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Configurar sentido descendente

Nazareth Castellanos: “Hay demasiada euforia con la Inteligencia Artificial, pero bien utilizada podrá hacernos mejores”

El currículo de la neurocientífica Nazareth Castellano (Madrid, 1977) incluye trabajos de investigación y docencia en prestigiosas instituciones dentro y fuera de España como el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Complutense de Madrid, el laboratorio de Ciencia Cognitiva y Computacional del Centro de Tecnología Biomédica de la Universidad Politécnica de Madrid, el Instituto de Investigaciones Cerebrales Max Planck de Frankfurt y el Instituto de Psiquiatría del King’s College de Londres en el Reino Unido.

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Escrito en Conversaciones Revista Turia por Angélica Tanarro

9 de junio de 2026

 



Están aquí y allá: de paso,

en ningún lado.

Cada horizonte: donde un ascua atrae.

Podrían ir hacia cualquier fisura.

No hay brújula ni voces

Ida Vitale 

 

 

 

La literatura del exilio siempre se ha hecho así: entre dos mundos, con un lenguaje doliente, herido, con voces de aquí y de allá. Está marcada por la soledad, la nostalgia, la tenacidad por reconstruirse en cualquier parte, lejos de casa. No soy exiliado, pero como inmigrante me identifico con aquellos que echan raíces de inmediato, aunque no dejen de soñar con el regreso al terruño. Me solidarizo con su espíritu de resistencia y optimismo ante la incertidumbre, el vacío, la adversidad. La literatura de los exiliados, como la de los inmigrantes, está hecha de ganancias y pérdidas, choques culturales, sueños incumplidos y promesas. Se talla en el presente, en el hogar de adopción, en nuevos escenarios y con otros registros, diferentes a los del origen, pero en el momento menos pensado vuelve la mirada sobre el hombro y descubre intacto el pasado, ese ayer que no acaba de irse nunca y nos marca para siempre.

Eso y más hallamos en la literatura de Ida Vitale y Gustavo Pérez Firmat. O en la de Juan Gelman, Angelina Muñiz Huberman, Raúl Zurita y Claribel Alegría. En todos ellos, la letra expone las fracturas ocasionadas por el desplazamiento. Las heridas supurantes, los cortes que no terminan de cerrar. Lo que se atrofia. Lo que no se puede recuperar. El exiliado escribe para conectarse con el lugar del que proviene, aunque este ya no exista y sea, más bien, una figuración, un hogar inventado que poco o nada tiene que ver con la realidad del presente. Su literatura está marcada por el sentimiento de saber que no pertenece porque proviene de otra parte, sin importar el tiempo que resida en el hogar de adopción. Su sentir es, invariablemente, el de aquel que está de paso, aunque hayan pasado muchos años desde la llegada a ese otro país que a veces, en ciertas ocasiones, parece suyo.

En Una casa lejos de casa. La escritura extranjera (Valencia: Ediciones Contrabando, 2020), Clara Obligado reflexiona sobre la no pertenencia de los exiliados, sobre su lengua y su literatura. “Llegar a un país desconocido es triste y adánico, temible y apasionante, antiguo e inaugural. Morir de añoranza y curiosidad. Caminar por un bosque de comparaciones” (74-75), sostiene la escritora argentina, exiliada en Madrid desde 1976.[1] Es vivir en un mundo de analogías, donde hay que desarrollar, por necesidad, una visión doble de la vida. Incluso si llegas a un país donde se habla tu lengua, pronto entiendes que las palabras no siempre tienen el mismo significado ni suenan igual que en casa. Porque es posible ser extranjero en tu propio idioma, reflexiona Obligado, y tiene razón. La supervivencia de todos los que hacemos el hogar en tierras nuevas depende de convivir con otros acentos, apropiarnos de otros modismos, nombrar de manera distinta, aceptando la condena de la incomprensión y la perenne consigna de ser el otro, el foráneo, el que no pertenece, aun si por momentos parece incorporarse a la cultura dominante.

