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Configurar sentido descendente

3 de julio de 2026

Aunque la poesía es -o puede ser- una forma de aprovechar las hendijas del verbo para hacer de la grieta una falla, una ruptura, y abismar el decir, encontramos en estos Indicios de Carlos Permanyer (PUZ, 2026) una forma de nombrar la experiencia vital sin salirse en el empeño fuera del lenguaje o, al menos, sin romperlo de una forma sistemática. Es por ello que percibimos en sus versos un desempeño limpio, fraseos cortos que dan lugar a un poema claro y abierto al lector, ante el que se muestran un texto de apariencia sencilla, pues es reflejo de un hablar directo, sin preámbulos ni parapetos. 

Estas señales indiciarias surgen de la observación de la naturaleza como metáfora o como paisaje habitual -tal vez como paraíso perdido-, y que constituye uno de los elementos vehiculares de la exploración. Al leer sus versos surgen varias preguntas: ¿Dónde se mira?  ¿Qué rostro confronta esperando respuesta? Y además esa voz, ¿dónde quiere hacer eco de forma natural? El poeta sabe, aún con todo, de esta ruptura y nos confiesa que su voz es apenas un hilo: “afuera, el mundo/ que intento descifrar […] todo parece destinado a un silencio interminable”. Y más adelante, “así es el asombro./ Conmoción y promesa”. 

El ser es fluir, pero el estar requiere un espacio. El poeta pretende “fijar en el tiempo este lugar./ Y después, lentamente,/ reconocerme en él. […] Como el río conoce/ el cauce, los barrancos y los valles,/ las rocas desgastadas,/ erosionadas, transparentes...”. Esos son, pues, los indicios: las marcas casi imperceptibles de lo que es, de lo que se perpetúa a lo largo del tiempo, de lo que permanece en eterno presente, es decir, en constante movimiento y, por ello, se somete a la naturaleza, pero se desgasta y la daña, la mella, la deja marcada para que indaguemos y podamos sondear lo pasado, que no es disociable del ahora o del porvenir, aún así inciertos. 

Esa discontinuidad es una mácula perceptible en el paisaje, es “un temblor de fondo. Un estremecimiento. […] Si lo intuyes, lo sabes”. Y genera una distancia interior, una saudade que se expresa abiertamente en el texto: “Tengo nostalgia/ de bosques y de valles,/ un mar en calma/ y de esta luz persistente/ en su fugacidad”. Todo lo que permanece es provisorio y, al desvanecerse, “solo quedan palabras en el tiempo”.

Para Permanyer, el momento es plenitud y el hecho de estar o el de transcurrir a través de ese instante en un lugar concreto, en un “aquí” para ese estar, genera sentimiento de inmutabilidad; una persistencia como la que inspira una roca hierática en el río, pues está sometida a un flujo que no controla, a la fuerza de un devenir o a un destino preestablecido, pero tiene la capacidad de permanencia, de resistencia, siempre que no se fracture o traicione a su ser. Esa piedra que se baña en el presente sabe, como lo supo Heráclito de Éfeso, que el río es otro cada día, que “todo transcurre sin darnos cuenta” y deja un “rumor que se adentra / en la penumbra”. 

Seguir es la única esperanza. Dejarse temblar, como titilan las estrellas: “Este silencio, esta nieve / serán acaso todo” y, ante esta realidad que parece envolvernos y que nos supera, afirma: “nada tengo que añadir”. 

El poeta, sin embargo, no parece encontrar que su existencia se encuadre dentro de la naturaleza que observa, y a la que considera irreprensible pues, al hablar de esa perfección en la creación subraya: “pero nosotros no”. Ser, pues, una roca: el indicio de una montaña que, tal vez, haya ya desaparecido. Detenerse, entonces, en ese tránsito. Y nos dice Permanyer: “Por este camino voy. / Bajo este cielo sueño. / Más allá de este horizonte, el mundo, / que desconozco, como un fulgor./ Lo que importa está aquí. / Me detengo. Soy”.

 

Carlos Permanyer, Indicios, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Ricardo Díez Pellejero

29 de junio de 2026

María Benítez Soldevilla (Alice Quinn) nos entrega su primer poemario, Mecheros para las hadas editado por Los Libros del Gato Negro. Su labor profesional y artística se encuentra plenamente integrada en su obra, que bebe de referentes pictóricos, cinematográficos y de la psicología sanitaria. Un libro que comienza con versos «¿Es Amor una palabra excesiva? / ¿Cómo es el peso de la sombra que proyecta?» En su léxico hay insectos, ninfas… el lenguaje de las hadas escapa de la metáfora sencilla: «Porque mi cuerpo fue ciudad asediada / y en sus calles resuenan -todavía- / los gritos de las víctimas / durante el exterminio». 

Acompañando imágenes potentes tenemos referencias a iconos y representaciones, de San Juan al arlequín, y el mundo de los juguetes de madera, llevándonos, ligeramente intoxicados hasta lugares extraños: «La luz evita tocarme, como si mi piel contuviera / todos los pecados del mundo». Impacta la imagen de los ángeles incinerados en el cielo, la geografía salvaje contra el tiempo: «Masticar diamantes, vomitar carbón». 

En un mundo angosto y asimétrico, lo simbólico se encuentra en el recuerdo de un mar profanado: «Una sirena sin talento para cantar, / pero muy buena escondiendo cadáveres» o de una playa sumida en una tormenta, amenazada por un extraño confeti: «En esta playa cubierta de cenizas / caen del cielo cadáveres de libélulas / y las gaviotas se estrellan con alevosía / contra el agua tensa». 

