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22 de enero de 2026

Tiene cuatro o cinco años y le tiemblan las piernitas debajo de sus pantalones cortos, todavía lo siente ahora. No está asustado, no se sobresalta, está exaltado, está mirando intensamente a una niña de su edad que, con su larga melena pelirroja ondeando por la espalda, corre hacia su mamá, que la abraza feliz, levantándola en alto. Nunca ha visto nada tan bonito como esa niña, todos los días a la salida de la guardería la mira, esas piernitas delgadas, esos zapatitos, ese pelo largo y ondeando. Nunca antes había visto una mujer con el pelo largo y para colmo rojo. Rizado. Además con pecas en la cara. Y cómo la levanta, cómo la madre la mira feliz. Él también quiere mirarla tan feliz, él también quiere que lo levanten así, él también quiere que su madre lo recoja de la escuela, pero su madre está demasiado ocupada. 

La casa de la niña y de su madre está enfrente, donde hay casas grandes, donde hay un parquecito, donde vive gente con pesadas cortinas delante de las ventanas, con pesadas puertas de entrada, cuyos pomos de latón siempre brillan, gente que no tiene cerdos ni gallinas, ni palomas ni conejos, con madres que no llevan delantal y padres que llevan corbata entre semana. Son gente diferente, lo sabe por su madre, que siempre se lo dice como advertencia, que tenga cuidado, que se aleje de ellos, porque a la hora de la verdad te van a defraudar. No sabe muy bien qué significa eso de “a la hora de la verdad”, pero siente que tiene algo que ver con la historia de Pulgarcito, que es abandonado en el bosque con sus hermanitos porque sus padres ya no pueden alimentarlos. Esto le ha asustado, porque mamá se queja a menudo de que no tiene dinerillo para comprar las cosas que él quiere, y puede que un día, por no tener suficiente dinerillo, también le abandone en un bosque. Por eso debería dejar de pedir cosas, porque las cosas cuestan dinerillo. Y si ocurre, si se queda solo en el bosque, tal vez pueda encontrar el camino de vuelta a la escuela y pedirle a la niña pelirroja que le traiga un bocadillo, lo hará, porque es muy linda, y ellos quizás tengan un cobertizo detrás de la casa donde podrá dormir. O puede dormir en el almiar de un granjero y, a cambio de comida, alimentar a las gallinas y los cerdos y ayudar con el ordeño.

Camina hasta casa, está lejos, pero conoce el camino, ya es grandecito. Intenta saltarse dos baldosas de la acera cada vez, dando grandes zancadas. Después de unos cien metros, cruza la calle para evitar el bar del que suelen salir borrachos. Ésos lo miran riéndose y babean, y a menudo tienen los ojos rojos, que le recuerdan al diablo, el diablo que puede llevarle a uno al infierno si no es juicioso. Por eso quiere ser juicioso, porque los niños juiciosos van al cielo, eso le ha dicho mamá, y por eso dobla obedientemente la rodilla cada vez que pasa por delante de la estatua de la Virgen María en el salón o de la estatua del Sagrado Corazón en el rellano. O se persigna en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. También se sabe de memoria el Ave María y el Padrenuestro. “No nos dejes caer en tentación”, le parece encantador, misterioso, pero no sabe lo que significa, y mamá le ha dicho que espere a ser mayor, que entonces lo entenderá. 

Al otro lado de la calle, se cruza con el lechero, que siempre viene con un caballo y un carro a traer la leche, inspirando por la boca y espirando por la nariz. Dice “mujer” a mamá, al igual que el verdulero y el panadero, que también vienen a casa con su carro y su caballo. El lechero tiene un gran perro pastor llamado Herta que trata muy mal a Tippie, su perrito, que chilla muy fuerte y se arrastra detrás de la ventana de la habitación delantera para ladrarle a Herta. Mamá siempre presta mucha atención cuando el lechero vierte la leche de su lechera en el vaso medidor, porque a veces quiere quedarse un poco por debajo de la línea que indica un litro, y mamá necesita mucha leche cada vez, por lo que paga mucho más dinerillo del necesario, lo que se llega a perder en un año, dice, y ella no tiene tanto dinerillo. 

Luego pasa por delante de la escuela grande, a la que también puede ir el año próximo. Le encanta, porque entonces será grande, pero también tiene miedo, porque su hermano mayor, que hace tiempo que dejó la escuela grande y está trabajando, le ha dicho que el maestro te pega en las manos con una regla si no prestas atención, y él a menudo no presta atención, dicen todos, siempre está dando vueltas pensando, con una arruga en la frente. No sabe cómo quitarse esa arruga de la frente. Pero seguro que puede prestar atención en matemáticas, porque ya sabe contar hasta cien, lo cual es inteligente para su edad, dice su hermana, que le enseñó, y con ella podía prestar atención bien. Puede que también tenga que pelearse en la escuela grande, pero tiene miedo de que le den un puñetazo en la boca, como el otro día, cuando un chico desconocido en la calle le dio un puñetazo en la cara y se fue corriendo y riéndose, mientras él seguía mirando perplejo las estrellitas rojas que bailaban delante de sus ojos. Tuvo que llorar, pero mamá le dice que devuelva el golpe y no llore, que tiene que ser valiente. Más tarde, cuando crezca, será valiente. Madre nunca le da puñetazos, sólo nalgadas cuando se porta mal, o bofetadas, que le encienden las orejas, sobre todo cuando su anillo de boda choca contra ellas, lo que también le hace ver las estrellas. Tiene más miedo de su papá, cuyas manos son duras y su barba es de alambre de latón, dice su hermano mayor. Pero no pega mucho, sólo cuando mamá le pide ayuda porque había querido castigarle por haber hecho una travesura y él se había escapado rápido. El otro día también huía muy deprisa de papá, pero éste lo alcanzó y le dio una patada en el trasero con sus pesadas botas de trabajo, que le rozó la espalda, de modo que ahora tiene abrasiones allí. Mamá le ha puesto pomada, pero le pica, y dice que papá es un poco torpe a veces, pero tiene buena intención y esas rozaduras se curan pronto. Papá nunca le dice nada, sólo a las siete de la tarde, cuando le dice que es hora de ir a la cama. 

Un poco más allá se encuentra la misteriosa casa del hombre de la perilla, llamado Barba de Cabrón, que tampoco nunca le habla. La casa y el jardín están rodeados por un seto alto e impenetrable, pero en una de las esquinas se ha abierto un agujero por el que puede ver el jardín, donde a veces juega una niña de su edad. Tiene el pelo negro y rizado y unos grandes ojos marrones que le miran interrogantes. La primera vez que la vio le preguntó si quería salir a jugar, pero no pudo ni le dejaron, dijo, la puerta estaba cerrada. Detrás de ella, apareció en el umbral de la puerta el Barba Cabrón, que le miró mordazmente, como San Nicolás. Llamó a la chica para que se acercara y a él le hizo un gesto de que se fuera. Desde entonces, al pasar se asoma tímidamente por el hueco del seto para ver si está en el jardín y ella quiere mirarle con sus grandes ojos marrones. A veces, el Barba Cabrón, con su barriga abultada y su cadena de reloj, se planta frente a la puerta de su jardín, mirando a lo lejos, y entonces él lo evita dando un gran rodeo. 