El libro de Clara Obligado nos hace pensar en las estrategias de los hombres y mujeres que, al verse desplazados de la patria, pasan por una especie de “mestizaje íntimo” (78), un choque o encuentro de idiomas, expresiones culturales y dialectos que solo tienen sentido para aquel que habita dos mundos a la vez, o que se sitúa justo en el medio de ellos. En la frontera. En el intersticio. El escritor que se halla en esa situación debe crear “un puente de palabras” (81). Para poder nombrar, para dejar que el idioma de la infancia converse, en el reino de los afectos, con el de la vida actual, con aquel que nos toca habitar. Solo así es posible sortear la incomunicación, los equívocos lingüísticos, las palabras que se abandonan porque los nuevos interlocutores no las entienden, o las que se adquieren por costumbre o por necesidad, para que la comunicación fluya y no cause desconcierto, malestar. La pérdida del hogar y la falta de pertenencia se observan ahí: en la lengua del exiliado, en su forma de conjugar, en el nuevo acento que adopta como estrategia de supervivencia, o en las cadencias de antaño a las que se aferra, en las palabras que ahora utiliza, en las que traduce diariamente, en cualquier conversación donde sigue siendo un extranjero. Es un tema al que vuelve Clara Obligado con insistencia, como vemos en Todo lo que crece. Naturaleza y escritura (Madrid: Páginas de Espuma, 2021), en Tres maneras de decir adiós (Madrid: Páginas de Espuma, 2024) y en Exilio, ilustrado por Agustín Comotto (Páginas de Espuma, 2026). 

No menos punzante es Sandra Lorenzano al reflexionar sobre el exilio en su novela Saudades (México: FCE, 2007), donde una mujer intenta reencontrarse en un mundo hecho de ausencias, pérdidas y desaparecidos. Lo hace recurriendo a su lengua madre, aunque esta, por momentos, pareciera extranjera. Y lo hace también en su poemario Vestigios (Valencia: Pre-Textos, 2010), donde las voces y murmullos apenas se acercan a la tierra prometida y las palabras nunca parecen suficientes para describir una tragedia. En Herida fecunda, libro ganador del XV Premio Málaga de Ensayo “José María González Ruiz” 2023 (Madrid: Páginas de Espuma, 2024), Lorenzano vuelve al tema del exilio con una prosa poética que busca desesperadamente retratar los dilemas de aquellos que se ven obligados a dejar el hogar para echar raíces en otra parte. Al llegar a México en 1976, a los dieciséis años, Lorenzano hace todo lo posible por encajar, por hablar como los adolescentes mexicanos, y en gran medida lo consigue… pero a la larga reconoce sus carencias: “Perdí la lengua en algún lugar de estos diez mil kilómetros que me separan del pasado” (13). Pensando en las pocas cosas materiales que los exiliados pueden meter en una maleta antes de partir, la escritora siente que lo único que lleva consigo es el cuerpo y la palabra. El resultado de habitar perenemente una zona intermedia, el “entre”, el “in-between” de dos mundos distintos, se observa sobre todo en la lengua: “Hablo dos versiones del mismo idioma. Contaminados siempre uno por el otro, por mucho que intente mantener claras las fronteras” (42). Su escritura, hecha de otras huellas e idiomas perdidos, restos, vestigios, es su tabla de salvación, el vehículo que le permite volver a casa, para recuperar aquello que no fue pero que bien pudo haber sido. En otras circunstancias. Si la vida hubiera sido de otro modo, con otra gente, otras vivencias, otros cariños.

Ser hija del exilio es para Lorenzano vivir siempre lejos, con la certidumbre de que “lo seguro se vuelve inestable” (60). Es el naufragio, un hueco en el pecho, el vacío que dejan las despedidas en el aeropuerto y el deseo de volver. ¿A dónde? Nunca se trata de un lugar concreto, explica la escritora que se define a sí misma como argenmex, sino a un tiempo psicológico: “A la vida que no tuvimos” (81). El exilio es, sobre todo, una herida abierta, y en los mejores casos “fecunda”, una cicatriz en la que se aprecia el zurcido de la memoria. Una marca que esconde y revela el antes y el después de la partida. Una huella indeleble donde se ve el arraigo y el desarraigo, la dislocación, el desplazamiento, el anhelo de pertenecer y la imposibilidad de la pertenencia. Los que nos vamos de casa para no volver sabemos que es cierto, que debemos lidiar con estas incertidumbres toda la vida. No solo eso: “Quien ha sido desterrado, migrante, nómada, sabe que puede volver a serlo en cualquier momento. O, mejor dicho, que nunca dejará de serlo” 127). Tal vez por eso mismo el libro de Lorenzano está hecho de fragmentos, de retazos de ayer y de hoy, de experiencias propias y ajenas, halladas al caminar junto a algún eterno peregrino. En él las palabras queman, duelen y solo a veces sanan. Son suyas pero también de Clarice Lispector, Sylvia Molloy, Antonio Machado. Y de otros, muchos otros. Porque el exiliado busca una familia alternativa dondequiera que esté, y en las voces de esos otros, migrantes, desterrados, encuentra el abrazo, el calor de casa, la lengua perdida, el aliento para seguir respirando.

