cuando yo muera.”8. Una forma de decir, la de Gervitz, que se interpela constantemente y afirma: “memoria ¿me oyes? […] y aquella que soy / ofrece perdón a la que fui” (p. 41), que se anuda al cuerpo siendo este cuerpo amparo, alimento y firme sostén de dicha memoria “aunque donde se la toque duele[a]” (p. 129). Pero Migraciones, más allá de las significaciones emocionales que retumban con registros de oralidad en cada palabra y en cada vuelco de página, es lenguaje lírico de alta tensión, es un no lugar cuya orografía pluridimensional se asienta en la adopción de una sintaxis desanudada, en los márgenes de la norma y en los silencios que, en ocasiones, gritan más que callan cuando, por ejemplo, leemos en voz alta “acaso un tedio / de otra yo también / olvidada / y grito” (p. 139) o “y el grito / apenas / un filo / un ala” (p. 160). Además, este poema clama por la tradición literaria y lingüística que transita desde “en ese tu fluir quietísimo” (p. 121) —José Ángel Valente de fondo y su ensayo sobre Miguel de Molinos cuando dice que «la primera paradoja del místico es situarse en el lenguaje»9—, y Juan de la Cruz (el humilde del sin sentido) hasta los salmos, pasando por estructuras de la tradición mística y hebrea, como han constatado en sendos artículos Margarita León Vega en “Del ritual a la interiorización de la palabra” y Denise León al afirmar que Migraciones puede ser leído como «una floración de la mística salvaje»10  “y la devocion [que] como una hoja de obsidiana / corta” (p.124). En este sentido, Cruz Flores concluye que «en la obra de la poeta mexicana, como en la intención del cabalista o del exegeta, se distingue una indagación sobre el acto de nombrar y una intención —fútil a sabiendas— de conciliar la experiencia vivida con el lenguaje»11. A esto se suma el uso espontáneo de varias lenguas, como el hebreo, el inglés y el español, que es en sí el exilio de la lengua materna como territorio-alma del poema. En Migraciones la alternancia de lenguas se hace presente, pero es que la migración no es solo un desvío de lugar o territorio, sino que acarrea consigo —casi siempre— la adopción/imposición de otra lengua, de otra cultura. El uso del hebreo y el inglés aquí no es un gesto de poseer don de lenguas, es la evidencia de una mutilación: Gervitz arrastra una historia familiar de desarraigo y el dolor mismo del lenguaje en el desapego. 

En la contracubierta del libro, afirma William Rowe que en el poema de Gervitz las palabras parecen «sostenidas solo por el aire» y que «el espacio blanco se ha convertido en espacio denso, resistente»12. Como venimos señalando, el cosmos gervitziano no es un texto al uso, no es un poema común, en absoluto: Migraciones es la demostración de que la carga emocional/vivencial en el ente poético está cimentada en un conglomerado de recursos hilvanados, quebrados con libertad creativa, con precisión de maestro relojero y con la capacidad de poder nombrar lo que no ha sido nombrado antes, tejido todo ello en el telar mágico de la introspección, de la mirada/miradas inteligente/s de la poeta.

Los recursos, vaivenes tipográficos en cascada y los blancos que esos vaivenes precipitan, por ejemplo, con los que Gervitz ahorma muchos momentos de Migraciones son profusos, incluso a veces podrían parecernos abrumadores, sin dejar de ser en su extrañeza pertinentes. Pues bien, a pesar de esto y gracias a esto, los versos fluyen limpios, frescos, seguros de sí mismos, acunados por un ritmo que asciende y desciende como las aguas en un azud, como si nada sucediese en la hoja de papel; mas al cabo todo sucede, todo está preñado en el vacío, en el útero del poema. Las anáforas, véase la copulativa que se desliza a lo largo de varias páginas (desde la p. 171) y que comienza con el sorprendente —casi oxímoron sintáctico o deixis léxica o elipsis simbólica— “y el calor derritiéndose en las barras de chocolate”, las concatenaciones, el rompiente de los versos, las distribuciones espaciales, esas páginas que vaciadas, salvo por un breve apunte versal en su ápice o en su desembocadura (pp. 244 y 245), sobrecogen al lector.

En fin, todo parece fluir en el poema, haberse dejado ahí en pausado movimiento de forma natural, igual que la naturaleza hace crecer un árbol (recordando a Huidobro) o cómo el río “se ovilla en ese regazo de lágrimas” (p. 159) que es el mar, o cómo la abuela reza el rosario bajo una lluvia que nos moja a todos de melancolía. Las metáforas —“claveles rojos de este sueño” (p. 245)—, las comparaciones, las imágenes, los juegos léxicos o las paradojas —Teresa de Jesús presente “vivo sin saber de mí / vivo sin vivir en mí […] soy sierva de la loca / la insondable / la inasible pasión” (p. 211)— son gestos egoístamente solidarios con el tempo pausado o encendido, manso o violento que el acontecer sensorial del poema demanda en cada instante, en cada compás.

