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EL HISTORIADOR CÉSAR RINA SIMÓN PRESENTARÁ LA REVISTA EL 21 DE JUNIO EN BADAJOZ, CIUDAD NATAL DE BAREA

TURIA PUBLICA, POR PRIMERA VEZ, LAS CHARLAS QUE EL AUTOR EXILIADO EN INGLATERRA DIO EN LA BBC

PARTICIPAN EN EL HOMENAJE A BAREA LOS MÁS DESTACADOS ESPECIALISTAS EN SU OBRA: PAUL PRESTON, ANTONIO MUÑOZ MOLINA, WILLIAM CHISLETT, NIGEL TOWNSON O MICHAEL EAUDE, ENTRE OTROS

El nuevo número de TURIA, que cumple este 2023 su 40 aniversario, tiene un protagonista muy especial: Arturo Barea. Se cumple así una de las líneas de trabajo que la revista cultural ha mantenido a lo largo de sus cuatro décadas de trayectoria: el redescubrimiento de autores que, injustamente y por diversos motivos, no han sido objeto de la atención y el fomento de la lectura que su obra merece. Porque TURIA considera que Barea debería ser valorado como uno de los escritores de referencia de las letras españolas del siglo XX. Un autor tan canónico e imprescindible como lo puedan ser otros tan reconocidos de su generación como Max Aub, Mercé Rodoreda, Rosa Chacel o Ramón J. Sender.

 

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La semilla de agua del rocío

se acumula en silencio

sobre las flores negras de la tierra.

 

En la luz de la luna está el comienzo del mundo,

de todo lo que somos.

 

Para que no haya nadie

con los ojos cerrados,

para que abandonemos nuestras casas

y podamos reunirnos en las calles,

la sustancia visible de los días se derrama en la noche,

extiende sus hogueras

sobre las largas playas del solsticio,

sobre los ríos inmensos de la vida

que se llenan pronto de alabanzas

y de celebraciones,

de pensamientos nuevos.

 

Por encima de mí, sólo los pájaros

perciben con sus ojos la claridad del aire.

 

Todo lo que sucede en esta noche desconoce la muerte.

Aunque nos venza el rojo de la sangre

de los gallos del alba.

Lirismo, crítica sin amparo, un regusto de épica casi a la antigua usanza… la poesía de Xosé María Álvarez Cáccamo es de una ductilidad solo comparable al borde de la parresía. La editorial Dilema reúne su obra en Cuatro décadas de poesía (1983-2023), un poeta que también transita las veredas del objeto poético, de una intensidad altísima y, al tiempo, enraizado en los asuntos más políticos.

 

«Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria»

 

- En cuarenta años, ¿en qué se sigue reconociendo cuando lee sus poemas más antiguos y cuál, de haberlo, es el gran hiato (s) que se han producido en su poesía?

- Hoy puedo reconocer en mi obra más reciente –y reconocerme a mí mismo sin arrepentimiento- la posición evocativa que dirige mis poemas desde que empecé a escribir. Es un registro emocional del que no puedo prescindir. Mi poesía nace en gran medida de la raíz de la memoria. La utopía que la conduce es el sueño del reencuentro con el pasado, la ilusión de detener el curso de la vida para poder regresar a la infancia, a la adolescencia, a los ámbitos familiares, a cierto estado de plenitud que en parte resulta construído por el poema. Memoria poética sin excesivo peso de nostalgia. Todavía me identifico, además, con la mirada onírica de fundamento surrealista cuyos excesos de juventud fueron reconducidos a partir de mi libro Cimo das idades tristes, de 1988 —el posible hiato por el que me preguntas—, donde comencé una ruta de clarificación expresiva que se fue intensificando hasta hoy. Se trataba de liberar el lastre acumulativo, una imaginería de densa arquitectura no siempre justificada. No renuncio, sin embargo, a la función del poema como intérprete interrogante de la complejidad del mundo y, por lo tanto, huyo de la efusión emotiva no elaborada, del poema como documento confesional

 

«Toda la variedad de mi trabajo obedece a la pulsión del placer manual»

 

- ¿En qué difiere la poesía hecha poema de la poesía de los objetos, o la poesía visual?

