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Configurar sentido descendente

23 de mayo de 2018

Lo busco

no le gusta

se encoge

en el insólito

terreno

bajo las bisagras

que la ventana

muestra

ahora, ahora

es gruñido de animal

de guarida, y puede ser

un aullido

de manada

en desazón,

es un perezoso pez

inmóvil en el estanque

del azul soñado que salta

al brillo de la luna

para hundir su cuerpo

bajo los nenúfares

al menor presentimiento,

es una estrecha gruta

cuyo final ventanoso

termina en espuerta de sombras,

me llaga, al suponerlo

unos pasos más atrás

cuando sientes su olor

y te perfuma la cama

se diluye

en recuerdo de otro recuerdo.

Escrito en Lecturas Turia por Concha García

22 de mayo de 2018

            Con anterioridad a La huida del cangrejo, Angélica Morales ha publicado otros textos narrativos y, en estos últimos años, se ha movido con una enorme eficacia tanto en ese registro como en el lírico, quizás porque entiende que la escritura literaria va más allá de los límites genéricos, no conoce cortapisas ni respeta convenciones que atenten contra la imaginación, esto es, contra la libertad. Porque, y esto me parece innegable, para ella decir literatura es decir libertad.

 

Del mismo modo que la escritura se prolonga en la lectura, donde adquiere algún tipo de sentido, la lectura puede verse como una proyección de la vida. Morales se ha referido a la importante función que la lectura ha desempeñado en la suya, en general, y en la construcción de esta novela, en particular. He escrito novela, y compruebo enseguida que con este término no hago justicia a lo que Morales nos ha entregado porque este texto va más allá de lo que entendemos habitualmente como novela. Palillos chinos es lenguaje en libertad, lenguaje que busca un lector cómplice, dispuesto a internarse por esas vías por las que se adentra la palabra liberada de todo tipo de gregarismos, tópicos y prejuicios, lenguaje que se atreve a experimentar, que huye de los clichés establecidos y avanza con la intención de ofrecernos una cartografía de paisajes y emociones inéditas, y todo ello lo hace con un registro no marcado, nada fosilizado, atento a la pluralidad del mundo, sensible a la diversidad de las conciencias que lo habitan.

 

La novela no tiene desperdicio y el suspense está garantizado desde el inicio: “Los ojos del chino/guardan un secreto” (p. 17), estas son las palabras con las que se abre la novela; más adelante, leemos que otro personaje, Pilar, “tiene los ojos tan hundidos/que parece que miran/desde el fondo de la tierra” (p. 30). Configurada con ingredientes teatrales (ahí se aprecia una de las grandes pasiones de su autora) y cinematográficos, se incorpora magistralmente la oralidad, ese registro tan habitual de otras épocas y otras culturas, una novela, además, que hace un uso tremendamente eficaz de algunos de los soportes comunicativos más extendidos en la actualidad (redes sociales, correos electrónicos, chats, facebook, etc.). Y más allá de eso, estamos ante un texto con un elevadísimo voltaje poético en donde las metáforas y las imágenes son ingredientes esenciales, en el que las palabras no son solo correa de transmisión sino que alcanzan un fin en sí mismas. Morales ha jugado sus cartas y ha asumido sus riesgos. Digo esto porque un texto como este probablemente no resulte cómodo a un lector lastrado por una idea de la literatura excesivamente convencional, condicionada por diferentes clases de órdenes y jerarquías. Esos riesgos son precisamente aquellas puertas que algunos traspasan y que abren las heridas de la posibilidad. Morales ha sido valiente porque ha hecho su apuesta y esa apuesta no era precisamente a caballo ganador, quiero decir que no ha jugado sobre seguro (el juego, sin ese riesgo, no es tal juego, es trampa, costumbre, tópico…), y la autora de esta novela ha evitado esos lugares comunes.

 

Con la ayuda de ciertos recursos narrativos y el despliegue de toda una galería de diversos y variopintos personajes cuyas historias acaban entrecruzándose, asistimos al gran teatro de la vida, donde se dan la mano lo alto y lo bajo, lo heroico y lo miserable, la comedia y la tragedia, la belleza y la mugre, la alegría y la desesperación. Esos personajes funcionan muy bien como iconos de la pluralidad del mundo, proceden de distintos orígenes geográficos, utilizan varios códigos lingüísticos, son exponentes de diversos imaginarios sentimentales y culturales y todos se entremezclan en ese puzle extraordinariamente bien tejido e hilvanado que resulta al final Palillos chinos. Huyendo del tópico y la convención más ciegas, se expresan de modos particulares, sienten y actúan de maneras muy diferentes. Así, Morales se ha multiplicado y ha sabido ponerse en la piel de sus personajes y dar voces diferentes a todos ellos, construyendo unos diálogos extraordinariamente fluidos y dinámicos, dejando que esos mismos personajes le arrebaten su palabra y sean ellos mismos los que, al contarse a sí mismos, cuenten las historias.