Por momentos, el discurso se tensiona, se violenta hasta límites sorprendentes y el lector tiene la sensación de surfear/migrar una gran ola y hacerlo con la seguridad que nos da esa tabla de salvación que es el ritmo. Y así gravitar en equilibrio sobre la superficie deslizable y la profundidad del poema-agua, del poema-inmensidad, del poema-universo. Esta es, a nuestro entender, una de las muchas bondades de este texto extraordinario. Todo en Migraciones rezuma verdad y transmite al lector una emoción sustantiva: “y dijo mi abuela a la salida del cine / sueña que es hermoso el sueño de la vida muchacha” (p. 16), una imantación de complicidad y cercanía, ahora bien, sin concesión alguna a lo inane, sin ornato aparente o real prescindible.

Este libro, que comienza de manera abrupta con letra en minúscula (in media res), alienta a su descubrimiento desde su versículo inicial e invita al lector a que no se detenga “en las migraciones de los claveles rojos donde revientan cantos de aves picudas y se pudren las manzanas antes del desastre” (p. 7). Desde su nacimiento, que es la migración primigenia, Migraciones exhala toda la emoción de quien se sabe efímera y vital en esta vida pasada, presente y por venir, de quien se desgarra, recapacita y rememora el tiempo que habita un cuerpo si soporte de la palabra que dice cuanto calla. Y esto, que es de lo que da fe Gloria Gervitz a lo largo de toda su vida en sus migraciones, no solo nos conmueve. Debería conmover al mundo porque “afuera enmudece la lluvia […] y la oscuridad se dilata” (pp. 64-65). Y aun así, Migraciones permanece como una voz ex(n)trañable que nos habla desde el cuerpo —y más allá de él—. Un poema que sigue, a día de hoy, respirando entre nosotros.

 

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  1. Tania Favela Bustillo, ed., Este es el testimonio del oyente: aproximaciones críticas en torno a Migraciones de Gloria Gervitz (Ciudad de México: Bonilla Artigas Editores, 2024). En este volumen, Premio LAJSA 2025 al Mejor Libro Editado, aparecen ensayos de Tania Favela, Mark Schafer, Blanca Alberta Rodríguez, Perla Sueiras, William Rowe, Cossette Galindo Ayala, Alejandra de la Peña Barrigón, Margarita León Vega, Denise León, Javier Helgueta Manso, María Rivas Casanueva, Juan Manuel Portillo, Perla Masi y Marta Eloy Cichocka.
  2. Gloria Gervitz, Migraciones. Poema 1976–2020, ed. Tania Favela (Ciudad de México: Universidad Iberoamericana / Mangos de Hacha, 2024). Todos los versos citados provienen de esta edición definitiva.
  3. Shajarit, oración judía de la mañana, pone título a lo que podríamos convenir en la primera version del poema de Gervitz publicada en 1979. Yizkor, oracion judía entonada en memoria de los difuntos, es a su vez el epígrafe de la tercera entrega en 1987. Entre ambas, en 1986, se publica Fragmentos de ventana.
  4. Juan Carlos Mestre, Manifiesto por un no lugar, Los Cuadernos del Mildendo (Cáceres: Ediciones Liliputienses, 2015), 67.
  5. Tania Favela Bustillo, “Migraciones dentro de Migraciones”, en Remar a contracorriente. Cinco poéticas (Madrid: Libros de la Resistencia, 2019), 122, 155.
  6. Myriam Moscona, texto de contracubierta en Gloria Gervitz, Migraciones. Poema 1976–2020 (Ciudad de México: Universidad Iberoamericana / Mangos de Hacha, 2024).
  7. Olvido García Valdés, “El vuelo excede el ala,” El Urogallo 122-123 (1986): 63. Citado por Tania Favela en Remar a contracorriente. Cinco poéticas (Madrid: Libros de la Resistencia, 2019).
  8. Juan Ramón Jiménez, Eternidades (Madrid: Taurus, 1982), 418.
  9. José Ángel Valente, “Ensayo sobre Miguel de Molinos,” en La piedra y el centro (Madrid: Taurus, 1983), 83.
  10. Tania Favela Bustillo, ed., “El tiempo por fin vencido,” en Este es el testimonio del oyente: aproximaciones críticas en torno a Migraciones de Gloria Gervitz (Ciudad de México: Bonilla Artigas Editores, 2024), 16. (Este texto corresponde a un capítulo dentro del libro colectivo.)
  11. Cruz Flores, “Gloria Gervitz, o de cómo atesorar el silencio,” Letras Libres, 21 de abril de 2022, https://letraslibres.com/literatura/gloria-gervitz-o-de-como-atesorar-el-silencio/.
  12. William Rowe, texto de contracubierta en Gloria Gervitz, Migraciones. Poema 1976–2020 (Ciudad de México: Universidad Iberoamericana / Mangos de Hacha, 2024).
Escrito en Sólo Digital Turia por Javier Pérez Walias