En el sueño, en la pesadilla, en los contrarios de la luz y la noche: «Cada sombra tiene/su propio miedo a la oscuridad». Cuando la naturaleza se niega a convivir con la derrota, encontramos fragmentos de versos que atraviesan el libro: «Mi sufrimiento es el acto atroz / de talar todos los árboles del mundo / para escribir un libro tras otros / y, sin embargo, / seguir siempre en la misma páginas, / sin poder pasarla». 

El sueño, la ausencia de sueño, el duermevela, hipnótico, narcótico: «Mi insomnio consiste en una voz que insulte/en que no puede dormir / porque escucha una voz diciendo / que no puedo dormir / y así la misma...». La escritora somete a sus poemas a un bucle infinito, una cinta de Moebius que cristaliza en el camino entre la boca y serpiente, la geometría del círculo, el misterio herético del número Pi. 

Encontramos, en la arqueología de citas, una serie de nombres: Ted Bundy y Alejandra Pizarnik, pero también Gata Cattana, Angélica Liddell y el Peter Punk de Leopoldo María Panero: “Vierto vinagre en la herida porque / hay que regalarla a diario”. De la juventud y lo físico: “Tu casa tiene una entrada que desconoces” o “Mi juventud es un pez que se escurre”. Virtud antiinflamatoria en el estigma de la química, sea el ibuprofeno u otro medicamento: “Vierto vinagre en la herida porque/hay que regalarla a diario” o “Antidepresivo que no te anima, pero te duerme” y “Buenas noches, no hagas ruido, / estoy amamantando / la vieja herida”. Un videojuego, el salto del conejo, encerrado en el manicomio del té turbio, Alice: Madness Returns. La familia: “Un día no quedará nadie a tu alrededor que / hay conocido a tus abuelos, aparte de ti”. Poesía y biología, caramelos y muñecas: “Fenómeno que se multiplica como el núcleo de un virus, / aunque a posteriori tiende a fragmentarse / como un vaso contra el suelo / cuando mi gata lo tira”. 

Unos pocos meses que dedican a la muerte, Lisbeth Salander y su cerilla, por dos, como Chantal Maillard. Hay tiempo para el fósforo y para otras extremidades de la química: “El agua me baila a mí / calmando las quemaduras de tu ácido” o “He pensado que deberías saber / que si las tuvieses en la tripa, / estarían todas muertas. / demasiado ácido”. 

La poeta, identificada con lo acuático, vende su voz, de sirena, hacia la isla: “Tragar pastillas para anular el grito”. Y es premonitoria: “Y todos los péndulos de los videntes giraban / ante tus fotografías” de una situación extrema: “La herida está llena de larvas / la vida cría en mi muerte”. La electricidad última, la de la batería: “Un electrodo en mi frente / la consciencia es material” y la de los últimos días: “Desde que ellas han llegado/el hospital de paliativos de mi cabeza / ha sido cerrado / y los enfermos dados de alta”. Todos los cuentos comienzan a arder cuando nombran a Wendy última entre las dríades. Un libro poderoso que marca el camino de una carrera literaria estimulantemente diferente.

 

María Benítez Soldevila (Alice Quinn), Mecheros para las hadas,  Zaragoza, Los Libros del Gato Negro, 2026.

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

29 de junio de 2026

Hay libros de poemas escritos desde una experiencia concreta y otros que parecen surgir de una intemperie mental, de un lugar donde pensamiento, memoria y lenguaje están sometidos a una presión extrema. La vida no fue sueño, de Juan Carlos Abril, pertenece a esta segunda categoría. Un libro sobre el desencanto, la pérdida, el envejecimiento; atravesado por la conciencia de la fractura contemporánea, por la sensación de que el sujeto moderno habita un territorio erosionado donde incluso la identidad aparece sometida a sospecha. 

Desde los primeros versos, el lector entra en una atmósfera de desgaste y lucidez. El yo poético contempla cómo “todas mis esperanzas y mis ilusiones” terminan convertidas en “un recuerdo / que se escapa”, y esa imagen inicial marca buena parte de la temperatura emocional del libro: la imposibilidad de retener el sentido. Sin embargo, sería un error reducir esta poesía a una simple elegía existencial. Lo que distingue a Juan Carlos Abril de tantos autores instalados en el culturalismo melancólico o en la confesión sentimental es la complejidad intelectual de su mirada. En estos poemas el pensamiento no sólo acompaña a la emoción: la cuestiona y la somete a una continua relectura. 

Hay una tensión permanente entre experiencia y discurso. El poema avanza mediante acumulaciones reflexivas, desplazamientos conceptuales y variaciones sintácticas que recuerdan ciertos procedimientos de la poesía meditativa contemporánea. El lenguaje se convierte así en un espacio de investigación. Uno de los grandes temas del libro es precisamente el agotamiento del lenguaje y, al mismo tiempo, su necesidad. “La poesía va y viene, / se encuentra en lucha con la vida. / La vida nos amarga, nos agobia, / la poesía libera”, escribe Abril en uno de los fragmentos más reveladores del volumen. Esa declaración funciona como una poética implícita: la escritura aparece como resistencia frente a la degradación de la conciencia. 

Formalmente, el libro se sostiene sobre tres poemas extensos y ondulantes que integran pensamiento abstracto, imágenes visionarias y modulaciones narrativas sin perder intensidad lírica. Hay momentos en los que la voz parece avanzar mediante asociaciones casi hipnóticas, reproduciendo el flujo discontinuo de la mente contemporánea. Esa respiración amplia recuerda en ocasiones ciertas zonas de los poetas del silencio o de la tradición meditativa anglosajona, aunque Abril evita siempre la imitación. Su tono posee una identidad reconocible: claridad filosófica, agotamiento emocional y resistencia ética. 