 

La novela es una estremecedora e impactante alegoría de la soledad y el aislamiento en un mundo en el que, como nunca antes, abundan las vías comunicativas, ofreciendo de paso un diagnóstico certero de todos esos elementos que, por encontrarse en la cara oscura de nuestra conciencia y no haberse materializado expresamente, han acabado por configurar lo esencial de nuestra personalidad. Una novela que vela por lo desaparecido y nos enfrenta a emociones, situaciones, estados de ánimo y acontecimientos de no fácil digestión.

 

            En suma, Palillos chinos es un extraordinario ejemplo de literatura disidente, transformadora y dinámica, que ofrece al lector un abanico amplísimo de posibilidades, una disidencia en la que cada decisión estética conlleva una implicación ética, desde la elección de un registro deliberadamente lírico, configurado en modo versicular, hasta la supresión de las comas, demandando así un lector activo, dispuesto a llevar a cabo los esfuerzos de reconstrucción necesarios que este tipo de escritura demanda. Morales recoge el testigo insurgente de algunas vanguardias históricas y de ciertas modalidades del experimentalismo, de todo aquello que provoca desconcierto, desasosiego o incluso malestar en el receptor. Aparentemente, la configuración orgánica se ha desvanecido pero al final el lector percibe que todas esas elipsis, supresiones, instantáneas y fragmentos con los que Morales arma su texto han sido convocados al servicio de una cierta coherencia y cohesión textual, y así consigue recomponer el puzle y descifrar el enredo en el que se había adentrado. La propuesta está ahí, a la espera de un lector que se adentre en este sugerente laberinto de ideas, personajes y acontecimientos que es Palillos chinos.  El viaje, sin duda, merece la pena.- ALFREDO SALDAÑA.

 

 

Angélica Morales, Palillos chinos, Zaragoza, Mira Editores, 2015.

 

Escrito en Lecturas Turia por Alfredo Saldaña

22 de mayo de 2018

Mariano Peyrou (Buenos Aires, 1971, aunque afincado en Madrid desde 1976) ha dado a los lectores de poesía posiblemente su mejor libro hasta el momento, lo cual ya era un reto, tratándose de uno de los poetas que mejores y más interesantes entregas nos había regalado en los últimos años, con títulos como La sal (2005) o Estudio de lo visible (2007), entre otros. Su labor no sólo como poeta, sino como narrador, se complementa con el volumen de relatos La tristeza de las fiestas (2014) y la novela De los otros (2016), sin contar sus innumerables y atractivas traducciones. A finales de 2015 se publicó Niños enamorados, siempre en la editorial Pre-Textos, impresionante poemario y muy recomendable.

 

Niños enamorados comprende sólo 15 poemas, pero se trata de textos extensos que, además, poseen una intensidad inusitada en la poesía hispánica contemporánea. La materia discursiva que los caracteriza —como fragmentos de un discurso amoroso— se halla transida de una fuerte sustancia verbal, imaginística y simbólica, sin desdeñar cualquier tipo de conexión semántica, fonética o sintáctica que sea afín a la producción de sentido. Por eso dice en un momento determinado que «El amor es una estructura lingüística.» (p. 46), en el poema «El ideal» (pp. 45-48), quizás una de las composiciones más logradas de todo el volumen, por su rigor formal y su fuerte carga pervasiva. Sí, ese podría ser el origen a considerar desde los planteamientos austinianos, pero la proyección es mucho mayor, descontrolada y en continua expansión. Niños enamorados salta hacia el otro —la otredad dialógica, bajtiniana en toda su amplitud— y ahí es donde se pierde la referencia, donde se deja de poseer para —por el contrario— compartir, para vivir en el otro, fin práctico de cualquier punto de partida teórico. Sabemos desde dónde salimos pero nunca sabemos adónde llegamos, y esa ley no sólo rige la poesía, sino en general la vida. «Una fascinación» (pp. 41-44) plantea precisamente eso, desde el comienzo: «Abstracto es lo concreto / fuera de contexto; […]», centrándose en el otro en repetidas ocasiones, dotándole de la real y auténtica, aunque habría que decir «genuina» importancia que adquiere en nuestra existencia, cerrando el círculo y formando parte de las relaciones humanas en su complejidad: «Complejo es lo sencillo demasiado / cerca; me alejo, busco una sensación / de irrealidad. Es mi manera de / sentirme vivo. […]» (pp. 43-44). Extrañamiento que busca la irrealidad, pero identificación también, que requerimos para conectar nuestros vínculos al mundo, al otro, a lo que nos define al fin y al cabo: «Parece que es contigo, la / fascinación, pero descubro que en / realidad es con el otro. / Sus problemas son las leyes y las / instituciones; el otro no tiene / otro, así se define, eso / lo caracteriza […]» (ibíd.). Cara y cruz de uno mismo, pero parte irrenunciable de nuestro ser, ser y voluntad de ser, materia y proyección a un tiempo.