Para María Zambrano, la gran filósofa española que vivió un largo exilio debido a la Guerra Civil, el exilio comienza con el abandono, o con la sensación de sentirse abandonado. Es constatar que hay una insalvable distancia entre el presente y la patria perdida, y que el único destino del desterrado es peregrinar, sin puntos de apoyo, solo al fondo de la historia. El exiliado debe inventarse otra vida allá a donde va, enraizando una y otra vez, viviendo a la intemperie, entre escombros, refugiado en el silencio, pese a lo que parezca. Por eso mismo Clara Obligado siente que el exiliado es una versión distinta de aquel que fue. Al analizar una conversación con otros amigos exiliados, piensa: “Somos los otros de nosotros mismos… Ha llegado el momento en el que no sabemos qué es ir, qué es volver. Entre tantas otras cosas perdidas, hemos perdido el habla común” (115). ¿Cuántos de nosotros que vivimos lejos del hogar no sentimos algo parecido y recurrimos a palabras en desuso porque son las únicas donde aún nos reconocemos? ¿Cuántos no perdimos la voz, las cadencias de nuestro idioma, por el contacto con otras lenguas o para no desentonar con la gente de nuestro alrededor? 

Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy. Por todo y a pesar de todo, mi amor, yo quiero vivir en vos… Para Sandra Lorenzano el exilio es el miedo a volver y el miedo a no volver, el regalo de estar vivos, pero distantes de casa. Es la condena de vivir con la ausencia perpetua, envejecer “lejos de los testigos de la infancia. Sin la mirada que nos reconoce” (89). Pensando en las lenguas que habita, en las palabras que la traspasan de un castellano a otro, en su afán de pertenencia y en la imposibilidad de ser de un solo lugar, Lorenzano quisiera quedarse muda justo antes de la hora final: “Que otros escriban la gesta heroica de la resistencia y los exilios. Que otros más insistan en los gestos plañideros y las etiquetas. Si digo que me quedé tartamuda, ¿me entienden?” (160). Los que vivimos lejos de casa sabemos por qué lo dice. Entendemos su balbuceo, su identidad dividida, repartida entre varias partes de uno mismo. Es la voz del exilio. Entrecortada. Llagada. Potente. Engendrada en el intersticio del día a día, hecha de humo y ceniza, de todo aquello que hoy somos y de aquello que pudimos haber sido.  



[1] Cito de la sexta edición de su libro, publicada en 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Oswaldo Estrada

SEGÚN LA AUTORA DEL ENSAYO EL PUENTE DONDE HABITAN LAS MARIPOSAS, “HAY DEMASIADA EUFORIA CON LA IA, PERO BIEN UTILIZADA PODRÁ HACERNOS MEJORES” 

YOLANDA CASTAÑO, UNA DE NUESTRAS POETAS MÁS INTERNACIONALES, LO TIENE CLARO: “LA POESÍA ES UNA EMOCIÓN QUE PIENSA” 

TURIA TAMBIÉN PUBLICA UN OPORTUNO ENSAYO DEL JUAN J. VÁZQUEZ SOBRE VIRGINIA WOOLF Y EL CÉLEBRE CIRCULO DE BLOOMSBURY, EN EL QUE EXAMINA EL PAPEL DEL INTELECTUAL CONTEMPORÁNEO Y SU RESPONSABILIDAD MORAL 

