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PILAR ADÓN, PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA Y UNA DE LAS NUEVAS AUTORAS MÁS VALIOSAS DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS, ASEGURA A PROPÓSITO DE SU OBRA: “ME INTERESA LO EXTRAÑO EN LO COTIDIANO” 

JUAN CASAMAYOR, AL CUMPLIR 25 AÑOS DE TRAYECTORIA CON PÁGINAS DE ESPUMA, LO TIENE CLARO: “EDITAR ES VIVIR AL BORDE DEL ABISMO Y AHÍ QUIERO SEGUIR” 

TURIA TAMBIÉN PUBLICA UN OPORTUNO ENSAYO SOBRE LA FILÓSOFA ALEMANA-NORTEAMERICANA DE ORIGEN JUDÍO HANNAH ARENDT, EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO.

MUY RELEVANTE ES EL DETALLADO ANÁLISIS QUE SE REALIZA EN LA REVISTA DEL ÚLTIMO LIBRO DE LA PRESTIGIOSA FILÓSOFA ADELA CORTINA SOBRE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL.

Los lectores del nuevo número de la revista TURIA podrán disfrutar de dos entrevistas a fondo y en exclusiva con dos grandes protagonistas de las letras españolas contemporáneas: la escritora, traductora y editora Pilar Adón, que ha logrado el reconocimiento de la crítica y de los lectores con una obra literaria que rompe no pocos corsés sociales y emocionales y Juan Casamayor, el editor de Páginas de Espuma, que no sólo ha conseguido revitalizar el género del cuento sino que, teniendo como base la publicación de narraciones cortas, ha convertido su empresa cultural en un sello de referencia no sólo en nuestro  país sino en todo el ámbito latinoamericano.

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La luz aquieta el calor

aquieta el frío, si lo hubiera

aquieta a quienes esperan en el andén

aquieta a los cubos de papel prensado

en la planta de reciclaje

y a los barriles de cerveza

templándose bajo los últimos rayos del sol 

 

parece que va a llover

parece que la tarde se llena de luz

como lo haría yo

justo antes de la tormenta 

 

pero no va a llover porque aquí nunca llueve 

 

están quietas las palmeras

alineadas en la acera del centro comercial

quieta su sombra

quietas mis ganas

quietos los postes de la luz

de los que cuelgan cables muertos

quietas las vallas publicitarias

quietas y mudas

limpias del grito del cuerpo de una mujer

nunca la misma, nunca su cara

sólo su cuerpo desnudo, siempre otro

quietos los hombres sin pelo, antes y después

ahora con pelo y esa sonrisa

tan falsa

en cómodos plazos 

 

todo quieto y tranquilo

como si nunca más pudiera pasar algo malo

ni a las mujeres desnudas ni a los hombres sin pelo

ni a las palmeras

ni a los postes de la luz

 

porque el sol se está yendo tan despacio

que nadie puede pensar en una catástrofe 

 

miro esos postes de madera que antes fueron árboles

el reino de la luz entre sus ramas, una vez 

 

mientras, pasan los eucaliptos

quietos y erguidos

con ese gesto insomne de los árboles de hoja perenne

a la espera de algún viento que los agite

que los despierte de un sueño

en el que son incapaces de caer del todo 

 

a la espera todos nosotros

casi perennes, casi insomnes

sin ramas sin reino sin luz

nuestros brazos cables muertos

en cada despedida, a la espera

de otra despedida

Juan Antonio Tello (La Almunia de Doña Godina, Zaragoza, 1965) es un poeta de largo recorrido, creador capaz de ofrecer obras de alto calado lírico como Cuando fui naufragio (2008) o su último volumen hasta hora, el Premio de Poesía Santa Isabel de Portugal del año 2023, Representación, además de traducir textos de Boris Vian y Alfred Jarry mientras se embarca en una constante reivindicación de las letras del norte de África. Docente, doctor en Teoría de la literatura y ocasionalmente batería de rock, Tello retoma la poesía con Los perros de Nador, editado por Prensas Universitarias de Zaragoza en su colección La gruta de las palabras.  

