Suscríbete a la Revista Turia

Artículos 1 a 5 de 1404 en total

|

por página
  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
Configurar sentido descendente

15 de enero de 2026

La escritora alemana Charlotte Gneuß (1992, Ludwigsburg) irrumpió en la escena literaria con una prosa que disecciona sin anestesia la memoria reciente alemana, el peso del pasado y la construcción íntima del miedo. Formada en pedagogía social y en escritura creativa en Leipzig y Berlín, su literatura combina un rigor casi documental con una sensibilidad afilada, siempre atenta a los mecanismos que regulan —y deforman— la vida cotidiana. Con Los confidentes, publicada en español por Acantilado, Gneuß confirma que es una de las voces jóvenes más perturbadoras y necesarias de la narrativa europea.

Karin, Paul, Marie y la ciudad: Dresde. Nombres que resuenan como ecos atrapados en habitaciones demasiado pequeñas. La novela se abre en una RDA sin filtros ni nostalgia retro, muy lejos del romanticismo de los discos de Lou Reed o de la mitología del Berlín de Bowie. Aquí no hay glamour, solo la humedad de los muros, la vigilia constante, el miedo que se instala en los huesos. Y en ese paisaje, la huida de Paul no es cuento de iniciación ni melodrama juvenil: es el recordatorio de que el amor, en un estado policial, también tiene un expediente.

Gneuß afina un extraño extrañismo. Cada gesto parece desplazado medio centímetro fuera de la realidad, pero nunca tanto como para que podamos refugiarnos en la ficción. En su mundo, la promiscuidad convive con un encorsetamiento férreo; los matrimonios abiertos chocan contra un sistema educativo que parece diseñado para limar la imaginación. Todo —el cuerpo, el deseo, la filosofía, las disciplinas científicas— sirve a la araña vasta del socialismo real. El capitalismo, la enfermedad; la RDA, pionera nuclear, madre férrea. Una lógica que se repite como un susurro colectivo: adaptarse o caer en la locura. Alemanes orientales nacidos en el socialismo, alemanes que no conocen Alemania.

La protagonista vive atrapada en ese laberinto de silencio y vigilancia. Un padre agotado, casi roto, que se desplaza en un Skoda que huele a derrota; una abuela que guarda verdades incómodas en la memoria del bombardeo; un novio, Paul, convertido en delito de fuga: “Para mí Paul era todo”, confiesa ella. Y con esa sentencia empieza el inventario de pérdidas. La Stasi convierte el amor en un asunto administrativo, una mancha hereditaria. Cada ruta, cada visita, cada conversación es sospechosa. “Plauen es casi Hof, y Hof es territorio fascista”, le dicen. Paranoia como idioma materno. La abuela, que sabe que los que bombardearon Dresde son los mismos que ahora controlan sus vidas, obviando las heridas sin cerrar, afirma: “La historia que aprendes en la escuela es la que ponen en la radio y la que sale en el periódico. Todo es mentira, créeme, jovencita”.

En este territorio moral desfigurado aparece Wickwalz, el agente que nunca termina de mostrar su rostro. Un funcionario ambiguo, familiar y monstruoso a la vez, con su amable reparto de cigarrillos y su vigilancia nocturna. Gneuß lo perfila como un personaje de claroscuro expresionista: seducción, amenaza, hasta una sombra de deseo incierto. Más que un hombre, es el brazo —tembloroso y persistente— de un sistema que convierte la intimidad en materia estatal. Hasta la diversión parece repartirse en cupones, raciones de dulce, viñetas censuradas. La educación, el lignito, Elogio del comunismo, de Bertolt Brecht, la geografía (solo existen las naciones afines, con esa manera de designar a las repúblicas, todas variadas, todas atrofiadas en su democracia, todas con rimbombantes nombres que se refieren al pueblo y a la libertad). El capitalismo es enfermedad, es carbón no rentable. “¿Por qué todo tiene que ser tan secreto?”.