Cruza a la izquierda de la carretera de grava y sigue hasta la granja, donde grandes gansos cruzan militarmente el patio a largas zancadas. “Vigilan la granja”, dice su hermano mayor, “y lo hacen mejor que los perros. Ten cuidado”. Pero él no tiene miedo de los gansos, siempre le gruñen de buen humor al pasar, le conocen, saben que les tiene respeto. Más adelante, más allá del grupo de árboles altos que él puede ver desde su habitación, hay una cabra amarrada a una estaca al borde del camino, que también le conoce. Siempre se burla de la bestia, dando saltos y haciendo movimientos de boxeo y sacándole la lengua, pero aun así no consigue acercarse lo suficiente como para tirarlo al suelo con sus cuernos torcidos. Aunque el otro día le pilló cuando su hermano pequeño, que es un huevón, se hizo amigo de la cabra o el cabrón mientras le daba de comer unas briznas de hierba. Su hermanito es tonto y tiene las patas arqueadas. Se había acercado a él, sin prestar atención a la cabra o al cabrón, y éste había aprovechado la ocasión para tumbarle con un cabezazo que hizo saltar la arena. Su madre, que observaba la escena a lo lejos, se rio a carcajadas. Se había incorporado con una sensación de ardor en el interior para la que aún no tenía nombre. 

Hoy es viernes y tiene que apresurarse a llegar a casa, donde le esperan madre y hermanito como de costumbre con una tacita de té y una galleta, y luego tienen que recoger juntos, el hermanito y él, pelusas, pelusas de tela del sempiterno cosido y remiendo de medias, pelusas que quedan apresadas en las esteras de coco y no se dejan quitar con el sacudidor. Es un trabajo tan fino, dicen mamá y las hermanas, que se necesitan dedos de niño para recogerlas. Cuando acaban de recoger las pelusas, mamá y las hermanas enrollan la estera de coco y la cuelgan de la barra sacudidora, y él y su hermanito reciben una galleta extra. Luego pueden ir a jugar.

Mientras los sacudidores siguen retumbando en un tono marrón oscuro, sale corriendo a la calle, con la galleta rechinándole entre los dientes. Quiere ir al bosquecillo de arbustos que hay más adelante, adonde ya deben de haber ido los otros niños de la calle. La arena negra junto al camino de grava se polvorea, desprendiendo un sordo olor a quemado y, en la lánguida lejanía, las vacas sueltan su mugido vespertino, señal de que quieren ser ordeñadas. De pasada, echa una mirada asustadiza a la casa de M., el niño pelirrojo de su vecino, que sabe correr mucho y también es muy bueno peleando y dando zarpazos. Soñó con él el otro día, que estaban sentados juntos en el balancín del patio de recreo y conseguía zarandearle con tanta fuerza que volaba por los aires y se pegó un batacazo con la cabeza en el estiércol de vaca. Tiene miedo de que M. descubra lo que ha soñado y se vengue. 

El sotobosque es un conjunto de arbustos y árboles pequeños por el que sólo pueden colarse y arrastrarse los animales pequeños, incluidos los niños. Siempre juegan allí al escondite y a veces juegan a los médicos. Entonces tienen que bajarse los pantalones y se le permite mirar la rajita de las niñas. Hay una muy fresca que siempre se pone pétalos en su rajita y luego permite a los chicos que los saquen. A él también le gustaría hacerlo, pero no se atreve. 

Todavía le falta pasar por la casa de Ylla, la mujer de la boca torcida. Esa torcedura se debe a una "hemorragia cerebral", le ha dicho mamá, y esa información de repente le hizo ver una oleada de sangre que salió de su cabeza, causando que la boca se torciera del susto, mueca de la que nunca se recuperó. Más le vale, piensa él, porque siempre le mira con maldad y también una vez abofeteó a mamá, por qué no quiso decírselo. 

Se sumerge en el denso follaje, agachándose bajo las ramas. Las gallinas cacarean en todas direcciones y él patea accidentalmente un huevo. Podría habérselo llevado a casa y comérselo mañana por la mañana, sin que mamá tuviera que pagar dinerillo. Podría habérselo metido en el bolsillo, pero sin que los otros niños lo vieran, porque probablemente le delatarían ante el mayordomo del granjero, el dueño de las gallinas, que iría tras él y le daría una patada en el culo con sus zuecos, lo que le produciría un dolor tremendo en la espalda y además sería un desperdicio del huevo, que se le rompería en el bolsillo, seguido de una bofetada extra por parte de mamá, que tendría que volver a lavarle los pantalones otra vez. 

Cuando llega, los demás niños en medio del monte ya están echando a suertes para el escondite, y como él es el último, la paga él, lo han decidido por unanimidad. No van a jugar a los médicos, porque ahora hay una niña mayor con ellos, que casi nunca participa y podría chivarse de las cosas. Pero a él siempre le trata con cariño, igual que a su propio hermanito. Lleva un vestido bermejo que le deslumbra, y a veces sueña que ella es su hermana, en vez de ser su hermana de verdad, le despierta por la mañana y abre las cortinas para que entre el sol y camina por la casa con pasos elásticos, preferiblemente de puntillas, como el hada de Peter Pan. También le cuenta cuentitos, con una voz suave y melodiosa, como la de una maestra de la guardería, en lugar de con su voz real, que es áspera y no combina con su vestido. 