Kohl en los ojos, la mirada ahumada, el verde, la prosa poética que primera contempla y luego cincela, desiertos y recuerdos: “Una mañana al sol de las entrañas”. ¿De qué colores hablas? Los que el poeta hace que luzcan contra las superficies, hasta que su forma ya no puede determinarse: “Somos inmunes a la derrota, hemos perdido lo que había que perder”. Lugares y colores, verde y Merzouga, la duna de Erg Chebbi, los silencios de las ciudades prohibidas bajo el terror de los sueños, de Howard Philip Lovecraft a William Burroughs encerrado en sus pesadillas de láudano en Tánger. El calor se hermana con la muerte, la sangre con la fiesta, ambos, calor y muerte se deslizan en la fiesta hacia el desierto, como semillas fértiles: “El amor es una tempestad que pinta Géricault a orillas de Mauritania”. 

Casi puede uno sentir la sed de la medusa deslizándose sobre la arena, infinita, como la sed de los perros, los perros de Nador. ¿Quién eres, le preguntamos al poeta, quién eres tú, tan lejos de Zaragoza? En los fraseos herméticos de Fernando Andú, en las cúpulas dentro de las que retumban las canciones que dejó atrás David Bowie, en la vida secreta, de Turquía hasta Arabia, pasando por la meseta de Kenia. Bowie, que cultivo a los perros hasta convertirse en uno, de diamante: “Mi cabeza paraíso de pájaros sin rama”. El olvido es un viento, la ceguera, la sórdida unión de las nubes sin lluvia, una geografía de la infancia. Se busca un collar para sostener al maniquí frente a los arrebatos del poeta que,

una y otra vez, se hace dueño del disfraz: “Calcularemos la profundidad del charco antes de saber nadar, pero con las botas puestas que se hundan en el barro”. Al avanzar en el libro, sobre las páginas, se condensan los versos: “Aquí la luz no es igual, cambia el color de los ojos, pero no la perspectiva de las cosas”. También, claro, para la reflexión: “La escritura es una pauta de nuestra respiración que pide tiempo en el giro después de cada capítulo de un campo de girasoles”. 

Una súbita ventisca de versos nos invade, ladridos de pasión: “Somos perros en el sabor del amor, y nos matamos sin miedo”, abrasados por el rey del polvo y la sed: “Cuando el sol no es más que un ángulo” y reflexionamos sobre el mismo arte de la creación: “Hemos perdido las claves de este lenguaje”. Para retomar el más fundamental de los aprendizajes, el que vivir y el de morir, incompatibles en la emoción. 

Se pregunta, una y otra vez Juan Antonio Tello qué o quién muere en este ejercicio de lenta poesía que es Los perros de Nador: “Dejo arder los sustantivos unos cuantos siglos más”. Un metro de los números, un ábaco, el ejercicio de la escritura, que trasciende a lo físico para convertir al lobo en perro y viceversa. Se cumple el tiempo de los aullidos: "Con una casa que aún no existe, aunque sí es un lenguaje que custodiamos". ¿Es el mismo aullido el de los lobos que esperan fuera de la ciudad que el de los perros que dan nombre al poemario? Amarillo de la geografía última de España, el Rif y Alhucemas, la máquina blanda de una civilización que ya no soporta la mezcla: “Lo que ahora se entraña es el fuego y la roca”. 

En las páginas últimas se nota la mezcla exotérmica, el vapor sulfuroso que exhala, afónico, entre los márgenes: “Donde no caben las dunas cabe el derecho a nacer en un tiempo de perros”. Y el final, cuando la chispa es guía en un desierto que confunde tarde con amanecer, madrugada con noche profunda, leemos: “Ese lenguaje que aún me pertenece” confluye hacia la reflexión última: “El alma nos arrastra a la violencia”. Es un libro de profusa imaginería, de desierto y mar, ahí donde el que para unos es el norte, para otros el primer sur. Una prosa de acumulativa naturaleza, coherente con la obra del poderoso poeta que es el zaragozano José Antonio Tello.