Pese a todo, es una novela sobre adolescentes. Y la autora no olvida la fragilidad luminosa de esa edad: los primeros besos, el vértigo del cuerpo, la convicción de que el mundo puede romperse si la persona amada se va. Pero también la pedagogía política que perfora esa inocencia: “No puedes ligar tu felicidad a una persona; debes ligarla a una idea”. Una frase que resume el delirio piramidal de una sociedad que se proclamaba igualitaria mientras repartía miedo por niveles. Todo lo contrario de un ideal socialista.

Gneuß trabaja la confusión como si fuera un material táctil. La novela avanza en una especie de duermevela moral donde el tiempo parece más denso, más lento, como si la narración hubiera aprendido a respirar bajo el agua. Relaciones que se anudan y se deshacen, escenas que parecen sueños filtrados por la realidad socialista, silencios que retumban más que los gritos. Hay algo somnoliento, sí, pero es un sopor cargado de electricidad, un estado de alerta disfrazado de calma.

Los confidentes no es una novela histórica al uso ni un tratado de memoria. Es un viaje emocional a un mundo fracturado donde cada detalle —una palabra mal dicha, una mirada desviada, una cama sin hacer— puede convertirse en un signo de amenaza. Gneuß captura con una precisión casi quirúrgica la mezcla de vergüenza, culpa y deseo de respirar que marcó a una generación nacida en un país que ya no existe. Y lo hace con un estilo que combina ternura y sombra, hasta dejarnos con esa pregunta que incomoda y permanece: ¿quién miente cuando todos creen decir la verdad?

 

Charlotte Gneuß, Los confidentes, traducción de Alberto Gordo, Acantilado, Barcelona, 2025.

 

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

15 de enero de 2026

Magdalena Lasala, zaragozana, narradora de lo orgánico y constructora de ficciones históricas que la han colocado en la historia de la literatura aragonesa y española, siempre encuentra un espacio en su literatura para la poesía, su profesión favorita, su libertad hecha palabra. 

La concesión del Premio de Poesía José Antonio Ochaíta de 2024 ha permitido que sus lectores recibamos una nueva entrega de su construcción lírica, perenne, personal, siempre reconocible, con la publicación de La piel del cielo. Su temática, la forma de sus versos, letanías paganas, sensualidad de arena y estrellas, la emparentan con algunos de sus libros más recientes como Vivir la vida que no es mía (Resurrección, 2010, Zaragoza); Aquel sabor de lo invisible (Huerga y Fierro, 2014, Madrid) o su última propuesta, El amor, la vida y tú que apareció el año pasado en la editorial Olifante. 

La piel del cielo se estructura en seis capítulos, de longitud variable, donde reina la mitología, el paganismo y la sensualidad. En el primero de ellos, “Sólo yo”, encontramos un parnaso impúdico y sensible, basado en el intercambio de los cuerpos salvajes, el sexo nutricio, el amor de herencia clásica y la presencia obsesiva dioses codiciosos y celosos. Al adentrarnos en “Osiris enamorado” leemos: «Soy el sueño de la muerte ebria de tu vida» y, a continuación, «El envidiado porque me amas, enamorado de la muerte». 

La dupla amor y muerte se intercambia en un cielo imaginado, en la noche de la caza: el sueño sagrado de Orión permanece detenido en “Oriónidas de otoño” y la cita que abre camino al verso dice: “El secreto que es silencio / como la lluvia que guardan los cielos / sin sospecharla”. Lectores de Magdalena Lasala que confluyen entre el Nilo y la Vía Láctea, contemplan retazos de un tiempo antiguo que nos acerca, a través de las construcciones de músculo y hueso, a las divinidades que cabalgan los cielos inhóspitos: “Esclarecen los rincones de los paraísos esparcidos / en aquel que sólo conocen los dioses y nosotros”, al seguir con la lectura nos cubre la tormenta, que trae sed atrasada: “Lloviendo el amor de nuestras lenguas lácteas”.