Apoya la mano izquierda en el tronco de un arbolito delgado y presiona la frente contra él para iniciar la cuenta. De hecho, tiene que cerrar los ojos para no ver por dónde van los demás, pero echa un vistazo furtivo entre las pestañas y los dedos para asegurarse al menos de que nadie va en la dirección que él mira. Tiene que tener cuidado de no perderse en fantasías, pues ya le ha ocurrido otras veces que ha dejado de contar a mitad de camino porque sus pensamientos le arrastraban a otros mundos. Ahora piensa ansiosamente en la reprimenda que le dio su madre después de recoger la pelusa. Pensaba que ella había salido a ayudar a sus hermanas a sacar las otras esteras, pero se había quedado en la cocina mientras él le contaba emocionado a su hermanito lo de la niña del pelo largo y alborotado. Se lo había contado exactamente como la veía, que caminaba sin casi tocar el suelo, que caminaba sobre las nubes, que volaba como un pajarito, y que él sentía el viento de su pelo ondulante en la cara, y que su madre, cuando la abrazaba, la elevaba muy alto en el cielo, tan alto que parecía poder tocar el sol. Le ardían las mejillas mientras lo contaba, pero su madre le había dicho que no hiciera eso, ya se lo había dicho muchas veces, que no puede mentir, que él nunca se limitaba a contar lo que había pasado, sino que lo convertía todo en un cuento de hadas, las cosas no sucedían como él las contaba, si seguía así nadie le creería, y desde luego no debía hablarle así a su hermanito, porque aún era crédulo y pensaba que todo lo que decía era literalmente cierto. Pero él no puede evitarlo, no puede evitar que las cosas que vive acaben así en su cabeza, y por eso tiene que contarlas así, porque si no las cuenta como él las siente, no serían verdad. No entiende que no puede decir que los árboles le saludan amablemente por la mañana cuando va a la escuela y que se doblan de dolor cuando el viento sopla fuerte, si él lo ve con sus propios ojos. O que las hojas de los árboles se cuentan entre ellas historias en un idioma que él no entiende. O que los gorriones todas las mañanas se reúnen en la ventana de su habitación para gorjearle alegremente al despertar. Lo oye y lo ve todo, al igual que los colores que los sonidos evocan ante sus ojos. 

Termina de contar y empieza a espiar entre la maleza. El suelo huele a podredumbre húmeda y ve un sapo que se aleja escabulléndose. Se pregunta si la bestia huye de él o intenta señalarle dónde se esconde alguien, y en ese momento oye gritar “¡por mí!” detrás de él. El primero que le roza y le seguirán más. Siempre es así. Sabe y acepta que los padres y las madres y los hermanos mayores tienen sabiduría y saben hacer cosas que él aún no sabe o no domina, pero le sorprende que ocurra lo mismo con los demás niños. Ellos también se miran a veces con complicidad cuando él habla o hace algo, y él no lo entiende, porque tiene mucho que decir que es bonito y emocionante, mucho más que ellos, y ellos tampoco quieren entender que realmente puede hacer algunas cosas, pero que a veces las cosas del mundo simplemente no quieren cooperar con él. 

Cree ver algo rojo brillando entre las hojas y se acerca para asegurarse de que es la chica mayor del vestido bermejo, pero cuando llega, ella pasa volando a su lado para salvarse. Se ríe de él. Podría haberse adelantado a ella si hubiera reaccionado rápido, pero estaba como hechizado viendo sus piernas esbeltas y su cuerpo galopante, y ahora mismo no puede apartar los ojos de su rostro sonriente. Pero tiene que seguir, si los demás pueden, él también puede hacerlo, es cuestión de quererlo, dicen todos, sólo tiene que quererlo para poder hacerlo, entonces también podrá jugar al escondite, como los demás, sin tener que ser siempre el jugador que la paga. Pero el caso es que él quiere, aunque los demás, el padre, la madre y hermanos y hermanas y los otros niños digan que no, él sí quiere, pero lo que pasa es que muchas cosas se interponen, el mundo no se lo permite. Como ahora: busca afanosamente a los otros niños que se esconden, pero una y otra vez hay cosas que atraen su atención como un imán irresistible: un saltamontes verde y centelleante, libélulas milagrosas que pasan sin hacer ruido o, por el contrario, se quedan inmóviles en el aire lánguido, rayos de sol que hacen brillar las hojas. 

Uno tras otro se salvan y él tiene que volver a su arbolito, apretar de nuevo la cabeza contra su mano y empezar a contar. Uno de los otros niños es su sobrino T, que es un bobo de remate, pero siempre gana en los juegos, no sólo al escondite, sino también a las canicas y a las cartas. No lo entiende. Quizá sea porque los juegos son bobos y hay que ser bobo para ganarlos. 

Mira entre sus dedos las ondas amarillas del campo de trigo al otro lado del sendero. La luz del sol salpica en chispas, el aire encima de él reverbera y susurra. Saborea la árida sequedad del sendero. Si quiere escapar, debe atravesarlo rápido y deslizarse entre el trigo. Pero antes debe asegurarse de que Henrica la Urraca no viene arrastrando los pies por la arena del sendero, porque podría hechizarle. Henrica la Urraca es una anciana arrugada que siempre camina por este sendero hacia el mercado. Los otros niños dicen que es una bruja, y que la forma de saberlo es poniendo los pies en cruz sobre sus huellas, detrás de ella, y entonces por muy delante que esté, si mira hacia atrás es una bruja. Él mismo lo intentó una vez. La vio caminar muy lejos por el sendero, como siempre torcida, y cuando él puso cuidadosamente sus zapatos en cruz sobre sus pasos, ella miró inmediatamente hacia atrás. Corrió a casa muy deprisa, con el corazón palpitante, y se escondió debajo de la mesa de la cocina. 

Grita: “¡Ronda, ronda, el que no se haya escondido que se esconda!” y se escabulle hasta el borde del sendero. Está tranquilo y desierto, no hay nadie a la vista. Cruza corriendo y se adentra en el trigal. Aquí el silencio es abrumador, aunque lo rompan el zumbido de las moscas y el susurro y crujido de los tallos. Tiene que atravesarlo deprisa, hacia el lindero del bosque, donde se alzan dos casuchas con tejado de paja, porque si el labrador le pilla entre el trigo, seguro que viene a por él con atronadoras maldiciones y tal vez le dé una patada en el culo con los zuecos. Los campesinos siempre dicen palabrotas atronadoras, sobre todo a sus caballos de tiro. Él creía que era normal, así que una vez, mientras jugaba al coche de caballos con su hermanito, le disparó con las mismas maldiciones atronadoras que había oído en la calle, pero eso le valió una buena paliza de su padre. 

¿Por qué esos campesinos sí y él no?¿Y por qué no podía imitar la realidad en su juego, si todo el mundo decía siempre que había que ser sincero? 

Ahora debe quedarse quieto un momento para aspirar la atmósfera profundamente. El aire del verano parece más denso aquí debido al silencio, piensa, el silencio espesa el aire, como hace a veces en su dormitorio, cuando está solo y hay un silencio absoluto, por lo que el aire le oprime y tiene que aligerarlo con un suave zumbido. La atmósfera del trigal le llena de deleite y asombro: el susurro amarillo cuando avanza, cauteloso para no hacerse notar, el zumbido de los insectos, que evoca un color azul pálido, el susurro rojizo de todo tipo de criaturas invisibles que corretean por el suelo, y por encima de él el sol abrasador y el trinar de los pájaros vigilantes que chisporrotean el aire. Sólo espera que los demás aún no se hayan dado cuenta de que se ha escapado, porque de lo contrario seguramente sabrán cómo encontrarlo. Debe llegar al bosque lo antes posible. 