Los lectores del nuevo número de la revista TURIA, que se distribuye este mes de junio, podrán disfrutar de dos entrevistas a fondo y en exclusiva con dos protagonistas de perfiles muy diferentes pero que comparten una intensa trayectoria que acredita la pasión con que ejercen sus respectivas inquietudes: la investigación y divulgación científica en el caso de Nazareth Castellanos y la creatividad literaria en el de Yolanda Castaño. A ese dato se añadiría, sin duda, otro ingrediente fundamental: ambas han hecho del cultivo de sus intereses intelectuales el motor que ha guiado también sus vidas. Por otra parte, y si tenemos en cuenta la proyección y el reconocimiento que sus respectivas obras y personalidades han obtenido a nivel nacional e internacional, resulta acertado afirmar que son dos nombres propios de indiscutible relevancia para la cultura en español.

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Escrito en Noticias Turia por Instituto de Estudios Turolenses Diputación Provincial de Teruel

4 de junio de 2026

Sobre la creación de la poesía, sobre el poeta y la poesía, Enrique Villagrasa (Burbáguena, 1957) escribe y lee: todo lo que ha pasado por delante de sus ojos, clásico y canónico, más todas las nuevas corrientes de poesía española. Desde su trayectoria como crítico, como codirector de la colección de poesía “Rayo azul” (Huerga & Fierro) junto a Óscar Ayala. Su obra más reciente incluye Queda tu sombra (Huerga & Fierro, 2019), La poesía sabe esperar (Igitur, 2019) y Fosfenos (Huerga & Fierro, 2024). 

Este volumen, En la esquina del verso (PUZ, 2026), publicado en la colección “La gruta de las palabras”, es uno de sus mejores libros. Comenzar con Miguel de Cervantes y dedicar el primer poema a Nacho Escuín. Indicativo de la situación desde la que el lector parte: “Solo vivimos y solo morimos, / consumidos por el poema no escrito”. Una imagen que siempre acude, ¿es el sonido del ahogo?: “El cadáver / del tiempo florecía”. Sobre el mar y el tiempo, pedir y escuchar, verbos y sintagmas que complementan al autor que, hermético, se desliza en la acción, en la sumisión del poema: “Que busca tu rostro ausente, / como el mar en su decir y desdecir” y atrapado por la mutación de lo euclídeo utiliza una palabra, Ucronía, que florece en un verso como el futurismo, como Giuseppe Ungaretti, una página en soledad, subversiva: “La fría mañana / nace sorprendida camino de la fuente”. 

Volver a otro tema, volver a otro verso, Enrique Villagrasa, con un camino recorrido, vital y poético, una larga trayectoria, recordar Fosfenos, la manera en la que enlaza el final de un poema con el verso inicial del siguiente. Un juego en el que Villagrasa nos hace cómplices. ¿Qué hace la poesía? Ofrece belleza, pero también es exigente: «Y el poema tendrá su revancha». Denuncia que los poetas ya no leen: con exclamaciones y preguntas, Enrique Villagrasa, ofrece paciencia, pero se muestra exigente en sus lecturas, más allá del camino cartesiano: «Es posible que el mundo defina / al mundo». 

Conforme avanzamos en el poemario la geografía emocional aparece y se convierte en determinante lírico, Jiloca (el mar y el tiempo): “Y allá en la misteriosa playa blanca, esa Belleza / no envejece el mar ni sus labios violeta”. Ritmo de verso larga, trepidante sobre las sílabas, allí, del Jiloca, puñal que arrastra el recuerdo del mar hasta Burbáguena. Villagrasa, de Tarragona a Burbáguena. Del Mediterráneo a la frontera, entre Teruel y Zaragoza. 

Nos adentramos en el poema IV, recogemos el verso: “En la gruta feroz de las palabras” madre que riega, “No te olvides de apagar el verso cálido / cuando abandonas el portal de su casa”. ¿Lo divino, lo cotidiano, la primavera tiene un apellido de verso frío? «El poeta es aprendiz: / cementerio de Burbáguena, / para ser amado». La distancia del oleaje, el recuerdo del mar: «Aquella ola que acaricia era salada: / ese mar incompleto pues faltan sus pasos». La poesía es luz, luz es Burbáguena (toda la luz, la poesía y Burbáguena): «Acaso tu niñez en Burbáguena no es el territorio de lo indecible? / ¿Acaso tus libros; cada uno, no está contenido/en el anterior; / y Fosfenos no contiene al siguiente sino?». 