 

Desde este punto de vista varios poemas tienen títulos que aluden a esta visión platónica, digámoslo con la filosofía clásica: «Teoría» (pp. 28-29), donde esta relación dialéctica y gestáltica se hace cuerpo: «Ése es el juego maravilloso: que / parezca un símbolo, haz que nos arrastre / con la estrategia de un símbolo.» (p. 28), llevando esa dinámica lúdica a convertirse en el propio mecanismo del intercambio —conocimiento y comunicación—: «[…] Manejamos sólo unos / recipientes opacos donde no hay más / que cierta capacidad para el juego, / y eso no es poco. El texto / no es simbólico, lo que es el simbólico / es el lector.» (ibíd.). Más adelante, en el mismo poema, concluye que: «La práctica es posible. La teoría / es utópica o al menos delirante, / y la adoro por eso.» (p. 29). La mayoría de los poemas de Mariano Peyrou tienen la virtud de poseer sus propias claves interpretativas («Siempre un exceso de interpretación», p. 25, como bien dice en «El miedo tranquilo», pp. 23-27), que amplían la concepción poética —no sólo del autor, o del libro—, y como todo buen arte se explica a sí mismo, ensayando sus ejes autorreferenciales, explayándose, dejándose llevar por las sugerencias y los caminos que van surgiendo muchas veces de manera sorpresiva.

 

«El ideal», antes citado, plantea todo esto desde la correspondencia de lo que se piensa y sucede a través del hilo cognitivo que genera el ser humano. No en vano hay una búsqueda de universalidad en toda la poesía de Mariano Peyrou a sabiendas que es una búsqueda vana, aunque de eso se trata: «[…] Tiene algo limpio: / un movimiento líquido, garantía / de que no me voy a detener / en ningún sitio, de que / buscar y no encontrar, / dejar atrás, / abajo / quemar las sensaciones hasta el humo, / estoy ahí entre las nubes, / lo que se busca es no encontrar, / seguir buscando.». Así finaliza este magnífico poema, que «Tiene algo nuevo: desprovisto de / significado, cada uno / pendiente de la reacción / del otro para inferir como se / pueda lo que no se puede / preguntar. […]» (pp. 46-46). El otro —habría que ponerlo con mayúsculas, el Otro— de nuevo como epítome de todo, como solución donde encontramos lo que no se busca. Ese es el hallazgo, y podríamos ir muy lejos en la exégesis. Es preferible una buena síntesis a mil análisis, pero nadie puede llegar a la síntesis sin haber realizado antes todos esos análisis que nos ponen de frente a lo que nos interesa: «Esto es lo que se hace: / trabajar lo real hasta convertirlo en imaginario» (p. 36, de «¿Qué significa eso?, pp. 35-37).

 

Mariano Peyrou nos ha regalado un libro impresionante que es sin duda uno de los mejores poemarios de los últimos años. Un libro necesario que calificamos como obra maestra. Un poeta imprescindible en el panorama actual.- JUAN CARLOS ABRIL.

 

 

Mariano Peyrou, Niños enamorados, Valencia, Pre-Textos, 2015.

 

Escrito en Lecturas Turia por Juan Carlos Abril

22 de mayo de 2018

1. Cuando Ane me cuenta su aventura triangular, la escucho previendo que no va a ser más fou que la mía. Nos conocemos y queremos desde hace un par de años, pero entre nosotras hay algo agradable y pegajoso. Me dispongo a escucharla con un hastío que, a la altura de las dos de la madrugada, empieza a deslizarse hacia el sueño. Tengo mucho, mucho sueño, y estoy segura de que Ane nunca ha entrado en la misma habitación de hotel con dos hombres que la aman de formas diferentes y se ha dejado follar por uno mientras le practicaba –qué verbo de deportes y operaciones- una felación al otro, que se corrió con culpa y una vergüenza mala, peor que otras vergüenzas: bajó los ojos. El que me penetró llevaba un rato mirando a una distancia higiénica o rencorosa. Sin acercarse ni tocar. Esperando. Yo sólo pensaba qué diría mi madre.

