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Configurar sentido descendente

10 de junio de 2026

Hay libros que no se leen; se sintonizan. Volúmenes que operan como estaciones de onda corta emitiendo desde un sótano iluminado por el flexo de la memoria. El último artefacto de José Luis Gracia Mosteo posee ese magnetismo de la resistencia, un lixiviado del verso donde el humor cáustico, netamente aragonés, se traslada a las avenidas de Madrid para levantar un censo de ausencias. José Luis Gracias Mosteo (Zaragoza, 1957) ha sido docente, escritor y crítico. Ha transitado el terreno de la novela, El rock de la dulce Jane (Verbum, 2005) y la poesía, Blues de los bajos fondos (2008, con reedición en 2013) o Campos de Aragón (Olifante, 2024), pero quizá con el ensayo ha encontrado un lugar cualitativo entre la maraña de reseñistas, con el tumultuoso y recordado ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? (Éride, 2021) y que encuentra una cierta continuidad con este La leyenda del lugar inexistente (Éride, 2026). Lo que Gracia Mosteo despliega aquí no es una mera recopilación de solapas o un ejercicio de nostalgia funcionarial; es una biblioteca imaginaria al amparo de Jorge Luis Borges, un callejero desmitificador y nutricio que funciona como canon internacional y estrictamente personal. 

La estructura del volumen se asemeja a un museo de retratos orales, un plano secuencia que recorre la geografía del aislamiento, el alcohol y la soberbia literaria. El viaje arranca en el Retiro madrileño, bajo el signo cabalístico del 333, invocando a Marcos Ricardo Barnatán para entender cómo Borges terminó transmutado en adjetivo: “La lectura de sus libros se convierte cada día en su resurrección”- El veredicto del autor es inapelable: la lectura de sus libros es, en realidad, su resurrección diaria. A partir de ahí, la pantalla se llena de espectros. Gracia Mosteo invoca la calma contemplativa de Ángel González —ese poeta reconvertido en alimento para cantautores pop— y nos regala una deliciosa anécdota con Luis García Montero que contrasta con la transparente amargura de Carolina Coronado, un fantasma del siglo XIX atrapado en Almendralejo a la que ignorar es obligar a morir de nuevo. 

La literatura parece decirnos el autor, es una geografía de solapamientos trágicos. Ahí quedan los versos de Idea Vilariño, cristalizando la soledad y el desgarro de su amor por Juan Carlos Onetti. O Marcelino Menéndez Pelayo, atrapado entre el oficialismo rancio y su pasión clandestina por las mercedarias del amor: “Existe un fantasma en la biblioteca del paraíso, al que ignorarlo es hacer que de nuevo muera” Gracia Mosteo maneja el fragmento breve con la precisión de un montador de cine, reconstruyendo esa España contradictoria que bascula entre el olvido y la herida abierta de Marruecos, uniendo el desierto de Alhucemas con Arturo Barea, Félix Romeo y Ramón J. Sender. Para Gracia Mosteo —y en esto resulta imposible no contribuir a la militancia— Francisco Umbral sigue siendo faro, guía y océano indomable. Con todas sus contradicciones. Un Umbral que nos conduce inevitablemente a César González-Ruano, ese sujeto vampirizado por cualquier columnista con gusto. En una pirueta estética fascinante, el autor es capaz de hacer convivir en la misma página la escuadra y el cartabón de Ruano con el delirio lisérgico de William Burroughs. Porque Gracia Mosteo no calla. Saca los colores a los adalides de la distancia ética, esos "progres" de bolsillo lleno que confunden la literatura con el canapé institucional y el reparto de premios. 