En La insistencia, el poeta Jordi Doce vuelve a reivindicar —igual que hizo en Hormigas blancas (2005), Perros en la playa (2011) o Todo esto será tuyo (2021)— un espacio libre y apátrida dentro de la literatura: ese territorio híbrido en el que conviven el diario, el aforismo, el cuaderno de notas, la miniatura ensayística, la greguería («La escalera es un zigzag puesto en pie») e incluso el «articuento» a lo Millás; en definitiva, aquello que Carmen Martín Gaite denominó cuaderno de todo. Doce abre una ventana para que el lector lo acompañe en el propio proceso de creación de su pensamiento y, a través de ella, adivinamos sus inquietudes políticas, sociales, ecológicas; sus deslumbramientos literarios; sus fantasmas familiares… 

El volumen se sostiene en una prosa afilada, sincera y sin artificio, que destila esa lucidez cordial tan característica del autor. Doce observa el mundo con una mezcla extraña de pudor, ironía y precisión moral: al lector le llega la sensación de asistir a una inteligencia que respira. No hay impostación ni afán de epatar; solo un continuo ajuste de mirada, una búsqueda que se repite y se depura. De ahí el título: La insistencia es la persistencia de una conciencia que vuelve sobre lo real para comprenderlo —o, al menos, para sostenerlo sin estridencias—. Pero «la insistencia» es también la voluntad de seguir transitando el desierto cuando la vida se ha convertido en «una larga, interminable tarde de domingo». 

El libro brilla especialmente cuando se mueve en el registro biográfico y cotidiano (como hiciera en aquel La vida en suspenso): las escenas familiares, las pequeñas revelaciones del día, las súbitas introspecciones heredadas —a menudo— de un pasado que duele más por lo que calla que por lo que muestra. Doce logra elevar lo común sin sacrificarlo, como si cada detalle fuera un cristal que dejara ver el movimiento oculto de la vida. La memoria del padre, por ejemplo, aparece aquí sin sentimentalismo: es un telón de fondo que explica sin justificar, que acompaña sin absorber. 

La vertiente política, discreta pero firme, confirma la vocación ética del autor. La denuncia ecológica, las reflexiones sobre el poder tecnológico o la mirada crítica hacia la lógica feudal de nuestros días nunca caen en el panfleto; están moduladas por un humor brillante y por una sensibilidad que no necesita gritar para hacerse oír. Doce se permite incluso la ternura de los animales —los dos últimos rinocerontes blancos del norte, Najin y Fatu, convertidos en emblema de la extinción— como una forma de duelo cívico. 

Lo literario ocupa, por supuesto, un lugar central. En estas páginas aparecen Cavafis, Gamoneda, Thoreau, Tolkien, Steiner… como compañeros de conversación, voces que ayudan a sostener el pensamiento y sus vacilaciones. Se ejerce aquí una defensa implícita de la conversación culta, una práctica cada vez más minoritaria. No es una erudición de biblioteca, sino de vida. 

El humor —leve, sutil, quizá eco de los años ingleses del autor— salva al libro del ensimismamiento. El autor encuentra en lo cotidiano un destello que desordena la solemnidad. Una frase aparentemente menor —«Estoy silbando la partitura de mis cicatrices»— basta para entender que su mirada no es sentimental, sino lúcida: nombra la herida sin recrearse en ella. 

Y todo desde la mirada del poeta, identidad primigenia del autor: «Los buitres limpian las costillas del cadáver. Mañana el viento las hará sonar». 

Si algo destaca en La insistencia es la sensación de estar leyendo a alguien que piensa con nosotros, no para nosotros. Esa compañía intelectual —esa forma rara de hospitalidad— convierte el libro en un espacio donde el lector entra y sale sin violencia. Es un libro para subrayar, para discutir mentalmente, para aplaudir, para abrir por cualquier página y encontrar una resonancia. 

En un momento en que la literatura fragmentaria se ha convertido casi en un gesto automático, Jordi Doce demuestra que el fragmento solo tiene sentido cuando nace de una atención verdadera. La insistencia no recoge ocurrencias: recoge vida. Y la convierte, con una sutileza extraordinaria, en una forma de claridad. Su escritura fragmentaria responde a una ética de la atención. Frente a la dispersión contemporánea, Doce elige la insistencia —esa repetición paciente que recuerda más a Simone Weil que a Twitter— como un modo de resistencia íntima. En un momento del libro define la escritura como «una forma de respiración», y el lector no tarda en entender que escribe para sostenerse, para mantener el pulso, como quien vuelve una y otra vez al mismo territorio para no desaparecer. Para existir. 

 

Jordi Doce, La insistencia, Valencia, Pre-Textos, 2025.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Dionisio López

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