Al borde del trigal hay una zanja que él puede saltar fácilmente. El bosque frente a él calla, a su izquierda una liebre con las orejas levantadas sale disparada hacia los prados. A su derecha, entre los árboles, hay casuchas de paja. En una de ellas vive Juan el Manco, un hombre bajito con un solo brazo que vende petróleo. Una vez acompañó a mamá cuando fue a por petróleo, juntos recorrieron el sendero de arena y él le había echado una mano por la izquierda mientras ella llevaba por la derecha la gran jarra de hierro llamada jerrycan, procedente de Inglaterra, que habían abandonado en la cuneta los soldados ingleses después de la guerra y papá se había llevado rápidamente a casa. Más adelante, cuando sea un poco más grande, también le permitirán llevar ese bidón, como ya se lo permiten a su hermano mayor, y entonces, como él, lo agitará alegremente. Ya sueña con caminar entonces a grandes zancadas. 

Sigue un estrecho camino de grava detrás de unas casuchas y llega a una carretera asfaltada por la que a veces circulan coches. Esa carretera está “alquitranada”, como le han dicho otros chicos, y ese “alquitrán”, que es negro como el carbón, viene de los volcanes, que son montañas que escupen humo y fuego y luego el alquitrán acaba en el suelo y se puede recoger y recalentar para untar las calles. Esas montañas que escupen fuego le asustan, pero mamá le tranquiliza: no hay por aquí, sólo en el extranjero, muy lejos. 

Primero comprueba si el alquitrán no se ha ablandado con el sol, porque cuando hace calor los zapatos se pegan a él, dicen, y no puedes avanzar. Pero lo nota seco y duro, así que cruza rápido, mirando nervioso a diestra y siniestra, porque los coches pueden circular muy rápido y si te atropellan, mueres. 

Al otro lado hay otra zanja que tiene que saltar y luego llega a una calle con adoquines rojos y a un lado una acera de baldosas grises, igual que la calle donde están las escuelas. Es muy tranquila. Hay cuatro o cinco casas altas de madera con jardines llenos de flores y cortinas que cuelgan de lado delante de las ventanas, como gruesas trenzas. Detrás de los grandes ventanales no se mueve nada, no hay nadie en los jardines, nadie paseando la azada, nadie sacudiendo esteras o rastrillando el suelo. Se había maravillado de que hubieran puesto aquí un trozo de ciudad, con una calle pavimentada y una acera, en esta zona donde por lo demás sólo hay arena y grava y árboles y arbustos, donde crece la hierba y el brezo y pastan vacas y ovejas y donde sólo vive gente corriente. Aquí no vive gente corriente, le dice mamá, es gente elevada, por eso tienen casas elevadas, piensa él, esa gente es incluso más elevada que el director de la escuela grande, incluso más elevada que los jefes de papá en el trabajo. Son cultos, dice mamá, saben mucho y pueden hacer cosas que la gente corriente no puede, pero nunca trabajan con las manos, por eso no tienen callos en las manos. Piensa en la vez que visitó una de esas casas, la última de la hilera. Había paseado con un niño que era nuevo en su clase de la guardería y había jugado con él. Éste le dijo que tenía muchos juguetes en casa, coches de juguete y un caballito balancín y libros para colorear, y que podía venir a jugar a su casa. Había aceptado la invitación con entusiasmo y había entrado en aquella casa alta asombrado, admirado por la austera sala y los pesados armarios de madera marrón, pero sobre todo por los juguetes multicolores y multiformes del pequeño. Recuerda que su madre era amable y cordial con él, y que iba vestida de domingo en un día laboral, pero no puede recordar su rostro, de tan abrumado estaba por todos los juguetes que le permitían tocar y coger. Y el niño le había dicho que pronto sería su cumpleaños y que le regalarían un gran coche de bomberos rojo, que le habían dejado elegir en las fotos de una revista que le enseñó su madre. Le había dicho que podía venir el día de su cumpleaños y jugar un rato con el coche de bomberos. Pero eso no ocurrió, porque mamá no se lo permitió. “Es gente extraña,” le había dicho. “Quédate en casa y juega con tu hermanito. Te traeré una galleta extra y te prepararé leche con chocolate.” Pero más tarde la había oído decirle a papá: “Quieren que venga al cumpleaños de su hijo, pero a nosotros ni caso.” Entonces se había sentido muy culpable por desearlo tanto, le había parecido una traición, y había salido rápidamente a jugar a las canicas con su hermanito. 

Pasa junto a la última casa y echa una mirada repentina al gran ventanal, pero no se mueve nada detrás. Está oscuro, casi amenazador. Gira la esquina y vuelve a entrar en territorio conocido: caminos de tierra, hierba y brezo, árboles que se mecen y casas bajas con tejados de paja. Pero entonces, en algún lugar entre los árboles, brilla algo amarillo que reconoce y que retumba en su cabeza como los tonos de un órgano. Es la primera vez que oye un sonido a causa de un color y no al revés. Sabe lo que es, es el carromato amarillo del hombre al que llama “sartenero”, porque sabe arreglar agujeros en las ollas para que mamá pueda volver a hervir sopa o patatas en ellas. Pero mamá le llama “hojalatero” o “afilador de tijeras” porque también sabe afilar cuchillos y tijeras. Viaja con un caballo y un carromato, en el que duerme, y también tiene un perrito de pelo blanco y lanoso, que es un poco más grande que Tippie, un perro ruidoso que ladra a cualquiera que se acerque demasiado al carromato, pero él consiguió ganarse su confianza y con el tiempo pudo acariciarlo y jugar con él. Y el sartenero también le permitió verle reparar agujeros en las ollas y afilar cuchillos y tijeras sobre una gran piedra redonda que hacía girar mientras pedaleaba. Pero tal vez el perrito no lo conozca ahora, porque el hombre se alejó durante mucho tiempo. El hombre siempre es muy amable con él, y también con mamá, a quien le cae bien, una suave risa de asombro siempre brota en su vientre cuando él le habla. 

Corre hacia la mancha amarilla y, cuando está a mitad de camino, el perrito empieza a ladrar furiosamente. El sartenero sale y sonríe amablemente al ver al niño. Tranquiliza a su perrito y se sienta en la escalerita del carromato. Emocionado le cuenta cómo se escapó jugando al escondite, sobre su viaje por el trigal, el alquitrán que sale de los volcanes, el camión de bomberos rojo con el que deberían haberle dejado jugar en la casa alta, pero con el que al final no le dejaron. Pero, sobre todo, habla de la niña de pelo largo y rojo y cara pecosa, a la que su madre levantaba tan alto que parecía flotar hacia el sol. 