 

2. Antes de empezar su cuento, Ane me mira con picardía y yo ya sé que me va a costar mucho creerla. Mi triángulo fue una posición incómoda, un no encontrar la postura, un jergón que se clava por todo el cuerpo. No lo viví como una experiencia sofisticada que ocultaba un sedimento de instructiva crueldad. La frase anterior la pienso entrecomillas y engolando la voz. Desde el principio entendí que alguien –incluso puede que yo misma- iba a salir perjudicado. Fue algo que tenía que ocurrir no porque quisiéramos ser libres y liberales, no porque quisiéramos desinhibirnos o romper con los prejuicios. Sucedió porque nos enamoramos. En aquel entonces percibí miradas admirativas que nos ponían en valor por nuestra fornicación y nuestro atrevimiento. Deseo y curiosidad. Como si, de repente, a los ojos de quienes nos observaban y eran conocedores, nos hubiésemos transformado en personas interesantes. Yo aún no había visto Jules et Jim. Pero ya tenía carita de Jeanne Moreau.

 

3. Escucho, por tanto, a Ane como una mujer que está de vuelta de todo. Aunque no lo parezca. Presto atención a su hermosura de lienzo prerrafaelista y a los movimientos de sus manos que van deshaciendo destructivamente la piel de los panchitos. Nada puede ser más estremecedor que el relato del triángulo de mi educación sexual. Afectiva. Pintamos de rojo el triángulo equilátero y el isósceles, de azul. La biografía se dibuja con puntadas vacilantes de triángulos. Colchas de ganchillo cosidas pieza a pieza. Qué me va a contar Ane. Nada más turbio que una eyaculación precoz y un polvo flojo con dos hombres que no llegaron ni a rozarse. Ni fueron felices. Yo los atendí por separado con una solicitud de zorra. De profesional. De mujer idolatrada. No sé qué hacíamos allí ninguno de los tres. En aquel ambiente que olía a aceite de hachís y a mala novela de Paul Bowles. No sé si peleaban como insectos carnívoros mientras impostábamos naturalidad –cortesía, desenvoltura- en la situación más impostada de mi vida. Quizá se daban codazos para tirarse de la cama. No sé si me buscaban a mí o qué otra cosa andaban buscando. A lo mejor los amé como una loca. Puede que no los quisiese en absoluto.

 

4. Yo tuve un día el don de la ubicuidad y habité en dos cuerpos a la vez mientras mi vientre y mi boca se llenaban de gemelos. Mágicamente. Y, ahí, en la magia, en el espacio de lo enigmático es donde la narración de Ane me hace olvidarme un rato de mí misma. Digo: “Ya no puedo beber más”. Sin embargo, Ane da comienzo a su historia apurando su copa de ginebra.

 

5. En la filarmónica Ane conoce a una mujer de la que no le importaría enamorarse. Me confiesa que, si fuese lesbiana, se enamoraría de aquella mujer despistadísima que a veces le pide veinte euros porque sale de casa sin darse cuenta de que su monedero está vacío. Quizá le da vergüenza reconocer que se administra mal. O que pasa apuros. Música. Bohemia. Inestabilidad. Es una mujer que, al llegar a una habitación, desparrama sobre la colcha el contenido del bolso. Debe encontrar un objeto, el objeto –espejito, polvera, encendedor, bolígrafo, tijeritas-, el que precisamente no ha guardado. Después se olvida de qué busca. Una mujer perfecta sin prurito de perfección. Imagino que será un ama de casa desastrosa. “Me encantaría ser lesbiana”, me dice Ane mirando sin ver. “Qué pena no serlo. Te lo digo de verdad”. A Ane le fascina la esbelta apariencia, la regularidad de los rasgos, la serenidad y la apostura de una mujer que, cuando se bajan las persianas o se apaga la luz, se despeina y desmorona. Saca la tripa y se encoge de golpe. Le entra tos. Se le quita el glamour de encima como si el glamour fuese una enfermedad infectocontagiosa que nos aísla de los otros. A Ane le gustaría contagiarse. De la mujer. Del glamour. Del desaliño. No sabe de qué: “Ojalá lo fuese. Lesbiana.” Aquella mujer se comporta con ella de un modo especial. Se expone. Como si hubieran sido amigas de la infancia. Pero no lo fueron. A la mujer algunas veces se le humedecen los ojos cuando la mira. Ane, en la orquesta, la protege.

 

6. Cuando Ane dice que le gustaría ser lesbiana sólo por el hecho de haber conocido a esta mujer, aunque lamenta no serlo de verdad, la entiendo perfectamente. No porque yo haya deseado ser algo que no soy, sino porque nunca he sentido curiosidad por el interior de la boca, de la profunda tibia vagina, por el sabor -¿lechoso?- del pezón de una mujer. He conocido mujeres mucho más hermosas que cualquier hombre. Inteligentes y dignas de amor. Pero nunca he querido acercarme, quedarme pegada, intuir sus palpitaciones, pedir a gritos que me violenten. O violentar. Un desmoronamiento o un repentino vahído. Una fibrilación. Un amarre. Los filos de dos puertas automáticas que inevitablemente confluyen en un punto. Rozarse un poco. Desde mi sillón de enea le digo a Ane: “Te entiendo”. Ella responde: “No estoy segura”. Replico: “No somos queer”. Nos morimos de risa. Le doy el último trago a mi copa de champán: “Puede que ya estemos viejas”.   