Hay en estas páginas una profunda fascinación por lo británico, una rara avis en nuestras letras. El autor traza líneas de tensión que van de la agorafobia uruguaya de Mario Levrero al Leviatán de Kingsley Amis; una escalada de té sórdido y pastel de cordero que conecta a Oscar Wilde con Ian McEwan y la distopía matemática de Alan Turing. Incluso se atreve a señalar en el paraíso al maestro oculto de Michel Houellebecq y sucesor espiritual de Frank Zappa: un disidente absoluto. El texto aborda también las zonas oscuras de la historia. Al analizar el futurismo y la pulsión bélica de Gabriele D'Annunzio o Filippo Tommaso Marinetti, Gracia Mosteo nos advierte contra el error contemporáneo de juzgar el pasado con la miopía de la corrección política actual. De igual modo se adentra en la contracultura. ¿Dónde termina el letrista y empieza el poeta del rock? Frente al torbellino de caras de Bob Dylan —juglar de la aldea global galardonado con el Nobel— o la melancolía de Leonard Cohen, emerge la figura de Lou Reed, un cronista atrapado en las transiciones del realismo sucio de Bukowski, Carver o Auster. Lou Reed no es poeta, pero no podemos olvidar, esta consideración es exógena al autor, que sin Reed muchos de los escritores no se hubieran puesto frente a una olivetti para teclear al ritmo de sus canciones. Deberíamos zanjar el debate con un manifiesto antiguo y válido: la buena poesía nace ya dotada de su propia música. No necesita amplificadores. 

En este particular museo de retratos orales, Gracia Mosteo no levanta monumentos; levanta actas de demolición. El autor recorre las costuras de la República de las Letras para exhumar las envidias, las miserias biográficas y los malos alcoholes de una fauna tan brillante como mezquina. Es la crónica de un tiempo en el que la crítica literaria no se ejercía solo en el texto, sino en la fisonomía, mutando a menudo en crueldad física. Por sus páginas desfilan las semblanzas humillantes y los dardos cruzados entre tótems como Eugenio d'Ors, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez o Miguel de Unamuno. Una guerra de guerrillas que no entiende de fronteras y que Gracia Mosteo extiende a la literatura universal, rescatando agravios memorables como el que sufrió Jack Kerouac a manos de un implacable Truman Capote. Al caricaturizar al autor de On the road, Capote zanjó la cuestión con un desprecio absoluto que hoy resuena con fuerza en el libro: «Eso no es escribir; eso es mecanografiar». 

El tramo final del volumen funciona como una reivindicación de la poesía frente a la decadencia de la civilización. El autor transita de la perfección formal de Mallarmé y Coleridge a la pirotecnia visual de Vicente Huidobro, los caligramas de Apollinaire y el urbanismo metafísico de Giorgio de Chirico. Hay espacio para los poetas "raros", como el inclasificable ornitólogo marciano Ferrer Lerín, y para aquellos críticos que, al igual que los jóvenes reseñistas de Cahiers du Cinéma, saltaron a la creación heridos por la misma bala, la de la lectura o el visionario. Uno se siente identificado al notar la aguda visión de Gracia Mosteo, esta vez sobre el poeta transmutado en primerizo novelista: Los poetas que se pasan a novelistas, con sus primeras novelas inevitablemente autobiográficas, en la segunda se sueltan de la mano de los recuerdos. Tiene usted razón. 

Gracia Mosteo cierra su particular mapa con el reconocimiento al noble oficio de perdedor y consejero. En un mundo donde la literatura se ha vuelto un asunto escrupuloso para minorías ruidosas, el autor prefiere dejarse guiar por la generosidad visionaria de talentos puros y humildes como Mariano Gistaín y Ricardo Díez. Mientras el río de Ángel González se aleja hacia el olvido, este libro queda como un almanaque imprescindible. Una guía de resistencia para mitómanos insomnes.


José Luis Gracia Mosteo, La leyenda del lugar inexistente (Postales y patrañas del Parnaso), Zaragoza, Éride, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

10 de junio de 2026

El poeta vallisoletano, “poetófilo pre-postromántico”, según él mismo, Luis Alonso lo ha vuelto a hacer, ha cometido de nuevo, repetidamente, con alevosía y a traición, el delito de apropiación literaria indebida con fines de aprovechamiento personal, como hiciera en su deslumbrante Joyas robadas, ahora bajo el título, un tanto hiperbólico y ya delator de que ha continuado con el saqueo, Robé todo lo que leí. A partir de frases memorables de todo tipo va tramando una urdimbre, gobernada por la afinidad o el puro azar, como cualquier existencia, que a su vez traza un balizamiento biográfico y de su pensamiento, en un ejercicio harto original, mediante breves entradas numeradas, trescientas ocho en total, compuestas con un estilo ameno, en permanente estado de gracia y con el aderezo añadido de un humor muy sano.