El demiurgo, lector y leído a la vez, avatar del personaje que se acerca a los dioses con el deseo del aprendiz, un chamán que esculpe sexo y amor, descubriendo los resquicios de energía que se transmite hasta convertir las pieles de los amantes en jardines prestos para la visita y el goce. La sucesión de los poemas atrae al lector al trance místico: Tilos de octubre, los ceros del loco, vuelta a un tiempo confuso: “Atravieso la puerta de Orión al cielo” y de un mes al otro, de octubre a diciembre, chocamos con la piedra loca del amor en la boca de Alejandra Pizarnik: “Debo testificar el invierno y la luna fría de diciembre.” Extraída la locura, en el umbral contemplamos a Saturno y la poeta enhebra un juego cabalístico. Hay sitio para cualquier religión, ampulosa y cargada de simbolismo: “Como minutos de una a ocho, nuevos peldaños de la noria interminable”. En la tercera parte, “Constelación del amado” se enumera la voz como apósito de las lenguas y las lenguas como herramientas deslizándose sobre el destilado del placer. Un firmamento próvido: “Guía de los milagros de los hombres/que envidiaron los dioses”. El poema, versículo y oración, acaba siendo la réplica de los aullidos, la narración que recoge el caminar de nefilim, que unidos carnalmente a las mujeres humanas, en su condición de hijos de dioses caídos son el sustento de los cantes anteriores al diluvio. Solo en el recuerdo del poeta cuando tiene algo de mago y mucho de sacerdote, alcanzamos esas primorosas estancias: “No hace frío, pero dejo/que tu chaqueta me abrace antes del vino/y de besar tu cuello”. Casas de Orión, lugares en los cielos, flamígeros como una tormenta, que avisa, retrasada y salvaje, nos cubre con intenciones eróticas. Es esa la luz verdadera que cubre el día. En la cuarta parte, “El cuerpo del cielo” es la lágrima la que acomete el papel de lucero y gota: “Bordar con mis dedos de gigante rendido/tus pequeños montes”, casi sin darnos cuenta ha pasado otro mes, junio: “Donde nos lleva el día infinito de esperar la noche juntos” y el mismo poema, “Sigo de rodillas/orando ante la perfecta proporción desnuda/de tus horas infinitas”. Adriano, alma que se deja moldear, yema de los dedos, tiento eterno de la adolescencia. En la Imposición de Eros, quinta parte del manuscrito, encontramos a los titanes, sueltos por fin de las cadenas, reclaman los cuerpos antiguos, es Prometeo un cantante de rock caído en desgracia o un escultor de las arcillas de piel y hueso. Sacerdotes, talladores, diadúmenos al raspar cuerpos propios y ajenos y saciar con ellos el apetito que implosiona. Al final, sexta parte que lleva como título “Recuerdo del amado”, nos acostumbramos a hacer del pasado un espejo donde reflejar el carisma: “Recogía la piedra dormida por siglos/que aún esperaba tu regreso y tu desnudo glorioso”. Y en la estación final, Hera, madre y hermana secreta, trae la muerte del frío con el verano. Y el poema cierra, como no podría ser de otro modo: “Miro tu piel gemela del cielo/emergiendo de la noche sobre tu boca/Sobre tus sueños imposible”. Magdalena Lasala, con una obra inmortal, acomete la singularidad de sus versos a través de construcciones monumentales, sustentadas en cultura profusa, identificándose dentro de un canon eterno e imperecedero. Esta obra es parte y sello de esa catedral de palabras y cuerpos en la que sus lectores nos refugiamos.

 

Magdalena Lasala, La piel del cielo, Córdoba, Berenice, 2025

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Hiperestesia, belleza y orientalismo. Estos son los elementos que conforman el común denominador de la vida y obra de Isaac Muñoz, autor que ha sido foco de investigación a lo largo de tres décadas por la catedrática en Literatura española Amelina Correa Ramón. Con el afán de rescatar de la marginalidad a este autor, la experta ha logrado materializar en un libro ameno y divulgativo el retrato de un “raro” de la literatura de Fin de siglo, culminando así un proceso de justicia poética que se inició en 1990 con la tesis Recuperación de un escritor andaluz: Isaac Muñoz (1881-1925). Este volumen también viene acompañado de documentación gráfica de inestimable valor, como retratos, imágenes de la casa palacio de su familia en Guadalajara o las postales emitidas desde Tánger. 