- Mis poemas de base lingüística vibran en el espacio de la experiencia vital, íntima o colectiva. Los poemas visuales y objetuales que salen de mis manos no necesitan asentar sus raíces en la materia de base biográfica, aunque con frecuencia recogen ecos de la memoria, formas y volúmenes que traen resonancias, por ejemplo, de mis juguetes de niño. Antonio Gamoneda, en un poema que preside el catálogo de mi exposición Biblio-grafías, celebrada en León en 2013, escribe: «He logrado acercarme a tu juguetería, quiero decir, claro es, a tu juguetería amorosamente diabólica». Juguetería escultórica, objetos encontrados, libros intervenidos, textos criptográficos, miniaturas oníricas, toda la variedad de mi trabajo objetual y visual, aunque emparentada temáticamente con mi poesía escrita, se desarrolla en el taller del homo faber y obedece a la pulsión del placer manual, mucho más gozosa y serena que la producida por la inquietante inmersión del poeta en las profundidades de la existencia.

 

«La vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede»

 

- ¿Cómo evitar que «la crecida de sangre» nos haga «hombres muy tristes y muy pacíficos para siempre»?

- El poema de este verso, titulado “Cuchillos” en castellano, me fue llevando en su avance a la hipérbole final, una conclusión de tonalidad ascendente derivada del testimonio de las heridas con que la vida, en determinados momentos de su curso, nos agrede. Yo me sentía entonces, en las proximidades de mis cuarenta años, muy triste. Luego pude comprobar que, afortunadamente, aquel estado de ánimo no me acompañaría siempre y que los acontecimientos que habían provocado la tristeza vivida entonces como definitiva no habían alcanzado el exagerado volumen de una crecida de sangre. Pero, en aquellos días, me sentía arrastrado por la desmesura del río sangriento. Desde mi conciencia de 1988, el año de ese poema, te diría que los efectos inmediatos de la crecida de sangre no se pueden evitar. Luego las aguas volvieron a su cauce y la vida fue trayendo otras heridas y otros poemas que las fueron acogiendo, a veces con voluntad y resultado de efecto terapéutico.

 

«La melancolía, esa emoción fronteriza, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos»

 

- ¿La poesía es más dúctil en la melancolía que en el deseo?

- La melancolía, esa emoción fronteriza, casi amable, necesaria para la aceptación serena de la propia fragilidad, pide versos lentos, equilibrados, a veces versículos de formato dilatado. Esta es la segunda acepción del adjetivo «dúctil» en el diccionario de la Academia: «Aplícase a los metales que mecánicamente se pueden extender en alambres o hilos». Quien pudiera poner la melancolía en versos que se fuesen extendiendo a la manera de alambres o hilos. Tal vez se pueda intentar tal prodigio de alquimia en un poema objeto. Extender el metal de la melancolía hasta que alcance la sutileza de un alambre finalmente disuelto en hilos.  El deseo, en cambio, sobre todo el deseo erótico, busca versos rotos, quebrados, vibración de encabalgamiento, elipsis. Pero hay deseos de amplio espectro o de dimensión transcendente que se manifestarían mejor a través de ritmos sinfónicos.

 

«Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria»

 

- ¿Cuánto de onírico alberga la poesía?

- Una tendencia fundamental de la poesía de todos los tiempos comparte con el discurso del sueño nocturno algunas claves de sentido: el significado polisémico de las imágenes, la sugerencia enigmática, la construcción desordenada, la arquitectura simbólica, la irrupción del magma subconsciente. El cantar de los cantares, El cántico espiritual, Poeta en Nueva York o el Aullido de Ginsberg constituyen ejemplos claros de esa corriente onírica. La poesía simbolista de Rimbaud y Baudelaire, el surrealismo y todas las variantes del irracionalismo poético recogen del sueño una parte decisiva de su materia creativa o, cuando no es así, establecen un diálogo de proximidad muy evidente con la ficción soñada.

Muchos de mis poemas vienen de sueños que consigo retener en la memoria en los primeros momentos de vigilia. Son sueños transcritos en lengua de poema todos los textos de la segunda parte de Tempo de cristal e sombras (2014) y la visión onírica dirige además la construcción de muchas imágenes a lo largo de toda mi obra.

 

«La pasión del deseo conduce las rutas de nuestra vida»

 

- ¿Cómo reconocer «la hora del deseo»?

