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LA REVISTA ANALIZA LA OBRA Y LA PERSONALIDAD DE JUAN MARSÉ, NUCCIO ORDINE, JAVIER MARÍAS Y JOSÉ CARLOS CATAÑO 

TAMBIÉN PUBLICA TEXTOS INÉDITOS DE SIGRID NUNEZ, IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN, RODRIGO FRESÁN O LAURA FERNÁNDEZ 

EN POESÍA OFRECE ORIGINALES DE, ENTRE OTROS, RAFAEL ARGULLOL, JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO, JESÚS AGUADO, EDUARDO MOGA, JUAN BUFILL, MIRIAM REYES, CARLOS ZANÓN,  ÁNGEL PETISME O JÚLIA PERÓ

La revista cultural TURIA publica en su nuevo número, que se distribuye este mes de junio en España y otros países, un sumario con interesantes artículos inéditos protagonizados por grandes autores de la literatura contemporánea. En ese listado de valiosos nombres propios que han escrito algunas de las mejores y más impactantes obras de nuestra época, hay que citar a autores como Juan Marsé, Premio Cervantes; al intelectual italiano Nuccio Ordine, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades; a Javier Marías, uno de nuestros autores más internacionales y eterno candidato al Premio Nobel, o a ese original escritor canario radicado en Barcelona que fue José Carlos Cataño.

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La madre toca a su hijo como si fuese un instrumento.

La culpa se ha vuelto una monedita pintada.

Algo en ella:

clausurado. 

Si tuviera ocho patas

ofrecería a las crías también yo

de mi carne. 

Fíjate en la de las criaturas, que está toda hecha de espejo.

Un brazo vicario y menudo en un

pulso contigo misma.

La ciega, la animal, la jíbara. 

La madre y el hijo negocian su poder con moneditas de plástico.

Comen y defecan ese mismo lenguaje.

Miedo, berrinche, elogio, confianza. 

Por el envés del día va gruñendo la madre su ternura.

Lleva como conchitas colgadas de un collar.

Culpa deber atención pertenencia. 

Se abrazan fuerte para que la dicha no llegue a derramarse.

Frotan de los paños lo que no desearon nunca.

Atándose al mástil de un amor tan fiero

algo en la araña quedó clausurado. 

El hijo y la madre comercian con su placer y su castigo.

Algunas manchas no salen jamás.

Micelio, título del nuevo libro de Laura Giordani, es una metáfora de la vida, del mundo, de la poesía. Las hifas que conforman el micelio tienen capacidad de crecimiento, degradan compuestos inorgánicos y neutralizan la toxicidad. 

En este libro, los acontecimientos que se cuentan: infancia, muerte del padre, presencia de los hijos, migraciones…, construyen una unidad que regenera las heridas y son la puesta en marcha de lo que se dice en la primera parte, “Micelio madre”, la “que nos sostiene” (…) “hacedora de olvido” (p. 23). 

Es la palabra poética la que repara el daño y convierte en alimento el detritus de nuestra experiencia humana. Nadie lo puede decir mejor que la propia poeta: el poema es el emergente de un texto mayor sumergido en la penumbra. El micelio nos conecta a los demás; cose todo lo que existe entre el cielo y la tierra, como el fresno de Yggdrasil en la mitología nórdica. 

En Micelio fluyen los poemas enlazados y nos sumergen en un camino espiritual, un camino místico, que conduce al Uno. Para “dar a la caza alcance” debe haber una rendición, “una áscesis inversa (…) seguir descendiendo hasta saberse sustrato, raíz, mineral (…) hasta diluir los bordes en la compasión del Uno” (p. 16). En esa oscuridad nace “el poema refucilo en la llanura oscurecida, como única linterna” (p. 16).  Hay que cavar “mirar hacia abajo, / con la misma reverencia / con que alzamos los ojos a la noche estrellada” (p. 22). 

En la segunda parte --“Familia”--, se cava en la propia historia. Bosques y personas son lo mismo. Para tratar de los exilios, a los que se vio abocada la familia, se nombra la madera de los barcos que atravesaron el Atlántico. La madera, vinculada con Jesús y con la cruz en donde murió, es un refugio, algo que nos conecta y nos vincula con la cuna y con el ataúd. La madera, el tirso que portaba Dioniso, símbolo de vida, de muerte y de éxtasis también, está relacionado, sin duda, con lo anterior. Bosques, maderas, naturaleza en general, son idénticos a nosotros. El ser humano es Uno con la naturaleza. No logran destruir esa unidad identidades ni aduanas. Nada puede fracturarla. 

Esta segunda parte de Micelio, es fundamental para ahondar en el recuerdo porque “somos lo que fueron nuestros ancestros, aunque no sepamos descifrarlo” (p. 35). Al igual que los árboles tienen líneas en los troncos, las tenemos nosotros en las manos. Ahí está nuestra vida. Todo lo que vivimos se derrumbó. De ese derrumbe, de la putrefacción, de las heridas, surgen la sanación y la belleza: “El daño / convertido en joya / de afilada belleza” (p. 37). 