 

Juan Antonio Tello, Los perros de Nador, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026.

 

Hablaba Szymborska, en su discurso después de la concesión del premio Nobel, de la duda, de la necesidad de dudar para poder entender. Hablaba del no sé como respuesta inherente a la perpetua pregunta del poeta, en este caso. ¿Cómo resolver que no hay base firme, que el tal vez es más cierto que la certeza, que el vuelo se aproxima más a nuestra respiración que el paso?, ¿cuál es la reacción ante la perplejidad o la herida? Voy a responder sin demasiada rotundidad: el silencio. Hablar y callar acaso sean dos marabuntas igualmente violentas. Y esto, este impulso preparatorio para decir o no decir, genera lo extraño. Intuyo que la escritura de Arturo Borra es una escritura perpleja, esto es, hay extrañeza en el afuera y en el adentro, por tanto, la palabra se comporta como esa extraña que intenta ser vestigio y memoria.

 

     Desde lejos (Eolas ediciones, 2020), este inquietante y portentoso libro, nos embadurna de tiempo y de fisuras: el ser que se aleja —de sí y de sus lugares— y la acechanza de un desconcertante vacío: «late en mí / el desfiladero».

     El libro se inicia con dos acertadísimas citas de Simone Weil y René Char, que abren el orificio de dos irrevocables agujas que el poeta henderá en los versos: extranjería e incertidumbre. Estos topos son la lanzadera de las lesiones que se van apelmazando en los versos: la inconsistencia, el miedo, la distante cordura, la suciedad política y social, etc.; y también, cómo no nombrarlo, ese reducto que es el amor desde donde poder visitarse a uno mismo y mantener la dignidad —y la esperanza.

     No hay secciones; la lectura se ofrece en su desbordamiento como una fronda repleta de alegorías o de refuerzos sintácticos desmembrados por la barra interna de muchos de los versos. Así mismo, los poemas encierran en corchetes sus títulos —concisos, esenciales, en su gran mayoría una sola palabra—; visualmente actúan con tal rotundidad que la lectura que a continuación se inicia ya proviene de un cierre, de una extenuación. Cabría insinuar que los signos ortotipográficos son actantes, no solo especifican sino que explican y se comportan como verdaderos nutrientes del contenido.

     Intuyo, nuevamente, que de entre los bellos y perturbables hallazgos que podemos encontrar en la escritura de Arturo Borra está esa atmósfera reconocible e íntima que se ancla al grumo desnudo de la inocencia. ¿Cómo, si no, las incesantes preguntas, la infancia en carne viva —y su expulsión—, el no retorno a nada, la extranjería ubicua o el dolor por aquellos que pierden la vida durante las extenuantes travesías para, paradójicamente, poderla mantener?

     En el magnífico texto introductorio de Alfredo Saldaña se trazan sabiamente las constantes que permanecen en la poesía de Arturo Borra. Repasando alguno de los libros anteriores del poeta, leemos en Para trazar lo imposible: «[...]Hacer del tránsito / una patria oscura» o «Si no nos expusiéramos al viento, ¿cómo podríamos sentirnos acariciados por lo lejano?». El viento, efectivamente —y como también apunta Saldaña—, actuaba como un desfibrilador reactivando la andadura, aun a pesar de la liviandad del paso. En Desde lejos también cruza —el viento— los versos como habitante interno, pero es el vacío o el hueco la gran fosa que detona la palabra. «[...]Para no callar/, escribir la hendidura», nos encontramos en Todo tanto; «Que el vacío se convierta en lugar de lo naciente.», oímos en el primer poema de Desde lejos.