- La hora más alta del deseo es la de los años de adolescencia y de juventud. Era muy fácil entonces reconocer sus síntomas: entusiasmo y desazón, feliz desequilibrio. La pasión del deseo conduce, con mayor o menor intensidad y permanencia, las rutas de nuestra vida. Todavía hoy me mueve el entusiasmo de nuevos descubrimientos existenciales, artísticos, científicos y literarios, deseos de amor y de amistad, la esperanza política de justicia, la confianza en la derrota del fascismo. El deseo vivo de nuevos poemas. Puedo reconocer en mi cuerpo la vibración de los diferentes órganos del deseo.

 

«Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece»

 

- El poema, ¿nos habla o nos escucha?

- Habla el poema con palabras de un idioma inesperado y nos va revelando significados inéditos mientras crece. Él mismo no sabe lo que nos quiere decir hasta que decide callarse. Tampoco entonces su discurso resulta totalmente inteligible en términos de racionalidad ni para el autor ni para sus destinatarios. Y, sin embargo, el buen poema nos entrega un efecto de verdad, una sugestión interrogante, un sentido necesario, casi siempre revelador. Estoy hablando de la modalidad poemática con la que más me identifico, distante de aquella otra caracterizada por el uso de un guion previo al acto creativo.

Antes de echarse a andar, el poema escucha el rumor de una intuición que reclama ser verbalizada, un verso que se ofrece sin previo aviso, una pauta musical repentina, una imagen sugestiva, el instante de un recuerdo. En las ocasiones más propicias, el poema decide responder a la solicitud de su autor, quien, sin duda, es el responsable único de la acción creativa.

La ficción verbalizada en mi respuesta, protagonizada por un sujeto, el poema, al que he otorgado atributos humanos, se ajusta a la literalidad de tu pregunta: «¿El poema ¿nos habla o nos escucha?» Creo, sin embargo, que esta interpretación fabulada o parabólica consigue, como el poema mismo, un cierto efecto de verdad.

 

«No me conformo con la justicia poética de mis versos»

 

- Sepultar en unos versos a alguien (Manuel Fraga Iribarne) bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza, ¿es justicia poética?

- Ojalá hubiéramos conseguido ejercer contra Fraga Iribarne y otros activos y muy convencidos colaboradores con la dictadura franquista una acción de justicia legal. No me conformo con la justicia poética de mis versos, que responden a la sensación feliz de aquellos días de movilización popular, dirigida por la plataforma Nunca Máis contra la inoperancia y las mentiras de los gobiernos del Partido Popular (el de la Xunta y el del Estado)  frente al desastre provocado por el vertido de petróleo del Prestige. Efectivamente, desde el mes de noviembre de 2002 y a lo largo del año 2003, el dirigente fascista Manuel Fraga Iribarne fue «sepultado bajo las columnas oceánicas de la infamia y la vergüenza», y fuimos nosotros, el pueblo gallego en formidable actividad de insurrección, quienes pronunciamos la sentencia. Luego él emergió de los fondos de la ignominia. Pero, finalmente, hoy se cumple de alguna manera el deseo que expresan otros versos de mi poema “Maré do pobo a arder” (Marea del pueblo en llamas): «Desaparecido/al fondo del fangal de alquitrán/y del olvido». Justicia popular, tal vez, la que condenó a Fraga Iribarne al olvido, pues no consiguió permanecer como hubiera querido en el estado de la tercera vida, la vida de la fama poetizada por Jorge Manrique. Justicia poética, acción verbal de agitación contra la injusticia, la violencia católica, el genocidio militar de 1936, la dictadura de Franco o las amenazas fascistas de hoy son los motivos que me incitaron a escribir otros poemas y libros de intención política.

 

«Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva»

 

- ¿Qué diferencia el poema elegíaco del sentimentalismo que acampa en tantos versos de hoy?

 

- El sentimentalismo plano, simple efusión sentimental sin elaborar, materia prima no manufacturada, página de diario adolescente, son productos que debemos situar en espacios ajenos al ámbito de la poesía, elegíaca, hímnica o propia de cualquier modalidad genérica. No constituyen entidades de arte sino documentos confesionales —dignos de aprecio como ejercicio humano— que, en un tiempo como el presente en que las fronteras del continente literario se desdibujan en beneficio de ciertas aportaciones de perfil populista, están causando mucho daño en los territorios de la recepción menos formada, que acoge esas manifestaciones de la emoción esencial como muestras valorables de Poesía. El número de seguidores de tales documentos de la espontaneidad sentimental en las redes sociales define a veces el nivel que permite, con la complicidad de algunas editoriales, su incorporación al sistema literario. Vivimos horas de absurda confusión que favorece a los movimientos de deriva acrítica y de promoción de la ignorancia colectiva.