La autora nos lleva de la mano por toda la obra de Isaac Muñoz mientras explica por qué este singular y fecundo escritor quedará fuera del canon literario español durante todo el siglo XX. El recorrido toma su punto de partida desde la primera y ambiciosa obra, Vida (1904), prosiguiendo por Voluptuosidad (1906), Morena y trágica (1908), La sombra de una infanta (1910) o Un héroe del Mogreb (1913), entre otras. Cabe destacar Alma infanzona por el fuerte influjo de la filosofía nietzscheana canalizada por Gabriele D’Annunzio (1836-1938), autor admirado por Isaac Muñoz, donde se pone de relieve la aristocracia de espíritu, noción que marcará a muchos autores y filósofos de la época y que, en el caso de Muñoz, conjugará tanto la desbordante sensibilidad como la nostalgia hacia una aristocracia señorial e hidalguía españolas al más puro estilo machadiano, aparte de su clara inclinación hacia el Oriente, pasión que marcará profundamente toda su trayectoria vital, estética y literaria. 

Esta repercusión del mundo oriental, clave para la producción literaria de Isaac Muñoz, se encuentra en 1910, cuando es destinado por orden ministerial a Marruecos para realizar una serie de investigaciones históricas y literarias; simultáneamente habrá que sumar su labor en el periódico Heraldo de Madrid. Al año siguiente, ve la luz una breve obra, Los ojos de Astarté, que evolucionará en 1912 a la novela Ambigua y cruel, con portada de José Moya del Pino. Ambas obras, al igual que Lejana y perdida (1913), se ambientan en un Oriente Próximo idealizado, donde confluyen los rasgos exóticos de India y China, otorgando un carácter más cosmopolita y refinado a la obra, características propias del arte modernista. 

De esta profunda pasión por el Oriente, especialmente el islámico y específicamente magrebí y egipcio, nacerá también La serpiente de Egipto, novela decante ambientada en el Egipto faraónico, quedando inédita hasta 1997. 

El orientalismo de Isaac Muñoz irá más allá de la mera labor literaria, pues sus artículos periodísticos reflejarán dicho interés. Comenzará a publicar en revistas locales, como Idearium (Granada) o Crónica meridional (Almería), para después dar el paso a publicaciones propiamente modernistas, digiridas por Francisco Villaespesa, como Renacimiento Latino o Revista Latina (de la cual Isaac será secretario). También colaborará en otros periódicos, tales como El telegrama del Rif o Excelsior (Madrid), destacando su labor para el ya citado Heraldo de Madrid, uno de los diarios más importantes del momento. 

No obstante, y muy a pesar de ser un autor prolífico, no solo en el ámbito literario sino también, como se ha visto, en el periodístico, Isaac Muñoz será excluido del canon por distintos motivos, como bien los explica la autora del presente libro: por un lado, su posicionamiento frente a la política intervencionista en el Protectorado de Marruecos y, por otro lado, su filosofía del arte y su vida transgresora y opuesta a los valores morales de su época, encarnando la máxima finisecular del épater le bourgeois. A todo esto, debemos sumarle el cariz innovador en su estilo literario, centrado más en la forma poética que en la acción, relegándolo a un puesto marginal en los círculos literarios de su época. 

Amelina Correa Ramón demuestra en este volumen los frutos de una labor detectivesca, la consecución de un afán investigador contabilizado en décadas, donde, si antes rescatadas en su tesis, ahora revividas, las bondades estéticas de una figura ocultada están ahora dispuestas al alcance tanto del experto académico como del aficionado al ámbito literario. 

 

Amelina Correa Ramón, Amor y muerte en el orientalismo modernista: el escritor Isaac Muñoz, Madrid, Archivos Vola, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Ínsaf Larrud

Tras el gran recibimiento de su obra de debut, Niña con monstruo dentro (Bala Perdida, 2023) -ganadora del 45º Premio Tigre Juan 2023 a la mejor obra narrativa en español y Finalista de la 20ª edición del Premio Setenil al Mejor Libro español de Relatos 2023-, Rosa Navarro da el salto a la novela con una obra divertida, sin complejos ni ataduras, diferente, lazada y alzada por una prosa elegante y en la que, en todo momento, es improbable adivinar lo que nos traerá ya no la página inmediata, sino el siguiente párrafo por leer. Pero lo primero a lo que hemos de enfrentarnos es a su título, Recochura, palabra que no recoge la RAE, aunque puede parecer próxima a “recocha”, término que viene a definir lo muy cocido: recocido. No obstante, indagando en el vocabulario manchego, encontramos en el diccionario de Tomelloso que se define recochura como estado de incertidumbre y desasosiego; ansiedad que acompaña al que se le priva de algo que espera, particularmente de una determinada información y, en otras localidades incluso hallamos su sinonimia con “mala conciencia”. Bien, tiempo habrá en la lectura para decantarse por una opción un otra. 