 

7. Ane se revuelve contra la percepción de nuestra vejez: “Hablas por ti, supongo…” Después come un cacahuete y retoma su relato. Ane toca su violín al lado de aquella mujer que también es una intérprete virtuosa. Al verlas tocar nadie diría que tienen miedo. Que vacilan. Entre las dos se crea un vínculo. Se tapan las notas falsas. Minimizan los errores. Ensayan los pasajes complicados y las sutiles, intrincadas, frases de la música. También la música está llena de triángulos. Compases, tríos, tercetos, tresillos. El tintineante instrumento metálico de algunas sinfonías. El ojo de Dios y el origen del mundo. “El coño”, Ane está ya bastante borracha y se le afloja la lengua. En todos los sentidos. A veces su nueva amiga le habla a Ane del pasado, pero ella no le presta atención. Cree que toda su complicidad es nueva. Un regalo a una edad en la que ya no se tienen expectativas de encontrar a los mejores amigos. Ane sabe que no sirve de nada bailar un pasodoble en la residencia de la tercera edad. Hacer ojitos en el centro de salud geriátrica. Ane y la mujer se hacen confesiones como sólo nos confesamos ante quien no conocemos y permanece oculto tras la celosía y no puede reaccionar con una mueca que nos lastime. Existe, entonces, la posibilidad de reinventarse. El gozo de no ser corregido y de no tener que cotejar puntos de vista. La creación pura y la dulce ocasión de mentir. Ane le cuenta a aquella mujer la historia de sus amores. Así comienzan algunas amistades y nacen personas que no existían. Inmaculadas bajo el agua de un nuevo bautismo que normalmente se celebra entre el vapor del alcohol.

 

8. Esta noche también nosotras conversamos en círculos. De delante hacia atrás y de atrás hacia delante. “Los hijos únicos siempre tenemos con los padres una relación triangular”, Ane me despierta otra vez con sus palabras. Yo no sé si atino: “Puede que quizá no haga falta que los hijos sean únicos para vivir con los padres un triángulo”. Se lo digo porque yo también he amado y odiado a mis padres. Con concentración. Con ceguera. Con saña. Sobre todo en esos días en que se amaban como locos o como perros. Cuando se detestaban durante veinticuatro horas y mi madre se bebía en solitario una botella de champán olvidándose de mí. Al día siguiente estaba enferma. Había que cuidarla. No hacer ruido. Yo también he esperado para escuchar una palabra amorosa de mi padre. Todas eran para mi mamá. Lo peor son las temporadas en que a los padres se les desborda el amor. Se les rompe como en los boleros y la hija única teme no ser quien, al final, fracture la coherencia perfecta de ciertas geometrías. Digo: “Me hubiera gustado que mis padres se aburriesen juntos. Como los matrimonios normales”. Ane se pide otra ginebra. Inhala el humo. Lo expulsa.  Yo me aguanto las ganas de fumar. Soy gilipollas.

 

9. Ane le confiesa a esa mujer -hoy también me lo confiesa a mí- que con su padre siempre ha mantenido una relación edípica. Se pone impropia, vulgar –como del Reader´s Digest- al insistir en que tal vez por esa razón sus amantes, sus maridos y sus novios siempre han sido hombres mayores: “Si hubiera sido lesbiana, seguro que me habría ido mejor”. Las dos se ríen. La mujer responde “Cualquiera sabe” y Ane le sigue contando la historia de un amor que casi acaba con ella. La mayoría de las mujeres tiene una relación así. No digo nada. Ane evoca: “Los hombres mayores tienen la piel suavísima…”

 

10. Ane nos relata a la mujer y a mí la misma historia en dos puntos diferentes del tiempo y del espacio. En realidad nos está hablando a la vez y puede que la mujer y yo seamos la misma. Sé perfectamente que eso no es posible y juro: “Hoy ya no puedo beber más”. Veo doble e ignoro qué frase -¿locución?, ¿adverbio?, a quién le importa la gramática- tiene menos sentido: “la misma historia”, “a la vez”, “hablar”. Desde que me he quedado tan delgada no puedo beber. Tengo iluminaciones: mis triángulos nunca fueron historias de adulterio, sino más bien excesos de fidelidad. Entonces sonrío porque noto desde los dedos de los pies hasta la garganta que soy una mujer tocada por la generosa mano de la Fortuna. Se me ríen los ojos. Ane pregunta: “¿Te pasa algo?”. Parece que tengo con ella la obligación de estar un poco triste. Me río giocondamente y ella pregunta otra vez: “¿Te pasa algo?” Yo, además de alegría, noto la verde punzada de los celos. Disimulo.