 

«En mi obra abundan las presencias humanas»

 

- El poeta, cuando escribe, ¿lo hace solo o lo pueblan voces de vivos y muertos que hacen de esa soledad una multitud bien avenida?

 

- Sí. Esas otras voces acuden al eco del poema y traen su propio acento. Organizan el coro de la memoria. Confunden sus días con las horas del poeta. El poeta evocativo y elegíaco los convoca para que colaboren a ajustar las imágenes del pasado. En mi obra abundan las presencias humanas. Son sobre todo las personas de mi familia, especialmente mis padres y mis hijos, pero vienen también antepasados más remotos, algunos escritores y artistas, seres anónimos, siluetas populares: «Hay bultos que sobreviven indiferentes bajo la tormenta. Suben y bajan por el día entre la lluvia multitudes grises, ropas frías, un tráfico líquido de sombras». En el último poema de la antología «llegan a mi casa las cuatro muertes, / nuestras cuatro muertes del vivir de siempre».

El viaje ha sido siempre un elemento axial en la narrativa de Pío Baroja (y no sólo en los ciclos aventureros; recordemos su primera novela Camino de perfección, 1902), y desde el momento en que el escritor se aleja de Madrid para recluirse en la casona de Vera del Bidasoa los libros de viaje ocupan su tiempo, como para contrarrestar en la literatura el mayor sedentarismo de la vida.

Ahora se rescata uno de esos libros, Las horas solitarias (1918), posiblemente el que de entre todos ellos —y en especial la tercera parte del mismo: “Primavera”—  contenga mayor número de impresiones campestres del caminante solitario, hasta el punto de hallarse en él una cierta armazón o cohesión estructural a partir de un hilo narrativo que comienza con la “llegada al pueblo” y culmina con “la noche de San Juan”. Y ello incluso a pesar de la heterogeneidad de los asuntos aquí tratados y de que, a ratos, el libro parece decantarse hacia su formato diarístico, con la puntual anotación del sucederse de las jornadas, muy diversas entre sí a veces, pero también reiterativas o cíclicas, según se percibe en las estampas de la vida cotidiana transcurridas en la huerta doméstica, que se extienden a otras partes del libro y constituyen un verdadero leit motif. Las horas solitarias se articula en torno al dual movimiento de la observación–contemplación–impresión, en primer lugar, seguida de la reflexión, marcadamente inclinada hacia cuestiones metafísicas, y combina capítulos que dan cuenta de las andanzas cotidianas con otros que constituyen una verdadera etología del entorno que habita Baroja: Vera del Bidasoa y sus alrededores.

Entre los primeros, los hay de carácter estático, reflexivo, de espacios interiores o breves paseos por la huerta, que siempre generan excelentes párrafos de observación y meditación sobre la Naturalezay la darwiniana struggle for life, consciente como es el narrador de que “el campo es como un fondo al que hay que ir animando con las representaciones propias. [...] A medida que uno vive en el campo se le acercan los objetos y se acortan las distancias, lo contrario de lo que pasa en las grandes ciudades”. En otros capítulos el “hombre fantasma, que se pasa la vida entre la biblioteca y la huerta”, sale de casa y se convierte en “el señor de cierta edad que intenta a veces ser amable y se las echa de razonador”. Y relata sus “pequeños viajes”, como la escapada a San Sebastián (relato circular que incluye los elementos más característicos del género: salida, trayecto, medio de transporte, pintura de los compañeros del vagón, impresiones paisajísticas, llegada, actividades y regreso)  o la excursión a Arizacun —que le sirve para hablar de los agotes, en un capítulo de interés étnico–cultura—; un simple paseo por los alrededores de Vera, que da pie a hablar de los desertores del bando aliado durantela Primera Guerra Mundial; o la caminata por Illecueta que le conduce ante las ruinas de una antigua fábrica.