El final del libro, desemboca en una geografía, una intensidad situacional de versos demoledores, de amparo en el recuerdo, contraste de oscuridad y mañana: "De noche tal vez sueñes con ella: / esa enloquecida ciudad y su mar./ Reconocer su voz fue tu rescate./ Y sin embargo amas su luz mediterránea”. Cerrar el texto, casi cerrarlo más bien, con un listado de referentes, de amigos y compañeros de viaje, de citas y protecciones: Juan Antonio Tello, Alfredo Saldaña y, de nuevo Nacho Escuín. 

Esa manera de intercambiar, de mirar de otro modo, de alimentarse del cierzo de Burbáguena como otros lo hacen del Ebro en Logroño, miradas diferentes en espacios distintos, es una manera eficaz de defender la poesía, como también extrapolar lo próximo, lo íntimo, al mundo: «El mundo es un dédalo de cenizas, / una geometría de escombros». Es este uno de los grandes libros de la notable obra de Enrique Villagrasa, lector y crítico, hoy, aquí, en estas páginas, impactante redactor de su tiempo, de su intimidad poética. 

 

Enrique Villagrasa, En la esquina del verso, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Con un poemario entre lo irónico, la denuncia, la retranca, el vuelo lírico y ciertas vetas de humanismo existencial, Jorge Ortega Marcos (Madrid, 1993) ha obtenido el Accésit del Premio Adonáis 2025 con Poliquetos (Rialp), un poemario del que ha destacado el jurado su «escritura audaz, que combina un existencialismo irónico con una crítica incisiva, sin retóricas vacías, construida con gran pericia métrica y rítmica y deslumbrantes aciertos verbales».

 

-¿Tan poéticos pueden resultar estos gusanos marinos, los poliquetos, como para nombrar un poemario? 

-Elegí Poliquetos como símbolo y juego. Por un lado, como mencionas, su significado de gusanos marinos buscaba aludir a sus aspectos primitivos, a su carácter oculto y su dualidad entre lo resistente y lo frágil. Así, el libro Poliquetos se presenta como un tratado zoológico dividido en tres partes (alimentación, hábitat y anatomía) donde la idea del gusano juega como una metáfora de lo urbano y lo obrero. 

Por otra parte, la etimología de la palabra poliquetos proviene de la gran cantidad de estructuras filamentosas (quetas) que les sirven a estos animales como tacto y locomoción. Así, buscaba presentarlo, a su vez, como un juego donde la multiplicidad de formas y estructuras poéticas presentes en el libro, quieren asemejarse a las quetas que utiliza el gusano para sentir y desplazarse. 

No obstante, para mí, la propia palabra poliquetos ya funcionaba por sí misma. La morfología y sonoridad de la palabra quise presentarla como un juego para la búsqueda de su propia significación.

 

-¿Cuándo conviene adentrarse en «la trastienda de los restaurantes», esos lugares en los que «se electrocutan las libélulas»? 

-Estos versos hacen alusión a uno de mis referentes poéticos, Juan Carlos Mestre, quien en uno de sus poemas termina con los maravillosos versos «es probable que la invisibilidad y estos hechos/ solo guarden relación con una libélula». Así, creo que es necesario mirar en nuestras trastiendas, aquellas que nos constituyen y nos rodean.

 

“El poema debe estar manchado por aquello que te salpica y te atraviesa”

 

-¿De qué se manchan las ideologías? Y el poema, ¿queda manchado por algo? 

-Para mí las ideologías están manchadas de pescado y puré precalentado. Están manchadas de sus propias incoherencias, y para mí, esto las hace ser más humanas. Qué aburridos son los -ismos (y los poemas) que no están impregnados de dudas y su contrario. Creo así, que el poema debe estar manchado por aquello que te salpica y te atraviesa. Como menciona Ben Clark (otro de mis referentes poéticos) citando a Paul Muldoon en una conferencia impartida en la Fundación Juan March, «un poema es una respuesta a una pregunta que solo ese poema ha formulado», y para mí, esto constituye su mancha.