El hombre le escucha sonriente, le escucha atentamente y no encuentra nada extraño en lo que dice, asintiendo constantemente con la cabeza para animarle. Habría querido decir, después de la historia de la chica que tanto le fascinaba, que a él también le gustaría que le elevaran tan alto, pero se contiene, temeroso de que el hombre se ría entonces de él, y no quiere tentar a la suerte, porque nunca antes se había sentido tan comprendido. El hombre le dice que mañana va a arreglar un montón de ollas y a afilar un montón de cuchillos y tijeras, y que puede venir a mirar todo lo que quiera. Luego se levanta y va al carromato a buscarle una taza de té con una galleta. Mientras tanto puede jugar con el perrito, que ya está acostumbrado a él. 

Fervorosamente satisfecho, acaricia la cabeza del perrito e intenta retozar con él, como antes. El hombre le llama al cabo de un rato, el té está listo y le permite sentarse en un mullido sillón para beberlo. El té es dulce, pero de un dulzor extraño, y el hombre le dice que es porque le ha puesto miel en lugar de azúcar. La miel viene de las abejas, explica, y eso le parece un poco espeluznante. El té también tiene un sabor amargo que no había probado antes. Se siente un poco cansado de tanto hablar y se hunde en el sillón. Un momento para terminar el té y luego tiene que ir a casa, donde mamá ya debe de haber puesto la mesa. Siente que la tensión disminuye, que le pesan los párpados. 

El hombre le quita suavemente la taza de té de las manos y va a enjuagarla al fregadero. La seca y mira al niño dormido. 

“Vale,” piensa satisfecho. “Ya está atrapado.”

 

© Jos den Bekker

Amsterdam, julio 2024

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Jos den Bekker

La poesía portuguesa y la actualidad literaria del país hermano va retomando presencia en nuestras librerías y ámbitos culturales como no se percibía desde hace mucho tiempo. Quizá no ocurriera así desde el fenómeno editorial con que Fernando Pessoa arrasó en nuestros pagos desde mediados de los 80, fundamentalmente, por las traducciones de Ángel Crespo y Perfecto Cuadrado, entre otros, que taparon otras escrituras, voces y rumbos. 

La actualidad es otra muy distinta hoy en día. Lejos incluso nos empiezan a quedar nombres como Al Berto, Nuno Júdice o José Luís Peixoto, por citar a la carrera, gracias a esta continua renovación propuesta por el Instituto Camões. Y a la gestión de Filipa Soares, alma directora de esta difusión que, sin prisa ni pausa, trae nombres tan relevantes como el de la novelista Ana Margarida de Carvalho y su estupendo El gesto que hacemos para protegernos la cabeza (2025), entre tantos. 

O el poeta que hoy nos ocupa, José Rui Teixeira (Oporto, 1974), profesor al frente de la cátedra Poesia e Transcêndencia (Sophia de Mello Breyner Andresen) de la Universidad Católica de Oporto, pero apenas conocido en España, a pesar de una dilatada obra recogida en Autopsia (2019), a la que se sumó Habeas corpus (2022). Este Hitoritabi [o el libro de Maquisai] del 2025, en estupenda traducción de Martín López Vega como carta de presentación, en una cuidada edición bilingüe, así debe hacerse siempre, y por el esfuerzo editorial de Gallo de Oro. 

Chus Pato reflexiona en el prólogo al libro sobre esas subdivisiones con que José Rui Teixeira escamotea su decir último, bajo nombres de diosas orientales como Uzume, la diosa que baila y cuyo nombre se bifurca en dos cantos: Kaeribana o el diálogo con una mujer con el mismo nombre que la diosa y Shimijimi, o el reencuentro del poema y el poeta consigo mismo. 

Y, sin embargo, a pesar de la originalidad y suntuosidad de la propuesta, yo me quedo con un tono reflexivo herido que vive en el fondo del vaso, ese tono con que George Gadamer define a la poesía que así puede llamarse. O, si prefieren, el empleado en el diálogo elegíaco de José Rui Teixeira con el tiempo, la amada y la muerte, en el asimilar el luto y “aprender a llorar”, según dicta en un emocionante poema. No solo, pues esa espiritualidad de la madurez, con su plática con lo perecedero y “otras semánticas / botánicas de otras gramáticas” retornan al origen al hilo de la muerte de la amada, al oikos familiar que empapa sus versos en un saber transformarse en emocionante memoria, en vuelta al origen donde el yo se identifica en su precariedad antigua entre el hoy y el ayer en el duelo: “La casa de mis abuelos tenía el suelo de tierra batida / y paredes encaladas de blanco. / Cuando anochecía, / la muerte venía a palidecer la casa de verde / y el cansancio de pobreza”. Pobreza de entonces, pobreza de ser ante la muerte y que, cuenta, apenas se apoya en el bastón de la poesía para sostenerse a duras penas. 

En ese diálogo visual, experimental, marcado por letras de diferente tamaño, José Rui Teixeira va filtrando esa soledad de fondo, extranjería o extrañeza del estar irremediablemente solo, y que el apagar de la luz para dormir, despierta y hace poema. Soledad, miseria, interinidad, incertidumbres luchan en esa fantasmagoría de lo incierto contra la resistencia, “La fe es una herramienta sin descanso”, la fe en sobrevivir, con todo, como resistencia en el “La vida es siempre a pesar de todo”, aunque el sinclinal tienda a la melancolía y a que su nombre quede “debajo de la tierra o bajo los escombros”. 

Y es que, a pesar de ese esfuerzo por hacer del poema “un vado” o “un azogue para daños colaterales”, un espacio donde entenderse, siempre fracasa, y nos vemos abocados a admitir “una intemperie”. Y eso cuanto expone través de los filtros, esa resistencia, ese fracaso del poema ante la vida, aunque “afila las palabras” y no duerma, pero cierre los ojos. O, si prefieren, esa lucidez y precariedad del verso ante la vida, el resguardo en esa decantada espiritualidad que busca el silencio y la noche donde encontrarse, exorcizar el dolor, o presentarse a través de voces que sortean la falta de pudor del yo desnortado, donde el descanso precisa o “ama la espesura de las sombras”. 

Y con ese tono o “el lugar de ser hombre” cuando la soledad se impone y brilla espléndida la realidad aunque “(…) ya no somos / quien fue amado”, nos llega esta reflexiva propuesta distinta y sin pacto.

Escrito en Sólo Digital Turia por Rafael Morales Barba

La insistencia (Pre-Textos), la última obra de Jordi Doce (Gijón, 1967), discurre por un tono más amargo de lo que acostumbra (se abre en marzo de 2022 y se cierra, justo, dos años después). Quizás “sea la hora de sembrar astillas”. Formado por aforismos, pequeños ensayos, ocurrencias o citas, hilvana los géneros con una atmósfera que va engendrando imágenes e ideas estimulantes, hermosísimas. Su acercamiento a cuestiones relacionadas con la literatura disminuye, para recorrer otros territorios como el ecocidio o el mundo tecnofeudal. Asimismo, tampoco ha compartido los fragmentos de La insistencia en redes, como gusta hacer. Al contrario, pareciera haber sido escrito en el recogimiento de un eremita. Sus apuntes son una buena gavilla para alentar la lumbre lo bello.