La segunda parte del libro —“Una excursión electoral”— puede ser calificado de reportaje político–social, que arranca de una anécdota precisa: el intento de Baroja de ser nombrado diputado por Fraga para las elecciones de 1905,  animado por su amigo el pintor Miguel Viladrich —que vivía retirado en un castillo de la localidad— y otros compañeros de redacción. El relato, entre narrativo y dramático, dado que abundan las escenas dialogadas, recoge las peripecias de esta aventura y, junto a los elementos característicos de la literatura de viajes, contiene una viva crónica del presente. El narrador, tras un rápido resumen de las circunstancias que desencadenaron dicha “excursión electoral”, relata las sucesivas etapas del viaje, los medios empleados y los establecimientos donde se aloja. De Madrid a Zaragoza va en tren, y allí pernocta en un hotel, para luego proseguir hasta Huesca, donse se aloja en la fonda Petit Fornos que le lleva a exclamar: “¡Qué nombres más ridículos encuentra esta gente para sus cosas!”. Desde las primeras líneas, junto a las pinceladas críticas recogidas al sesgo del mirar, se percibe el tono desenfadado y humorístico que preside la narración de esta disparatada aventura, pues algo de absurdo —o de fantasía, según opina Alaiz, otro compañero de la singular excursión— hay en este proyecto de presentar como diputado por Fraga a alguien que había hablado mal de la jota aragonesa y de Joaquín Costa.

De Huesca a Sariñena marchan los viajeros en un tren de mercancías, con cambio en Tardienta, pausa que en la escritura se traduce como interrupción del relato que el narrador aprovecha para recoger el perfil de los tipos con que se cruza y esbozar, en pinceladas sombrías, escenario y ambientes. Desde aquí, el trayecto hasta Fraga se narra casi puntillísticamente, entrando en el relato personajes que, como Petiforro el troglodita (el tartanero malhablado que los lleva desde Sariñena a Candasnos), suman, al marco paisajístico, el paisanaje. El verdadero reportaje social —con sus notas de tinte regeneracionista o noventayochista— se encuentra en estas siluetas apresadas al paso, como la viejecita que comparte trayecto de Castejón de Monegros a Bujaraloz y que tiene un hijo que se ha marchado a Francia, las compañeras de viaje de Fraga a Lérida, o estas dos siluetas encontradas por los campos yermos en donde cae el sol sin encontrar apenas una mata: “A lo lejos se divisa un carromato destartalado que viene bamboleándose, tirado por un mulo escuálido y un borriquillo. Van a pie, cerca del carro,  un muchachito moreno y un hombre de calzones y sombrero ancho, con los ojos inflamados, sin duda, del sol y el polvo”. Hay más denuncia en la aridez escueta de estas imágenes —así como en las notas paisajísticas que recogen la desolación trágica con que cae el sol sobre aquellas tierras o en el vacío y el abandono, el sin sentido pues, de ciertos espacios— que en párrafos donde el atraso, la ignorancia, la pobreza material o las pésimas condiciones de vida se explicitan -“Dice [el carretero] que por esta tierra hay muy poca gente que sepa leer y escribir. Él supone que de cada veinte mozos que vayan al servicio habrá uno que sepa de letras”-, o en aquellos otros donde, a propósito del objetivo electoral que motiva la excursión, se registra la corrupción política vigente, o en las sucesivas entrevistas con los personajes influyentes del lugar, al margen de la distinta filiación de unos y otros. Insisto, es este fondo de paisaje y paisanaje, de figuras como de segundo plano, lo que deja al lector una honda y más auténtica visión de la realidad. El verdadero reportaje está en esas líneas escritas como al sesgo, más que en las escenas de primer plano. Y desde luego, tiene mucho más valor que el del mero pintoresquismo anecdótico que le atribuye el narrador al concluir su relación: “Si uno tomara las cuestiones del régimen parlamentario en serio, esta experiencia sería una nota más que serviría para demostrar el artificio y la mistificación de las elecciones; pero como yo creo hace tiempo que el sufragio, en la práctica, es una farsa, este relato no puede tener más que el pequeño valor de una anécdota pintoresca”. – ANA RODRÍGUEZ FISCHER.

 

Pío Baroja, Las horas solitarias, edición de Jesús Alfonso Blázquez González, Madrid, Ediciones del 98, 2011.

 

*Fotografía de Pío Baroja: Retrato de Pío Baroja realizado por Juan de Echevarría

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