Es interesante la manera en que se incorporan elementos del presente tecnológico y psicológico sin caer en el exhibicionismo generacional. Expresiones como “realidad aumentada”, “palabras clave” o “curva de aprendizaje” aparecen integradas en el tejido del poema como síntomas de una subjetividad colonizada por nuevas formas de percepción. El yo poético piensa desde un mundo saturado de información, algoritmos y discursos fragmentarios. De ahí que muchas veces el poema adopte una estructura de deriva mental donde conviven terminología técnica, imágenes metafísicas y recuerdos íntimos. Esa hibridez produce algunos hallazgos poderosos, versos donde la abstracción filosófica se encarna de pronto en imágenes memorables, alcanzando una intensa dimensión visionaria: “la espada verde del fulgor”. 

La memoria ocupa también un lugar central. Recordar aquí significa enfrentarse a la inestabilidad de la propia conciencia. El pasado aparece erosionado, convertido en una materia ambigua donde ya no es posible distinguir entre experiencia real y deformación subjetiva. “Yo vengo del pasado y el pasado / sorprendentemente no existe”, afirma. Ahí se resume la lógica profunda del libro: la identidad se revela como una construcción precaria sostenida apenas por fragmentos de memoria. 

La vida no fue sueño dialoga con una larga tradición de la desilusión moderna, desde hastío el Barroco hasta la poesía existencial contemporánea. El propio título establece una inversión irónica de Pedro Calderón de la Barca: aquí la vida no es sueño, es desgaste y conciencia. El despertar no conduce a ninguna revelación trascendente, sino a una comprensión dolorosa de los límites humanos. Y, sin embargo, el libro evita el nihilismo absoluto. Hay una insistencia ética que atraviesa sus páginas: la necesidad de sostener la dignidad incluso en medio del derrumbe. 

Quizá sea precisamente la palabra “dignidad” una de las claves secretas del volumen. Aparece asociada a los derrotados, a quienes intentan sobrevivir sin renunciar a su verdad interior. “Quise cambiar el mundo / y ahora sólo espero / salir de aquí con dignidad”, leemos en uno de los momentos más conmovedores. Esa confesión resume también el cansancio histórico de toda una generación enfrentada al fracaso de los grandes relatos colectivos. 

El sujeto que habla en estos poemas se siente perseguido por la culpa, la desmemoria y el agotamiento, pero también intenta construir un espacio de resistencia a través del lenguaje. De ahí que la escritura aparezca como un territorio ambiguo: refugio y herida al mismo tiempo. “Mi dignidad es la poesía / entregada a su suerte”, leemos hacia el final del libro. 

Hay algo profundamente contemporáneo en esta manera de entender el poema no como un lugar de armonía, sino como un espacio de tensión irresuelta. La vida no fue sueño exige una lectura lenta, atenta a sus desplazamientos reflexivos y a sus recurrencias simbólicas. Frente a cierta poesía contemporánea dominada por el efectismo confesional o la simplificación emocional, Juan Carlos Abril apuesta por una escritura densa, intelectualmente exigente y moralmente incómoda. 

La vida no fue sueño es, en definitiva, un libro de madurez. Un libro que interroga la memoria, el lenguaje y la identidad desde una lucidez amarga, pero también desde una profunda necesidad de verdad. 

 

Juan Carlos Abril, La vida no fue sueño, Valencia, Pre-Textos, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Dionisio López

No recuerdo en qué momento preciso conocí a Marta Agudo. Tengo la sensación de haberla sentido cerca desde siempre. Podíamos estar meses sin coincidir, pero cuando hablábamos, volvían las sinergias que sólo funcionan con algunas personas y que hacen que sintamos como si hubiéramos estado con ella el día anterior.

Debimos de encontrarnos a comienzos de los años 2000, cuando ella fue a vivir a Madrid. Marta encontró en Madrid, como ha relatado Jordi Doce, un espacio propicio para encauzar sus inquietudes literarias: creó y dirigió la colección de poesía y pintura El Lotófago, de la Galería Luis Burgos; dio clases de escritura creativa en Hotel Kafka; fue miembro del equipo de redacción de la revista de poesía Nayagua, que edita la Fundación Centro de Poesía José Hierro; publicó (junto con Carlos Jiménez Arribas) Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (2005); ese mismo año se doctoró en Filología Hispánica con su tesis La poética romántica de los géneros literarios: el poema en prosa y el fragmento en el siglo XIX en España. En 2010 publicó, junto con Jordi Doce, Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente, autor al que dedicaría también otros estudios. Se ocupó también de traducir a Joan Vinyoli y editó algunas obras de Ana María Navales y Paca Aguirre. Además, y esto es lo más importante, publicó cuatro libros de poemas magníficos, de una coherencia, una intensidad y una verdad apabullante, un legado que crece día a día, a pesar de su aparente brevedad: Fragmento (2004), 28010 (2011), Historial (2017) y Sacrificio (2021), aparente porque escribir debió de escribir algunos libros más que no llegaron a ver la luz por su exagerada autoexigencia.