 

11. Ane le coge las manos a la mujer –a mí no- y le cuenta que fue una joven precoz y voluntariosa. A los dieciocho años ya estaba viviendo en casa de un hombre que le sacaba más de veinte. “Esa relación casi acaba conmigo”. A la mujer, muy empática, muy dulce, le asoman lágrimas a los ojos, pero Ane no tiene ningún deseo de consolarla ni de preguntarle por qué llora. Él bebía, mentía, follaba con otras mujeres. Especialmente con una a la que le bajaba las bragas con precipitación e incontinencia para embestirla contra un tabique. Estaban en el trabajo, todo el mundo les oía y se lo contaban a Ane que ignoraba si quería ver para creer. Oírlo e imaginar. Alta. Morena. Excelente. Entre las bambalinas del teatro la morena se dejaba hacer por aquel hombre que debía despertar en las mujeres jóvenes una vocación de monja, de limpiadora de rijas, un gusto por el agusanamiento, los malos olores y el verdadero retrato de Dorian Gray. “La puta redención”, le dice Ane a la mujer. También a mí. Entonces la mujer explota: “¡Perdóname!”

 

12. Ane odiaba con todas sus fuerzas a la mujer de las bambalinas. Le habría clavado alfileres en la planta de los pies. Le hubiese roto los dedos con la puerta de un coche. La habría dejado sorda en una explosión. El amante viejo se reía de los reproches de Ane: “Todo mentira, mi niña. Todo mentira”. Ane se miraba en el espejo y veía a una muchacha de dieciocho años con la piel blanca como un trago de leche y los pechos firmes. Con el filo de la mandíbula elevado y la boca limpia. Después, recordaba la barba canosa de su amante y el color anaranjado que deja la nicotina en el bigote. La polla flácida y el olor a queso. Ane se castigaba. Insegura. Histérica. Se mordía las uñas y, en lugar de odiar al hombre, despilfarraba su odio con aquella mujer sobre la que colocaba tantos atributos –tantas perfecciones- y buscaba tantos parecidos, que había dejado de verla nítidamente. Apretaba tanto el lápiz que rompía el cuaderno de dibujo. La retrataba con tal minuciosidad que había perdido la perspectiva. Lo mismo les ocurre a los pintores hiperrealistas y a los científicos que no separan nunca la pupila negra de sus microscopios. Ya no sabía quién era aquella mujer. Sólo que le hacía daño. Ane se encontraba cada vez más fea. Más ridícula. Más abandonada. Terriblemente débil. Una anemia perniciosa la devoraba. Luego fingía creer las palabras de su amante. Lavaba en la bañera al hombre viejo frotándole la piel como si fuese un niño de tres años. Él se dormía.

 

13. Pienso que, pese al desgaste físico y la corrosión sentimental, a mí mis triángulos me han hecho sentirme fuerte, bella y poderosa. “Hay triángulos y triángulos”, pongo la frase encima del velador para que la realidad regrese. La noche. Un bar. Los dedos aceitosos por la piel de los panchitos. Después me digo que sólo pienso mentiras para favorecerme y vuelvo al meollo de la historia de Ane. Retomo la palabra que le sirve de gancho y me doy cuenta de que la ciencia-ficción y lo melodramático a veces confluyen en un punto: “¿Perdóname?”

 

14. Ane había odiado a la mujer de las bambalinas. La había visto de refilón al recoger a su amante en la sala de conciertos. Había medido su silueta de espaldas. Las pantorrillas fuertes y el pelo a lo garçon. A su modo, la había espiado. Como un ratoncillo desde su agujero. La había oído reír con la seguridad de que ella nunca conseguiría una risa así de transparente: emanaba de un lugar secreto entre el ombligo y las vértebras lumbares. Frente a la risa de aquella mujer, Ane siempre tendría risa de ratón. O de hiena. “Tienes una risa preciosa”, la adulo. Porque lo más bonito de Ane no es desde luego su risa. “Preciosa”. El cariño que Ane me tiene es poco apasionado y no me escucha cuando le dedico hermosas palabras. Ella está en lo suyo: había visto de frente y de perfil a la mujer de las bambalinas y se había guardado en la cabeza la imagen de fotomatón de una ficha policial. Luego la olvidó.