 

“No me considero un escritor profesional”

 

- ¿Cómo saber cuándo hay que atender aquello que nos insiste?

- Para mí, no digo que eso tenga que funcionar con cada persona, es fundamental la necesidad, creo en ella. No me considero un escritor profesional, escribo cuando no me queda otro remedio que expresarme a través de las palabras escritas. Pueden pasar días y semanas hasta que eso ocurre, no me preocupa demasiado, hasta que llega un momento en que hay algo que realmente me lleva a la paz. A escribir. Eso, por un lado. Es decir, esa insistencia tiene que ver con la necesidad, con la cierta urgencia íntima. Por otro lado, creo que el libro, cualquier libro, nace cuando uno encuentra el tono, cuando uno va con la voz, la voz a la que tiene que sonar el libro. Entonces, uno puede escribir cosas, pero el libro tiene otro tipo de coherencia, siempre tonal. Entonces tengo que inventarme al escritor, en mi interior tengo que inventarme al autor del libro. Que soy yo y no soy yo. Es una creación interna. Por eso cada libro es distinto, porque cada libro es un autor distinto, que lo genero yo. Cada uno tiene una atmósfera, mental, emocional, de conjunto. Una vez que termina el libro, ese autor desaparece. Yo ya no podría recuperar ese tono.


“Me atrae mucho la estetización de la desolación”

 

-¿Qué puede uno encontrarse en «los descampados de la mente»? ¿Qué tienen que ver estos descampados con los no-lugares que describió Augé?

- Bueno, efectivamente, en lo que escribo abundan los descampados, los no lugares, una fascinación por esos espacios de tránsito, por esos espacios intermedios. Creo que tiene que ver también con la memoria infantil, porque yo para ir al colegio tenía que cruzar por un barrio de descampados, en una ciudad que iba creciendo. Además, no sé si por inclinación o por lecturas, me atrae mucho la estetización de la desolación. Los grandes cineastas, grabadores, poetas o pintores han creado ese tipo de fantasmagorías, ese tipo de lugares desolados. Son lugares vacíos, despoblados, donde el sujeto está perdido o está desorientado, o simplemente abrumado. Una y otra vez me veo atraído por esos lugares.

 

- Hablas de “literatura de sensaciones fuertes y pensamiento débil”. ¿Se ha convertido este tipo de literatura en hegemónica frente a quienes escriben con vocación de ser testigos incómodos?

- Ya finales del siglo XIX, principios del XX, había literatura de sensaciones fuertes y pensamiento débil, y literatura comercial, por ejemplo, la novela sicalíptica, contra la que tanto escribió Unamuno. O sea, que eso ya existía, como existía el folletín y cierto tipo de novela aparentemente de denuncia, pero que era turbulenta y solo buscaba impactar al lector. O sea, que eso siempre ha existido. Quizás ahora lo que se ha perdido es la conciencia... la conciencia de que eso tiene su lugar, pero no es literatura, o al menos no es literatura seria, al margen de que ese tipo de novelas cumplan su función.

 

“El fragmento desnudo tiene mucho potencial”

 

- Qué intensidad la de los aforismos, como los que se entreveran en estas páginas insistentes…

- Los aforismos resultan difíciles de explicar, a veces son simplemente cabos sueltos que uno deja para el lector. Si los desarrollas, pierden la gracia de todo lo que promete. El fragmento desnudo tiene mucho potencial. Pero si lo desarrollas lo estás, de alguna manera, castrando.

 

- La magnitud del error, ¿tiene que ver más con el exceso o con el defecto?

- Seguramente no hay una relación de causa-efecto. Lo que sí es verdad es que cuando pienso en errores vitales, personales, tiene más que ver con el defecto, con cierta prudencia. Me hubiera gustado ser un poquito más... Indómito. Aunque, al mismo tiempo, te diré que esta actitud mía me ha permitido mantener cierta resistencia, una resistencia, si quieres, callada. No he sido nunca feroz, como esa antología de Isla Correyero, de hace muchos años, y que se llamaba así, Feroz, donde se postulaba un tipo de poesía en apariencia muy rompedora, muy desobediente. Lo que yo hacía no correspondía a ese tipo de poesía. Pero seguramente he practicado una desobediencia tácita, discreta, que a mí me interesaba más.

En cualquier caso, si hago un repaso vital, efectivamente, los errores que más lamento se debieron al exceso de obediencia.

 

“He tenido una desconfianza enorme al poder, en todas sus manifestaciones”

 

- ¿Obediencia a qué?

- Bueno... fui un hijo muy obediente. Y a partir de ahí, todo lo demás. He tenido una desconfianza enorme al poder, en todas sus manifestaciones. Esa obediencia, y esa desconfianza al poder me ha marcado mucho.

 

- En un momento hablas de los márgenes de la escritura, de las riveras. Rivera, etimológicamente, está emparentada con “rival”. Cuando uno escribe, ¿tiene más rivales más allá de lo mismo?

- No creo. Por lo menos en mi caso no es así. No, creo, no.

 

- Entonces, reformulo la pregunta: ¿A la contra de qué se escribe?

- De todo. Creo. No lo sé. Partimos, de nuevo, de la base de que no me considero un escritor profesional. Soy incapaz de escribir los géneros tradicionalmente considerados. La novela, sobre todo el ensayo. No sé, es que no te podría responder esa pregunta. Evidentemente creo que cada libro es distinto.

Por un lado, estoy escribiendo como la contra de lo que ya he escrito. Por otro lado, escribo inventándome ese autor interior, desde esa diferencia entre los autores interiores que he comentado antes.

 

- En este libro hay una crítica constante de fondo, táctica, inhóspita, del mundo que nos rodea.

- Sí, además del ecocidio. Por ejemplo, una crítica a la forma en que el poder actúa de una manera casi impúdica. Las trampas en las que concurren muchos los que han sido maestros, que de repente se han dejado domesticar. No sé, es un libro en el que, más que estar a la contra, lo que está es incómodo.

 

“Hay una visión un poco pesimista de la comunicación humana”

 

- Hay un momento que dices que cuando un poeta habla se declara culpable. ¿Por qué?

- La materia poética tiene que ver mucho con la subjetividad. Bueno, con un pensamiento que no es propiamente conceptual. Y cuando uno habla cuando no se le exige hablar, hay algún tipo de culpabilidad, a eso me refiero. Pero ya comenté que glosar un aforismo lo mata.