Nada más abrir sus páginas nos sorprende el humor -cuando no el sarcasmo-, la originalidad, la precisión en la expresión mientras avanza el relato con la facilidad del dibujo a mano alzada y, por momentos, incluso sentimos la aparición de la fuerza lírica con la que se ayuda a componer el timbre preciso del instante, del paisaje o la emoción hiperbólica, así dramatizada. Se diría que, además de los obvios, hubiera un personaje inmaterial que no pasa inadvertido y que no es otro que el lenguaje, pues se aprecia un cuidado tanto en el glosario de términos que se usa, como en la forma de encadenar las ideas, creando un texto por momentos delicioso; un disfrute narrativo que, por otra parte, se ha de reconocer que es uno de los pilares que sustenta y da ocasión al desvarío del relato. El otro -diría- es el saber, la erudición, que consolidan y otorgan carta de verdad a lo surreal, a lo que sería imposible en un relato que se limitara a lo más probable, a lo verosímil o al decir gris,  haciendo de esta manera lógico y dando carta cabal incluso a lo más descabellado. 

La historia tiene como escenario una población manchega llamada Lugar, es decir, transcurre en un Lugar de La Mancha, lo que ineludiblemente nos llama la atención, no siendo ni el primer ni el último guiño al “manco de Lepanto”, pues el texto atesora referencias suficientes como para hacer de su surrealismo rural -también calificado como surruralismo-, una obra quijotesca que debería de tener su lugar privilegiado entre los homenajes cervantinos. 

Como anticipábamos, la otra presencia manchega es la del albaceteño José Luis Cuerda, cuya obra se ve celebrada en lo impredecible de la trama y en ese surruralismo, al que antes hacíamos referencia. 

En es Lugar, si me lo permiten, en ese Macondo se habían asentado tiempo atrás los antepasados de la protagonista, una muchacha que -como la Mamba Negra- regresa para hacer justicia: “he venido a robar un cuadro y a matar a un hombre” y a quien una “noche en la que el viento azotaba los cristales y Abuelo se comió el alfabeto a ella le llegó, sin avisar, el uso de la razón”, haciendo de la palabra -insisto- el coprotagonista de la historia; palabra que -como apunta Navarro- nos siembra en el lenguaje, nos hace pensamiento y, por ello, nos torna peligrosos para quienes quieren controlarnos, a ser posible, sin mucho esfuerzo ni resistencia. 

Con estos elementos: el humor, la (sin)razón, la afinada puntería -es decir, la inteligencia-, el juego con la palabra, la libertad de expresión y de acción…, son con los que Rosa Navarro compone este texto que puede parecer una “pedrada” y de hecho, lo es: es el canto con el que David golpea a un gigante: a una sociedad que, como ovejas, permanece amarrada por el aire de un páramo infinito, a sus estamentos de poder, a su jerarquía, a su religión, a su orden social, a su machismo, a su desinterés por la enseñanza y la cultura -que llega incluso a despreciar el conocimiento del secreto de los secretos: qué hay después de la muerte-… y lo hace al tiempo que ensalza el papel de las mujeres, en especial de aquellas libres y determinadas; del heroísmo de los parias y los incomprendidos; del valor del saber, del amor al conocimiento, que -en el inframundo del bombo donde habita Abuelo- se opone al imperio de estatuas y campanarios yermos. 