 

15. El amante viejo dejó a Ane y se fue a vivir con la mujer de las bambalinas que consiguió destruirlo sin convertir la destrucción en un propósito. Lo destruyó porque aquel hombre era a la vez vulnerable y sádico, y porque nunca había sabido disfrutar de la juventud que se le iba ofreciendo como pócima de regeneración o sangre vivificadora del vampiro. El hombre se quedó solo. Ane lo vio. Coincidió con él. Le tendió una mano floja mientras evocaba los momentos culminantes de su amor y de su sexo. Nunca le dio lástima. “Tal vez sólo un poco”, Ane se acerca a la cara el índice y el pulgar, unidos por las puntas, y se ríe con su risa de hiena. Se exhibió delante de él cogida del brazo de otros amores. Tuvo una hija. La mujer de las bambalinas se había esfumado y Ane empezó a quererla no de forma romántica, sino con el agradecimiento de que se hubiese ido dejando un medio cadáver, un despojo, a sus espaldas. "Una femme fatale”, apunto con sarcasmo. Con envidia. “Una persona maravillosa”, responde Ane. La mujer –ya no sé cuál- me roba todo el espacio y aquel hombre viejo ahora es más viejo y aún no ha terminado de morir. Me pongo en su lugar.

 

16. Ane no puede descifrar los mecanismos por los que su cerebro había bloqueado el rostro –también la risa- de aquella mujer. No sabe por qué no fue capaz de reconocerla en esta nueva intérprete a la que adoptó como si fuera un cachorro abandonado al que se le notaba el pedigrí, la buena clase, en la calidad del pelo y el grosor de las patas. Cuando aquella mujer le dijo “Perdóname”, Ane no supo qué debía perdonarle exactamente, pero de pronto las imágenes pasadas regresaron: recolocó los ojos de la mujer dentro de los ojos de la mujer, la boca en la boca, las cejas en las cejas, el óvalo del rostro en perfecta coincidencia con el óvalo del rostro. De la reconstrucción surgió aquélla que había sido en tiempos una hija de puta. La gran hija de puta. “La hija de puta por excelencia”, Ane rompió a reír. Nada tenía ya ninguna importancia.

 

17. Digo: “Qué curioso”. Digo: “Qué historia tan fenomenal”. Digo: “Qué cosas tiene la vida”. Digo: “Como fisonomista eres pésima”. Incluso digo: “Qué mágico”. Ane coge su bolso. Me avisa: “Vienen a buscarme”. Pongo buena cara y me despido. Ella me deja sola y yo me pregunto quién la estará esperando dentro de un coche a las tres de la madrugada. Pienso en mis propios triángulos, en mis propias sordideces, frente a la elegancia con que Ane ha desmigado su experiencia. Con menos furia que la que ha empleado para reducir a polvo la piel de los cacahuetes. Sin palabras intestinales, sin relatos de sexo pequeñito, secreciones y salpicaduras. Pienso que ella aprenderá sin hacerse heridas en las yemas de los dedos. Pienso que ella es más libre que yo y por eso todo le duele menos o que todo le duele menos porque es más libre que yo. A lo mejor hoy, dentro de ese coche que me ha dejado adivinar al volante la silueta de una mujer con el pelo a lo garçon, Ane se atreve. Pienso que por ese motivo se conserva etérea y hermosa, con un toque espiritual que no es ajeno al placer de la carne –deshuesada, magra-, y alguien la busca una noche mientras a mí se me aja la envejecida carita de Jeanne Moreau. Tengo los ojos sucios, endurecidos, y me acartono y me cierro por abajo como un molusco muerto que no se puede comer.

 

  

Escrito en Lecturas Turia por Marta Sanz

22 de mayo de 2018

La ambición, el reto, el cortejo de lo difícil, la seducción del límite no son valores abundantes en esta o cualquier otra literatura. El mercado favorece los productos sencillos, de entretenimiento, cómodos aun ejecutados diestra, profesionalmente. Marina Perezagua (Sevilla, 1978), sin embargo, escogió desde el principio una senda propia, escarpada, ya demostrada en sus dos volúmenes de cuentos (Criaturas abisales y Leche) y ahora llevada al máximo en su novela Yoro, publicada como los libros anteriores en un sello pequeño y artesanal, que es, sin duda, lo que más conviene, sobre todo en sus inicios, a una obra como esta.

            La novela parte de lo que ya daba pie al primer relato de Leche, Little Boy: como es sabido, el apodo de la bomba atómica que el 6 de agosto de 1945 destruyó en una explosión sin precedentes la ciudad japonesa de Hiroshima. Aquí es también implosión, y una de las virtudes de la narración es el correlato constante entre lo externo y lo interno de la narradora, un ser anómalo, vaciado, que se llama a sí misma H, porque una vez alguien le dijo que esta es letra muda en español, y ella cree que su testimonio puede servir a todos los que han sido silenciados.

            El avión Enola Gay abre las puertas de su bodega como una madre las piernas para dar a luz. Se describe muy plásticamente esto, y el impacto sobre la protagonista es tremendo, y sus secuelas: “La hinchazón era tan grande que en aquel momento no podía estar segura, pero todo parecía indicar que la bomba se había ensañado principalmente con mi sexo”. Eso, dentro de la general catástrofe, en la que quienes no perecieron con la deflagración y salieron adelante “no eran muertos vivientes, sino vivos murientes”.