Por otro lado, tengo siempre la sensación de que hablamos de más. Y, por tanto, todo lo que decimos es reo del malentendido. Y, por tanto, en el momento en que estás escribiendo y hablando te expones a ese malentendido y te expones a que todo eso que tú has dicho sea recogido en tu contra. Al mismo tiempo, uno tiene que hablar y tiene que decir algo. Pero siempre hay esa ambivalencia con respecto al malentendido.

En otro libro digo que en cuanto uno sale de casa empieza el malentendido. Y algo de eso hay. Hay una visión un poco pesimista de la comunicación humana.

 

“He disfrutado mucho con la poesía ajena, me ha proporcionado grandes instantes de belleza”

 

- ¿Sólo es la poesía la que evita que uno pueda contar el mundo sin echarlo a perder?

- Como decía antes, el problema de explicar los aforismos es que aquello que pueden tener de poético se pierde. Pero creo que hay algo muy hermoso en la integridad de esta pregunta. Habla de la tentación de querer atrapar ese instante de belleza. La experiencia que tienes es que lo atrapas, pero cuando vuelves a las palabras, te das cuenta de que eran palabras. Con los años aprendes a dejar un poquito en paz la vivencia has querido atrapar. He disfrutado mucho con la poesía ajena, me ha proporcionado grandes instantes de belleza y la he visto al servicio de una realidad y la he visto realzar esa realidad, enriquecerla. Eso nunca me ha pasado a mí releyéndome. Aprendes a entender que, a lo mejor, basta con decir unas cuantas cosas, no hace falta abrumarlas con palabras, sino buscar las palabras que atrapen el cálido eco de su placer. No hay que olvidar que a veces dices, escribes, y eso tiene un efecto de tierra quemada, es decir, que esas experiencias quedan consignadas o cerradas en palabras, como si el

 

“Escribir es estar en un estado de receptividad, estar abierto a la sorpresa”

 

- ¿Cuánto de juego, de lúdico tiene la escritura?

- Mucho, mucho. Primero, porque la escritura tiene que ser una sorpresa total, ajena a cualquier tópico. Para mí escribir es estar en un estado de receptividad, estar abierto a la sorpresa, a lo que surja, a la ocurrencia, estar dispuesto a ser sorprendido por el proceso. La escritura fragmentaria a menudo se ha confundido con juegos de ingenio u ocurrencias verbales, con el chiste, con algo, en definitiva, un poco trivial.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

15 de enero de 2026

La escritora alemana Charlotte Gneuß (1992, Ludwigsburg) irrumpió en la escena literaria con una prosa que disecciona sin anestesia la memoria reciente alemana, el peso del pasado y la construcción íntima del miedo. Formada en pedagogía social y en escritura creativa en Leipzig y Berlín, su literatura combina un rigor casi documental con una sensibilidad afilada, siempre atenta a los mecanismos que regulan —y deforman— la vida cotidiana. Con Los confidentes, publicada en español por Acantilado, Gneuß confirma que es una de las voces jóvenes más perturbadoras y necesarias de la narrativa europea.

Karin, Paul, Marie y la ciudad: Dresde. Nombres que resuenan como ecos atrapados en habitaciones demasiado pequeñas. La novela se abre en una RDA sin filtros ni nostalgia retro, muy lejos del romanticismo de los discos de Lou Reed o de la mitología del Berlín de Bowie. Aquí no hay glamour, solo la humedad de los muros, la vigilia constante, el miedo que se instala en los huesos. Y en ese paisaje, la huida de Paul no es cuento de iniciación ni melodrama juvenil: es el recordatorio de que el amor, en un estado policial, también tiene un expediente.

Gneuß afina un extraño extrañismo. Cada gesto parece desplazado medio centímetro fuera de la realidad, pero nunca tanto como para que podamos refugiarnos en la ficción. En su mundo, la promiscuidad convive con un encorsetamiento férreo; los matrimonios abiertos chocan contra un sistema educativo que parece diseñado para limar la imaginación. Todo —el cuerpo, el deseo, la filosofía, las disciplinas científicas— sirve a la araña vasta del socialismo real. El capitalismo, la enfermedad; la RDA, pionera nuclear, madre férrea. Una lógica que se repite como un susurro colectivo: adaptarse o caer en la locura. Alemanes orientales nacidos en el socialismo, alemanes que no conocen Alemania.

La protagonista vive atrapada en ese laberinto de silencio y vigilancia. Un padre agotado, casi roto, que se desplaza en un Skoda que huele a derrota; una abuela que guarda verdades incómodas en la memoria del bombardeo; un novio, Paul, convertido en delito de fuga: “Para mí Paul era todo”, confiesa ella. Y con esa sentencia empieza el inventario de pérdidas. La Stasi convierte el amor en un asunto administrativo, una mancha hereditaria. Cada ruta, cada visita, cada conversación es sospechosa. “Plauen es casi Hof, y Hof es territorio fascista”, le dicen. Paranoia como idioma materno. La abuela, que sabe que los que bombardearon Dresde son los mismos que ahora controlan sus vidas, obviando las heridas sin cerrar, afirma: “La historia que aprendes en la escuela es la que ponen en la radio y la que sale en el periódico. Todo es mentira, créeme, jovencita”.

En este territorio moral desfigurado aparece Wickwalz, el agente que nunca termina de mostrar su rostro. Un funcionario ambiguo, familiar y monstruoso a la vez, con su amable reparto de cigarrillos y su vigilancia nocturna. Gneuß lo perfila como un personaje de claroscuro expresionista: seducción, amenaza, hasta una sombra de deseo incierto. Más que un hombre, es el brazo —tembloroso y persistente— de un sistema que convierte la intimidad en materia estatal. Hasta la diversión parece repartirse en cupones, raciones de dulce, viñetas censuradas. La educación, el lignito, Elogio del comunismo, de Bertolt Brecht, la geografía (solo existen las naciones afines, con esa manera de designar a las repúblicas, todas variadas, todas atrofiadas en su democracia, todas con rimbombantes nombres que se refieren al pueblo y a la libertad). El capitalismo es enfermedad, es carbón no rentable. “¿Por qué todo tiene que ser tan secreto?”.

Pese a todo, es una novela sobre adolescentes. Y la autora no olvida la fragilidad luminosa de esa edad: los primeros besos, el vértigo del cuerpo, la convicción de que el mundo puede romperse si la persona amada se va. Pero también la pedagogía política que perfora esa inocencia: “No puedes ligar tu felicidad a una persona; debes ligarla a una idea”. Una frase que resume el delirio piramidal de una sociedad que se proclamaba igualitaria mientras repartía miedo por niveles. Todo lo contrario de un ideal socialista.