Rosa Navarro -al considerarse algunos de sus personajes femeninos- podría afirmar, como dijera en su día Gustave Flaubert de Madam Bovary, un “c'est moi”, pues en la maestra podemos ver a la profesora universitaria, en la joven pelirroja -entre cuyos rizos, como metáfora, anidan colibríes y toda suerte de pajarillos- podemos ver un alter ego curioso e idealista, pero sobre todo intuimos en Magdalena, en esa literata que escribe a dos manos con un recaudador -de nuevo- muy cervantino, una proyección en la que también hacer algo de humor con esa “obra maestra” que todo escritor (o escritora) sueña con haber escrito, o con llegar a escribir algún día.

Por la riqueza de recursos, por el uso del lenguaje en distintos planos y estilos, por la apropiación -a modo de sampler- de fragmentos de El Quijote o de Azorín…, por lo original, por lo libre de canon…, estaríamos tentados a concluir con un Rosa Navarro es la Rosalía de nuestras letras contemporáneas, pero no hay necesidad ninguna. Además estoy seguro de que preferiría que sintiéramos la singularidad de su voz, voz que alumbra en su novela a un verbo amaneciente, que no es poco.

  

Rosa Navarro, Recochura, Madrid, Bala Perdida, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Ricardo Díez Pellejero

La muerte es un jinete azul (Editorial Milenio, 2025) de Rosa Martínez González supone el regreso a la novela después de su poemario El miedo del doble a la soledad (Pregunta Ediciones, 2022) y sus dos anteriores novelas, Sobrevivir en Comala (Editorial Baile del Sol, 2010) y La nota muerta (Pregunta Ediciones, 2020). La autora, navarra de nacimiento, pero afincada en Aragón, nos presenta un libro sobre la literatura o sobre la locura. Ustedes pueden elegir. No es una boutade; resulta más cómo personalizar las palabras que entregarnos a los extremos. Una cita de Alejandra Pizarnik y otra de Paul Auster. La obsesión, en tres voces. La sensación de que el lector no es real, como tampoco lo son los personajes. César y su doctor. Un avatar para convertir el monólogo en diálogo. No hay respuesta. Solo la revisión de la infancia y la adolescencia. Desde la EGB a la muerte de los padres: un tanatorio sin lágrimas: “apenas había comenzado a saborear mi independencia y ya se me había arrebatado el pasado; mientras que el futuro se dibujaba como un horizonte imprevisible”. 

El protagonista envuelve el discurso en la ciencia, la ciencia de los clásicos: de Protágoras a Platón, con la antropología del lenguaje: una tesis doctoral sobre una tribu que practica la afasia colectiva hasta terminar en su extinción. César se deja llevar por la obsesión, las mujeres de labios rojos, la carnalidad con el aderezo de la violencia. Y cuando llega la negación, se combina con el amor. Un amor tóxico. Un personaje, Rebeca, que hará más por la novela con su ausencia. 

Del desamor, la poesía, un libro de poemas que se vende, dinero por la poesía, “El despliegue de la luz”. Como en Amor de Juan José Becerra, el protagonista se gana la vida con un poemario y dice: “Llegué a pensar que me lo había imaginado todo”. ¿Quizá fue ese el primer aviso? Un nombre, Nerval, que nos lleva a Mariana Enríquez. El retorno del icono, del avatar del deseo. Una gabardina azul, los labios rojos, bares, librerías, una jaula, una cita de Andrés Calamaro: “La vida es una cárcel con las puertas abiertas”. 

De Andrés Calamaro a Fito Páez, aunque sea a través de Charles Bukowski. Leen el relato de Cass. Fito escribió “Polaroid de Locura ordinaria” y José Luis García un poema que sirvió como texto de una de las más grandes canciones de Gabriel Sopeña. Los dos, César y Rebeca, viven en un relato corto de belleza y muerte. No hay nadie del todo vivo ni del todo muerto. 

La novela de Rosa Martínez es un estado cuántico constante, entre la literatura y la vida, entre el papel y el sueño. El escritor sigue cabalgando el éxito, pastillas y alcohol, novela negra. Vaciado por la felicidad: ¿Le enferma la realidad o es la rutina? Llegar al instante de una anciana enlutada. Un trance, una almohada, cristales rotos, vaso de agua. Sangre. 