De la historia familiar, se pasa en esta segunda parte del libro, a lo general, a la historia de toda la humanidad. Lo remoto, pasado mitológico, de la tierra madre, lleva a las relaciones más próximas: hijos, padres, abuelos. Con este material disperso, en el que cabe todo, se construye un refugio, un nido en el que viven personas concretas, pero también todos los seres humanos. El padre migrante, que cruzó el Atlántico tres veces, vuelve al mar que lo acogió y esparce sus cenizas con una sonrisa dichosa. El padre que se funde con los que llegan, con los que nunca llegaron, benditos todos. 

La tercera y cuarta parte, “Anomalías” y “Ternura en doce anomalías”, insiste en derrumbar lo que nos separa: los pronombres y la frontera entre vida y muerte. Porque los muertos no han soltado el amarre. Son las palabras las que han de tender hilos “entre lo visible y lo no visible” porque ellas son el invisible micelio que nos sostiene. 

La mayor herida es “ese desguace sin término de la infancia” (p. 70). Pero las heridas han de repararse, ahondar en ellas, fortalecerse con ellas, como en la técnica del Kintsugi, consistente en reparar con oro. Es la belleza de la imperfección y de la historia que cuentan.   

Laura Giordani cita a Rumí: “La herida es el lugar por donde entra la luz” (p. 70). Este libro es, también, luz y bálsamo, muestra heridas y las repara. En todo el libro fluyen la calma y la paz. A los pequeños se transmite el secreto de la vida, según Mateo. Hay que mirarla con inocencia, con los ojos de la inocencia. Es la fe (effetá) la que se nombra. Una fe fundada en la comunión con la naturaleza, en la seguridad de que formamos parte de ella y en la ruptura de fronteras entre los seres animados e inanimados. Es el hálito espiritual de Juan de la Cruz, cuando dijo: “Mi Amado, las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas…” Una fe que se manifiesta contra el horror y la violencia y que esgrime el poder de la ternura, “capaz de sentir el corazón de la piedra en la muerte” (p. 84).

La última parte, la quinta, “Por donde los huéspedes invisibles entran y salen”, nos muestra el infinito en que vivimos, vivos y muertos. Se rompen los límites en el silencio, en “el agua primordial que nos reúne”. El poema “revela la precariedad de los contornos y la hermandad de todo lo vivo”. Hay que “dejarse anegar / por esa agua inconfinable / que nos hermana”. La hospitalidad como apertura radical hacia lo otro será la manera de restaurar el daño. Pero también la contemplación de la naturaleza, del paisaje, hasta fundirnos con él como en la actividad japonesa “Momijigori” (p. 101). 

Es la palabra poética el micelio que nos sustenta, en donde vibra la vida secreta. “El poema debe transmitir, sin conocer, como una carta sellada” (p. 106). Ha de ser una escritura que muestre su revés, sus costuras, una deshilachada manta que nos cobija (p. 107). 

Con estas afirmaciones termina Micelio, verdadera poética, que deja al descubierto el trabajo de Laura: sabe que tiene que transmitir todo al lector, que debe abrirle caminos hasta lograr que se anegue en la palabra poética, para que ambos sean Uno también. 

Si un solo poema logrado puede salvar a un libro, Micelio tiene un río de poemas impactantes. La autora nos guía, paso a paso, por el mundo-micelio, nuestro sustento, regenerador de las heridas. Nos ofrece una historia para darnos al final su concepción de la escritura y del lenguaje poético, guardián de la carta sellada. Pocos poemarios pueden abrir tantos caminos. Pocos poemarios tan comprometidos.

 

Laura Giordani, Micelio, Chile, Ril Editores, 2025.