Lo fragmentario, como indicio de una escritura rizomática, está claramente en auge en el género narrativo contemporáneo, es un semillero de subgéneros novedosos, híbridos, aun sin organizar y encasillar, pero que tiene éxito desde el reconocimiento del microrrelato o la notoriedad del aforismo. De uno de los pioneros en este arte del bloque narrativo en corto, Pascal Quignard, toma el título el libro que nos ocupa; el más destacado cultivador en español, Enrique Vila-Matas, cuyo Bartleby y familia aparece en el cuarto parágrafo, es el prosista de cabecera, junto a Jorge Luis Borges, de Alonso, para quien su quehacer respondería, con arreglo a la contracubierta, al género, “promiscuo”, de las “bibliomemorias”, pero bien podría hablarse, qué sé yo, de diario heterodoxo de lecturas con aire de divertido palimpsesto.

Se me antoja, en suma, agenérico, imposible de catalogar o encuadrar, como los maravillosos ensayos descoyuntados de Mark Strand o los impagables pecios ferlosianos, que en tanto tiene, en ambos casos. En el certero prólogo de Joyas robadas, Gustavo Martín Garzo lo calificaba como “manual de iluminaciones”, con mucha propiedad, porque en efecto todos los fragmentos de “material disperso”, engarzados temáticamente, constituyen, a mayores de prueba palpable del increíble dominio de letra e imagen del autor, un compendio entretenido, ingenioso y sugerente, no hay apuntamiento del que no se pueda extraer algo sustancial.

En cuanto a la estructura, el autor recurriría en su descargo, con su gracejo y donaire salerosos característicos, a la memoria de una de las películas fetiche de su niñez, que tanto le impresionara en el cine Omy de Medina de Rioseco, ay, hace muchos años cerrado, Tarzán de los monos; alegaría que como el protagonista ha avanzado en su escritura de liana en liana. O bien que le recuerda a las fichas de dominó en cualquier bar de entonces, en la sobremesa, un sol y sombra y un farias de dopaje. En realidad, se trata de una especie de encadenado fílmico, con los fragmentos enlazados por atracción semántica.

De cualquier manera, Alonso, talento e inteligencia siempre despiertos, se mueve como pez en el agua en estas lides, a la espera del encontronazo feliz con el hallazgo, un poco a la que saliere unamuniana o más bien en plan serendipia, que “consiste en salir en busca de una cosa y encontrar otra, casi siempre mejor”, como en el chiste vasco de las setas y el Rolex, sin descartar que responda a algún principio de la cuántica o de la teoría de redes que se nos escapa al común de los mortales y sospecho que también a los especialistas.

Con este formato, la calidad e interés dependen de la amplitud de miras del escritor, que afortunadamente, en este caso, es mucha. En este sentido, el libro es un chollazo, por menos de veinte euros nos llevamos a casa un alhajero de primera, con un rimero de ideas perspicaces, ocurrentes, divertidas, surgidas a raíz de algo leído o escuchado, cazado al vuelo. Para abrir boca, nos ofrece una frase desportillada, de las suyas, genialoide de forma involuntaria de la difunta Lola de España: “Hagas lo que hagas, abstente a las consecuencias”. No menos desopilante es la siguiente perla disparatada con la que nos obsequia, procedente de un alumno bachiller, de su mujer, que “atribuyó a Luis Cernuda una obra que, de haberla escrito este, hubiera sido definitiva: Deseo la acción de la quimera”. Y podríamos glosar con deleite una a una de las siguientes.

Alonso frecuenta los mejores caladeros de diarios, blogs, reseñas, artículos de opinión, viñetas o muros de Facebook para cobrarse y convidarnos a las piezas más lucidas y sabrosas, los títulos son su debilidad. Epicúreo y disfrutón, pesca de todo, de todo lo bueno, en cualquier sitio, con preferencia por lo musical (lo mismo se arranca por soleá, bulería o fandango que por bolero, copla, jazz, cuplé, tango o ranchera, que por su Billie Holiday o sus cantautores favoritos, por Imperio Argentina hasta Rosalía) y lo literario (poetas a decenas, como Anne Carson, Wisława Szymborska, Brines o su cofrade Luis Ángel Lobato; novelistas a porrillo: Valle-Inclán santificado, Umbral, Tabucchi, Landero, Lucia Berlin, Scott Fitzgerald, la Tocarczuk, Sara Mesa…). Echa el anzuelo además en multitud de campos: slóganes publicitarios, principios de física teórica, noticias de actualidad, proverbios orientales, la pintura o la IA, quién da más. Para derivar en una temática variadísima: de los relojes a los amores veraniegos o en triángulo, de la siesta a la inspiración, del subjuntivo al silencio, de la bebida a los viajes, de las fake news a las distopías, de los laberintos a las floristerías, de la nostalgia al adverbio, por poner algunos derrotes.