     La palabra, que nombra y vacía, su no lugar y sus ocultos desdoblamientos, ¿acaso puede deambular como un eco sorprendido en donde la sustancia —el es— pueda significarse?; ¿puede retener en su vastedad el preciso hematoma que produce lo extraño? La razón poética (María Zambrano), tal vez condensada en el intento, abre pozos en el pozo, hay en ella un «irse vaciando en el vacío» (Clara Janés).

    No es en balde que Arturo Borra incluya cuatro Poéticas en Desde lejos —hay que tener en cuenta sus ensayos publicados sobre el lenguaje poético y el exilio— y dos Sabidurías. Las primeras articulan, curiosamente, un posicionamiento vital que deja —¿al margen?— la reflexión sobre el lenguaje, de manera que el poeta, sabedor de su impostura pero también de la necesidad de este, la disemina, como si se tratase de perdigones, por todo el libro —así el título de muchos de los poemas: [Idioma], [Lengua muerta], [Palabra desamarrada], etc—. En las Sabidurías, volvemos a lo inicialmente apuntado, la duda: «yo no sé quién sabe qué / qué yo/ quién / decime vos que vas preguntando / sin voz», en la primera; «¿Y quién sabe morir?», en la segunda. Es inevitable entrar en los Libros Sapienciales y leer lo siguiente: «De improviso hemos sido engendrados, | y después de esto seremos como si no hubiéramos sido [...]» (Sabiduría 2,2). La muerte es ese paseante mudo que alumbra nuestro eco y del que no sabemos nada salvo su existencia cierta; así, la desaparición sucede como un desalojo callado. También la oscuridad —esa materia que se revela en el morir— es aliento en los versos de Arturo Borra: «No importa que la penumbra sea: / así se confunden los pasos / que llegan desde lejos / como un ritual de despedida». El poeta bordea el filo de la oquedad en la lengua e incesantemente pregunta, y se pregunta, cómo se regresa, y quién lo hace.

     Pongamos que vuela, la palabra, como el jazmín en noches lentas. Pongamos que, como apuntó Rilke, desemboca en silencio. Arturo Borra, extraño de sí mismo y de su voz, ausculta la naturaleza del ser, disecciona hábilmente las incisiones dolorosas que nos perforan, deambula lejos para comprender que el afuera también convierte la palabra en hueco —«[...]todo barranco es más real / que la cercanía.»—; de lejos delimita magistralmente los cercos de la memoria —lo expulsado que permanece— y, de lejos, da cuenta de los registros perdidos que le instan a reconocerse.

     También desde fuera urde el recuerdo de la infancia —modismos y giros de su tierra natal e imágenes devueltas al ahora—. Con el lenguaje busca la casa en silencio: «un solcito/ un árbol/ otra palabra / que abrazar/ manto verde / para cubrirse del desierto» y en esa distancia reconstruye la mirada: «aprendiendo a mirar / desde lejos». Extrañar lo vivido acaso retumbe como una onda en el agua que agranda su movimiento, pues allá están los sonidos irrompibles que siguen acuciando al rumor del presente (es inevitable recordar aquí aquellos matices consternados del Libro del desasosiego, de Pessoa).

     Esta escritura limada en el vínculo sobrecogedor de la propia imagen, que expone, apabullante y precisa, la carencia de abrigo, se refleja en el lector como si se tratara de un espejo. Solo cabe circunvalar los intensos poemas que nos brinda su autor y, acto seguido, estremecerse y asistir a un ritmo despiadado de lucidez, de belleza y, si acaso, de desazón.

     «¿Y quién no arrastra sus lechos secos, zonas baldías donde depositamos las pérdidas?», nos dice Arturo Borra.

     ¿Quién no lo hace?

 

 

 

                                                    

Arturo Borra, Desde lejos, León, Eolas Ediciones, 2020.

    

     

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