Una novela, en el duermevela de la realidad, con una boca tapada para no gritar. El escritor que quiera convertir en libro su vida. O usar la literatura como exorcismo. Jugar con la ciencia, la criminología, la banalidad del mal, la psicopatía. ¿Es el cuerpo del personaje, bello y atractivo, la fisonomía del asesino en serie? La autora nos lleva al 21 de septiembre de 2017. Coloca indicadores euclidianos para poder detectar los distintos estadios que llevan al abismo: el doctor desaparece, la bandolera en un nuevo día, el tiempo se desplaza, el caos es la realidad, un ascensor. Un ascensor es la marca del extrañismo: caer por el hueco de un ascensor y acabar en la calle, tirado en el suelo. En urgencias como si lo hubieran atracado. Podría llegar a ser la metáfora de lo cómico. Al enfrentarse a su doppelganger y acabar descubriendo que es su exmujer. Un hueco en un edificio público como metáfora perfecta del descenso a los infiernos. 

Espacio y tiempo se confunden. Valladolid y Madrid. Y Beatriz, ¿qué Beatriz? ¿No era Rebeca? Es la aparición/desaparición nutricia del personaje. Tabaco y una grabación. Registrar la realidad para justificar la locura. Juan Velilla. Si no son grabaciones, serán fotografías: “Fotografías contra el olvido”. Una especie de propuesta para mezclar a Leopoldo María Panero con el “metraje encontrado”, un estilo más hermético y cinematográfico que se introduce como la pez entre los huecos de la realidad. Esa es la novela. Una novela de tres personajes. De tres secundarios. Dos ciudades. Una tercera fantasma. El segundo secundario, José Luis, un anciano con un estudio de revelado analógico llamado Prisma. Como si Rosa hubiera escarbado en una memoria de los ochenta, en nuestra memora. La cámara, la película, es más que un objeto para captar la realidad, es un arma contra el olvido y la oscuridad. El olor de la química que trae el revelado despierta al protagonista y al lector. Un vagabundo, una calle, la cámara: salto, otra vez, en el espacio y el tiempo, la tercera ciudad, Alicante. 

¿La EGB es un estadio mental? ¿Un sueño que se repite, una memoria interna? No olvidamos ni nombres ni apellidos. Al volver de lo profundo, un carrete. ¿Pruebas del delirio? ¿De la maldad? ¿Pruebas o silencio? Volvemos a los potenciales estadios cuánticos de la novela. Cerrado por defunción. Del día 9 al día 17, un álbum abandonado sobre la mesa del negocio. Del 17 al 19. ¿Quién devora los días? El tiempo solo se conserva en los bares de los barrios, lugares donde las estaciones y las celebraciones están consensuadas, como los adornos de Navidad. Lo que capturas en la película (o en la cinta magnética o en los ojos del lector) son muertes al azar y el terror del anciano. ¿Existe relación entre la vida sesgada y el timbre en la puerta que avisa? Por primera vez, con el final de la primera parte, aparece la palabra suicidio.

Los tres capítulos en los que se estructura la novela ofrecen visiones distintas en el espacio y el tiempo; se desplazan lentamente, recopilan datos y ponen el contexto. Beatriz, la mujer que sustituye a la mujer, es más prosaica, luminosa y algo sensual. Llega cuando en la Campana de Gauss comienza el descenso. Nos ofrece un entramado de mundos paralelos, una sucesión cuántica, una realidad de locura como enfermedad, es decir, contagiosa. Pero ella es una mujer engañada, con un trabajo precario, en un Madrid desolador. 

Cigarrillos que van y vienen, que definen las máscaras. Un doctor. El doctor, te dice el lector: no ha muerto, no lo recuerdo, quién es… ¿Llegará el tercer estadio? Del primer intento a la intimidad por pena. La narración se extiende, luego se comprime. ¿Queréis saber qué guardaba el carrete? Manchas. Manchas que son un reguero velado de muertos que no existen. Cita a Ricardo Piglia, habla de las fantasías de John Cheever (en vez de piscinas, calles y fotografías). Daniel es un secundario poco exigido. Un detonante para la huida: “Un autor loco en estos tiempos es un soplo de aire fresco”. 