Gneuß trabaja la confusión como si fuera un material táctil. La novela avanza en una especie de duermevela moral donde el tiempo parece más denso, más lento, como si la narración hubiera aprendido a respirar bajo el agua. Relaciones que se anudan y se deshacen, escenas que parecen sueños filtrados por la realidad socialista, silencios que retumban más que los gritos. Hay algo somnoliento, sí, pero es un sopor cargado de electricidad, un estado de alerta disfrazado de calma.

Los confidentes no es una novela histórica al uso ni un tratado de memoria. Es un viaje emocional a un mundo fracturado donde cada detalle —una palabra mal dicha, una mirada desviada, una cama sin hacer— puede convertirse en un signo de amenaza. Gneuß captura con una precisión casi quirúrgica la mezcla de vergüenza, culpa y deseo de respirar que marcó a una generación nacida en un país que ya no existe. Y lo hace con un estilo que combina ternura y sombra, hasta dejarnos con esa pregunta que incomoda y permanece: ¿quién miente cuando todos creen decir la verdad?

 

Charlotte Gneuß, Los confidentes, traducción de Alberto Gordo, Acantilado, Barcelona, 2025.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

15 de enero de 2026

Magdalena Lasala, zaragozana, narradora de lo orgánico y constructora de ficciones históricas que la han colocado en la historia de la literatura aragonesa y española, siempre encuentra un espacio en su literatura para la poesía, su profesión favorita, su libertad hecha palabra. 

La concesión del Premio de Poesía José Antonio Ochaíta de 2024 ha permitido que sus lectores recibamos una nueva entrega de su construcción lírica, perenne, personal, siempre reconocible, con la publicación de La piel del cielo. Su temática, la forma de sus versos, letanías paganas, sensualidad de arena y estrellas, la emparentan con algunos de sus libros más recientes como Vivir la vida que no es mía (Resurrección, 2010, Zaragoza); Aquel sabor de lo invisible (Huerga y Fierro, 2014, Madrid) o su última propuesta, El amor, la vida y tú que apareció el año pasado en la editorial Olifante. 

La piel del cielo se estructura en seis capítulos, de longitud variable, donde reina la mitología, el paganismo y la sensualidad. En el primero de ellos, “Sólo yo”, encontramos un parnaso impúdico y sensible, basado en el intercambio de los cuerpos salvajes, el sexo nutricio, el amor de herencia clásica y la presencia obsesiva dioses codiciosos y celosos. Al adentrarnos en “Osiris enamorado” leemos: «Soy el sueño de la muerte ebria de tu vida» y, a continuación, «El envidiado porque me amas, enamorado de la muerte». 

La dupla amor y muerte se intercambia en un cielo imaginado, en la noche de la caza: el sueño sagrado de Orión permanece detenido en “Oriónidas de otoño” y la cita que abre camino al verso dice: “El secreto que es silencio / como la lluvia que guardan los cielos / sin sospecharla”. Lectores de Magdalena Lasala que confluyen entre el Nilo y la Vía Láctea, contemplan retazos de un tiempo antiguo que nos acerca, a través de las construcciones de músculo y hueso, a las divinidades que cabalgan los cielos inhóspitos: “Esclarecen los rincones de los paraísos esparcidos / en aquel que sólo conocen los dioses y nosotros”, al seguir con la lectura nos cubre la tormenta, que trae sed atrasada: “Lloviendo el amor de nuestras lenguas lácteas”.

El demiurgo, lector y leído a la vez, avatar del personaje que se acerca a los dioses con el deseo del aprendiz, un chamán que esculpe sexo y amor, descubriendo los resquicios de energía que se transmite hasta convertir las pieles de los amantes en jardines prestos para la visita y el goce. La sucesión de los poemas atrae al lector al trance místico: Tilos de octubre, los ceros del loco, vuelta a un tiempo confuso: “Atravieso la puerta de Orión al cielo” y de un mes al otro, de octubre a diciembre, chocamos con la piedra loca del amor en la boca de Alejandra Pizarnik: “Debo testificar el invierno y la luna fría de diciembre.” Extraída la locura, en el umbral contemplamos a Saturno y la poeta enhebra un juego cabalístico. Hay sitio para cualquier religión, ampulosa y cargada de simbolismo: “Como minutos de una a ocho, nuevos peldaños de la noria interminable”. En la tercera parte, “Constelación del amado” se enumera la voz como apósito de las lenguas y las lenguas como herramientas deslizándose sobre el destilado del placer. Un firmamento próvido: “Guía de los milagros de los hombres/que envidiaron los dioses”. El poema, versículo y oración, acaba siendo la réplica de los aullidos, la narración que recoge el caminar de nefilim, que unidos carnalmente a las mujeres humanas, en su condición de hijos de dioses caídos son el sustento de los cantes anteriores al diluvio. Solo en el recuerdo del poeta cuando tiene algo de mago y mucho de sacerdote, alcanzamos esas primorosas estancias: “No hace frío, pero dejo/que tu chaqueta me abrace antes del vino/y de besar tu cuello”. Casas de Orión, lugares en los cielos, flamígeros como una tormenta, que avisa, retrasada y salvaje, nos cubre con intenciones eróticas. Es esa la luz verdadera que cubre el día. En la cuarta parte, “El cuerpo del cielo” es la lágrima la que acomete el papel de lucero y gota: “Bordar con mis dedos de gigante rendido/tus pequeños montes”, casi sin darnos cuenta ha pasado otro mes, junio: “Donde nos lleva el día infinito de esperar la noche juntos” y el mismo poema, “Sigo de rodillas/orando ante la perfecta proporción desnuda/de tus horas infinitas”. Adriano, alma que se deja moldear, yema de los dedos, tiento eterno de la adolescencia. En la Imposición de Eros, quinta parte del manuscrito, encontramos a los titanes, sueltos por fin de las cadenas, reclaman los cuerpos antiguos, es Prometeo un cantante de rock caído en desgracia o un escultor de las arcillas de piel y hueso. Sacerdotes, talladores, diadúmenos al raspar cuerpos propios y ajenos y saciar con ellos el apetito que implosiona. Al final, sexta parte que lleva como título “Recuerdo del amado”, nos acostumbramos a hacer del pasado un espejo donde reflejar el carisma: “Recogía la piedra dormida por siglos/que aún esperaba tu regreso y tu desnudo glorioso”. Y en la estación final, Hera, madre y hermana secreta, trae la muerte del frío con el verano. Y el poema cierra, como no podría ser de otro modo: “Miro tu piel gemela del cielo/emergiendo de la noche sobre tu boca/Sobre tus sueños imposible”. Magdalena Lasala, con una obra inmortal, acomete la singularidad de sus versos a través de construcciones monumentales, sustentadas en cultura profusa, identificándose dentro de un canon eterno e imperecedero. Esta obra es parte y sello de esa catedral de palabras y cuerpos en la que sus lectores nos refugiamos.

 

Magdalena Lasala, La piel del cielo, Córdoba, Berenice, 2025

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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