Para preparar este artículo he vuelto a leer sus libros, sus textos, sus entrevistas, los artículos dedicados a su obra… y he vuelto a abrir también los correos electrónicos suyos que conservo en la bandeja de entrada de mi ordenador. Y han regresado, de forma muy precisa, las afinidades electivas que compartimos: la devoción por Góngora, por el Barroco y por Valente; la comunión con algunos amigos, sobre todo en torno a la revista Nayagua, y a la Fundación José Hierro y a esta revista Turia, de la también era colaboradora (donde siempre había un pretexto poético para encontrarse); compartimos también un punto de vista crítico respecto a la situación de la poesía y la cultura contemporánea, capitalizada cada vez más por la publicidad y el mercado; nos unía así mismo el amor por el lenguaje, ambas habíamos estudiado Filología Hispánica… Había otra afinidad, ésta no elegida. Yo también había hecho la travesía del cáncer, un linfoma; hacía ya más de veinte años cuando a ella se lo diagnosticaron. Entonces intenté convencerla de que, si yo lo había superado, ella también podría hacerlo. Pero no fue así.

Como es obvio, escribo desde esas afinidades que nos vinculaban en la amistad, pero voy a tratar de  trazar algunos rasgos de lo que la hace única, lo que singulariza su escritura, porque ella no se parecía a nadie y encontrar una voz propia fue una de sus grandes obsesiones, hasta convertirse también en tema recurrente y metapoética interna en sus poemas, una batalla con el lenguaje, en la que ganó, –esta vez sí–, un lugar destacado entre los poetas de su generación, como puede verse en su poesía, que cada día crece en intensidad y nos sigue interpelando con más fuerza, desde esa voz que sólo es idéntica a sí misma.

Marta era filóloga vocacional. Le gustaban las palabras y eso se nota no sólo en sus críticas, en sus ensayos y en su poesía, sino también en su lenguaje directo, en su devoción por los juegos de palabras. Se manifestaba en su conocimiento de la tradición («Góngora, el maestro de la metáfora y la creatividad más audaz que sigue representando para mí la modernidad poética») y en su forma de transgredir y llevar al límite las palabras, de interrogarse por el sentido y buscar nuevos cauces del decir («porque acudes incierta/ a las palabras/ por verlas tiritar») (Fragmento). Letrada, pero irreverente, respetuosa con los maestros, pero siempre explorando nuevos territorios.  Como escribe Eduardo Moga, Marta era una de esas personas «poseídas por el lenguaje, esto es, conscientes de que el lenguaje nos configura: nos da el ser».

Y la Filología le dio a ella un esqueleto para su poesía. Como confesó en varias ocasiones, no era autora de poemas sino de «libros de poemas», necesitaba una estructura, un territorio donde sostener las palabras: «Nunca he sido autora de poemas sueltos, sino de libros, de conjuntos poemáticos. Necesito una estructura, algo así como un armazón generador que impulse el surgir de las palabras y las ordene», escribe en la nota que acompaña a su primer libro.

Esa estructura «filológica» no es únicamente aplicable a cada uno de sus libros y de forma explícita al segundo (28010), donde están a la vista las columnas vertebrales que la sostienen: Fonética, Sintaxis, Geografía, Secuencia, sino que la Lingüística y sus derivaciones, van a ser cimiento y soporte también de sus siguientes libros. Así, todos ellos se tejen a su vez en una estructura conjunta, que traza una circularidad de sentido, el ouróboros, ya señalado por Julieta Valero en su epílogo a la reedición de Fragmento: «Fragmento contiene su futuro poético… una condensación anticipatoria… todo estaba ya aquí» y conforma un «conjunto poemático» coherente.  Ese círculo que es también para la poeta «vida: existencia capicúa: nada-vida-nada” (Historial); «…El que nació con actitud de regreso» (Historial); «Entra en esta cadena irreversible y procura trazar la circunferencia del yo. ¿Estancia o desborde?»  (Sacrificio).

El homenaje gongorino de versos encadenados de su primer libro, o los puntos suspensivos que pespuntean los siguientes, van dibujando ese ouróboros con la apelación constante al origen, la auscultación de una genealogía y la memoria iniciática que en algún lugar se anuda al final inevitable, al destino seguro en la muerte… Así la Lingüística se impone como registro de la «angustia existencial» de ese transcurrir, como «desolación metafísica» («el relato de cómo se avanza hacia la muerte, de la nada a la nada», que diría Antonio Gamoneda); y como determinante del lenguaje poético en la conciencia del dolor, en el intermedio corporeizado, ese breve paréntesis de nombrarse materia efímera y en vilo, ese tiritar del lenguaje.

Por ello, me atrevo a aproximarme a sus versos emulando en estos breves apuntes parte de esa estructura lingüística para comprender un poco más su idioma poético, el lenguaje que configura de alguna forma su identidad y sus obsesiones como escritora.

 

Fonética

 

Así la voz, la forma de entonar en dialéctica con el silencio (tendencia poética a la que se la asimiló en su momento y que se queda escasa para definir su trayectoria). La música de las palabras, hasta el roce del aire al respirar, aunque sea en los confines más inhóspitos del ser, busca decirse a partir de esos primeros fragmentos, astillas, leves esquirlas, células o aforismos encadenados. Los sonidos y su representación escrita, la forma de decir un cuerpo y conjugarlo. Disponer cada letra, pronunciar cada nombre y hacer vibrar el espacio de la página en blanco. Un intento de inaugurar la vida de nuevo sin herida, trazar nuevos signos a partir de esas partículas esenciales. En toda su escritura hay un afán de poner en pie el cuerpo del lenguaje: «vértebra a vértebra yergues el discurso» (Fragmento), corporeizarlo, al tiempo que un afán por desintegrarlo para volverlo a fundar con otros nombres posibles. 