Al final hay que vender libros y la firma de una persona enajenada no tiene valor legal. Hermetismo, sencillez, ajenos a la sobredosis de la realidad. Amor, ligando, conmigo, siempre hay tiempo para la sensualidad. Juegos, sombras, luces y rostros, miradas, dos cuerpos. César tiene la piel impregnada de hospital y desesperación. También de nicotina. Camel, en concreto. Vuelve la electricidad estática, el ozono violento después del sexo. La autora construye un personaje débil y atractivo, que puede ser cruel, porque tiene algo de infantil: “Es que no tienes vida propia. ¿Qué estás haciendo con tu vida, Beatriz?”.  Así acabó todo: “Y de algún modo, así fue: primero César me echó de su casa; luego me suplicó que me quedase. Traté de que durmiera. Pasó tres días sin dormir”. ¿En qué realidad has depositado a Beatriz?, le pregunto a su autora. Una en la que el amor se diluye en un muro agrietado por la locura. No olvidemos que el delirio es primo hermano de la escritura. Por eso: “Menciona una y otra vez a Rebeca, a un anciano fotógrafo, a un amigo de Valencia, todo mezclado y todo confuso”. Apagón y dispersión, César: diez dimensiones, el hombre que vendió su alma. Cuando la ambulancia llegó, su vida había terminado, aunque siguiera vivo. Aunque tuviera que aparecer el Doctor Velilla para protagonizar el cierre, la tercera parte, la realidad golpeando como una amalgama de piedras y pastillas: Francisco de Goya, Franz Kafka, un hombre de vida sencilla, que prefiere leer a ganar dinero. Amante de una esposa (secundaria), detallista ligeramente monótono. El doctor trae una mochila rellena de contradicciones y espejos, en ese juego de espacios, empezamos a sospechar que Velilla es el lector de esta historia, lectores del lector. Beatriz Varela, no sabemos cuándo, se ha convertido en doctora. Escribe sobre muerte y literatura, sobre locura y novelas. ¿No es de eso de lo que escribimos todos?  Le preguntamos, con esta reseña, a la autora. 

Imagino, en la psicosis del escritor, unos pocos cientos de metros entre el Jardín Botánico y la Cuesta de Moyano. En Madrid, estratos separados, mezcla de pasado y presente, las vidas son distintas, el multiverso del jinete. Las librerías de lance, los almacenes de segunda mano,  la foto de la autora (un poco, sí, un poco, a escondidas de su mujer), el doctor Velilla busca chispa y encuentra fuego. Si el fuego es demencia también ilumina: “Aquellas páginas le llenaron de luz. Había alguien especial velando en la oscuridad y ese alguien era Beatriz Varela”. De pronto los tres confluyen como conjuntos en una intersección como Diagramas de Venn. Hay un juicio, hay un internamiento, hay llamadas y más intentos de suicidio. Viajes de Madrid a Valladolid. Ahí, donde siempre se dice la verdad, es donde el doctor se reconoce en el hombre que conforma el tercer vértice, con Beatriz y César. Beatriz convertida, súbitamente, en el objeto del foco de la historia.  Un atípico triángulo, entre la literatura, la psiquiatría, el sexo, o, más bien, la imagen del amor lujurioso y blanco. ¿Qué es la muerte en este juego cuántico de presentes? ¿Liberar a la víctima? Los últimos momentos lúcidos. 

La liberación tiene algo de eutanasia, de dejadez química. No importa.  He repetido muchas veces cuántico, pero es la semántica exacta. En esta nebulosa que nos deja la novela, hay más preguntas que respuestas. Más química que física. Ya no sé si es cita o conclusión, pero tengo que cerrar con esto: Alguien de esta sala podría afirmar que siempre y en todo momento puede o ha podido distinguir la realidad de la creencia, de la idea malsana, de la pasión irracional. Una novela,  La muerte es un jinete azul, de la autora española Rosa Martínez González. Literatura pura, destilada, indescifrable. No dejará indiferente al lector.

 

Rosa Martínez González, La muerte es un jinete azul. Lérida, Editorial Milenio, 2025.

Escrito en Sólo Digital Turia por Octavio Gómez Milián

Artículos 1 a 5 de 1404 en total

|

por página
  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
Configurar sentido descendente