Para regodeo de antemano de sus agradecidos lectores y lectrices, este avezado narrador, letraherido contumaz (me temo que a él no le gustaría, por pedantesco y rimbombante, letraherido, preferiría, supongo, logolascivo), pues con diecisiete primaveras se zampó de un bocado nada menos que el Canto general nerudiano, así que irreductible, ha aireado que, en lugar de rehabilitarse de su vicioso descarrío como merodeador y “carterista de citas”, sigue perseverando en su impenitente propensión a la reincidencia, al declarar que está atesorando otro botín con el que cerrar con garantías y por todo lo alto una trilogía. Habida cuenta del intervalo de ocho años transcurrido entre las dos entregas editadas, esperamos con impaciencia que la demora sea menor, de tal manera que el alijo de remate, a buen seguro igual de nutrido y brillante, otro festín de referencias y reflexiones provechosas, otra mina en la que hasta lo que tiene pinta de baratijas o bisutería de mercadillo se transforma, a compás o por medio de elegantes driblings, gracias a su palabra, en diamante en bruto u oro de ley, vea la luz lo antes posible.

 

Luis Alonso, Robé todo lo que leí, León, Eolas, 2026.

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Fermín Herrero

Yolanda Castaño: “La poesía es una emoción que piensa”

No es extraño que los poetas, además de escribir, reflexionen sobre su proceso creativo. A ese conjunto de ideas subyacente lo llamamos poética. Así definen el sentido, el estilo y el propósito de su obra. Aunque es habitual en la poesía, puede aplicarse a toda la literatura y, por extensión, a otras artes. Más raro es que los creadores reflexionen sobre el marco económico en el que sitúan su trabajo y acerca de cómo éste condiciona la difusión de sus títulos y, en última instancia, su forma de vida. Crear exige tiempo, mucho, que compite con el dedicado a la familia o al trabajo mediante el cual se obtiene sustento.

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Escrito en Conversaciones Revista Turia por Instituto de Estudios Turolenses Diputación Provincial de Teruel

10 de junio de 2026

Cualquiera que intente acercarse hoy a la persona y la obra de Ingeborg Bachmann encontrará un panorama no menos que contradictorio. La apariencia moderna, independiente y llena de alegría de vivir de la única escritora austriaca capaz de cosechar con su poesía un éxito sin precedentes en la vecina Alemania de posguerra, de esa escritora, definida por los medios de comunicación como un milagro literario, que pronunció importantes discursos sobre el estado de la poesía escrita en su lengua en aquellos difíciles momentos para el arte, todo ello no era en realidad más que la faceta visible de una compleja personalidad.

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Escrito en Artículos Revista Turia por Isabel Hernández

La vigencia de Borges, a cuarenta años de su muerte, parece un hecho indiscutible. Sigue siendo objeto de lecturas, (re)escrituras, seminarios, homenajes, congresos y polémicas, por no hablar de memes, parodias pop y citas (no siempre apócrifas) que circulan por las redes sociales. Pero, ¿qué Borges leemos? ¿El escritor y su obra se han mantenido iguales a sí mismos o podemos hablar de un nuevo Borges leído desde el siglo XXI?

En “Pierre Menard, autor del Quijote” (1939), uno de sus textos más célebres, Borges imaginaba un (relativamente) apócrifo escritor francés que había logrado algunas páginas que reproducían, palabra por palabra, las de la obra magna de Cervantes. En el momento central del relato, el narrador cotejaba dos fragmentos de los respectivos Quijotes, que eran literalmente idénticos, para señalar sus importantes diferencias. La hipótesis, demostrada con desopilante inteligencia, era clara: el tiempo cambia los textos. Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, nadie puede leer dos veces el mismo libro. El texto no es un objeto fijo, clausurado, sino que su sentido se construye en el marco de una red de innumerables relaciones que se recrea en cada momento, en cada lectura, en cada lector.

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Escrito en Artículos Revista Turia por Lucas Adur

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