Desde su primer libro, ese afán de recoger las señales, las partículas mínimas del lenguaje, las células del significado: «Morse, zarza escrita. / Lenguaje hecho de tildes/ y puntos sobre pieles». Escritura que es tatuaje y cicatriz. El punto aparece como máxima concentración del sentido, el límite donde comienza y termina el lenguaje: «Anula el punto innúmeras palabras» (Fragmento). Nudo o nodo, extremo del ovillo donde arraiga todo el lenguaje. Ese punto fronterizo con el silencio, minimalista «lengua que abreva/ en la piel de los silencios» (Fragmento). Un motivo, el del punto, que volverá a hacerse presente en su libro final Sacrificio: «Lentamente contaré mis huesos uno a uno para que el punto final no sepa más que yo».

Es interesante observar la paradoja de cómo esa deconstrucción de las unidades más pequeñas que puedan ser indivisibles, de las mínimas partículas, es además recolección para armar otro sentido: «Dadme mis letras para recomenzar […]. Dadme, aunque sea un cero, pero uno completo, / cuadrado y sin fisuras» (28010). Aunque las letras, como las células, como las neuronas, a veces llevan impreso un signo de muerte: «neurona enferma/ que gira su curso/ ferviente hasta la red» (Fragmento); «…Mientras vivir se escriba con v de vacío…» (Historial).

A pesar de esa intuición de muerte anticipatoria, hay una búsqueda para recomponer el ser, para trazar esa identidad, que pasa por identificar un sujeto y sus complementos: «Ser en destrozos» (Fragmento), desmenuzar-se, en trazos, en metralla, ser en astillas y añicos. «Deletrea a fin de reconocerme». Así ese comienzo de 28010: «Me llamo Marta. Me llaman Marta», como certificado del nombrarse o ser nombrada.

En Historial volverá a pedir: «Dadme las siglas de una ajustada duración porque en el signo “más” el germen de los significados, las raíces del árbol que se empeña». La necesidad de decir desde la raíz del verbo; para que la cadena no se rompa en su germinar, es preciso anudar esas raíces porque: «Si en algún momento la cadena se rompe será la interrogación, la caligrafía borrosa del que se preguntó quién era él exactamente» (Historial).

Y en su último libro Sacrificio, comenzará precisamente su primer poema reclamando esos signos, esos eslabones perdidos en forma de vocales: «Ven y díctame las vocales de aquel soplo inicial para / que cada engranaje revierta su torreón y cualquier falla / tectónica aspire a ser verdad que no sangra. Pulmón y brisa…». Verdad sin dolor.

Conjugar los signos para descifrar los secretos del existir, como decía Calvino en una de sus Seis propuestas para el próximo milenio refiriéndose a: «una larga tradición de pensadores para quienes los secretos del mundo estaban contenidos en la combinación de los signos de la escritura: el Ars Magna de Raimundo Lulio, la Kábala de los rabinos españoles y la de Pico de la Mirandola… El mismo Galileo verá en el alfabeto el modelo de toda combinatoria de unidades mínimas. Después Leibniz…».

 

Morfosintaxis

 

Pero ¿cómo se forman las palabras y las frases?, ¿cómo las palabras arrastran su herencia y dictan su destino implacable? ¿Cómo ordenar «las sílabas del daño»? (Sacrificio). Tal vez las palabras declinadas en versos nos puedan decir con la morfología del pájaro («Y entre lo que soy y seré, una bandada de verbos» (28010). Cuando las palabras se desprenden de su peso: hacerse pájaro, soltar el lastre de lo utilitario para volar más libre, como en ese final de Del caminar sobre hielo de Werner Herzog: («Durante un breve y delicado instante algo muy dulce traspasó mi cuerpo agotado. Le dije: abra la ventana, desde hace unos días puedo volar».

Y tal vez conseguir la levedad necesaria para sobrevivir frente a la gravedad de existir. Como añade Calvino: «A la precariedad de la existencia de la tribu –sequías, enfermedades, influjos malignos– el chamán respondía anulando el peso de su cuerpo, transportándose en vuelo a otro mundo, a otro nivel de percepción donde podía encontrar fuerzas para modificar la realidad». El poeta como chamán o mago.

«¿Cómo nace entonces/ del verbo la honda mies?» (Fragmento) ¿Cómo armar el sentido de la escritura y de la vida desde el «espacio herido para el nuevo verbo»? (Fragmento) se pregunta la poeta en su primer libro. Ese espacio herido es la herencia, la genética que no sólo se aloja en los genes («¿Se hereda la estructura mental de lo escuchado?»), se preguntará en 28010. Hay una pulsión de fuga, un deseo de huir de ese determinismo genético y de los espacios dados: «¿Hacia dónde, pues, trazar la fuga?» (28010). La necesidad de «Volver a generar una sintaxis que no tenga filiaciones» (28010). La morfosintaxis concebida como «Repetición tras repetición para ir creando oraciones; llanura en la que tenderse a balbucir» (28010). Y como escribe al final de ese mismo libro: «Pero sujeto y verbo de nada sirven para mi boca antigua» (28010) Necesita fundar nuevas estructuras que se adecúen a su boca, a su poesía, a su decir. Encontrar su propia voz en la que el sujeto pueda predicarse: «Busco en qué punto de esta pierna el predicado. ¿Es el sujeto el corazón porque canjea ritmos o todo cuaja en una oración pasiva sin complemento agente? Los complementos circunstanciales marcarán la índole de tu existencia: el cómo, el sitio, la luz. Y la gramática: otro posible orden al que brindar la razón del sacrificio» (Sacrificio).  Aunque a veces le faltan las palabras: «Falta léxico, faltan letras…». Cuando ya no quedan palabras o las palabras ya no son suficientes, se sustituye por un «abecedario de agujas», con el que «escribir en braille mi último sueño» (Sacrificio). Una sucesión de puntos: incisiones. El cuerpo como libro.