            No hay maniqueísmo ni adscripción de “limpieza de sangre”. Quienes son verdugos son a la vez víctimas, y viceversa, como se desdibujan las fronteras entre las formas de amor y las generaciones, el trascurrir del tiempo y la dilatación del vientre, el subir y el bajar las pirámides de Teotihuacán o las simas minerales de Namibia. Hay muchos escenarios, cuentas de un rosario de andanzas y pesquisas, y no muchos personajes (principalmente, el soldado estadounidense Jim, y H, que se convierte en su amor).

            Leída con espíritu cartesiano, Yoro no es creíble, tiene muchas fallas. Ahora, concedida la suspensión voluntaria de la inverosimilitud de la que habló Coleridge, todo posee una lógica extraña, desasosegante, espectral (especular, también de espejo). Se pueden hallar algunas incoherencias menudas (aunque inicialmente desconociera el nombre del pájaro, ¿por qué se escribe wren y no reyezuelo o carrizo, si es de suponer que la narradora emplea el inglés, que nos llegará traducido?), algún pasaje traído por los pelos (¿por qué la escena de Lyon, más allá de que la autora residiera allí una temporada?), la poca credibilidad de una mujer mayor, casi anciana, moviéndose con agilidad (o sin el realismo de verla tropezar) en lugares inhóspitos, o el cuento de Brigitte… pero sin embargo lo más fantástico, lo deliberadamente imaginario funciona con la precisión de un engranaje de relojería que abarca, en lo temporal, desde la Segunda Guerra Mundial y Birmania, a la República Democrática del Congo de nuestros días.

            Hay pasajes de un gran lirismo (como los agradecimientos enumerados en la pág. 64 y siguientes) en los que sin florituras mas con precisión y exactitud, cualidades de la mejor poesía, tienen una gran capacidad poética, pero todo el libro está lleno de correspondencias, de lo que podríamos llamar rimas de motivos y sucesos que tienen su eco y su presagio en otros. También sobre todo al principio se emplean fórmulas del estilo “más adelante, intentaré explicar” o “por las circunstancias que contaré más adelante”, que prenden el interés en el lector como en ese juez silente para el que H desgrana la historia.    

        Capítulos que siguen los nueve meses de un peculiar embarazo, más el inicial “Gravidez cero” y el concluyente “Alumbramiento”, van singlando ese mar o placenta de la novela (“Séptimo mes. Número irracional” supone un giro brusco y quizá innecesario). La identidad sexual o falta de la misma, las grandes injusticias y las penalidades infligidas lo mismo sobre unos que sobre otros (orientales, occidentales, africanos), los deseos que no se pueden colmar, los sentimientos fantasmas… de todo esto está hecho Yoro. Y de la soledad radical: “Hoy hablan de minorías. Me río yo de la inclusión de las minorías. La verdadera marginalidad es la que siente el que no tiene acceso ni siquiera a un grupo minoritario.” Sobre el mismo tema de la soledad hay algún otro pensamiento complementario: “Es curioso cómo una cree que se acostumbra a no tomar en consideración los juicios ajenos, las críticas de la mayoría y, sin embargo, qué agradable resulta sentirse dentro de esa mayoría las pocas veces que te dejan sentir que encajas en ella.”          

     Yoro, relato hipnótico, epopeya íntima de una quest de la niña arrebatada que es un poco The Searchers/Centauros del desierto (con esa hibridez, aquí androginia, de la versión española), está muy cerca de ser una obra maestra. Quizá la separe de ello, por falta de foco en la atención, lo mucho que quiere contener, que alcanza hasta la denuncia del maltrato a los animales,de las políticas de las Naciones Unidas, “esa puta de mil vaginas abiertas permanentemente a la Casa Blanca”, o de la persecución hasta clandestina de los esquilmados recursos del planeta (qué gran bucle el de las finales minas de uranio que enlazan con la bomba lanzada al principio de la acción, ese singular espermatozoide que fecunda, aun en su monstruosidad, la novela). Pero Yoro es una obra que sin contemplaciones sacude, pincha, revuelve, mete los dedos en los ojos, saca las tripas, hace pensar y, sobre todo, despliega una mente, la de la autora, que piensa y pisa regiones infrecuentes y lo hace con una escritura potente, eficaz, admirable que hurga, sobreponiéndose, en la tristeza. Aunque esta, ya se sabe –escribe Marina Perezagua– sea un árbol de hoja perenne.- ANTONIO RIVERO TARAVILLO.

 

 

Marina Perezagua, Yoro, Barcelona, Los libros del lince, 2015.

Escrito en Lecturas Turia por Antonio Rivero Taravillo

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