Firmándola Jean Echenoz, ese gran escritor francés actual, esta novela, la última que aparece (por ahora) traducida, es algo, o mucho más, que una de espías, que también lo es. Es, sí, o también, una parodia del género, pero ojo con hacer de la palabra “parodia”, un lugar común; o si lo es, si se quiere ver así, que sea una parodia, es una inteligentísima novela de espías, con todos los matices que se quiera, y enriqueciéndola -Enviada especial, la novela- con una sutilísima línea de humor. Los lectores fieles de Echenoz recordarán seguro otra novela, Lago (1991, 2016, Anagrama), en la que ya trataba este género de espías, quizá de forma más disparatada, y con un humor de mayor calibre, que esta que nos ocupa. Así que, vayamos por partes. Uno como lector no vive nunca en una cápsula de aire, aislado, y uno desde su capricho, y desde su juego de dados con el azar, se ha encontrado, en este caluroso mes de julio, cuando la envío a la revista, cumpliendo los plazos establecidos, leyendo a Echenoz a la vez que disfrutaba (re)leyendo a Boris Vian y  a  Jean-Patrick Manchette, esos dos estupendos escritores que, siéndolo ambos, escritores, han engrandecido desde siempre la novela policiaca a la manera francesa. Pues lo mismo ocurre con esta novela, una de espías, del gran Echenoz, un autor emparentado con, entre otros, dentro de la órbita del país vecino, Pierre Michon (por cierto, a Michon le entrevistan en el canal francés internacional TV5, que la protagonista femenina de la novela encuentra en la capital de la hermética Corea del Norte, a lo de Corea voy enseguida: lo de TV5 no sé si es sano y añejo chauvinismo, Echenoz sabrá, pero al parecer se ve en Pyongyang). Echenoz  es autor de un buen número de novelas largas y, muchas, cortas, muy abundantemente publicado en España (en Anagrama, sobre todo) y en mi reciente memoria de lector está esa trilogía -estupenda- de vidas noveladas dedicadas a Ravel -el músico-, al corredor checo Tras el Telón Zátopek -Correr- y al desdeñado y recuperado Hombre de Luces, Tesla -Relámpagos-, además de una brevísima y hermosísima historia sobre la Gran Guerra -14: no cabe más precisión minimalista…-. Estas, en fin, han sido mis lecturas de Echenoz más recientes, en la fresquera me quedan otras, aguardando la ocasión propicia, hasta encontrarme, ahora, con esa sutil y elegante novela de espías, no excesivamente paródica -que sí- y levemente humorística -que también. ¿Y Manchette y Vian? No tiene esta de Echenoz la violencia y la rabia de las de Boris Vian, ni la carga política de las de Manchette, pero de los dos algo tiene, sí, Enviada especial. Una novela que, como las clásicas del género -insisto, una de espías-, sigue más o menos la plantilla que está obligado a usar, para desde la primera página no dejar de ser Echanoz, de ir por su cuenta. Se nos muestra, sí, una leve intriga, una cierta -y disparatada, acaso inverosímil, también- operación encubierta de los servicios secretos franceses, o un empecinamiento de un general de esos SSF que aspira a hacer méritos sin encomendarse ni a dios ni al diablo -ojo, que esto no es un spoiler-. Tal vez a Echenoz del género, de los servicios secretos, de las operaciones encubiertas le atraía lo disparatado que ayer y hoy se esconde tras el mundo del espionaje: uno, este lector, el que no vive en una campana de cristal, ha sido muy partidario, estos meses de atrás, de las dos temporadas de Oficina de infiltrados, las peripecias de los servicios secretos franceses “en tiempo real” en Siria e Irán: una serie estupenda, un auténtico succès televisivo en Francia. Pues bien ese sutil humor, convenientemente subrayado y nada grueso, que uno veía en esa serie, lo encuentro, magnificado por el oficio literario de Echenoz, en esta estupenda novela. Una novela que tiene tres partes, la captación del personaje femenino para que haga de matahari en Pyongyang, el secuestro-preparación de la misma y la puesta en escena de sus encantos allá lejos, en la capital norcoreana. Echenoz utiliza ciertas (mínimas) convenciones del género para manejarlas en su terreno (literario). Le interesa más el ir y venir de sus personajes literarios por París, que la acción puramente aventurera. Y ciertamente ninguno del elenco tiene papel (insignificante) sin palabra de relieve. Todos, gracias a la pericia del autor, quedan atrapados en la tela de araña del lector o más bien este queda atrapado en la de Echenoz. Este se nos presenta todo el rato a pie de calle, literalmente a pie de obra, mezclándose con sus personajes, como si fuera uno más, omnisciente, eso sí, al modo decimonónico, quedándose ora con el lector, ora con uno de los personajes, al que le toque la china. Este acercamiento algo forzado –algo: hay que decirlo- le sienta bien a la postre al texto, levemente parodiado, como si Echenoz se burlara de las convenciones del género. Este carácter paródico, este uso, que no abuso, del humor se muestra más claro y evidente en la apoteosis final, la frustrada –y no digo más, que vivimos en tiempos de spoiler- operación norcoreana. No sé si Echenoz conoce de primera mano Corea del Norte, si ha estado allí, o se ha documentado a fondo, pero describiendo esa realidad, ese artificio de país, parece como si se hubiera divertido ante tanto disparate a mayor gloria del Nietísimo, el Líder Supremo (también es verdad que ayuda mucho a tanta risa esa pareja tan tintinesca, con algo de Hernández y Fernández, que son los dos guardaespaldas de la matahari inmovilizados por las estrictas normas norcoreanas). Estas páginas, por cierto, me han recordado mucho un viaje tolerado, organizado y controlado que realizó el escritor portugués José Luis Peixoto a aquel país y que con el título de Dentro del secreto. Un viaje por Corea del Norte editó no hace tanto Xordica Editores. En el libro de Peixoto, como en el de Echanoz la realidad es mucho más paródica que la ficción. Y de esto trata, entre otras cosas, esta novela, una de espías. No solo.- JAVIER GOÑI

 

 

 

Jean Echenoz, Enviada especial, Barcelona, Anagrama, 2017.

 

 

 

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