 

Semántica

 

Mucho antes de que el cáncer llegase a su vida, la muerte ya tenía un protagonismo especial en sus poemas, como existencialismo vital, premonitorio, visionario. Al final de 28010 repite como un estribillo «Me llamo Marta, me llaman Marta y me persigue el idioma en que se expresa el moribundo». Toda esa carga semántica que es sino y signo de muerte es percibida como un legado del que no puede desprenderse. Aunque lo intenta una y otra vez apelando al silencio para resemantizar: «Y si la verdadera patria del hombre es el idioma: las pausas, las curvas, sus ritmos informales, habré de callarme para recomenzar» (28010). Así insistirá al final de 28010: «…frotarme las manos hasta que desaparezcan las huellas dactilares y en la explanada abierta de la palma poder sembrar carteles, opúsculos, las cadencias de mi sintaxis o la precocidad de un niño, consciente de ser niño, que muestra sus venas rotundas hacia el aire».

Pero enseguida volverá una de sus imágenes más potentes, la de «el cadáver que albergamos» (Historial), ese cadáver que vive dentro de nosotros desde que nacemos.

«El oficio puntillista de la muerte» (Historial) es un «Oficio de Tinieblas» laico y expresionista. Porque en la poesía de Marta Agudo –y esto forma parte relevante de la personalidad de su escritura–, a diferencia del tratamiento que le dan otros autores, incluido su admirado Valente, no hay asidero místico al que aferrarse; su Oficio de Tinieblas conduce a «una luz salvadora» y un espacio redentor que no está asociado a ninguna religión, sino diluido en el paisaje.  Aquí se cumple el «vivo sin vivir en mí» y «muero porque no muero», pero sin el «más alta vida espero». No hay horizonte de resurrección. Más bien al contrario, dios y lo relacionado con la religión se contempla desde una mirada crítica, escéptica o irónica: «el cáncer es un espacio; un espacio o la instalación de un dios expectante que disfruta observando cómo cae pletórica y de nuevo la roca de Sísifo» (Historial) o «¿Fue Lazaro el primer zombi de la historia?». Y se parodia la mística sin piedad: «¿Adónde te escondiste, azar, con dos fechas uncidas?»  (Historial).

En Historial asistimos a un auténtico despliegue del campo semántico del cuerpo y de la enfermedad: piel, esqueleto, articulaciones, vísceras, páncreas, pulmón, leucocitos, hematíes, cerebro, cortex… Incluso de medicinas, protocolos, errores médicos, daños colaterales… Con voluntad de dar visibilidad –como ya hicieran otras creadoras como Susang Sontag o Hannah Wilke– a una enfermedad, el cáncer, que sigue siendo tabú en nuestros días. Pero lo coloca en primer plano sin dramatismos, e incluso, en ocasiones, envuelto en ese sentido del humor, «a veces mezcla de juego y rabia», que la caracterizaba y que se convierte en asidero y consuelo: «La melodía de los contrarios: agudo-grave, grave-agudo» (Historial). O como cuando relata, en la obra inédita en la que estaba trabajando al final, su diario, Momento mori, ese colmo de las casualidades: que está tomando un medicamento que se usa contra el dolor y la ansiedad, precisamente llamado Lyrica: «He estado inválida de nuevo por la ingesta de Lyrica, olvidé que me había llevado hace más de un año a una crisis mental y física fuerte».

En continuidad con ese campo semántico, el motivo del mar y los desiertos de sal, y los glaciares, se irán definiendo como lugares del canto, horizontes donde se derrama la voz y la mirada, donde el cuerpo se disuelve en geografía y se funde con el paisaje, y hace posible la representación de lo indecible. Las blancas salinas desiertas, los mares petrificados, los hielos de la Antártida que se asoman a la portada de su ultimo libro, Sacrificio, están ya en el primero, Fragmento, y se anticipan también en Historial: «Alivia saber la Antártida, más ahora en esta habitación que compartes con una mujer y su máquina de oxígeno».

En las fotografías de Cano Erhardt encontró los paisajes que ella ya había descrito en sus poemas mucho antes de conocer esas imágenes. De hecho, como ha contado Jordi Doce, Fragmento, publicado en 2004, iba a titularse en un principio La desnudez del páramo. Y entre sus libros anteriores, de los años noventa, habría otro titulado Los vértigos amplios del blanco. Las fotografías de Cano Erhardt, de las series Altas soledades y Ralty Reflections fueron realizadas en 2015 en El Salar de Uyuni (el mayor desierto de sal del mundo), y en los desiertos andinos de la Reserva Natural Eduardo Averoa, en Bolivia. Marta Agudo escribió en 2017 el poema «Cuatro tiempos», donde dialoga con las fotografías de Altas soledades de Erhardt. Poema que tuve el privilegio de publicar en primicia en las páginas de Revista de Occidente (núm. 424, septiembre de 2016). Este poema serviría de coda al libro Historial, en 2017. En Veracidad del mapa (Galería Luis Burgos, Colección el Lotófago, 2021) título que procede de un poema de 28010. Marta Agudo declara en la nota final su deuda con Erhardt: «Me gusta pensar que con este libro se cierra un círculo que se abrió cuando la contemplación de algunas fotos de las series Ralty Reflections y Altas soledades, ambas de 2016, en especial las imágenes de salinas y sus formaciones exagonales, me llevo a escribir el poema «Cuatro tiempos», germen de lo que luego sería Historial. Más recientemente, el recuerdo de las fotos de glaciares y paisajes árticos que se incluyen en Wonder of Nature (2017-2018) ha impulsado y condicionado la escritura de mi último libro, Sacrificio (2021)».  En esas fotografías Marta Agudo encuentra materializadas las atmósferas trazadas en sus poemas, imágenes que hablan de la soledad en el límite de la abstracción. Las formas geométricas del vacío. Espacios vaciados de vida. Montañas de sal, paisajes donde nada crece salvo la luz de la desolación. Un mar que se desborda en las afueras. «Se derramaba la vida por los lados» se repite como una letanía: «Se derramaba la vida por los lados, pero dios nunca llegó» (Historial). Ese mar manriqueño («Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…»), ya estaba lleno de muertos en su primer libro. Por eso, escribe en Historial: «Mientras en los quirófanos se oiga el mar no habrá anestesia suficiente para el miedo».