 

-Para que a un sitio el poeta pueda llamarlo «casa», ¿qué se requiere? 

-Qué pregunta más complicada. Para empezar, dado el tiempo que nos ha tocado vivir y la crisis de acceso a la vivienda, diré «una casa» como hecho material y necesario. No obstante, querría traer otras dos citas al respecto, una de mi maestro y amigo Jesús Urceloy quien me ha enseñado que «el poeta no sale de su casa: entra en el mundo» esta casa-mundo es donde busco como poeta «mi casa». 

Además, en relación con esta primera necesidad, de la casa en su realidad tangible, quiero recordar aquel poema de Cesar Vallejo que dice: «todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos».

 

-Hay una reivindicación continua de la tensión entre clases, de la desigualdad que propicia. Para que un poema denuncie y mantenga el tono poético sin convertirse en un panfleto sin vuelo alguno, ¿qué se necesita? 

-No es una pregunta menor, la verdad que me lo han preguntado bastante en estos meses. Ciertamente pensaba que este debate de adjetivar la poesía es sus calificativos «social», «política», ya había acabado hace tiempo. Cómo no recordar a la generación del 50 con José Hierro o Ángel González hablando largo y tendido sobre esta cuestión. Mi única aspiración al respecto es estar a la altura y mantener un diálogo con aquellos poetas que están y aquellos que me precedieron.

 

“Es increíble la multiplicidad de lecturas que se pueden hacer a un poema”

 

-¿La poesía es la antítesis de la teoría de la utilidad esperada? 

-Es increíble la multiplicidad de lecturas que se pueden hacer a un poema, la verdad que no estaba pensado como la antítesis de la poesía, pero creo que tu mirada lo ensancha y lo hace más tuyo. Para mí ni la teoría de la utilidad esperada ni la física cuántica son antitéticas de la poesía. Quizás para mí la única antítesis de la poesía sea el «ruido» en todas sus connotaciones.

 

-«El capitán Ahab era supersticioso porque sabía lo que era la noche». ¿Conviene serlo? 

-Recuerdo aquella frase del capitán Ahab diciendo «yo le pegaría al sol si me faltara el respeto». Frase que aún me resuena cuando veo a personas pisando el suelo recién fregado o juzgando la diferencia. En cuanto al hecho de la superstición misma, volviendo a la idea de los contrarios, creo que hasta las personas más materialistas tienen algo de superstición en sus ideas.

 

“Es paradójico que en los momentos difíciles (como lo fue la pandemia) la gente acuda a la poesía y a la ciencia para refugiarse”

 

-La poesía, ¿qué capacidad tiene de reinventar el mundo, de ponerse en acción? 

-Responderé a esta pregunta cambiando el foco parcialmente. Yo trabajo en ciencia, concretamente en investigación con polinizadores. Contar esto genera casi siempre la misma reacción que decir «soy poeta». La primera reacción es: «qué bonito» (adjetivo que me chirría en gran medida) y la segunda es: «y para qué sirve». Sin embargo, es paradójico que en los momentos difíciles (como lo fue la pandemia) la gente acuda a la poesía y a la ciencia para refugiarse. De esta manera, contestaré con uno de mis poemas de cabecera de José Agustín Goytisolo «Tenemos una niña/ a la que a veces digo/ también con alegría:/ no sirves para nada».

 

-«Sé que todo es mentira». ¿Miente el poeta? 

-Como mencioné anteriormente, todo es su contrario en cierta medida, y más en el poema que aludes “Efecto Breit-Wheeler” que hace referencia a un concepto de la física cuántica que habla de la dualidad luz-materia. Por tanto, yo soy mi propio fingidor como diría Pessoa.

 

-Haber ganado un premio como el Adonais con un poemario tan políticamente combativo, ¿es como haber colocado una bomba en el corazón exacto de la muerte?

-Qué imagen más potente. Espero que no sea un diagnóstico grave y que puedan tratarse las bombas en el corazón. Para mí la colección Adonais es el sueño de un niño que escribía con la intuición de un chicle de melón. Espero estar a la altura, aunque sea de puntillas.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Esther Peñas

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