Pero también, de alguna forma, y aunque parezca contradictorio, es un mar de serenidad. En su último libro, Sacrificio, nos recibe en la portada el frío de ese espacio glaciar, la luz detenida en ese azul transparente, y parece, por fin, reconciliarse con el lenguaje, entender la gramática de ese mantra: «He tenido que llegar hasta aquí para entender la caligrafía gozosa del mar».

 

Coda: la alegoría simbólica de las manos

 

En el libro que Marta Agudo realizó junto con Jordi Doce en 2010 sobre la obra de Valente, Pájaros raíces, se incluye un interesante ensayo de Rafael José Díaz titulado «Las manos del decir», donde se refiere a la mano como símbolo esencial en Valente, pero una mano cargada con la idea de «concavidad» (Mandorla) como hueco que guarda lo sagrado (Al dios del lugar). Las manos serán también un símbolo decisivo en la obra de Marta Agudo, pero, curiosamente, la suya no es una mano cóncava sino una mano abierta, una mano extendida. Quizás porque a pesar de sus querencias por Valente, no comparte con él el sentido de lo sagrado ni la conexión con la mística, como ya hemos apuntado.

En 28010 se refiere a las manos como un espacio posible, no cuenco, sino explanada: «Habré de callarme para recomenzar, frotarme las manos para que desaparezcan las huellas dactilares y, en la explanada abierta de la palma, poder sembrar las vocales de un lenguaje propio». Un espacio donde hacer el vacío, el silencio. Borrar las líneas de la mano, las líneas de la vida y las huellas dactilares, para huir del determinismo de la genética («¿El mal, el fatum?... / En las líneas de la mano tu alfabeto» (Historial) y encontrar un lenguaje propio.

Esa explanada de la palma de la mano abierta es papel en blanco y tabula rasa, coincide con la imagen de las salinas y es un espacio metafísico en el que se debate la contradicción y la pregunta que atraviesa toda la poesía de Marta Agudo: cómo sembrar «las vocales de un lenguaje propio» en ese lecho de sal, si todo lo que se escribe sobre la sal desaparece, se diluye: «La sal absorbe las huellas» («Cuatro tiempos»). Sería como escribir con tinta transparente o invisible.

Pero hay huellas que perduran y aún nos siguen hablando con sus manos, como las de las pinturas rupestres. En Sacrificio, precisamente, alude a las pinturas de Altamira, cuyas paredes están llenas de manos: «Sin pócima que nos salve, el bisonte de Altamira devana su cerebro un siete de diciembre de hace treinta y ocho mil cuatrocientos veinte años: en su certeza que nunca amplifica, las huellas de sus pintores reclaman auxilio».

Diría que, en esa tensión metafísica, en esa búsqueda del lenguaje propio, en la imposibilidad del decir la «palabra perdida» (María Zambrano) se alojan algunas de las claves de la poética de Marta Agudo, algunas de sus intuiciones esenciales y buena parte de «la verdad» de su poesía: «La gramática también zozobra por la piel y sus mesetas rubrican o apagan verdades» (Sacrificio).

Por último, un paratexto: en la dedicatoria de su libro Sacrificio, que nos envió en marzo de 2021, Marta Agudo dibuja esa mano abierta por completo, como las de Altamira. En torno a los dedos unos leves trazos bien situados consiguen añadirles movimiento, como si la mano se desplazase ligeramente a izquierda y a derecha, tal vez como un signo de despedida o quizás como un saludo en el que el movimiento de la vida sigue tiritando, como en sus poemas «…porque acudes incierta / a las palabras / por verlas tiritar» (Fragmento).

Escrito en Lecturas Turia por Amalia Iglesias Serna

10 de junio de 2026

Norteña, editado por Las Afueras, es el primer libro publicado en España por la compositora e intérprete mexicana Julieta Venegas. Uno de esos libros que se abren como se despliega un mapa topográfico sobre la mesa de un puesto callejero o como se limpia el cabezal de una vieja pletina antes de que la cinta de casete comience a rodar. 

Norteña, el ejercicio de memoria y arqueología sentimental entregado por Julieta Venegas, es exactamente eso: una bitácora de ósmosis urbana y una indagación sobre cómo se construye la espina dorsal de una identidad artística. El volumen no busca la complacencia de la hagiografía al uso ni el inventario cronológico de los grandes éxitos de estadio; prefiere instalarse en el sustrato, en la semilla, en los años en que las canciones no se buscaban porque tenían que salirte al encuentro. Una reconstrucción minuciosa de la génesis de una voz imprescindible para la cultura contemporánea en nuestro idioma. 

El relato se fractura en dos grandes placas tectónicas que definen a la autora: el desierto fronterizo y el monstruo urbano. En la primera parte, la infancia y la juventud quedan confinadas en Tijuana, ese territorio donde la frontera entre México y Estados Unidos no es una línea, sino una extensión infinita, una mezcla indisoluble, un plano urbanístico y sentimental que se estira hacia el Pacífico. La Tijuana que evoca la escritora es un ojo monstruoso que vigila y acompaña, una cuadrícula que nadie se ocupó de imaginar porque ya estaba construyéndose a golpes de urgencia y cemento. En ese paisaje de aguas frías y sucias, la autora invoca los nombres que poblaron el aire de su formación: José José, Pedro Infante, Rocío Dúrcal. Pero también la vibración subterránea de una época dorada donde la electrónica de frontera, el hip hop mexicano y el punk compartían los mismos centros culturales.

Es ahí, en ese cruce de corrientes, donde se gesta el viraje estético de la creadora. Norteña se detiene con agudeza en dos coordenadas clave que cambiarían para siempre la idea de la música popular y el rol de la mujer en el rock latinoamericano: los conciertos de Mano Negra y la irrupción icónica de The Sugarcubes con Björk a la cabeza. De esa mezcla de casetes piratas, novios de juventud y salas de ensayo precarias nace la necesidad de subvertir la tradición. La autora recuerda los esbozos, las maquetas grabadas en aparatos precarios, los amigos que poseían un ordenador lo suficientemente potente como para almacenar secuencias digitales. Hay una pulsión de pureza en su confesión: disfrazarse de colores brillantes junto a su amiga Ceci para invocar el espíritu lúdico de The B-52's, escribir canciones que le gustaran a su madre.

La ruptura con su primera banda fundamental, Tijuana No!, justo antes del lanzamiento del primer álbum, marca el fin de la inocencia periférica. La llamada de la Ciudad de México en 1995 funciona en el texto como el verdadero rito de paso. Las preguntas que se formula la creadora resuenan con la fuerza de un manifiesto existencial: «¿Para qué te vas? ¿Para qué me quedo?». El deseo no era meramente habitar el Leviatán, sino forzar a que la ciudad fuera suya, bordarse en su tejido, disolverse en su geografía. El libro describe con plasticidad cinematográfica aquellos trayectos interminables en autobús por las arterias de la capital, enlazando trabajos alimenticios con momentos de lectura febril —Tolstói, Flaubert— y la escritura constante de melodías que nutrirían sus composiciones durante los tres lustros siguientes. En el reproductor portátil de la autora, la amalgama volvía a ser deslumbrante: Bronco, Selena, Beck y la presencia totémica de Juan Gabriel.

El encuentro amoroso y creativo con Joselo de Café Tacuba y la irrupción de Francisco introducen un cambio de ritmo en el volumen. La creadora se adentra en el territorio del teatro, las bandas sonoras y los cortometrajes, expandiendo su lenguaje técnico. Es el momento en que el piano clásico se funde con la rigidez rítmica de la caja de ritmos, sentando las bases de su personaje público: la mujer de frontera armada con un acordeón. Norteña analiza con lucidez ese misterio tan propio de la cultura mexicana: la capacidad de tomar la tradición lírica y revolucionaria, la música que unía a padres e hijos, y transmutarla en vanguardia pop. Frente al silencio estructural que habitaba en las familias de la época, las letras románticas se convirtieron en el único vehículo posible para decir lo incomprendido.

La autora reconstruye con precisión el cambio de paradigma de finales de los noventa. Era un tiempo analógico, una era donde los discos dependían del presupuesto de una gran compañía, de horas encerradas en estudios profesionales, cuando las grabaciones domésticas eran una utopía técnica. En ese contexto, el debut de 1997 con Aquí, bajo el amparo de Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel, supuso un impacto sísmico. Al tomar los temas compuestos originalmente en un primitivo teclado Korg 01/W y volcarlos en secuenciadores digitales para luego reinterpretar las pistas con instrumentos acústicos, la creadora obró el milagro: facturar una obra profundamente orgánica y texturada desde una matriz tecnológica. Aquel rostro pálido, delicado y frágil, pero dotado de una presencia imponente que dominaba los afiches de tonos azules y verdes acuosos de la época, alteró las reglas del juego. No era after-punk, no era pop de diseño; era una solista cantando en español que demostraba que se podía amar el tango, el bolero y el folclor sin perder un ápice de modernidad, abriendo los ojos a una generación que buscaba vida más allá de las camisas de cuadros del grunge o el orgullo chauvinista del britpop.

Norteña avanza hacia el presente con la cadencia de quien sabe que el viaje de la memoria siempre es circular. Tras la consagración internacional que supusieron trabajos como Bueninvento, o Limón y sal, el texto nos traslada a su realidad actual en Buenos Aires, cerrando el mapa de influencias que conecta el norte desértico con el Cono Sur y su antigua fascinación por Soda Stereo. La obra se consolida así como un bellísimo ejercicio de honestidad donde las ciudades, la familia y los silencios heredados comparten el protagonismo absoluto con las canciones. La autora ha conseguido fijar en estas páginas la semilla de su aprendizaje individual, entregando un testimonio fundamental sobre el nacimiento y la consolidación de una de las voces más ricas, magnéticas y perdurables de la música contemporánea en nuestra lengua.

 

Julieta Venegas, Norteña. Memorias del comienzo, El Prat de Llobregat, Editorial Las Afueras, 2026.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

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